domingo, 9 de diciembre de 2012

“Alea jacta est”



Walter, con el cuerpo casi convulso. Walter, torpe e inseguro, salió a traspiés de la cantina. Era una gélida madrugada. Detectó un pequeño bulto no muy lejos de donde se encontraba que, sin más, robó su atención. Se acercó y, justo iba a patearlo, cuando “la cosa” salió disparada en un movimiento casi invisible hacia un costado para evitar ser golpeado por el zapato del ebrio.
 “La cosa” se acercó sigilosamente hacia el hombre, quien gracias a la iluminación procedente de la cantina, alcanzó a distinguir exactamente de qué se trataba. Era un gato gris. Un par de iris fluorescentes se clavaron directo en su rostro, las pupilas que permanecían verticales, rasgadas, como lagarto, se alejaron un poco del fuerte destello, para expandirse como agujeros en la atmósfera. Abrió su hocico, acarició sus largos bigotes con una lengua rosada  y le dijo:
—Sígueme.  Tu suerte nos espera. —El gato se echó a andar.
Walter, sin dar crédito a lo que acababa de escuchar, distorsionó el rostro y se talló ambos ojos. Echó el tronco hacia atrás y sacudió la cabeza negativamente. “Vaya, ya estoy muy borracho”. Se dijo.
El Gato repitió:
—He dicho que me sigas. No perdamos más tiempo ¡Anda! Tenemos que apresurarnos.
El hombre, no tuvo oportunidad de razonar y obedeció la voluntad de aquella voz. Comenzó a andar siguiendo al cenizo felino. Zigzagueante, intoxicado y con la visión doble, admiraba la figura elástica y enigmática que lo atraía hacia callejones cada vez más opacos. Fijada su atención en el animal, no se percató del poste que estaba en su camino. Chocó contra él con la fuerza necesaria para  perder el equilibro. Cayó cómo tabla, de espaldas sobre la acera. 
El gato se aproximó. Olfateo y en un gesto cariñoso frotó su cabecita contra el costado del hombre que yacía de cara al cielo. Ladeó su peluda cara, arqueó el lomo y levantó la cadera un poco hasta terminar de acariciarlo con el último centímetro de su cola. El gato subió al pecho del hombre y se sentó mientras relamía lentamente entre las almohadillas de su pata izquierda.
—Los humanos son torpes por naturaleza —dijo—. Nada como tener cuatro patas para no derrumbarse ante el primer obstáculo.
—Justo lo que necesitaba. Un gato que hablara sólo para burlarse de mí.
—Siempre he creído que los humanos utilizan su lengua de la manera más inadecuada. Nosotros preferimos contemplarnos y no decir ni  “miau”… Andando.
—Dame un minuto.
El gato desenvainó sus garras y le arrojó un zarpazo directo al rostro:
¡No tenemos un minuto! —le gritó el felino. Se hizo a un lado y comenzó a andar.
El hombre, muy a su pesar, se incorporó y caminó detrás del misterioso animal.
Deambularon por las callejuelas cada vez más negras, cada vez más vacías. Apenas iluminadas por un pálido rayo de la luna; un luar. Por fin, el minino hizo un alto definitivo ante una casona, aparentemente abandonada… Lo miró con los ojos semicerrados y le dijo:
—Bueno, aquí es: Entra. “Arriba te esperan”.
Walter no separó los labios. Escuchó un ronroneo suave; no se volvió. Abrió la apolillada puerta haciéndola rechinar sin intención y la cerró tras de sí. El exquisito resplandor de unas telarañas plateadas estratégicamente colocadas por toda la sala, aguardando por un díptero, por la cena, por algo lo hicieron sentir como latía su corazón… Walter sentía la presencia de una audiencia inexplicable…
—¿Hay alguien aquí?... —Nadie respondió.
Notó con asombro que los empolvados muebles estaban organizados. Parecía estar todo en perfecto orden. Curioso y ansioso por lo que  el gato le había dicho, subió las escaleras de madera despertando pequeños crujidos bajo sus pies.
Arriba había tres puertas; entreabrió la más cercana. Echó un vistazo. Entró. Era el cuarto de baño. Una tina blanca enmohecida formaba el plano principal. Las paredes guardaban humedad y sarro crecido, esparcido libremente. Era la figura de la ausencia y olvido… Inspeccionando con cuidado, notó la imagen caleidoscópica de su propio rostro en un pequeño espejo estrellado. Su  barba seguía siendo roja, sus ojos tristes continuaban siendo azules. “Aquí, no hay nada para mí”, se dijo. Y salió.
En la parte superior de la segunda puerta, había una inscripción en latín: Alea jacta est”. Trató de abrirla: empujó, pateó, trastabilló y, finalmente, cayó de espaldas. Débil, vencido y aún algo mareado. “Será mejor dejarla para el final”, pensó a modo de consuelo y se incorporó.
La tercera entrada, al primer intento desnudó el contenido de su interior. Se abrió. En medio de la habitación estaba el cuerpo inmóvil de una mujer, pálido de piernas, como estatua de cera, con la cara vuelta hacia el piso. Su cabeza era una isla, rodeada por un mar de sangre.
Walter reaccionó impulsivamente, corrió hacia ella, la tomó por el troncó y la giró para verla de frente mientras preguntaba: “¿Está usted bien?”
La mujer tenía media cara hundida. Walter soltó un grito ahogado, alzó la vista y encontró, a un metro de él un martillo con manchas de sangre y cabellos de la víctima. Era el único testigo de lo que allí había ocurrido. Horrorizado retrocedió, arrastrándose y alejándose del piso desesperadamente.
Afuera, unas luces roji-azules, acompañadas del canto de unas sirenas policiacas que se escuchaban cada vez más y más cerca, se hicieron presentes. Los pasos de unos hombres hicieron crujir los escalones de madera bajo sus pies mientras ascendían.
Abrieron la puerta de par en par y detrás de las armas gritaron:
¡Quieto! No se mueva. Aléjese del cuerpo y ponga las manos donde podamos verlas.
Walter, confundido y aterrorizado, entre náuseas y con unas ganas insoportables de llorar, levantó sus temblorosas y ensangrentadas palmas, suplicando un: “No disparen”.
Queda usted detenido. Tiene derecho a permanecer en silencio. Todo lo que diga o haga podrá ser utilizado en su contra.
El juicio se llevó a cabo con presteza. Terminada la intervención del fiscal, el juez se dirigió a los miembros del jurado y dijo: “Señores, pasen a la sala y hagan su veredicto. Se abre un receso de media hora, el acusado deberá permanecer en su sitio hasta que el fallo sea pronunciado”.
La media hora pasó. La sala esperaba en silencio. El juez tomó su asiento y cada miembro del jurado tomó el suyo, el juez habló:
—Bien, señores ¿tienen ya su dictamen?
Sí señor, encontramos al acusado culpable por el delito de asesinato en primer grado.
—Procederé a  dictar sentencia: El acusado Walter McGregor es condenado a cadena perpetua por el asesinato de la señora: Katherine Lennox sin posibilidad de fianza. Caso cerrado.
El juez hizo sonar el mallete.
—No, ustedes no comprenden, fue un gato, un gato grande, me tendió una trampa.
—Por favor, Mr. Walter McGregor, si no deja de decir incoherencias podría ser investigado para terminar encerrado en el manicomio. Cuidado con su lengua.
—Esto es un error. Comprendan. Es…
—¡Silencio!
El juez hizo azotar el mallete por última vez y exigió que el detenido fuera expulsado de la sala.


Pasaron más de dos décadas. Durante las cuales en todas y cada una de sus noches Walter escuchaba aquella poderosa voz emergente de la pequeña pantera gris: “Entra. Arriba te esperan”. Una y otra vez. Utilizaba los días para pintar extrañas siluetas de felinos en cada espacio de las cuatro paredes que conformaban su encierro, su hogar.
—Mr. Walter McGregor el director del penal y una audiencia solicitan su presencia.
Extrañado, pero tranquilo, acudió a la cita.
—Mr. McGregor, es un gusto tenerlo con nosotros el día de hoy. Una conducta ejemplar y una actitud cooperativa hablan de su calidad como individuo. Permítanos informarle que las autoridades han dado con “el asesino del mazo”.
— ¿Quién? ¿Qué dice?
— Oh sí, permítame explicarle: Un multihomicida de mujeres mayores. Su arma: un mazo. Ayer por la tarde fue aprehendido por nuestro capacitado personal... Sin inconveniente y en tono burlesco el sujeto se declaró culpable.
 —No comprendo… ¿qué tiene que ver eso conmigo?
—Permítame explicarle, y por favor no interrumpa. El asesino confesó que su primer delito lo había cometido aproximadamente veinte años atrás, con su propia casera. Con engaños la había llevado a un barrio abandonado. La golpeó y la subió a una habitación de una casa que encontró deshabitada. La tiró al piso, le martilló la cara y la dejó “besando el suelo”. Luego dijo de manera muy poco decente que él había dejado el arma homicida de modo intencional para evidenciar la ineptidud de nuestro cuerpo policiaco. ¡Vaya sujeto! También dijo sentirse satisfecho por haberlo logrado. Gracias a los noticieros se enteró que un miserable infortunado había sido inculpado por aquél crimen, lo que le generó aún más confianza para continuar realizando sus fechorías pero esta vez con un mazo.
»—Mr McGregor: la situación es más que clara. Y al no encontrar evidencias alguna para retenerlo. Su estancia, ya no es justificada aquí. El Estado le ofrece sinceras disculpas y le comento que estoy a punto de firmar su sentencia. Sr. Walter McGregor, es usted un hombre libre ¡Felicidades!
Walter no pronunció palabra alguna. En silencio fue desencadenado. En silencio tomó sus pocas cosas. Y en silencio contempló las paredes con las siluetas de los extraños felinos pintados... Giró sobre sus talones y salió de allí.
Una vez afuera, el sol le quemaba las retinas, la brisa le ayudaba a secar las lágrimas que escurrían por su ya apergaminado rostro. No cesaba de llorar. “Esto es lo peor que me pudo haber pasado”, pensó.  Había perdido su pasión por la libertad.
—Hace tiempo te había dicho que los humanos eran muy tontos. Tenía razón ¿cierto?
Esa voz, esa voz era la que lo había perseguido y acompañado cada noche. Era el gato gris. Tal cual lo recordaba. Con su par de iris fluorescentes, con  las pupilas verticales...
—¡Tú! Tú me engañaste, me tendiste una trampa. Hiciste que me encerraran…
—No. Como siempre, estás equivocado, humano. Yo no soy culpable. Todo lo hiciste tú. —Sus pequeñas orejas se pusieron  firmes y apuntaron hacia atrás. Había permanecido echado,  agitando su cola como batuta orquestando al viento.
—¿Qué quieres decir?
—Eso. Sí, arriba, al subir las escaleras te esperaba tu destino. En la segunda puerta había una inscripción “La suerte está echada” era en latín y era para ti. Tu devenir estaba detrás de ahí… Pero la dejaste pasar ¿Comprendes? La decisión fue y siempre será sólo tuya.  
Entonces el gato no me miró más. Giró lentamente y echó a andar… Lo vi perderse entre un banco de niebla que parecía lo estaba esperando... Esa noche fui a la ciudad y renté un pequeño cuarto. Por  primera vez en más de veinte años por fin pude conciliar el sueño y sin sentir la presencia del gato, martillando mí destino.


Por Vanessa Carlos



sábado, 1 de diciembre de 2012

Una vida de silencio



Carlos no quiso llamar a la policía, él era oficial y sabía que si sus compañeros llegaban a la casa, alguno de sus familiares sería procesado por haber matado a papá Alberto. Ya había sido suficiente drama para la familia y además era Nochebuena. Qué iba a ganar con que su hermana o abuela fueran a dar, mínimo, 20 años a la cárcel. Sabía que su papá se lo tenía merecido. Una parte de él se sentía feliz, la otra preocupada.
Reunió a toda la familia en el comedor. Bajó la abuela, que tenía cerca de 90 años, sus dos hermanas gemelas, el tío Juan, que caminaba más lento que la abuela; tenía una sonda que le salía del estómago y a donde se moviera cargaba con su bolsa de fluidos.  También salió Linda del sótano, la criada, que en realidad era su tía, hermana del recién asesinado. Al nacer, le diagnosticaron “Síndrome de Apert”, una enfermedad que le provocó un sinfín de malformaciones, por lo que papá Alberto la llamaba “nuestro pequeño monstruo familiar”.
Todos se reunieron en la mesa. Carlos se levantó y les dijo que acababa de suceder algo trágico, alguien había matado a papá Alberto, cortándole las venas de manos y cuello. El cuerpo estaba abandonado en la tina del baño. Las gemelas se voltearon a ver, después regresaron la mirada hacia Carlos. La abuela bajó el rostro. El tío apretó con fuerza su bolsa de fluidos, luego la soltó. Linda se levantó de la silla, como si fuera a decir algo muy importante, aunque no dijo nada y al minuto se volvió a sentar.
Carlos los observó detenidamente, quería ver cada una de las reacciones al recibir la noticia.
 Esa noche, cenaron veinte minutos de silencio absoluto hasta que se llenaron. Luego las gemelas se retiraron de la mesa y subieron hacia el baño. Carlos esperaba escuchar los gritos cuando vieran el cuerpo, pero el silencio seguía imperando. Después el tío también decidió subir las escaleras. Ante la dificultad de hacerlo solo, Linda lo ayudó. Quedaron en la mesa Carlos y su abuela. Ella soltó una lágrima, Carlos la abrazó, la tomó de la mano y le pidió que subieran. Tenía que ver lo que había pasado.
 Veinte minutos después la familia entera observaba la tina con sangre y con el cuerpo de papá Alberto. Nadie lloró, nadie suspiró, solamente dejaron que el silencio escuchara sus pensamientos. Finalmente salieron del baño.
Carlos les preguntó:
¿Quién fue el responsable de esto?
Todos se quedaron callados. Carlos preguntó de nuevo:
¿Quién carajos lo asesinó?... ¡Contesten maldita sea!
Sólo el silencio y uno de ellos conocían la respuesta, otros la sospechaban, pero nadie dijo nada.
Se llevó los dedos a la barbilla pensando en lo que podría hacer. Levantó la mirada y ordenó a las gemelas que fueran por trapos y cobijas. A Linda la mandó  por cloro y cepillo. Él fue por dos sillas para sentar a su abuela y a Juan. Todos se movieron y coordinaron eficazmente. Carlos hacía analogías con los otros hogares, donde ponen el árbol y preparan la cena en conjunto; en cambio, su familia limpia las evidencias del asesinato de su padre.
Unas horas después la tina regresó a su blancura original y abajo, a un lado de la puerta, había siete bolsas negras y un cadáver envuelto en cobijas y cordones.
Los cinco integrantes de la familia esperaban frente a la puerta. Carlos tomó  pinzas y  martillo; con ellos rompió las cadenas y candados que mantenían la puerta cerrada desde hacía tantos años. Al abrirla, el simple sonido del viento contaminó, como nunca, el silencio que papá Alberto había construido en la casa.
Las primeras en salir fueron las gemelas. Cuando pisaron la calle y vieron las estrellas, recordaron las cicatrices de su cuerpo; papá Alberto se las había hecho con cigarrillos. Sonrieron porque la abuela tenía razón, ella les decía, todas las noches, que algún día podrían salir de la casa y finalmente conocer las estrellas. Siempre les dijo que hay más luces en el cielo que quemaduras en su cuerpo. Sin embargo ellas tampoco sabían quién había asesinado a su papá.
Después salió el tío Juan. Al ver de nuevo el exterior, después de tantos años, sintió que una inyección de aire puro entraba en sus pulmones y le nutría las entrañas cancerosas. Desde hace ya mucho tiempo él mismo quiso haber matado a Alberto, pero su condición se lo impedía; tuvo que convertirse en un muñeco más de la fantasía que enfermaba a su hermano.
Después salió Linda. Alberto le había dicho, toda la vida, que le hacía un favor al mantenerla encerrada, porque el día que la gente normal la viera en la calle, se aventarían sobre ella para matarla como un animal. “No sobreviviría ni un día”. Linda sabía que a partir de ahora nada podría ser peor que todo lo vivido. Inclusive un sentimiento de arrepentimiento la inundó. Era una lástima que ella no hubiera sido la responsable de la muerte de su hermano.
Por último, salieron Carlos y la abuela en silla de ruedas. Ella creía que iba a morir sin volver a ver el cielo, y lo peor, dejaría sola a la familia con su hijo. Sin embargo, todas las noches rezaba porque su nieto regresara a rescatarlos.
Carlos siempre fue el orgullo de su papá: alto, fuerte e inteligente, lo suficiente como para escapar y convertirse en policía, para regresar años después a cobrar venganza y liberar a la familia. Sabía que en las fechas navideñas nadie investigaba desapariciones, además estaba seguro de que nadie lo acusaría. Si algo había aprendido su familia, era la importancia del silencio.

Por: Ohmi Soni