domingo, 24 de marzo de 2013

TACONCITOS



Señor Miguel es muy sensible a los comportamientos modernos de las
personas. Ha sido soltero siempre porque cuida a su madre, quien padece
penosos achaques.La pobre dejó de caminar hace doce años y sobrevive
gracias al socorro y la paciencia de su abnegado hijo.
            Señor Miguel se enoja mucho cuando las mujeres se pintan, dice que
parecemos putas.  Es muy estricto porque nos cuida a todos.
            El que la escuchó primero fue Señor Miguel. Todas las noches después
de las tres de la mañana corrían por la escalera el tic tic tac de un par de
tacones presurosos.
            Todos pensaron que se trataba de la trasnochada Leticia, la vecina
misteriosa que nunca se ve de día porque trabaja hasta muy noche. Leticia
vivía con sus dos hijas. No era raro para nosotros escuchar a las niñas llorar
por la noche cuando despertaban sin su mamá.
            Leticia bebía a veces y prefería no salir a trabajar. Sin una mano
amiga, encerrada en su carga de soledad, evitaba el contacto con las personas
de la cuadra.
            Un día, Leticia ya no bajaba las escaleras con prisas por la noche.
            El Señor Miguel, celoso de la común importancia hacia la vida de la
dama nocturna, preguntó al dueño si podía ocupar como bodega el 
departamento recién desocupado. El casero le dijo que por lo pronto no. Leticia había pedido un préstamo en “su trabajo” y le había pagado dos
años seguidos de renta en efectivo.
Muy confundido, Señor Miguel ordenó una junta vecinal.
            En la reunión todos acordamos que lo mejor era decirle al casero que la
inquilina ya no vivía allí. En realidad, pensamos que era lo más conveniente
que nos pudo pasar.Ya nadie sentiría vergüenza por convivir con una
prostituta, nunca  más volveríamos a despertarnos de madrugada por la culpa
de la cualquiera irresponsable.
            Entonces, como una misteriosa protesta, empezaron los taconazos
veloces, las pisadas tan chillonas y desagradables a las tres de la mañana.    
Tic tic tac
                        Los vecinos más hostiles creyeron que era urgente hacer un reclamo
general pero en realidad eran tan cobardes, que preferían lanzar críticas y
juicios desde la comodidad del silencio.
                        Señor Miguel todas las noches se levantaba muy histérico, se asomaba
por la ventana pero no veía nada.
El sábado seis de octubre no pudo dormir, estaba harto.
Presintió el escándalo, se vistió pronto y puso hora para manifestarse
ante la impertinente de Leticia.
Escuchó los tacones descarados retumbar en su cabeza y salió
corriendo al patio pero no encontró a nadie. Subió por las escaleras, llegó a lo
alto y golpeó con fastidio la puerta del departamento de Leticia.
                        Absolutamente nadie contestó. Tic tic tac.
                        Golpeó varias veces y forcejeó la manija para entrar allí y decirle a la
          golfa de una vez por todas que no la soportaba, que su molestia era tan grande que
          tenía que irse inmediatamente.
 Irreflexivamente torció la manija, la rompió y empujó con saña.
                        A la mañana siguiente llegaron los peritos a preguntarme si yo conocía
          a Leticia. Les dije que no. Nadie más cuestionó nada. Fue Señor Miguel quién nos platicó años después que cuando subió a reclamarle a Leticia por su inmoralidad y desorden se encontró asombrado con los cuerpos desahuciados, fríos y pintarrajeados de las dos niñas de la golfa, que yacían abandonadas y muertas de hambre en sus camas.
                        De Leticia nunca más supimos nada. Sólo la escuchamos de madrugada subir corriendo.
                        Cuando tiendo la ropa creo que la veo escapar llorando, horrorizada por encontrar al llegar a su casa su puerta rota y en las dos camitas a sus hijas muertas y estranguladas.

Por Moserrat Araiza. 

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