domingo, 28 de abril de 2013

Pepe




Parezco inquieta pero fundamentalmente siempre hago las mismas cosas. Converso con la misma gente, acudo a los mismos lugares  y como lo mismo siempre.
A las dos de la tarde me voy a la fonda donde nos alimentamos los sinpatria, las solteronas, los albañiles y los vagos. Allí veo siempre a Rita, la entrometida. ¿En dónde andabas? ¿Saliste de vacaciones? ¿Era tu novio? ¿No te vas a comer las papas? Me caga.
Vinieron ayer unos clientes y me preguntaron si es cierto que eres edecán.
No soy nada. No sé por qué tiene que hablar sobre mi vida con las personas.
No te molestes. Es que dijeron que eres muy guapa.
Osh. A veces cuando le contesto mal, siento remordimiento porque no me gustaría que nadie tratara mal a mi mamá. Cuando me arrepiento, me pongo los audífonos y dejo veinte de propina.Es una metiche pero cocina muy rico.Ser chismosa es también ser perceptiva y detallista; de alguna manera le tengo aprecio, cuando viene un temblor me llama para saber si estoy bien.
Claro que estoy bien.
No te molestes. Como sé que te pones muy nerviosa quería saber si no quieres que te lleve un panecito y un litro de leche para que meriendes.
No soporto su candor.

Una vez que no había nadie le pregunté cuál era su sueño.
Siempre quise conocer Acapulco y que me hicieran trencitas en la playa. Nunca he ido al mar. ¿Tú si?  ¿Cuál es tu sueño en la vida?
Titubeé antes de responder porque estaba pensando qué podría atraerle de esa horrible costa. Luego recordé que nunca antes conoció el mar y comprendí que a menudo la ignorancia endulza la fantasía. Lamenté mucho su circunstancia considerando que personalmente lo que más me gusta de la vida, es el mar. Pobre Señora Rita.
No hables. Ya sé lo que estás pensando. Ya estás en tiempo de hacerte una familia. Tu sueño como el de cualquier mujercita de tu edad; es encontrar un muchacho que te quiera. Que te quiera para casarte con él.
En realidad no. No tengo ningún sueño. Lo que sí, tengo mucho sueño. Me voy a mi casa. Nos vemos luego.

Desperté molesta porque mi celular no dejaba de sonar. No quise contestar ese número desconocido hasta que vi que sumaban catorce llamadas perdidas.
Oye puedes venir por favor. La señora Rita se puso muy mal. Creo que le dio un infarto. Estamos en Xoco.
Me espanté y me llevé las manos a la boca, como cuando quiero salir corriendo. Busqué dinero y una chamarra. Llamé al taxi y no llegó nunca.O si llegó no supe, agarré la bici y me fui llorando rumbo al hospital.


Déjeme pasar por favor.
¿Tú quién eres?
Soy su hija.
A veces pequeñas mentiras nos resuelven grandes pesares. La encontré tendida y pálida sobre una camilla muy vieja, olía a pastillas y a Clarasol. Sentí asco y alivio por encontrarla allí. Me abracé a sus piernas y le dije que la quería mucho. Puso la mano en mi cabeza y le di un besito, me dijo que ya se sentía mejor.
Pasaron algunos días, se obstinó en volver a la fonda y cuando lo hizo nos preguntó qué queríamos comer al día siguiente, porque era su cumpleaños.Elegimos comer pozole que aunque a mí no me gusta, es su platillo favorito.Durante el convivio no comí nada, salvo una tostada con crema y queso para no hacer desaire;  frente a mí estaba sentado un sujeto muy alto, de unos ciento cincuenta kilos.
Tráeme más pozole Rita. Este ya está frío.
Yo lo vi, se comió cuatro platos. Se limpiaba la grasa de los dedos con el mantel y tomaba refresco sin parar;  sudaba y jalaba aire, con el sonido desagradable de los hambrientos. Usaba lentes y calcetines blancos. Tenía manos de mujer.
¿Ya conoces a mi hijo?
No sabía que tuviera hijos.
Ven Pepe. Saluda a la niña.          
El gigante me dio la mano y se fue a seguir comiendo. No aguanté las náuseas y me fui a mi casa a lavarme toda.
A partir de entonces, cada día había una estúpida razón para que el tal Pepe viniera a la fonda y se encontrara conmigo. Poco a poco fui perdiendo el hambre y comencé a enflacar. En secreto comencé a creer que Pepe se comía mi energía.
Empecé a odiarlo. De por sí me parecía repugnante y ahora que trataba de ser mi amigo, me imaginé muchas veces golpeándolo.No he podido discernir si sólo era asco o también envidia. Era un mantenido por Rita y además le hablaba muy mal. Le contestaba peor que yo y eso era lo que más me hartaba. Me preguntaba cómo podía ocurrir que yo no tuviera a nadie y ese cerdo ingrato tuviera a Rita.
Lunes a media tarde, llegué a la fonda a comer la sopa. Me senté sin saludar a nadie para que no me hicieran la plática. Nadie dijo nada durante quince minutos, luego estalló Rita con su impertinencia.
Dice Pepe que está muy enamorado de ti.
Es una pena que yo sea lesbiana.
¿Qué dices?
Quebró la voz y se puso a llorar.
Ya Rita. No es cierto. Lo dije de broma. Ya.
Todo era un chantaje para decirme que Pepe quería salir conmigo pero le daba vergüenza. Disimulé mis intenciones con un disparate.
¿Le doy vergüenza?
No, cómo crees. Dice que le da vergüenza hablarte.
No tengo tiempo. Dígale que muchas gracias.
Aunque sea un café…
Me duele la panza si tomo café.
El martes llegué temprano porque siempre se acaba rápido el arroz. Antes de entrar escuché gritos y azotones.
¡A mí no me amenaces!
No puedo seguir dando dinero. Pepe necesito mis medicinas y ya no me alcanza. Ya tienes que ponerte a trabajar. Ya me siento muy cansada.
¡Ojalá que te mueras!
Pepe empujó a Rita, tiró los platos y escapó furioso. Entré a la cocina, recogí a la señora y busqué el recogedor. Rita se cubrió con el trapo la boca para hacer sordo un grito y luego recargó su mano en la orilla de la estufa. Me acerqué tantito como para ayudarla y me sacudió de su lado como si  tocara una herida hirviendo.
Me sentí muy mal por su reacción, percibí que me rechazaba y no fui varios días a comer a la fonda. Mequedé en mi casa a tratar de apurarme a otras cosas pero no podía sacarme de la cabeza lo que dijo Pepe cuando salía de la fonda.Ojalá que te mueras. Ojalá que te mueras.
¡Ojalá que se muera Pepe! grité en el baño.

Pasó la semana y Rita no me llamaba. No me hostigaba ni me pedía disculpas. Era como si por fin mi deseo de no responderle nada se hubiera realizado.Comencé a sentir angustia y le llamé por teléfono. No me contestó. Me dolió creer que ya no quería volver a verme por despreciar a su hijo.
Al otro día me llamó Pepe. Estaba serio, dijo que la Señora Rita se había muerto.
¡Tú la mataste!
No es cierto, le dio un infarto.
¡Pero estabas allí cuando se murió!
¡Pero yo no la maté!
El miserable llamaba para pedirme dinero porque no tenía para hacer un funeral. Gritoneó y despotricó de Rita por ser tan “inconsciente” y “avara” argumentando que escondió sus ahorros. Había volteado toda la casa, había movido los trastes en la fonda pero no encontró nada.
Ahora me estaba gritando a mí y me exigió que lo ayudara. Respiré profundo y no lo pensé mucho.
Vente para mi casa. Acá te doy. ¿Cuánto necesitas?
El muy cretino se atrevió a pedirme veinte mil pesos.
Llegó casi de inmediato y tocó muy fuerte. Con excepción de Rita, me molesta mucho que toquen fuerte la puerta de mi casa. Quité el cerrojo, abrí y allí estaba Pepe con los brazos cruzados y con el gesto déspota de las personas que piensan que las necesitamos.
Pásate. ¿Cómo te sientes?
Mal. Rita no dejó nada. No sé qué voy a hacer.
Tranquilo. Yo quiero ayudarte.
Fui a la cocina, saqué dinero del cajón y tomé el cuchillo para las arracheras.
            Le ofrecí un café y me pidió un pan. Pepe me miraba morbosamente. Sentí que me imaginaba como un plato de espaguetti. Me abrazó y apretó a mi ombligo con su pene erecto. Me alejé un poco y lo vi a los ojos para calcular cuánto lo detestaba.
Toma Pepe. Espero que esto pueda ayudarte.
No tienes más? Me va hacer falta dinero para la caja y el panteón.
Ahorita no puedo. En la semana hablamos.
Mejor dámelo de una vez. En la semana tengo cosas que hacer.
Saqué más dinero del cajón, suspiré profundo. Volví a la sala.Esta vez lo abracé yo. Correspondió con desesperación. Me abrazó muy fuerte y cuando quise soltarme me apretó más. Entonces no dije nada.  Me toqué la cadera, metí los dedos en el pantalón y encontré el filo. Le rocé la espalda y le sentí un riñón.
Quiso besarme, tomó mi cara con las dos manos para acercarme y le metí el cuchillo en la espalda. Lo moví adentro porque alguien me dijo que cuando haces eso desgarras los órganos.  Lo hice como si cortara un pino. Le piqué un riñón, luego el otro, después los pulmones y enseguida el cuello. La panzota, luego otra vez el cuello y así seguí hasta que ya no se movió.
Tiene los ojos a media asta, en realidad no sangra tanto pero creo que ahora pesa más. No puedo cargarlo y lo arrastré hasta el sillón.
Estoy buscando una cobija fea. Tocan a la puerta. Tocaron muy fuerte. Mi adrenalina es histeria.
¡Quién es!
¿Quién puede ser? La única persona que tocaba muy fuerte mi puerta era Rita pero ya se murió. La segunda persona que tocó así mi puerta fue Pepe, pero ya lo maté.

Por Monserrat Araiza 

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