domingo, 26 de mayo de 2013

Ahora que somos tantos


Llegar a la casa, abrir la puerta; entrar a esa atmósfera tibia y enrarecida; acostumbrar a los ojos a la ligera penumbra de la sala con las cortinas cerradas, se me ha convertido en un ritual a través del cual los percibo a todos, como una horda de fantasmas que en comitiva me reciben dispuestos a hacer de mi tarde un suceso para celebrar.
            Toda la familia está aquí, lo sé. Distribuida en sus diferentes espacios preferidos pero está. Ocupados en sus propias actividades pero pendientes de mí, sobre todo de mí que siempre he sido el más ausente. A diferencia de los primeros tiempos de mi matrimonio, en que cualquier detalle doméstico era la ocasión perfecta para demostrar a mi mujer que su marido era el hombre adecuado para reparar los constantes desperfectos, llevar nuestra exigua contabilidad y procurarle satisfacciones. Yo me sentaba ante la mesa a mirarla bambolear pesadamente los siete meses del embarazo de nuestro futuro Ricardo. Comíamos entre murmullos y propósitos, entre proyectos de ampliación de la casa y planes para los fines de semana. Eran los tiempos en que en el trabajo no pasaba de ser un empleado con cuatro jefes. Eran los tiempos en que dos personas en una casa son una familia bien acoplada y dichosa. Ahora, justo ahora, somos ocho. Ahora que somos tantos, vuelvo a sentirme un poco fuera de lugar. Ligeramente ausente; quizás a la inversa, pero el ausente sigo siendo yo.
            En la cocina la comida me espera. Ya no como antes, que se componía de experimentos de combinación, sazón y un “ahí se va” de mi mujer. Es mejor ahora; más cara, comprada en un restaurante respetable. Yo puedo darme esos lujos y tratar de hacer entender a todos que está bien, que no es que desprecie los guisos caseros. Pero la costumbre es fuerte y durante muchos años he gastado fuera de casa; en restaurantes, en aviones, ante comensales indiferentes que me hablan de negocios y no de pequeños dramas familiares. Por eso, si bien ya como en casa, no puedo dejar de comprar mis alimentos en lugar de llegar y recibirlos de manos y obra hogareñas.
Fui creciendo en mi trabajo, asentándome casi imperceptiblemente, a costa de otros menos ambiciosos o menos capaces, hasta desplazar a esos que ahora obedecen órdenes mías exclusivamente. Tanta tenacidad, tanta entrega, me hizo desvanecerme de mi hogar, disminuir ante los ojos de mi mujer y mi hijo. Tan poco presente, no me di cuenta cuando la familia creció de un día para otro. La visita permanente de mi cuñada y su hijo sin padre fueron el sucedáneo perfecto para mi volatilidad. Mi mujer tenía ahora una oreja ante la que proferir el fastidio de su cotidianidad. Y yo, una figura femenina mas que ignorar en casa.
            Termino de comer, me deslizo lentamente al lavaplatos. A mi alrededor pululan los niños, temo tropezar con ellos. Lavo el traste con esa dosis de vergüenza que me impide ser tan cínico para dejar que mi esposa lo lave mientras yo me tomo un café de sobremesa. Antes lo hacía, procurando después dormir la siesta en el sofá, amparado en el régimen de silencio que dicté terminantemente a todos. Que nadie interrumpiera, que nadie perturbara esa justa paz que merecía por haberla ganado en una dura jornada de trabajo. Ahora es diferente; ya me permito escuchar las risas y peleas con que los niños hacen notar su presencia. Ya dejo que su bullicio los lleve a saltar sobre los muebles y derribar objetos.
            Camino rumbo al estudio flanqueado por los niños, dos de ellos son ya mis nietos. Entro, me arranco los zapatos abandonándolos ante la puerta, tomo cualquier libro, voy al escritorio y me siento en el reclinable. Ya no cierro la puerta como antes. Ya dejo que entren todos, que hurguen en los rincones, que jueguen a las escondidas y susurren y cuchicheen. Descubro entre papeles importantes y memorandos triviales un dibujo a crayola que representa a la familia. Tiene fecha, es de hace dos meses. Sospecho que alguno de ellos, a manera de reproche, lo deslizó entre los únicos papeles que suelo revisar cuando estoy presente. Ahí están casi todos. Representa a una familia a punto de salir de paseo. De fondo una camioneta cargada con más de lo necesario. Un perro corona el cofre. Intento adivinar por el trazo si fue Leticia o Jacinto quien lo realizó. Labor inútil; nunca supe cómo evolucionaban sus talentos o sus estilos en el preescolar. Así que sólo puedo aventurar hipótesis. No les pregunto. Me avergüenza demostrar mi ignorancia en un asunto capital para ellos. Busco en las líneas de expresión de cada personaje su estado de ánimo, felicidad o tranquilidad en el momento en que fue captado y trasladado al papel bond. En ese dibujo, como es natural, no estoy yo; el trabajo me impidió llegar a tiempo para el retrato familiar.
Hoy los niños ya no pintan más retratos. Y no me atrevo a rogarles que hagan otro en donde se me reconozca como parte de la familia. Hoy lo que hago es poner a la vista toda evidencia de su actividad pictórica. Esculco sus cuartos, pongo en las ventanas sus trabajos escolares, coloco bajo imanes sobre el refrigerador sus boletas de calificaciones. Y casi espero, pretensión mezquina, que ellos se den cuenta y me agradezcan el tardío interés que cobro por su vida.
            Hasta el sillón donde me encuentro llegan las notas de cualquiera de esas canciones que me ponían los nervios puntiagudos cuando mi hijo le subía al estéreo. Ahora me suenan a nostalgia, a tristeza masticada y deglutida después de comprender su significado. En algún momento mi hijo quiso explicarme su melancolía maniquea, su indumentaria fúnebre, su pensamiento permeado por escritores depresivos. En aquel entonces no lo dejé, no tenía caso. Por más que lo intentara, yo sabía que en el vaivén del tiempo dejaría de encontrarle el gusto a esa sonoridad incolora y monótona. Pero hoy que vuelven a reproducirse los sonidos en el ambiente los encuentro tangibles, coherentes, abrumadoramente cargados de razones para existir.
            Siempre hay tantas razones para existir que no comprendo cómo pude escoger la menos indicada: el trabajo. Yo trabajé para tener esta casa, pero no me esforcé para tener esta familia. Me ocupé en ampliar mis horizontes, pero hoy mis horizontes terminan en las ventanas clausuradas y las puertas cerradas. Procuré extender la casa y hacer cada vez más habitaciones sin darme cuenta de que todos cabíamos en una sola. Todos, los ocho, estamos ahora en esta sala, en esta galería, en esta limbónica casona que por más que me empeñe en redescubrir, ya no puedo llamar mi hogar.
            Y es que sigo ausente de ella; por más que quiera emparedarme aquí sin salir a ningún lado; por más que quiera recuperar la atención de mi mujer, mi hijo, mi cuñada y su hijo, mi nuera y mis nietos. Por más que alguna noche de mayor angustia llame en voz alta a cualquiera de ellos para que me haga compañía. Pero callo inmediatamente al comprender que ya no tengo derecho a ordenarles su presencia, que perdí autoridad simultáneamente a cuando ellos perdieron mi contacto.
            Caí en la cuenta de ambas pérdidas cierto día en que me recibió la nueva de que Ricardo había conseguido mujer y estaba plenamente instalada en casa. Sin que yo hubiera autorizado su presencia o por lo menos avalado. Posiblemente llevara tiempo fraguando su vida en pareja, quizá con el conocimiento y consentimiento de mi mujer. Pero el caso es que yo vine a enterarme de sopetón hasta la noche en que Magdalena, mi esposa, me dijo que teníamos nuevos miembros en la familia: una nuera en las habitaciones del fondo y dos nietos dentro de ella. Ya hacía mucho, y no me di cuenta a partir de cuando, las decisiones se tomaban sin mi anuencia. Los problemas se resolvían, con mi dinero, sí, pero no con mi opinión.
            Monté en cólera de la manera en que se monta un espectáculo mediocre: todos desempeñamos nuestro papel al pie de la letra y no hubo manera de modificar las cosas. Porque yo no tenía ningún derecho a dar clases de responsabilidad, según mi hijo; porque no tenía derecho a negarles un padre a mis nietos, según mi esposa, y porque no tenía la mínima idea de lo que es más importante en un caso como ese, según todos incluido yo. Me callé, permití que se quedaran y regresé a mi trabajo. Me volví a aislar de la familia.
            A veces hubiera querido pactar una tregua. Convocar a una vacación extraordinaria que me volviera a acercar a ellos. Una convivencia prolongada en la que me pusieran al tanto de sus vidas, sus aficiones, sus modificaciones de hábitos. Y de hecho lo hice un par de veces. Llegué a comprar boletos de avión para algún destino turístico y durante una sorpresiva cena en casa les expuse el plan. Cuatro días en la playa, hotel confortable y ninguna preocupación exterior. Pero repentinos movimientos en la empresa me hicieron anular mi participación en la aventura y hubo que cancelar todo.
En otra ocasión fue a las montañas. Paquete turístico de ecoaventura. Enterado por casualidad y comprado con precipitación, confiaba en que nada se interpondría hasta que supe que la fecha coincidía con cierto simposium con valor curricular que era imposible soslayar. De nueva cuenta la familia detenida.
Pero he aquí que Ricardo, en su recién inaugurado papel de adulto responsable, afanoso por echarme en cara el abandono de mi propia familia, decidió que esta vez no habría nada que detuviera el viaje. ¿Por qué si nunca estaba con ellos sería un obstáculo para que ellos sí estuvieran juntos? El planeó todo: me exigió boletos y folletería, reorganizó los detalles, adquirió las provisiones, cargó las maletas a la camioneta y ayudó a las mujeres a acomodar a los pequeños. Todo eso mientras yo no lograba acomodar los párrafos de un discurso imbécil que no tenía destinatario, que dictaba a una solícita auxiliar para ser archivado inmediatamente después de trasponer la puerta de mi oficina.
            Esa tarde llegué temprano a casa, con una remota esperanza de hallarlos sumidos en el silencio, envueltos en un halo de rencor contra el cual me había preparado a lo largo del camino. Estaba dispuesto a llevarlos de paseo nocturno por la ciudad y regresarlos de madrugada para poder dormir con la conciencia tranquila. Me recibieron dos palabras, en tinta indeleble roja sobre un post it adherido a la puerta principal: “Volveremos Pronto”.
            Así que después de todo habían llevado la rabieta hasta el final. Yo noté los preparativos pero fingí demencia. Asistí tras bambalinas a la planeación de actividades y no hice nada por incorporarme a ellas. Preferí la comodidad de la indiferencia y seguir una rutina propia torpemente confiado en que finalmente el viaje sin mí no se realizaría. Por eso fue un golpe enterarme así de que esta vez estaba solo en casa. Realmente solo, pesadamente solo y con mi orgullo a cuestas. Procuré sin embargo actuar como si nada, cenar, ver un poco de televisión y descansar. Volverían pronto. Esta vez no iba a pedir disculpas porque no había obstaculizado nada. Pasé la tarde tranquilo, con las mismas actividades de siempre, apenas enterado de la situación singular. Me dormí un poco más tarde que de costumbre en una habitación que no era la mía y eso fue lo más diferente de la noche.
            El teléfono me despertó en la madrugada. Era la policía con malas noticias sobre mi familia. Me ordenaron prepararme para que en breve me recogiera una unidad y me llevara al sitio de la tragedia. Me vestí como autómata, con los miembros insensibles y la boca sin saliva, incapaz de sentir algo en mi interior.
            El oficial me espió a medida que nos acercábamos, en absurda demanda de una respuesta adecuada a la situación. Pero yo no entendía nada. Arrollado por una avalancha de datos confusos y suposiciones apresuradas. ¿Qué pudo ser, qué pudo pasar? Un mal camino, un conductor inexperto, nula visión, exceso de velocidad; incluso un movimiento de tierra. Un terremoto que cimbró mis vísceras, que se tragó a mi familia, que sepultó mi cabeza en sordo dolor.
El viaje fue demasiado largo. Recorrimos carreteras presas entre bosques tupidos, curvas agudas cuyos trazadores seguramente nunca transitaron, vi entre la oscuridad paisajes para los que no estaba preparado. Descubrí que no sabía en lo que los estaba metiendo cuando se me ocurrió comprar el paquete ecológico. Y comprendí que ellos tampoco, que el viaje había sido un error propiciado por los arranques emocionales de ambas partes.   
Por fin llegamos. ¿Qué identificar, qué reconocer de esos restos mezclados en la torcedumbre de metal de la camioneta, si nunca pude conocer bien a ninguno de ellos? ¿Cómo asumir su pérdida si por años los tuve perdidos? Pero lo hice, usurpé un papel que no me correspondía. Ante todos desempeñé el sainete de padre de familia destrozado. Hablé de todos con cualquiera, me lamenté por no haber muerto con ellos, lloré, grité, me desgarré la camisa queriendo convencer al mundo.
            Pero no supliqué misericordia. No pedí que regresara el tiempo, no culpé a nadie, no pensé en potestades divinas. Acaso llegué a suponer que era una broma macabra en la que subyaciera un chantaje sentimental. Y acepté todo.
            Regresé a casa después de cientos de trámites, del funeral colectivo y de la mascarada oficinesca. Volví al lugar del que me había ido hacía años. Regresé atenido a la promesa escrita en el post it.
Y cumplieron.
            Ahora que me he convertido en un fantasma social, que me he aislado del mundo, que nadie cuenta conmigo ni yo con nadie, puedo comprenderlos e intentar por fin lo que tanto pospuse: acercarme a ellos.

Ahora que somos tantos, que somos todos, que estamos juntos; podría, por fin, estar en paz.


Del libro: "Ahora que somos tantos" de Alejandro Ipatzi. 

Para adquirir este libro, comuníquese en:  https://www.facebook.com/alejandro.ipatzi.5

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