martes, 28 de mayo de 2013

El Guardian


Todas las tardes, mi abuela, una mujer regordeta y adusta, acostumbra salir al porche de la casa a fumar. Se detiene un momento ahí, de pie, mientras sostiene entre sus dedos un habano al que le da chupadas sin prisa. Lo saborea, luego suelta el humo y mira cómo se lo lleva el viento. Después se sienta en su mecedora, a seguir observando el campo. En esta época del año todo el pasto es de color café.
            —Abuela —le digo después de unos minutos de pensarlo—. ¿Por qué fuma tanto?
            Toda su ropa huele a tabaco, su habitación también. Uno sabe que ella viene o está cerca cuando el aroma dulce y seco de sus habanos te envuelve, como la niebla al bosque. Es un aroma que, cuando la abuela te abraza, se queda contigo durante horas. Entonces ella deja de mecerse y me contesta.
            —Para protegerlos a todos.
            No entiendo lo que quiere decir. Fumar no tiene nada que ver con proteger a las personas. Tampoco tiene nada que ver con protegerse a uno mismo. Al contrario. Todos hemos visto las fotografías que pegan en las cajetillas de cigarros. Su comentario me extraña. La abuela sonríe mientras sostiene el habano entre sus dientes.
            —Ven acá —dice, y le da palmaditas al asiento de un banco junto a ella–. Voy a contarte una historia.
            —¿La historia de cómo empezó a fumar?
            —Algo así.
            La abuela tiene la mirada fija en el horizonte, allá donde el viento empuja tranquilamente las nubes y la copa de los árboles. Me siento y veo en la misma dirección. Hay una parvada de aves que da vueltas, sube en conjunto y luego desciende en picada para inmediatamente desaparecer en la lejanía. Escucho a la abuela darle otra chupada a su habano.
            —En un principio, el mundo estaba lleno de demonios —dice—. Los cielos y la tierra, el agua y el interior de los volcanes. Vivían agazapados entre las rocas, bajo las ramas de los árboles, en las sombras. Tal vez hubieran seguido ahí durante muchos años, pero un día llegó el hombre. Entonces los demonios comenzaron a tener personalidad. Había demonios para todo; para el dolor, para las enfermedades, para los bebés que se malograban en la panza de sus madres. Demonios para los malos días de cacería, para el frío, para la carne que se pudría antes de que pudieran comerla. Demonios que ahogaban a las mujeres, que hacían que los niños cayeran en barrancos, que le rompían las piernas a los hombres. Todos ellos debían ser combatidos. Debían detener esos males.
            »¿Recuerdas la biblia? —Dice la abuela—. ¿Recuerdas cómo es el infierno? Los demonios son criaturas que han escapado de ahí o que, de un modo u otro, han logrado escabullirse para jamás pisarlo. No hay nada que un demonio más tema que al recuerdo de su prisión. Ellos, al igual que nosotros, aman la libertad.
            »Entonces el hombre descubrió el fuego. Bueno, esa palabra, descubrir, como que no es del todo correcta. El fuego existe desde el primer momento que Dios creó el infierno. Más bien debo decir que el hombre descubrió cómo producir el fuego. En ese momento también descubrió cómo ahuyentar a los demonios. Con el fuego incendió bosques enteros, cuevas y caminos. Hizo que sus enemigos se echaran para atrás, que buscaran lugares lejanos, más profundos, para esconderse. El fuego los hacía recordar su antigua cárcel. Se fueron, y entonces el hombre comenzó a gobernar la tierra.
            »En tiempos de hambre, los demonios aún salen de sus escondites a buscar hombres para devorar. Algunos otros salen simplemente para molestarnos, para hacernos caer, para hacer que no funcione nuestro auto o que se termine el agua caliente antes de que terminemos de bañarnos. Pero no siempre podemos encender una fogata o tenemos una antorcha a la mano para ahuyentarlos.
            —Entonces encendemos un cigarro —la interrumpo.
            —Encendemos un gordo y apestoso habano —dice la abuela, riendo.
            —¿Fuma para que los demonios se vayan?
            —Fumo para que los demonios piensen que muy cerca de nosotros hay fuego. El humo los asusta también, ¿sabes? Es como cuando te golpeas el dedo chiquito del pie con la orilla de la cama; pensar en la cama hace que el dolor regrese. El mismo principio funciona con ellos. Y por eso los hombres comenzaron a fumar.
            —¿Quiere decir que los fumadores son alguna clase de guardianes?
            —No todos. Hay algunos que simplemente son fumadores. Esos se mueren de cáncer.
            —¿Pero usted…?
            —Yo ya tengo más de noventa años y sigo tan fuerte como una mula —contesta la abuela, volviendo a darle una chupada a su habano sin dejar de mirar el horizonte.
            El sol está a punto de esconderse detrás de las montañas. Me quedo ahí, junto a ella, escuchando el rechinido de su mecedora contra el suelo de madera. Disfruto la paz. Y pienso en la historia que me acaba de contar; me doy cuenta de que no nací para ser un guardián.

Por Carlos Wilfredo Trejo 

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