viernes, 17 de mayo de 2013

La esposa del cerrajero


LA ESPOSA DEL CERRAJERO


Don Vito saldría a algunas diligencias y gritó como siempre a Rolando, su criado de confianza:
—¡Rolas!
Aún no terminaba de decir la “ese” cuando el criado mostró sus genes de servidumbre, honradez y pobreza, herencia de sus padres; esa situación le permitía ser ahora el hombre más importante entre toda la servidumbre de La Hacienda Los Naranjillos, lo cual no era mucho, aunque mucho menos era poco.
— Sí señor, dígame
— Voy a salir de la hacienda, unos pelados se quieren apropiar de la rivera del Bobos y ya ves qué bien se da ahí todo. Les quiero hablar primero por la buena, y si no pues ya les tocará un poco de plomo... ¿Me escuchas rolas?
— Sí señor, claro, ¡qué aplomo!
— Pues ese es el asunto, tendré que estar fueras más de lo acostumbrado
— Sí señor, yo estaré a cargo de todo
— De eso precisamente te quiero hablar, de que te encargues de todo…
— Sí señor, de todo
— No rolas, no me entiendes, todo es todo
Un pequeño silencio de duda se causó por el temor impuesto del patrón al criado. La solicitud de mayor información puede ser considerada, en algunos ámbitos, como propia de alguien que es imbécil además de pobre, o imbécil además de honrado, o simplemente desatento o simplemente disperso. Y realmente la pobreza debe ser siempre una cualidad basta y suficiente.
— ¿No me entiendes verdad Rolas?
— No señor, ahora sí no
— Pues qué bueno, porque si me entendieras te azotaría en este preciso momento
— Claro señor, quizá hasta honor sería viniendo de usted el azote… cuando yo faltase a mi deber, que la justicia es el signo de su hombría
— La cosa, Rolas, es que he visto cómo su patrona mira al Duque de Fandango, que supongo que ni Duque ha de ser, y mucho menos de Fandango, pero ya ve que apenas tienen posibilidad de comprar con sus dos reales todo en Méjico, o cualquier hojalata de las pulgas, y se vienen para acá con sus títulos robados a exhibirlos con descaro
— Sí señor, lo entiendo
— No Rolas, que vas a entender, mira estas fotos, éstas sí las vas a entender. ¿Sabes lo que son?
Entonces puso sobre su escritorio varias imágenes de cinturones de castidad mientras el criado no sabía para dónde voltear o dónde esconder las manos.
— Esto es imaginación, Rolas, eso lo inventó un hombre cabal, que no se deja achicalar, un hombre justo, que le da a su mujer lo que ella quiere, pero le exige lo que debe, logrando así felicidad de ambos lados. Hay quien dice que esto es un mito, que sí existieron pero nunca se usaron, entonces seré yo el primero.
— Sí señor, tiene toda la razón… esos dibujos están muy bonitos
— No son dibujos, son fotografías, el mayor invento de la historia.
— ¿No tiene una del Duque de Fandango? Nunca lo he visto
— Precisamente ahí está el problema, me han dicho que le intentaron tomar una foto con mi mujer y nunca sale, y o el beso fue tan corto que no pudieron salir o me han estado mintiendo. Pero mi mujer es de besos largos. Te vas a ir con Don Tomás Ferrusquía, el gachupín ese que tiene la cerrajería, y le vas a pedir que venga de inmediato
No acababa de decir la o, cuando el criado estaba en la puerta poniendo pies en polvorosa. Justo afuera de la hacienda estaba el taller de Don Tomás, pero del casco a la entrada se hacían en caballo unos cinco minutos. Fue a buscar al hombre que además de cerrajero era herrero, le explicó el asunto y regresaron. Para entrar había que tocar una gran campana que hacía que abrieran la puerta. Si eran dos toquidos era el patrón, para que todos se pusieran a la orden. Antes de que tomara asiento Don Vito, ya estaba el sirviente con el cerrajero. Ambos fueron aleccionados por Don Vito sobre lo que es el honor. Luego procedió a explicarles lo que necesitaba.
— Quiero Don Tomas, un aparato de esos —señalaba la foto de los cinturones de castidad de dientes amenazantes por donde podía salir todo y no entrar nada más que bacterias e infecciones. Las imágenes eran explicitas y no requerían mayor explicación. Era la primera vez que esos dos hombres veían cosas similares y se mostraban como si fueran niños indefensos que no sabían qué estaba pasando.
Don Tomas se quedó mirando el alto techo pensando que el señor quería llevar puesto ese engendro de la ingeniería en sí mismo, se preguntaba para qué podría querer estar en esa situación y todas las repuestas que hallaba le avergonzaban un poco. El criado trataba de cuadrar el aleccionamiento que anteriormente les había dado, con lo que oía ahora, así que permanecía callado. Sólo veía las miradas de los dos hombres, hasta que él mismo comprendió lo que ellos estaban pensando y reaccionó. El criado dijo en voz bajísima pero perceptible
— Va a sangrar
— Pero que son idiotas –dijo acompañando tres terribles golpes en su escritorio—. No lo quiero para mí. Es para su patrona, es para mi mujer, es para que si ese maldito Duque de Fandango quiere tocar a mi mujer con su asqueroso miembro, se desangre al momento y entonces ella lo haga con un muerto. ¿Me entienden? Por ahora la he retenido estando ella aquí más que en la casa de la ciudad, pero siempre quiere ir allá, estoy seguro que es para eso, esto lo resolvería todo
— No me queda ninguna duda —dijo Ferrusquia
Siendo así las cosas, el patrón le dio al cerrajero que también era herrero, 12 horas para que fabricara ese inventó.
— Señor, no es tan fácil, eso lleva tiempo
— ¿Cuánto tiempo le lleva?
— Varios días, tengo que ir por más material, cargarlo, llevarlo al horno
— Tenga esto –le decía mientras le ponía en la mano varios miles de papeles y monedas y luego se dirigía a su criado—, contrate a quien quiera, a todos los herreros del país si quiere. Que le presten cuatro caballos y una carreta, que le den chofer, que le den más pago, y tierra si quiere pero quiero eso ya
El criado salía para pedirle las medidas de la patrona a la costurera. De regreso se las entregó al cerrajero.
Ferrusquía fue por su hermano, su compadre, sus tres hijos, y éstos a su vez llevaron a otros, cargaron el material, trabajaron unos en las bandas, otros en el dibujo, iban ideando las piezas y las iban construyendo,  en cuanto salía una pieza iban a hornearla, luego lo limaban y lijaban para después pintarla. Al final le daban un baño de plata porque sería vestido por una gran dama.
El cerrajero fue a su taller y estuvo haciendo varias pruebas, luego fabricó un candado y ya en la noche se presentó de nuevo en el casco de la hacienda de Los Naranjillos. Traía un costal con el artefacto dentro. Fue al despacho de Don Vito y lo puso sobre la mesa. Don Vito lo tocaba y veía a contraluz, estaba maravillado.
— Siempre quise uno de éstos
— Sí señor, puse todo mi esmero
El patrón pidió al criado que llamara a la patrona y se metió con ella a la recámara. Él le explicó lo que haría y sólo se escuchaba el sollozo de la señora. Luego pidió que entrara el cerrajero con los ojos vendados y que le instalara esa cosa a su mujer. La patrona aún lloraba.
— Buenas noches, mi señora –le decía Ferrusquía a la mujer para tranquilizarla. El cerrajero se inclinó frente a ella y supo que estaba desnuda por el olor de su sexo frente a su nariz. Le provocó una erección que disimuló inclinándose un poco. Luego explicó lo que haría.
— No le va a doler, mi señora. Pasaré esta banda de acero por atrás de su cintura —comenzó a sentir la piel de la mujer. La mujer dejó de llorar y se concentró en el tacto del cerrajero, quien aprovechó su mano detrás de ella y al patrón distraído, para hacerle una caricia en las nalgas disimulada de error. Pero esa mujer sabía que la mano del cerrajero no guardaba errores y eso le arrancó un suspiro que aprovechó para comentarle a su esposo algunos asuntos pendientes.
— Nunca pensé que dudarías hasta este grado de mí
— No dudo mujer, estoy seguro, sé cómo miras al Duque
— Es sólo un caballero amistoso
— Bueno, así lo conservaremos entonces, y usted señor cerrajero, será revisado hoy y siempre que venga en que no se le ocurra hacer más de una llave
— Esto no es justo
— Injusticia es ver a la mujer propia en las manos del otro
Mientras ellos intercambiaban opiniones, el cerrajero seguía su trabajo en esa relación donde las reglas sociales no lograban resolverse. El hombre es superior a la mujer. El rico es superior al pobre. El listo es superior al tonto. Entonces qué es la tonta mujer rica frente al pobre listo hombre.
— Le pido que no me pellizque con esa chapa, señor Ferrusquía, ¿qué no sabe hacer su trabajo bien? 
— Lo siento mi señora, no volverá a ocurrir —decía mientras continuaba con su instalación y uno que otro descuido voluntario sobre el que no había sinceros reclamos.
La instalación quedó, entregó la única llave a Don Vito. Él pagó por los servicios con una gran propina adicional. Don Vito nunca había cobrado tanto dinero. Supo que con eso podría poner un rancho. Afuera estaba el criado quien le desvendó los ojos y lo acompañó en caballo a la puerta. Mientras Don Vito veía a su mujer como una diosa. Ninguno se atrevía a decir palabra. Hasta que el cerrajero se defendió
— Yo sólo hago mi trabajo
— Sí, Don Vito, yo también sólo hago el mío
— Eres la mujer más hermosa sobre la tierra. No sé si sea porque lo eres o porque eres mía —los destellos de la lámpara iluminaban su cuerpo haciéndolo de dos colores
— Eres un cruel
—Te veré en unos días, no sé cuando llego, pero me tardaré más que lo acostumbrado, voy a arreglar unos asuntos
Salió azotando la puerta y se encaminó a su rumbo acompañado de su sequito. Antes de salir le pidió al criado que mandara un telegrama indicando que ya iba en camino a la ciudad y que le avisaran sobre todo a la duquesa de Bahía.
Su mujer lloró hasta el día siguiente. Iban algunas horas y ya sentía que esas cosas le causarían ampollas. Por la tarde le habló al criado quien entró hasta la recámara pues ella no quería levantarse. Vio que ella estaba con las sábanas encima y lloraba. Con el criado enfrente se destapó y él volteó la mirada.
— No, no voltees, mírame. Mira cómo apenas corre un día y tengo la piel enrojecida. Te digo que me mires, es una orden
Su mayor valor era la obediencia, aunque el segundo la inocencia. Miró y fue tal la impresión que comenzó a llorar.
— Lo siento señora
— No, no lo sientes, esto me va a terminar arrancando las piernas, ve por Don Vito
— Señora, pero el patrón…
— Soy la patrona, es una orden. A ver dime ¿quién manda aquí?
Y nuevamente estremecido por la red de reglas. ¿Manda el rico o el hombre?
El criado salió de inmediato en busca de Don Vito y en una hora ya estaba frente a la señora.
Quiero que me quite esto –decía la dama con las piernas abiertas frente al cerrajero, sus piernas ya tenían escoriaciones
— Señora, yo no puedo…
Usted si puede, porque aquí la que manda soy yo
Estando los tres en la recámara, el criado externó su preocupación
— El patrón me va a matar si se entera
— No se enterará –dijo la señora—, el cerrajero vendrá cada día a abrirla, para que todo el día esté libre de esa cosa infernal, luego vendrá en la noche para instalármela. Mi esposo sólo puede llegar de noche porque sólo puede salir de día, sé a donde fue, y son 12 horas, así que Don Tomás vendrá diario a las 6 para quitarme esa cosa, y luego a las 6 de nuevo para ponérmela. Sea que llegue cuando llegue mi marido, la tendré puesta.
— Usted manda, señora
Ante la evidencia sólo queda rendirse, así que le dijo que iría por sus herramientas. Antes de entrar, el criado le vendó los ojos. La mujer estaba tranquila. Se paró de la cama y se desvistió totalmente. Luego se puso frente al cerrajero que estaba hincado. De inmediato descubrió que la mujer estaba totalmente desnuda.
— Su oficio es interesante –dijo la señora mientras él intentaba abrir la cerradura del cinturón de castidad.
— Sí, se necesita del tacto para saber dónde falta una pieza, siempre vemos en la oscuridad, en lo inalcanzable, en lo prohibido –decía mientras tocaba como por descuido las piernas de su clienta—, del olfato que sirve para saber si un candado ha sido aceitado –decía mientras percibía ese olor de aceite que desprendía la señora que representaba el aceitado natural más eficiente del mundo–, del oído, para saber si la pieza ya se posicionó, si las cosas ya cambiaron de lugar –decía mientras escuchaba en ese cuarto el tic tac del reloj acompasado por el golpeteo de los corazones ahí presentes, comenzando en la taquicardia sexual— y también necesitamos de la vista –decía mientras la mujer le quitaba el vendaje que le había puesto el criado, lo levantaba con la mano y le ponía sus manos sobre el cuerpo de ella.
— ¿Y para qué necesita el gusto?
— ¿En mi trabajo? –preguntaba él mientras comenzaban a besarse y embarrarse de saliva en todo el cuerpo
Ella lo desvistió y lo incitaba que le diera sexo completo.
— Pero aún no he abierto la cerradura
— Destruya el candado
— No puedo, el patrón tiene esa llave y cuando llegue tiene que funcionar
— Ábralo con sus ganzúas
— Es que hicimos muy buen trabajo, es difícil
Y el cerrajero intentaba, el más experimentado, el mejor, el único en kilómetros y en esa situación de descontrol pasional, sus manos no funcionaban. Mientras con alambres y ganzúas buscaba violar su propia chapa, chupaba el cuerpo de la clienta acariciándola de los pies a la cabeza. Afuera el criado tocaba pensando que el cerrajero ya se había tardado demasiado
— Voy a entrar –dijo desde fuera
Ambos se vistieron rápidamente y él le dijo
— Mañana vengo a intentar de nuevo –decía mientras se vendaba los ojos ya de pie y el criado abría. La mujer ya vestida seguía llorando
— No tengo la ganzúa apropiada –le dijo el cerrajero al criado, dio hora y se retiró
— No lo olvide, que esto me va a destruir las piernas –dijo la mujer
— Con permiso, señora
El criado acompañó al cerrajero a la puerta de la hacienda. Ahí le habían dicho que estaba presente el duque de Fandango y que había preguntado por la señora. También le dijeron que estaba en el casco y que le habían dicho que podía pasar. Fue llevado por el chofer hasta el casco y fue anunciado. La señora salió y lo recibió.
— Buenas tardes señora
— Buenas tardes duque, veo que no descansa en su interés por mi
— Mi amor por usted es muy grande, aunque su desprecio por mí sea directamente proporcional, pero mi conocimiento sobre usted supera esas aritméticas y sabe lo que puede ocurrir si se resiste a la naturaleza de esta pasión
— Ciertamente usted sabe cosas de mí que nadie debe saber, y por eso he accedido a sus peticiones, pero ahora hay un problema que no depende de mí. Pase por favor
Entraron a la habitación y ella se desvistió. Él iba a hacer lo mismo pero ella le dijo que no sería necesario. Luego le mostró. El duque quedó horrorizado al ver esas placas de metal instaladas casi en sus entrañas, raspando la delicada piel.
— Su esposo es un monstruo
— Ciertamente, ahora comprende el porqué de los secretos que usted sabe de mí. Sin embargo, si aún con esto usted desea intentarlo yo no tengo más que acceder
— No, olvídelo, nunca más sabrá de mí
Al día siguiente, muy puntual, estaba el cerrajero limpio, afeitado e irreconocible.
— Anda muy arreglado, Don Tomás
— Si es que es el bautizo de mi hija
— Hace rato vi a su esposa y no me dijo nada
El criado le vendó los ojos y lo pasó a la habitación. Ferrusquía comenzó su trabajo y tras algunos intentos se escuchó el sonido más maravilloso de la creación: click. La cerradura había cedido y estaba abierta. La mujer se quitó el dispositivo y ambos se fundieron en un azote pasional. Al terminar se vistieron rápidamente y él se puso el vendaje y salió.
— ¿Todo bien don Tomás?
— Sí, pero me cuesta un poco de trabajo ganzuarla, es muy buena cerradura
— Pues usted la hizo
Al día siguiente se repitió la escena exactamente igual. Sólo que el ganzuado fue más rápido. Cada día era más simple hasta que llegó a dominar la técnica. No sólo del ganzuado sino de la pasión sin límites. Aunque tenían que hacerlo rápido, eso no era motivo para no disfrutarlo. La sesión de la mañana era más larga porque aprovechaban que el criado era muy solicitado por todos lados. En la tarde, en cambio, esperaba afuera y estaba tocando cada treinta segundos
— ¿Ya terminó Don Tomás?
— No, hoy esta chapa está más complicada
— Pero si es la misma que ayer
— Pero hay más humedad
Siete días después se oyeron dos campanazos en la hacienda y todo mundo corrió a sus puestos. Eran las ocho de la noche. El patrón llegó a su recamara y su mujer estaba sonriente.
— ¿Cómo has estado?
— Esperándote
— Qué bueno –sacó su llave y abrió el cinturón perfectamente—, este cerrajero es un genio
— Es muy cómodo este calzón
— No digas calzón, las damas no usan calzón, es un cinturón
Apagaron la luz y él durmió mientras ella recordaba las manos del cerrajero. Siempre acomodaba cada caricia en el lugar preciso, como si su amor estuviera ganzuando. Ella quedó enamorada y al parecer el cerrajero también.


Al día siguiente el hacendado tenía una reunión en la Sociedad de Productores de Tabaco de Veracruz donde organizarían la reunión nacional agrícola que se celebraría dos meses después. Le dijo a su mujer que le pondría el dispositivo nuevamente porque saldría varios días y ella aceptó cariñosamente. No le preocupó nada ni pidió al criado que fuera por el cerrajero. Le irritaba un poco ese metal o quizá era alérgica pero como la otra vez aguantaría bien un día.
Cuando de noche le llamó al criado para que le hablara a Don Tomás, éste le dijo que no estaba. Que iría más tarde.


En Veracruz, casi frente al malecón, en una casa tipo francés muy hermosa estaba el salón de la Sociedad de Productores de Tabaco. Se oían risas y gritos, ahí estaba Don Vito hablando de sus hazañas en El Bobos.
— También al Duque de Fandango le ha de haber ido bien –dijo un bromista con su copa en mano
— No tanto como a la duquesa de Bahía –contestó él entusiasmado y luego procedió a platicarles lo del cinturón de castidad—, yo llegué y mi mujer estaba feliz de verme, las aventuras amorosas son contrarias a la felicidad, le hacen a la mujer sentir culpa, contrario al hombre que le hacen sentir orgullo de su hombría y gallardía. Por eso el matrimonio ideal es el de un hombre aventurero y una mujer fiel. Ambos son felices y ambos se pueden procurar lo que cada quien necesite
— ¿Y quién es ese cerrajero que hace esos milagros? –preguntó uno de los caballeros que también tenía problemas con la vida disipada
Les habló de él y de inmediato pidieron que lo trajeran. Mandó un telegrama diciendo que se le requería urgentemente. En la hacienda fueron por el cerrajero y lo llevaron al puerto. Llegó en la mañana y estaban de nuevo reunidos.
— Esta es una reunión especial, estos caballeros están interesados en que les construya un cinturón como el que me hizo, bueno, como el que le hizo a mi amada esposa –su corrección causo risa en toda la sala y continuó—: estos caballeros son igual de ocupados que yo, y sin ellos este país no podría alcanzar fortuna alguna, es injusto que mientras ellos sortean los más incalculables riesgos, en su casa sean traicionados sin piedad.
La concurrencia comenzó a confirmar
— Sí, yo quiero uno
— Yo también
— Sí, les puedo construir a cada uno una pieza
Le mandarían las medidas por telegramas. Cuando se hacía ese telegrama, las respectivas mujeres pensaban que sus maridos les llegarían con un vestido de gala para la reunión anual.


En la hacienda, la patrona gritaba al criado para que fuera por Don Tomás. Cuando el criado preguntó a la mujer de Don Tomás que dónde estaba, ésta le dijo que lo habían llevado de la hacienda en carácter de urgente al puerto, porque había sido requerido por el patrón. Fue al casco y le explicó a la señora quien ya no soportaba esa carga.
— Ya no aguanto, ve estas llagas, Rolas, velas –le dijo al tercer día
Las llagas comenzaron a sangrar y pronto eso tenía una apariencia mortal. El criado fue a llamar al médico quien ordenó que fueran por alguien para quitar esa pieza. Pero estaba tan bien construida que nadie podía hacerlo sin riesgo de matar a la patrona. El mismo médico mandó llamar al cerrajero pero le indicaron que no tardaba, que estaba con el patrón en el Puerto, y que al parecer ya se había adelantado. En efecto, llegó pronto y fue requerido para remover la pieza. La mujer estaba delirando con fiebre diciendo cosas que casi nadie comprendía. Fue medicada y al día siguiente se sentía mejor pero aún tenía una apariencia terrible, al igual que sus heridas, llegó entonces el patrón. El médico estaba ahí viendo a la mujer y le explicó los hechos.
— La prenda metálica –dijo el médico— le ha causado una infección en las piernas por escoriación y dermatitis de contacto, su mujer es alérgica a la plata, y, en caso de que siga vistiendo este tipo de prendas, deberá hacerlo con piezas de otro tipo de metal.
— Pero la otra vez te quedó bastante bien
— Sí pero es que esta vez he estado más activa
— No te preocupes querida, pediré que le pongan cobertura de otro material. Que le hablen a Don Tomás de inmediato
Don Tomas fue traído y sobre explicado del problema.
Mientras hacia el modelo especial para Don Tomás, hacia los modelos para todos los otros hacendados. No paraba en su taller, y cuando el patrón no estaba, se la pasaba entre el taller y el casco, cuando iba a ganzuar la prenda de la señora. Diario salían envíos a distintas partes, para distintos patrones. Hizo un instructivo del cinturón y lo fue perfeccionando con dibujos del criado que tenía talento para las líneas.


La reunión anual llegó. Esa reunión era de maridos con señoras. Cocineros de renombre preparaban los platillos y las damas se reunían para platicar de sus vidas.
— Odio las reuniones mensuales porque los celos de mi marido lo llevan a ponerme una cosa horrorosa en las piernas
— ¿A ti también? A mí también
Entonces la patrona comenzó a reír, diciendo que ella aseguraba haber sido la primera y platicó que la última vez habían tenido que llamar al cerrajero. Aunque no platicó nada más de este hombre a quien ahora admiraba como si fuera un héroe.
La reunión terminó y cada quien regresó a sus casas. A la casa del cerrajero llegaban telegramas de todas partes.
— ¿Por qué te llaman tanto? –le preguntó Isaura, su esposa
— Es que me han conectado para varios trabajos
El taller no descansaba. Tampoco descansaba el continuo tilín del dinero. Un día llegó el cerrajero con su esposa y le dio una noticia
— He comprado la hacienda de Monte Pardo
Una hacienda pequeñita, con unos huertos buenos pero chaparros, con pocos animales y mucho monte, pero hacienda al fin. La mujer pensó que su esposo estaba bromeando. Pero comenzó la mudanza y entonces ella se convirtió en patrona. Continuamente le preguntaba por qué había comprado esa hacienda al lado y no se habían ido más lejos si ya tenían suficiente dinero.
— Es que esta hacienda es la que nos da mucho trabajo
No había más que preguntar. La patrona era excelente costurera y hacía unos diseños que eran bien recibidos por todas partes. Era conocida por su capacidad de dibujo. En la hacienda montó un taller donde producía en serie los cinturones y su fortuna comenzó a crecer más.
— Qué raro –era lo único que a veces pensaba Isaura
Un día comenzaron a llegar telegramas de reconocidas damas de la sociedad. Entonces Don Tomás salía corriendo con rumbos diferentes. Se encontraba con distintas señoras que hartas del cinturón de hierro pedían socorro. Así como en el ganzuado, la experiencia en el amor creció. Movimientos de los dedos suaves, primero parecerán erróneos, y luego la máquina, ya sea la cerradura o la mujer que en cierto sentido él también la veía como una chapa a la que debía vencer, la que no quería revelar sus secretos pero que al fin lo haría puesto que era especialista en aperturas. Un toque muy suave primero, una caricia, un click, otro toque muy suave, otro click.
Así se volvió amante de varias mujeres. Pero su amante favorita siempre sería a la que él llamaba la Duquesa de Naranjillos, porque nunca se había atrevido a preguntarle su nombre. Su expatrona.


La nueva reunión anual llegó. Como tradición se mencionaba, antes que nada, la entrada de nuevos miembros. Así se anunció que Don Tomas Ferrusquía era nuevo miembro, reciente en las empresas agrícolas, pero un hombre con el que todos estaban agradecidos. Iba acompañado de su mujer Doña Isaura. 
Todos aplaudieron, hombres y mujeres, todos eran igualmente felices con él, y por qué no, con su mujer también. De inmediato fue aceptado en ese nuevo estrato social. Las damas hallaron de inmediato a sus congéneres y platicaron de inmediato con ella. Hacían comentarios que si bien ella no entendía del todo, si le permitían comprender que las relaciones eran complejas. La confianza es algo extraño. No es instantánea, va creciendo, así que la intimidad tendría que esperar para la reunión del siguiente año.
Al poco tiempo, Don Tomás compró también una finca en la ciudad, e instaló su negocio Industria Herrera y Cerrajera de Oriente. Fue cuando creció más su clientela entre las señoras de sociedad. Iba en la mañana a abrir y en la tarde a cerrar. Muchos hombres de negocio envueltos en viajes le daban una gran cantidad de trabajo. Muchas mujeres sólo querían descansar de ese armatoste. Él respetaba la decisión, iba como amante o como prestador de servicios de ganzuado. En uno cobraba con pasión y en otro con dinero.
Abría nuevas sucursales y hasta inventó un candado que incorporaba muchos de los desarrollos que había hecho en su otro negocio. Sus candados no hacían daño a la piel ni se oxidaban con el contacto con distintos líquidos y tenían coberturas de materiales que no se dilataban con el calor. Además el frío no afectaba al metal helándolo. Otros tenían hermosos herrajes.
Se volvió un interminable viajero. Su esposa rara vez lo veía. Un día sintió sospechas de cómo el criado de Naranjillos, Rolas, se le quedaba viendo a su mujer. Su mujer se hacía cargo de las finanzas, había resultado mejor que cualquier capataz o contador, era su socia además de esposa. Pero esas miradas no le daban confianza. Así que le instaló un cinturón. Así estaría más tranquilo, y todo sería más feliz, tal como establecía don Vito.
El primer día la mujer lo maldijo a morir, pero se quedó pensando y se fue al casco de su pequeña hacienda donde tocó la campana, lo que significaba que todos debían ir. Ahí estaban los criados y ella comenzó su discurso.
— A ver bola de desarrapados, ¿queda claro quién manda aquí?
— Sí señora
— Que bueno, porque no les voy a dar explicaciones. Vengan todos los herreros conmigo
Entonces se los llevó al taller, ordenó que le arrancaran el cinturón aquel. Nunca había entrado al taller más allá de la entrada, le parecía demasiado ruidoso y sucio. Pronto asumió los roles de su nueva sociedad. Pero al ingresar se quedó sorprendida de todos los artefactos que colgaban del techo y paredes. Hombres trabajando en dispositivos extraños. Entonces comprendió de dónde venía su fortuna. Cuando le terminaron de quitar el cinturón, tras mucho esfuerzo, les indicó lo que se haría
— Además se me ha ocurrido otra cosa
Luego los puso a trabajar en un nuevo proyecto.


Cuando llegó su marido del más reciente viaje, todo cursó de manera normal al principio.
— ¿Cómo estuviste cariño?
— Todo perfecto, mucho trabajo, estoy muy cansado
— Quiero besarte
— No, espera, estoy muy cansado, además no traigo la llave de tu cinturón
— Sí, me imagino
Lo acarició por atrás, lo fue desnudando mientras él tímidamente protestaba y en el movimiento menos pensado, con un girón brusco, lo volteó y le puso un calzón de acero, un cinturón de castidad masculina. Lo volteó de nuevo y hábilmente le puso el candado y lo cerró. Era un artefacto que apenas le permitiría orinar, pero estaba estudiado y probado con varios empleados de la hacienda, razón por la cual ahora la patrona era vista por las mujeres de los trabajadores como una excelente mujer.
— Estás loca, ¿qué es esto?, ¿de dónde lo sacaste? –decía viéndose, y viéndola a ella libre de cualquier prenda, telar o metálica—.Estás verdaderamente loca… Explícame mujer, ¿de qué endemoniada broma se trata esto?
— No es una broma, es tu nuevo cinturón. Cada vez que salgas a hacer tus labores, saldrás con él, así vayas a la esquina cariño; y no lo puedes ganzuar porque le puse la llave atrás, está diseñado para que al quitarse por las malas te arranque la piel. Si te educas, pensaré algún día en quitártelo
— Me iré a otro lado
Pues no quieres que toda la Sociedad de Agricultores sepa que haces con sus esposas ¿verdad? Así que por favor te tranquilizas.


En la siguiente reunión anual había una tensa calma. Ahora le tenían más confianza a Doña Isaura. Aprendió rápido a maquillarse y peinarse. Su apellido español le daba cierto toque a la altura de la burguesía. En las pláticas de señoras, como siempre, salió a cuento la cuestión de la infidelidad, de la ajena, porque la propia normalmente es más discreta.
— Ya no sé que hacer con mi marido
— Yo tampoco
— Pues yo si sé que hacer con sus maridos –dijo Doña Isaura y les platicó de su solución—…Así son los hombres, el mío no es ni una excepción ni un caso excepcionalmente grave, seguramente –algunas intercambiaron miradas nerviosas y siguieron escuchando con atención
— Últimamente… ¿cómo se te ha comportado? –le decía una de ellas invitándola a seguir
— Pues muy bien, no sé por qué; ¿qué raro, verdad? –seguía el intercambio de miradas con uno que otra—. Pero bueno, es que yo me he esforzado, y he inventado algo. Como esposa del cerrajero, soy la señora cerrajero y también sé mucho del oficio.
Entonces sacó sus diseños del calzón de castidad para hombres, como ella le llamó. Todas quedaron maravilladas, era lo mejor del mundo, permitía aquella condición de libertad exigiendo fidelidad y simulando la propia. Todas le preguntaron cómo podían adquirir uno, y se llevó un pedido bastante grande.
Al regresar a casa, metió a su marido al taller y le indicó que producirían el calzón de castidad en masa. Protestó y le recordó que él no querría de ningún modo, que sus colegas supieran que era el amante de sus esposas, o que, mejor dicho, lo había sido en mucho tiempo. Martillazos se oyeron toda la noche. Y durante semanas fueron los envíos y repartos del producto.
A la siguiente junta anual, todas las parejas llegaron abrazadas, todos parecían no reconocerse, distintos peinados y hasta actitudes, todos fueron de nuevo presentándose mutuamente. En la foto se veían todos sonriendo. El único que no aparecía era el conde de Fandango.


Por Tonatiuh S. Meaney

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