jueves, 4 de julio de 2013

Cuando el club se vino abajo



Preparaba café cuando comenzó a temblar. Martín, Humberto, Emmanuel, Gerardo y yo, solíamos reunirnos el primer día de cada mes para conversar sobre cualquier tema. Dos días antes había sido mi cumpleaños, por ende ese encuentro requería de una atención especial. Cada uno tuvo una encomienda de acuerdo a sus cualidades. Martín era maestro de filosofía y debía llevar textos para analizarlos, Humberto era chef, a él le tocaron los platillos de la cena, Emmanuel era alcohólico y llevó el vino, Gerardo era músico, a él le pedimos llevar su colección de acetatos, y yo…yo sólo tenía dinero y era mi festejo, así que me tocó poner la casa.
—Ahora si te luciste, Humberto. Es muy difícil conseguir escamoles, ¿cómo le hiciste? —dije yo, realmente sorprendido.
—Ni tanto, eh. Se los encargué al repartidor de mi trabajo. Su familia se dedica a la cosecha de escamoles —respondió  Humberto, dejando caer los escamoles en mi plato.
—Recuerdo que en la prepa —dijo Gerardo— la banda de un amigo se llamaba así y nunca entendí porqué.
Humberto se rió discretamente.
—Ni yo lo entiendo. ¿Gerardo, sabes de dónde sacan los escamoles? —preguntó Humberto.
—Ni idea.
—De los nidos de las hormigas que también llevan el escamol en el nombre.
Martín intervino rápidamente:
—El humano, al verse derrotado ante el mismo, sabiéndose tan poderoso que es imposible controlarse, decide descargar su frustración sobre la vida misma. Qué miserable.
Con la misma rapidez Humberto respondió:
—Cálmate, sólo son larvas de hormiga.
Martín estaba a punto de responder cuando Emmanuel, sabiendo de antemano que en discutir con un filosofo se te puede ir toda la vida, decidió salvar la noche.
—Oye, Humberto, ¿cómo preparaste los escamoles? Huelen riquísimo.
Martín, al darse cuenta de la situación, no hizo más que refunfuñar.
—Necesitas mantequilla, cebolla y epazote. Yo no le agrego sal, la sustituyo con caldo de pollo en polvo, pero esa ya es decisión del que la prepara. Primero se derrite la mantequilla en una cazuela, se agrega la cebolla y se sazona un momento. Sólo hasta que la cebolla se ponga un poco transparente se agregan los escamoles, luego se tiene que…
Mientras Humberto contaba la receta, los demás -excepto Martín- lo escuchábamos maravillados. Yo imaginaba un ritual antiguo. El chef de cuclillas en el centro del salón preparando un caldo que, al pasar por la faringe, nos quemara lentamente, hasta derretir el corazón y así pasar a poblar los campos de la muerte. Humberto golpeó su copa con una cuchara y me trajo de vuelta al presente.
—Bueno, basta ya de hablar y comamos todos de una buena vez —dijo Humberto con una sonrisa que parecía que le iban a explotar las mejillas.
—Coman ustedes, yo me reservo el placer —sentencio Martín, yéndose a recostar a un sillón.
La cena hubiera pasado totalmente en silencio de no haber sido por Gerardo que, al darse cuenta de que tanto silencio lo atemorizaba, reprodujo en mi fonógrafo su adquisición más valiosa: un acetato del álbum Closer de Joy Division. El sonido hizo que Martín se reincorporara a la mesa, tomando una botella de vino para darle un gran trago.
—Emil Cioran dijo alguna vez que vivir con la idea del suicidio es estimulante. ¿Qué les parecería morir esta noche?
Sin querer, la pregunta me incomodó. No por miedo de pensar en la muerte, sino porque nadie antes me la había ofrecido. Guardé silencio para escuchar lo que los demás respondían.
—En serio que tú si estás loco de remate, Martín—dijo Humberto.
—El sordo siempre cree que los que bailan están locos —respondió Martín.
—Nietzsche Style, baby —dijo Gerardo
—Claramente, compañero.
—La existencia dejó de tener importancia para mí. Todo debe ser bueno o malo. No lo soporto.
— ¿Y tú, Emmanuel?
—A mí qué me dices, morirme es lo que quiero desde hace mucho tiempo, nada más que el alcohol ya se tardó.
Martín volteó a verme y no pude evitar sentir un sentimiento de alivio; yo tenía cuarenta y ocho años y todo lo que poseía era gracias a mi padre, que después de enviudar, quiso ocuparse de mí al cien por ciento. Cuánto daño me hizo, sin saberlo. Lo único que era mío era la vida y, en ese momento, estaba seguro de querer deshacerme de ella.
—Cuenta conmigo, Martin.—Es lo único que pude decir.
—Perfecto compañeros, perfecto.
— ¡Ustedes sí que han perdido por completo la razón! —exclamó Humberto—¡Semejante estupidez!
—Puedes marcharte, si así lo deseas —dijo Martín.
Humberto nos miró, como esperando algo que lo retuviera, una palabra, un gesto por lo menos, y al no encontrarlo decidió marcharse.
—¡Allá ustedes, par de locos! —Y se fue con el rostro rojo.
—Bien, procedamos a tomar la última taza de café y marchémonos de una vez por todas.
Me di cuenta de que ya no había café en la mesa y me dispuse a traer más de la cocina. En el trayecto no dejaba de pensar en lo afortunado que era de tener a Martin, Emmanuel y Gerardo, como amigos. Sin duda esos son la mejor clase amigos.
Regresé con la cafetera llena y comencé a servir, cuando iba en la segunda taza comenzó a temblar. Se fue la luz. Cerré los ojos mientras sonreía. Los cuadros, las piezas de cerámica, las macetas, los vidrios, se escuchaban caer a mí alrededor. Fue perfecto. Una emoción mayor invadió todo mi cuerpo. Por fin nos íbamos a morir.
Entonces algo me quitó la sonrisa y me hizo abrir los ojos: mis compañeros de muerte corrían gritando desesperadamente. Pedían ayuda.
Cuando pasó el zarandeo todo fue silencio y polvo. A lo lejos escuchaba mi nombre entre gritos de Emmanuel y Martín. Cuando me encontraron de pie junto a la mesa no tardaron en preguntarme si estaba bien. No respondí. A tientas llegué hasta la cocina, donde guardaba las velas. Tome cinco, prendí una y regresé al comedor. Le repartí una a cada uno y seguí caminando hasta mi habitación. El sonido al cerrar la puerta se escuchó en toda la casa.
Me levanté muy temprano y al salir de mi cuarto no me conmovió ver los desastres que había provocado el temblor. En la sala aún dormían mis invitados. Uno por uno fueron despertando. Preparé el desayuno; sandía, molletes y jugo de zanahoria. El silencio siguió rondando hasta el momento en que se fueron, cuando todos nos miramos con la certeza de que algo más que objetos también se había venido abajo.

 Por Alan Odraude. 


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