miércoles, 17 de julio de 2013

Es momento de devolverle al pez lo intercambiado



Nuestro final comenzó con un charco de agua en el cuarto. Para entonces, ya me querías, aunque no lo quieras aceptar. Tanto me querías que no tardaste en traer jergas para cubrir la mancha. La mancha no se iba. Me miraste preocupada y lloraste. Te quedaste callada y lloraste.

***

Me citaron muy temprano en el número ochenta y cuatro de la calle Dolores. Llegaste diez minutos después. Fuimos presentados sin nuestro consentimiento, nos presentaron y se fueron, dejando demasiadas preguntas sin respuestas. Dijeron: «se van a necesitar el uno al otro». Sí, muy bien, pero olvidaron mencionar la parte fea. La casa era algo muy grande sólo para los dos, fue cuando decidiste traer al gato, ¿lo recuerdas? No quise quedarme atrás y al día siguiente fui a comprar una pecera y un pez platy. Todo mejoró una tarde, mientras comíamos, cuando uno de tus cabellos apareció flotando en mi sopa y mencioné que me gustaba mucho tu cabello chino. Dijiste que lo hubieras preferido lacio y se me ocurrió que intercambiáramos. Al día siguiente nadie notó la diferencia. Decidimos intercambiar más cosas: mi falta de bigote por tu exceso de vello en piernas; un diente por una uña; mi nariz de pretzel por unos kilos que te incomodaban. De esa forma la relación iba, hasta cierto punto, mejor; tú me quitabas lo que no me gustaba y yo hacía lo mismo por ti. Sin querer nos extrañábamos, y eso sí que no me lo puedes negar. Cuando ya no hubo nada que cambiar apareció el charco. Pasabas tus días fuera de casa, los míos se hacían pesados y no tuve más remedio que intercambiarle mis piernas al gato por sus siete vidas; te encargaste de acabar con ellas, una por una. El agua ya nos llegaba al ombligo; el final era inminente. Pensando en eso, en un último intento por salvarnos, recurrimos al platy. Le pedimos sus tráqueas para soportar la marea, dijo que si pero a cambio nos pidió nuestros ojos. Hicimos el trato, contentos por la segunda oportunidad, pero en realidad nada cambió.

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Con agua hasta el cuello es momento de devolverle al pez lo intercambiado y despedirnos; hace falta más que eso para poder seguir viviendo juntos.


Por Alan Odraude 

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