lunes, 22 de julio de 2013

Implosión

Lo felicitan por su merecido premio literario. Amigos y conocidos se acercan a su mesa para rociarlo con halagos y adulaciones. Siempre te dijimos que tenías talento. Por fin llegó el día en que todas esas mañanas de soledad frente a la hoja en blanco han dado fruto. De aquí pa´l real. Arturo los escucha sin decir palabra. Es demasiado modesto y demasiado viejo para vanagloriarse. En el fondo aún no entiende la dimensión de lo que está sucediendo. El premio más importante del estado es suyo: un gordo cheque, la impresión de su libro en edición de lujo, con pasta dura y papel cuché. Es como si de pronto la diosa de la fortuna se hubiera dignado bajar sobre su cabeza y coronarlo con laureles. Por fin la gente conocerá tu obra. Estamos orgullosos. Eres el hijo pródigo del pueblo. Incluso un agente literario se le acerca para ofrecerle un modesto contrato por sus demás libros.
            Hasta hace unos días, nadie del mundo literario conocía el nombre de Arturo. Eso a pesar de sus manuscritos enviados a todas las revistas y a todas las editoriales. Nunca antes había ganado nada. Nunca antes había tenido siquiera la lejana esperanza de llegar a ver su obra publicada. Sólo sus amigos lo leyeron desde siempre, sólo sus familiares, sólo sus compañeros de las tertulias literarias a las que asiste regularmente desde hace años. Textos que se fueron acumulando en cajas. Arturo es incapaz siquiera de recordar todo lo que ha escrito. Y fue precisamente cuando abandonó toda esperanza de ser un escritor reconocido cuando escribió el libro con el que ganó el concurso. “Hojas en desorden”, la novela de un escritor que se enamora enmedio de la desesperanza y que, mientras bebe en la habitación de un hotel, escribe su historia en hojas sueltas. A su gusto, la peor de todas sus novelas.
            Los amigos lo invitan a tomarse algunas fotografías, le piden que sostenga el diploma entre sus manos. Ahora lo consideran un escritor, un artista, la oruga que se ha transformado en mariposa. Muchos de ellos nunca han estado en presencia de un personaje reconocido. Su nombre y las fotos saldrán el día de mañana en el periódico estatal.
            Después sigue la recepción. Quitan las sillas y llegan los meseros cargando charolas con bocadillos y copas con vino. Arturo pide una cerveza. La gente va y viene frente a él. Platican unos momentos con “el escritor”, quien no hace más que escucharlos.
            A las nueve de la noche Arturo se disculpa, tiene que retirarse. Mira a los invitados, sabe que muchos de ellos están ahí sólo por la comida y el alcohol gratis. No le importa. De todas formas nada de eso se pagó con su dinero. ¿Para qué hacen una presentación? le dijo Arturo al Secretario de Cultura de su pueblo. Es una fiesta para usted, un reconocimiento ante la sociedad, le dijo. En el fondo, Arturo hubiera preferido que todo ese dinero se lo dieran a él; ya sabría cómo gastarlo apropiadamente.
            Sale del auditorio y en la calle busca un taxi. Antes de subirse busca el cheque en su bolsillo. Primero no lo siente y el corazón le da un brinco. Pero al meter por completo la mano en la chamarra lo encuentra. Lo saca para verlo una vez más, para ver la cantidad que tiene escrita. Mañana puede pasar a cobrarlo. Luego lo dobla y lo vuelve a guardar. Le pide al taxista que lo lleve a casa. El trayecto de regreso es tranquilo. El taxista es un hombre mayor que no tiene ninguna prisa por llegar. Arturo aprovecha para ver las luces de las casas y mirar un poco el cielo lleno de estrellas. Hace mucho que no se siente así de relajado. Se acomoda en el asiento y cierra un momento los ojos.
            Al llegar a casa, lo primero que hace es quitarse los zapatos. Vive en un departamento a las afueras del pueblo, arriba de un restaurante. Son apenas dos habitaciones, una sala, cocina y baño. El espacio suficiente para un hombre solo. El suelo es de madera, suave y cálido. Las paredes de la sala están llenas de estantes con libros y revistas. Sobre la mesa de centro hay varias hojas manuscritas. Arturo deja las llaves en un tazón a un lado de la puerta. Cuelga la chamarra en el perchero y respira aliviado.
            Del refrigerador saca la charola con hielos y de la alacena una botella de güisqui. Una costumbre heredada de su padre, un contador, que al llegar a casa seguía el mismo ritual. Las acciones repetitivas son las que nos tranquilizan, solía decirle. Son las que le dan sentido a nuestra vida. Los hombres de ahora están perdiendo su “ritualidad”, ya ni los saludos al llegar a un sitio nuevo son importantes. Han comenzado a despreciar las formas. Eso está llevando a nuestra civilización al caos.
            En su habitación, Arturo se quita la camisa y la dobla antes de depositarla en el cesto para la ropa sucia. De la misma forma se despoja del pantalón para quedar sólo en ropa interior. Se mira en el espejo, se nota un poco más gordo, un poco más arrugado de la cara. Luego se sienta a la orilla de la cama, da un sorbo a su güisqui y mira el montón de hojas sobre el suelo; es el último capítulo de su novela. Se toma unos minutos para ordenar las hojas.
            Esta novela trata acerca de un grupo de críticos literarios que se dedica a robar relatos de escritores desconocidos. Relatos en su mayoría malos, los cuales discuten y transforman hasta dejarlos completamente pulidos. Transforman el carbón en diamante. Luego, esos textos son enviados a concursos literarios en donde, de forma indudable, ganan. Los críticos no ejercen una labor creativa, sino reconstructiva. Pero un día entra al grupo otro muchacho, el cual tiene mucho talento y estudia la forma de proceder de todos ellos. En un momento de la novela los críticos literarios comienzan a perder los concursos a manos de un escritor del cual nunca antes han escuchado. Buscan, se documentan, pero nadie sabe de ese escritor talentoso que está arrasando con los concursos; un escritor salido de la nada. Al final descubrimos que el nuevo integrante de su grupo, el joven talentoso, se ha dedicado a reconstruir los cuentos que ellos mismos han reconstruido; una suerte de reescritura de lo reescrito. Es una novela pequeña, de apenas 80 cuartillas, a la cual le puso el punto final antes de salir al evento de premiación. Arturo reúne las hojas y las guarda en un sobre color manila.
            Arturo es un escritor diurno. Se levanta a las siete de la mañana y escribe durante una hora y media. Luego desayuna fruta, toma café y come huevo con pan. Después sale con rumbo a la oficina donde trabaja como auxiliar contable, un trabajo monótono que le permite pensar en sus historias. A las cuatro vuelve a casa, come, lee un poco y, dependiendo el día de la semana que sea, va a las tertulias literarias llevando su montón de hojas bajo el brazo. Por la noche, al volver a casa, se quita los zapatos y se prepara un güisqui. Se acuesta y piensa otro rato en sus historias antes de quedarse dormido.
            Dedica otros minutos a ordenar las cajas con textos que guarda debajo de la cama. Luego va al baño a lavarse los dientes. Se mira en el espejo a los ojos. Ganaste, dice. Por fin eres reconocido. Luego camina de vuelta a la recámara, saca el cheque del premio y mira la cantidad escrita en él. La suficiente para vivir unos cuantos meses sin preocuparse por el dinero para pagar la renta o comprar la despensa. Lo dobla y lo guarda en la cartera.
            Sobre la mesa de centro hay hojas manuscritas. Arturo las levanta, lee algunos párrafos y después las rompe. Tira los pedazos a la basura.
            Levanta el teléfono y marca rápidamente un número. Con el auricular en la oreja escucha el tono de marcado. Le contesta la voz de una mujer. Bueno. ¿Bueno? Y Arturo no dice nada. ¿Es acaso una broma? ¿Se da cuenta la hora que es? Le cuelgan. En el teléfono sólo queda el sonido de la línea muerta.
            Regresa a su habitación. Del closet saca un pequeño banco de madera que utiliza para alcanzar los lugares más altos. De ahí mismo saca una cuerda y, cargando el banquito en la otra mano, camina hasta el baño.
            Una vez ahí se quita la camiseta y los calzoncillos. Desnudo, subido en el banco, se coloca la cuerda alrededor del cuello. Amarra el otro extremo al tubo de la regadera. Se toma unos momentos para ver a su alrededor. Mira por la ventana las luces del pueblo. Mira la noche. Hay un profundo silencio. Entonces aguanta la respiración y se deja caer.

Por Carlos Wilfrido Trejo

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