lunes, 2 de septiembre de 2013

Pensamientos perversos



La casa de la maestra me parecía un lugar agradable. Estaba bien situada, llegando a la carretera de Cuernavaca, y tenía una inmensa variedad de plantas. También había dos perros, un gato y tres canarios: todos recorrían la casa en libertad. Recuerdo que uno de los perros me orinó y la maestra me abrazó emocionada. Sentí sus pechos. A pesar de la edad todavía se podían sentir firmes. Pensé en todas las veces que quise coger y no pude.
Me senté a trabajar mientras ella regaba las plantas. No me concentraba: pensamientos perversos atacaban mi cabeza. Cuando pensaba en mujeres maduras, inmediatamente pensaba en mi abuela y así fue formándose la idea de no fijarme en ellas. Pero la naturaleza de un hombre es impredecible. Seguro toda la escuela se habría burlado de mí si me hubieran visto en ese momento: mordiéndome las uñas; dando vueltas alrededor de la mesa.
No aguanté más y fui a buscar a la maestra. Ella seguía regando las plantas. Cuando llegué y me vio, estoy seguro de que pudo oler mis ganas de animal por querer tirarla al suelo y arrancarle la ropa. Se pasó el dedo índice por los labios, luego por la lengua y avanzó despacio hacia mí. Colocó su dedo húmedo sobre mi ojo derecho, lo cerró lentamente y volvió a hacer lo mismo con mi ojo izquierdo. Sentí su dedo bajar por mis mejillas hasta llegar a mis labios. No te preocupes, estarás bien, yo cuidaré de ti. Después vino el silencio.


Comencé a perder mi cabello a los 16. Era algo incontrolable. Orinar en los baños del cine significaba sólo una cosa: dejar el mingitorio lleno de lombrices obscuras. Al comer siempre terminaba sacándome dos o tres cabellos de la boca. Peinarme era una tortura. Bañarme, ni se diga. Fueron días complicados. En mi desesperación llenaba mi cabeza con cientos de mezclas, como no funcionaba opté por raparme, la satisfacción sólo duró un par de meses, mi cabello no mostraba señales de una tregua; comencé a practicar yoga, dejé de masturbarme, dejé de comer carne, en fin, nada funcionaba.
Tardé en aceptarlo; sería un calvo de dieciocho años.
En aquel tiempo vivía con mi abuela. Cuando ella construyó la casa sembró una buganvilia en el patio, que con el paso del tiempo se fue haciendo famosa entre los vecinos por atraer todos los días decenas de mariposas. Una tarde, mientras barría las hojas de buganvilia, vino a mi mente un pensamiento que parecía ser alegre: yo también era un árbol y mis cabellos las hojas. Si, muy bonito, ¿pero quién barre los cabellos que voy perdiendo? En cada lugar voy dejando partes de mí que nadie recoge.
No pude terminar de barrer. Dejé la escoba en el suelo y me quedé mirando el cielo; la tarde moría.
Al día siguiente les conté a mis compañeros lo que me había pasado, pocos fueron los que no se rieron. Qué pedo, pinche buganvilia, me decían cuando los saludaba.
Después de un tiempo les pedí que dejaran de llamarme así. No es que me molestara el nuevo apodo, en realidad también me causaba gracia, pero desde que se referían a mí como buganvilia la maestra de biología se comportaba de manera extraña conmigo: los días que teníamos clases me preguntaba si había estado tomando agua, yo le decía que sí, sólo por decirle algo, pero si me mostraba apático en su clase inmediatamente me mandaba a comprar una botella de agua. Qué vieja tan loca, pensaba mientras pedía en la cafetería una bonafont, de litro, por favor.
El último día de clases la maestra me mandó llamar. Había reprobado su materia y cuando me dijeron que quería platicar conmigo pensé que tal vez podría sacarle algo de provecho a esa situación. Comenzó a hablar y se notaba su preocupación, en verdad tenía mucho interés en saber si yo tenía algún problema. Le dije que no, que sólo me daban flojera las investigaciones que acostumbraba dejarnos de tarea. Me miraba con incredulidad. Alan, quiero ayudarte, de verdad. Estoy dispuesta a ponerte nueve en tu examen final pero con la condición de que me ayudes a pasar calificaciones en mi casa, dijo ella. Mierda, mierda, mierda, pensé yo. ¿Cuándo?, dije. Esta tarde, dijo. Mmm, bueno, dije, y el trato se cerró.


Desperté y el sol me lastimaba los ojos, todo el cuerpo me dolía. Intenté caminar  y no pude: mis piernas, que ya no eran piernas, sino muñones, estaban sujetadas a una maceta. Me sentía… No recuerdo cómo me sentía. Es difícil de explicar, pero recuerdo que no distinguía el sueño de la realidad.
 La maestra apareció con una taza de café en la mano, me dio los buenos días, acarició mi cabeza, vi varios cabellos caer y me ofreció un poco de agua. La sujeté de la camisa y le exigí explicaciones, sonrió e hizo su cuerpo hacia atrás, yo caí de boca al suelo. Para ser una buganvilia eres muy rebelde, dijo. Seguía sonriendo. Me sujetó por la espalda  y me levantó. Toma, esto te hará bien, dijo y colocó excremento de perro sobre la maceta.

Ahora tengo cincuenta y seis años. No recuerdo cuándo dejé de pedir auxilio. Ya no importa. La maestra lleva tres semanas tirada en el suelo, sin moverse, y nadie más me trae agua, ni recorta mi barba. Tiene un aspecto horrible, hinchado, descolorido. Hace una semana que no produzco excremento y no puedo comer. Le cuento esto a nadie mientras agonizo.


 Por Alan Odraude

No hay comentarios:

Publicar un comentario