jueves, 20 de febrero de 2014

Úsalo al revés


Recibir juguetes en navidad era algo intrascendente para mí. Mientras mis hermanos gritaban y bailaban por toda la sala presumiendo sus nuevas adquisiciones, yo me limitaba a buscar esa envoltura cuadrada y plana en el fondo del pino artificial. Como cada navidad, mi abuela o mi madre nunca me decepcionaron: siempre encontraba el calendario al lado de la pijama, los patines o cualquiera que fuera el regalo que me había traído Santa.
            Mis hermanos me tachaban de tonto y me preguntaban en tono burlón si las fotos del calendario eran de gatitos o de campos llenos de flores: «Enséñanos, queremos ver si es otro de HelloKitty como el del año pasado». Admito que sí me sorprendí; mi madre me regaló uno con pinturas de Monet. Era el primer calendario “serio” que recibía, pero lo mejor de todo era el tamaño pequeñito de los números y el gran espacio de los cuadros para escribir cosas en ellos. Me gustaba escribir sobre él que el tercer fin de semana de cada mes salíamos de día de campo.
            A mi abuela no le gustaban esas salidas y cada que le era posible nos persuadía sobre ello. Cuando se acercaba el día de campo empezaba a decirnos que nunca nos metiéramos a la zona boscosa ni con la bici ni sin ella, que no habláramos con nadie y que, si podíamos, mejor nos quedáramos en la camioneta. Mis hermanos siempre se reían: «Ay abue, ¡si vamos a divertirnos! Cómo crees que nos vamos a quedar en la camioneta».
            Llegó el tercer fin de semana de Enero y yo estaba muy emocionado. Bajé antes que todos a desayunar y encontré a mi abuela en la cocina, tomando una taza de té y mirando por la ventana.
            — Hola abue, ¿qué ves, ya desayunaste? ¿hoy tampoco irás con nosotros?
            — Buenos días mijo. Ya sabes que no me gustan esas salidas y, por más que insisto, tu padre no me escucha —quitó la mirada de la ventana y volteó a verme—. Pero como tú no eres como tu padre y, además, eres mi nieto el más listo, yo sé que vas a hacer lo que yo te diga ¿verdad?
            Mi abuela sonreía de manera dulce y sus ojos parecían los de un búho, la luz que entraba por la ventana hacía evidentes sus arrugas pero en ese pequeñito instante pareció envejecer veinte años más. Le dije que haría lo que me pidiera, siempre y cuando no fuera algo que pusiera en riesgo la salida.
            — Cuando estés en el bosque, ponte el suéter al revés.
            — ¡¿Qué?! Ay abue, ahora sí te pasaste, por eso mi papá se enoja contigo, por…
            — Buenos días mamá. ¿Hiciste cafecito? ¿Hoy si vienes? —dijo mi papá mientras entraba a la cocina—, ¿tú qué chamaco, ya estás listo? Vete a bañar que se nos va a hacer tarde.
            Me le quedé viendo a mi abuela y supe que ella quería que me callara. No entendí lo del suéter, sólo sabía que a mi papá le decía lo mismo desde que era niño.
P
Antes de subirme a mi bici, me puse el suéter al revés. Mi mamá se dio cuenta pero no dijo nada. Mi papá se acercó para ponerle a la bici un pequeño velocímetro: «Ahora sí, a correr como los grandes, mínimo 10 kilómetros mijo». Estaba tan emocionado que tampoco notó mi suéter.
Me monté a la bici y comencé a pedalear hacia el bosque. Seguí un viejo camino hecho por excursionistas, el desgaste del piso a veces me hacía resbalar o no me dejaba correr tan rápido, pero me inclinaba o hacía brincar la bicicleta para no caerme. Creo que después del calendario, mi rodada 20 era mi otra cosa favorita. Gracias a ella podía ir -según yo- a 100 kilómetros por hora, sentir el aire de invierno en la cara, gritar y, según mi mamá, comportarme como un cavernícola, pero lo más importante: podía internarme en el bosque a escondidas de mis padres.
El bosque me gustaba más en el invierno, siempre me imaginaba que un día caería nieve y que me llegaría hasta las rodillas; también pensaba que los árboles me hablarían, que les saldrían manos y me ayudarían a ver la montaña. Los árboles de tronco grueso son mis favoritos, me gusta abrazarlos y no alcanzar las puntas de mis dedos. Claro que siempre les pido permiso; desde niño imaginé que no fuera a ser que en una de esas me hablaran y me reclamaran por encimoso.
Después de un rato de recorrer el bosque, me detuve para descansar, me sequé el sudor de la cara con la manga del suéter, recogí una vara seca y me senté en una roca llena de musgo. Comencé a silbar mientras miraba a mi familia desde mi observatorio y pensé en las palabras de mi abuela.
Al cabo de unos quince minutos ya estaba listo para regresar. Cuando tomé mi bici, la cadena estaba suelta. Me agaché para arreglarla pero no pude, entonces volteé para buscar a mi papá. Había un niño menor que yo parado frente a mí. Era como una ramita de canela, con los ojos saltones y estaba descalzo; tenía las manos atrás de la espalda y sonreía con los labios apretados. Escuché que dijo Ven pero sus labios no se movieron. Seguí mirándolo y lo repitió; Ven. Después de escucharlo sentí algo raro. Me sentí alegre. Pensé que si me iba con él, me iría muy bien.
Sus ojos brillaban como cuando el sol ilumina una pecera y no podía dejar de verlos. Me levanté para seguirlo pero su expresión cambió, su sonrisa se borró y habló: «No, tú no». Se dio la vuelta y se adentró en el bosque, yo quise seguirlo pero no quería dejar mi bici abandonada, así que dejé que se fuera.
Mientras regresaba con mi familia, lo busqué por todos lados. Pronto comenzaría a anochecer y mi papá empezó a gritarme, así que me apresuré para que no se enojara.
— No puede ser —mi papá se cubrió el rostro con la manos.
—Perdón pa, no sé cómo pasó, yo creo que fue con una piedra o algo, yo la pago con mis domingos.
— ¿Qué, qué te traes, qué dices? ¿Pagar qué? En este mismo momento te quitas el suéter o te lo pones bien. Ni me digas, ya sé que fue tu abuela y sus cosas. Y súbete al coche que ya nos vamos. Órale.
P
Cuando llegamos a la casa busqué a mi abuela en su recámara.
— ¿Lo viste?
— Sí, pero no me dio miedo.
— Lo sé, mijo. ¿Te dijo algo?
— Si, primero me dijo ven y después me dijo no, tú no, y se fue.
— Prométeme que cada vez que vayan al bosque vas a usar el suéter como te dije. Hay gente que no tiene la misma suerte —su voz se quebró.
— Si abuela, te lo prometo.

Con eso, no nada más el día en el que mi abuelo se perdió y el tercer fin de semana de cada mes, eran las fechas importantes para mí; ahora también recordaría para siempre el día en el que conocí al Chaneque. 

Por Ana R Escalante

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