miércoles, 26 de marzo de 2014

Café




¿Café, señora? No, ¿por qué he de quererlo? ¿Por qué he de querer ese tipo de droga? ¿Por qué  he de contaminarme? No me parece, gracias. Tráigame una cocacola, mejor. Mamá, la cocacola contiene más cafeína. ¿Por qué mi hijo es así? Acaba de graduarse, ¡de graduarse! Y todavía intenta oponerse a nosotros. A mí sí tráigame una taza de café, por favor. Mi hijo, bebiendo lo mismo que los demás. Él que ya lo logró se atreve a pedir café. Hijo, estoy orgullosa. Le quito el birrete y acaricio su cabeza. Te veías mejor con el cabello largo. Me ignora y revuelve su café. ¿A qué hora llegas el domingo? La otra vez no fuiste. Ya no pienso ir. Siento que mi garganta se vuelve pequeña. Se prende un cigarrillo. Todo lo que te he dado, lo que te he enseñado… Yo sé mamá, y te lo agradezco. ¿Entonces por qué no me acompañas? Me voltea a ver con los mismos ojos con lo que me veía de niño, esos ojos tan parecidos a un pantano. Porque ya no quiero. Todo lo demás fue silencio. Empiezo a acordarme de cuando me acompañaba, cuando escuchábamos el sermón y en silencio me  preguntaba  por qué el ángel Moroni toca una trompeta. Está apuntando hacia donde sale el sol, para darle la bienvenida a Jesús, le respondía. Sonreía y recargaba su cabeza en mis piernas, yo las sacudía un poco para que se volviera a sentar bien. Bostezaba y con cuidado le cerraba la boca con mi pulgar. Mamá, ¿qué vas a pedir? Pídeme una ensalada. Aplasta su cigarrillo en el cenicero, busca en sus bolsillos el encendedor. No lo encuentra. Ahora regreso. Estoy sola en la mesa y siento cómo mis lágrimas salen. Me limpio con una servilleta. Me acuerdo de cómo preguntaba por su padre y de cómo le decía que el ya no estaba en este universo, que estaba ahora en los brazos de Jesús. Regresa con su cigarrillo prendido e ignora mi llanto. Una ensalada y un sándwich, por favor. ¿No piensas trascender? No. Deja el cigarrillo, se quita la toga y logro ver su estómago, no trae las enaguas. Después logro ver su playera de Berkeley. Estoy muy orgullosa, hijo. Guarda esa playera, te traerá preciosos recuerdos de la universidad. Gracias. Entra un chico negro, se sienta en la parte de los sucios e inferiores. Buen provecho. No respondemos, pero Robert le regala una sonrisa. ¿Te acuerdas cuando llevé un chico negro a la casa y llamaste a la policía? Ja, como quería a ese chico. No deberías juntarte con ellos. ¿Y cómo por qué no? Me levanto y salgo de la cafetería. Olvido las llaves del Ford, pero no pienso volver por ellas. Todo ahora es diferente, en un pequeño instante, cómo fue que hace unas horas mi felicidad estaba llena. Sentí a Jesús ahí, mientras le aplaudía a mi hijo sosteniendo su diploma recordándome a mí en su edad. Dios, era precioso, Pomp and Circumstance rebotaba en mis oídos. Sentía un helado sudor y una temblorina  mientras me acercaba por mi diploma. Sentía que mis labios llegarían a mis orejas por la sonrisa que traía. Ja, Dios. El coro estalló, al igual que mis lágrimas. Jesús estaba a mi lado, sentía que él era quien me entregaba el diploma. Vi a mi padre mostrándome las llaves del Ford, también vi a mi pequeño Robert, de apenas cuatro años, en los hombros de mi abuelo. Todos estaban ahí, todos. No estaba sola en el rumbo de mi vida, no necesitaba a nadie, más que a mi Robert y a Jesús en mi corazón. Todo era poesía, todo… Ahora ya no, no había nada, sólo  mi señor intentando borrar mis lágrimas. Estaba llena hasta ese momento. Todo por el café, todo se arruinó gracias al café. Lo único que pedía era un poco de amor y atención de su parte. Ahora se burla de todo lo que ha sido mi vida. No puedo creer que hace poco que le acomodaba el birrete y la corbata, creía que él aún era mío… Todo eso se la ha olvidado. Se le olvida que yo fui quien logró todo esto, su parte y su esfuerzo fueron mínimos. Ahora me lo imagino saliendo a una cantina, bebiendo ese veneno puro. Me lo imagino en el infierno, ardiendo, lamentándose por haber abandonado al niño que estaba lleno de interés por el libro, por nuestro José Smith, por toda mi vida. Por abandonar esa melena. Incluso en el final de la graduación cuando lo abracé. Te amo, mamá. Igual yo y Jesús, hijo. Al ver desvanecida su sonrisa supe que algo andaba mal, que algo no estaba en orden, que estaba abandonando algo que yo tanto amaba; que le estaba diciendo adiós para siempre al amor y a la eternidad. Ni siquiera el sol cegándole los ojos, me harán volver a quererle. Ni siquiera pudo agradecerme la vida que le he dado. Tal vez Jesús quiera que acabe con esto, tal vez me ha dado a este hijo para llenarme de odio, de la fuerza humana más grande. Después de él, eliminaría a todos los demás: a los de color, a los fumadores, a los alcohólicos… Oh, eso es, eso es. ¿Pero cómo lo hago? Si empiezo aquí todos lo notarán, además no dudo de que sus gritos serán como hombres agonizados por alguna fuerte herida en guerra. Sí, me espero a la casa, lleno la tina… No, es muy lento, y seguro él tiene más fuerza que yo… Incendio, será un incendio. El dormirá, prenderé una vela en su habitación, una fuga de gas empezaría a escaparse y cuando su nariz perciba un extraño olor, despertará, pero se verá envuelto y acorralado. El fuego se encargará de cegarlo, borrando lo bello de sus ojos, todo ese pantano se llenaría de lava. Cuando pegue un grito parecido al de un perro arrollado, yo habré cumplido y sabré que Jesús no me abandonará. Cuando se canse de gritar, se acueste y se deje abrazar por las llamas, yo ya estaré… ¿Otra cocacola, señora?


Por Arturo Jara

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