martes, 30 de septiembre de 2014

Apariencia


Estoy mirando a todos mis compañeros con sus birretes y togas, parecen pingüinos gigantes. Varios están llorando y entre ellos se consuelan. Desvío mis ojos hacia mis zapatos, o bueno, más bien tenis. Soy el único con tenis. Se me acerca Sofía y me dice que casi nunca hablábamos, pero que de cierta forma me iba a extrañar. Maldita pendeja, me trató como si no hubiera habido nadie en mi banca y ya hasta al final del año me habla. Emilio y yo nunca la soportamos, era tanto el odio que dibujábamos algo así como historietas donde la niña era mutilada mientras la violaban. Yo sólo sonrío y la abrazo, no le puedo decir gracias porque siento como una pelota dentro de mi garganta; además, si digo algo estoy seguro de que me pondría a llorar. Salimos del salón y se escuchan los aplausos de los padres. Comienzan a repartir las boletas de mayor a menor calificación; yo y Emilio somos los últimos. Lo volteo a ver y le sonrío. Me mira, apenas sonríe y gira su cabeza a otro lado. Recuerdo que los años pasados, desde primero de primaria, nos daba risa ser los últimos siempre. Ahora es humillante.
Me despido de algunos maestros, mi mamá me obliga a tomarme una foto con ella, devuelvo el birrete y la toga y salgo lo más rápido posible de la escuela. Me subo al coche y espero a mi mamá.
¿Cómo será la preparatoria? Espero no sea algo parecido a lo que fue esta porquería. Lo único que quiero es encontrarme con Emilio de nuevo y volver a ser amigos, o al menos encontrarme a alguien como él.


Se abrió una nueva cuenta de Facebook y no me agregó. No tiene restricción de privacidad. Chequé sus fotos y sale con otros cuatro tipos con camisas abiertas y una botella. Ah sí, y con unas sonrisas que dejan ver los dientes de abajo. Me caga la madre. Ya sé por qué me dejó de hablar, o bueno eso creo: no podía presentarme con esos pendejos que obviamente son mejores que yo. No podía… nuestras fotos disfrazados, en nuestras bicicletas y en conciertos, que sólo están en mi perfil. Aún recuerdo cuando nos tomamos nuestra primera cerveza: el dueño de las hamburguesas nos las regaló; era justo que nos las regalara cuando gracias a nosotros su negocio seguía en pie. Todos los viernes, después de ir al cine e intentar “ligar” en la plaza, nos íbamos a cenar ahí. Nos quedábamos hasta que nuestras mamás nos marcaban para decir que ya era muy tarde, que ya nos regresáramos. Y con una sola cerveza bastó para ponernos borrachos. Ahora ya sale con una botella, pinche farol. Siento como si dos manos presionaran mi pecho contra una puta pared… Lo que putas me faltaba: ganas de chillar.
Termino de ver una película en la computadora y empiezo a llorar. La película ni fue tan triste, no entiendo por qué chingada madre estoy llorando. Sigo checando mis últimas noticias en Facebook y me encuentro con más fotos de Emilio. En unas fotos sale con mi nuevo vecino.


—Mamá, es que ya no quiero usar esta marca, por favor. 
—¡Pero esa Ralft Laurent cuesta lo que nos salen tres de estas!
—¡Sí pero esa marca es para gatos!
—A ver, a mí no me grites ni me hagas tus berrinches en frente de todos. Bueno, entonces nos llevamos éstas, señorita, gracias.
Otra vez siento la puta pelota en mi garganta. Mis brazos en automático empiezan a golpear el aire como cuanto le pegas a la mesa con el puño y mis pies golpean el suelo. Veo la cara de mi mamá y siento unas ganas cabronas de meterle un madrazo, pero sólo sigo pegándole al aire.
Llegamos a la casa y veo a mi vecino salir con otro tipo: los dos peinados para atrás y con Polos. Recuesto el asiento del coche para que no me vean. Mi mamá me mira y me pregunta para qué hice eso.
—Me duele la espalda.
Llego a mi cuarto y siento el cosquilleo que te da en la quijada cuando los ojos se irritan antes de llorar. Lo siento una vez, me acuesto, prendo la computadora y busco pornografía.


Ya estaba olvidando mi cumpleaños, pero es este sábado. Me siento un poco más tranquilo. Varios familiares míos que no podrán ir a mi comida empiezan a adelantarme el regalo: dinero.
La comida en realidad no fue nada. Las mañanitas, abrazos, dos camisas, entre otras cosas. Pero lo importante fue el dinero, junté más de cinco mil pesos y sé perfectamente en qué me los voy a gastar.
Compré dos pantalones, dos Polos, un chaleco y unos mocasines. Me gasté todo mi dinero y, no voy a mentir, me siento demasiado mal por eso. Al salir de la tienda sentí como si alguien me hubiera puesto un hielo en la espalda.


Emilio está afuera de la casa de mis vecinos, fumando. ¿Desde cuándo fuma? Recuerdo cuando le pagamos a un vagabundo para que nos comprara una cajetilla. Nos morimos del asco al segundo cigarro. Tiramos la cajetilla a la basura y el vagabundo fue a buscarla. Mientras estaba empinándose para sacar los cigarros, Emilio y yo levantamos sus piernas y se escuchó un golpe seco de metal. Pero bueno: salgo de la casa con mis nuevos accesorios puestos y un poco de sudor helado en la frente.
—¿Emilio?
—¡Qué pedo we! Oye, no te felicité —pone su mano en mi hombro y me da unas palmadas. 
—No te preocupes.
—…
—…
—¿Y a dónde vas tan arreglado?
—A una peda —dije tartamudeando un poco.
—¡A huevo we! Bueno, pues suerte.
—Igual.
Salgo del condominio. Espero que las hamburguesas estén abiertas. 


Por: Arturo Jara Kafuri

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