domingo, 5 de octubre de 2014

Cajonera


«Merece estar en la cajonera». Dice Paulina, mi novia, mientras abre un cajón para poner un lápiz dentro. No sé qué tiene de especial ni los criterios que usa para elegir las cosas que merecen estar ahí. Cosas como lápices, corchos de botellas de vino, envolturas de paletas, libros y audífonos entran para no salir. Ella siempre ha tenido especial atención con esas cosas, en realidad se podría decir que son las únicas cosas a las que le pone atención; el cuarto esta alfombrado de su ropa sucia y a veces hay comida sobre los muebles que según iba a comer días antes.
            Llevamos cuatro años juntos pero hace sólo dos que vivo con ella. Heredó la casa, así que preferimos vender la mía y ocupar ésta. Pintamos las paredes y cambiamos la instalación eléctrica, tiramos y vendimos todo excepto la cajonera de color negro que le llamó la atención desde que entramos.
            En nuestra primera noche me dijo que era buena idea guardar cosas importantes en los cajones, yo pensé en nuestra ropa y los recibos, pero ella tenía una idea muy distinta. Una vez no encontraba las llaves del auto y cuando intenté abrirla me gritó y me dijo con una voz que nunca había usado conmigo que no estaban ahí. Me llevó mis llaves y cuando vi su rostro me di cuenta de que en serio no debía abrirlo.
            Estamos cenando, voy al baño y dejo mi celular en la mesa, cuando llego no veo el celular y le pregunto si lo vio. «Merece estar en la cajonera». No le respondo y volteo para evitar que vea mi expresión. Bien, esperaré a que se duerma para recuperar mi celular. Llega la noche, volteo a verla y siento su respiración. Está dormida. Me levanto con cuidado y me dirijo al mueble. Lo sabía, llena de cosas inútiles e inservibles, ni siquiera se podría decir que tienen un significado emocional para ella. Reviso el tercer cajón, cuando me dan ganas de quitarme los calcetines, me los quito y noto una blusa en mis pies. Encuentro el celular y cuando lo saco me llega un mensaje de Paulina: Sabes que no puedes sacar nada de nada. Volteo para ver la cama, está dormida. El cajón se ve vacío y me da un impulso de guardar algo. Pongo mis calcetines en él y vuelvo a la cama.

Por Alejandro Muñoz

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