jueves, 2 de octubre de 2014

¿Dónde vive el viento?



—¿Hasta la Jesús Romero Flores? ¿Cuánto les cobran?
—Wey, ¿que cuánto te cobran?
—Buenas noches  don. La neta, cuarenta pesos.
—Súbanse.
—No mames, hace un chingo de frío. Ni siquiera puedo mover la mandíbula.
Busco en el bolsillo interior de mi chamarra mi encendedor de siete pesos con logotipo del OXXO, sostengo entre los labios un Lucky Strike y presento a mi amable y caballeroso encendedor con mi coqueto y dulce cigarro. Se dan un primer beso ardiente y yo doy una calada, una profunda, como la negrura de tus ojos.
—Pinche vicioso, y además maleducado. No sabes si puedes fumar en el taxi.
Dejo escapar el humo al viento por la ventana a medio cerrar.
—Soy un guardián, no la hagas de pedo. Jefe, ¿puedo fumar al interior de su unidad transportativa?
—Mamón.
—Sí joven. De hecho yo dejé el vicio hace poco, aunque para mí nunca fue un vicio, sino una pasión.
La cagué. Ahí viene el choro, mejor me aviento uno yo.
—Hay mucho viento, ¿verdad?
La pregunta es para Josué, estudiante de psicología durante las mañanas y mejor amigo de tiempo completo. Mantengo la mirada fija en el exterior, quizá por eso no responde, así que choco mi rodilla con la suya para que agarre el pedo. Veo pasar las luces de los faroles y casas y entrecierro los ojos para dar un efecto de "barrido", ya saben, ese pretexto que usan los fotógrafos para justificar la belleza de sus fotos borrosas.
—Sí, debe ser por la estación.
—Pues estás muy equivocado. No hay mucho viento. El viento no se hace, el viento corre. Déjame contarte una historia, pero no me interrumpas. Esto es como un recorrido turístico, preguntas al final… La verdad rige sobre todo el universo y es el universo a la vez. La verdad, el universo, Dios, Kalimán, o como quieras llamarle, creó dentro de sí los planetas una noche de borrachera, como la que acabamos de tener, y dentro del tercer planeta más cercano a lo que llamamos Sol, que en realidad es su ombligo, nos puso a nosotros. Pero éramos muy aburridos. La mitad de la población de la tierra era morena y robusta y la otra mitad era pálida y débil; hasta tú puedes hacer la conjetura: era por la exposición y la ausencia al sol. La solución fue crear al viento, porque a diferencia de lo que se cree, no es un ente intangible. El viento tiene cuerpo de ciervo y una melena abundante y larga, parecida a la de un león, sólo que sus cabellos son finos y sedosos. Sus piernas son fuertes y le han permitido correr desde mucho antes que el tiempo tuviera conciencia de sí. Posee un cuello firme y alargado, sus ojos son grandes y sus astas imponentes. El universo le dio vida y sólo una orden: mantenerse siempre en movimiento. Así fue como comenzó a girar la tierra. El viento es padre del día y la noche, de las estaciones, de las mareas. El universo nos arrojó aquí, nos dio un hogar, le dio uno a cada creación que dejó sobre la tierra, excepto al viento y no es como que alguna vez le hubiese importado, pero siempre se cuestionó el porqué. Sabe que no lo necesita y quizá por eso lo anhela tanto. Las ventiscas levantando faldas, los silbidos que a veces se escuchan en las cuevas, el césped alto moviéndose en las llanuras, los suspiros, las inhalaciones profundas, todos estos actos son producto de la constante búsqueda que hace el viento de un hogar.
—Así suena a que el viento nos viola cada que respiramos.
—Cabrón —suelto el humo que tenía dentro justo frente a su cara—, te dije que sin interrupciones… En fin, a veces se le olvida que no tiene lugar al cual regresar después de haber corrido todo el día; en ocasiones es amable y dócil, juega con nuestros cabellos y nos hace travesuras. Otras veces es completamente distinto, se molesta con el universo por haber hecho de él un nómada eterno, entonces se agita y oscurece, se vuelve mordaz y agresivo. Forma tornados y causa desastres. Quién sabe si alguna vez encuentre un hogar o se canse y deje de movernos, ambas situaciones traerían consecuencias fatales para nosotros. Espero no vivir para entonces. El viento se prometió no descansar hasta encontrar un hogar, uno amplio y cómodo, que pueda contenerlo entero y...
—Creo que ya llegamos —me interrumpe de nuevo, y qué bueno, no tenía un final adecuado para mi historia—. ¿Qué número me había dicho joven?
—El veinte de la calle Zapatista.
Una cuadra antes de llegar tiro por la ventana la colilla de mi cigarro que se consumió sin que me diera cuenta.
—Listo jovenazos, servidos.
—Paga wey, ya me gorroneaste dos chelas.
—Ándale pues, adelántate y abre... Jefe, la neta no traigo dinero, pero tengo esta cajetilla de cigarros, era de veinticinco y nomás me fumé dos. Cómo ve, ¿se anima? Para que recuerde buenos y amables tiempos.
—Nomás porque su historia estuvo mamalona, buenas noches. Déjese uno.
—Buenas noches.

Sostengo entre los labios otro Lucky y, mientras el Tsuru se aleja, comienzo a darme cuenta de lo increíblemente fácil que es viajar gratis en taxi.

Por Iván Quintana

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