domingo, 5 de octubre de 2014

El gato Cucho


—Diles que digo yo que chinguen  a su madre.
Cucho, sin que me hubiera dado cuenta, se había apoderado de mi vida. Dictaminaba lo que debía hacer y decir en todas las ocasiones que tenía contacto con las demás personas. Era un gato corriente, su pelaje de un color que con higiene adecuada debía ser blanco, con una mancha de pelo gris que cubría su vientre y costado derecho. También le hacía falta un dedo de su pata superior derecha, como el pulgar que le hacía falta a mi padre, según lo recordaba.
Comenzó hace cuatro meses cuando iba por tortillas, lo encontré camino al mercado buscando a quién sobornar con sus maullidos un hogar. Lo acepté sabiendo que me iba a causar problemas, pero no creí que fueran mayores a un regaño de mi madre. Ojalá no lo hubiera llevado. Maldito Cucho. Después de dos semanas de haber medido el terreno se propuso a actuar. Una mañana me despertó diciéndome: Vas a decirle a tu mamá que ya no quieres llevarte tortillas de desayunar en la escuela, y me vas a dejar tu almuerzo debajo de la cama. Sin cuestionarlo, fui inmediatamente con mi madre y le pasé el recado. Toda la semana creí que mi imaginación me estaba molestando como solía hacerlo. Seguí viendo a mi gato sin ningún cambio. Después de unas semanas cuando ya había dado por terminado el tema, volvió a decirme mientras hacía la tarea: Al rato que veas a Lupe, termina con ella porque es una golfa, esta vez, sin sorprenderme de que me hablara le repliqué. Por qué, si no me ha dado motivos para creer eso. Tú qué sabes, por las noches la veo ir a casa de Picazo a darse sus arrimones. Qué mala es para besar. Allá tú si sigues con ella. No voy a describir cómo lloró Lupita y gané una de mis mayores enemigas en la secundaria.
Poco a poco, fue tomando decisiones sobre lo que hacía o dejaba de hacer. El problema fue cuando me ordenó golpear a mi mamá porque no le gustaba cómo dormía, los gestos que realizaba. No lo hice y me dejó de hablar por varios días. Regresó a mi vida robando en la clase de educación física el dinero de Lupita de su mochila y poniéndolo en la mía. Fui a parar a la dirección y mientras entre el director y el orientador vocacional me regañaban y discutían mis días de suspensión él se asomó por la ventana y podría jurar que sonría muy levemente. En eso, leí en su boca: Diles que digo yo que chinguen a su madre. Ahí voy a hacerle caso de nuevo.

Nunca más volví a verlo, me abandonó esa misma noche. Ahora trabajo como media cuchara de albañil mientras espero que inicie el nuevo año escolar. A ver en qué escuela me aceptan con mi carta de mala conducta.

Por Javier David

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