domingo, 19 de octubre de 2014

La felicidad es la degradación


Cuando resucitó y sus seguidores dejaron de seguirlo, se sintió perdido. La humanidad no necesita un hombre que les diga qué hacer, necesita un muerto que en vida haya dicho un par de cosas simples; ama a todos, no robes, no mates, el respeto al derecho ajeno es la paz. El resto es interpretación y dinero.
Entonces pensó en trabajar, probó varias cosas. Carpintero, como el esposo de su madre, pero sus sillas y mesas nunca estaban bien clavadas. Nadie compraba y la madera era costosa, además tras cada golpe que daba con el martillo los orificios de sus manos sangraban. Era tan inútil que no podía construir ni una cruz. Pensó en ser policía, uno está fuera de la ley hasta que tiene hambre, pero no podía correr, era torpe y a cada tres pasos caía, pisaba su túnica, se tropezaba, no veía las piedras. Lo suyo era caminar. Así que lloró lágrimas divinas.
Llegó a casa de su madre, ella le preparó un té y escuchó todo lo que su hijo tenía por decirle. “Pero si hablas muy bonito, mi amor”. Entonces, él al fin lo supo Sería encantador de bestias, era obvio. Domador. Lo mismo que había hecho antes de morir pero ahora con otra especie, una más adecuada que no se cuestionaría si él es el hijo de Dios o sólo un farsante.
Entonces comenzó a hablarle a los burros, caballos, camellos, vacas. Les enseñaba a ponerse de rodillas, a saltar, les enseñó a respetarse y a amarse. Ninguno de ellos lo delató, a ninguna bestia le hacía falta nada. Él ganaba monedas de oro exhibiendo el acto de las vacas bailarinas y la torre de camellos. Gastaba todo en comprar comida a sus animales y guardaba lo suficiente para comer. Fue el primer vegano de la historia y también el primero que no mordió la mano que le dio de comer.
Él dejó de ser dios para convertirse en el rey del estiércol.

Por Fenando Vixtha

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