sábado, 4 de octubre de 2014

Muérdeme



 Uno, dos, tres. No pensé que el último diente fuera el más difícil. Ahora sí. Uno, dos, tres. Ya Adrián, no seas tan cobarde. Uno, dos, tres.
Un hombre sentado en el piso del baño sostiene un martillo con la mano derecha y un pedazo de madera con la otra. Lleva cinco horas ahí dentro. El lavabo está manchado de sangre y vómito. El hombre ha olvidado cómo se veía su boca sin el líquido fluyendo de ella. El dolor es peor que cuando le sacaron la muela del juicio. Ha llorado más que el día de la muerte de su madre. Esto debe terminar antes de que Angélica llegue, sólo puede pensar.
El hombre se levanta. Toma el martillo y recarga el trozo de madera sobre el incisivo que le queda. Inhala, aleja el martillo, cierra los ojos, reaparece la cuenta regresiva. Siente sudor en todo su cuerpo, escalofríos le recorren la espalda. Piloerección. El martillo está en el suelo junto con grietas en los azulejos, chorros de sangre y líquido anaranjado. El cuarto apesta y el hombre no ha dejado de apretar los ojos, los puños y retraer los dedos de los pies. Quisiera hacerse una bola y dejar de sentir. Todo sea por mi Angélica.
Una mujer abrigada en exceso para un día soleado camina apoyando una mano en los muros de la calle. Justo donde termina su abrigo se alcanzan a ver un par de piernas como ramas de un árbol joven. La mujer entra a la casa, llama a su compañero. Intenta abrir la puerta del baño pero cada golpe que intenta para derribar la puerta le deja los hombros adoloridos. Por fin cede el seguro. Su Adrián está tirado en el suelo con un charco escarlata en su boca que dibuja ríos a través de los cuadritos azules.
Angélica se sienta junto con su esposo, le sostiene la cabeza. «¿Qué hiciste?, ¿Qué hiciste?» Después de un tiempo donde Angélica no escuchó nada y no sintió más que el calor del cuerpo de Adrián y el frío de su sangre en su ropa, decide limpiarle la cara. La sensación refrescante despierta al esposo. Sonríe mostrándole los espacios que hay en su boca y trata de pronunciar algo que sólo logra hasta el cuarto intento. «Ahora sí, ya puedes besarme».


«Hola, mi nombre es Adrián, ¿puedo sentarme contigo?» Un adolescente delgado se acerca a la mesa donde hasta hace unos segundos una muchacha leía un libro. «Claro, siéntate. Yo soy Angélica».  Dos jóvenes beben café, se toman de las manos y entablan una plática que parece que nunca va a terminar.
Las salidas son cada vez más frecuentes. «Me gusta besarte y darte pequeñas mordidas en los labios». Ella le explica cosas sobre moda, dietas y ejercicios para lucir “muy guapo”. Él la invita al cine, le enseña a bailar y en ocasiones especiales le insiste en comer una hamburguesa. Besos, peleas, reconciliaciones. Escuelas, tareas, promesas.
«Sí, acepto». En una de las fotos de la gran noche, se puede notar que durante el beso que siguió al compromiso Adrián apresó con los dientes el labio inferior de Angélica. Mujer y marido comen pizza después de hacer el amor la noche de su boda. Cuando él se queda dormido, ella entra al baño y expulsa millones de calorías al escusado. Regresa a la cama y lo abraza. Esa noche lo único que Angélica siente es el calor del cuerpo de Adrián.


Un hombre espera en la sala del hospital, su rostro es el de un niño que no sabe lo que ha ocurrido; como lo que se siente después de un asalto. Todas las parejas tienen secretos. Llega un médico y le da la noticia. El hombre agradece al doctor y se queda sentado observando al suelo, parece que puede ver a través de él todos los secretos del universo. Una mano le toca el hombro, él reconoce ese contacto. Abraza a su mujer y la lleva a casa. Asisten juntos a terapia, él prepara un desayuno especial para su mujer y trata de que coma lo más que pueda. La lleva a casa de su madre y le permite que se regrese sola, quizá necesita tiempo para pensar en lo que ha hecho, para arreglar lo que siente. Quizá debería hacer algo para ayudarla.


Los soles van y regresan, las lunas con ellos. Un matrimonio de seis años habita un departamento construido para una familia. Angélica ya no sonríe, le avergüenza hablar con la gente. Piensa que su marido observa todo el tiempo su boca, sus dientes podridos. Los besos han dejado de incluir un pequeño mordisco. Los besos han dejado de darse. Poco queda de la joven de la cafetería. Para que su cuerpo pueda mantenerse con energía tiene que estar abrigada todo el tiempo, con dificultades puede mantener la comida dentro de su estómago. Todo el tiempo siente hambre, el médico le ha dicho que no puede tener hijos y sólo camina cuando apoya una mano en los muros de las calles.


Por Fernando Vixtha



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