domingo, 26 de octubre de 2014

Podría ser peor



Sus ronquidos hacían eco en mi intento por soñar. No era capaz de concebir que un día había sido suficiente para que ella me hiciera sentir desprecio hacia su persona. El fardo del desvelo comenzó a hervir mis pensamientos. La moví hasta que entreabrió sus ojos, y como si fuera un príncipe, dejé que la pestilencia que salía de su boca entrara por mi garganta. Comencé a acariciar su cuerpo hasta que logré aumentar su respiración que la hizo despojarse del vestido. Hice lo mismo con mi pantalón, no sin antes sacar el condón de sabor. Deslizo mis labios por su cuello y trata de interrumpirme al balbucear un par palabras. Bajo su calzón y emite pequeños gemidos. Cuando intento ponerme el preservativo, la flacidez se apodera de mí. Ningún intento fue exitoso. Desesperación. Sus párpados vuelven a cerrarse, para dejarme encerrado en aquel cuchitril: frustrado, con mi pene colgando, mis manos oliendo a plátano y, lo peor, el mal sabor de su saliva y los tacos.


Sofía me ofreció hospedaje cuando se enteró que iba por un día a la Ciudad de Méjico. Me indicó que debería tomar un taxi hasta lo que ella denominó como La Condechi. Fue fácil reconocerla: seguía teniendo la complexión de un palo y tenía ojos color verde y el pelo color amarillo; atributos que bastaban para atraer mi atención. Después de los abrazos y la cotidianidad de preguntar sobre el trabajo, familia, la escuela y los hobbies, me llevó a su departamento para dejar las maletas.
Llegamos a un edificio que me hizo sentir que estaba en una película de terror. El inmueble había sido diseñado por un inglés, me contó ella, y añadió que la renta era supercara pero era el coste de vivir en aquella zona. El próximo terremoto seguro lo haría caer, pensé. Por desgracia, no había escalones de madera que crujieran y ayudaran a volver más tétrico el lugar.
Mi humilde hogar, así lo llamó ella, era una pocilga adornada por un par de trastes sucios, ropa tirada, un bote de basura lleno, libros que servían de portavasos y un colchón en su habitación que tenía un nudo de sábanas en la superficie. Para salir lo más pronto de ahí, le manifesté mi deseo por probar unos tacos. Se mostró decepcionada y me increpó alegando que los animales sí sienten, ampliando dicho regaño a una invitación para ver el vídeo donde trituran a los pollitos para hacerlos nuggets.
Estando en la calle, el taquero de la esquina me dice que pase. Detengo mis pasos para ver el papel fluorescente que anuncia que hay tacos de bisteck, maciza, suadero y campechanos. Sofía jala mi brazo pero no consigue moverme y su mirada choca en mí. Tras un efímero momento de pensar, decido acceder y ella sonríe contándome de los beneficios de no comer carne. Una cuadra después desvía el tema y me cuenta que aquí ha conocido personas superinteligentes porque son artistas de toda clase: pintores, escritores, productores, editores, sin olvidar a los músicos y arquitectos. Yo sólo le digo que sí. ¡Vaya mujer! Si no me gustara tanto le diría que me vale un pico de pollo, pollito, y hubiera regresado con el taquero que seguramente me estaría esperando para que pase.
En el restaurant vegetariano o vegano (no sé cuál sea la diferencia) me dan la carta donde ningún platillo cuesta dos cifras. Ella afirma que todo está superrico. Yéndome a la segura, pido una ensalada y Sofía pide una quién sabe qué madres con soya. Ahí va de nuevo. Empieza una conversación sobre los beneficios de la soya. La ignoro y llego a la conclusión de que si no tuviera brassier, uno pensaría que no tiene senos. Hace una pregunta a la que contesto diciendo que sí y se levanta para dirigirse al baño, momento que me permite dilucidar la forma de sus nalgas que se remarcan en el pantalón apretado que lleva. Ese kit es suficiente para volverme mudo. Al volver, pone sobre la mesa el tema del noviazgo, bajo la premisa de que ella es diferente y está loca, y nadie le tiene la suficiente paciencia. Finjo reír y eso da hincapié a que señale que mis lentes se me ven superbien. Renuncia al flirteo para iniciar una cátedra de cómo deberían ser las relaciones según su recabada experiencia. Se muerde los labios y eso me distrae de nuevo. De manera inútil creo sus palabras cesarán cuando la comida llegue.
Examino el tazón que volvería loco a un bulímico. La cantidad de alimento que nos han servido a los dos está más adornada que servida. Lo olvidaba, debo volver al ruido de su voz. Por fortuna, una gota de salsa cae en su playera debajo del mentón. Decide tallarla con una servilleta, mientras hace énfasis en lo cara que le ha costado. Sus pechos son sacudidos dejándome entrever las minúsculas curvas que se forman.
Tras el derroche del dinero por algo que hubiese podido probar en cualquier fonda de mi pueblo y por menos de dos cifras, nos encontramos a un cabrón en una bicicleta para niñas que viste gabardina, bufanda y un sombrero como si se tratara de un pintor; un bigote estilo Jorge Negrete adorna su lánguido rostro. Sofía nos presenta. Mucho –pinche– gusto, dice él y me ignora para dar comienzo a una conversación que son más malos chistes sobre personas que no conozco que charla. Dos bostezos míos después, y él le hace la invitación a una fiesta con gente que denomina superinteresante, donde presentará un nuevo proyecto de música. Pregunté qué música era y respondió: es música underground. Se despiden ellos dos y nos vamos. Sofía me dice que es hipercreativo e hipertalentoso.
Antes de llegar a su casa, pasa a comprar un cigarro y me promete que es su único vicio… Y también la marihuana, jajaja, me dice. A punto de llegar a su casa, el taquero que ahora se ha vuelto daltónico, me llama güero y me vuelve a invitar a pasar. Debo negarme al placer de la grasa por esta ocasión, pienso, y proseguimos nuestro caminar. Sofía busca la llave en su bolsa, interrogando al objeto inanimado. Dejo de oírla para tomar un respiro que me permite ver la peculiaridad de aquí: los perros sacan a jalar a sus dueños que, sometidos a una correa, no ven por dónde van. Diez tintineos después, me dice, a un pueblerino como yo, que la ciudad es un caos y que todos deberían usar bicicleta para así evitar el smog. Por desgracia, la relatividad del tiempo no me ayuda: entre bostezos y quitadas de lagaña, mi existencia se ha vuelto máaaas lenta.
Inaugura la noche, aumentando la ropa tirada en el piso, hasta encontrar un vestido rojo que se sobrepone. Se te ve bien, respondo tras la típica pregunta a la que no se puede mentir si se quiere ganar a la mujer. Su boca acaricia la mía en un acto prolongado y agradece que tenga la capacidad de oírla sin juzgarla, y que yo soy superdiferente. Pido permiso para salir de la habitación y es concedido. Necesito un respiro, pero ella no deja de hablar y aumenta los decibeles de su voz. La ventana abierta deja oír el claxon de los coches que no dejan de pitar. Voy a mi mochila y saco dos condones: uno sabor plátano y otro del Seguro Social. Los guardo en el pantalón y vuelvo en dirección a Sofía. Estando frente al espejo, disimula que le da pena y renuncia a su ropa de día. Semidesnuda, muestras tres tatuajes que arruinan su piel. Le hago mención sobre lo bien que se ve con ellos. Mejor me hubiera callado. ¿Te refieres a estos?, dice en tono de sorpresa antes de llevarme al laberinto de la apatía con una explicación sobre el karma, budismo y las energías. Vuelve a mí para besuquearme hasta que logra que tenga una erección. Pero mi oportunidad se cae cuando evade la responsabilidad y me apresura para irnos a la superfiesta. No sin antes anunciar que cuando regresemos será mejor.
Luego de evitar al daltónico, llegamos con el cabrón de gabardina-bigote-de-Jorge-Negrete que compartía escenario con otros afines a él. Los Mostachounds le llamo yo. Comparto mi idea con Sofía que me dice que no sea grosero. Súpergrosero, pienso. La primera visita social que tenemos recae en un grupo que fuma maría. Sus voces parecen forzadas y la renuencia de Sofía por no querer, logra disiparse para dar inicio al proceso de adaptación. Suelto su mano y me pierdo entre el tumulto de la gente súper. Platicas que son el preámbulo de una lucha de egos comienzan en temas como política, filosofía, arte y cultura, hasta llegar a esa digresión. Con el tiempo como mi enemigo, le insisto a Sofía en que debemos salir de ahí.
Triunfante, logro que el “en veinte minutos nos vamos” no sobrepasen la hora, y nos largamos entre la música atonal de “Los Mostachounds”. Desdichado yo, debo oír lo superpeda que va y batallar con el zigzagueo de sus pasos, haciendo una odisea nuestro camino de retorno. Los besos y su oferta antes de salir son el estímulo que me hace continuar.
Al llegar al cuchitril que llamaba humilde hogar, me lleva directamente a su cama. La vehemencia del intercambio de fluidos me hace no abandonar mi fe. Los latidos de mi corazón se aceleran y mi pene vuelve a tomar posición. Su laringe emite sonidos como si tratara de decirme algo. Sus manos me empujan y rezonga diciendo que está mal lo que estamos haciendo. Acerco de nuevo mi cuerpo y vuelve a ser rechazado. Le pido una explicación que es negada y se recuesta para perderse en sus sollozos. Así hasta que comienza a roncar la borracha.
Tomo las llaves de su mochila y salgo de nuevo. No pienso renunciar al otro deleite. Camino hacia el puesto de tacos donde el barrido de las escobas, avisaba su cierre. “Sólo nos queda de maciza, güero”. Pido siete mientras percibo cómo se esfuma el vigor de mi pene. Sin las ganas de consumir el tercer taco por el sabor de la carne, los pido para llevar y regreso para librar mi última batalla.

Por Luis Mora

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