martes, 25 de noviembre de 2014

De cómo calibrar telescopios



Un olor a olvido acompañó el panorama desolador donde fui citado. Aún no deslizo la mirada hacia las demás mesas, y sé que estas personas ya me están esperando. Encojo el paraguas para dárselo a un camarero. El piso como siempre está sucio y alcanzo a ver algunos insectos ocultándose del recién llegado para perderse en grietas del piso. No me importa. Las verdaderas cucarachas están acomodadas en la única mesa del segundo piso, con varias jovencitas sentadas en cada pierna. Nunca me han visto, pero al entrar inmediatamente me reconocen. Paso al vestíbulo mientras ellas salen en fila. Me miran un momento y bajan los ojos para perderse en el corredor y seguir su trabajo.
El pelirrojo se levanta y estrecha mi mano mientras me sonríe, después hace un ademán para invitarme a sentar. Me ofrece una bebida, pero la rechazo. Yo estoy ahí por el dinero. El otro aún no habla, y tampoco tiene cabello. Su manera de ocupar el espacio me hace pensar que él es el líder. Que él fue quien me contactó. Estoy ahí por el último pago, el que se recibe personalmente.
Durante esa hora les hago preguntas de rutina. Preguntas sobre mi objetivo. Mi trabajo requiere información. Cuando era joven no entendía qué tan necesario es un dato que parece mínimo, hasta que uno a uno mis compañeros fueron cayendo. Termino la rutina y en un momento el muchacho me hace una pregunta personal. Lo ignoro y me dirijo al líder y le exijo mi parte. El pelirrojo se pone de pie un tanto apenado y me extiende un maletín pardo.  Salgo de ahí y camino  sin el paraguas por el puro gusto de caminar entre las gotas.
La ciudad entera está repleta de inmundicia. El hedor de la gente y los negocios me molesta, y arriba, muy arriba, se pueden ver propagandas de solo un candidato, el Gordo, el más poderoso. El que ya domina la ciudad. Hace meses trabajé para él. Cómo giran las cosas.

Voy a ver a Emmanuel. Entro a su habitación y veo que ya tiene más tubos que ayer. Me duele verlo así, pero me contengo y actúo con normalidad. Platicamos entretenidamente sobre algunas cosas sin importancia. Una enfermera toca a la puerta recordándome que faltan quince minutos para que el tiempo de visita termine. Emmanuel me pide que vea televisión con él un rato. Estamos viendo a un McFly (o Clint Eastwood) muy alterado y con ropa ridícula,  pero muy seguro, como si supiera que al final no se va a morir. Levanta de la tierra un pedazo de lámina de metal, la pone bajo su ropa y sale al tiroteo.
Minutos después mi hijo se queda dormido. Le beso la frente y me voy a casa.

Estoy sentado en la cocina. A veces me siento como un motor sin potencia, pienso. La vida está muy jodida. A la mañana siguiente tomo algo de dinero, un estuche rígido con mi material de trabajo y me cuelgo al hombro la mochila. Anuncian por la radio el bloqueo de media docena de calles, por el discurso electoral del Gordo.
Ya lo he hecho antes, pero nunca en esta ciudad. Semanas antes del primer pago elegí el lugar preciso, el edificio, la vista. Nada debe arrojar la mínima sospecha. Hace meses me dieron el primer pago, y un día después comencé a dar instrucciones a mis empleados. Sandra, una prostituta rubia, será mi esposa; Mario, su hijo, será el mío. Sólo esta tarde. Ya sabe cada uno qué hacer. Es complicado, pero cualquier parásito se compromete a trabajar bien por una cantidad con los ceros precisos.
Dejo que Sandra entre primero, seguido del niño güerito. Estoy usando un suéter navideño y hace días fui a blanquearme los dientes. En el lobby utilizo unos documentos falsos. Cuando los mediocres investigadores y policías puedan apenas olfatear la verdad, Emmanuel y yo estaremos en otro país. Me dan la habitación que escogí en una simulada elección aleatoria. Desde la ventana puedo ver a la gente llegando para amontonarse y escuchar al objetivo vomitarles cualquier cosa, cualquier discurso que los tranquilice, algo que les ofrezca esperanza.
Permanezco sentado frente a la ventana un par de horas, visualizo cualquier posible error, cualquier falla. Ya faltan pocos minutos.
Siempre me gustaron las armas. Mi padre tenía muchas, y en cualquier espacio de la casa encontrabas al menos una: rifles, fusiles, carabinas y revólveres.  El de hoy es un fusil PSG8. El instrumento pesa casi nueve kilos, y con suerte, le hará explotar la cabeza como un grano al ser exprimido, o como a papá con su Colt .45, su revolver favorito.
Me pongo otra ropa, algo oscuro para la noche y guardo el suéter, el regalo de mi muchacho, en la mochila. Doy instrucciones de esperar en la habitación y me dirijo al último piso, con el estuche y el arma favorita de papá. Ahí está uno de mi equipo, con su uniforme hotelero. Me da la llave y le ordeno que se retire. Abro una escotilla y me instalo en la punta del Hotel Internacional. Cuidadosamente armo el instrumento y lo instalo sobre el bípode. De todos, éste es mi favorito. El del valor sentimental, dirían algunos. Hoy es el último día de mi carrera y él se merece este privilegio. Llegó a mí como pago de un favor, una encomienda de un anciano militar de Malasia. El aire frío impacta en mi cara. Antes de cada trabajo me invaden los nervios, nunca lo pude evitar.

Estoy concentrado y en la plaza no cabe ni un alma más. Hay de todo: campesinos, estudiantes, ancianos; todos en conjunto para escucharlo hablar. Por la mira telescópica fijo bien el lugar, pienso en el tiempo que tomará el disparo, el viento, la reacción de sus seguidores, la reacción de todos sus guarros, y la de los míos que están con él. Imagino de qué manera los noticieros estallarán durante los próximos meses. Probablemente la noticia llegue hasta donde estaremos, mientras señalan a algún sicario torpe o a algún policía.
El gordo sube tarde al escenario y la tierra retumba. La gente grita y le aplaude, entonan su porra y muestran sus pancartas mientras una inmensa cordillera de policías, todos morenos y fuertes, resiste a la multitud. El discurso comienza y me preparo. Cierro los ojos y respiro hondo varias veces.
Ocho y media.
Apunto a su rostro. En siete décimas de segundo su cara debe explotar. Mis brazos ya no se mueven ni un milímetro.
Resisto la respiración.
Aprieto.
¡Mierda!
 Al momento de la detonación mi celular suena y vibra en mi bolsillo. Miles de personas gritan de terror al unísono y miro hacia adelante. El gordo se cubre un brazo y sus guarros lo tiran al suelo y lo protegen.
¡Mierda, mierda, mierda!
Arrojo el fusil, gateo para ocultarme tras una bodega y como un impulso involuntario saco el teléfono. Me dicen que debo acudir rápido al hospital. Exijo que me digan qué pasa. El estado de Emmanuel se complicó y falleció en una emergencia, me dice una voz. Lo sentimos.
No siento el cuerpo. Apenas distingo el ruido de la gente, deben estar gritando, empujándose, corriendo. Estoy en un trance y me tiro boca arriba. Unas gotas comienzan a resbalar por mis mejillas y el tragar saliva raspa como pasar una lija por mi garganta. Permanezco así no sé cuánto tiempo. Me arrastro al borde y contemplo la vista. Escucho un sonido violento seguido de varios pasos subir al último piso. Me tardé. Dieron conmigo.
Levanto la mochila, saco la hermosa Colt .45 y me pongo el suéter navideño. No tardan en subir en pelotón. En una bolsa de basura veo un pedazo de cartón mojado. Lo saco y le quito de encima un par de cucarachas muertas, con cuidado para no desbaratarlo. Después lo coloco debajo del suéter, quiero que me proteja bien. Los pasos están cada vez más cerca. Ahora pienso en mi pequeño soldado, como le digo a Emmanuel. También pienso en Sandra, y espero que haya sido lo suficientemente inteligente para robarme algo de dinero y huir de ahí. Pero es torpe y se conmociona fácil. La conozco, y sé que la van a agarrar sin dificultad. Los uniformados salen en organizados grupos y pronto varias decenas me rodean. Los distintos uniformes me indican que pertenecen a diferentes pelotones, incluso hay uno muy familiar. Veo sus máscaras y pienso que algunos me reconocen.
Entonces comienzo a disparar. Hoy nadie puede matarme.

Por Pablo Pest Og











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