domingo, 21 de diciembre de 2014

Café y cerveza



Los martes viene al café, pide un americano y se sienta a hojear revistas de cocina. Deja su bolso sobre la mesa, al lado de sus lentes oscuros y las llaves de su coche. Se sienta del lado de la ventana, en uno de los gabinetes con sillón. Llega a la hora muerta, después de la comida cuando no hay nadie. No le importa el letrero de prohibido fumar. A mí tampoco me importa, generalmente estoy solo con el cocinero por el cambio de turno. Ella saca un plumón azul de su bolso y circula objetos en las revistas. Termina con las primeras dos antes de pedir algo de comer. A veces pide sólo galletas, otras le gusta ordenar helado de fresa, pero generalmente toma la especialidad: pay de manzana a la West Virginia.  
Me acerco a su asiento con el postre. Me da las gracias. Le pregunto si está ocupada.  Ignora mi pregunta. Me quedo estático unos segundos. Ambos estamos en silencio. Ella sigue concentrada en su revista. Toma un sorbo de café con cuidado de no quemarse, le agrega azúcar y vuelve a su revista. Le digo que mi nombre es *. La desconcentré. Voltea asombrada, no había notado que sigo ahí. Sonríe con esfuerzo. Le pregunto por qué viene siempre en martes. No responde. Se siente hostigada. Sus ojos intentan evadirme, la molesté. Le digo que espero le guste el pay. Ella finge que nada sucedió sacando su celular de la bolsa. Me retiro.
Camino a la barra. No quiero que note mi urgencia por huir de la escena. Volteo a ver a las otras mesas. Por suerte sólo hay otra pareja tomando una malteada y no me necesitan. Me agacho y entro detrás de la barra, doy la espalda a las mesas y finjo limpiar la cafetera. No la he usado en todo el día. Mi reflejo es nítido sobre el metal. No soy feo. Veo mi mandil y mi red negra para el cabello. El mandil blanco tiene algunas manchas por el uso, en partes se ve amarillo. Volteo a las mesas, el hombre con la malteada me pide la cuenta con una seña mientras toma de la mano a su pareja. Me duele salir de mi refugio. Me quedo un momento quieto. Pretendo hacer las cuentas antes de salir de la barra.
El hombre dice que me quede con el cambio después de darme un billete. Voy de regreso a la barra, pero escucho un silbido. La chica me llama. Pienso en mi madre, en cómo me chiflaba cuando necesitaba que fuera a la tienda por algún encargo. Siento su mano firme sobre una de mis orejas reclamando por el cambio que me gasté en dulces. La chica me pide otro americano. Dicta su orden sin verme, sigue concentrada en su celular. Hay cuatro revistas sobre la mesa, todas tienen fotos de ollas, espátulas y otros artículos de cocina.  Me llevo el plato sucio conmigo. No se terminó el pay.
Pienso en contarle una historia. Recuerdo que una vez escuché a un cliente contar una anécdota de borrachos. Un tipo barbón entra a una taberna y pide una cerveza. Ya está algo tomado, se ve por cómo se quita su chaqueta. De cualquier manera le sirven. El cantinero lo conoce. Lo saluda con efusividad después de darle su trago. El tipo barbón comienza a contar una historia. Balbucea sobre la última vez que fue por gasolina. Se queja de que su tráiler ya no es el mismo. Al parecer los ilegales tienen algo que ver con el mantenimiento de su camión. Dice que el condenado país se está yendo abajo desde que tenemos a un presidente negro. Toma un trago. Era de noche cuando se paró en medio de la carretera en dirección Nevada para cargar gasolina. El viento te corta a esa hora con su frío. Él entro a la tienda de la gasolinera por cigarros. Toma otro trago. Sólo estaba atendiendo un negro. Siempre dejan a los drogadictos el turno de la noche, le dice al cantinero derramando algo de cerveza. El empleado estaba en otro mundo, se queja el tipo con el cantinero. Dice que él siempre reconoce a los drogadictos cuando está borracho. “Ya sabes como soy cuando tomo: sensible.” Termina su cerveza. El cantinero ríe con esa afirmación y apoya las manos en la barra. El tipo barbón le sonríe, dice que se lo probaría en este momento, pero aún no se encuentra borracho. Pide otra cerveza. El cantinero se la sirve, con un “aquí tienes Joe”. Joe toma un trago antes de continuar con su historia. “Cerré los ojos unos segundos y cuando los abrí estaba en el suelo, con el maldito negro sobre mí. Comenzó a gritar que yo estaba intentando robarlo y amenazó con llamar a la policía. Estaba seguro de que iba a sacar un arma.” Joe imita la escena con torpeza. Se ríe y toma un trago. “Me zafe con un puñetazo y recogí mis cosas.”  Toma otro trago. Cuenta cómo tuvo que correr a su tráiler por su revólver. Dejo los cigarrillos en el asiento junto con varias revistas de la tienda y un par de cervezas. Toma otro trago. Salió del tráiler con el revólver y le quitó el seguro. Se acercó al mostrador y dio un disparo contra la caja registradora. El negro se tiró al suelo. Toma otro trago. Joe finge tener una pistola en las manos y disparar a las botellas. El cantinero asiente feliz, está encantado con la historia.  Joe se acercó al negro y comenzó a patearlo. Lo centró en la mira y dejó que llorara un rato antes de escupirle y retirarse del lugar. Termina su cerveza. El cantinero le da unas palmadas en la espalda, gustoso de que haya salido ileso. “Lo único bueno que queda en este país es nuestra libertad”. El cantinero asiente decidido. “Debemos defenderla ante todo”. Cuando termina de hablar deja un billete sobre la barra y toma su chaqueta. El cantinero agarra el billete y se despide. Joe dice que falta su cambio. El cantinero actúa desconcertado. Joe exige su cambio. El cantinero le dice que se largue. Joe saca su revolver. El cantinero se agacha, dice que tiene su cambio. Se para y con una escopeta lo derriba. Joe le suelta un tiro con su revólver desde el suelo. Pienso en la historia como un chiste. Tipos barbones, cantineros, borrachos llamados Joe.
Ella vuelve a silbar, me acerco y me da un billete. Me deja el cambio. Se va sin que le cuente nada.

Por Axel Plmx


No hay comentarios:

Publicar un comentario