domingo, 14 de diciembre de 2014

Profanado

Perdón, mi amor, si el pene que masturbé no era el tuyo. Perdón si los testículos que me metí enteros en la boca no eran los tuyos. Si la eyaculación que provoqué, no era la tuya. Perdóname que mis gemidos y mis plegarias a Dios de que me diera más (oh, sí, así... ¡más, más!) se dirigieran a oídos que no son los tuyos, provocados por movimientos que siguen sin ser tuyos. Y si lamí su ano o si metí mis dedos en él y no en el tuyo. Perdón, una vez más (o tal vez diez veces más) por haberme venido en su cara y no en la tuya. Siento haber cagado su semen, en lugar del tuyo. Por haber manchado sus paredes y sus cobijas. Y no las tuyas. Pero déjame explicarte, déjame explicarte. Yo llevo conmigo una marca del mal. Cuando era niño fui mancillado y profanado por el mismito mal encarnado. No tenía más de seis años. Tenía las manos no sé por qué razón recargadas en el piso, cuando las quité vi a una babosa aferrada a la palma de mi mano izquierda. Entonces mi hermano comenzó a gritarme insistiendo en que lavara mis manos lo más pronto y perfectamente posible. Me recuerdo tallando violentamente y repetidas veces mi palma. Las advertencias de mi hermano de siete años fueron muy claras y concisas: si no me lavaba la mano que tocó a la babosa en el menor tiempo posible, se introduciría por mis poros hasta pegarse por completo a mis venas, ahí se reproduciría y en cuestión de nada me convertiría en una de ellas. Poco a poco comenzarían a emanar babosas de mi piel hasta hacerse una sola y posteriormente, hacerme yo una sola con ellas. Seguía yo tallando y tallando, y desde lejos oí las burlas de mi hermano que se agarraba la panza de la risa. "¡Caíste, caíste!". Pero yo ya me sentía infectado y sin esperanzas. Ya no quería esa mano, no podía aceptar esa mano como mía. Quería arrancármela, seguir tallando hasta que quedara en los huesos, pero la dejé ahí en su lugar. Claro que ahora no tengo fenotipo de babosa, pero es cierto que se introdujo en mí y me infectó. Con el tiempo me ha ido infectando las demás partes del cuerpo. Pasó de mi mano izquierda a mi mano derecha. Y de mis manos a mis ojos, a mi boca, a mis oídos, a mis genitales. Y de pies a cabeza, completito, infectado. Yo sé, bebé, que soy un asco. 
¿Te acuerdas, amor, de la vez en tu casa de descanso que me encontraste fuera de la regadera tirado en posición fetal sollozando? Había una babosa pegada en la pared del baño y me aventé lejos de ella. Nada más fuerte que encontrarse frente a frente con los defectos de uno mismo. 
Y de mis manos infecté mis ojos, que desean el cuerpo que no es el tuyo. Y de mis manos infecté mi boca que ruega morder y chupar su ano (nunca el tuyo). Y mis oídos que sólo se deleitan con sus gemidos. Ya no los tuyos. Y mis genitales que sólo quieren chocar contra su culo, el que no es tuyo. No es que ya no te ame, corazón, es sólo que ya estoy todito infectado de maldad. Y sí, es mi culpa; podría serte fiel, pero no tajé mi mano infectada cuando debí. Y lo siento por eso. Y lo siento por ti, y lo siento por él también. El estar pensando todo esto, mientras chupeteo un cuello que no es ni tuyo, ni de él. Y no me suelto. 


Por: Abril Ramos Xochiteotzin 

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