domingo, 17 de mayo de 2015

El lunar de media luna


Después de un par de copas, tu mujer me dijo «Llévame  a tu departamento». Decías que la ropa la arrancaban tus manos, nunca las de ella, y que su cuerpo se hacía de piedra al sentir tus labios en su piel. A mí me desvistió como un niño en busca del boleto de oro adentro de un chocolate. Me lamió el pecho, me mordió el cuello. Me dijo «Desvísteme» y le dije no, hazlo tú misma. Saltó de la cama y se desnudó frente a mí. Siguió besándome con la saliva hirviéndole en la boca, como perra rabiosa. La acosté sobre la cama y se abrió de piernas. Siempre te quejaste de tener una mujer frígida, que lo único que hacía era tumbarse en la cama, con la mirada fija al techo, sin cruzar contigo ni mirada, ni palabra, ni gemidos, para que la penetraras. Conmigo cambió de posición a cada segundo, se aferró a mi pene como un piloto a la palanca de una avioneta cayendo en picada y se sentó volteando los ojos a cada centímetro que yo la atravesaba. Imaginé sus tetas diferentes, cuando ella le daba de mamar a tu hijo, cuando sus pezones se alzaban en relieve sobre su blusa y tenía que reprimir mi animalidad para no saltar sobre ella. Ahora mírala. Dándome a beber de la dulce leche desde sus pezones, sobre mi mentón, sobre mi cuello, y me deja amoratarle las tetas… Tu mujer sigue el recorrido hasta pasar por mi estómago, y llega a mi pene, para chuparlo como si en él fuera a recuperar la juventud, los años perdidos en tu cama. Dijiste que sus dientes se atravesaban entre su lengua y tu placer… Te juro que nadie me la había chupado como lo hace ella, nadie me había dicho «Pégame» desde allá abajo como ella lo hizo: arrodillada, lamiéndome las bolas, rogando con ojos de perro hambriento. Siguió mamando y le escupí una, dos veces. Golpeé sus mejillas, sus labios, su lengua con mi pito… Luego, con la fuerza de una bofetada, hice que girara la cabeza noventa grados. Volteó hacia mí con la mejilla enrojecida, el rímel corrido por la saliva y las lágrimas, y por un ridículo momento pensé en ti, hasta que sonrió y siguió mamando. Mentiroso, de a perrito le encanta y las nalgadas en el lunar de media luna en su nalga izquierda, ni se diga. Escucha cómo invoca a todas sus deidades, cómo me lo pide más duro, más rápido. Cómo me ruega meterle hasta las pelotas. Mírala estimular su ano, preparándolo para que yo pueda entrar. Mírala rasguñar sus nalgas, morder la almohada cuando me la cojo por atrás y le respiro en la oreja. Alguna vez, jugando cartas, dijiste que apostabas a tu esposa. Me dieron ganas de cogerla frente a ti, meterle dos dedos como lo hago ahora, tirar de su cabello como lo hago ahora, hacer un nudo con sus muñecas y cogérmela sin piedad, como si te doliera cada movimiento. Dijiste que no te importaba si se iba con alguien más, que por ella no sentías nada… Entonces, ¿por qué habrías de enojarte de sus nalgas rojas, de su cara maquillada con mi semen? ¿Qué ganarías partiéndome la cara? Me pidió orinarla tal vez para borrarte de su piel. Ahora límpiate tú esas ridículas lágrimas y deja de embarrarme tus penas en el hombro, deja de preguntarte por qué se fue con quién sabe qué desgraciado.


Por Amaury

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