viernes, 8 de mayo de 2015

La fresca


Únicamente vengo a El Deshuesadero los viernes. Cuando llego, pido que frente a mí se coloque un espejo que abarque la pared casi en su totalidad. Ahí no necesito más que el espejo, un sillón en dónde sentarme y una mano que se aferre a mí hasta hacerme eyacular. Me gusta acariciar la división de mis pectorales y sentirla llenarse de sudor, como un micro-río en mi cuerpo; sentir la contracción de la piel adherida a los músculos de mi abdomen. No quito la vista de mi reflejo hasta que termino y, luego, un rato más.
Hace veinte años, cuando tenía catorce, no me hubiera atrevido a mirarme desnudo en un espejo. Masturbarme diario me había dejado en los huesos. Nadie sabía de mi talento para crear autocomplacencias novedosas. Por ejemplo, para mí, no era necesario buscar a escondidas revistas pornográficas, me bastaba con los catálogos de lencería que vendía mamá. La mejor de mis creaciones, “La fresca”, sigue en vigencia. A veces, llego a El Deshuesadero a pedirla; consiste en untarse VapoRub en el pene y luego frotarse hasta llegar a un refrescante orgasmo de menta.
Hoy vine por mi masturbación semanal, y es miércoles. En la secundaría donde doy clases el presupuesto fue recortado. Dijeron que lo mejor sería desaparecer Educación Física, y así me quedé sin trabajo. Lo peor no es que tendré que regresar a casa de mis padres, sino que ya no sabré nada de Paquito, mi discípulo. Cuando lo conocí, su piel estaba pegada a sus huesos, era un esqueleto, como yo a su edad. Paquito era la reencarnación de mi yo adolescente. Aunque no me lo dijera, sabía que sus masturbaciones eran más de una diaria y que las mujeres huían de él, como repelidas por el olor a semen seco que desprendían sus calzones, además del vitiligo que se apoderaba de su cara. Ahora, después de litros y litros de anabólicos, Paquito es otro.
Hace una semana regresé a casa de mis padres y desde entonces papá me da dinero para mis gastos. Para el recreo, igual que hace veinte años; y como hace veinte años, mi recámara sigue intacta, salpicada de semen por todas partes. En la repisa donde descansaban unas enciclopedias que nunca abrí, empolvadas, coloqué mis trofeos de fisicoculturismo, pulidos tanto que cegaban. El mismo día que regresé a la casa de mis papás, volví al gimnasio de la colonia, el que me vio crecer. Me inyecté, hice mi rutina y, al terminar, en las regaderas, oriné y vi salir sangre. Hacía tiempo que mis testículos casi habían desaparecido y esto sólo era cuestión de tiempo.
Dejé de consumir esteroides y de levantar pesas, perdí la oportunidad de ganar el nacional desde hace un año. Hace tiempo que no voy a El Deshuesadero, no porque el dinero me  falte —papá me sigue dando todo el que necesito—, sino porque no soportaría verme al espejo con el cuerpo flácido, cada día más en decadencia, aunque hoy me haya despertado con unas ganas insoportables de masturbarme. Y si nadie lo hacía por mí, tendría que hacerlo yo mismo. Empecé con una papaya que había en el refrigerador, repleta con una bolsa de arroz… Después de más de veinte años, seguía inventando técnicas deliciosas de masturbación. En total me vine cuatro veces antes de que mamá y papá llegaran. Fui a El Deshuesadero y con lo poco que tenía pude pedir lo que, después de masturbarme con un bistec, se me ocurrió.
Extrañaba la asfixia que me provocaba estar en esa habitación tan pequeña, sentado en el sillón manchado que usaba para cumplir mis fantasías. Estaba nervioso por probar esto. Me senté, procurando que el espejo quedara atrás y no enfrente, y esperé a que mi petición abriera la puerta. Entró desnudo, con una máscara de cuero negro cubriéndole la cara; en la mano llevaba una charola plateada con un frasco de VapoRub. Colocó el frasco abierto sobre el descansabrazos y luego se paró frente a mí, con su pene erecto casi tocándome la cara. El cuerpo del tipo era casi perfecto… Me atrevo a decir que era mejor que el mío en mi mejor época. Un pez tatuado en sus costillas derechas adornaba su cuerpo desnudo. Tomé el VapoRub y se lo unté. Pude escuchar un suspiro cuando el tipo sintió la frescura, como cuando el agua helada te toca la espalda. Lo masturbé por tres o cuatro minutos hasta que su cuerpo se contrajo; pude ver sus puños apretándose y los dedos de sus pies encogerse; y luego, un rugido que hizo vibrar al espejo. Su erección fue disminuyendo poco a poco, hasta estar flácido de nuevo. Noté que sus testículos eran pequeños, posiblemente por los esteroides. El cuartito olía a semen y menta. El tipo salió, dejándome con la barriga salpicada.
Aquel día, llegué a casa después de que papá y mamá estuvieran dormidos. Saludé a mamá de beso en la frente y me dijo que si tenía hambre en el refrigerador me había guardado bisteces empanizados.
Perdí la cuenta de lo que llevo viviendo con mis papás. Desde que me despidieron de la secundaria, todo se pudrió. Ya no he pulido mis trofeos; los viernes ya no son de Deshuesadero desde aquella última vez. No queda rastro del tipo con ochenta kilos de músculo puro. Mientras hojeo las páginas del periódico, la noticia del concurso nacional de fisicoculturismo llama mi atención. Los dos primeros lugares se los llevó el gimnasio de mi colonia; el primer lugar, un chico con el cuerpo de un dios griego, deshidratado al grado de que hasta el más microscópico músculo se marcaba en su piel. Un tatuaje de pez en las costillas lo cubría, además del bikini morado. En la foto sonreía a pesar de que, en su cara, el vitiligo le había despintado hasta los párpados.


Por Amaury

No hay comentarios:

Publicar un comentario