domingo, 17 de mayo de 2015

Una noche


No siempre fue así. No siempre evité el contacto físico con las mujeres. De hecho, aun ahora, creo que son atractivas e interesantes. Tienen cambios de humor desquiciantes, pero eso es tolerable. Hay cosas que no.
Caminaba por la avenida Universidad después de tomar café con una amiga. No estoy seguro de que hora era exactamente. Toda esa noche es algo que aún confundo con sueños, o pesadillas. Atravesé el puente peatonal. Ya era de noche. De lejos y de cerca se podían observar las siluetas de las mujeres en minifalda y tacones altos, en la parte del centro las espaldas evidenciando masculinidad y en la última parte las más jóvenes. Me dirigí ahí. Todas pusieron cara de excitación fingida al verme. Tú no, tú no, tú estás más o menos, pensaba mientras recorría la gama de opciones. Mis ojos se clavaron en la chica de jeans ajustados. En la parte de arriba, lo único que cubría sus senos era un sostén con brillitos. Me gustó.
¿Cuánto cobras?, le pregunté. Me contestó con una cifra muy alta para lo que traía. Al parecer se dio cuenta de mi decepción. Era claro que un estudiante no tenía tal cantidad para gastar. ¿Cuánto traes?, me dijo. Poco más de la mitad, le respondí entre dientes. Lo aceptó y me dijo que la siguiera.
Caminó frente a mí. El pantalón apretado delineaba muy bien su perfecto trasero. Algo me distrajo. Cojeaba un poco del pie derecho, pero qué importaba. A la hora de coger, detalles como ese eran lo de menos.  Entramos a una vecindad.  En el corredor principal se encontraba un hombre de unos cincuenta, ahogado de borracho. Tuvimos que pasar con cuidado para no pisarlo. Macetas, pelotas tiradas y una virgen de Guadalupe colgada en una puerta. Romina (luego me dijo que ese era su nombre) me llevó al último cuarto del fondo. Las ventanas estaban aseguradas con barrotes pintados de color blanco, igual que la puerta. Entramos. Me sorprendió lo minúsculo que era el lugar. Me quité el pantalón y Romina el sostén de brillitos. Estaba encima de ella cuando se quitó el pantalón. Mientras trataba de penetrarla, mi vista se fijó en la pared. Se marcaban dedos ensangrentados. ¿Sangre de quién? ¿Suya? ¿De alguien más? Pensaba en esto cuando sentí algo viscoso subir entre la pierna de Romina y la mía. Me separé. La pierna derecha de Romina tenía un agujero enorme lleno de pus. Del hoyo salía lentamente una especie de gusano gordo, baboso y albino. Me quedé sin respiración. Quería gritar, correr, todo al mismo tiempo. La cara de Romina reflejaba satisfacción. Estaba divertida.
Ven, seguramente nunca te la ha chupado un gusano. Te va a gustar.
Salí corriendo del lugar tan sólo con mi ropa interior. A dos cuadras un policía me detuvo. Me preguntó qué hacía y por qué estaba vestido así. Supuso que estaba bajo los efectos de alguna sustancia y me llevó a los separos. A la mañana siguiente me dejaron ir.
No siempre evité el contacto físico con las mujeres. De hecho, aún ahora, creo que son atractivas e interesantes. Tienen cambios de humor desquiciantes, pero eso es tolerable. Hay cosas que no.


Por Samanta Galán Villa

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