lunes, 30 de noviembre de 2015

Siempre encontrarán mis aguacates podridos


Jacobo llevaba un año sin coger. Cada que salía tenía que amarrarse el pito a la pierna con una agujeta. Al principio creía que iba a perder la verga, pero después se acostumbró. ¿Qué más da si la pierdo? Igual no la he usado en un buen rato. En cuanto veía una mujer que no estaba tan fea o tan vieja, se le comenzaba a parar. Cuando no estaba con Ana y llegaba a ver a sus amigos, trataba de explicarles sus estándares, pero nunca lo terminaban de entender. A cada rato bajaba sus expectativas. En cualquier momento va a venir jalándosela con los vagabundos, se reían ellos de él, pero siempre que decían esa broma alguien callaba a todos y les recordaba que Jacobo no podía hacerlo pensando en nada que no fuera Ana, en un culo que nunca había visto. Las risas volvían con más fuerza.
Jacobo le contaba todo a Ana, lo que hacía y no hacía, lo que decía, lo que pensaba. Cuando paraban de reír, alguien decía que de seguro lo tenían de pendejo, que ella tenía a alguien más, y volvían a carcajearse. ¡Pinche torta!, le gritaban, y lo disfrutaban más si se reían frente a él.
            A veces hablaba con César sobre Ana. En un principio, César se le insinuó a Jacobo diciendo que sólo quería ayudarlo a evitar el cáncer de próstata, que nada más tenía que decirle y listo, pero ante tantas respuestas negativas dejó de hacerlo. Jacobo seguía pensando que César igual se lo intentaría coger en cualquier momento.
            “¿Y si cortas y coges con otra?”
            “No, güey, no me saldría bien y nadie me va a pelar. Además cortarla no es opción.”
            “Qué falta de voluntad. ¿Y al menos has hablado de esto con ella?”
            “Sólo una vez, pero no me fue nada bien.”
            “A ver, cuenta.”
            “Le pregunté qué pensaba del sexo. Me volteó a ver incómoda, o molesta. Parecía más molesta. Me preguntó a qué me refería y no me volteaba a ver, sólo me miraba de reojo. No supe qué responderle. Tuve que decirle que la manera en la que yo veo el sexo es como una manera de expresar lo que se siente por una persona y, por supuesto, también para fines biológicos. Para preservar a la especie. Seguimos el paseo sin que me volteara a ver y terminó respondiendo: Pues sí, es para que la especie siga y para demostrar cariño, pero no se lo demuestras así a cualquiera. Es como... como esto, mira. Si se los regalaras a alguien, ¿sería a cualquier persona? Velos bien. Me pasó sus aretes. Se veían como si fueran caros; pesaban. Pues no, le respondí. Éstos no se los regalas a quien sea, sólo a alguien especial. Exacto, me dijo. Siguiendo con la analogía, se los das a alguien con quien tienes sexo, ¿no? Aretes por sexo. No le entendí ni supe qué decir, y si lo hubiera sabido, no me hubiera animado a decir nada. Después de eso no volvimos a hablar del tema. No me he atrevido.”
            Te quita tu tiempo, tu dinero y tus güevitos, dijo César un poco hastiado. Bueno, tengo que irme. Voy a que castren a mi gato. Y se fue deseándole suerte con Ana.


Ana y Jacobo se vieron a eso de las cinco en la casa de ella, cuando no había nadie. Usualmente la casa estaba sola, pero cuando también estaba la mamá de Ana, a él lo ponían a escuchar versículos que la señora leía. Y cuando llegaron al lugar que Dios les había dicho, edificó allí Abraham un altar, y compuso la leña, y ató á Isaac su hijo, y púsole en el altar sobre la leña. Y extendió Abraham su mano, y tomó el cuchillo, para degollar á su hijo”. Jacobo no decía nada, sólo asentía. Le parecía peor que estar en misa. Ni siquiera podía dormirse.
            Sin la señora y su biblia como obstáculo, esta vez no podía fallar, todo parecía perfecto para que se diera la situación. Lo primero que hicieron estando adentro fue irse directo al sillón de la sala, como siempre. Prendían la tele y pasaban horas y horas buscando en los canales sin despegar la vista de la pantalla, sin hablar. A él, después de un rato, comenzaban a dolerle las bolas. Los pantalones ajustados, la agujeta, estarlas aplastando, el calor. Pero esta vez no vieron el control en la mesa. Esto lo animó a hablar. Quería coger ya. Pensó en el gato de César y en coger en honor del castrado.
            “Ya te he dicho que no puedo. Entiéndelo, mi mamá lo vería muy mal, se enojaría y me dejaría de hablar. No le gusta la idea de que tenga relaciones sin estar casada por la Iglesia. Además, ¿no ves que mi hermana acaba de tener a un bebé? ¡Y siguen sin casarse!”
            ¿No conocerá los condones?
“Si no quieres peservativos, te la podría sacar antes de venirme.”
            “No, mi mamá. No quiero que se preocupe. Me guardo para esa persona especial; como con mis tangas que me regaló mi mejor amigo, que las guardo para usarlas cuando vaya a pasar.”
            “¿Tienes varias para usarlas en una ocasión?”
            Ignoró la pregunta y subió a buscar el control en los cuartos. Cuando Ana regresó, él volvió a sacar el tema. Si no podía metérsela, iba a buscar al menos una mamada.
            “Sexo oral, no mamada. Qué vulgar. Y no. Es algo muy sucio. Es como... ¿quién da besos en el ano? Nadie porque es completamente antihigiénico. Es lo mismo, ¿ves?”
            “¿Antihigiénico? ¿Te interesa eso? Hay veces que no te bañas por tres días. ¡Y con el clima de aquí! ¡Por favor! ¿Me vas a decir que eso es muy limpio?”
            Sus ojos se volvieron un pozo de lágrimas, y antes de que empezaran a correrle las lágrimas por la cara llevándose consigo las capas de maquillaje comprado en los puestos callejeros del centro de la ciudad, él se calló. Quiso recordarle de “la Chata”, la perra que cogía con todos los perros de la colonia, la que olía peor que los vagabundos y vivía con ella, la que se subía a su cama y restregaba toda la mierda pegada en todo su cuerpo por cualquier objeto o superficie del cuarto.
            “Lo siento. Tienes razón. Es antihigiénico, dijo él vencido, y tú puedes hacer lo que quieras con tu cuerpo. Es más, para que veas cómo te amo y me entrego a ti, cuando lleves los cuatro días sin un regaderazo siquiera, no te bañes, avísame. Te invito a comer con mi familia. Si dicen algo, yo los callo. Nadie te va a criticar, y si lo hacen, yo te defiendo.”
            La abrazó y sintió que no la perdía. No quería tirar ese año a la basura, pero tampoco quería violarla. Pensaba que las cosas se iban a dar en algún punto, que era como el vasallaje del caballero a la dama, que en algún punto, estar sumiso como un perro hacia ella, le ayudaría, pero por lo pronto, creía que se iban a conformar con puras caricias.
            Ella se reclinó para buscar el control bajo el sillón y para tratar de amenizar la situación, él decidió darle dos palmadas en las nalgas. Pensó que la reacción iba a ser positiva. Le había parecido que eso glúteos son de esos que te invitan a acariciarlos, a morderlos, como invitan las velas a los moscos que te joden toda la noche. Creyó que las nalgas le habían dicho que tenía una última oportunidad para poder convencerla de coger. Si no era ésta, ya lo dejaba de lado. Esperaba una respuesta no una pregunta, que lo volteara a ver con la cara con la que suponía él que los amantes de César lo veían cuando se metían tachas.
            “No me nalgueaste, ¿verdad?”
            “No, pero, ¿qué hay con las nalgadas?”
            “¿En serio preguntas eso? ¿Te crees cuando la gente te dice que eres inteligente, pero me preguntas qué hay con las nalgadas?”
            “Sí, ¿qué tienen de malo?”
            “Si tú me pegaras así, sería una falta de respeto enorme. No te podría perdonar, así que piénsalo”.
            Le hubiera gustado mucho la idea de la resignación, de poder seguir entregando las bolas sin quejarse, de volver a decir que tenía razón, que no podía verla simplemente como un objeto sexual sin importar lo emocional. Cómo hubiera querido que no se estuviera repitiendo el resultado de haberle dicho culera en una ocasión, en la que ella se fue, sin avisarle, con su mejor amigo, después de haberle prometido a Jacobo un raite que le evitara estar caminando por zonas conflictivas como a eso de las tres de la madrugada. Le hubiera gustado haberse quedado, pero se levantó sin decir nada, salió de la casa y se preguntó si había pasado demasiado tiempo escuchando misa o sentado frente al televisor oprimiendo sus testículos. Los sentía incómodos, y se metió la mano derecha a los boxers para rascarse las bolas y arrancarse la agujeta, pero no sintió ningún alivio. Era como si alguien más tuviera sus güevos.
Pero Abraham se volteó, y dijo “A la verga con dios”, y tiró el cuchillo:

“César, ¿estás en tu casa?”.

Por Enrique Gutiérrez