lunes, 28 de diciembre de 2015

Anomalía



Abrió los ojos, se quitó las sábanas de encima y vio que sus senos habían desaparecido. Recorrió con sus manos desde su clavícula hasta el ombligo y no encontró nada. Ni un solo bulto. Y tampoco es que su busto copa “C” pasará fácilmente desapercibido.
No quedaba duda: no estaban.
­­—Ayer no pudo ser. Cuando me acosté, todavía los tenía —pensó. Se levantó de la cama y dio tres vueltas al borde. Se mordisqueó el índice. Corrió hacia el buró de la derecha, abrió el segundo cajón y revolvió entre los sostenes. Tampoco estaban ahí. Miró en otros cajones. Se tiró en la cama, ahogada. No tenía sentido pero el suceso era palpable, habían desaparecidos y su torso tenía una forma casi masculina. Lo primero que quiso hacer fue averiguar si esto había sucedido antes, si era algo conocido. Tomó su celular, faltaban veinte minutos para las diez, y a esa hora ella tenía una entrevista de trabajo. Luego averiguaría el paradero de sus pechos. Se vistió en menos de cinco minutos, se colocó el sostén y, como dedujo que sería muy extraño un cambio en su imagen, lo rellenó con calcetines y otras prendas.
Terminó la entrevista. Salió del edificio, acalorada y con gotas de sudor en la frente, le marcó a Mariana.
—Mariana. Eh. Sí, sí, bien, gracias, oye ¿conoces o alguna vez has escuchado si las chichis pueden… achicarse?
—Pues si reduces el porcentaje de grasa, puede pasar que se vean más pequeños.
—¿Pero sin reducir grasa ni nada así?
—¿Has estado haciendo ejercicio y no me dijiste, maldita?
—No, no. Escucha, ¿pueden achicarse sólo porque sí?
— ¿Cambiaste tu dieta o algo, Helena?
—No estoy hablando de eso. Mira, te veo en mi casa en la noche.
—Ok.
Helena se dirigió al médico. Llegó a la recepción y esperó 30 minutos para pasar. Saludó con un beso en la mejilla al doctor y se sentó frente al escritorio. Respondió a las preguntas de rutina. Conforme ella explicaba cada detalle, la cara del doctor mutaba; torcía la boca y fruncía el entrecejo. Helena concluyó y el médico permaneció unos minutos mudo, por fin se enderezó en su asiento y le pidió que le mostrara los senos. Sin decir una sola palabra, el doctor la sacó del consultorio. Ella se sentía desconcertada, movía las manos mientras trataba de encontrar una razón. Gritó y maldijo todo a su alrededor, incluso a un poste de luz. Tomó un taxi de regreso, sentía comezón en un talón del pie, en el brazo; se extendía y se reducía en algún punto. Ella pasaba constantemente su mano por su pecho, y miraba al techo del auto. Llegó a su departamento y se metió a la bañera. El timbre sonó. Salió en toalla, consciente de que Mariana estaba en la puerta.
—A ver ya…
—Nada. Está muy raro esto, pero en fin. Me desperté y estaba así —dijo Helena, mientras movía la toalla de su torso.
—Güey ¿Qué pedo?
—No tengo la menor idea. Y lo peor es que, aunque, tiene forma como de un hombre, no parece de un hombre.
—Sí, está súper raro ¿Fue justo cuando te despertaste?
—Anoche todavía estaba… normal. ¿Crees que pueda ser una enfermedad o algo así?
—Pero las enfermedades son como de poco a poco, y esto fue de golpe. ¿Qué tanto hiciste cuando yo me fui de la fiesta?
—Sólo seguí bailando, estaba un poco mareada, pero consciente. Y bueno, conocí a un chavo y platicamos un rato. Compartimos taxi de regreso, pero no pasó nada. Cada quien se fue a su casa.
—¿Quién se bajó primero?
—Yo
—¿Cómo se llama? ¿Sabes dónde vive?
—Carlos Estrada. Sí, me dijo que vivía cerca de aquí, pero no sé dónde exactamente.
—Vamos a buscarlo.
—¿Qué?¿Cómo crees?
—Órale, vístete.
Mientras hablaban, Helena se vestía. Cuando terminó, Mariana, casi jalándola, casi empujándola, la forzó a salir del edificio para buscar a Carlos. Buscaron en redes sociales, qué amigos en común tenían; después contactaron a esos amigos en común para conocer con precisión la residencia de Carlos. Era un apartamento de 6 pisos, él vivía en el tercero. Mariana y Helena subieron las escaleras y llegaron al 304. Tocaron el timbre.
—¿Qué hacemos aquí?
—No seas tonta. Él fue el último en verte, puede que haya notado algo raro.
Un hombre alto abrió la puerta; su complexión apenas cubría dos tercios del umbral, movió el picaporte y se rascó la barba de candado.
—¿Sí? —preguntó el hombre. Lo interpelaron y lo cuestionaron, pero negó haber conocido a Helena la noche anterior.
—Lo siento pero estoy ocupado. No sé quién es.
—Bueno, gracias y disculpa la molestia —dijo Mariana. Helena salió antes, sentía asco y no quería vomitar dentro del edificio.
—Oye, estaba pensando y creo que uno de mis vecinos me vio al llegar.
—¿Perdón?
—Que uno de mis vecinos creo que me vio, deberíamos ir.
—¿Me está hablando a mí?
—Sí, Mariana…
—Eh ¿Nos conocemos? Lo siento, pero no creo que lo haya visto antes.
—Mariana ¿Qué estupideces dices? ¡Deja de jugar!
—Perdón, pero no me gusta que la gente se ponga agresiva. No sé de qué habla, no lo conozco, que tenga buena noche.
—…
Llegó a su cuarto, sentía que los músculos le vibraban, le dolía la cabeza y no se soportaba, sus movimientos eran torpes. Fue al baño y miró al espejo, tenía manos grandes, nariz afilada, ojos pequeños, cejas tupidas y vello facial, la espalda era más ancha, los brazos más fibrosos y la cadera no se ensanchaba. Gritó y chorreó lágrimas. Eso no era ella. Le regresó el asco y rompió el espejo. Helena se sintió maldita y encerrada en un cuerpo ajeno. Sin identidad.

Por Rodrigo R. Salgado


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