lunes, 22 de febrero de 2016

Mis culpas judeocristianas me hacen sentir mal al oponerme



Saliendo del departamento de una amiga un vecino abre la puerta y me jala, y aunque es en contra de mi voluntad, no pongo resistencia. Está bien, vienes con las de Sinaloa ¿verdad? no te preocupes, las conocemos. Ven ¿quieres algo? Señala la pipa y una planta junto a la ventana. ¿Coca? Saca un tubo de ensayo gigante, lleno. Seguro hago una cara de sorpresa y lo nota. ¡Ja!, no es coca, es proteína para la planta. Las cosas me parecen muy dispersas y no entiendo qué pasa. ¿Espagueti? Y me señala al refrigerador. Seguro traes hambre… hace rato los olía, traían una quemadera. Se va al sillón que está a un lado de la planta, donde están sentadas otras dos personas. Me parece que tienen entre veintisiete y veintinueve, pero drogado siempre les pongo más años, entonces les calculo unos... veintitrés. Ponen un playlist de rock en español y me convenzo de que no es una situación tan peligrosa como lo creí en un principio, y pensando en que, aunque no tenía hambre, de seguro necesitaría comer pronto. Me voy al refrigerador. Lo abro y pienso qué me podría ayudar a bajar. Recuerdo que ése no es el problema y agarro cualquier cosa. Como y vuelvo por más.
            Me siento en el sillón, volteo a ver qué hay. La pipa junto un frasco con marihuana. Intento fumar, pero la pipa está tapada. Siento que me lamen una pierna. Me espanto. Es un perro. Su dueño se sienta junto a mí y mi intento de preguntar por otra pipa no termina mal. Puedo hablar poco, lo indispensable. Se levanta a buscar algo y, mientras, me platica la historia de las cosas que hay en su casa. El comedor y la vitrina de madera, y los platos dentro de ésta, los heredó de su abuela, la sala de una tía ya muerta y de su mamá. Uno de sus amigos grita. ¡Eh, Lobo de Guolfstrit, saca para una llave! El coleccionista va por el frasco blanco y yo sigo sin saber qué pensar, todo me parece disperso. No quiero quedarme sin fumar, pero no digo nada.

Estaría seguro en el baño de mi casa sin tener que asentir a sus bromas pendejas que ya ni siquiera escucho. Odio tener que cagar estando en ácido. Salgo del baño y no estoy seguro si me limpié, si le bajé o si  estuve recargado en la pared o frente al espejo, o si ya cagué.
            Ellos siguen cantando algo de Ska-P. Pendejos. Sus air guitars son pésimas, pero tienen más creatividad que la música. No es difícil adivinar las letras de las bandas de punk, los solos no cambian de canción a canción, pero el bajo, puta, que no me pongan música en la que el bajo sólo le hace una segunda a la guitarra rítmica. Recuerdo al bajista de la última banda en la que estuve, siempre quería sacar covers del Tri o de Maná, pero bueno, aun queriendo que no estuviera en la banda, nunca dije nada.
            Repitieron la última canción, creo, y le subieron el volumen del estéreo. Me hacen extrañar a los que sólo conocen Nevermind de Nirvana. ¿Te la sabes? Me ahogo con un no que no dije. Cántala también. Lo veo por unos segundos: batería de aire. Hey, este morro sí sabe; ¡Un solo!; ¡Rudy, Rudy! ¡Monólogo! Puta, más pendejo yo por terminar aquí. Ellos vuelven a la esquina, yo dejo de tocar y vuelvo a tirarme en el sofá, Volteo a ver la lista, la lista empeora y la música comienza a molestarme, pero no digo nada.

Los intestinos me tiemblan y hacen que me olvide de las molestias. Me levanto del sofá, voy al baño y me bajo los pantalones instintivamente, sale un pedo, de esos que se sienten como llamaradas. Escucho un ladrido y volteo. Es el poodle blanco, lleno de mierda sobre el asiento. ¿Cuándo se puso atrás de mí? Su dueño va a matarme. Reviso que no me hayan visto. Él y sus amigos están pegados a su planta de marihuana y al frasco blanco. Agarro al perro de una pata. Su dueño me grita, toca la puerta. ¿Qué quieres? ¿Carnal, agarraste al perro? No, necesito cagar. Cabrón, hasta se quejó, lo escuché. O me dices o te meto una puta bala en el culo, a ver cómo cagas. Al fondo escuché las carcajadas de sus amigos, pero no las de él, aunque supongo que él también tiene una sonrisa y sólo está jugando. No, creo que en algún momento me dijo que el perro era de su mamá o de su abuela. Me va a matar. Bueno, sí, aquí  está, pero todo está bien. Ah ¿todo está bien? ¿qué tal le sientes las bolas? ¿ya se las agarraste? Eso le gusta, te la lame mientras haces eso. Cuando deje de lamer tienes que metérsela. Lo entrené como cocker, no te preocupes, ya está desparasitado. No respondo, abro la llave de la tina para limpiar al perro. Hey, este puto se pone más íntimo que yo con el perro, se metió a bañar con Spank. Escucho a todos carcajearse.
            Las manchas parecen no ceder. Recuerdo cómo mi abuela limpiaba los calzones de mis primos. Echo toda una botella de jabón líquido que encuentro por ahí. Bueno, al menos no me van a matar a mí hoy. Prefiero que piense que me cogí a su perro a que piense que me lo robé o lo maté. Lo sigo restregando contra el fondo de la tina, sigo con más fuerza. Tocan. Oye, si te vienes arriba de él, tienes que cagarle encima, ya está acostumbrado a eso. Levanto al perro del fondo de la tina y me siento en la taza. El perro está inmóvil.
            Hey, ya han estado mucho en el agua, yo también quiero entrar. Dame media hora más y es todo tuyo, o entre todos, si se animan los demás. Me quedo sentado esperando que vuelvan a estar por allá clavados en no sé qué, agarro el cuerpo y salgo corriendo del departamento.
            Después de algunas calles envuelvo al perro con mi chamarra, paro un taxi y me dirijo a mi casa. El taxista resulta ser de esos filósofos. Trae un disco de chistes del Tico Mendoza. Pretende compartir su sabiduría y memorias conmigo. De vez en cuando habla sobre lo que sabe de la mujer, y, por más pendejo que me suena la introducción, asiento, o sonrío y resoplo para imitar una risa leve cuando creo necesario. Cuenta que es de Guerrero. Una vez maté al amante de mi novia, y luego le ayudé a la puta zorra a estar con él. Sonríe y asiente, sonríe y asiente. Continúa hablando. En ese pueblo, cuando alguien compraba marihuana, le daban veinte machetazos si comprabas veinte. Lo que comprabas te macheteaban. Y si te encontraban de huevón, te subían y te mataban. Y aquí no hay eso, por eso los morritos están tan pendejos ahora. No estoy seguro si sigo haciendo gestos aprobatorios. Me va a matar, tengo que bajarme. Tarareo “El niño soldado”, decido no bajarme. ¿Estoy meado? Pero aquí en la capital no se pueden hacer esas cosas, por eso hay tanto puto. Asiento, no se vaya a molestar. ¿Se verá macho si hago como si me acomodara los huevos o algo así para disimular cuando revise? Seguro él lo hace y no le importa. Con la mano empapada por la sudadera me mojo el tiro del pantalón. Digo pendejo en voz baja, dirigiéndome a mí. ¿Qué? Nada ¿Y de dónde vienes a esta hora? No se vio macho, se dio cuenta y cree que le dije a él, me tengo que bajar. Vengo de trabajar.

El taxista me descuenta veinte pesos porque le caí bien, entro a la casa, y dejo el perro descubierto en el escusado. Mi cuarto lleva ocupado un mes por un amigo que me pidió un lugar en el que se pudiera quedar un par de días. He pensado en decirle algo, cualquier cosa para que aporte al departamento, por más pequeña que sea, pero no he dicho nada. Me tiro en el sillón de la sala y comienzo a cantar lo que recordaba del playlist mientras imito la batería.

            Escucho gritos, llega Carla a la sala y me dice que soy un asesino. Tarareo en vez de cantar y sigo con la batería. Comienza a hablar sobre el derecho de los animales, en su constitución y en cómo las leyes cósmicas me van a castigar por lo que hice; se calla y aprovecho para hablarle sobre la reunión de hace rato, el perro y el dueño. Le digo que pienso regresarle un perro que se sienta como él estuvo describiendo al suyo. Pero para eso tendrías que cogértelos. Ríe y yo no digo nada. Te lo hubieras traído vivo. Deberías de comenzar a robar cosas. Puedes imaginártelo como el sustituto silencioso de reaccionar negativamente con algo. Eres amable y el disgusto lo pasan cuando ya no estás, es cuestión de que no te agarren, y una buena sonrisa. Puta cleptómana. Mejor sal a conseguir algunos perros, me dijeron que los vecinos tienen un coker. Seguía riendo. ¿Y para qué vuelves allá?  Dejo de tararear y de imitar la batería. No estoy seguro de saber cómo responder eso.

Por Kike Dos

No hay comentarios:

Publicar un comentario