viernes, 21 de octubre de 2016

Instantaneo



Eran pasadas las cinco y ya no vendían cerveza. Estábamos tomando en domingo por la tarde con Carlos y Cuco desde las tres. Carlos piensa que la vida es solamente trabajar en la semana y tomar en el finde, que escribir no es necesario y que las historias son mejor contadas de frente. Cuco ya tiene familia y trata de reprimir todo con alcohol, porque tiene deudas y pedos de los que no quiero entrar en detalle, aparte que no comprendo. Estaba ahí porque me daba flojera salir a otro lado y el lugar queda enseguida de mi casa.
Después de un rato de estar haciendo ruido y de platicar historias del trabajo y de otros amigos, de decir que el karma no existe y hablar cosas sin mucho sentido, noté que llegaban mis padres y me acerqué a la casa. Venían molestos porque mi hermano había robado dinero de una bolsa con cambio de la ofrenda de una iglesia donde trabaja mi tío el sacerdote. Lo regañaban y me uni a la molestia. Alguna vez de adolescente yo hice lo mismo, robé quinientos pesos de una colecta, lo cual usé para comprarme un celular Sony Ericcson, por lo que mis regaños fueron hipócritas. Salí y regresé con Carlos y Cuco, donde mi auto estaba estacionado de reversa en la cochera para escuchar mejor la música desde la cajuela. Después de un rato, Carlos dijo que se metería y teníamos que irnos. Aún seguía enfurecido por lo ocurrido con mi hermano y, aparte, ebrio y mi estado de ánimo y embriaguez, hicieron que sacara el auto de la cochera con poco cuidado. Ya fuera, al tratar de estacionarme en paralelo, golpeé el carro del vecino. Pensé que había atropellado a alguien, así que me hice hacia delante. La esposa del vecino estaba afuera y al momento del golpe gritó “Idiota”, lo que alertó a su esposo. Ya ni cómo hacerme güey para fugarme. Saliendo él de su casa, checó su coche y dijo que solo golpeé el faro izquierdo y que le repusiera la unidad. Al mismo tiempo que me alivió su poca preocupación, me molestó saber que el pendejo descuido me costaría novecientos pesos.
Después de que Carlos se burlara sobre lo sucedido, y Cuco que tiende a estar en constante ataque y obvio me dio carrilla, me calmé, pero en lugar de dar por terminada la noche me dieron ganas de seguir tomando. Le dije a Carlos que sacara la botella de Whisky que me debía de otra ocasión que se había tragado y yo había pagado. Me dijo que me calmara, especialmente porque Cuco actúa como estúpido una vez ebrio. Alardeé que no había problema y saliendo de su casa con mi encargo, le arrebaté la botella. Me estacioné afuera de mi casa y estuve escuchando música y tomando con Cuco por unos treinta minutos. Entré a usar el baño y escuché que aún estaban regañando a mi hermano. Le volví a reclamar la pendejada que había hecho y me tardé unos minutos dentro.
Cuando salí, Cuco no estaba, la música estaba apagada y los vidrios del auto estaban abajo. En la esquina donde solía vivir antes con su mamá, estaba su hermana noviando. Le pregunté sobre el paradero de su hermano, y dijo que no sabía. Pensé que había entrado a casa de su mamá a usar el baño pero no, ya se había ido, y no solo eso, se había llevado mi celular. Pensé en llamarlo, pero, oh sorpresa, no me sé su número de memoria por traerlo guardado en el celular y tuve que ir ya muy ebrio a encontrarlo hacia su casa que está a menos de un kilómetro de distancia.
Al llegar vi que la luz de la casa estaba encendida y su coche tenía la puerta del conductor abierta. Grité llamando su nombre y nada. Como el portón que tiene es de madera de unos cincuenta centímetros, se puede abrir a la izquierda por dentro. Entré a su cochera y al mirar hacia dentro de su auto, estaba Cuco en el asiento del conductor con la vista al frente. Le pregunté que por qué se fue y le pedí mi celular. Dijo que sin querer se lo trajo, luego entró a su casa después de una disculpa que percibí falsa. Es camionero de la ruta que pasa por la colonia y noté una bolsa con dinero en el asiento de su Chevrolet y, a forma de venganza, robé un puño de monedas y las metí en el bolsillo del pantalón. Regresó y no se dio cuenta de lo que hice. Me despedí y regresé a casa.
De regreso, de nuevo puse música fuerte y a tomar más. Pensé en las estupideces del día que habían transcurrido, luego llegaron otros dos vecinos y me acompañaron y les platiqué lo que había sucedido. En el momento en que uno de ellos fue hacia su casa al baño, llegó una patrulla de la policía estatal. Se bajaron y preguntaron por el dueño del auto, respondí y dijeron que era falta administrativa lo que estaba haciendo, que tenían que llevarme detenido y presentarme con el juez por tomar en la vía pública. Les dije que ya me metería a mi casa, pero me esposaron y me subieron. Les pedí que me dejaran cerrar el auto y el portón, pero no me dejaron. Se me salieron dos o tres groserías y con eso uno corre el peligro de que te pongan una chinga y digan que te resististe al arresto, pero no me hicieron nada. El que conducía iba rápido, lo que me obligó pasarme las manos con las esposas por abajo, para tenerlas debajo de las rodillas por el frío. Los policías que iban atrás conmigo me daban zapes porque no debería moverme “por mi seguridad” o una mamada de esas. Dudo que cualquier posición que tuviera me salvaría si ocurriera algún choque a tan a madres que íbamos.
Llegando a la dependencia, me registraron y me pidieron que pusiera la espalda contra la pared donde está pintado el escudo de la policía. Pensé que me tomarían una foto y la subirían al periódico a modo de chisme, informándole a la ciudad que estaba borracho en la calle molestando a los vecinos con la música fuerte y haciéndola de pedo, pero no, sólo me pidieron que me quitara las agujetas de los zapatos. Tomaron mis pertenencias, firmé y me pasaron a la celda donde estaban tres ocupantes. Al entrar la cobija que me tocaba a mí estaba a la derecha cerca de las rejas en el piso. Me senté en el espacio que estaba disponible al fondo de la celda, como una banca de concreto en la pared. Dos hombres debajo y uno encima. Ya dormidos. Tomé mi lugar y me acomodé ya que me esperaban dieciocho horas de detención.

Después de una hora de estar ahí, tratando de dormir en una celda iluminada por la lámpara fluorescente, me desesperé y llamé a un policía para preguntarle cuánto me cobraba por sacarme de ahí. Según fue a preguntar y regresó diciéndome que me costaría seiscientos pesos. Le pedí que se los cobrara de lo que traía en mis pertenencias. Desprecié haber estado allí, no quería mezclarme con esa gente, menos dormir como perro y cagar en frente de desconocidos. Firmé de nuevo para la salida y recibí mis pertenencias dentro de una bolsa de plástico como de mercado. Saliendo vi que el boulevard estaba vacío, eran las dos de la madrugada del lunes y tuve que empezar a caminar de regreso. Ningún maldito taxi se detenía a pesar de que fueran sin pasaje. Después de haber caminado por tres o más kilómetros uno se dignó a detenerse.  Como todo típico taxista empezó a hacer preguntas. Le platiqué ciertas partes de lo ocurrido y en cuanto mencioné que fui arrestado, me dijo que una vez lo habían detenido y que a uno de los que habían entrado lo dejaron salir pronto, porque pagó “el muy culo”. Regresé a casa y dormí muy poco, solo cuatro horas. Le pagué al vecino su faro al siguiente día, desde entonces Cuco no se acerca al “barrio” como antes  y yo no le he puesto las agujetas a mis zapatos, a forma de recordatorio, no de la noche o de lo que pasó, pero sí del karma.

Por Michel Salas

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