martes, 31 de enero de 2017

El siguiente fin de semana



Ricardo intentaba retirar el agua de su cara con una mano mientras con la otra sujetaba el celular. Había tomado una ducha rápida. Sabía que se le hacía tarde pero aún tenía tiempo. Sin tráfico, haría una hora de camino al restaurante acordado por su probable nueva jefa. Venia envuelto en una toalla que apenas cubría la parte baja de su cuerpo provocando presión en sus piernas, forzándolo a dar pequeños pasos rumbo al espejo de su cuarto. Mientras, fugazmente recordaba su bata de baño que hacía ya mucho se encontraba en el cesto de la ropa sucia, o en alguna parte de su departamento junto con las otras toallas, algunos de sus calcetines, la mayoría de su ropa interior y su promesa de ir a la lavandería, ahora sí, el fin de semana siguiente.   
Vio su rostro frente al espejo, notó que las ojeras debajo de sus ojos habían crecido más en los últimos días y su descubrimiento estaba por cortarle esa sonrisa con la que se había armado al despertar: de inmediato sintió ese vacío en el pecho y una delgada capa de frío cubrir su cuerpo semidesnudo y aún húmedo. ¡No!, gritó hacia sus adentros mientras contrarrestaba aquella sensación ya tan familiar para él con un pensamiento proyectado a un futuro inmediato: Este desayuno cambiará mi vida, estoy seguro. Cerró los ojos, apretó la mandíbula y llenó hasta el tope sus pulmones, aguantó la respiración y con fuerza exhaló pasadas frustraciones queriendo desgranarse a sí mismo en aquel aliento. Casi lo logró, pero tenía que abrir los ojos y hacer una llamada. Se hacía más tarde.
―¿Bueno? Madre, te llamo de rapidito. ¿Te acuerdas del posible aumento que te había contado? Sí ése, ese mero...  Pues ya voy para la entrevista…  ¿Tarde? Sí, un poco, pero sí llego, no te preocupes; cómo no llegar si es lo que he estado esperando. Ya era hora de que valoraran mi trabajo…  ¿Mis medicamentos? No siento que hoy los necesite. De verdad...  No te engañes ―susurró una voz que a golpe de grito silenció―: ¡Que no! No los necesito. Y no quiero discutir eso, siempre que te llamo es lo mismo, te doy una buena noticia y vuelves a recordarme… Discúlpate, no seas tan duro con ella ―le aconsejó la voz―. Sí madre, yo lo sé, lo siento  ―Ricardo volvió en sí, sabía que el resto de la charla no tendría más caso. Tenía que colgar, vestirse y acicalarse para la ocasión. ¿Hace mucho que no hablas con tu madre y ya vas colgar? Ricardo asintió, no podía terminar así esa llamada―. Sí mamá, ajá… ―balbuceaba apenas comprendiendo sólo algunas palabras que sonaban desde el otro lado del teléfono―. ¿Las plantas?… Sí, ya las regué ―caminó unos pasos y se acercó al clóset, con la mano derecha se aflojó la toalla dejándola caer. Se había propuesto vestirse con sólo esa mano. De reojo alcanzaba a notar su silueta en el espejo. No quiso voltear de lleno y contemplar su cuerpo desnudo, unos días antes lo había hecho y aquello terminó mal―. ¿Mi ropa?... Sí, ya se lavó, planchó y está lista… ―abrió su cajón de ropa interior esperando encontrar un par de calcetines y unos calzoncillos limpios que afortunadamente halló―. Sí, que sí, el departamento está recogido. Pulcro…  ―mientras terminaba de acomodarse el resorte en la cintura y echaba un vistazo a su alrededor, apenas podía encontrar algún espacio cómodo para apoyar sus pies en el piso. Tenía que moverse entre ropa, papeles, residuos de frutas, envases de refrescos y bolsas vacías de frituras. Eres un verdadero asco, pateaba la misma vocecilla y él ya no pudo contenerse―: -¡Cállate ya! ¡Estoy harto!... ¿eh? ¡No, madre! No te digo a ti… ¡No! ¿Cuáles voces? Ya te dije que amanecí muy bien… de verdad… créeme… sólo que ya se me hace tarde. Sí, estoy bien. Prometo hablarte el siguiente fin. ¿El siguiente fin? Lo mismo dijiste hace un mes ―mientras colgaba e intentaba conciliarse, vio la hora: cinco para las nueve. Caminó entre la basura y se sentó en la orilla de la cama, respiró profundamente en repetidas ocasiones, aguantó para no quebrarse en llanto y se puso uno a uno los calcetines.
Su mirada se había perdido en el centro del reloj que marchaba exacto en sus manecillas sobre aquel pequeño mueble, al lado de la cama, en el que se exponían bien ordenaditos los libros que le servían de compañía casi muerta; llevaban ya tiempo sin ser leídos e incluso años sin abrirse. 9:10, sí llego… y aun te da tiempo de recoger este desastre¡No! Ya tengo que irme, no iniciemos con esto… esto comenzó desde temprano, cuando pospuse el despertador con tu consentimiento.
Ricardo, de un brinco ya estaba de pie, regresó al clóset, sacó la última muda que consideró presentable y se vistió. Había esperado tanto para estar de frente con su jefa y expresarle los proyectos que venía elaborando desde hace más de cinco años y que en sus pocos momentos de verdadera creación construyó. Era, según él, la oportunidad para por fin crecer como profesionista, dejar de una vez por todas aquel basurero, alimentarse bien, aprovechar su tiempo, hacer ejercicio, salir y conocer personas productivas y sanas. Y así una vez más frente al espejo, con los ojos cerrados por el miedo de mirarse y encontrarse con alguna sorpresa, se peinó instintivamente como en otras ocasiones ya lo había hecho. Te conozco, no estamos listos aun… fue el último chillido que escuchó. Tomó aquellos nuevos botines de los cuales se había enamorado al verlos en aquella vieja zapatería del centro y que había adquirido con el único de fin calzarlos en una ocasión especial. Qué más especial que esto. Sujetó su maletín con fuerza cual si de ello dependiera su futuro (que así era) y decidió salir.
Por fin, de espaldas a la puerta de su departamento, a sólo unos pasos de las escaleras que lo sacarían por aquel gran portón rumbo a su sueños, Ricardo se tambaleó, le faltaba el aire, su cuerpo se hacía rígido y en poco tiempo su boca ya era un desierto. Agua, necesito un vaso de agua. Dio media vuelta, desesperadamente sacó sus llaves y abrió. Parecía que de un solo paso había llegado a la cocina, se sirvió un gran vaso de agua y lo bebió. En cuanto las últimas gotas fueron ingeridas volvió a llenar el vaso, sacó unas bolsas para basura de la alacena y, desposeído de sí, se dirigió a la ventana de su sala, regó aquellas plantas a punto de secarse y comenzó a recoger la porquería del lugar. Minutos después, ya cambiado con un pants deportivo no muy limpio, accionó su lavadora que ya contenía la mayoría de sus prendas sucias. Su entrevista podía esperar otro fin de semana en lo que él se sentía listo.


 Por Antonio Nuñez

domingo, 8 de enero de 2017

Azazel


 Es sencillo: los muertos y los vivos no podemos ser comparados, así como no puede compararse al individuo con sus antecesores. Yo lo conocí hace dos décadas y media, en el hotel Plaza. Él entraba con un aire descuidado, mientras divagaba con la mirada hacia todas las direcciones de la recepción. Atrás lo seguía un grupo de cuatro personas vestidas de negro, todos susurraban frases ininteligibles a la distancia que yo me encontraba. Atrás, cuatro botones arrastraban sus maletas en dirección al elevador. 

Trawler no era muy alto, tal vez un metro con setenta centímetros. Cabello hasta los hombros cubiertos por un abrigo que le llegaba debajo de las rodillas. Los cinco se apretujaron en el elevador opuesto por el que iban los botones. A través de los cristales podía verlos ascender, como un aparador de maniquíes vestidos con ropa lujosa. Sonó el reloj de la recepción indicando la una de la madrugada. Toda la noche traté de terminar la carta que mandaría al día siguiente, “Naturalmente, no podía hacer nada salvo irme”, garabateé como última frase. No era tan convincente como para que mi tío me mandara tres o cuatro mil dólares para poder quedarme un tiempo en Nueva York. Me eché en mi cama y comencé a pensar en el hombre de abrigo de zorro. Su cara me recordaba algo en específico. Yo buscaba en mi memoria concentrando la mirada en el candelabro que apuntaba sus cristales tallados hacia mi abdomen.

2

Estaba por cumplir los treinta años. No quería quedar como los demás, inhalando hasta morir o contagiado en la cama de un hospital. La mansión Trawler contaba con cuatro hectáreas. A un mes de mi estancia, me veía en el espejo inspeccionando las arrugas que se me empezaban a dibujar en la frente. Después de haber comido, los demás nadaban desnudos en la alberca. Sentía ansiedad al verlos, sobre todo al nuevo, que tenía apenas diecinueve años y una belleza latina incomparable. Revisaba con paciencia sus expresiones y estudiaba los favoritismos de Trawler por alguno de nosotros.

Con el tiempo, alrededor de tres o cuatro meses, comencé a inmiscuirme en el escritorio de la oficina de Trawler, vagaba curioso por toda la casa. Revisaba cada recóndito espacio del jardín o los atajos por pasillos escondidos detrás de paredes abatibles. Parecía que mi búsqueda no llegaba a nada hasta que una noche encontré una puerta cerca de donde estaba la alberca. Pensé que era el cuarto de máquinas, pero el angosto espacio dejaba ver escalones de concreto que no terminaban y daban vueltas hacia abajo. Llegué a un sombrío y espacioso cuarto de roca sin pulir: una pantalla de proyección dividía en dos el espacio irregular. Detrás de la pantalla haba una caja alargada de cristal. Nunca había sentido un asco inigualable. En el interior yacía un muerto, desnudo y demasiado pálido, con cicatrices de aberturas por todo el abdomen. El cuello estaba morado, casi oscuro y ahí podía verse una vena que parecía todavía tener vida. Aquel féretro estaba cerrado con  tornillos y remaches. Me quedé unos diez minutos vagando por ese cuarto y admirando la cara atrapada, con sus labios de un ligero tono rojizo. El resto de la noche me puse como loco a guardar mis objetos en la única maleta que tenía, los tenis que estaban llenos de joyas y las prendas más costosas con las que contaba. La terracería sonó y unas luces se proyectaron por un segundo en mi ventana. Tres Bentley Mulsanne se estacionaron afuera y hombres encapuchados entraron por el jardín por una lateral. Bajé las escaleras. Casi sin pisar la alfombra llegué a asomarme por una pequeña ventana en la esquina. Por fin pude ver la cara de los hombres que se descubrían las cabezas y en fila entraban por la puerta junto a la alberca. Ahora o nunca conocería la verdad, y no supe si podría con ella, guardar los secretos más grandes de Trawler, porque todos sabían que él era uno de los hombres más ricos del país y que tenía prostitutos en su casa, pero su secreto no tenía que ver con tratos con el gobierno o una investigación criminal. Después todo se hizo público, pero lo que pocos supieron,, era que ese cadáver era su experimento más valioso.

Bajé las escaleras, y me quedé en las penumbras. Los mentalistas, alrededor de ocho, estaban en círculo. El féretro reflejaba las flamas de las velas. Una voz grave comenzó a repetir una palabra que no podía descifrar, los demás la siguieron. Mi piel se erizó y sentí tristeza, total desesperanza. Era un nombre: Azazel, Azazel. Dejaron de ser gesticulaciones para ser simplemente un sonido que salía de sus bocas curveadas en una “o”. Unos minutos después, abrieron el féretro con minuciosidad y un gas al principio blanquecino se tornó verde e invadió el espacio. Los encapuchados barrieron el piso de arena con sus pies y descubrieron unas placas de hierro. Las levantaron con sus manos cubiertas con enormes guantes de metal. El resto de los hombres, usando agujas, abrieron las cicatrices con la facilidad y deslice de una bailarina. Un bip-bip inundó el ambiente, me tapé los oídos por lo agudo que se volvía entre más pasaba el tiempo. Conectaron cuatro mangueras y una llave giró hasta que un líquido se introdujo en el cuerpo. Los mentalistas, a su vez, anotaban concentrados en sus libretas.
Azazel, Azazel, hasta el día de hoy siento por ese nombre una eterna depresión que son días rojos, desesperantes. El cuerpo se hinchó unos dos centímetros a sus proporciones naturales. Las venas en los brazos comenzaron a saltar. Las pestañas se irguieron por encima de la cara y el cadáver recuperó su movilidad lenta en las extremidades y el color rosa de su nariz. Intentó arrancarse las mangueras, pero por falta de fuerza sólo se desmayó. Trawler detrás de esas llamas incandescentes, dejó brillar por debajo de su ojo derecho una diminuta lágrima. El muerto se habrá despertado cuatro veces, la cuarta fue la definitiva para volver a la vida. Ahí amarrado se quedó despierto conmigo velándolo escondido detrás de una roca. ¿Podría hablar?, no lo sabía pero decidí acercarme. Azazel tenía el cabello despeinado. Se veía que tenía frío porque temblaba y los dientes le castañeaban. Le puse mi abrigo por encima de sus atarudas. Azazel. Una bestia bella como un pájaro de las amazonas amarrado de una pata. Nunca dijo ninguna palabra, me veía con esos ojos grises. Intenté calcular su edad, podía oscilar entre los diecinueve o los veinticinco años, un rubí en el fondo de un joyero, un deseo perpetuo por un hombre que no conocía. En los entrevistas del FBI, me preguntaron si tuve relaciones sexuales con el caso 226. No, jamás hubiera cometido esa atrocidad, no que yo recuerde. Aunque su piel era suave, todo en él era onírico, incluso sus gestos asustados. 

Al salir el sol, me escabullí por el salón trasero hasta mi recámara. Quizá tomé dos o tres anestésicos y me metí a la regadera con una botella de ron, perdí el conocimiento en la tina. Por la tarde estaba en la cama envuelto en cobijas. Al abrir los ojos, los demás chicos estaban ahí con cara de susto. Trawler había preguntado todo el día por mí. Tartamudeé y salí disparado de la cama. ¿Está en casa?, pregunté. No está, fue por un chico nuevo al aeropuerto, me dijo alguno de ellos. Revisé por la ventana, era momento de armarse de cómplices. Cerré la puerta y corrí las cortinas. No puedo explicarlo ahora, pero hay alguien secuestrado debajo de esta mansión, dije. Se quedaron intrigados viéndose las caras. Déjate de drogar tanto, dijo alguno. Una furia invadió mis ojos. Lo jalé por las escaleras hasta llegar al jardín, los otros nos siguieron con los brazos cruzados. Bajamos por los escalones de cemento, y a la luz de día todo era distinto: en las paredes podían verse símbolos grabados con rojo carmesí. No podían ser letras. Al llegar se pusieron igual que Azazel: pálidos hasta la frente. Ahora no va a haber explicaciones, ayúdenme a buscar más sobre él. Revisamos por abajo del féretro de cristal que estaba abierto, con Azazel moviendo los ojos que nos seguían de un lado a otro. Nada, pero había un tablero con botones. Uno de los muchachos se apresuró a presionar y el bip-bip rápidamente fue remplazado por un menú que apareció en la pantalla con distintas opciones. Un apartado en específico decía: Identidad; abajo: memoria de identidad. Lo demás eran símbolos que no podíamos pronunciar. Era una lista de características físicas de Azazel, desde el nombre completo hasta el tipo sangre, y características mentales. Veinte años de edad. Fecha de defunción: veintidós de enero de 1945. Este hombre llevaba muerto más de un siglo. Todos nos quedamos sumergidos en nuestro pensamiento hasta que Azazel gesticuló un hola. Nos sorprendió, pero teníamos que dar prisa, Trawler podría llegar en cualquier momento. Azazel no volvió a hablar, lo cargué y como bella durmiente se sumergió en mis brazos dejando al aire libre su trasero. Era la tentación en carne viva. Probablemente este fue el error más conciso, tal vez producido por los restos del gas verdoso en la habitación, por la obsesión, por una felicidad y tranquilidad jamás experimentada. No pudimos liberarlo en ese momento, así que sregresamos y en el recibidor de la mansión escuchamos que Trawler había llegado y hacía sonar unas campanas. Debajo de su brazo estaba el nuevo chico con cara de entender poco de lo que sucedía. Era de Bora Bora. Trawler nos indicó que lo pusiéramos cómodo y se dirigió a su recamara. Parecía más cansado que otros días, le costaba subir las largas escaleras atestadas de blanco. Esa noche tuve relaciones sexuales con los demás, tal vez lo hicimos dos o cuatro veces. Lo hice por tener en mente a Azazel, sin ningún sentido aparente. Me carcomía la necesidad de poseerlo.

3

Todo se salió de control cuando en la pendiente principal las camionetas de color negro con los encapuchados a bordo, nos detuvieron. Con gran dificultad, habíamos podido liberar Azazel y ahora todo era en vano. Una alarma comenzó a ensordecer el aire. Por atrás de las camionetas negras, dos vehículos militares se estacionaron. Eran alrededor de ocho o nueve guardias. Comenzaron a rastrearnos por la mansión. A los cuatro, junto a Azazel, nos llevaron al interior. Lo jodimos muy duro y lo sabíamos. Éramos objetos, golfas andantes vestidos de seda y no éramos nada para la sociedad.

Los cuatro sabíamos, por el delirio que habíamos sufrido después de los electrochoques que nos descargaron, que íbamos a guardar sus secretos sólo si moríamos. Una bofetada con el torso de la mano hizo girar mi cara y lo vi. Azazel estaba de nuevo amarrado en el féretro de cristal, dormía profundamente, pero su piel volvía a perder color.

Tú, Monroe, me agarró Trawler por el cuello y me lanzó al piso. Mi muchacho del hotel Plaza, con su deficiente educación, al que alguien le dijo que podía vivir de su cuerpo. Continuó: pero eres listo y por tu gran esfuerzo te diré por qué un provinciano e ignorante como tú puede ser mi chico favorito. Lo que necesito es tu corazón, concluyó para proseguir en un tono sarcástico. Oh, vamos, no te pongas a llorar, no lo hiciste cuando te cogí cuatro veces el día que te conocí. A los otros tres los sujetaron en el piso y les conectaron cables que provenían de las placas de hierro. Era la sangre lo que corría y poco a poco sus cuerpos se abandonaron a la muerte. La operación comenzó, una incisión con agujas que apenas dolían sacaron mi corazón latiendo. No sentía nada. Procedieron a hacer lo mismo con Azazel y juntaron nuestros corazones en una perfecta silueta curveada. Latían, pero el de Azazel era menos rápido y tenía un color morado que oscurecía como su cuello. Lo último que pudieron descifrar mis oídos fue a Trawler pidiendo que apresuraran el proceso. En ese momento que me sentí tan cerca de desaparecer, un pensamiento aprisionó mis ideas: Mi corazón tenía algo de especial. Mis ojos se abrieron en un espasmo de dolor cuando juntaron nuestros cuerpos, en la pantalla podía ver una grabación de Azazel junto a Trawler en alguna fiesta al aire libre. Era una verdad que Azazel y yo teníamos un físico parecido, pero sin duda yo no era el original. Se suponía que un producto nuevo y vivo podía reemplazar a uno muerto, así es la vida; pero cuando un muerto se construye en la memoria como algo, aparentemente irremplazable, los humanos dejamos de ser productos para ser símbolos. En la pantalla Azazel en los hombros de Trawler, iban por la orilla de playa. Trawler nos había traído aquí para servir, como antílopes colgados en las paredes, que en vez de sus grandes ojos absortos, exhibíamos nuestros cuerpos a su merced. En la pantalla, Azazel con voz grave llamaba a Trawler para que le diera un beso, casi una súplica. Si yo le suplicará a Trawler y le dijera que yo puedo reemplazar a su amante, sería una mentira. Era ya tarde para intentar compararme con el muerto, ni renaciendo podría contar con esa voz, el acento perfecto, la cara tan blanca a tal punto de volverse transparente. Su voz me hacía recordar que aún muerto estaba por encima de mí. En la pantalla, Azazel con ojeras acostado en la cama de Trawler, los dos sostenían copas de cristal en un murmullo de poca alegría deseándose un feliz año nuevo.

Era claro algo, yo no quería vivir a costa de esto ni que Azazel viviera como un caso científico paranormal, recluido en una estúpida mansión como animal de zoológico. Ésta era la forma de amar de Trawler, a los vivos como animales moribundos.

La pantalla proyectó una barra que se llenaba de verde indicando el cien por ciento. Los mentalistas, en silencio se quedaron tras sus velas. Trawler dejó ver algo de llanto. Dime, Trawler, ¿me veo bonito a través de esas lágrimas?, pensé.

La fusión comenzó, volvieron a poner la tapa de cristal sobre nosotros y un humo demasiado denso nos cubrió, sentía cómo mi piel se iba adhiriendo a la de Azazel. Como si una gran aspiradora succionara nuestros órganos. Nuestros corazones se habían convertido en uno que latía a un ritmo normal, el bip-bip inundó de nuevo el espacio. Ya no éramos dos; éramos sólo un cuerpo dentro del otro, lo más seguro era que él en mí. Cuando terminaron, volvieron al mantra de la “o” y apagaron todos los dispositivos. Trawler me sostenía entre sus brazos.

 4

Trawler murió una mañana de domingo. En la mansión parecía que hasta a los cristales de los candelabros les costaba brillar. Era una tristeza inmensa y al mismo tiempo una liberación inmortal, como cuando el alma emprende el viaje a la otra vida. Azazel recordó en su mitad de conciencia un fragmente de texto: “Alegría, alegría; entrelazados, como los juncos bajo la luna.” Y por allá, su memoria se iba escurriendo, “Entrelazados, inextricablemente enredados, unidos en el dolor y amarrados en la tristeza” El servicio  se llevó acabo el mismo día, la familia Trawler asistió vestida con sus mejores galas y joyería. La noticia se difundió por todo el país. Yo huí un mes después, antes que se descubriera el cuarto de la alberca. Después el FBI me encontró en Nueva York una vez más, querían saberlo todo. No les dije gran cosa.


Lo ojos se me tornan grises y mi cara ligeramente se afila un poco más. Aún guardo las joyas de Trawler. Me las abrocho al cuello y a las muñecas y salgo a caminar por Central Park. Hoy cumplo cuarenta años y Azazel treinta. La vida apenas comienza, pero ahora estoy dispuesto a darle mis segundos para que ningún Trawler pueda volver a atarnos los tobillos. 

Por Juan Eduardo Saenz