martes, 7 de marzo de 2017

Modelo



Menelik abrió los ojos de prisa. Se notó inmóvil flotando en medio de su casa. Una poderosa luz entró por la pared. Desconcertado, percibió un ruido de frecuencias elevadas y de bajo decibeles. Sólo podía ver las láminas de techo golpear una contra otra. Polvo de mercurio bailaba en el aire con la tierra estéril del suelo, bailaban suave y preciso. Ese polvo le abrazaba. Se metía en él a cada respiro. Lo sentía pasar por su esófago. Cerró los ojos. Su cuerpo se elevaba. La luz penetró sus párpados. El techo se desprendía. El ruido no se iba y se acercaba. Intentó resistir. Su cerebro no pudo con los estímulos. Un metal a la temperatura del Ártico golpeó su nuca. Perdió el conocimiento.
Se sintió caer sobre un ligero material relleno de aire, éste se adaptaba a la delgada figura de su cuerpo. Fingió dormir. Giró unos grados los ojos. El blanco aún le cegaba. Sus pupilas se ajustaron. No había nadie cerca. Estaba casi paralizado. Sólo podía mover el cuello y la cabeza. Vio a su alrededor. Discretas sombras grises definían las figuras que nunca antes había visto. Figuras simétricas en todos lados. La puerta de la izquierda se abrió. Entró un ser que no se parecía a ningún otro que conociera. Los huesos le resaltaban de su transparente piel azulada, caminaba con los brazos y tenía un ojo en medio del dorso. Se dirigió hacia él. Lo miró por segundos. Luego escuchó una voz en su cabeza. No entendía, pero las palabras fluían. De pronto entendió un saludo en inglés, después el mismo saludo en portugués, en italiano. Menelik respondió en inglés. Ambos charlaron por un tiempo. El ser no tenía nombre ni forma de identificarse. Le confesó venir del otro lado de la Vía Láctea. No venía para saber cómo era el cuerpo de los Africanos ni para conquistar el planeta. Salieron del cuarto blanco. Al pasar la puerta todo era diferente. Las paredes de los pasillos eran grises y opacas.  Llegaron a una ventana. Podía verse el interior de un agujero de gusano de tono violeta.
Menelik respondía a toda clase de preguntas. Si no sabía qué responder improvisaba.  Se veían destellos de luz azul. Las preguntas se enfocaban a la manera de sobrevivir en África. La nave atravesaba un humo naranja. Con pena explicaba el canibalismo de su pueblo. El violeta del gusano cambiaba por un tono esmeralda. El ser ahora respondía. En medio del esmeralda salían destellos eléctricos amarillos. A su planeta se le habían terminado los recursos de nitrógeno, su sociedad estaba buscando el modo de solucionarlo. La conquista no era una opción. Salían del gusano. Menelik preguntaba por qué a él y para qué. Se veía un ojo hecho de nubes cósmicas. Él era víctima de la corrupción de sus gobernantes. Iban más rápido. Su familia había muerto de hambre. Toda luz afuera de la ventana se volvía blanca. Podía sobrevivir hambrunas. Frenaron lentamente. Su cuerpo sería modelo para ser replicado. ¡Qué bello planeta! Dijo Menelik. Por encima se veían dos estrellas, tan diferentes que parecían el sol y la luna. Se acercaban a ese pequeño planeta café.
La arena seca y brillosa le recordaba el Sahara. Entre las dunas, contrastaban unas estructuras grises en forma de esfera. Los soles se reflejaban en sus superficies cóncavas. Viajaban en una tabla flotante. Bajando la duna, el ser le confesaba que esta era la última ciudad del planeta. Apenas quedaban tres mil habitantes. La ciudad desierta no tenía vida, toda actividad pasaba al interior de las bolas que flotaban a centímetros de la superficie. Al fondo resaltaba una esfera que podía tapar uno de los soles.
Traspasaron la pared líquida de la esfera. Una multitud les esperaba en silencio. Al centro una cama con manos y agujas en la cabecera. Menelik se recostó. Un brazo le abrió la boca mientras otro entraba lentamente. Los brazos de la cama le sujetaban. Intentó gritar, moverse, pero no pudo. Cerró la garganta en vano. El brazo llegó a su estómago. Le relleno de sustancias. No podía más. Cerró los ojos.
Lo despertaron los ruidos de la multitud enaltecida. Sentía una fuerte opresión en el estómago. Volteó hacía abajo. No tenía piernas. Veía los colores muy nítidos y distorsionados, pero su panorámica había desaparecido, sólo podía ver al frente. Su mirada se ajustó. Los seres habían cambiado su forma. Ahora tenían piernas, brazos, piel negra, dientes, dos ojos, vestían trapos sucios.

Por José Alberto Márquez










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