domingo, 24 de marzo de 2013

Smecky well little brothers, smecky well little brothers:




Era una de esas tantas noches de sábado que todo el mundo conoce, había faltado tres días a la escuela, por pura pereza y por no soportar lo imbécil que eran mis "compañeros"; aparte, eran los días en los que daban las materias más aburridas y los profesores hacían que uno se cagara en los pantalones del tedio…. En resumen, un sábado cualquiera.
Estaba tomando un whisky en el puto boliche, el cual cabe decir, estaba lleno de pubertos muertos de hambre sexual, y de los futuros tarados que iban a vivir su vida buscando y estando en la aceptación de los demás. Los labios de las vaginas de las mujeres aplaudían poco más.Entre todo eso, estaba yo, es decir, Narciso.
Hacía algo de frío, yo sentado, por supuesto, en uno de esos sillones súper-cómodos que en algún momento fueron duros pero de tanto uso ahora son blandísimos. Estaba mirando a una chica pálida que parecía algo perdida-drogada, rechazaba a todo idiota que se le plantara para bailar. Yo seguía tomando mi whisky aguado. Puaj.
El "hombre de seguridad", es decir, el neandertal que cuidaba la puerta, no había notado que en cada pierna llevaba un dulce puñal. Mis pantalones de jeans grises y mi tapado negro, junto a mi gorro hacían una muy bonita y rara combinación, seguro me tomaban de hipster o vanguardista, alguna estupidez por el estilo. La gente pasaba y pasaba...
Horas antes había prendido fuego un auto, viniendo por la paralela a la avenida, era uno de esos autos más viejos que la esclavitud, tapados de corrosión, y obviamente, sin alarma. Fue fácil, yo sabía de antemano que estaba ahí, siempre el hijo de puta del viejo lo ponía ahí tapando media acera. Yo llevaba una botella de alcohol etílico de medio litro, le rompí un vidrio y lo prendí con el encendido. Apenas chispeó largo una llama, me carcajee mucho, era fantástico, así seguramente se sentían los cavernícolas cuando prendían fuego. Pero recordé que me podían llegar a ver. Así que salí corriendo y doblé la esquina yendo al boliche. Me aburrí (como si allí pudiera hacer algo más que eso), fui a buscar un conocido que andaba en la barra y le pedí un par de pastillas de éxtasis... Para el que no sepa, éstas aumentan los pensamientos a la velocidad de un energúmeno, agudizan la comprensión de las personas a niveles astronómicos, te deshidratan como una uva y te llenan de radiante energía. Como un sol en miniatura, paseándose por el frío, vacío y aburrido espacio. Me las dio y me seguí paseando. Vi a la chica pálida y hermosa, me miró y salió caminando para otro lado. Como no tenía idea de qué hacer, me decidí por salir un rato... Total, tenía dinero de sobra de la semana, un par de hurtos que me dieron suficiente pasta.
Afuera hacía un frío que te abría la piel por capas y se te calaba hasta el centro de los huesos. Caminé un rato y me senté en medio de la plaza a mirar el frío condensarse en el aire. De repente aparecieron un par de pequeños intentos de humanos caminando, malditos villeros. Yo me preparé para sacar los cuchillos, pero pasaron de largo, fumando sus asquerosos cigarrillos. Me dispuse a ir al otro boliche pero no, vi que el café estaba abierto (2 de la mañana más o menos, todavía no sé cómo carajos pasaba eso), me dispuse a ir. Entré, hacía calor, me dieron el té de manzanilla que pedí. Me mandé  8/12 de lsd a ver que pasaba y me lo bebí. Salí a la calle y me encontré con un par de conocidos que me hablaron de algunas de sus vaginas y se fueron para un bar donde tocaba una banda.
Me quedé dormido debajo de un tilo de la plaza. Algo entumecido me levanté unas horas más tarde, el lsd me hacía pensar desde por qué coño Beethoven tenía ese peinado a por qué la vagina era parecida a una boca. Ya de nuevo guarecido, en una estación de servicio, alrededor de las 5:30 de la mañana, empezó a salir gente, entre ellos un idiota que me fastidiaba en la escuela y que tenía un peinado en cresta. Nunca he tolerado a la gente que usa cresta y más cuando es un tarado social, así que le eché un par de pastillas de éxtasis a su café y esperé.
Al rato, el tontín con apariencia de gallo, se dio por irse caminando y yo lo seguí. Una linda oportunidad. Cuando pasaron unas seis cuadras, y no había nadie cerca, corrí y lo tackleé, saqué el puñal y se lo hundí de lleno en la mandíbula, noté un leve cosquilleo eléctrico mientras lo hacía. Cada puñalada que le metía iba en mi mente al ritmo de la Primavera de Vivaldi. Se agitaba para todos lados, con una desesperación similar al de los pescados cuando están fuera del agua. Lo golpeaba, lo tajeaba, lo golpeaba, lo tajeaba, hasta que entre uno y otro, murió, dejándome una sensación de mil ángeles haciéndome cosquillas en todo el cuerpo con la punta de sus alas, sentí hasta el tuetano moverse dentro de la médula, un alivio extático similar al volver al vicio luego de meses de abstinencia. Alegremente salí de nuevo para la estación.
Llegué a la estación.
Como es típico, me senté a hablar boludeces con unos amigos que andaban por ahí entrando en resaca, todavía no entiendo cómo a la gente le gusta emborracharse, es como que a uno le guste que lo dejen inconsciente al mismo tiempo que el cuerpo se mueve solo... Mientras hablaban, yo me había quedado fijo mirando a la chica pálida, parecía irse caminando sola, algo poco habitual entre la gente que siempre anda en manada como hienas. Iba destino a una parada que había a unas cuadras, o eso parecía. No podía creer mi suerte.
Me despedí de los pobres desgreñados con resaca y salí como tiro detrás de ella, sin hacer ruido. Llegando a la parada no se detuvo, dobló en la esquina, la seguí. Caminó otro par de cuadras y dobló para la avenida. No me quedaba otra oportunidad. Me abalancé, tapándole la boca, la tiré contra una pared, quedó algo aturdida, le arranqué la minifalda. Le bajé la tanga y la penetré, vagina carnosamente deliciosa que tenía. Recuperando su propio control putaneaba, gemía, me mordía, de todo, por fin acabé y le metí un golpazo en la cabeza con el mango del puñal. No merecía morir, y ésta, solamente con la voluptuosidad, me había causado más placer que el otro bobalicón con los quinientos mil cuchillazos y tajazos. Parece que en mi caso, la volutpstuosidad le gana al sadismo.
Me fui para la avenida, y luego, destino a mi casa. Cuando llegué, me eché a la pc a mirar un rato las redes sociales. Estaba acabado así que me tiré a dormir mientras despuntaba el alba. Una buena velada realmente. Mi primera noche de ultraviolencia, la primera de muchas.

Por Bautista Somaschini.

jueves, 14 de marzo de 2013

La excepción




Era una noche lluviosa, la venía siguiendo hace rato, unas dos o tres cuadras. Me había encontrado con diversos obstáculos pero los había salteado sin problemas gracias a mi innato don natural.
Bajé mi cabeza hasta casi tocar el suelo con la nariz y comencé a olfatear, a veces no queda más que olfatear los rastros. Puedo ver en la oscuridad, pero en la niebla no. Era el típico edificio abandonado donde entre los huecos de los ladrillos habitan los gorriones y abajo algunos humanos. Olía a rayos, eso puedo asegurarlo. Ese polvo asqueroso que me hace estornudar como el repiqueteó de las patas de un caballo en una calle de adoquines.
Proseguí mi labor. Seguí su rastro piso tras piso. Oh perdonen, me olvidé de contarles como era, si no no entenderán el motivo de la persecución.
Su pelo negro como la noche sin luna y brillante como el vidrio tras la lluvia, ojos verde claro, gélidos; uñas largas y un poco curvadas; extremidades flacas, cola larga y rellena. Toda una siamesa purasangre. No hacía nada si no le interesaba, parecía distante, nunca se acercaba a ningún cohabitante, todos se acercaban a ella y ella con una simpleza terminaba el asunto. Tenía todo un séquito de seguidores, como esos raros que entran a la iglesia a los lunes pensando que van a mejorar por algo exterior y no por ellos mismos.
Volviendo a lo que contaba, ya había subido tres pisos (había entrado por el segundo), quedaban solamente dos más. En un nivel había encontrado una pareja de ratas, pero no me iba a entretener con asuntos tan banales, así que les perdoné la vida. El rastro seguía hasta el sexto. No era algo muy común que una felina como ella viviera allí, tan distanciada. Me pregunté por qué.
Tras aventurarme al sexto, escuché algunos maullidos. Eso me desconcertó. Estaba resuelto a subir hasta allí nomás. Ella no valía tanto la pena como para subir al séptimo. También si subía uno más, llegaría tarde a la comida del restaurant y otro podría ocupar mi lugar.
En una habitación, en una esquina había un hueco. A través de esa rendija, escapaba la luz. De repente, me entró el instinto y me fui rápidamente escaleras abajo. No entendía por qué, pero decidí seguirlo. Nuevamente quinto piso, cuarto, tercero, segundo, ventana del segundo pasillo a la izquierda, salto, me agarro del tanque de agua, subo, salto al otro techo, bajo y corro derecho hacia el restaurant, unas cuantas decenas de metros más abajo.
Llego al restaurant y como el pescado que sobró. Ese hombre es realmente muy amable, le acaricio un poco y me voy a dormir a mi casa, es un hueco en una ventilación al costado de una chimenea. Duermo.


Pasan días y decido ir a ver al edificio donde andaba investigando a mi enemiga. Encontré su cadáver y el de otros cuantos gatos más en círculo alrededor de un extraño garabato en el suelo, hecho con sangre, según parecía. Debo ser el primer gato al cual la curiosidad no ha matado.


Por Bautista S, 

domingo, 10 de marzo de 2013

La príncesa veneciana






Cuando ella entró al edificio, el portero la saludo sin extrañarse por la máscara veneciana que traía puesta. Era común que cada noche aquella mujer llegase a las tres de la mañana a su departamento.

Yo la vi desde el otro extremo del salón. Entre todas esas máscaras, ninguna otra resaltó más que aquella lujosa veneciana. Ésta le cubría toda la cara, tenía plumas a los extremos, simulaba un antifaz decorado de dorado y morado, y el resto era blanco, excepto por los labios que contrastaban con su color rojo. También llevaba puesto un corset negro, una larga falda del mismo color y unos tacones.
Detrás de esa máscara se asomaban unos ojos morados, cuyo color original nunca conoceré. Me miró intensamente y pestañeó de forma lenta, invitando a mi cuerpo a acercarse, pero cuando di el primer paso para caminar hacia ella, el salón se comenzó a llenar y la perdí de vista.
Estuve horas buscándola en cada esquina. Giré y giré con la música en brazos de extrañas -y extraños-, que me jalaban hacía sus cuerpos. Apretaban sus senos y sus ingles contra mí, pero mis ojos no dejaban de buscarla. Movía la cabeza de un lado a otro. Sólo podía pensar en ella. Me sentía embriagado aunque no había tomado nada, una fuerza extraña sofocaba mi pecho y comenzaba a ver únicamente caras monstruosas en aquella mascarada.
Fue entonces cuando la vi salir por la puerta principal y yo me hice paso entre la gente. El taxi en el que se fue arrancó justo cuando yo logré salir. Corrí al vehículo más próximo y le exigí al conductor seguirla. Él solamente se rió y me dijo «Tranquilo, hay tiempo» y no encendió el vehículo hasta que el taxi en el que ella iba desapareció en la esquina. Mi cuerpo se tensó y estuve a punto de golpear al conductor para después correr a perseguirla, pero en ese momento él encendió el vehículo y la fuerza del movimiento me impulsó al asiento.
Extrañamente el conductor me había traído ahí, ante su edificio. Vi, a través de la puerta de cristal, que oprimía el piso seis en el elevador y desaparecía. Entré acelerado al edificio, para hacer bajar aquel elevador lo más pronto posible y, mientras esperaba, sentí la mirada del portero. Lo volteé a ver y él me sonrió. No me preguntó quién era o qué hacía en ese lugar. Me consoló la idea de que yo llevara un antifaz ante aquella situación. Tanto la actitud del conductor como del portero, me hicieron desconfiar, sin embargo eso no me importó. Sentía que ella me estaba llamando, que me esperaba, sólo a mí, que sabía mi nombre y que me amaba. Porque tenía que amarme.
Hubo un breve sonido y el elevador se abrió. Oprimí el número seis y el portero desapareció de mi vista. Conforme el elevador se movía su fluorescente iluminación parpadeaba y mi impaciencia crecía.
Pronto llegué al piso indicado y ante mí apareció un largo pasillo con al menos doce puertas. Por un momento, me desesperó la idea de tener que quedarme ahí a esperar que ella saliera o de tener que ir tocando cada puerta hasta encontrarla. Sin embargo, escuché el golpe de unos tacones contra el suelo, me acerqué y descubrí que la puerta con el número once estaba abierta. Ella la había dejado así, pensé, y seguramente me estaba esperando.
Entré al departamento silenciosamente, cerré la puerta e inspeccioné el lugar. Unos focos iluminaban discretamente el pasillo que guiaban a una habitación. Ahí, al fondo vi su silueta moviéndose y luego desapareció de mi campo de visión.
Me dirigí a su recamara y al entrar el olor de su perfume me golpeó. Escuché unos sonidos provenientes de lo que parecía ser el baño. Toqué el suave cobertor de su cama y sentí el impulso de dejarme caer sobre ella. Sin temor a que me descubriera, me acosté y desde ahí pude verla perfectamente. Todavía tenía el corset y la máscara puesta, pero había dejado al descubierto sus piernas. Me pareció tanto extraño como excitante el hecho de que debajo de la falda tuviese unas medias puestas, de ésas que no son completas. Llevaba puesta también una tanga negra con encaje y un pequeño moño color lila.
Me hipnotizó la manera en que no atendía mi presencia, posiblemente la ignoraba. Yo simplemente me quede contemplando cómo se veía en el espejo y con sus manos inspeccionaba su cuerpo. Le llamé Ofelia en mi mente.

No me di cuenta del momento en que me quedé dormido, sentí un objeto frió rozar mis labios y yo los presioné para continuar el beso. Al abrir los ojos, la encontré sentada sobre mi pantalón, todavía con la máscara puesta. Yo me quedé entonces boquiabierto sin saber cómo reaccionar. Ofelia empezó a frotar su pubis contra la mía, un escalofrío recorrió todo mi cuerpo y sentí mi miembro crecer. Entonces levanté mi torso, apreté su pecho contra el mío y comencé a besarle el cuello. Sentí su pecho elevarse y descender por la velocidad de su respiración que aumentaba pero en ningún momento gimió o dijo algo. Alcé mi cabeza y busqué sus ojos. Éstos me miraron inexpresivos.
Continué besándole el cuello y poco a poco bajé hasta sus senos aún cubiertos por el corset. Cuando comencé a quitárselo ella me empujó contra la cama y de un jalón rompió los botones de la camisa que llevaba puesta. Me quite los restos y continué deshaciendo el lazo que mantenía sujeto el corset, hasta que finalmente descubrí sus senos. Los besé, los mordí y los succioné cual jugoso fruto. Ella se levantó y bailó un poco para mí moviendo suavemente las caderas mientras se quitaba la tanga. Yo me arrodillé ante ella y puse mis labios contra su clítoris. Ella pasó sus dedos por mi cabello y finalmente la escuché emitir un sonido de placer. Comencé a desabrocharme el pantalón, mis manos me temblaban y mi corazón latía tanto que sentía su fuerza en mi pecho. Me levanté, la volteé y la incliné sobre la cama. Le besé la nuca y fui recorriendo con mi lengua su columna hasta llegar a su espalda baja. Me reencontré con su vagina y me auxilié con mis dedos para darle placer. Dejé caer mi pantalón y mi miembro quedó expuesto. Finalmente, antes de que se diera cuenta de este hecho, la penetré suavemente, cosa que hizo que ella gimiera.
Me encantaba escucharla gemir y respirar con mayor excitación, aunque al tratar de verle la cara ésta se mantuviera inexpresiva. Pero eso me permitía imaginarme la cara de mi Ofelia en pleno éxtasis. Le continué besando el cuello y la espalda. Ella con una mano guiaba las mías hasta sus pechos y con la otra acariciaba mi nuca.
Su cuerpo se comenzó a tensar y yo empecé a arremeter contra éste con mayor fuerza. Nuestra respiración aumentó y pronto formamos una armonía de gemidos. La apreté contra mí, pude ver las venas en mis brazos causadas por la fuerza que comenzaba a acumularse.
«¡Ofelia! ¡Mi Ofelia!» Grité al cerrar los ojos y descargarme entero en ella. Ofelia lanzó un último alarido y nos quedamos petrificados sobre la cama. Temblábamos los dos e intentábamos recuperar el aire.
Finalmente, nos dejamos caer sobre las sábanas y yo recosté mi cabeza sobre la almohada, mientras que ella lo hacía en mi pecho. Pasamos unos minutos en silencio, hasta que nuestros cuerpos se relajaron completamente. Yo la abracé y comencé a pasar las yemas de mis dedos por su piel. Ella alzó su cabeza y nuestros ojos se volvieron a encontrar como lo habían hecho en la mascarada. Contemplé la máscara veneciana una vez más y me desesperó desconocer la verdadera cara de mi amada. Quise besar sus verdaderos labios, me los imaginaba suaves y carnosos. Entonces, aun viendo sus ojos, puse mi mano en la comisura de la máscara y de un jalón se la arrebaté.
Justo antes de poder ver su cara, Ofelia desapareció.


T.C. Durán

miércoles, 13 de febrero de 2013

Tras los bigotes




––¿Dónde estabas?––pregunta Amada casi dormida.
––Eso no es asunto tuyo, chatita linda—le contesta Ignacio, mientras se quita la camisa empapada en sudor y se mete a la cama con la cabeza dándole vueltas.         
*
A la mañana siguiente, Amada, como cada tercer día, acude a la iglesia a encontrarse con Dios y también con sus amigas. Sin embargo, al saludarlas percibe síntomas de lástima, cuchicheos, incluso burla. Ninguna se atreve a mirarla a los ojos, ella no entiende y prefiere cobijarse en su mansión, una mansión que en realidad guarda secretos entre sus paredes y sus fuentes, secretos de su nacimiento, de los amoríos de don Porfirio -su padre- con su madre: una indígena que jamás volvería a ver.
Ayer se celebró la fiesta a la que ni Amadita ni sus amigas de sociedad fueron invitadas. Sólo había gendarmes cuidando la casona de la colonia Tabacalera y una fila larga de invitados.
Adentro, varios acaudalados mozos lucían sus mejores galas: medias de seda, zapatos de tacón, sombreros, tela de raso, rizos castaños, collares de perlas  y diamantes, aretes y maquillaje.  El baile comenzó y no hubo más remedio que abrazarse al otro, mirarse a los ojos, tomarse de la cintura con determinación y sentir la picazón de los bigotes en la piel. El ambiente olía a perfume y a alcohol, a cigarrillos y a flores de campo. Adentro de esa mansión se vivían momentos de libertad y desenfado, libres de murmullos y de críticas.  Eso fue hasta la madrugada, justo cuando los gendarmes derribaron las puertas y encontraron a 41 hombres explorándose.
Formados en fila fueron despojados de sus ropas y encarcelados. Porfirio Díaz decidió enviarlos a Yucatán a realizar trabajos forzados y evitar hablar del asunto. Un hombre había huido por la azotea y finalmente había llegado extenuado a la cama, donde lo esperaba su esposa. Después de aquello, el nuero del presidente se quedó sin el favor de la gubernatura en el estado de México.
Amada Díaz sabía quién era Ignacio de la Torre. Conocía sus amoríos con otros hombres, y callaba porque lo quería, porque eran dos amigos intentando ser marido y mujer, porque pese a todo, deseaba un hijo. Sin embargo los frutos de Amadita maduraron y ya no hubo espacio para ello. Finalmente, Nacho, como le decían, huyó tras los bigotes de Zapata dejando a Amada huérfana de padre, con dos gatos y después viuda. Arrastrando las deudas de su marido, vendió la mansión y se fue a vivir con su hermana. A partir de entonces estuvo convencida de que en realidad su nombre debió haber sido Dolores, nunca Amada.



De Julieta Arévalo

miércoles, 6 de febrero de 2013

La famosa guerra de la uretra




—Mierda, tan sólo a dos pasos de llegar a la cama —se dijo mientras consideraba la idea de rendirse y quedarse justo ahí. Pero no. Se arrastra, triunfa sobre la borrachera y duerme. Sueña. Entre ronquido y ronquido llega la brisa, las olas, los gritos y los rayos del sol en forma de nubes negras. Está en la playa de Normandía y es un soldado de bajo rango, en el inicio el día “D”.
            ¿Por qué un soldado? A él no le gusta la milicia, ni las armas y mucho menos entiende los motivos de la guerra. ¿Dar la vida por defender la Patria? ¿Por el hermano? ¿El ciudadano? Ni siquiera siente odio por el enemigo, es más, ni siquiera tiene enemigos. Y la vida es muy valiosa, dice. Por eso siempre ha preferido dormir, hacer nada: un lugar oscuro, cómodo y acogedor siempre será su trinchera. Pero sabe que es un sueño y tiene que estar a la altura, así que sin más, desciende del armatoste flotante hacia un mundo en guerra. El fuego de las balas es múltiple y cruzado, tanto que la arena arde como si fuese roja lava por tanta sangre derramada. Por todos lados hay retazos de muertos, bombas sin explotar, mochilas llenas de lonches sin comer, armas cargadas sin tirador. Pero él es un soldado que tiene sueño y la lluvia de balas le importa poco. Encuentra un hoyo poco profundo, entre varios cuerpos destripados, que le parece un lugar perfecto para ver el atardecer. Se instala. Con la punta de su arma aparta vísceras, huesos y pedazos completos de ser humano. Se recuesta sobre aquel  mar de sangre y con el rostro hacia el cielo saca un cigarrillo, lo coloca en sus labios, levanta cinco centímetros el rostro y deja que las potentes ráfagas de fuego hagan su trabajo sobre la punta del cigarrillo. Fuma.

Pasa el tiempo, pasan las balas, los muertos, pasa todo, incluso pasa la noción de él mismo y el escandaloso peligro que le rodea. No sabe qué hace ahí, está confundido, hace unas horas estaba en su casa buscando la mejor forma de perder el tiempo, como hace algunos años, cuando estaba buscando la mejor forma de existir. La pesadumbre lo regresa a su estado, a su sueño rodeado de cadáveres, de peligro y de unas inmensas ganas de orinar. Sabe que no hay salida, sabe que cualquier movimiento brusco significa la muerte. Pero también sabe que tiene estilo y dignidad; no será un soldado cualquiera que muera por cualquier causa. Así que decide ser el soldado anónimo que murió por orinar. Con mucho cuidado, baja el cierre de su pijama verde militar, saca el miembro, piensa en enfermeras bélicas cubiertas con uniformes cortos, blancos y manchados de sangre, todo con el fin de lograr una erección, y orina. Parece una hermosa fuente de jardín en medio de aquel caos. ¡Es hermoso!, antes de terminar con la meada, levanta un poco más las caderas para exponer al miembro orinante a la ráfaga de fuego, y ser herido de muerte justo en la cabeza. Los colores, los ruidos, el dolor de la herida y el placer de la meada se entremezclan y sabe que es el final. Está seguro de que le harán un monumento, de que por él izarán la bandera a media asta, de que a su la familia le entregarán su medalla de honor, pero sobre todo, está seguro de que cuando bebe de más, tiene que orinar antes de ir a dormir.

Por Victor Hugo G. 

martes, 5 de febrero de 2013

Los consejos de Heydar Aliyev




Mi casa es muy oscura. No tiene ventanas ni habitaciones, sólo un hueco de entrada y salida, pero no me importa porque sólo voy en las noches. En ella he conocido a mis mejores amigos, aunque ahora no estén aquí. Puede que alguno regrese o que vengan otros que serán tan buenos como aquéllos.
            Llegué aquí de pequeño. Había salido con mi familia de paseo y, jugando a las escondidas, cuando menos lo pensé ya estaba solo. Caminé preocupado sin hallar el camino de regreso y vagué hasta que encontré a los que me invitaron a entrar. Como no sabía a dónde más ir, me quedé esperando a que mi familia volviera, pero ya no los volví a ver. Supongo que no supieron cómo encontrarme. Pronto me acostumbré a mi nueva vida. Mis camaradas me enseñaron cosas muy prácticas. Aprendí que en los lugares en los que hay mucha gente, como en los parques, se puede encontrar todo lo que se necesita: comida y diversión. A veces competíamos a ver quién era el que brincaba más alto o el que corría más rápido, o simplemente nos echábamos al sol a descansar. Cuando nos alejábamos, preferíamos buscar otro sitio en donde guarecernos. Es fácil encontrar lugares en los que nadie moleste, algunas veces hasta hay cajas de cartón o cobijas; no entiendo por qué las tiran, si son de mucha utilidad, sobre todo a la hora de dormir.
            Lo que más me gusta de los parques es perseguir ardillas. Yo quiero jugar con ellas, pero son tan rápidas que en un momento trepan a los árboles y por más que las llamo no quieren bajar. Otra cosa que también disfruto es pasar tiempo con las estatuas que hay en medio de los jardines, porque siempre sabes qué esperar de ellas. En cambio, de las personas, nunca puedes estar muy seguro: algunas te sonríen, juegan y hasta comparten su comida contigo, aunque no las hayas visto antes; otras, en cambio, sin ninguna razón te tiran piedras o te gritan. Pero las estatuas permanecen serenas y nada parece afectarles. O al menos eso pensaba antes de conocer una a la que acabé tomándole cariño. Me llamó la atención por los individuos que durante muchos días vi reunidos, gritando molestos a su alrededor. No entendía muy bien lo que sucedía, pero mi instinto me ha enseñado a reconocer el desagrado en los demás. Por esos días dormíamos cerca del parque, así que fui a ver a la estatua de noche, sabiendo que estaría libre del gentío. Se habían esmerado en el cuidado del jardín que rodeaba la plataforma de piedra pulida sobre la que se alzaba. Era la escultura de un hombre sentado en una silla. Se veía sonriente y a gusto, mirando hacia el cielo. Me senté a contemplarla y, después de unos minutos, contenta por mi visita, empezó a hablarme de lo que había sido en vida.
            —Fui un buen gobernante. Luché por los habitantes de mi nación y todo lo que hice fue por ayudarlos a vivir bien. Yo, que conozco la naturaleza humana, sabía lo que era bueno para ellos, aún mejor que ellos mismos, pero no todos lo entendieron y ahora muchos me llaman de maneras injustas. Por eso, permíteme darte un consejo: sigue con los de tu clase, que son los únicos entre los que encontrarás un compañero leal, y aléjate de la muchedumbre.
            Me quedé dormido a sus pies y por la mañana nos despedimos. Ese día partí con mis amigos rumbo al cerro en el que se encuentra nuestra morada. Íbamos tan contentos que no nos dimos cuenta de la inusual cantidad de gente que había en los alrededores, que repentinamente nos atrapó llevándonos hasta un horrible lugar en el que nos encerraron. Sabíamos que estábamos todos, porque nos escuchábamos, pero no podíamos vernos ni mucho menos salir. Unas rejas nos lo impedían. Pasé más miedo que aquél día en que me encontré perdido en el bosque, de pequeño, sólo me consolaba saber que mis amigos seguían cerca y que no nos faltaba agua ni comida. Ninguno de nosotros sabía por qué estábamos ahí, ni por cuánto tiempo más.
            Pasaron días hasta que empezamos a notar que nos iban soltando. Una tarde abrieron mi celda, me sacaron a la calle e insistieron en que me fuera con unos desconocidos. Por más que me resistí, lograron subirme en la parte de atrás de una camioneta. No tenía idea de a dónde me llevarían, pero afortunadamente reconocí el camino y salté sin que se dieran cuenta. Corrí tan rápido como pude y no me detuve hasta encontrarme seguro en mi añorado refugio.
            He hecho nuevos amigos y con ellos me dirigí a visitar a la estatua del parque. Al llegar ya no la encontré y tampoco a los gritones mal encarados. Me entristeció pensar que se la habrían llevado para encerrarla en una cárcel. Sólo espero que también la liberen. Ahora comprendo sus palabras y sigo sus consejos. Me aparto de las personas si están en grupo y sólo confío en los de mi propio género, entre los que encuentro compañía desinteresada y afecto. Aún espero reencontrarme con mis antiguos compañeros y por eso trato de no alejarme mucho, por si logran regresar un día a nuestra cueva en el Cerro de la Estrella. Alguna vez hasta he creído escuchar sus ladridos.

Por Rose Casanova. 

jueves, 31 de enero de 2013

Ewn Ducati 69




Tenía el cabello mojado y el rostro húmedo. Las pequeñas gotas de agua resbalaban por su cuerpo hasta mojar el piso del oscuro guardarropa. Mientras, el equipo de audio de alta fidelidad reproducía el "Angel" de Massive Attack, al volumen máximo que rebotaba en todo su cuerpo. Aspiró dos líneas de coca que pasó con un largo trago de cerveza. Vistió unos jeans y una playera ajustada con una leyenda que dejaba leer “I’m not dead”. 
            Tomó la billetera y guardó dos papeles de coca entre el empeine de cada pie y la lengüeta de su calzado deportivo. También guardó un ácido, sólo por si la noche no funcionaba. Antes de salir, se miró al espejo sin poder ver su ya perdida mirada.
            —Alex, buena noche, ¿ya se va de fiesta? —preguntó el portero mientras accionaba el mecanismo que levantaba el portón, al mismo tiempo que Alex, sin mirarlo, hacía rugir los mil caballos de su Ducati negro mate.
            Llegó al bar, pidió un whisky con soda y, a través del espejo que estaba en el fondo de la barra, comenzó a buscar a la víctima que hiciera de esa noche algo que valiera la pena.
            —Hola, soy Cynthia. Está muy floja la noche, ¿no crees? —dijo la chica de pelo corto y con el rostro aburrido a pesar del intenso maquillaje.
            —Lo único que parece flojo por aquí, eres tú. Pero tengo algo que te puede animar. ¿Quieres? —dijo Alex, mientras prendía un cigarro y se encaminaba a los sanitarios del bar.
            Aparecieron en medio de una pista de baile que abandonaba la oscuridad a rítmicos e intensos intervalos. 
            —¡Este DJ es buenísimo! —gritó Cynthia, con un aliento muy cálido y a dos centímetros del oído y los nervios alterados de Alex.
            Alex, sin responder, tomó a Cynthia entre sus brazos, la acercó con fuerza y besó dos veces su largo y cálido escote, una vez por cada lado. Cynthia parecía que se desvanecía con el primer beso, pero con el segundo se incorporó restregando sus formas sobre las de Alex.
            Salieron de aquella pista con la ropa empapada de sudor e inundada de whisky. Subieron a la motocicleta y la velocidad produjo fuertes y constantes ventiscas que contrastaban con lo muy excitado de sus cuerpos, contraste que se acentuó con una pequeña brisa de madrugada. Cuando llegaron al departamento, tenían la ropa tan húmeda y pegada a sus cuerpos como una segunda piel que sin pensarlo se despojaron de ella.
            Por un segundo al sentirse desnuda, Cynthia pensó en dónde y con quién estaba. Pensamiento que fue interrumpido por la presencia de Alex, que se acercó despacio y en silencio por su espalda. Rodeó con sus brazos el torso mientras rozaba con sus labios los pequeños y erizados vellos de la nuca de Cynthia.
            —Todo estará bien…
            —Lo sé, sólo te quiero aclarar una cosa: es la primera vez que hago esto —interrumpió Cynthia, dejando caer su cabeza sobre el rostro de Alex.
            —Es perfecto, tengo mucha experiencia con primerizas —susurró Alex mientras su mano acariciaban lentamente la curva baja de uno de los senos de Cynthia. —Y, aunque no ha sido fácil, la recompensa es grande. Ya verás.
            —¿A qué te refieres? —preguntó Cynthia desde el lugar lejano donde disfrutaba de las caricias.
            —Tus malas experiencias con los hombres y tu afán de encontrar el placer en el amor, te han traído hasta aquí, conmigo —dijo Alex mientras recorría con sus labios el cuerpo de Cynthia—. Buscando, encontraste ausencia —dijo Alex antes de sumergirse en la ingle de Cynthia, que sentía cada palabra como cálidas tormentas que la ahogaban.
            Cynthia se retorcía con cada contacto de esa lengua que por momentos le hablaba y a ratos la acariciaba. Pensaba que si así era el preámbulo…
            —Mi placer no es llegar al orgasmo, mi orgasmo vive por delante. Tocar, lamer, sudar, gemir, son efectos secundarios. Mi orgasmo, lo consigo desde que puedo asegurar que estarás aquí, así… —dijo Alex mientras se perdía entre besos y palabras en las piernas de Cynthia.
            —Alex, eres una mujer increíble, sigue por favor, sigue —susurró Cynthia.



Por: Víctor Hugo G.