miércoles, 11 de febrero de 2015

El calmante



Yo ya no sé cuándo he muerto. Siempre me ha parecido haber muerto viejo, hacia los ochenta años, y qué años, y que mi cuerpo daba fe de ello, de la cabeza a los pies. Pero esta noche, solo en mi cama helada, siento que voy a ser más viejo que el día, la noche, en que el cielo con todas sus luces cayó sobre mí, el mismo cielo que tanto había mirado, desde que erraba sobre la tierra lejana. Porque tengo demasiado miedo esta noche para observar cómo me pudro, para esperar los grandes descensos rojos del corazón, las torsiones del intestino sin salida y para que se cumplan en mi cabeza los largos asesinatos, el asalto a pilares inquebrantables, el amor con los cadáveres. Voy, pues, a contarme una historia, voy, pues, a intentar contarme una vez más una historia, para intentar calmarme, y es ahí dentro donde siento que voy a ser viejo, viejo, más viejo aún que el día en que me derrumbé, pidiendo socorro, y el socorro vino. O es posible que en esta historia haya vuelto sobre la tierra, después de mi muerte. No, no parece probable, volver a la tierra después de mi muerte.
¿Por qué haberme movido, estando en casa de nadie? ¿Me echaban fuera? No, no había nadie. Veo una especie de antro, con el suelo cubierto de latas de conservas. No es el campo sin embargo. Se trata quizá de unas simples ruinas, quizás las ruinas de una quinta, en las inmediaciones de la ciudad, en un campo, porque los campos llegaban hasta el pie de los muros, sus muros, y por la noche las vacas se acostaban al abrigo de las fortificaciones. He cambiado tanto de refugio, a lo largo de mi desconcierto, que me sorprendo confundiendo antros y escombros. Pero fue siempre la misma ciudad, Es verdad que uno va muchas veces en un sueño, el aire ennegrece de casas y fábricas, se ven pasar tranvías y bajo los pies que moja la hierba aparecen de pronto adoquines. Yo no conozco más que la ciudad de la infancia, he debido ver la otra, pero sin lograr jamás creer en ella. Todo lo que digo se anula, nada habré dicho. ¿Tenía hambre al menos? ¿Me tentaba el tiempo? Estaba nublado y fresco, así lo prefiero, pero no hasta el punto de atraerme afuera. No pude levantarme a la primera tentativa, ni pongamos a la segunda, y una vez por fin de pie, y apoyado en la pared, me preguntaba si podría seguir, de pie me refiero, apoyado contra el muro. Salir y caminar, imposible. Hablo como si fuera ayer. Ayer en efecto, está reciente pero no lo bastante. Porque lo que cuento esta noche ocurre esta noche, a esta hora que se desvanece. Ya no estoy con esos asesinos, en aquel lecho de terror, sino en mi lejano refugio, las manos cruzadas, la cabeza inclinada, débil, jadeante, tranquilo, libre y más viejo de lo que nunca he sido, si mis cálculos son exactos. Conduciré sin embargo mi historia al pasado, como si se tratara de un mito o de una fábula antigua, porque necesito esta noche otra edad, que se convierta en otra edad aquella en la que yo me convertí en lo que he sido. Oh, os voy a dar yo tiempos, cerdos de vuestro tiempo.
 Pero poco a poco salí y me eché a andar, a pasitos, en medio de los árboles, vaya, árboles. Una vegetación enloquecida invadía los senderos de antaño. Me apoyaba en los troncos, para recordar el aliento, o agarrándome a una rama, me lanzaba hacia delante. De mi último recorrido ya no quedaba el menor rastro. Eran los perecedores robles d`Aubignè. Apenas un bosquecillo. El lindero estaba cerca, una luz menos verde y como desastrada lo decía, calmosamente. Sí, donde uno estuviera, en ese pequeño bosque, aunque fuese en lo más profundo de sus pobres secretos, por todas partes veías resplandecer aquella luz más pálida, testimonio de no sé qué eternidad. Morir sin sufrir demasiado, un poco, eso sí que vale la pena, cerrar uno ante el cielo ciego los ojos por socavar, después rápido convertirse en carroña, para que los cuervos no se confundan. Esa es la ventaja de morir ahogado, una de las ventajas, los cangrejos, ellos, no llegan nunca demasiado pronto.

Todo es cuestión de organización. Pero cosa rara, salido por fin del bosque, habiendo cruzado distraídamente la zanja que lo ceñía, me puse a pensar en la crueldad, la risueña. Ante mí se extendía un herbaje espeso, tréboles, quizá, qué me importa, chorreando del rocío nocturno o de la lluvia reciente. Más allá del prado, lo sabía, un camino, luego un campo, luego por último las murallas, cerrando la perspectiva. Las murallas, ciclópeas y dentadas, recortándose débilmente sobre un cielo apenas más claro, no ofrecían aspecto de ruinas comparadas con las mías, pero lo eran, lo sabía. Esta era la escena que se abría ante mí, inútilmente, porque la conocía y me horrorizaba. Lo que yo veía era un hombre calvo trajeado de marrón, un charlatán. Contaba una historia divertida, a propósito de un fiasco. Yo no entendía nada. Pronunció la palabra caracol, babosa quizá, para la alegría general. Las mujeres parecían divertirse todavía más que sus acompañantes, si eso fuera posible. Sus risas agudas penetraban los aplausos, y calmados éstos, se desparramaban aún, aquí y allá, hasta turbar el exordio de la historia siguiente. Pensaban quizás en el pene titular, sentado quién sabe a su lado, y desde esta suave proximidad lanzaban sus gritos de alegría, hacia la tempestad cómica, qué talento. Pero soy yo esta noche a quien debe suceder algo, a mi cuerpo, como en los mitos y metamorfosis, a este viejo cuerpo al que nunca ha sucedido, o tan poco, que nada nunca ha encontrado, nada amado, nada querido, en su universo galvanizado, mal galvanizado, nada deseado más que los espejos se derrumben, los planos, los curvos, los de aumento, los de disminución, y desaparecer, en el estruendo de sus imágenes. Sí, esta noche es necesario que suceda como en el cuento que mi padre me leía, noche tras noche, cuando yo era pequeño y él saludable, durante años me parece esta noche, y del que no he retenido gran cosa, salvo que se trataba de las aventuras de un tal Joe Breem, o Breen, hijo de un farero, mozo de quince años, fuerte y musculoso, ésa es la frase exacta, que nadó durante millas, de noche, con un cuchillo entre los dientes, persiguiendo a un tiburón, ya no sé por qué, por puro heroísmo. Ese cuento, hubiera podido simplemente contármelo, se lo sabía de memoria, yo también, pero así no me hubiera calmado, tenía que leérmelo, o simular leérmelo, noche tras noche, pasando las páginas y explicándome las páginas y explicándome las imágenes que ya eran yo, noche tras noche las mismas imágenes, hasta que me amodorraba en su hombro. Con una sola palabra de texto que se hubiese saltado, yo le habría golpeado, con mi puñito, en su gordo vientre que saltaba fuera del chaleco de punto y del pantalón desabrochado que le descansaban de su indumentaria de oficina. Me toca a mí ahora la marcha, la lucha y el regreso quizá, le toca a este viejo que soy yo esta noche, más viejo de lo que fuera nunca mi padre, más viejo de lo que yo jamás seré. Y aquí me tenéis abocado a los futuros. Atravesé el prado, a pasitos crispados y blandos a un tiempo, los únicos de que disponía. Ni el menor rastro de mi último recorrido, hacía mucho tiempo de mi último recorrido. Y los tallitos magullados crecen rápido de nuevo, en la necesidad de aire y luz, y los rotos son reemplazados rápidamente. Penetré en la ciudad por la puerta llamada de los Pastores, sin haber visto a nadie, tan sólo los primeros murciélagos como crucificados voladores, ni oído nada salvo mis pasos, mi corazón en el pecho y luego por último, cuando pasaba bajo la bóveda, el ulular de un búho, ese grito a la vez tan suave y tan feroz y que de noche, llamando, respondiendo, en mi bosquecillo y en los colindantes, llegaba a mi choza con un toque a rebato. La ciudad, a medida que me internaba en ella, me sorprendía por su aspecto desértico. Estaba iluminada como de costumbre, más que de costumbre, aunque las tiendas estuvieran cerradas. Pero sus escaparates permanecían iluminados, con la finalidad sin duda de atraer al cliente y obligarle a  decir, Vaya, qué bonito es eso, y no es caro, volveré mañana, si vivo aún. Estuve a punto de decirme, Vaya, es domingo. Los tranvías circulaban, también los autobuses, pero poco numerosos, al ralentí, vacíos, sin ruido y como bajo el agua. ¡No vi ni un caballo! Llevaba mi enorme abrigo con cuello de terciopelo, estilo abrigo de automovilista 1900, el de mi padre, pero no tenía ya mangas ese día, no era más que una amplia capa. Pero era siempre sobre mí el enorme peso muerto, sin calor, y los faldones barrían el suelo, lo rastrillaban más bien, tanto se habían deshilachado, tanto me había empequeñecido. ¿Qué iba, qué podía sucederme en esta ciudad vacía? Pero yo sentía las casas abarrotadas de gente, ocultos tras las cortinas miraban la calle o, sentados al fondo de la habitación, la cabeza entre las manos, se abandonaban al ensueño. Allá arriba, en la cúspide, mi sombrero siempre el mismo, yo no llegaba más lejos. Atravesé la ciudad de punta a punta  y llegué ante el mar, habiendo seguido el río hasta su desembocadura. Decía, Voy a volver, sin creérmelo demasiado. Los barcos en el puerto, anclados, sujetos por cabos al malecón, no me parecían menos numerosos que en tiempo normal, como si yo supiera algo del tiempo normal. Pero los muelles estaban desiertos y nada anunciaba un movimiento de navíos próximo, ni una partida ni una llegada. Aunque todo podía cambiar de un instante a otro, transformarse bajo mis ojos en un santiamén. Y en eso consistiría el bullicio de la gente y de las cosas del mar, el imperceptible balanceo de la arboladura de los grandes navíos y el más danzante de los pequeños, me apetece, y oiría el terrible grito como sin timbre y que no se sabe con exactitud si es triste o alegre y que contiene algo de espanto y cólera, porque no sólo pertenecen al mar, los marineros, sino también a la tierra. Y yo podría quizá deslizarme a bordo de un carguero a punto de partir, furtivamente, y marcharme lejos, y pasar lejos unos cuantos meses, quizás incluso un año o dos, al sol, en paz, antes de morir. Y sin llegar hasta ahí me extrañaría mucho que, en esta muchedumbre hormigueante y desengañada, no consiguiera establecer un pequeño encuentro que me calmara un poco o cambiar algunas palabras con un navegante, por ejemplo, palabras que me llevaría conmigo, a mi choza, para añadirlas a mi colección. Esperaba, pues, sentado sobre una especie de cabrestante sin protector, diciéndome, Por lo menos esta noche los cabrestantes no se han retirado de la circulación. Y escrutaba hacia alta mar, más allá de los rompeolas, sin descubrir embarcación alguna. Ya era de noche, o casi, veía luces, a ras del agua. Los bonitos fanales a la entrada del puerto, también los veía, y otros a lo lejos, parpadeando en la costa, en las islas, los promontorios. Pero al comprobar que no se producía la menor animación, me dispuse a marcharme, a apartar la vista, tristemente, de esa  ensenada muerta, porque hay escenas que abocan a extrañas despedidas. No tenía más que bajar la cabeza y mirar al suelo bajo mis pies, delante de mis pies, porque en esa posición siempre he sacado fuerzas para, cómo explicarlo, no lo sé, y ha sido de la tierra más que del cielo, sin embargo mejor cotizado, de donde me ha venido el socorro, en los momentos difíciles. Y allí, sobre la losa, a la que no miraba fijamente, porque para qué mirarla fijamente, vi a lo lejos la bahía, en lo más encrespado de esta negra marejada, y rodeándome por completo la tempestad y la perdición. Nunca volveré aquí, dije. Pero habiéndome levantado, buscando apoyo con las dos manos en el borde del cabrestante, me encontré ante un chico que sujetaba una cabra por un cuerno. Me volví a sentar. Él no decía nada, mirándome sin temor aparente ni asco. Es cierto que estaba oscuro. Que no dijera nada me parecía natural, a mí el de más edad correspondía hablar primero. Iba descalzo y harapiento. Habitual de aquellos parajes, se había apartado de su camino para ver qué era aquella masa sombría abandonada al borde de la dársena. Así razonaba yo. Muy cerca de mí ahora, y con su mirada de golfillo, era imposible que no hubiera comprendido. Sin embargo se quedaba. ¿Es realmente mía, esa bajeza? Emocionado, porque después de todo yo debía haber salido para eso, en cierto sentido, y aunque no esperaba sino un escaso provecho de lo que podía suceder, me decidí a dirigirle la palabra. Preparé así mi frase y abrí la boca, creyendo que iba a orilla, pero no oí más que una especie de estertor, ininteligible incluso para mí que conocía mis intenciones. Pero no era nada, nada sino la afonía debida al prolongado silencio, como en el bosquecillo donde se abren los infiernos, os acordáis, yo apenas. Él, sin soltar la cabra, vino justo a mi lado y me ofreció un bombón, en un cucurucho de papel, de los que se encontraban por un penique. Hacía por lo menos ochenta años que nadie me había ofrecido un bombón, pero yo lo cogí ávidamente y me lo metí en la boca, recuperé el viejo gesto, cada vez más emocionado, puesto que me apetecía. Los bombones se habían pegado y me costó trabajo, con mis manos temblorosas, separar de los demás el que apareció primero, uno verde, pero él me ayudo y su mano rozó la mía. Gracias, dije. Y como unos instantes más tarde se alejaba, tirando de su cabra, le hice un gesto, con un gran movimiento de todo el cuerpo, para que se quedara, y dije, en un murmullo impetuoso, ¿Dónde vas tú así, hijo mío, con tu cabrita? Esa frase apenas pronunciada, de vergüenza me tapé la cara. Era, sin embargo, la misma que había querido decir hacía un momento. ¡Dónde vas, hijo mío, con tu cabrita! Si hubiera sabido sonrojarme lo hubiera hecho, pero mi sangre ya no llegaba a las extremidades. Si hubiera tenido un penique en el bolsillo se lo hubiera dado, pero no tenía un penique en el bolsillo, ni nada que se le pareciera, nada que pudiera gustar a un pequeño desgraciado, en el linde de la vida. Creo que ese día, que había salido por decirlo así sin premeditación, sólo llevaba conmigo mi piedra. De su personilla estaba escrito que yo no vería sino los cabellos rizados y negros y el hermoso perfil de las largas piernas desnudas, sucias y musculosas. La mano también, fresca y viva, no estaba dispuesto a olvidarla. Busqué otra frase para decirle. La encontré demasiado tarde, estaba ya, oh lejos no, pero lejos. Fuera de mi vida también, tranquilamente se iba, ya nunca uno solo de sus pensamiento sería para mí, tan sólo quizá cuando fuera viejo y, hurgando en su primera juventud, encontrara esta alegre noche y sujetara aún la cabra por el cuerno y se detuviera un instante ante mí, con quién sabe esta vez un asomo de ternura, de celos incluso, pero no cuento con ello. Pobres bestias queridas, me habréis ayudado, ¿Qué hace tu papá, en la vida? Eso es lo que hubiera dicho, de darme tiempo. Seguí con la mirada las patas traseras de la cabra, descarnadas, patizambas, espatarradas, sacudidas por bruscos temblores. Pronto no fueron sino una minúscula masa sin detalles y que de no saberlo hubiera podido tomar por un joven centauro. Iba a hacer cagar la cabra, después recoger un puñado de bolitas tan rápidamente frías y duras, olerlas e incluso probarlas, pero no, eso no me ayudaría esta noche. Digo esta noche, como si se tratara siempre de la misma noche, pero ¿hay dos noches? Me puse en camino, la intención de regresar cuanto antes, porque no volvía del todo con las manos vacías, repitiendo, Jamás volveré aquí. Las piernas me hacían daño, gustosamente cada paso hubiera sido el último. Pero las ojeadas rápidas y como solapadas que lanzaba hacia los escaparates me mostraban un enorme cilindro lanzado a toda marcha y que parecía deslizarse sobre el asfalto. Yo debía en efecto avanzar deprisa. Porque alcancé a más de un peatón, he ahí los primeros hombres, sin forzarme, a mí a quien normalmente los parkinsonianos dejaban atrás, y entonces me parecía que atrás de mí los pasos se detenían. Y sin embargo cada uno de mis pasitos hubiera sido gustosamente el último. Hasta tal punto que, desembocando en una plaza en la que no había reparado al venir, y al fondo de la cual se alzaba una catedral, decidí entrar, si estaba abierta, y esconderme allí, como en la Edad media, durante un momento. Digo catedral, pero yo de eso no entiendo nada. Pero me dolería, en esta historia que se pretende la última, haber ido a refugiarme en una simple iglesia. Noté el Stützenwechsel de Sajonia, de un efecto encantador, pero que no me encantó. Iluminada con esplendor la nave parecía desierta. Di varias vueltas, sin ver alma viviente. Se escondían quizá bajo los sitiales del coro o dando vueltas alrededor de las columnas, como los pájaros carpinteros. De repente muy cerca de mí, y sin que yo hubiera oído los largos chirridos preliminares, el órgano se puso a mugir. Me levanté de un salto de la alfombra sobre la que me había tumbado, ante el altar, y corrí al otro extremo de la nave, como si quisiera salir, pero no era la nave, era un crucero, y la puerta que me engulló no era la buena. Porque en lugar de ser devuelto a la noche me encontré al pie de una escalera de caracol que me puse a subir a grandes zancadas, descuidando mi corazón, como el que persigue de cerca a un maniaco homicida. La escalera, débilmente iluminada, no sé con qué, con tragaluces quizá, la subí jadeando hasta la plataforma en saliente adonde moría y que, flanqueada por el lado vacío de un pretil cínico, corría alrededor de un muro liso y redondo coronado por una pequeña cúpula recubierta de plomo, o de cobre reverdecido, uf, con tal de que esté claro. Se debía venir aquí para gozar la vista. Los que caen de esta altura mueren antes de llegar abajo, como es sabido. Pegándome al muro me dispuse a dar la vuelta completa, en el sentido de las agujas del reloj. Pero apenas hube dado algunos pasos encontré a un hombre que daba la vuelta en sentido contrario, con extrema precaución. Cómo me gustaría precipitarlo, o que él me precipitara, abajo. Me miró fijamente un momento con ojos despavoridos y después, sin atreverse a pasar ante mí por el lado del parapeto y previendo con razón que yo no me apartaría amablemente del muro, me volvió bruscamente la espalda, la cabeza más bien, porque la espalda continuaba aglutinada contra el muro, y se puso de nuevo en marcha en dirección opuesta, lo que le redujo en poco tiempo a una mano izquierda. Ésta dudó un momento, después desapareció, en un resbalón. Ya no me quedaba más que la imagen de dos ojos desorbitados y crispados, bajo una gorra a cuadros. ¿Qué es este horror objetal en el que me he metido? Mi sombrero voló, pero no fue lejos, gracias al cordón. Volví la cabeza del lado de la escalera y agucé la vista. Nada. Después apareció una niñita, seguida de un hombre que la llevaba de la mano, los dos pegados al muro. La empujó hacia la escalera, y allí se precipitó él a su vez. Se volvió y levantó hacia mí una cara que me hizo retroceder. Sólo veía su cabeza, desnuda, por encima del último escalón. Más tarde, cuando se fueron, llamé. Di rápidamente la vuelta a la plataforma. Nadie. Vi en el horizonte, allí donde se unen al cielo montaña, mar y planicie, algunas estrellas bajas, no confundir con los fuegos que encienden los hombres, por la noche, o que se encienden solos. Basta. De nuevo en la calle busqué mi camino, en el cielo donde conocía bien los carros. Si hubiera visto a alguien le hubiera abordado, ni el más cruel semblante me hubiera detenido. Le hubiera dicho, llevándome la mano al sombrero, Perdón, señor, perdón, la puerta de los Pastores, por piedad. Creía que no podía ya avanzar, pero apenas llegó el impulso a las piernas me precipité hacia delante, Dios mío con cierta rapidez. No volvía con las manos vacías, traía a casa la casi certeza de pertenecer todavía a este mundo, también a este mundo, en cierto sentido, pero lo pagaba caro. Hubiera sido preferible pasar la noche en la catedral, sobre la alfombra ante el altar, hubiera seguido mi camino al amanecer o me hubiera encontrado tumbado, rígido, muerto con la estricta muerte carnal, bajo los ojos azules, pozos de tanta esperanza, y se hubiera hablado de mí en los periódicos de la tarde. Pero heme aquí descendiendo una larga travesía vagamente familiar, donde no era fácil sin embargo que hubiera puesto nunca los pies, vivos. Aunque percatándome pronto de la pendiente di media vuelta y continué en sentido opuesto, porque temía al descender, regresar al mar, a donde había dicho que no regresaría más. Di media vuelta, pero en realidad fue una larga curva trazada sin pérdida de velocidad, porque temía al pararme no poder moverme de nuevo, sí, también temía esto. Y esta noche tampoco me atrevo ya a pararme. Cada vez me sorprendía más el contraste entre la iluminación de las calles y su aspecto desértico. Decir que aquello me angustiaba, no, pero lo digo de todas formas, con la esperanza de calmarme. Decir que no había nadie en la calle, no, no me atrevería a tanto, porque noté varias siluetas, tanto de mujer como de hombre, extrañas, pero no más que de costumbre. En cuanto a la hora que podía ser, no tenía la menor idea, salvo que debía ser una hora cualquiera de la noche. Pero podían ser las tres o las cuatro de la madrugada como podían ser las diez o las once de la noche, dependía probablemente de que uno se extrañara de la penuria de los transeúntes o del extraordinario resplandor que arrojaban los reverberos y luces de circulación. Porque de uno de estos dos fenómenos había que extrañarse, a no ser que se hubiera perdido la razón. Ni un solo coche particular, y muy de rato en rato un vehículo publico, lenta tromba de luz silenciosa y vacía. Me avergonzaba insistir en estas antinomias, porque estamos, claro está, en una cabeza, pero me veo obligado a añadir a las siguientes observaciones. Todos los mortales que veía estaban solos y como ahogados en sí mismos. De debe ver esto todos los días, pero mezclado con otra cosa imagino. La única pareja estaba formada por dos hombres luchando cuerpo a cuerpo las piernas enmarañadas. ¡Sólo vi a un ciclista! Iba en el mismo sentido que yo, todos iban en el mismo sentido que yo, los vehículos también, en este momento me doy cuenta de ello. Circulaba lentamente en medio de la calzada, leyendo un periódico que con las dos manos mantenía abierto ante los ojos. De vez en cuando tocaba el timbre, sin dejar su lectura. Le seguí con la vista hasta que no fue más que un punto en el horizonte. De pronto una mujer joven, de mala vida quizá, desgreñada y con la ropa en desorden, cruzó la calzada de un lado a otro, como un conejo. Eso es todo lo que quería añadir. Pero cosa rara, una más no me dolía nada, ni siquiera las piernas. La debilidad. Una buena noche de pesadilla y una lata de sardinas me devolverían la sensibilidad. Mi sombra, una de mis sombras se lanzaba ante mí, se encogía, se deslizaba bajo mis pies, me seguís, como hacen las sombras. Que yo fuera opaco hasta ese punto me parecía concluyente. Pero he ahí ante mí un hombre, en la misma acera y en el mismo sentido que yo, puesto que siempre hay que machacar lo mismo, únicamente para no olvidarlo. La distancia entre nosotros era grande, setenta pasos por lo menos, y temiendo que se me escapara apresuré el paso, lo que me hizo volar hacia delante, como sobre patines. No soy yo, dije, pero aprovechemos, aprovechemos. Al llegar en un abrir y cerrar de ojos a unos diez pasos de él aminoré la marcha, para no exacerbar, apareciendo con estrépito, la aversión que inspiraba mi persona, incluso en sus actitudes más borrosas y anodinas, Y poco después, Perdón, señor, dije, manteniéndome humildemente a su altura, la puerta de los Pastores por el amor de Dios. Visto de cerca me parecía más bien normal, bueno, salvo ese aspecto de retroceso hacia su centro que ya he señalado. Me adelanté un poco, algunos pasos, me volví, me incliné, me llevé la mano al sombrero y dije, ¡La hora exacta, por lo que más quiera! Como si no existiera. Pero ¿y el bombón? ¡Fuego!, grité. Dada mi necesidad de ayuda me preguntó por qué no le intercepté el camino. No hubiera podido, eso es, no hubiera podido tocarle. Viendo un banco al borde de la acera me senté y crucé las piernas, como Walther. Debí de adormecerme, porque de repente había un hombre sentado a mi lado. Mientras le examinaba con detalle abrió los ojos y los posó sobre mí, se hubiera dicho que por primera vez, porque retrocedió sin poder remediarlo. ¿De dónde sale usted?, dijo. Oírme dirigir de nuevo la palabra en tan poco tiempo me produjo un gran efecto. ¿Qué le pasa a usted?, dijo. Intenté adoptar la actitud del que no dispone más que de sus atributos estrictamente naturales. Perdón, señor, dije, levantando ligeramente el sombrero e incorporándome con un movimiento inmediatamente reprimido, la hora exacta, ¡por piedad! Me dijo una hora, ya no me acuerdo cuál, una hora que nada explicaba, eso es todo lo que sé, y que no me calmó. Pero qué hora lo hubiera conseguido. Ya sé, ya sé, vendrá una que lo hará ¿pero hasta entonces? ¿Decía usted?, dijo. Desgraciadamente yo no había dicho nada. Pero me desquité preguntándole si podría ayudarme a encontrar el camino que había perdido. No, dijo, no soy de aquí, y si estoy sentado en esta piedra es porque los hoteles están llenos o porque no han querido admitirme, no opino. Pero cuénteme usted su vida, después pensaremos lo que debe hacerse. ¡Mi vida!, exclamé. Claro, hombre, dijo, ya sabe esa especie de— ¿cómo diría yo? Reflexionó largamente, buscando sin duda aquello por lo que la vida podía ser una especie de. Por fin siguió, con voz irritada, Vamos a ver, todo el mundo lo sabe. Me empujo con el codo. Sin detalles, dijo, los hechos principales, los hechos principales. Pero como yo seguía callado dijo, Quiere usted que le cuente la mía, así entenderá. El relato que me ofreció fue breve y denso, hechos, sin explicación. Eso es lo que yo llamo una vida, dijo, ¿lo ve usted ahora? No estaba mal, su historia, de hadas incluso, en algunas partes. Le toca a usted, dijo. Pero esa Paulina, dije, ¿sigue usted con ella? Sí, dijo, pero voy a abandonarla y liarme con otra más joven y más gruesa. Viaja usted mucho, dije. Las palabras me llegaban poco a poco, y la manera de subrayarlas. Todo eso se acabó para usted, sin duda, dijo. ¿Piensa permanecer mucho entre nosotros?, dije. Esta frase me pareció especialmente bien construida. Sin indiscreción, dijo, ¿qué edad tiene usted? No lo sé, dije. ¡Que no lo sabe!, exclamó él. No exactamente, dije. ¿Piensa usted a menudo en muslos, dijo, culos, coños y alrededores? Yo no comprendía. A usted ya no se le empina, naturalmente, dijo. ¿Empinárseme?, dije. El nabo, dijo, ¿sabe usted lo que es, el nabo? No lo sabía. Aquí, dijo, entre las piernas. Ah, eso, dije. Se hincha, se alarga, se endurece y se levanta, dijo, ¿o no? No eran éstos los términos que yo hubiera empleado, sin embargo asentí. A eso le llamamos empinarse, dijo. Se abstrajo un momento, luego exclamó, ¡Fenomenal! ¿No le parece? Es curioso, dije, en efecto. Por otra parte todo está aquí, dijo. Pero ¿qué va a ser de ella? ¿Quién?, dijo. Paulina, dije. Envejecerá, dijo, con tranquila seguridad, primero lentamente, luego cada vez más aprisa, en el dolor y el rencor, padeciendo. El rostro no era abundante, pero por más que lo mirara, permanecía revestido de sus carnes, en lugar de volverse de yeso y como trabajando gubia. Incluso el vómer conservaba su abultamiento. Por otra parte las discusiones nunca me han servido para nada. Yo añoraba los tréboles, los hubiera hollado suavemente mis zapatos en la mano, y la sombra de mi bosque, lejos de esta luz terrible. ¿Qué son esas muecas?, dijo. Mantenía sobre las rodillas un gran bolso negro, parecía un estuche de comadrón imaginario. Lo abrió y me dijo que mirara. Estaba lleno de frasquitos. Brillaban. Le pregunté si eran todos parecidos. Oh, no, dijo, según. Cogió uno y me lo tendió. Un chelín, dijo, seis peniques. ¿Qué quería de mí? ¿Qué lo comprara? Partiendo de esta hipótesis le dije que no tenía dinero. ¡No tiene dinero!, exclamó. Bruscamente su mano se abatió sobre mi nuca, sus dedos poderosos se cerraron y de una sacudida me obligó a precipitarme contra él. Pero en lugar de rematarme se puso a murmurar cosas tan dulces que yo me abandoné y mi cabeza rodó sobre su regazo. Entre la voz acariciadora y los dedos que me trabajaban el cuello el contraste era insólito. Pero poco a poco las dos cosas se fundieron, en una esperanza abrumadora, si me atrevo a decirlo, y me atrevo. Porque esta noche nada tengo que perder, que pueda diferenciar. Y si he llegado al punto en el que estoy (de mi historia) sin que haya cambiado nada, porque si hubiera cambiado algo creo que lo sabría, sin embargo he llegado hasta aquí, y ya es algo, y nada ha cambiado, siempre eso he ganado. No es una razón para forzar las cosas. No, hay que cesar suavemente, sin arrastrarse pero suavemente, como cesan en la escalera los pasos del amado que no ha podido amar y que no volverá nuca, y cuyos pasos lo dicen, que no ha podido amar y que no volverá nunca. Me rechazó de repente y me enseñó de nuevo el frasquito. Todo está aquí, dijo. No debía ser el mismo todo de hace un momento. ¿Lo quiere?, dijo. No, pero dije sí, para no molestarle. Me propuso un cambio. Deme su sombrero, dijo. Me negué. ¡Qué vehemencia!, dijo. No tengo nada, dije. He salido sin nada. Deme un cordón, dijo. Me negué. Largo silencio. Y si usted me diera un beso, dijo por fin. Yo sabía que había besos en el aire. ¿Puede quitarse el sombrero?, dijo. Me lo quité. Póngaselo, dijo, está mejor con el sombrero puesto. Reflexionó, era muy ponderado. Vamos, dijo, deme un beso y no hablemos más. ¿No temía ser rechazado? No, un beso no es un cordón, y él debió leer en mi rostro que me quedaba un fondo de temperamento. Venga, dijo. Me enjugué la boca, al fondo de los pelos, y la acerqué a la suya. Un momento, dijo. Suspendí mi vuelo. ¿Usted sabe qué es un beso?, dijo. Sí, sí, dije. Sin indiscreción, dijo, cuándo ha sido el último beso que ha dado usted. Hace un momento, dije, pero aún sé darlos. Se quitó el sombrero, hongo, y se palmeó en mitad de la frente. Aquí, dijo, no en otro sitio. Tenía una bonita frente alta y blanca. Se inclinó, entornando los párpados. De prisa, dijo. Puse la boca en forma de culo de gallina, como mamá me había enseñado, y la coloqué en el sitio indicado. Basta, dijo. Levantó la mano hacia el sitio, pero ese gesto, no lo terminó. Volvió a ponerse el sombrero. Me volví y miré la acera de enfrente. Fue entonces cuando me di cuenta de que estábamos sentados frente a una carnicería de caballo. Tenga, dijo, tome. Ya se me había olvidado. Se levantó. De pie era muy pequeño. Esto para ti esto para mí, dijo, con una sonrisa radiante. Sus dientes brillaban. Escuché cómo se alejaban sus pasos. Cuando levanté la cabeza ya no había nadie. ¿Cómo contar el resto? Pero es el final. ¿O lo he soñado, sueño? No, no, nada de eso, he ahí mi respuesta, porque el sueño no es nada, una broma boba. ¡Y a pesar de todo significativo! Dije, Quédate aquí, hasta que amanezca. Espera, durmiendo, que los faroles se apaguen y las calles se animen. Preguntarás tu camino, a un guardia municipal si es preciso, estará obligado a informarte, bajo pena de faltar a su juramento. Pero me levanté y me alejé. Habían vuelto mis dolores, pero con un no sé qué de inhabitual que me impedía hacerme un ovillo. Pero decía, Poco a poco vuelves a ti. Con sólo observar mi caminar, lento, tenso, y que a cada paso parecía resolver un problema estatodinàmico, sin precedentes, me hubieran reconocido, si alguien me hubiera conocido. Crucé y me detuve ante la carnicería. Tras los cierres las cortinas estaban echadas, toscas cortinas de tela a rayas azules y blancas, colores de la Virgen, y manchadas con grandes manchas rosas. Pero se acoplaban mal en el centro y a través de la rendija pude distinguir los esqueletos tenebrosos de los caballos vaciados, suspendidos con garfios cabeza abajo. Me pegué a las paredes, hambriento de sombra. Pensar que en un momento todo será dicho, todo se dispondrá a comenzar de nuevo. Y los relojes públicos, ¿qué tenían en definitiva, los relojes públicos, cuyo sonido me asestaba, a través del aire, hasta en mi bosquecillo, grandes bofetadas frías? ¿Qué más? Ah sí, mi botín. Traté de pensar en Paulina, pero se me escapó, apenas iluminada el tiempo de un relámpago, como la joven de hace un momento. Sobre la cabra también mi pensamiento se deslizó desolado, incapaz de detenerse. Así iba en la claridad atroz, enfundado en mis viejas carnes, tenso hacia una vía de salida y pasándolas todas, a derecha y a izquierda, y el espíritu jadeante hacia esto y lo otro y siempre devuelto, allí donde nada había. Conseguí no obstante agarrarme brevemente a la niñita, el tiempo de distinguirla un poco mejor que hace un rato, de forma que llevaba una especie de cofia y apretaba en su mano libre un libro, de oraciones quizás, y tratar de hacerla sonreír, pero no sonrió, sino que desapareció engullida por la escalera, sin haberme enseñado su carita. Tuve que detenerme. Primero nada, después poco a poco, quiero decir creciendo desde el silencio y enseguida estabilizado, una especie de cuchicheo espeso, proveniente quizá de la casa que me sostenía. Eso me recordó que las casas estaban llenas de gente, de sitiados, no, no sé. Habiendo reculado para mirar por las ventanas pude darme cuenta, a pesar de los postigos, persianas y misterios, que muchas habitaciones estaban iluminadas. Era una luz tan débil, comparada con la que inundaba el bulevar, que a menos de estar advertido de lo contrario, o de sospecharlo, se hubiera podido suponer que todo el mundo dormía. El rumor no era continuo, sino entrecortado por silencios sin duda consternados. Me planteé llamar a  la puerta y pedir asilo y protección hasta la mañana. Me puse de nuevo en marcha. Pero poco a poco, con una caída a la vez brusca y suave, se hizo la oscuridad a mí alrededor. Vi apagarse, en una prodigiosa cascada de tonos lavados, una enorme masa de tonos resplandecientes. Me sorprendí admirando, a lo largo de las fachadas, el lento esparcirse de cuadros y rectángulos, rayados y unidos, amarillos, verdes, rosas, según las cortinas y los toldos, encontrándolo bonito. Después, por fin, antes de caer, primero de rodillas, a la manera de los bueyes, después cuan largo era, me encontré en medio de una muchedumbre. No perdí el conocimiento, cuando pierda yo el conocimiento será para no recuperarlo jamás. Nadie me hacía caso, aunque evitaban pisarme, consideración que debió impresionarme, yo había salido para eso. Me encontraba bien, penetrado de oscuridad y de calma, al pie de los mortales, al fondo del día profundo, si de día era. Pero la realidad, demasiado fatigado para encontrar la palabra exacta, no tardó en restablecerse, la muchedumbre se retiró, volvió la luz, y yo no tenía la necesidad de levantar la cabeza del asfalto para saber que me encontraba en el mismo vacío cegador de hace un momento. Dije, Quédate aquí, tumbado sobre estas losas amigas o neutras al menos, no abras los ojos, espera que venga el samaritano, o que llegue el día y con él los guardias municipales o quién sabe un miembro del Ejército de Salvación. Pero heme aquí de nuevo en pie, recuperado por el camino que no era el mío, a lo largo del bulevar que continuaba subiendo. Menos mal que no me esperaba, el pobre padre Breem, o Breen. Dije, El mar está al este, hay que ir hacia el oeste, a la izquierda del norte. Pero en vano levanté sin esperanza los ojos al cielo, para buscar los carros. Porque la luz donde me maceraba cegaba las estrellas, suponiendo que estuvieran allí, de lo que dudaba, acordándome de las nubes.


Samuel Beckett, 1945.

domingo, 23 de noviembre de 2014

La Creación



1
Hoy me siento: Frustrado
Hola de nuevo. Ahh, hoy no fue un día fácil. Me enojé con Universo porque no me quiere dar permiso de ir a la fiesta de Lucy. ¿Recuerdas que te conté hace como un mes que me encargó hacer otro planeta? Se me olvidó. Ahora sólo me quedan siete días. SIETE DÍAS. Y en realidad son seis, porque la fiesta es justo el día que le tengo que entregar el nuevo planeta. Realmente quiero ir. Salirme de mis obligaciones un rato. Además dicen que van a prender en llamas a los entes de Marte, y dicen que esos cuando se incendian disparan luces de neón. ¿Te imaginas? No puedo perdérmelo. Cuando le pregunté si me dejaba ir, lo primero que dijo fue "¿Ya hiciste el planeta que te pedí?". Le dije que faltaban unos detalles pero que ya casi. Ya sé, ya me había prometido no mentir, ¡pero es la fiesta de Lucy! Sabes cómo me encanta. Te escribo de él todo el tiempo. Me fascinan así. Malos, rudos. Tan sólo imagino cómo impone su maldad en... Pues ya sabes, la intimidad, y se me pone la piel chinita. Jiji.
En fin. Universo terminó diciéndome "Y que esta vez sí funcione, eh". Claro que me indigné, pero no puedo pelear más con él si quiero ir a lo de Lucifer, así que me evité la discusión y me fui. Le prometí que se lo iba a dar en menos de una semana. Ahh, cuánto estrés. Total. Me voy a estar chingando todos estos días. Hasta ahora sólo le he puesto un poco de iluminación. Sólo luz. Y bueno, a ver qué sale. Ahora sólo quiero descansar. Te escribo mañana. Xoxo


2
Hoy me siento: Motivado
Querido diario, hoy vi a Lucifer. Lo intenté besar pero él no me dejó, así que para romper el hielo le conté del nuevo mundo que estoy haciendo y pareció interesarle mucho. Dice que me puede ayudar, que él tiene varias ideas y podrían funcionar con mi proyecto. Sé que esto de hacer tratos con el diablo no es una buena idea, pero hay que admitir que tiene una enorme iniciativa; digo, cuando era súbdito mío era un cualquiera. Cuando se reveló provocó una gran polémica. Apuesto a que no soy el único que se enamoró de él. Tan fuerte, tan valiente... Es decir, ahora tiene su propio reino, tiene a sus propios lacayos, vive sin moral. No sé tú pero para mí eso es vida. Hace lo que quiere. Ese es tipo de ser que yo necesito. El punto es que tener a alguien que me impulse no está mal para nada. Se despidió de mí besando la comisura de mis labios. Me derretí.
Ah, y sobre mi nuevo planeta, he puesto agua sobre los suelos y decidí que voy a vivir arriba de él. Así podré supervisar que todo esté oquei. Voy avanzando, voy avanzando.
Cambiando de tema, creo que los ángeles tienen sospechas de mi obsesión con Lucy. En las cena no paraban de hacer indirectas. Decían cosas como "¿Y qué pasó con Belcebú, eh?" Y hacían chistes del infierno y así. Me enojé y les dije que ese nombre no se podía mencionar en mi reino. Me fui.
Te escribo mañana. Gracias por escuchar siempre.

3
Hoy me siento: Nervioso
Hoy es el tercer día y no voy tan mal con este mundo. A decir verdad, se está poniendo nais, creo que tengo el toque. Puse una parte seca. Separé los mares y en las partes donde no están, hay tierra. Ahí puse semillitas y nacerá lo que tenga que nacer. Aún con lo bien que voy me siento nervioso porque Universo quiere ver cómo lo estoy haciendo. Siento miedo, de esto dependerá su decisión. Sólo quiero que este asunto pase rápido y ya. Te cuento lo que suceda.
Abrazo. Adiós.

4
Hoy me siento: Cansado pero excitado
Universo dijo que iba bastante bien, pero me cuestionó cómo se iban a manejar los días aquí. Así que tuve que hacer en chinga dos lámparas distintas para que distingan el día de la noche. Luego tratar de que coordinaran era un pedo, y pues ya, lo dejé así. Equis. Dijo que si pongo seres vivos en estos dos días que quedan tengo el permiso de ir. Estoy a punto de lograrlo.
Lucy no me había dicho nada aún para ayudarme, entonces creí que sólo quiso calentarme. Es un cabrón, la verdad. Pero no deja de encantarme, entre más cruel es, más clavado estoy. Ay, Lucifer. Terminé por hablarle. Colgué tres veces, qué vergüenza. Cuando me contestó me dijo que me tenía por sorpresa algo, que lo fuera a visitar mañana. Estoy muy nervioso y al mismo tiempo excitadísimo. No puedo dejar de pensar en esa sorpresa. Apuesto que ya no aguanta más las ganas de tenerme suyo. Él, yo, en su casa, en el infierno. Sintiendo su sexo, ardiendo, pegando nuestras pieles llenas de sudor. Sometiéndome. Ahhhhh.
Me voy a dormir. Me espera un gran día mañana. Beso.

5
Hoy me siento: Extrañado
Desperté casi vomitando las mariposas que sentía en la panza de la emoción. Estaba listo para irme con Lucy. Hice nacer animales de los mares y aves sobre los cielos. Hice brotar de la tierra reptiles, arácnidos y bestias terrestres. Le encargué a un querubín que hiciera que se reprodujesen y ya. Fin. Creé mi mundo y en cinco días. O eso creía.
Fui a casa de Lucifer con una gran erección, esperando encontrármelo listo para que me atacara directamente de atrás y ZAS... Pero no fue así. En cuanto entré empezó a aventarme un choro. Mira, tengo entendido que ya has creado a todos tus seres de la tierra, ¿no?, dijo, pues hay un ser que es indispensable en este mundo. Un ser que domine a las bestias del mar y de los cielos y los terrestres. Que sea superior en mente, en capacidades y supervivencia. Un ser que sea a tu imagen y semejanza. Sacó de un costal a unos como bultitos de carne que se parecían mucho a mí. Los revisé rápido, puse cara así como de interesado. Eran casi iguales a mí, pero uno tenía un hoyo entre las piernas en lugar de lo que nos cuelga a mí y a Lucy (ay, ¡lo que le cuelga a Lucy!). En fin, los dejó por ahí y se acercó. Comenzó a besarme el cuello y me susurraba en la oreja "esto es lo que te faltaba y lo que yo te he ayudado a crear" y luego bajó, y bajó. Cogimos unas quinientas veces de maneras que ni siquiera yo me imaginaba. Lo más encantador que he vivido.
Tal vez pienses que me engañó con sexo. Pero si lo piensas bien no es una mala idea, o sea, un ser que sea como yo no puede tener nada de malo. Además él los hizo para mí. Porque me quiere, supongo.
Sólo les falta la personalidad, te los entrego mañana sin falta, terminó diciéndome. Entonces estoy esperando a que sea mañana para entregar el mundo a Universo y preparándome para la fiesta de Lucy. Dijo que iba a llevar más amigos y que sería mil veces mejor que hoy. Ya lo creo.
Me despido. Buenas noches.

6
Hoy me siento: Emocionado
Lucy llegó con los humanos temprano. Me besó, luego dijo que jamás jamás fallarían y se fue.
Creo que los ángeles se dieron cuenta, pero ellos me son fieles y dirían a Universo que son invención mía. Sólo me aconsejaron que les diera un poco de moral. Yo confío en Lucy, pero les hice caso. Los puse dentro del planeta tierra y lo entregué. Lo hice muy bien para haberlo hecho en seis días y con uno de descanso para fiestear.
Cuánta tranquilidad. Hasta mañana, mil besos.

7
Hoy me siento: Satisfecho
Estoy listo, querido diario. 



Por Abril Ramos

domingo, 9 de noviembre de 2014

DE CÓMO TRATÉ DE CREAR MONSTRUOS O DE LO JODIDO QUE ESTÁ HACER CIENCIA EN MÉXICO



No me pregunten por qué decidí dedicarme a hacer ciencia en este país, supongo que porque me gusta sufrir, como diría Carlos mi tutor; o quizás porque sin dolor no hay recompensa. La ciencia en primer mundo es aburrida, allá tienes todo a tu disposición, desde material de laboratorio, equipo especializado de última generación y personal técnico el cual, prácticamente, es el que hace tus experimentos y tú simplemente eres el que pone la sapiencia para analizar los datos y llegar a una conclusión que culminará en una bonita publicación en alguna de las revistas más prestigiadas dentro del ámbito científico. En cambio aquí, uno tiene que luchar a contracorriente, ser investigador en México significa que tienes que hacerla de administrador, contador, empresario, divulgador, articulista, político, innovador, hacker (por aquello de los programas para hacer análisis de tus datos que cuestan miles de pesos la suscripción anual), amante del riesgo (por aquello de trabajar con sustancias sumamente peligrosas) y, lo más importante, chorero. Sí, se necesita cierta habilidad tanto verbal como escrita para convencer a CONACYT de que tu proyecto es lo máximo, tanto como para recibir apoyos económicos, sino no podremos salvar a México de la diabetes y del cáncer. Como podrán imaginárselo, el país está manejado por una bola de burócratas que creen que la ciencia sólo sirve para resolver problemas a corto plazo. Por otra parte, uno tiene que lidiar con la comunidad científica universitaria e institucional,  allí tienes qué olvidarte del choro que le dijiste a CONACYT, porque éstos –la comunidad científica– son los que saben. Para ellos, hacer ciencia es la adquisición de nuevos conocimientos que, con uso de la tecnología, podrían aplicarse para posterior beneficio de la sociedad. Pero eso es después de años y años de esfuerzos y de conocimientos acumulados. Básicamente los descubrimientos en ciencia son así: “¡Oigan!, he descubierto tal cosa, no tengo idea de qué significa, pero con el paso de los años se le podrá encontrar alguna utilidad”. Imagínate decirle eso a CONACYT. No habría becarios de ciencias y tendríamos que conformarnos con los becarios del FONCA, qué horror.  
Pero mejor vayamos al relato, después de esta pequeña introducción. Era lunes y yo no quería salir de la ciudad.  Verán, yo trabajo con un tipo de células “especiales”, la gente no conocedora del tema las llama células madre. En teoría, cada una de estas células tiene la habilidad de poder formar cualquier tipo celular del organismo. Para demostrarlo es necesario que las células sean inyectadas en un modelo animal no humano, para que con el paso del tiempo se formen tumores. Pero no es cualquier tumor, es un teratoma. Esta palabra viene del latín teratos, que significa monstruo. Imagínate que te comience a crecer una bola en la espalda o en el muslo. Si la extirpamos, lo que obtendremos será un mazacote de tejido compuesto de diente, piel, hueso, ojo, etc. Algo así como tu hermano gemelo en potencia, pero sin ningún eje corporal estructurado. Si esa visión no les parece monstruosa, entonces no sé qué podría ser.
Mi trabajo era inyectar unas células madre de origen mexicano en mi modelo animal. Eran unos ratones transgénicos. El problema es que ellos estaban en un centro especializado ubicado en alguna Provincia al norte del país, mientras que yo estaba en un laboratorio de la Ciudad de México con mis células madre  ¿Por qué? ¿Cómo es posible que tengan una cepa muy valiosa de ratones en dicho centro? ¿Qué no saben que las condiciones no son las adecuadas? Esas son las preguntas frecuentes que me hacen mis colegas. Pero créanme, allá están mucho mejor que en la pocilga de laboratorio que tenemos en la capital, les respondía.
La situación era la siguiente: el veterinario  (de esas personas que afirman que son doctores, pero no era más que un médico de animales) de nuestro laboratorio llevaba veinte años haciendo las mismas cosas. Sí, a él no le gustaban los cambios. Su trabajo consistía en alimentar y cuidar a los animales de experimentación, de los cuales sacrificaba alrededor de cuarenta por mes. ¿Por qué? Porque simplemente nadie los ocupaba, porque nadie trabajaba. Hace un par de años llegó al laboratorio Carlos mi jefe actual, científico egresado de la UNAM. Traía consigo un caudal impresionante de conocimientos y la experiencia respaldada por varios artículos publicados. Venía con ganas de trabajar pues. No es por desdeñar a otras personas que trabajan allí,  pero él tenía la “calidad moral” suficiente como para afirmar que el veterinario no hacía bien su trabajo. Hubo pleito y el susodicho veterinario trató de sabotear las investigaciones. Los animales se le escapaban, no limpiaba sus jaulas y por lo tanto vivían sobre su propio excremento, y la temperatura de la habitación estaba por arriba de los 30°C. Los que no morían a causa del calor solían ser devorados por sus compañeros murinos de celda. Una vez encontramos una ratita que le faltaba una pata trasera. Si el animal ya traía una mutación o fue víctima de un trasplante clandestino es mejor no saberlo. Por último, el inmueble tenía algunos ocupantes poco agraciados: grandes cucarachas en el almacén de alimentos, chinches besuconas (¿de dónde rayos salen?) en el área de cirugía y larvas de algún insecto semiacuático entre los contenedores de agua. Precisamente eso representa la población mexicana, somos un conjunto de células que crecen en condiciones adversas, viviendo entre la bazofia y los parásitos.
Es por eso que los ratones transgénicos estaban mucho mejor en La Provincia. Allá por lo menos les limpian la jaula y los alimentan diario. Habría sido mucho esfuerzo en vano si los ratones se hubieran muerto.
Después de varios meses de trámites y dando por perdida su importación, los de la aduana se comunicaron al último momento para avisarnos que los ratones ya estaban en el país. Teníamos que ir a recogerlos al sur de la ciudad y partir hacia La Provincia, en donde se les reubicaría en su nuevo hogar. Todo en el menor tiempo posible, porque los ratones, al ser transgénicos, son delicados y era probable que no sobrevivieran al viaje. Recuerdo que en esa ocasión al llegar nos quedamos tres horas varados sobre la avenida principal, por efecto de las lluvias torrenciales de temporada y la mala planificación de la ciudad. Maldito tráfico provinciano, a veces se pone igual que en el DF. De milagro sobrevivieron los ratones, quizá ni siquiera son transgénicos.
Seis semanas después, nos informaron que los animales ya habían crecido y estaban listos para el trasplante con células madre. Si había sido una proeza llevar de una ciudad a otra de tercer mundo ratones extranjeros genéticamente modificados que no toleraban ningún tipo de alimento más que sus croquetas estériles de exportación nada baratas, eso no se comparaba con la siguiente parte del experimento. Objetivo: las células tenían que estar vivas al momento de ser trasplantadas. Pequeño inconveniente: había cientos de kilómetros de distancia entre mis células y los ratones.
Afortunadamente Carlos había anticipado que íbamos a tener las distancias en nuestra contra, por lo que dentro del presupuesto contábamos con la adquisición de una pequeña incubadora portátil. Uno se ve muy profesional cuando pasas con esa cosa, de acero inoxidable, fabricación alemana y con batería con seis horas de duración para mantener la temperatura a 37°C.  Quién nos viera con sofisticado aparato, con el único objetivo de preservar células vivas, mientras que en otros hospitales llevan los órganos para trasplante de un sitio a otro en hielo dentro de cajas de unicel marca OXXO.
El día esperado del trasplante tuve que llegar al laboratorio desde las 5 AM para tener todo listo. Solo nos faltaba un documento en donde nos daban autorización para poder sacar la incubadora portátil del laboratorio, no vaya a ser que nos la robáramos. Después de lidiar toda la mañana para conseguir las firmas de todos los jefes que puede haber (Jefe de Departamento, Sudirector de Investigación, Director de Investigación, Subdirector del Centro, Director del Centro de Salud, etc.), Carlos y yo por fin partimos hacia La Provincia, yo cargando la incubadora. Sobra decir que el guardia ni nos preguntó qué era lo que llevábamos dentro de la incubadora ni nos pidió el documento de permiso de salida. Tanta burocracia para perder nuestro tiempo, el de las células y el de los ratones.
Antes de abordar el auto, alguien me preguntó si con el aparato que yo traía me comunicaba con mis amigos extraterrestres. Quizá si le hubiera dicho que, técnicamente, llevaba millones de seres humanos en potencia dentro de esa incubadora, los cuales estaban destinados a formar monstruos dentro de ratones, habrían llamado de inmediato a Provida o a Greenpeace. 
Debo admitir que Carlos la hizo bien de chofer, conduciendo a 160 km/hora procurando esquivar todos los baches de la autopista, so peligro de que mis células saltaran de sus placas de vidrio y se desparramaran dentro de la incubadora.
Al llegar a nuestro destino, procedimos a hacer la operación quirúrgica para el trasplante. Nos habían procurado un especialista técnico para que nos ayudara a anestesiar los ratones. Sin embargo, el “especialista” se limitó a observarnos con una mascarilla puesta, detrás de la puerta de cristal, mientras nosotros dos estábamos encerrados en un cuarto improvisado para la cirugía, lidiando con los ratones y con las células. Todo porque el anestésico, cuyo nombre era fluor-ano (así se pronuncia, flúor-ano) era supuestamente peligroso, que te mataba las neuronas. Y el instituto no tenía la infraestructura necesaria para trabajar con esos materiales. Pero así es como se hacen las cosas aquí en México, a marchas forzadas e improvisando. Yo sólo recuerdo que me sentía muy contento y relajado mientras inyectaba las células a los ratones dormidos.  El “especialista” también se negó a ayudarnos en el antes y después de las operaciones, porque usábamos luz ultravioleta para esterilizar. Quién sabe por qué tanto miedo, si los rayos solares que inciden en algunas ciudades de La Provincia son mucho más peligrosos que una exposición directa de cinco minutos de luz ultravioleta.
En fin, han pasado dos meses desde aquello y me informan que los teratomas no se han desarrollado en los animales. Habrá que repetir el experimento.

Por: La vengadora de la ciencia.



domingo, 26 de octubre de 2014

Plaza Mauá

El cabaret en la plaza Mauá se llamaba Erótica. Y el nombre de batalla de Luisa era Carla.
Carla era bailarina en el Erótica. Estaba casada con Joaquín, quien se mataba trabajando como carpintero. Y Carla «trabajaba» de dos maneras: bailando medio desnuda y engañando al marido.
Carla era bella. Tenía dientes menudos y una cintura muy fina. Era toda frágil. Casi no tenía senos pero sus caderas eran bien torneadas. Le llevaba una hora maquillarse: después parecía una muñeca de porcelana. Tenía treinta años pero parecía de mucha menos edad.
No tenía hijos. Joaquín y ella no se hacían mucho caso. Él trabajaba hasta las diez de la noche. Ella empezaba exactamente a las diez. Dormía todo el día.
Carla era una Luisa perezosa. Llegaba de noche, a la hora de presentarse ante el público, empezaba a bostezar, tenía ganas de estar en camisón en su cama. Era también por timidez. Por increíble que pareciera, Carla era una Luisa tímida. Se desnudaba, sí, pero los primeros momentos de baile y requiebro eran de vergüenza. Sólo «se calentaba» minutos después. Entonces aparecía más desenvuelta, se contoneaba, daba todo lo mejor de sí misma. Para la samba era muy buena. Pero un blues muy romántico también la estimulaba.
La llamaban para que bebiera con los clientes. Recibía una comisión por cada botella de bebida. Escogía la más cara. Y fingía beber: no era de alcohol. Hacía que el cliente se emborrachara y gastara. Era tedioso conversar con ellos. Éstos la acariciaban, pasaban la mano por sus mínimos senos. Y ella con un bikini rutilante. Preciosa.
De vez en cuando dormía con algún cliente. Agarraba el dinero, lo guardaba bien guardadito en el sujetador y al día siguiente se iba a comprar ropa. Tenía ropa para dar y tomar. Compraba blue jeans. Y collares. Montones de collares. Pulseras y anillos.
A veces, sólo para variar, bailaba en blue jeans y sin sostén, los senos balanceándose entre collares resplandecientes. Usaba un flequito y se pintaba junto a sus delicados labios un lunar para realzar su belleza, pintado con lápiz negro. Era un encanto. Usaba pendientes largos que le colgaban, a veces de perlas, a veces de oro falso.
En sus momentos de infelicidad acudía a Celsito, un hombre que no era hombre. Se entendían bien. Ella le contaba sus amarguras, se quejaba de Joaquín, se quejaba de la inflación. Celsito, un travesti de éxito, escuchaba todo y la aconsejaba. No eran rivales. Cada uno tenía su compañero.
Celsito era hijo de una familia noble. Había abandonado todo para seguir su vocación. No bailaba. Pero usaba lápiz de labios y pestañas postizas. Los marineros de la plaza Mauá lo adoraban. Y él se hacía de rogar. Sólo cedía en última instancia. Y cobraba en dólares. Invertía el dinero, el cual cambiaba en el mercado negro, en el Banco Halles. Tenía mucho miedo de envejecer y de quedar desamparado. E incluso porque un travesti viejo era una tristeza. Para tener fuerza tomaba diariamente dos sobres de proteínas en polvo. Tenía caderas anchas y, de tanto tomar hormonas, había adquirido un facsímil de senos. El nombre de batalla de Celsito era Moleirão (el Despacioso).
Moleirão y Carla le dejaban buenas ganancias al dueño del Erótica. El ambiente tenía olor a humo y a alcohol. Y pista de baile. Era duro ser sacado a bailar por un marinero borracho. Pero qué hacer. Cada uno tiene su oficio.
Celsito había adoptado a una niñita de cuatro años. Era para ella una verdadera madre. Dormía poco para cuidar a la niña. A ésta no le faltaba nada: tenía todo de lo mejor y de lo bueno. Y hasta una sirvienta portuguesa. Los domingos Celsito llevaba a Claretita al Jardín Zoológico, en la Quinta de Buena Vista. Y ambos comían palomitas de maíz. Les daban comida a los muchachos. A Claretita le daban miedo los elefantes. Le preguntaba:
—¿Por qué tienen la nariz tan grande?
Celsito le contaba una historia fantástica donde aparecían hadas buenas y hadas malas. O también la llevaba al circo. Y los dos chupaban caramelos ruidosos. Celsito quería para Claretita un futuro brillante: matrimonio con un hombre de fortuna, hijos y joyas.
Carla tenía un gato siamés que la miraba con ojos azules y severos. Pero Carla casi no tenía tiempo de cuidar al animal: ya se pasaba el día durmiendo, ya bailando, ya haciendo compras. El gato se llamaba Leléu. Y tomaba leche con su lengüita fina y roja.
Joaquín casi no veía a Luisa. Se negaba a llamarla Carla. Joaquín era gordo y bajo, descendiente de italianos. Quien le dio el nombre de Joaquín fue una vecina portuguesa. Se llamaba Joaquín Fioriti. ¿Fioriti? De flor no tenía nada.
La empleada doméstica de Joaquín y Luisa era una negra despabilada que robaba cuanto podía. Luisa apenas comía para mantenerse en forma. Joaquín se llenaba con sopa minestrone. La empleada sabía de todo pero mantenía el pico cerrado. Se encargaba de limpiar las joyas de Carla con Brazo y Silvo. Cuando Joaquín estaba durmiendo y Carla trabajando, la sirvienta, de nombre Silvina, usaba las joyas de la patrona. Tenía un color negro medio grisáceo.
Fue así como sucedió lo que tuvo que acontecer.
Carla estaba haciendo sus confidencias a Moleirão, cuando la llamó a bailar un hombre alto y de hombros anchos. Celsito lo codiciaba y le roía la envidia. Era vengativo.
Cuando acabó el baile y Carla volvió a sentarse junto a Moleirãeto, éste apenas contenía su rabia. Y Carla inocente. No tenía la culpa de ser atractiva. El hombre grandullón bien que le había agradado. Le dijo a Celsito:
—Con éste me iba a la cama sin cobrarle nada.
Celsito permanecía callado. Eran casi las tres de la madrugada. El Erótica estaba lleno de hombres y de mujeres. Muchas madres de familia iban ahí para divertirse y ganar algún dinerito.
Entonces Carla dijo:
—Qué rico es bailar con un hombre de verdad.
Celsito brincó:
—¡Pero tú no eres una mujer de verdad!
—¿Yo? ¿Cómo que no lo soy? —se sorprendió la chica que esa noche iba vestida de negro, con un vestido largo y de manga larga, parecía una monja. Hacía eso a propósito para excitar a los hombres que querían una mujer pura.
—Tú —vociferó Celsito—, ¡de ninguna manera eres una mujer! ¡No sabes ni siquiera romper un huevo! ¡Lo sé! ¡Lo sé! ¡Lo sé!
Carla se volvió Luisa. Blanca, perpleja. Había sido herida en su feminidad más íntima. Perpleja, se quedó mirando a Celsito que estaba con cara de furia.
Carla no dijo palabra alguna. Se levantó, apagó el cigarro en el cenicero y, sin dar explicaciones a nadie, abandonando la fiesta en pleno auge, se retiró.
Permaneció de pie, de negro, en la plaza Mauá, a las tres de la madrugada. Como la más vagabunda de las prostitutas. Solitaria. Sin remedio. Era verdad: no sabía freír un huevo. Y Celsito era más mujer que ella.
La plaza estaba a oscuras. Luisa respiró profundamente. Miraba los postes. La plaza vacía.
Y en el cielo las estrellas.


Praça Maua, Clarice Lispector, del libro «El viacrucis del cuerpo».

El cuerpo

Xavier era un hombre truculento y cruel. Muy fuerte el hombre. Le encantaban los tangos. Fue a ver El último tango en París y se excitó terriblemente. No comprendió la película: pensaba que se trataba de un filme de sexo. No descubrió que era la historia de un hombre desesperado.
En la noche en que vio El último tango en París los tres se metieron en la cama: Xavier, Carmen y Beatriz. Todo el mundo sabía que Xavier era bígamo: vivía con dos mujeres.
Cada noche le tocaba a una. A veces dos veces por noche. A la que no le tocaba se quedaba presenciando. Ninguna tenía celos de la otra.
Beatriz comía que daba gusto: era gorda y enjundiosa. En cambio Carmen era alta y delgada.
La noche del último tango en París fue memorable para los tres. En la madrugada estaban exhaustos. Pero Carmen se levantó por la mañana, preparó un opíparo desayuno —con cucharas llenas de crema espesa de leche— y lo llevó para Beatriz y para Xavier. Estaba somnolienta. Fue necesario darse un baño en la ducha helada para ponerse en forma nuevamente.
Ese día —domingo— almorzaron a las tres de la tarde. La que cocinó fue Beatriz, la gorda. Xavier bebió vino francés. Y se comió solito un pollo entero. Entre las dos se comieron el otro pollo. Los pollos estaban rellenos con masa de harina de mandioca con pasas y ciruelas, todo impregnado, rico.
A las seis de la tarde, los tres se dirigieron a la iglesia. Parecían un bolero. El bolero de Ravel.
Y por la noche se quedaron en casa viendo la televisión y comiendo. Esa noche no sucedió nada: los tres estaban muy cansados.
Y así era, día tras día.
Xavier trabajaba mucho para mantener a las dos mujeres y a sí mismo: las comidas eran abundantes. Pero a veces engañaba a ambas con una prostituta excelente. Pero en casa nada contaba, pues no estaba loco.
Pasaban los días, los meses, los años. Nadie moría. Xavier tenía cuarenta y siete años. Carmen tenía treinta y nueve. Beatriz ya había cumplido los cincuenta.
La vida les sonreía. A veces Carmen y Beatriz salían a comprar camisas llenas de imágenes de sexo. Compraban también perfume. Carmen era más elegante. Beatriz, con sus lonjas, escogía un bikini y un sostén minúsculo para los enormes senos que poseía.
Un día Xavier llegó ya muy tarde de noche: las dos estaban desesperadas. Apenas si sabían que estaba con la prostituta. Los tres en verdad eran cuatro, como los tres mosqueteros.
Xavier llegó con un hambre de nunca acabar. Abrió una botella de champaña. Estaba en pleno vigor. Habló animadamente con las dos, les contó que la industria farmacéutica de su propiedad iba bien de finanzas. Y les propuso a ambas que los tres fueran a Montevideo, a un hotel de lujo.
Fue tal el barullo por la preparación de las tres maletas.
Carmen se llevó todo su complicado maquillaje. Beatriz salió a comprar una minifalda. Viajaron en avión. Se sentaron en la fila de tres asientos: él en medio de las dos.
En Montevideo compraron todo lo que quisieron. Incluso una máquina de coser para Beatriz y una máquina de escribir para Carmen, que quería aprender. En verdad no necesitaba nada, era una pobre desgraciada. Llevaba un diario: anotaba en las páginas del grueso cuaderno empastado en rojo las fechas en que Xavier la buscaba. Le daba el diario a Beatriz para que lo leyera.
En Montevideo compraron un libro de recetas culinarias. Sólo que estaba en francés y ellas no entendían. Parecían más palabrotas que palabras.
Entonces compraron un recetario en castellano. Y se esmeraron en las sopas y en las salsas. Aprendieron a hacer rosbif. Xavier engordó tres kilos y su fuerza de toro aumentó.
A veces las dos se acostaban en la cama. Largo era el día. Y, a pesar de que no eran lesbianas, se excitaban una a otra y hacían el amor. Amor triste.
Un día le contaron ese hecho a Xavier.
Xavier se excitó. Y quiso que esa noche las dos se amaran frente a él. Pero, ordenado de esa manera, terminó todo en nada. Las dos lloraron y Xavier se encolerizó furiosamente.
Durante tres días no le dirigió la palabra a ninguna de las dos.
Pero, durante ese intervalo, y sin encargo, las dos fueron a la cama con éxito.
Al teatro los tres no iban. Preferían ver la televisión. O cenar fuera.
Xavier comía con malos modales: agarraba la comida con las manos, hacía mucho ruido al masticar, además de comer con la boca abierta. Carmen era más refinada, le daba asco y vergüenza. Beatriz tampoco tenía vergüenza, hasta desnuda andaba por la casa.
No se sabe cómo empezó. Pero comenzó.
Un día, Xavier llegó del trabajo con marcas de lápiz de labios en la camisa. No pudo negar que había estado con su prostituta preferida. Carmen y Beatriz agarraron un trozo de palo cada una y corrieron detrás de Xavier por toda la casa. Éste corría todo desesperado, gritando: ¡perdón!, ¡perdón!, ¡perdón!
Las dos, también cansadas, finalmente dejaron de perseguirlo.
A las tres de la mañana, Xavier tuvo ganas de poseer a una de las mujeres. Llamó a Beatriz porque era la menos rencorosa. Beatriz, lánguida y cansada, se prestó a los deseos del hombre que parecía un superhombre.
Pero al día siguiente le advirtieron que ya no cocinarían para él. Que se las arreglara con la tercera mujer.
Las dos de vez en cuando lloraban y Beatriz preparó para ambas una ensalada de patatas con mayonesa.
Por la tarde fueron al cine. Cenaron fuera y sólo regresaron a casa a medianoche. Encontraron a un Xavier abatido, triste y con hambre. El intentó explicar:
—¡Es porque a veces me dan ganas durante el día!
—Entonces —le dijo Carmen—, ¿por qué no regresas a casa?
Prometió que así lo haría. Y lloró. Cuando lloró, Carmen y Beatriz se quedaron con el corazón destrozado. Esa noche, las dos hicieron el amor delante de él y él se consumía de envidia.
¿Cómo es que empezó el deseo de venganza? Las dos eran cada vez más amigas y lo despreciaban.
Él no cumplió la promesa y buscó a la prostituta. Ésta lo excitaba porque le decía muchas obscenidades. Lo llamaba hijo de puta. Él aceptaba todo.
Hasta que llegó cierto día.
O mejor, una noche. Xavier dormía plácidamente como buen ciudadano que era. Las dos permanecieron sentadas junto a una mesa, pensativas. Cada una pensaba en su infancia perdida. Y pensaron en la muerte. Carmen dijo:
—Un día nosotros tres moriremos.
Beatriz replicó:
—Y así y punto.
Tenían que esperar pacientemente el día en que cerrarían los ojos para siempre. ¿Y Xavier? ¿Qué harían con Xavier? Éste parecía un niño durmiendo.
—¿Vamos a esperar que Xavier se muera de muerte natural? —preguntó Beatriz.
Carmen pensó, pensó y dijo:
—Creo que las dos debemos darle una ayudita.
—¿Qué ayuda?
—Todavía no lo sé.
—Pero tenemos que decidir.
—Déjalo de mi cuenta, yo sé lo que hago.
Y nada de nada. Dentro de poco tiempo sería de madrugada y nada habría sucedido. Carmen preparó para las dos un café bien fuerte. Y comieron chocolate hasta la náusea. Y nada, nada ocurrió realmente.
Encendieron la radio a pilas y oyeron una angustiante música de Schubert. Era piano solo. Carmen dijo:
—Tiene que ser hoy.
Carmen era la líder y Beatriz obedecía. Era una noche especial: llena de estrellas que las miraban brillantes y tranquilas. Qué silencio. Pero qué silencio. Se aproximaron las dos a Xavier para ver si se inspiraban. Xavier roncaba. Carmen realmente se inspiró.
Le dijo a Beatriz:
—En la cocina hay dos cuchillos grandes.
—¿Y luego?
—Pues que nosotras somos dos y tenemos dos cuchillos grandes.
—¿Y luego?
—Y luego, burra, nosotras dos tenemos armas y podremos hacer lo que necesitamos hacer. Dios lo manda.
—¿No sería mejor no hablar de Dios en este momento?
—¿Quieres que hable del diablo? No, hablo de Dios porque es el dueño de todas las cosas. Del espacio y del tiempo.
Entonces entraron en la cocina. Los dos cuchillos grandes estaban filosos, eran de fino acero pulido. ¿Tendrían fuerza?
Sí, la tendrían.
Salieron armadas. La habitación estaba oscura. Ellas dieron de cuchilladas erróneamente, apuñalando la manta. La noche era fría. Entonces lograron distinguir el cuerpo dormido de Xavier.
La sangre copiosa de Xavier escurría profusamente en la cama, por el suelo.
Carmen y Beatriz se sentaron junto a la mesa del comedor, bajo la luz amarilla del foco desnudo, estaban exhaustas. Matar requiere fuerza. Fuerza humana. Fuerza divina. Las dos estaban sudadas, mudas, abatidas. Si hubieran podido, no habrían matado a su gran amor.
¿Y ahora? Ahora tenían que deshacerse del cuerpo. El cuerpo era grande. El cuerpo pesaba.
Fueron entonces al jardín y con la ayuda de dos palas cavaron en la tierra una fosa.
Y, en la oscuridad de la noche, cargaron el cuerpo hasta el jardín. Era difícil porque Xavier muerto parecía pesar más que cuando estaba vivo, pues se le había escapado el espíritu. Mientras lo cargaban, gemían de cansancio y de dolor. Beatriz lloraba.
Colocaron el gran cuerpo dentro de la fosa, la cubrieron con la tierra húmeda y olorosa del jardín, tierra buena para las plantas. Después entraron en la casa, prepararon nuevamente el café y se restablecieron un poco.
Beatriz, que era muy romántica, se pasaba el tiempo leyendo fotonovelas en las que ocurrían amores contrariados o perdidos. Ella tuvo la idea de plantar rosas en esa tierra fértil.
Entonces salieron de nuevo al jardín, agarraron una matita de rosas rojas y la plantaron en la sepultura del llorado Xavier. Amanecía. El jardín impregnado de rocío. El rocío era una bendición al asesinato. Así pensaron ellas, sentadas en el banco blanco que había ahí.
Pasaron los días. Las dos mujeres compraron vestidos negros. Y apenas comían. Cuando anochecía, la tristeza recaía sobre ellas. No tenían ya gusto para cocinar. De rabia, Carmen, colérica, rompió el libro de recetas en francés. Guardó el de castellano: nunca se sabía si aún podría ser necesario.
Beatriz pasó a ocuparse de la cocina. Ambas comían y bebían en silencio. El pie de rosas rojas parecía haber pegado. Buena mano para plantar, buena tierra propicia. Todo resuelto.
Y así quedaría cerrado el caso.
Pero sucedió que al secretario de Xavier le extrañó su prolongada ausencia. Había papeles urgentes que firmar. Como la casa de Xavier no tenía teléfono, fue hasta allá. La casa parecía impregnada de mala suerte. Las dos mujeres le dijeron que Xavier había salido de viaje, que estaba en Montevideo. El secretario no las creyó del todo pero pareció que se había tragado la historia.
A la semana siguiente, el secretario fue a la delegación. Con la policía no se juega. Primeramente, los agentes de policía no quisieron darle crédito a la historia. Pero, ante la insistencia del secretario, decidieron perezosamente dar la orden de búsqueda en la casa del polígamo. Todo en vano: nada de Xavier.
Entonces Carmen habló de esta manera:
—Xavier está en el jardín.
—¿En el jardín? ¿Haciendo qué?
—Sólo Dios lo sabe.
—Pero nosotros no vimos nada ni a nadie.
Fueron al jardín: Carmen, Beatriz, el secretario de nombre Alberto, dos agentes de policía y dos hombres más que no se sabía quiénes eran. Siete personas. Entonces Beatriz, sin ninguna lágrima en los ojos, les mostró la fosa florida. Tres hombres abrieron la sepultura, destrozando el pie de rosas que sufrían por casualidad la brutalidad humana.
Y vieron a Xavier. Estaba horrible, deformado, ya medio carcomido, con los ojos abiertos.
—¿Y ahora? —dijo uno de los agentes.
—Y ahora hay que detener a las dos mujeres.
—Pero —dijo Carmen— que sea en la misma celda.
—Mire —dijo uno de los agentes frente al secretario atónito—, lo mejor es fingir que nada ha sucedido, si no va a haber mucho barullo, mucho papeleo escrito, muchos alegatos.
—Ustedes dos —dijo el otro agente de la policía—, preparen sus maletas y váyanse a vivir a Montevideo. No nos joroben más.
Las dos dijeron:
—Muchas gracias.
Pero Xavier no dijo nada. Nada había realmente que decir.


Autor: Clarice Lispector, del libro «El viacrucis del cuerpo».

jueves, 14 de agosto de 2014

«La poesía como institución», Salvador Elizondo.




El homenaje que se ha venido rindiendo a algunos de nuestros poetas modernos durante este año me ha dado el indicio de una fuerza tremenda que habiendo pasado su periodo de gestación está naciente en el futuro próximo de este país.
He escuchado por la radio el nombre de López Velarde asociado a una ‘‘promoción’’ de muebles hechos en México con ‘‘calidad de exportación’’ y también he oído en varias ocasiones (casi siempre de patrocinio oficial) los versos de este poeta —extraídos siempre del más flojo y compendioso de sus poemas— citados en apoyo de patrañas tales como ‘‘La participación activa de López Velarde en la revolución con los carrancistas, etcétera’’, como si se tratara de subrayar un hecho que contradice de la manera más contundente lo que el propio López Velarde nos dice acerca de su ‘‘actitud’’ política en toda su obra, incluyendo La suave patria, cuya última parte es especialmente reveladora de una convicción que ya con amargura había plasmado en el último verso de un poema anterior, uno de sus mejores: El retorno maléfico.
No sé a ciencia cierta si este afán de exaltar a López Velarde por encima de su comedimiento en cuestiones políticas se ha reflejado un poco en contra de los otros dos poetas conmemorados y en especial contra Tablada y su obra que, de las tres, es la única que puede ser considerada como realmente revolucionaria aun a pesar de las ideas políticas de su autor, que, tengo entendido, no eran particularmente avanzadas o cuando menos no tan avanzadas como lo eran sus ideas poéticas.
¿Cuál es el orden en que ‘‘la Revolución’’ puede más fácilmente exaltarse a sí misma en la obra de los poetas? He ahí una pregunta que en el caso de las conmemoraciones poéticas de este año da lugar a más de una respuesta en grado absoluto; es decir que da lugar a varias respuestas equívocas, sobre todo si se tiene en cuenta que el patrón sólo admite de dos medidas, ambas ambiguas. Por una parte se juzga la vida de López Velarde (una vida inscrita —como lo revela su obra— dentro de los más estrechos márgenes de la inmutabilidad y de la indiferencia política) como de actitud revolucionaria y por otra se juzga la ‘‘personalidad’’ de Tablada (que tenía más talento aunque menos genio que López Velarde —como lo demuestra el carácter de su obra, eminentemente revolucionaria en el orden de la poesía—, un afán intenso de subvertir el orden tradicional) como la personalidad de un cobarde y de un personaje de poca monta.
Los patrocinadores tal vez no se hayan percatado, por el escaso aparato crítico que envuelve a la obra de Tablada, que posiblemente estuviera muchísimo más de acuerdo con el objetivo de sus ‘‘promociones’’ y sólo de su poema Tianguis los redactores de spots radiofónicos de nuestro organismo de comercio podrían extraer un cuantioso tesoro de dísticos con alto poder de convencimiento, como:

‘‘Los áureos chiquihuites
están llenos de chalchihuites…’’

‘‘…verde jaspe de los chilacayotes;
cinabrio de la flor de calabaza
y alabastro de los chinchayotes…’’

El hecho es que el reaccionario se ve exaltado como revolucionario y el revolucionario de la poesía se ve infamado como reaccionario político. Pero esto no es una casualidad. Obedecen este tipo de juicios a un imperativo que es el que comanda esa fuerza que ahora ya comienza a dar sus primeros frutos en la formulación de juicios —acerca de las características de cosas tan alejadas de la política como pueden serlo las obras de estos poetas— tan descabellados como antes. Esa fuerza es el nacionalismo.
La ‘‘grandeza histórica’’ de los pueblos es la medida en que ellos han influido en la vida de otros pueblos. El patrón que permite determinar esa medida es casi siempre un patrón cultural entre los pueblos cultos. Entre los otros es un patrón de dominio. Este último interesa poco ya.
Cualquier manipulación o mixtificación a la que los valores que la cultura aporta como elementos dados y consumados con fines que no son aquellos a los que la obra misma se dirige o ha sido dirigida por su autor, constituye una interferencia y una obstaculización al libre desarrollo cultural de un pueblo. La preferencia que las ‘‘promociones’’ establecen en favor de La suave patria por encima de  El sueño de los guantes negros no tardará en actuar contra los mismos patrocinadores.
Se percibe que con una tenaz insistencia se trata de exaltar ciertos valores de nuestra cultura que tiendan a fomentar el orgullo en sus instituciones y el diálogo más amplio entre todos, pero se emplea para ello el procedimiento de acendrar nuestro orgullo o en las formas más superficiales del inconsciente colectivo, mágico, como lo es el folklore, o en los equívocos históricos o críticos más profundos. ¿Mediante qué operación se realiza esta manipulación de los ‘‘valores culturales’’?
Mediante la operación de su institucionalización. Esta larga palabra permite que exista no sólo una ‘‘poesía institucional’’, un ‘‘partido (único) institucional’’, una ‘‘oposición’’ institucional, una prensa ídem y, asombrosamente, hasta una Revolución Institucional. ¿Quién, me pregunto, es el que instituye?
Por otra parte el análisis más sumario revela de inmediato, en el caso de todos los pueblos que han pretendido fundar su cultura en el nacionalismo ‘‘institucional’’, que pronto son presa de graves males, pues para subsistir han de echar mano forzosamente de sus propios materiales sin tener acceso a materiales mejores, pero externos. Es menester que los pueblos nacionalistas se abstraigan de un movimiento más vasto y general, la cultura, para poder complacerse con sus propios logros menores y no con el aprovechamiento de las realizaciones universales mejores. Cuando más profundamente cavan los pueblos en sus propias raíces por vía de esas manifestaciones casi siempre ininteligibles, como el folklore, más menguan la fuerza de su tronco y el esplendor de su follaje que son las manifestaciones conscientes y evidentes de su arte y de su pensamiento. No existe en esa medida ni una ‘‘cultura mexicana’’ ni tampoco una ‘‘cultura portuguesa’’ o una ‘‘cultura inglesa’’ —existe simplemente la cultura a la que mexicanos, portugueses o ingleses pueden hacer aportaciones de diversa índole. Si esa cultura no fuera universal no sería, justamente, la cultura.
Los pueblos de reciente o escasa tradición espiritual son llevados con frecuencia por el nacionalismo a abrevar en las mismas fuentes a las que son llevados los pueblos de vasta tradición cultural exhausta. El folklore, especialmente, es un vehículo apto para crear un esplendor grandioso en torno a le entidad que es capaz de institucionalizarlo, porque esa entidad demuestra ciertos poderes mágicos al elevar, ante los ojos de un pueblo, un ‘‘judas’’ de cartón a la potencia espiritual de una estatua de Moore o de situarlo de tal manera que sea equiparable a una escultura mexica; esa forma intrascendente (intrascendente porque ha sido concebida intrascendentemente por su autor que la ha concretado con papel, carrizo y cola, y que además la ha minado con petardos para hacerla saltar) va a plantear primero y a exigir después una actitud ritual por parte de sus contempladores en el Museo (Institucional) de Obras Efímeras e Intrascendentes (artes populares). Esa disposición ritual no tardará en convertirse en una exigencia que, por ejemplo, la Iglesia bendecidora de cañones satisface en un país tan institucionalizado como España y esa disposición exigirá tarde o temprano el hecho institucional por excelencia: la ceremonia colectiva.
Tanto por nuestro pasado histórico como por el testimonio de la historia contemporánea, es por todos motivos desaconsejable participar en esas ceremonias.

miércoles, 23 de julio de 2014

Permiso



Parece ser que llegué a la base de los camiones. Sí, aquí es la última parada. Cuando el camión se estacionó fue cuando el señor por fin se decidió bajar. Pero ahora ya no sé cómo me voy a regresar, no tengo dinero y no sé cuál es el camión de regreso.
Mi mamá me mandó sola a la casa de mi tía, me explicó qué camión debía tomar y dónde me tenía que bajar. Recuerda lo que tanto te digo, dijo, ándate siempre con cuidado, jamás hables con extraños, ni con mujeres ni mucho menos con hombres. Entonces me besó y me fui. Todo iba muy bien, no faltaba tanto, pero entonces se subió un señor que se sentó junto a mí. Yo jamás hubiera pensado que esto pudiera ser un inconveniente, hasta que me di cuenta de que ya era hora de bajarme y que no podía pasar sobre el señor. Traté de empujar los asientos de adelante pero no se movían y no encontré ningún botón en mi asiento para indicarle al conductor que ahí era donde me tenía que bajar. No podía pedirle al señor que me diera permiso, pero empujarlo tampoco me iba a funcionar, pues sus rodillas llegaban hasta el respaldo del asiento delantero. Y vi la casa de mi tía pasar, la seguía como si una cuerda mantuviera mi cabeza atada a ella, cada vez alejándose más. Mi vestido se estaba ensuciando por el sudor de mis palmas y mis labios resecos me ardían de tanto morderlos.
Tal vez se baje pronto, me decía, tal vez se baje ahora y yo pueda llegar caminando, al fin no es tan lejos. Pero el señor estaba de necio, pegado a su asiento como burlándose de mí, como retándome. Párate, párate, párate, repetía en mis adentros, pero nada. Entonces llegó el momento de la resignación. Cuando sabes que no hay remedio alguno, cuando aceptas que tu destino es la fatalidad y hasta te creas planes para que tu fin sea un poco llevadero. Escarbaba entre mis recuerdos para ver si de casualidad mi mamá no me había dicho un “sólo háblales si necesitas bajar del camión y ellos no se mueven” pero lo único que pasaba por mi cabeza era su dedo apuntándome y diciendo “No hables con extraños, no hables con extraños, ña ña ña”.  Entre que me decidía si decirle que me dejara pasar o no, me percate que el camión se había detenido y que los demás pasajeros bajaron. Servidos, gritó el conductor, comuníquenle a mis compañeros su nuevo destino.

Por Abril Ramos