jueves, 25 de agosto de 2016

El infierno

No es como lo pintan, ni tampoco es como muchos creen o quieren que sea. La mayoría lo imagina como un lugar debajo de la tierra en el que serás castigado por toda la eternidad con llamas que salen del suelo y diablillos divirtiéndose con sus tridentes ¿Se imaginan lo aburrido que sería tanto para el castigador como para el castigado? Seguro llegaría el momento en que tal castigo deje de ser doloroso y sea un día más en el que al despertar vas a tu cubículo a teclear y arreglar cosas por otros mientras compartes el espacio con otras diez personas haciendo lo mismo que tú. Aparte, tomando en cuenta que ni siquiera tienes un cuerpo físico o un sistema nervioso para sentir dolor, el castigo no suena realista.
Otros creen que el infierno es como nos lo hizo creer Dante, donde según tus pecados ibas a un círculo distinto del infierno, en el que podrías ver a gente de tu pueblo, a tus maestros y amigos, sufriendo el mismo castigo que tú. O si fuiste muy malo tendrías tu pase para estar al lado de Satanás.
Pero no, el infierno no es así. Se los digo por experiencia propia pues yo estoy muerto y habito en él. Perdí la cuenta de hace cuánto morí, pero ahora se me ha dado la oportunidad de contarles cómo realmente es esta tortura. El Infierno no es más que otra versión del mundo en que transcurrieron nuestras vidas. El castigo no es más que esperar a que se prepare un nuevo cuerpo físico para nuestra alma y eso dura nada más y nada menos que quinientos años. Aquí no importa si fuiste presidente o primo del amigo de alguien con poder, aquí todos esperamos lo mismo bajo las mismas condiciones. No tienes rostro, ni amigos, ni familia. Todos parecemos una sombra que varía entre el blanco y el gris oscuro. Podemos comunicarnos, pero de poco sirve convivir.
En este lapso vemos cómo otros nos recuerdan y nos lloran sin que podamos intervenir o hacer nada. Somos un ente invisible e incapaz de interactuar con las cosas de los vivos. Uno que vaga limitado a ciertas áreas.
Aquí, cada quien decide cuánto y cómo sufrir, los más jóvenes se limitan a seguir a sus padres y llorar al sentir la indiferencia de quienes hace unos días jugaban con ellos. Ves a madres caer en la locura al verse alejadas de sus pequeños. Algunos sufren tanto que empiezan a delirar diciendo que algún vivo los vio, otros caen en negación y esperan sentados su tiempo restante. Incluso intentan viajar a otras zonas a sabiendas que es imposible ir más allá de donde esté alguien que tenga un poco de relación contigo, y otros tantos. Como yo, nos la pasamos siguiendo de manera poco saludable a nuestros seres queridos, los vemos cada día de sus vidas, cometer errores, reír al superar nuestra partida, llorar al recordarnos, escuchar cómo piensan en nosotros. Verlos morir y no querer que estén a tu lado para que no les pase lo que tú estás pasando. Es una impotencia que no se puedan imaginar. Y, lo peor de todo, es sufrir al ver cómo para los hijos de los hijos de tus hijos, ya no eres nada. 
Este es el verdadero infierno al que estamos condenados y al que cada uno de nosotros va a llegar.


Por Juan Reyes

domingo, 21 de agosto de 2016

Unicornio



 ―Me han dicho muchas veces que todavía existen algunos, que un tipo es dueño de un ejemplar y que su rancho no queda muy lejos de aquí. Imagínate si consigo hablar con él, ¡tendríamos nuestros propios unicornios!
 ―No necesitamos unicornios, Erasmo, necesitamos vacas… o cabras, por ejemplo.               
De esto discutían Erasmo y Miriam ─más Erasmo que Miriam─, un matrimonio sin hijos que trabajaba todos los días en su rancho produciendo huevo y productos lácteos. También vendían algún animal cada cierto tiempo, por lo que trabajaban la crianza. Erasmo se quedó en silencio tratando de encontrar algo en los ojos de Miriam, su respiración se aceleró, las nubes liberaban al sol. El braco los observaba con el hocico abierto y la lengua colgando, con una sed exclusiva de los perros que no beben agua sino hasta encontrarse todo en completa calma.
 ―Qué ingenuidad, yo he visto a ese tal unicornio. Bueno, no lo he visto pero lo he olido, está a cincuenta y dos kilómetros al oriente. Vaya allí, jefe, y fin de la historia.  
Esa noche hicieron el amor: Miriam pensando en cómo haría para hacerse cargo del rancho mientras Erasmo estuviera fuera y, Erasmo, pensando en unicornios. Con esa idea en sus cabezas pasaron la noche.
 ―Según los rumores, este rancho de unicornios está detrás de la sierra, al poniente ―dijo Erasmo―.  Creo que rodearé para ir a la segura. Supongo que nos veremos en unos días.
Era como si Erasmo le hablara a la espalda de Miriam, quien actuaba como si Erasmo ya no estuviera, o como si ya no existiera. La mujer terminó de llenar el abrevadero de los caballos y luego tomó el semillero para las gallinas y así siguió con sus labores sin despedidas ni palabras para su marido. El braco dio un ladrido a Erasmo y los dos salieron del rancho, primero al poniente, pero, ante la terquedad del perro por ir al oriente: al oriente. Después de todo, el ranchero no contaba más que con rumores y confiaba más en la naturaleza que en 
especulaciones de otros rancheros.
 ―Es extraño, jefe. Su olor. Venga, por acá. Es extraño, le digo. Ese tal unicornio huele un poco a la brisa que me llega a veces desde el este, como a mar mezclado con la leña cuando arde. Imagino a esa bestia de un gran tamaño con colmillos más afilados que los míos, imagino que sabe nadar y cazar todo tipo de animales, tanto del mar como de la tierra e incluso del aire. Seguro que lanza fuego desde alguna parte de su cuerpo. Le dije que sería extraño.
Erasmo sólo oía sus propios pasos y los de su perro. Necesitaba de cierta sugestión cada que pensaba que todo aquello era una pérdida de tiempo. El sudor resbalaba por su frente. Miraba la inconmensurable variedad de piedritas en el suelo y al instante subía la mirada otra vez. Pensaba en ojalá no verse en la necesidad de acampar, porque eso lo pondría en medio de una circunstancia todavía menos favorable. Si acampaba, querría decir que anocheció, lo que significaba que le tomaría un día más tan sólo averiguar si el rancho de los unicornios existía o no.
―No puedo permitirme más de tres días fuera ―se decía―, ¿qué tal si Miriam se encuentra a otro hombre y si ese hombre ya trae consigo a un unicornio?
―Oiga, jefe, ¿le puedo hacer una confesión sin que me pegue con el periódico o me lance una bota? A veces pienso que ustedes dos son estériles, ¿sabe? Digo, lo que sea de cada quien, pero si yo tuviera una hembra, de inmediato tendría mis propios cachorros, dos o tres camadas al año. Por decir lo menos. Pero no lo tome personal, es sólo mi óptica de animal servil y salvaje.
Pasaron tres horas antes del primer descanso.
―Tenemos al sol encima, amigo ―decía Erasmo al perro―. Quiere decir que son las doce o un poco más. No hay mejor hora para descansar o hacer lo que sea. El sol, aunque joven, es manso a esta hora. Basta con un sombrero. Y dicho esto le obsequió una sonrisa a su perro para luego darle una mordida a un trozo de carne seca que llevaba consigo. De su bolsa sacó unos huesos.


 ―Mira ―le indicaba al perro― esto lo traje para ti. Sí pienso en ti, no creas.
Lanzó al piso los huesos y un pedazo de carne seca. El perro comió deprisa, parecía que no masticaba.
―Ésta es definitivamente mi comida favorita, jefe. Sí lo sé, es lo mismo que como todos los días desde que tengo edad para triturar. Pero de veras, es mi comida preferida, yo podría cazar, comerme a algún pollo de la granja, a una cabra e incluso a un carnero entero, en serio. No lo hago ni lo haré porque estos huesos son lo único que necesito.
Perro y amo continuaron toda la tarde por donde sale el sol. Conforme habían avanzado el paisaje había sido un poco diferente y con otro olor. Había más vegetación, la temperatura era menor. De la nada, el perro salió disparado.
―¡Eh! ¡¿Dónde vas?! Loco ―murmuró el ranchero.
El perro estaba olisqueando algo sobre un río. La cola apuntaba al cielo. Un instante después, cruzó. Y tras de él, el ranchero.
―¡Jefe! ¡Hay alguien! A treinta metros hacia el oriente. Un hombre, está solo. ¡¿Pero quién anda solo por estos lugares?!
Una franja tenue de humo sobresalía en el cielo. Llevaba directo a un campamento muy austero. Al verla, Erasmo supuso que alguien andaría descansando por allí, quizás también en busca del rancho de los unicornios. Se trataba de un hombre más joven. Cocinaba algo que parecían conejos empalados. Frente a él yacía un revolver en el suelo. El muchacho ni siquiera se inmutó al ver a Erasmo y su perro aproximándose.
―Buenas ―dijo Erasmo a modo de saludo.
Con la boca llena, el joven devolvió el saludo y ofreció al perro una pieza de carne. Parecía llevarse bien con los perros.
―Jefe, sé que está mal que lo diga después de haber recibido tan sabrosa ofrenda de este hombre, pero no me gusta su olor. Es, cómo decirlo, poco usual.
―¿Va a casa o viene de casa? ―preguntó el muchacho acercándole a Erasmo una pieza de carne.
Erasmo no se había detenido como para entablar conversación, quería seguir lo antes posible. Además era muy vergonzoso contarle a alguien, que no fuera su mujer, lo de los unicornios. Hubo algo de silencio antes de responder. 
―Voy a casa, pero antes debo pasar a hacer una diligencia ―dijo Erasmo rechazando la comida con la palma de la mano.
―¿Y usted, viene de casa o va a casa? ―preguntó Erasmo fingiendo interés.
―Estoy en casa, mi amigo. Éste es mi hogar. Por lo menos hasta encontrar lo que ando buscando. 
Tras escuchar aquello, una sensación de alarma brotó de Erasmo.  Inmediatamente pensó lo peor. Y lo peor era que ese mocoso también anduviera tras los unicornios. Y es que un joven tendría mayor oportunidad para conseguirlo que un viejo.
―Puede decirme, no soy ningún ladrón de ideas. ¿Qué busca?, sé que busca algo, todos buscamos algo. 
―¡Yo no busco nada! ―contestó irritado el campesino.
Erasmo retomó su camino tajantemente y lanzó un chiflido al perro que aún mordisqueaba el hueso desnudo.
Estúpido mocoso, pensó Erasmo, que giró la cabeza para encontrar al muchacho despidiéndose meneando despacio la mano. Estúpida juventud.  Tan altanera y arrogante. Yo seré quien tenga esos unicornios, pierdes el tiempo si piensas que me quedaré a derrochar el mío con una comadreja como tú. El cansancio difícilmente me doblega, ya estoy acostumbrado a esto. Quédate tú a descansar y a seguir tragando conejos.
Amo y mascota prosiguieron por dos horas más hasta poco antes del atardecer. En el camino ya se distinguían las huellas de pasos y ruedas de carreta.
―Mar y leña, mar y leña. Están aquí, jefe. Están aquí.
Detuvo el paso frente a una reja. Echó una mirada a lo que parecía un paisaje demasiado calmado para ser un rancho de unicornios. Pensó en seguir y descartar la posibilidad de esta primera parada, pero antes de poder decidirse, su perro entró corriendo hacia la propiedad. Erasmo decidió entrar.
 ―¿Por qué no vino a caballo? ―dijo una voz desde el interior de unos maizales gigantes que paralizó a Erasmo. De ellos salió un viejo ─más que Erasmo─ cuyo rostro estaba impreso con aires de una alegría sin fundamento.
―Perdone, señor ―dijo Erasmo quitándose el sombrero―. Fíjese que mi nombre es Erasmo, también soy ranchero y tengo tierras no muy lejos de aquí.
Al tratar de explicarse, en las comisuras de los ojos se le notaban a Erasmo unas arrugas que casi nunca aparecían.
―Verá... pos estoy buscando un rancho donde dicen que hay unicornios.
Esto último diluyó toda la dignidad que poseía Erasmo.
―Yo me llamo Antonio, pero no me has respondido, muchacho.
―¿Qué cosa, don? Disculpe…
―¿Por qué has venido a pie?, dices que eres ranchero, ¿no sabes montar?
No sabía cuál de todas las respuestas dar. Su mujer no le autorizó usar la energía de uno de los caballos para esto, porque ella piensa que es algo que rebasa la ridiculez. Pero era algo que no iba a confesarle al viejo.
El viejo rió durante algunos segundos. 
―¡No me digas! ¿Tu mujer no te dio el permiso para usar un caballo para esto? ―dijo el viejo ante la cara roja de Erasmo―. Ven, vamos adentro y cuéntame más sobre esos uniconos.
―U… unicornios. Pues fíjese que son como caballos pero con un cuerno en la frente.
Antonio se agarraba las barbas mientras oía a Erasmo.
―¿Y alguna vez has visto a uno?
―No, señor. 
La casa olía a lo que huelen todas las casas rurales: barro y humedad. Adentro, una mujer mayor revisaba una olla que hervía.
―Mira, ella es mi mujer ―señalaba Antonio―. Socorro, él es… ¿cómo dice que se llama? ―preguntó después a Erasmo.
―Erasmo. Un gusto, señora ―se presentó tendiendo la mano.
―Erasmo anda buscando unicornios ―repuso el viejo a su mujer quien con una sonrisa y menando la cabeza parecía burlarse―. Pues, Erasmo, yo creo que hoy estás de suerte. Porque creo que allá en el establo está lo que buscas: un caballo con un cuerno en la frente. Ni más ni menos.
Las piernas de Erasmo falsearon, por primera vez experimentaba aquella sensación de creer estar soñando. Inmerso en la necesidad de cerciorarse, discretamente fingió rascarse la cabeza para jalar con fuerza su cabello. Tal vez morí de hambre en alguna parte del camino y todo esto es el paraíso, pensó.
 ―Pero sólo tengo uno ―aclaró el viejo dirigiéndose al establo― debes saber que estos animalitos no tienen órganos sexuales, no tienen sexo. No que yo sepa, por lo que sólo se conciben una vez. No hay camadas, nace uno a la vez.
―¿Cómo es eso posible? Si no son ni machos ni hembras...
―Verás, el único modo de hacerse de uno es mediante el milagro. Sí, para engendrar unicornios, un caballo fértil y una cabra en celo deben coincidir en el acto. Y aun siendo de especies distintas, deben tener alguna clase de interés el uno por el otro. En veinte años se me han logrado tan sólo dos. Es un riesgo muy costoso, Erasmo. Si el caballo rechaza a la cabra, o viceversa, ambos mueren pasados seis días. Por lo que un individuo, en el afán de obtener lo impensable, se queda con lo impensable: sin el caballo y sin la cabra.
Ya casi no había luz. Las luciérnagas rondaban inquietas en busca de carne de otros insectos. A unos pasos del establo, Erasmo sentía que iba a desmayarse. La puerta se abrió y, junto a una cabra suiza estaba un pequeño unicornio blanco que parecía destellar al mismo tiempo la luz del sol y la de las luciérnagas. El unicornio y Erasmo se vieron a los ojos, en ese instante Erasmo pensó mucho en su mujer de un modo curioso, distinto, mientras se daba cuenta de que su perro estaba no muy lejos de él bebiendo agua como loco de una tina cercana.

Por Alejandro Valdez


domingo, 22 de mayo de 2016

El empleo



Como de costumbre llegaba temprano a mi empleo. A veces entraba de puntillas por la puerta trasera, los trabajadores sufrían de paranoia y cuando menos lo esperaban les daba un susto imitando la voz del jefe. Enseguida aceleraban el ritmo y guardaban silencio por algunos minutos, pero lo más divertido era ver las caras que ponían. Después registraba la hora de mi llegada en la computadora más sofisticada con la que contábamos: una Windows 95, en pleno 2013, y me ponía el uniforme de chef. No era enteramente blanco. Tenía casi un año y el deterioro era evidente. Hacía un par de meses que le había solicitado uno nuevo al jefe y cuando preguntaba por él, me respondía que no fuera impaciente, que estaba en camino.
El siguiente paso consistía en organizar el área de trabajo. Sacaba los recipientes e ingredientes para la elaboración de aros de cebolla, pepinillos, papas, pescado y otros vegetales que requirieran ser freídos. El local abría las puertas a las diez y media, debido a que la mayoría de los trabajadores de la zona salían a comer entre las once y la una. Mis obligaciones consistían en supervisar la sección de comida frita y tomar el lugar de algún empleado cuando faltara. El negocio se llamaba “La cueva de las hamburguesas”, ubicado en una de las mejores zonas de la región noroeste de la ciudad, bajo el lema de “Siempre fresco, nunca congelado” que en realidad era “Siempre congelado, rara vez fresco”. Alrededor existían una gran variedad de restaurantes de comida rápida, pero éste contaba con un menú de carnes exóticas como búfalo, jabalí y venado, hasta las más clásicas como pavo, res y pollo. El lugar era atendido por un amplio personal especializado en comida tradicional. El chef Mario que tenía dos años en el negocio y que su mejor cualidad era la paciencia. Yo, su asistente y amigo.  Los cajeros José y Mike, este último nos mantenía entretenidos con sus tragedias sentimentales: cambiaba de novia cada semana, porque cada semana encontraba al amor de su vida. Dos preparadores: Ricardo y Nohemí, de los cuales apenas conocí su nombre. Ellos se encargaban del turno de la tarde. Y Martha, la mesera, la pobre tenía que soportar a nuestra refinadísima y prepotente clientela; la mayoría de ellos que aunque no dejaban ni un cuarto de dólar de propina seguían siendo pudientes y tacaños.
El lugar era lo tripe de tamaño de cualquier restaurante de comida rápida. La decoración era una inmensa colección de fotografías de la vida y obra del dueño y fundador; desde que nació, cuando ingresó al jardín de niños, cuando tuvo su primera novia, cuando lo mandaron a la friendzone, el día de su boda, e incluso cuando se  convirtió en abuelo. Sin embargo -enmarcadas en marcos grandes y dorados- las fotos más llamativas eran las de su paso por el ejército. En la mayoría de ellas portaba con orgullo diversas armas de varios calibres y sonreía de emoción. A veces daba la impresión de que la guerra lo divertía. También había adornado una mesa exclusiva para el soldado caído, con una fotografía de un desconocido, la bandera del país, un servicio completo de cubiertos, un florero con un lupino de imitación y algunas insignias militares.
 Mr. Greg, nuestro amado jefe, nos contó historias acerca de cómo el ejército estadounidense había salvado al mundo. Según él, los vietnamitas eran seres infernales, llenos de maldad y odio, y que gracias a que habían sido vencidos por Estados Unidos el mundo podía respirar tranquilo. Uno de los detalles que más les gustaba a los clientes, en su mayoría gente blanca, era el cartel colgado en la puerta principal donde hacía hincapié al derecho de los ciudadanos a portar armas en el establecimiento. Aún recuerdo a una clienta a la que no le gustó su hamburguesa y se la tuvimos que cambiar más de tres veces. Estaba histérica y muy molesta, pero sólo podíamos darle la razón debido a la Magnum 45 que la respaldaba.
Nuestros salarios eran buenos, claro, si no se tomaba en cuenta que eran condicionados por el género, la experiencia y la situación migratoria. Había un excelente ambiente de trabajo, exceptuando los casi cinco días de la semana de todos contra todos. Era un caos cuando el negocio se llenaba, cometíamos tantos errores y nadie se hacía responsable. ¿Cómo íbamos a imaginar lo que estaba a punto de suceder?
Mr. Greg asistía cuatro veces por semana a supervisar al personal, a elaborar cheques, a llenar papelería o a verificar que se cumplieran los requerimientos de la ciudad, que siempre estaba al pendiente de la seguridad o, más bien, al pendiente de multarnos. Una vez Mr. Greg dejó de ir y el pánico nos invadió. Los cheques no salían, nosotros teníamos que pagar cuentas propias, no había pagos a proveedores, los insumos se agotaban y él sin dar señales de vida.  Era bien sabido que sufría cáncer en la piel y diabetes, no se nos ocurrió otra cosa que darlo por muerto y como su familia nunca aparecía comenzamos a elaborar nuestra propia liquidación. Nos pusimos de acuerdo para cerrar el negocio un domingo por la noche después de que Mike hiciera el corte de caja y nos diera lo que nos correspondía. A punto de recibir nuestro sueldo atrasado escuchamos cómo abrían la puerta trasera. El miedo nos paralizó y con sorpresa vimos al jefe con dos maletas en las manos y con ropa de veraniego. Nos preguntó qué era lo que estábamos haciendo. Yo le contesté que era obvio, cerrar. Comenzó a carcajearse y nos dijo que había olvidado avisarnos de sus vacaciones.   
De ahí, poco a poco dejó cada vez más el restaurante en nuestras manos.
Mario mantenía todo en orden, desde realizar los pedidos, abrir y cerrar el negocio, hacerse cargo del personal y tratar con proveedores. Si alguien renunciaba, el dueño de inmediato se esmeraba en contratar a un veterano de guerra o algún policía retirado, pero éstos se iban a la semana, rara vez duraban un mes. Alguna vez mencionó en tono de broma que se había resignado a estar con nosotros porque no le quedaba de otra. La mayor parte del tiempo nosotros manejábamos el local. Mantuvimos un índice aceptable de ventas. Cuando había una queja de un comensal lo referíamos al correo electrónico del dueño y le regalábamos una galleta de mantequilla de maní recién hecha. A final de cuentas el restaurante era el sustento de nuestras familias y tratábamos de cuidarlo. Hace dos meses Mr. Greg llegó con otra grandiosa idea: según él transformaría el restaurante por las noches en un lugar de cenas familiares. El menú que introdujo tenía como platos principales cerdo en barbacoa, fajitas, chuletas, papas y frijoles dulces. Sin embargo los clientes seguían viendo el lugar como un restaurante de comida rápida y sin más remedio las cenas fracasaron. Al mes siguiente comenzó a bajar la cantidad de los pedidos, dejó de ordenar productos de marca y los sustituyó por productos de menor calidad, por consiguiente bajaron costos y calidad. Ya no contrató los servicios del fumigador. Si aparecía alguna cucaracha cuando atendíamos a los clientes de inmediato hacíamos circo y maroma para que no la vieran. Los productos de limpieza se fueron agotando, tuvimos que traer los nuestros. Cuando no había algo del menú, les insistíamos a los clientes que eligieran otro plato, que debido a la alta demanda había productos agotados. Incluso el aire acondicionado sufrió averías, obligándonos a poner cubetas en medio del restaurante para contener el agua que caía.
    Comenzamos a preocuparnos y a manifestar nuestras inquietudes con el chef encargado, él nos tranquilizó diciéndonos que tomáramos en cuenta el par de contrataciones que acababa de hacer Mr. Greg, su personalidad excéntrica, la costumbre que tenía de bromear y de hacer cambios radicales. Nos confiamos. Así pasaron casi tres semanas llevándose utensilios de cocina, papelería y dejando de hacer pedidos, y nosotros felices de la vida pensando que renovaría el negocio. El lunes de la última semana del mes nos presentamos a trabajar con toda normalidad, sin embargo ya no pudimos entrar al restaurante. En la puerta estaba el dueño con un equipo de personas sacando refrigeradores, estufas, hornos, mesas y sus horrendas fotografías.  Tiraba montañas de pan, carnes, vegetales en perfecto estado, refrescos, agua embotellada y condimentos. Antes de que pudiéramos decir algo nos vio con indiferencia y nos pidió que esperáramos un momento. Nos entregó el último cheque y nos dijo que se encontraba fuera del negocio. Se dio media vuelta y continuó con lo que estaba haciendo.
Sentí coraje, tristeza, quería golpearlo. ¿Cómo podía tratarnos así? No tuvo la delicadeza de avisarnos acerca de sus planes y ni siquiera nos dio las gracias. Era fin de mes, y tenía que pagar la renta, el servicio eléctrico, la manutención de mi hijo y comprar alimentos. Pero no solo yo vivía la tragedia, mis compañeros también estaban afectados. Martha lloraba, Mario no sabía que decir, Mike hablaba por celular con su novia contándole lo ocurrido y el otro cajero comenzó a llamar a los del turno de la tarde para que llegaran a cobrar antes de que terminaran de sacar las cosas y el jefe se fuera sin pagarles. Afectados y sin ánimos nos fuimos a tomar un café al restaurante de al lado. ¿Qué haríamos? Nos preguntábamos mientras bebíamos. Yo iría el siguiente día a la oficina de desempleo en busca del fondo de emergencias, donde solo me darían la tercera parte de mi sueldo. Eso no me alcanzaría ni para pagar los servicios básicos. Mis compañeros no tendrían ni eso. Martha continuaba llorando, tratamos de tranquilizarla sin mucho éxito. Los demás solo hablaban de buscar un nuevo empleo lo más pronto posible. Al finalizar el café nos despedimos con nostalgia, prometimos llamarnos.
Ha pasado un mes y todavía no encuentro empleo. Se me han acumulado las deudas, no hay día en que mi ex esposa no me llame para exigirme la manutención de mi hijo, amenazando con que no me dejara verlo si no pago mis obligaciones. No he sabido nada de los cajeros, no contestan mis llamadas. Mario está trabajando en un hotel como ayudante del chef, por menos de la mitad de lo que ganaba, Martha se mudó a otro estado donde sus familiares la ayudarían. Lo último que supe de Mr. Greg es que se dedica a viajar y a dar pláticas de matrimonios saludables en la iglesia donde es miembro. Siempre nos decía que la nación, la familia, la iglesia, pero sobre todo el trabajo, son los pilares para la formación de excepcionales y valiosos seres humanos. Entonces, ¿qué somos nosotros?


Por: Susi Cortés

lunes, 16 de mayo de 2016

Sweet dreams



No paró de contarme sobre cómo triunfa todas las noches en el antro, de cómo impone tendencias, de la importancia de usar ropa de diseñador e importada, del maquillaje perfecto, de tener lugar permanente en el área VIP, de lo crucial de las relaciones públicas y de las horas invertidas en el gym. No paró de hablar de lo mismo hasta ese día en que me contó aquella horrible pesadilla en la que se vio a sí mismo en su habitación, frente al espejo. Estaba solo, desnudo y despierto.

Por Ángel Aceves

domingo, 17 de abril de 2016

La vergüenza



Segismundo siempre quiso ser asesino, pero era estúpido y pobre como la mayoría de los que vivían en el pueblo. Apenas había cumplido los treinta y cinco cuando su madre lo echó de la cama por haberle tirado tres dientes mientras dormía. Como castigo lo mandaba al baño en las noches.
Junto con su hijo se dedicaban a la costura. Nunca se preocupó por enviarlo a la escuela. Cuando le preguntaban por qué, siempre respondía con toda naturalidad: Nació para idiota y para eso no se estudia.
El padre de Segismundo se había marchado con una fulana mucho antes de que él naciera y, a pesar de habérselas arreglado, después de que la fábrica textil abrió en el pueblo, la amenaza de quedarse hambrientos y en la calle, era cada vez mayor.
Con el paso del tiempo la trasnacional, dueña de la fábrica, se volvió dueña del pueblo. Los comerciantes cerraban sus negocios, uno a uno, y se convertían en sus empleados. Únicamente sobrevivían las putas del parque, una lonchería y la tienda de armas, a quienes, por alguna razón, aun no les habían encontrado sustitos para competir.
Finalmente la mujer no tuvo más remedio y mandó a Segismundo a trabajar a la textil. Ya había pasado un mes, y aun cuando lograban colocar a  cualquiera, Segismundo parecía no ser apto ni para el área de limpieza. “Para nada sirves”, le repetía ella todas las noches, antes de mandarlo al baño. Pasaron los meses hasta que pudieron encontrarle una vacante como botarga del nuevo minimercado. Sólo tendría que ponerse el traje y bailar por seis horas, seis días a la semana.
“Empiezas mañana. Tuve que ir por tu cochino disfraz, porque seguro lo pierdes”, dijo la mujer, mientras apuntaba con el dedo a la mesa del comedor. Su hijo agachó la cabeza, torció la boca y asintió.
A mitad de la noche Segismundo despertó. En silencio fue a ver lo que se pondría por la mañana. Sacó la cabeza lentamente de una bolsa negra. Le produjo horror, sin embargo no gritó. Las palizas de su madre cuando la despertaba, le asustaban aún más. Como un fantasma se dirigió al cajón de las cosas de costura. Se pasó la noche en vela haciéndole cambios a la botarga. Tijera en mano cortaba retazos de los encargos de los clientes, no paraba de pensar en la gente del pueblo mientras cosía. Remató colocando en la cabeza un sombrero viejo de su madre. Cuando terminó sonrió satisfecho, se puso el traje, regresó a la habitación y se quedó parado frente a la cama hasta que la mujer despertó.
Ella, al verlo, abrió los ojos como si tuviera al diablo enfrente. Era como mirarse las entrañas en un espejo. Así estuvo un rato, hasta que dejó de ver a su hijo y la botarga se estaba viendo a sí misma. Su boca parecía desencajarse, la respiración se le cortaba y los ojos se le pusieron en blanco. Segismundo no entendía lo que estaba pasando, pero le gustaba ver a su madre en ese estado, así que se le fue acercando, poco a poco, hasta tenerla de frente y tocarla. En ese instante la mujer cerró los ojos y murió, así, con la rigidez de una momia.
Segismundo estaba fuera de sí, dando brincos y echando carcajadas. Salió de casa con el traje todavía puesto. Una vieja fisgona que espiaba a los vecinos desde su balcón, al verlo cayó como si fuera un tronco, haciéndose añicos la cabeza. Pasó lo mismo con el policía de la avenida, la vendedora de tamales, los oficinistas del palacio municipal; todos los que se cruzaban en su camino caían como palos de escoba. Para mediodía las calles del pueblo eran un tiradero de cuerpos rígidos. La noticia se corrió y todos se atrincheraron en sus casas.
El asesino se fue a esconder al monte y estuvo ahí con el traje puesto unos días. La gente de pueblo olvida muy rápido, sobre todo lo que le provoca incomodidad. Una noche, mientras hacía una cama con hierbas y ramas, Segismundo vio cómo el cielo del pueblo estallaba, con chispas de colores, una guerra de luces que salían de la tierra. Era la fiesta por el aniversario de la transnacional. Bajó, con su disfraz puesto, hipnotizado, hasta la plaza principal donde el pueblo celebraba. Las autoridades reinaban la celebración desde sus tarimas y mesas con sirvientes, bebiendo y bailando.
Segismundo se fue abriendo paso entre la multitud que caía como fichas de dominó. Los que no morían se quedaban rígidos en el suelo, boca de pescado y ojos en blanco, con las pupilas volteadas, como si estuvieran mirando dentro de sí.

Por Ángel Aceves

jueves, 14 de abril de 2016

La mirada



Apenas había llegado hace algunos días al pueblo y de inmediato comencé a tener síntomas de cansancio y estrés. En mi piel se podían notar las quemaduras hechas por el sol. Mi apariencia por lo regular era la de una chica sana, pero ahora parecía una modelo de alguna marca de productos dietéticos. Mis huesos eran casi visibles y las bolsas debajo de mis ojos estaban tan abultadas que parecía que estallarían. Empecé a tener dificultad para conciliar el sueño. La humedad y las constantes picaduras de mosquitos contribuían a mi martirio. Algunos días no podía soportar levantarme a las cinco de la mañana y regresar hasta altas horas de la noche.
Formé parte de una asociación de rescatistas a nivel nacional. Todas las actividades que realizábamos parecían fáciles de llevar a cabo. Colaboré en programas de ayuda a indigentes, rescate de animales y en un asilo de ancianos. Mantuve largas conversaciones con ellos, la mayoría de ellos habían sido abandonados por sus familiares y apreciaban que los tomaran en cuenta. Hacía ya una semana que un huracán de categoría cinco había tocado las playas del sur del país y pronto recibí la propuesta para unirme a las labores de rescate.  No era consciente de la magnitud del desastre hasta que llegué a ese lugar. Tenía entrenamiento y creí que era suficiente para brindar apoyo.
Debido a la falta de suficientes refugios se me asignó quedarme en una casucha mal   construida de las pocas que seguían en pie. El lugar era maloliente, con apenas un cuarto de descanso, una cama vieja y un par de velas. La cocina contaba con algo de agua, comida, una   parrilla y leña podrida, aunque era un palacio comparado con la mayoría de las casas que fueron destruidas por los devastadores vientos e inundaciones. Con el paso de los días el trabajo aumentó y el nivel del agua fue disminuyendo, facilitándonos la limpieza, las labores de rescate y recuperación. Por consecuencia tendría que pasar más tiempo en el pueblo. Sólo de pensarlo me provocó molestia y frustración. Seguía sin dormir bien y al intentar hacerlo de nuevo comencé a escuchar golpecitos en la puerta. Pensé que era parte de mi imaginación, sin embargo volvieron a oírse.  Me levanté con miedo, los pies me temblaron y por mi cuerpo recorrió un frío que casi me paralizó.  Me asomé por una rendija de la puerta que se había formado en la madera con el paso del tiempo. No podía ver bien, la oscuridad me lo impedía. Decidí salir sin estar convencida, pero la incertidumbre de no saber lo que realmente pasaba me obligó.  
El ambiente era tenso, desagradable y asfixiante. El viento sopló un poco. En la esquina de la casa se encontraban un par de sillas que de milagro se mantenían en pie, cerca de ellas árboles caídos y basura acumulada. Alcancé a distinguir un sapo que brincó hacia donde me encontraba, me asusté y regresé al cuarto. El sueño al fin me venció. Al amanecer, los rayos del sol se posaron directo en mi rostro y me despertó el canto de las aves. El grupo de rescate pasó por mí poco tiempo después. Nos dirigimos a una de las zonas más dañadas por la tempestad. Solo había caos, comercios derribados, animales muertos, negocios destruidos, escuelas e iglesias deshechas. Lo peor fue cuando comenzamos a limpiar. Debajo de los escombros de lo que alguna vez fueron hogares yacían cuerpos sin vida, personas que no lograron escapar o que tal vez prefirieron quedarse en casa por miedo a ser víctimas de la delincuencia. Me quedé paralizada sin saber qué hacer. No hay entrenamiento alguno que instruya para ver la muerte y el sufrimiento de cerca.
Cuando llegó la noche y regresé a la improvisada vivienda me senté en medio de la cama sin intención de nada. Perdí la noción del tiempo recordando los rostros de desesperación, de angustia, de dolor y algunos otros de resignación.  Volví a oír los golpecitos en la puerta, pero no me importó. Estaba segura de que era mi imaginación que intentaba engañarme una vez más. El cansancio físico me venció hasta hacerme dormir.
Al otro día me levanté antes de lo acostumbrado, seguía sin apartar mis pensamientos de las caras de pena y agonía de quienes no lograron sobrevivir. Transcurrió una semana y yo apenas dormía lo suficiente. Comencé a experimentar sensaciones de terror y ansiedad.
Me encontraba nerviosa, no deseaba conversar con nadie y me sentía irritada. Mis compañeros notaron los cambios y sugirieron que regresara a la ciudad. La última noche que pasé en aquel lugar recuerdo que volví a escuchar los golpes en la puerta. Traté de ignorarlos pero su insistencia me empujó a salir. Sentí cómo la cabeza me estalló, el dolor era insoportable. No había nadie afuera y regresé a prisa. Quería dormir. Ya no podía soportar seguir despierta. Casi al llegar a la cama la insistencia en la puerta reapareció. Me detuve, di vuelta rumbo a la entrada, me asomé por la rendija. Seguía sin ver a nadie. Sentí ganas de correr, de llorar y de gritar. Un sentimiento indescriptible se apoderó de mí. Después llegó la calma y no logré recordar más.
A la mañana siguiente escuché a los rescatistas tocar con fuerza y desesperación la puerta. Deseaba ir a abrir, pero no pude. La tiraron. Mi compañera dio un grito espantoso y no paró de llorar. Yo seguía sentada en la cama, sin inmutarme y sin poder ver.
Estoy en el hospital. Me han realizado todo tipo de estudios. Los médicos dicen que ya no volveré a ver. El daño que sufrieron mis ojos es irreversible. Mejor vivir seca a sentir la mirada acusadora de aquellos cuerpos sin vida.



Por Azucena Cortés

martes, 19 de enero de 2016

La libélula



Ni siquiera podía mantenerse en pie, cada día disminuían sus fuerzas. Confinado a una celda sucia, mal oliente, con una deteriorada letrina de la que salía sin cesar un olor a drenaje y una  ventana que apenas permitía distinguir la luz del sol. Un hombre que alguna vez fue el ejemplo para su familia y la sociedad, cumplía su condena. Desde que era un niño, Bruce H. Reece se interesó por la vida de los insectos. Le gustaba explorar en los alrededores de su vecindario husmeaba, en los patios, en la escuela y en cualquier lugar a su alcance con la esperanza de encontrar cualquier bicho para poderlo admirar.
Con el transcurso de los años, su pasatiempo se convirtió en su pasión. Se graduó de biólogo con la tesis “El mundo de los insectos”.  Fue catedrático de Biología General en la Universidad de Kansas. Tenía a cargo proyectos de investigación en preservación y protección de la diversidad biológica y recursos. El Dr. Reece era admirado por compañeros de trabajo y alumnos. Con casi cincuenta años aún sentía la necesidad de seguir aprendiendo y de lograr un descubrimiento que aportara información relevante. 
Decidió realizar una investigación que consistía  en descubrir por qué la especie Pantala flavescens hace la migración más larga en el mundo de los insectos. Para él las libélulas eran fascinantes, tanto por sus características fisiológicas como conductuales. Disfrutaba ver los  extraordinarios coloridos, las espectaculares acrobacias en el vuelo y sus peculiares características.
Viajó al sur de la India en compañía de su colega el doctor Richard Watson, con la consigna de estudiar el viaje de las libélulas que comienza desde aquel lugar hasta África, incluso superando  el  recorrido de  la migración de las mariposas monarca. Les parecía un fascinante  debido a que las islas que componen las Maldivas se encuentran de 500 a 1.000 kilómetros de la costa del sur de la India y están formadas por arrecifes de coral que apenas tienen agua dulce, necesaria para que estos insectos completen su ciclo de vida, lo que implica un viaje de 600 a 800 kilómetros a través del océano.
El proyecto marchaba como se había planeado. En compañía de un guía local los dos científicos se adentraron  a uno de los litorales más vírgenes con la intención de obtener los resultados esperados. Por semanas, documentaron y realizaron las pruebas necesarias. Padecieron las inclemencias del clima y del entorno. No estaban acostumbrados a la incomodidad de pasar varias semanas en un lugar casi inhóspito, aun así la satisfacción de hacer  lo que más les gustaba y con la esperanza de conseguir más prestigio, impedía  que le dieran mayor importancia a las circunstancias que los rodeaban. Tres días antes de terminar la investigación, todo daría un abrupto cambio. 
Mientras dormía una sensación y un ruido extraño despertó a El Dr. Reece. Se levantó adormecido. Aunque era normal escuchar a animales por la noche, sintió que era observado. Salió de la tienda de acampar para averiguar qué sucedía.  Alejándose, alcanzó a distinguir algo que parecía a una figura encorvada y no humana. Regreso a dormir y no le dio importancia. Lo adjudico al cansancio o a un estado de sueño no muy profundo. La siguiente noche se volvió a repetir lo mismo, aunque esa vez, al salir de la tienda miró al ser a poca distancia de él. Ya no pudo dormir y al amanecer comenzó a contarle a sus acompañantes lo sucedido.
Como era de esperarse, su colega lo convenció de que olvidara el asunto alegando que los hombres de ciencia no debían sugestionarse o hacer caso al inconsciente, que muchas veces traiciona. Sin embargo no parecía muy convencido con la explicación del Dr. Watson. Se puso nervioso y expresó sus ganas de irse de inmediato. Aseguraba que los seres que vivían ahí no debían de ser molestados o todos sufrirían terribles consecuencias. Habían invertido horas de arduo trabajo, recursos de la Universidad y hasta de ellos mismos, no podían abandonar la investigación por creencias populares. Esa era la última noche y no había razón lógica para acelerar la partida. A la mañana  siguiente reunirían los resultados, levantarían el campamento y volverían a casa. No se percataban de que alguien los observaba.
Al caer la noche  los hombres se dispusieron a dormir. Todo cambió en cuestión de horas. El Dr. Reece despertó al amanecer, le pareció extraño que no hubiera ruido, a esas horas ya deberían de estar preparándose para volver a la ciudad. La calma lo angustió. Se dispuso a despertar a sus compañeros, pero su sorpresa fue tan grande y aterradora  cuando vio que Watson y el guía yacían muertos en sus tiendas, con el cuerpo destrozado, y frente a ellos dos criaturas deformes, con parecido a un humano, pero sin llegar a serlo. Lo invadió el pánico, esos seres lo veían  con curiosidad, para después alejarse del lugar y perderse entre los árboles. Con el paso de las horas se recuperó de shock y regresó al pueblo en busca de ayuda. Contó lo sucedido a las autoridades correspondientes que, atónitas, no podían creer lo que escuchaban. Como era de esperarse regresaron al litoral, encontraron los cuerpos brutalmente descuartizados. Al científico se le arraigó hasta que las pruebas periciales finalizaran. No se encontró ningún tipo de señal que indicara  que algo desconocido, parecía que Reece lo había hecho. Finalmente fue encarcelado y juzgado. A pesar de la ayuda legal que recibió de su país, no se podía hacer nada, todo estaba en su contra, concluyeron que el científico sufría una enfermedad mental, tal vez esquizofrenia la que provocó que asesinara a sus acompañantes.

Desde hace veinticinco años está encarcelado, muriendo poco a poco. Él no se cesa  de contar la misma historia, alegando su inocencia, pidiendo que busquen las pruebas que dejó en aquél lugar; sus documentos, las grabaciones en video y sonido, y las fotografías que hasta el momento no se han podido encontrar. Por las noches, antes de dormir, puede ver una libélula que es su única compañía y que se encarga de recordarle por qué está ahí.

Por Susi Cortes.