jueves, 8 de junio de 2017

Lonjas



Cecilia me caga. No tiene el gran intelecto. Yo mismo me considero una güey muy básico, e incluso así noto lo idiota que ella puede llegar a ser. Le gustan los antros como El Doberman, películas como 500 días con ella, usa frases como «Todo es cuestión de perspectivas» y es budista porque está de moda ser vegano. En serio todo lo que hace me resulta muy estúpido. Menos coger.
Hace dos años caí en depresión, bueno, le llamé así pero luego calé que sólo estaba haciendo berrinche poniéndome a la altura de una pendejez como la de Cecilia. Estuve bebiendo diario por meses, mandé a la verga la escuela y uno de mis dos trabajos, pasé de leer casi ni madres a ver puros memes estúpidos en el internet que alcanzaba a robarme, dejé de entrenar y engordé un putamadral.
A Cecilia la conocí en un bar de Regina en donde me dejaban pasar con menores de edad si le daba diez varos al cadenero. Yo iba llegando al bar. Saludé al cadenero y me quedé platicando con él pues hacía unos dos años que no me paraba en ese lumpanar sobrevalorado, ni en Regina. Le pedí que me acomodara en una mesa donde hubiera nalgas y me sentó donde había tres. Ninguna era atractiva, ni siquiera un poquito cachondas. Dos tenían lonjas más hanchas que sus caderas, los senos no sobresalían de sus playeras y estaban a la altura de sus estómagos. Unos troncos. Si no fuera por sus ademanes, sus voces y su olor, habrían pasado por metaleros desempleados. Cecilia también tiene una lonja más grande que su cadera. Toda ella tiene forma de cono, pero tiene unos senos que no caben en mis manos. Copa C como mínimo, con una areola de unos tres o cuatro centímetros de diámetro y pezones gruesos y altos. En verdad unas buenas tetas. Todo lo demás es casi repugnante. De la cintura para abajo, su cuerpo parece de un niño de diez años con desnutrición, de la cintura para arriba tiene el torso de otro niño de diez años pero con obesidad, dos implantes de nalga como cachetes, unos labios como los del burro de Shreck, los dientes de arriba separados y amarillos por el cigarro, los de abajo con el mismo color pero encimados, el resto de la cara de una cuarentona con raíces autóctonas. Aun así me quedé en la mesa y platiqué con las tres. Yo pedí mi misil de cinco litros de cerveza y ellas lo suyo. Ya iba bebiendo en el metro, un six y 100ml de ron que escondo en la botella de un jarabe para la tos. Estaba consciente de lo horribles que estaban pero me dije a mí mismo: chingue su madre, de todos modos ya no estás tan saboreable y ahora estás más pendejo. Tu ex no va a volver al país en un futuro cercano así que no tienes nada que perder. Me besé con dos y a Cecilia me la llevé al hotelucho de a la vuelta. Fue de mis mejores cogidas hasta ahora.
Hoy vamos a vernos por tercera vez.

*

Llevamos tres meses saliendo. Me empecé a quedar con ella en hoteles aunque tuviera trabajo o escuela al día siguiente. Antes eran hoteles buenos porque los pagaba mi ex, ahora me quedo con Cecilia en hoteles de trecientos pesos. Siento vergüenza de que me vean con ella. Nadie de mis amigos o mi familia sabe que estamos saliendo. Saben que es una amiga pero nada más. Ella ya me considera su novio y me presenta como tal. Hemos cogido casi diario y cada vez nos acoplamos más el uno al otro, ya hasta se acostumbró a que le dé por detrás. De lo mejor es sentir como cuelgan y rebotan en mis manos sus chichis cuando la pongo en cuatro. Esa horrible boca que tiene sabe usarla muy bien y la usa cada vez mejor, lamiendo todo lo que está entre mis muslos y mi ombligo. Cuando llego a venirme muy rápido y seguido, ella se dedica a chupar y en cuestión de segundos estoy listo para seguir penetrándola. Todo lo que hacemos no es más de lo que ya he hecho con otras, pero me resulta más placentero jalarle el cabello a ella, nalguearla, chuparle su mal rasurada vagina, sus tetas, su ano, a este bodrio que hace lo que le diga. Yo digo que si vas a entrarle, éntrale con todo. Y le estoy entrando a lo feo. Y me está gustando esta culera, marrana y estúpida mujer.
Hoy tuve que levantarme dos veces de mi cubículo para ir al baño a masturbarme. Nomás de recordar el palo mañanero que nos echamos antes de irme al trabajo manché mis boxers, no tuve opción. Adquirí el gusto de sentir sus llantas en vez de sus nalgas mientras ella está arriba de mí dándome la espalda. Definitivamente me estoy enamorando de la cosa más horrible y estúpida que me haya encontrado. Estoy utilizando mañas para evitar que ella hable, como compartir mis audífonos en el transporte público, o ser el único que platique en la comida. Ella es la mujer con la que más he ido al cine, y mamadas así. Cuando habla, no puedo más que ver su amarillento incisivo lateral encimado con sus otros dientes, sus labios cuarteados e hinchados, sin mencionar lo pendeja que suena cada palabra que dice…

*

Se me antoja una mamada. Seis meses saliendo: Es hora de presentársela a mis padres.


Por: Josué RB

miércoles, 7 de junio de 2017

Sueño americano



En aquella ocasión vine a Méjico para arreglar lo del dinero que tenía en una inversión, como ya no planeaba regresar no tenía caso dejarlo ahí. Lo que había juntado no era mucho, pero igual aprovechaba para ver a mi familia. Llegué por la noche al aeropuerto de Boston con dos maletas grandes, el vuelo hacia la Ciudad de Méjico saldría en un par de horas. Siempre acostumbro viajar bien cargada, no sé por qué. En la sala de espera me senté junto a unos niños que jugaban algún videojuego en una tableta. Con disimulo observaba sus juegos, pero ni siquiera me voltearon a ver. Decidí ir por un café y husmear por ahí, me emocionaba que en pocas horas vería a mi familia, más de un año sin verlos. Me daba mucha emoción contarles cómo me iba, el dinero, Michael, todo. Passengers of flight 335, destination to Mexico City with time of 22:00 hours, please go to boarding room. Lo de siempre, formarse y esperar a que revisaran tu equipaje, papeles, el protocolo de siempre.
     En la entrada uno de los guardias me pidió la visa, como la traía en la mano junto con los boletos y el teléfono, se me cayó al suelo. Pensé que me ayudaría a recogerla, pero ni se inmutó. Después de entregársela, la revisó con cuidado mientras de reojo me veía, entonces me pidió abrir mi mochila, todavía lo normal en los aeropuertos. Ya una vez me habían dejado sin desodorante en spray para los pies, que por políticas de seguridad. El guardia siguió con su rutina mientras yo navegaba en mi teléfono. Momentos después volteó a verme de manera sospechosa, como queriendo encontrar algún elemento malo en mí. Su mirada, de abajo hacia arriba y después fijamente a los ojos. Algo le había llamado la atención, no me percaté qué era por lo distraída. Normalmente en ese momento era cuando me daban mi mochila y me decían que todo estaba bien, pero no en esta ocasión. Después de cerrarla me pidió que pasara por un costado hacia una sala un poco alejada de la de abordaje. Ahí supe que algo no marchaba bien, sólo fueron unos metros que avanzamos, pero me parecieron kilómetros. Todos hemos escuchado esas historias donde les siembran drogas a los pasajeros, miles de dólares, yo qué sé. Comencé a sudar y la boca se me secó. Entramos en la sala y uno de los guardias cerró con seguro la puerta. Ya valí, cruzó por mi mente, pero ¿por qué? Dos policías empezaron a llenarme de preguntas, que a qué me dedicaba en Méjico, por qué estaba en los Estados Unidos, por qué tanto tiempo. Les dije la verdad. Díganme: ¿qué pasa?, no he hecho nada.
     Tiempo atrás, todavía tenía el novio que te platiqué con el que duré doce años, lo conocía desde que era niña, muy buena persona, siempre me ayudaba. Cuando se murió mi mamá me echó la mano con todo. Ya te imaginarás, todos estaban muy tristes en la casa, yo me sentía extraña, triste, pero más como rara. Mi mejor amiga, Carolina, se enteró de la muerte de mi mamá y me llamó para darme el pésame, ella vive en Boston desde hace varios años. Platicamos un buen rato y me propuso: ¿Por qué no te vienes a visitarnos?, sirve que te distraes un poco. A Joshua y a mí nos está yendo muy bien. Además no conoces a mis hijas. Por el dinero no te preocupes, te mandamos para el boleto de avión y aquí te puedes quedar sin broncas. 
     No había tenido la oportunidad de salir del país y esa oferta no se presenta con frecuencia. No sabía si irme, trabajaba entonces dando clases de inglés a niños en una primaria cerca de mi casa. La verdad me gustaba mi trabajo, siempre me han gustado los niños. Qué chistoso que no tenga hijos, ¿verdad? 
      Hablé con la directora de la escuela, como ya tenía varios años ahí y no había tomado vacaciones en al menos un par no me puso peros, aparte por lo de mi mamá. Me dijo que me tomara el tiempo que necesitara. Nada más me pidió que le diera chance de encontrar una sustituta. La suplente tardó en llegar tres semanas y el boleto para Boston lo había sacado para dentro de un mes. 
      Hice como seis horas a Boston, me recibieron Carolina y Joshua con sus niñas y nos fuimos directo a su casa. Muy bonita la casa, como las de esas series gringas, con alberca y todo. La recámara donde me quedé estaba casi del tamaño de la sala de mi casa, todo muy padre. Las niñas al principio no me hablaban, es normal, primero se les hace rara tu presencia, pero después agarran confianza y no paran de preguntar, y como a mí me encantan los niños, pues rápido me encariñé con ellas, creo que ellas conmigo también.
      A Caro y Joshua les va muy bien, trabajan en algo de tecnología. Sus amigos, los sábados por la tarde iban a tomar la cervecita a su casa. Me llama la atención cómo los gringos siempre que beben están haciendo algo, me refiero a que juegan cartas, monopoly, todos esos juegos de mesa, no como acá que siempre estamos tomando y platicando. El resto de la semana se la pasaban trabajando, yo me quedaba en su casa cuidando a las niñas y a veces preparaba la comida. Iba por ellas a la escuela pues quedaba cerca, de hecho nada estaba lejos. Nos regresábamos carcajeándonos, pasábamos al súper por comida y lo que hiciera falta. 
     La verdad me la estaba pasando mejor de lo que pensé, a veces hablaba por teléfono con mis hermanas, con honestidad casi no pensaba en nadie de acá, la vida allá era como un sueño y el tiempo se me pasaba muy rápido. En una de las reuniones me presentaron a Michael, un tipo encantador, se dedicaba a algo de importaciones, muy alto. Me invitó a salir, me enseñaba la ciudad mientras la plática no paraba, me gustaba mucho. Al inicio me sentí culpable por mi novio, pero nunca había conocido a alguien como Michael, él era distinto.
     Se acercaba el día de regresar, tres meses se pasaron como una semana y yo había planeado volver antes. Le llamaba cada semana a la directora para aplazar mi regreso, al tercer mes me dijo que le daba mucha pena pero no tenía alternativa, si no regresaba pronto tendría que contratar indefinidamente a mi suplente. ¿Por qué no te quedas aquí y trabajas con nosotros? Las niñas te adoran y creo que a ti también te gustan. La verdad es que nosotros apenas tenemos tiempo de ocuparnos de ellas y la casa. Si no tienes problema con esto, te podemos contratar, y ya, conseguimos un lugar para vivas, me dijo Carolina de manera muy convincente. Cuando Joshua confirmó las intenciones de Caro fue suficiente para que me decidiera. Al poco tiempo llamé a mi trabajo y familia para comunicarles la decisión. El que me costó trabajo fue mi novio, doce años de relación no es algo sencillo, y sí, fue el más afectado, pero bueno, supuse que podría arreglárselas. 
     Ya había pasado en Boston quince meses y cada día era mejor. Tenía una visa por diez años y ganaba poco más de mil pesos al día —cosa que en México nunca hubiera podido—, mi trabajo me daba oportunidad de hacer más cosas: conseguí una cabaña muy cerca de la casa de Carolina, Michael y yo cada vez más nos gustábamos más, creo que en verdad nos estábamos enamorando. Estaba viviendo el verdadero sueño americano. ¿Qué podía salir mal?


Era mi diario, el maldito diario. Desde que llegué a Boston me propuse escribir uno. Iba anotando desde mis impresiones de los lugares que visitaba, las anécdotas en las reuniones nocturnas, hasta las compras que hacía y debía hacer. Claro que escribí todo en inglés. 
     Mientras lo hojeaba con los ojos muy abiertos y frunciendo el ceño, uno de los guardias me gritó: ¿Sabes que tu visa es de turista? ¿Usted sabe que está prohibido trabajar en los Estados Unidos con una visa de turista? Además aquí confiesas que fumas marihuana con tus amigos.
Sentí un miedo como nunca antes, los ojos de estas personas son como de algún ser que no es humano.
     Traté de explicarles que nada más era una inofensiva niñera, nada formal, que sólo ayudaba en la casa donde me quedaba. Después de abofetearme para que dejara de llorar, me hicieron saber que eso era trabajar ilegalmente, y no importara lo que hiciera, me iban a meter a la cárcel. Me esposaron como si fuera una terrible criminal. Uno lo ve sencillo en las películas, incluso cuando le pegan a las personas pareciera que no les duele. Unos minutos después, ya en la patrulla, las esposas hicieron pedazos mis muñecas. Cuando llegamos a una especie de separos me condujeron a una celda donde una policía me pidió que me desnudara, y ahí me sucedió una de las cosas más humillantes que he vivido. Me metió la mano en la vagina. Metió incluso los dedos, varios, al ano para “buscar drogas”, escarbando sin ningún cuidado; mis súplicas y gritos no sirvieron, los policías son como máquinas que no entienden razones, no lo puedo creer todavía. Mientras lo hacía cerré los ojos con el deseo de no volver a abrirlos nunca, quise desconectarme del mundo, pensé en Michael, que ya no sería lo mismo verlo, si lo volvía a ver.
      Me tomaron la famosa foto de frente y de perfil con el número en el pecho. Mis cosas me las quitaron y no me dejaron comunicarme con nadie. Nunca he sido una persona con mucho carácter, me intimidan fácilmente. Pensé que intentar defenderme no serviría de algo, por el contrario, me ganaría una paliza. Fui conducida a una celda donde pasaría una noche junto a otras dos mujeres. De vez en cuando platicábamos por qué estábamos presas, sobre nuestras familias, la situación legal para poder salir, lo mal que podríamos terminar. Yo imaginaba que podían trasladarme a un reclusorio, la cárcel de verdad, me visualicé violada, golpeada, pero sobre todo, pensé en mi vida construida hace poco, en las niñas, ¿qué pensarían de saber que estoy en la cárcel? Mis amigos, Michael, mi familia. Qué estúpida eres Raquel, esto era muy hermoso como para durar para siempre, mejor nunca hubieras venido, piénsalo bien, como tus hermanas te habían advertido. Todo eso me pasó por la mente.
La siguiente noche me sacaron de la celda y me llevaron ante un juez, ahí tuve que firmar varias hojas. Me dijeron que sería deportada. Firma tras firma escuchaba al juez decirme que no podría regresar a los Estados Unidos por lo menos en diez años y que ni se me ocurriera intentarlo ya que esta vez habían sido muy amables conmigo, pero claro que no se repetiría.
     Fui deportada. Los primeros días, ya de regreso en Méjico, quise acudir a instituciones donde pudieran ayudarme, pero decidí mejor no intentarlo, todos conocemos como se manejan esos asuntos. Traté de pensar en una solución, la cosa es que no podía ni pensar. Imagina, ya tenía mi vida hecha allá, aquí ya no tenía nada, era como volver a nacer, pero sin que alguien cuidara de mí. Mis hermanos tienen sus propias vidas, yo acá ya no tenía nada, ni trabajo.
     Hablé con Carolina y Joshua, llegamos a la conclusión de que la única opción de regresar era casándome con Michael. ¡Claro!, cómo no se me había ocurrido, y cómo no se le había ocurrido a Michael. Las primeras veces que hablamos, su solución era que me fuera de mojada, que él me iba a recoger a la frontera en una camioneta. Obviamente le dije que estaba loco. Después de lo que había pasado. Esa misma tarde lo llamaría, me volví a ilusionar. En verdad, cómo no se nos había ocurrido, pero ya estaba todo solucionado, Michael vendría a Méjico y nos casaríamos. 

     Yo creo que cuando colgué el teléfono es que me enfermé de depresión. Nunca me había sentido de esa forma, ni aquel día que estuve presa, golpeada y violada, me quería morir. Lo último que escuché decir a Michael fue: Raquel, tú sabes que entre mis planes no está el casarme. Yo soy un hombre libre.

Por: Claudio Gordillo.

miércoles, 8 de marzo de 2017

Los tacos de Luis

El humo mana de todas esas planchas enroscándose en todos los cuerpos que pasan, se impregnan en el cabello y ropa. Estaciono mi mustang en un centro comercial y camino hacia los puestos de tacos. Lo bueno es que es lunes y Luis no tiene gente. El olor a puerco frito me hace salivar. Ya puedo sentir los trozos de carne y salsa en mi boca, realmente extrañaba ese sabor. Entre todos los puestos, el de Luis se identifica por tener un único foco amarillo que se columpia levemente y apenas ilumina el delantal de mi amigo con manchas de aceite. Así lo recuerdo, no ha cambiado nada en este lugar.
Luis se seca el sudor de su frente, sonríe. Me pregunta por qué no había ido en tanto tiempo, que si acaso ya había cambiado de taquero. Invito a Luis a comer conmigo, le digo que prepare tres al pastor para él, y para mí otros tres y cuatro de chuleta. De los pocos amigos que tengo Luis se ha ganado mi confianza, antes venía entre tres o cuatro veces por semana, en algunas ocasiones yo traía cerveza. Le cuento lo que pasó con Cynthia Pérez.
Conocí a Cynthia justo en esta calle dentro de toda esa bulla y gritos: ¡Fin del trato cruel de los animales! ¡No a la comida muerta! ¡Amas a unos y te comes a otros! Algunas personas estaban semidesnudas cubiertas de pintura roja dentro de una jaula gritando las consignas. Pérez arrojó pintura roja a uno de los taqueros. El taquero empezó a insultar y los apuntó con su cuchillo. Don Julio me preguntó si quería mis tacos surtidos o solo la pancita, en ese momento Cinthya pasaba a mi lado, me miró y arrugó la frente, para impresionarla le contesté a Don Julio: ¡Yo sólo como carne de soya, bestia sanguinaria! Sabía que era el fin de visitar a Don Julio, pero valía la pena. Cinthya tenía un gran busto y de sus glúteos ni hablar. Ella me aplaudió y sus hoyuelos se hundieron más cuando sonrió, me preguntó si venía a la manifestación, le dije que sí.
Después de la manifestación la invité a un bar que estaba a unas cuantas cuadras, se rascó la barbilla y pasados ya unos segundos respondió que tenía prisa, le dije que le daba el aventón, ella me dijo que sí con la cabeza. Cuando llegamos al carro, ella acarició el cofre. Me preguntó si era mío o de mis padres, le contesté que era mío. Cinthya Pérez metió las manos en sus bolsillos y me dijo que acepta ir al bar solo por unos minutos. Esa noche terminamos en mi cama. Ella era muy buena haciendo el blow job.
Luis le pone salsa a su último taco y me pregunta qué es eso del blow job. Yo acerco y alejo mi puño cerca de mi boca, mientras mi lengua empuja mi cachete. Luis suelta una carcajada.
            Continué contándole a Luis el origen de mi propio matadero. Al principio me gustaba ver a Cinthya, agraciada, tumbada en la cama bocabajo, sus pecas invadían desde su nuca hasta los glúteos. Cuando me daba la espalda para abrazarla, su cabello despedía olor a coco en todo mi rostro. Me encantaba su congruencia con todo el asunto de la carne y los derechos de los animales. Tuve que mover el refrigerador de carne al tercer piso para que Pérez no sospechara nada. En las noches cuando se iba, sacaba del refrigerador unos filetes, mis manos temblaban y echaba unos trozos en mi boca, sentía la sangre recorrer mis muelas, ni siquiera hacía falta cocinarlos.
Cuando Cinthya empezó a vivir conmigo, pasaba semanas sin que fuese al tercer piso y sin comer de verdad. Comíamos cosas como ensaladas, hamburguesas sin carne, tacos al pastor con lentejas. Le pregunto a Julio: ¿Qué hamburguesa y tacos se pueden considerar como tales sin carne? Julio solo alza los hombros y se para a girar el trompo de pastor. Le sigo comentando que a partir de ese momento ya no soportaba a Cinthya, sus comidas empezaban a hacerme mal y ya ni siquiera podía escaparme a comer unos tacos. Incluso varias veces en la semana llevaba a Cinthya a comprar al supermercado los caros productos veganos que pudiese encontrar.
            Le cuento a Julio que ayer en la noche, al abrir la puerta del departamento, sentí un olor a podrido. Pérez apretó su pequeña nariz con la mano, la convencí de que eran las tuberías. Enseguida subí al tercer piso, el refrigerador estaba en medio de un charco de agua con sangre, había moscas volando alrededor, y cucarachas flotando en el agua moviendo sus antenitas. Sentí mi pecho contraerse, apreté mis puños y golpeé la pared. Lo había perdido todo. Cerré la puerta con llave y bajé. Mi novia estaba mirando el televisor, pasaban unas noticias de un gran incendio en el Amazonas de Brasil para cultivar grandes hectáreas de grano de soya y cebada. Cinthya me indicó que me sentara a su lado, que me había hecho tofu con espinacas. Traté de tranquilizarme. Ella me tomó del rostro y empezó a besarme, metió su mano debajo de mi pantalón, de repente se detuvo, la miré y ella estaba viendo fijamente hacia el piso. Su rostro enrojeció, tomó su zapato y se escuchó un crujido, era una cucaracha, las alas y antenas del pequeño insecto quedaron en una mancha verdosa. Cinthya empezó a besarme de nuevo pero yo la empujé, solo pude decirle que ya no soportaba más la relación, que me parecía una persona infantil e incongruente.
Estallo de coraje y le digo a Julio que yo puedo sacrificarme por el amor y aguantarme las ganas de comer carne, pero no puedo soportar las incongruencias. Le pregunto a Julio qué opina, él solo se echa unas carcajadas, me dice que revalore, que eso del blow job no te lo hace cualquiera. Después me convence de comerme dos tacos más al pastor y de traer las chelas. Quizás toda esta semana venga a comer tacos, y la otra llame a Cinthya.




Por: Viviana Genoveva Caamal Estrella.

domingo, 5 de marzo de 2017

El hada de los dientes



Nunca faltaban los viejitos fitness dándole vueltas al lugar, una que otra señora paseando algún perro diminuto y las parejas enamoradas. Oh sí, ésa era la razón por la que Ernesto se encontraba ahí a esa hora, soportando a los mosquitos y acostado boca abajo en una banca. Se hubiera sentado, pero después de clases el dolor ya se había vuelto insoportable. Ayer en casa lo habían castigado. Los árboles le tapaban un poco la vista, sólo un poco, ya que no había tantos como uno supondría de ese lugar. Pero sí hay bancas, caminos con grava roja y a lo lejos se podía ver los juegos para niños. Más allá se escuchaba el pasar de los carros y los claxonazos. La iluminación del lugar era pobre, una lámpara aquí, otra hasta allá. Esto ocasionaba zonas realmente oscuras, casi negras, como el cielo a esa hora. Había encontrado un buen lugar para descansar, la banca se encontraba poco iluminada y los policías no solían hacer su recorrido por ese tramo. Recordaba cuando era niño, cuando hacía mucho calor y se metía en alguna de las fuentes del lugar.  En ese entonces su mamá vendía dulces en el paradero cercano y lo miraba chapotear de vez en vez. Sonrió. Ahora recreaba otro tipo de memorias, las cuales no podía mencionarle a su mamá: memorias de cómo en cuanto anochecía las parejas se salían de los caminos y se internaban entre los árboles. Para Ernesto era porno gratis y en vivo. A sus 16 años qué más podía pedir. No supo en qué momento habían empezado, pero escuchó gemidos no muy lejos de donde estaba. Se emocionó y caminó de puntitas, con cuidado de no pisar hojas secas o ramas. Atrás de un árbol enorme pudo ver los zapatos negros de un hombre con traje gris, estaba boca arriba y una mujer blanca, rubia y muy delgada, estaba encima de su cabeza.  No era una escena realmente excitante, la mujer no se movía y el señor ni siquiera la tocaba. Podría estar dormido en el aquellito de la chava y ella ni en cuenta, pensó. Era tan extraño que se acercó para ver de qué diablos se trataba, no era la escena de sexo explícito que esperaba. La mujer estaba desnuda de la cintura para abajo y tenía rasguños en los muslos. Ernesto escuchó entre las piernas de la mujer un leve gemido y algo que sonaba como el chasquido de los dientes al comer. Era rítmico, el señor gemía y se escuchaba ese ruido. ¿Así se hace el sexo oral a una mujer?, se preguntó. El señor se estremeció e intentó quitarse a la mujer de encima, rasguñaba los muslos de ella y pataleaba. La mujer abrió más las piernas y la cara del hombre se hundió un poco. Gritó y también Ernesto.  La mujer volteó a verlo, era hermosa. En una sonrisa le mostro una hilera de dientes blancos y perfectos, parecía sacada de un comercial. Empezó a abrir más y más la boca como si le fuera a decir algo divertido, pero en lugar de eso se asomaron dos, tres, cuatro hileras de dientes puntiagudos. Ernesto dio media vuelta y corrió hacia el camino, quería salir de ahí. Sintió el peso de algo sobre su pierna izquierda y cayó al piso. El dolor de las piedritas encajadas en su cara no se comparaba con el dolor que ahora sentía en la pantorrilla, volteó y vio a la mujer sentada con las piernas abiertas sobre de su pierna, sonriéndole. Sabía que algo horrible le iba a pasar, como al hombre detrás del árbol, así que giró su cuerpo y la pateó tan fuerte como pudo. Ella perdió el equilibrio y cayó al suelo con las piernas abiertas. Entre las piernas de la mujer no se encontraba una vulva o unos labios, sino una cueva de dientes que chocaban entre sí, mordiendo el aire. El miedo hizo que Ernesto se sintiera liviano y hueco, como si todos sus órganos se hubieran ido de él corriendo juntitos a la chingada. Imitando a sus órganos imaginarios se incorporó como pudo y corrió. No sentía dolor. Veía pasar los bancos, los árboles y los juegos. Rebasó a una pareja que corría. Sentía su respiración y el bombeo de su sangre en sus oídos mientras subía las escaleras que lo llevarían al nivel de la avenida. Detrás de él, el chasquido rítmico se escuchaba ya muy lejano. El pasto fue reemplazado por el piso de loseta roja tan característica de la zona. Por instantes, mantenía la misma velocidad que los carros, después éstos ganaban potencia y lo dejaban atrás. No era una carrera justa, pero prefería perder contra ellos que perder contra esos dientes blancos. Cruzó la avenida, recibió pitidos y mentadas de madre. No importaba. Si tan solo supieran lo que le había pasado, hasta le habrían ofrecido un aventón.  A lo lejos pudo ver a un grupo nutrido de personas reunidas alrededor de unas luces improvisadas en la calle, como si se tratara de un pequeño batallón, su madre lideraba a sus soldados repartiéndoles sus armas con seriedad y rapidez. Dos quesadillas aquí, cuatro gorditas allá. Los soldados se iban satisfechos, agradeciéndole a la teniente su velocidad y devolviéndole el favor con unas monedas para la batalla de mañana.  Cuando su mamá lo vio, ella no pudo evitar dejar su puesto y dirigirse a su hijo. Ernesto era moreno, pero en ese momento estaba tan pálido como la masa de las tortillas. Él mintió y le dijo que habían intentado asaltarlo. Ella le acomodó un lugar cerca del comal y de la tele para que se distrajera un poco. Ya casi terminaban por el día de hoy y no faltaba mucho para que Arturo, el esposo de su mamá, pasara por ellos. Ernesto no supo en qué momento se fue la gente, seguía sintiéndose extraño, demasiado ligero. La pantorrilla no le dolía, pero ahora le picaba el ano. Así tal cual: tenía unas ganas enormes de rascarse y no podía esperar a llegar a casa para hacerlo.
Arturo estaba en la esquina esperándolos cuando la madre de Ernesto lo zarandeó para que la ayudara a mover las cosas a la camioneta. ¿Cuánto tiempo había pasado? Se preguntó. De repente estaba metiendo tubos a la camioneta cuando parpadeó y se encontraba en el asiento delantero mirando por la ventana. Parpadeó de nuevo y se encontraba a la orilla de su cama, ya sin el uniforme de la escuela. No supo cuándo se quedó dormido. Al día siguiente, en clases, la picazón había vuelto y con fuerza. Para poder aguantarse las ganas de rascarse, se balanceaba entre una nalga y la otra. Por fin, a la hora del receso se quedó escondido en el baño y, con bolitas de papel mojadas, intentó refrescar su ano. Esto le servía de muy poco, así que se checó. Con miedo, sintió que tenía unos granos duros alrededor. Algunos se sentían filosos, mientras que otros todavía se encontraban debajo de su piel. Salió y pidió a unas amigas suyas un espejo de mano. Regresó al baño y se inspeccionó con más atención. Los granos filosos eran blancos y duros al tacto. Intentó sacarse uno pero le dolió, esa cosa era parte de él. Salió y, sin importarle nada, saltó la barda de la escuela. Escuchó los gritos de asombro y risas de sus compañeros del otro lado. De nuevo, la sensación de ligereza lo acompañaba. Cuando cayó al piso no sintió absolutamente nada.

En casa estaba dispuesto a encontrar unas pinzas e intentar quitarse esas cosas del culo, cuando se dio cuenta de que no estaba solo. Se sintió débil y sus piernas se doblaron mientras Arturo salía de su cuarto con una cerveza en la mano. ¿Cómo pudo olvidarlo?, Arturo ya no trabajaba y se quedaba ahí hasta que tuviera que recoger a su mamá.  Hace unos años, cargaba costales para ganarse la vida y se notaba en su cuerpo: tenía los brazos gruesos y las piernas anchas; podía sujetarte y no salías de sus brazos hasta que él quisiera. Ernesto bien que lo sabía. El chico no tuvo tiempo de reaccionar, sintió el cuerpo de Arturo encima de su espalda. ¿Qué chingada madre haces aquí tan temprano?, le preguntó mientras le jaloneaba los pantalones.  Olía a alcohol y solvente. Ernesto tembló y sintió como le separaba las nalgas. Luego, el dolor punzante ya tan conocido. Su cuerpo se puso duro. Esta vez fue diferente, Arturo gruñó e intentó separarse de él, pero no podía. Ernesto lo comprendió, recordó a la mujer y a sus dientes; así que apretó tan duro como pudo y escuchó a Arturo gritar. Masticaba el pito. Apretó con más fuerza, y más, y cada vez más, hasta que todo a su alrededor se fue oscureciendo. Parpadeó y vio a Arturo tirado en el suelo.

Por Karina E. Perez 

domingo, 26 de febrero de 2017

Gargajos humanos



Chingada madre, mi frente está sudada, va a descubrir que estoy nervioso. Tranquilo, carnal, tú le das lo que quiere y ya. Se acabó, seguimos la ruta. Me repito esto en el espejo, pero ahí viene este cabrón. Ojalá que el sudor de mis manos no moje la sor Juana. Por pasarme un pinche rojo ahora tengo que entregar este verde. A este puerco. Lo veo chiquito por mi espejo retrovisor. Chiquito, como en verdad es. Un sándwich de licencia, permiso y un billete de 200. Para usted, puerco policía. Trágate mi dinero. De todos modos ya se lo traga el pinche gobierno y la puta de mi esposa. Ya se lo traga Don Eladio el de la tiendita cuando voy a comprar caguamas. ¿Está bien, oficial? Gracias. No, ya valió. Regresa con su compañero.  Seguro checará cuánto más pueden sacarme. Es Periférico, cabrón, por aquí pasan Cadillacs, Audis, en una ocasión vi dos Lamborghinis en el mismo día. Les puedes sacar más dinero del que me puedes sacar a mí. Me dan asco. Preparo uno en la boca, siento flema. Mejor. Ojalá este gargajo golpeara tu cara. Tendré que conformarme con el piso. Ahí viene el puerco. No tengo más. Está bien, tome. Treinta varos. No, por favor. Mire, le doy un cigarrito. Gracias. Gruñe el camión y seguimos la tercera vuelta del día. Y apenas son las cuatro. Ahora el volante está mojado.
Cuando los camiones de la ruta regresan a la base a media noche el guardia cierra la cuna con candado y los choferes nos bajamos el pantalón y empinamos las nalgas. Ahora toca que nos la meta el transporte público. Dejamos de ser choferes para volvernos usuarios. A esa hora ya no tengo ganas de pelear. Esos compañeros que cuentan cómo llegan y buscan pretextos para madrearse a sus esposas, son una envidia. Yo cuando llego a mi casa llego cansado. Hecho mierda. Lo único que se me antoja es una mamada de la Gladis. Si me casé con esa mujer es por cómo me chupaba la verga cuando éramos chavitos. Sus labios, su movimiento de cabeza, todo. Todo lo que hace con esa boca es un regalo de mi madrecita, que descansa en el cielo, por todas las veces en que la ayudaba a cargar a mi jefe cuando lo regresaban borracho sus compadres. El doctor dijo: “Coma etílico” y no despertó.  Murió como vivió. Después de esta noticia, mi mamá comenzó a cantar en las mañanas. Antes de eso aguantó los madrazos de mi jefe, sus celos, sus infidelidades. Quizá hizo un trato con San Pedro para que me mandaran a la Gladis. Ojalá me la mamara con aquella cotidianidad. Ahora apenas y me pide que levante las patas cuando barre. Es como si fuera ese gargajo que terminó en el piso. Espera a que las burbujas de mi existencia revienten para que yo pueda desaparecer. Pasa por mi costado y ni una sonricita. Ella vive y yo me seco en el piso de la vida.
Llego a mi casa y otra vez Gladis no está. Karla, nuestra hija, me recibe con la noticia de que otra vez está con la gente de la parroquia. A mí se me hace que otro pendejo está recibiendo su gloriosa mamada. Y yo aquí sentado frente a la televisión. Tengo que admitir que no me importan las noticias. A fin de cuentas es ladrón robando a ladrón. Todos los partidos son la misma mierda. Si todos aceptaran eso, no tendríamos que votar. Y podríamos quedarnos el domingo entero viendo los partidos de la liga. Todos los partidos son la misma mierda. No sé si sean todas estas botellas de chelas vacías en el piso o la ropita que usa, pero qué rica se ha puesto la Karlita. Cuando miro sus nalguitas mi verga se pone igual que cuando recuerdo los labios de Gladis. Sí, Karlita, otra chela por favor. ¿Sólo queda una? No importa, chiquita, tú tráela. Mañana le pides unas fiadas a Don Eladio. Ven, siéntate conmigo. La tela del sillón se siente bien cuando imagino que las nalguitas de Karlita van a reposar ahí. Soy tu padre, carajo. Pasa tiempo conmigo. ¿Qué acaso no te llevé a ver  la madre esa de la Capilla Sixtina en Revolución? ¿Acaso no tuve que hacer doble turno para comprar ese horrible vestido de quince años por el que tanto llorabas? Bueno, vete, pendeja. Ya le estás agarrando las mañas a tu madre. Un escuincle de mierda debe estar gozando de la técnica de tu madre, pero apuesto que tú has de ser mejor. Nos has visto, en nuestras rutinas y silencios. Yo creo que ya sabes con qué tipo de hombre no quieres terminar. Suertudo escuincle. Lazos sanguíneos de mierda. La pantalla de la televisión se oscurece. No, todo oscurece.
El sonido del vidrio de la puerta me despierta. Se abre y Gladis llena de luz esta pocilga. El zumbido del foco acompaña la estática de la televisión. Gladis, despiértame, gorda. Por favor, por lo menos voltea a verme. Checa que aún tenga pulso. Mira la cantidad de cervezas que he bebido. Podría estar en  un coma etílico y tú ahí quitándote las pestañas postizas y las extensiones de cabello con la paciencia de un anciano esperando a que cambie el semáforo. Descubrirás que eres libre hasta que una noche, después de muchos días, tengas la sensación de que ese bulto prieto en el sillón no se ha movido desde hace tiempo. Te has de ver muy bonita cuando descubras que ya no sigo con vida. Haré trampa en el cielo, me iré el segundo después de ver tu reacción. Quizá sean las botellas vacías o la luz de tu tocador, pero algo dentro de mí me jala hacia allá. No te hagas la desatendida, la distraída. Sé muy bien que notas mi presencia. Mi enorme panza, que se asoma entre mi camisa abierta y está a centímetros de darte un beso en esa lija que tienes por cachete. Preparo uno gordo, no hay flema pero no es problema, será el gargajo más grande que hayas visto. Si no me volteas a ver después de dispararte a la cara lo que tengo en la boca, juro no volver a pisar esta casa. Me mudo. Empiezo desde cero, renuncio al camión. Chance y termino la prepa. Karla es una culera por no reconocer el esfuerzo que tuvimos que hacer Gladis y yo para que naciera sana. Dejar el Cona. Todos nuestros amigos, las pedas, el desmadre, los salones, las entradas y salidas de clase. Pinche Karla malagradecida. Ni un besito. Ahora sí, Gladis, voltéame a ver. Sí, con esos ojos cafés que apuntas hacia mí. Ver tu rostro desde este ángulo me recuerda a cuando me la mamabas y te veía sobre mi abdomen. Carajo, ahora mi verga está recordando lo mismo. No, no mires mi pene Gladis. Mírame a mí. Ya valió. Tendré que disparar al piso otra vez. Era una obra de arte. Mi propia Capilla Sixtina. Mi Gladis ve el gargajo morir en el piso y parece que eso la excita. Sus pezones están igual que yo. Se pasa una  mano por los pechos y hacen parada en su cuello. Prepara algo dentro de su boca y se escupe en la palma. Gladis, mi amor, nunca te habías visto tan hermosa como en esta noche. Gracias por voltearme a ver, gorda.

Por: Jorge Alonso Mendoza.

jueves, 2 de febrero de 2017

Lucha de clases



La playa de Acapulco, tres y media de la tarde: la camisa blanca ya se me ve negra de las mangas. Se le nota un poquito la mancha de salsa de mango que le eché al postre en la cena, ayer por la noche. La camisa se la robé a mi papá hace ya algunos años. Recuerdo que al ojete le pedí unos zapatos, andaba buscando chamba y los traía agujereados:
—Papá, no seas así, ¿cómo me van a dar chamba en estas garras?
—No mames, igual hasta te la dan por eso.
Esa vez fui a una oficina cercana al metro Balderas, aún eran tiempos de hacer la búsqueda en El Aviso Oportuno del Universal: «Apóyeme contestando teléfonos». Bueno, sé contestar teléfonos, pensé. Al llegar, de inmediato supe que era una farsa. Me dijeron que esperara sentado en unas sillas junto a unos tipos que se veían hasta más jodidos que yo. Nos pasaron a un pequeño auditorio donde un chaparro percudido de la cara, trajeado con un saco que le quedaba enorme, nos dijo que ahí íbamos a ganar lo que quisiéramos (umta madre). Dotado de un léxico digno de niños de secundaria nos explicó el modelo piramidal del negocio. Ya saben: nunca sabes qué venden, pero el caso es que tienes que conseguir más vendedores que le entren al principio con una parte, chale. Terminó la "cátedra" y después nos pasó una hoja donde venían una serie de preguntas como: ¿es usted temeroso de Dios?
Uno se queda hasta el último en esas pláticas por dos razones: la primera es que no tienes nada más que hacer; la segunda, porque en tu desesperación esperas que tenga algo de cierto. 
Al terminar la explicación nos mandaron de nuevo a la salita de espera, dijeron que en un momento nos iba a llamar el reclutador para mencionar si nos quedábamos. Había dos televisiones con MTV proyectando una serie de mujeres buenotas y musculosos en la playa que, aunque se ven de treinta, en la serie dicen tener dieciséis. 
—¡Olegario González!
—Presente, ¡voy!
—Olegario, muchas felicidades, «fuistes acectado».
—Hijo de tu puta madre (pensé). Ah, este, gracias.
—¿Qué, no estás alegre por ser seleccionado? Se lo podemos dar a alguien más.
—No, sí me alegra, gracias. (Vete a la verga).
—Preséntate mañana con estos papeles. 
Pensar que encontré la pinche chamba que tengo ahora, después de haber ido a tantas «ofertas» de empleo como aquella experiencia afuera del metro Balderas. Y lo peor es que esto no fue lo mejor que encontré, fue lo único que encontré. Diez años en este mugre archivo. 
Es común que, en la oficina, esta camisa blanca la combine con una corbata amarilla. Al menos ya me puedo comprar mis zapatos. 
Me arremangué el pantalón oscuro de vestir para que no se me llenara de arena y me diera el aire en las pantorrillas, mojarme los pies como las abuelitas. 
Nos trajeron ayer por la mañana desde la San Miguel Chapultepec. La empresa decidió que era justo traer a la bola de empleados a la playa por ser fin de año. Los odio por culeros -a la empresa y a mis compañeros-, mira que darle un reconocimiento al inválido del área de nóminas, ¡nomás por ser inválido! Yo en su lugar les diría que se fueran mucho a la mierda. El inválido es de los pocos que no detesto, a media noche yacía sobre su silla con su rostro colgando, ultra pedo, vomitaba sus piernas como diciendo: “Mírenme ojetes, también estoy vivo”.
Después de dar los diplomas a los desgraciados que tenemos aquí más de cinco años, el gordo y calvo director de la empresa pronunció su eterno discurso: «Jóvenes, este año que entra nos esperan nuevos retos como empresa, todos somos un equipo, tenemos que tener unidad». Ja, el jodido pelón que ni te voltea a ver cuando te lo encuentras en el baño. Si tuviera huevos le diría a este cabrón que se metiera su empresa por el culo y me largaba, aunque la verdad, me faltaba conocer el mar. 

 Por Claudio Gordillo 


domingo, 23 de octubre de 2016

Milagros


Tenía dos opciones: Hallar el modo en que Danielle volviera conmigo o matarme. Sin ella no había manera de seguir interesado en vivir. A esto me había reducido. Si lo pensaba un poco, era como el fin del mundo. Me costaba admitirlo, pero resulté ser una decepción de persona.
Busqué en internet: "Hacer que vuelva tu ex" y la pantalla me mostró una lista interminable de sitios de místicos y brujos. Borré y esta vez escribí: "Milagros". Vi una página cuyo eslogan era "Centro holístico Kajumari - Creando tus propios milagros.  Reuniones todos los miércoles". Deslicé el scroll a medida que iba leyendo la información de su sitio y anoté la dirección. Me estuve despierto por un rato más en la silla, contemplando la posibilidad de traer a mi vida a Danielle como a un pez recién picado, jalándola hacia mí poco a poco. Luego me quedé dormido mirando la oscuridad de la habitación, pensando en qué iba decir mañana en el centro ése.
Logré despertar hasta la tercera alarma. Era miércoles. Me vi al espejo: mi rostro estaba más deteriorado que ayer. Parpadear me cansaba. Salí hacia el centro, no me tomaría más de quince minutos. Gente paseaba a sus mascotas, algunos vendedores levantaban  sus puestos, madres llevaban a sus hijos de la mano. Martillazos se hacían más estridentes conforme avanzaba, como latidos. Todos parecían estar de buen humor, incluso el sol emitiendo un calor suave.
Adentro todo olía a incienso. Una mujer morena y sonriente sentada tras un escritorio me preguntó si venía a la reunión de C y E.
—¡¿De qué?! —le contesté.
—¿Que si vienes a la sesión de Contemplación y eclosión: C y E? —me insistió, a lo que no supe qué decir—. Ven, mira, anótate en esa libretita de allá y pasa, tiene poco que empezó la sesión —me dijo extendiendo la mano en dirección a unas cortinas color verde oliva.
Atravesé las cortinas. Cuando mis ojos se adaptaron a la escasa luz que había adentro, alcancé a distinguir a seis personas sentadas cada una en un cojín. Estaban todas dispuestas en un círculo que abarcaba la sala entera. Con la espalda erguida y las piernas cruzadas, tenían los ojos cerrados y las manos una vertical apoyada sobre la otra horizontal mientras respiraban exagerando al inhalar y todavía más al exhalar. Me quedé parado en un rincón observando. Percibí un hedor resultante de la mezcla de todos los alientos licuados sobre el aire. Era como estar en un gimnasio, pero sin las pesas, la música y los músculos. Alguien prendió la luz.
—Muy bien, clase, ahora recuéstense y visualicen sus milagros, siéntanlos.  Copulen con ellos —dijo al grupo una joven, y mientras los demás hacían lo que les pidió, se me acercó—. Me llamo Edna, un gusto, soy la instructora.
Me hablaba en voz baja, sus ojos parecían no parpadear. Me preguntó sobre el milagro que quería materializar. Preferí no decírselo y ella dijo comprender, porque muchos preferían la discreción. Y en esto hizo un especial ahínco sin dejar de mirarme un solo segundo y en silencio, como esperando una respuesta. Desvié mi atención hacia las personas que empezaban a levantarse. Un hombre alzó su mano en señal de saludo como si nos conociéramos.
Edna me presentó ante el grupo que me examinaba. A cada cosa que yo decía, ellos movían la cabeza diciendo sí. Luego pidió al extraño del saludo que nos hablara de sus progresos. "En serio creo que estoy avanzando. La otra noche casi me quedo dormido", dijo, y tras esto la gente le aplaudió. "Muy bien, Enrique, bendiciones para ti". El resto de la sesión transcurrió con otros hablando sobre sus deseos y los milagros que querían. Al salir, sentí una mano apoyada en mi hombro. Era Enrique, ahora traía puesto un sombrero y una camisa blanca formal. Se notaba que hizo un esfuerzo para correr. Tomó aire y me preguntó a qué hora estaba libre. Antes de salir del centro, Edna había asignado a Enrique para que me explicara la técnica C y E. Le dije que en ese momento yo no tenía nada que hacer y él caminó conmigo hablándome de dicha técnica.
—Por cierto —pregunté—, ¿cuál es tu problema, o sea, qué quieres conseguir?
Dio un suspiro y me contó que su problema era que no podía dormir.
—¿Entonces tienes insomnio?
—¡No! —me contestó abrumado— ¡si fuera un insomnio cualquiera, ¿crees que tomaría estas medidas desesperadas?!
Le costaba respirar. Con la luz de la calle se le notaban unas ojeras como hechas con grasa para autos.  
—Bebí el café definitivo —dijo.
Cruzamos la calle por lo que tuve que volver a preguntar para confirmar lo que creí haber oído.
—Sí, el café definitivo —repitió.
—¿Y qué cosa es ese café?
Se detuvo unos instantes diciendo que, hace mucho, hizo un viaje a Haití. La idea era vacacionar pero un día, llevado por la curiosidad, entró a uno de esos lugares donde te leen el café. Había una vieja que le dijo cosas acerca de su vida las cuales él consideró muy acertadas. Al final le ofreció beber el café, le prometió que era el más rico que iba a probar, pero que sería el definitivo, haciendo que nunca más pudiera volver a conciliar el sueño. Esto lo tomó en broma como parte del misticismo de la vieja y lo bebió. “Y de eso ya van cuatro años”, agregó.
Lo miré sin decirle nada, con un gesto el cual, según yo, indicaba lo poco que le estaba creyendo.
—¿Y por qué te lo tomaste? —le pregunté fingiendo interés.
—¡Te lo acabo de decir!
Los cláxones de los autos inundaban la atmósfera, el sol ahora se sentía abrasivo. Bajo cada sombra disminuía mi paso y Enrique seguía mi ritmo.
—¿Entonces estás enfocando tu mente en dormir? —pregunté.
—Cuando uno bebe el café definitivo no se puede volver a dormir. Pero ya he estado viendo a un naturópata el cual me dio una idea. La única opción es cambiar mi tipo de sangre. Y eso es lo que estoy enfocando. Hace rato en el centro no mentí, creo que mi sangre comienza a mutar. Poco a poco paso de ser O positivo a B positivo          —sentía que hablaba con un loco—. Mira, primero debes trazar en tu mente lo que deseas, luego, con tus dedos corazón e índice, pintar un triángulo imaginario y respirar con fuerza soplando el milagro. Es muy sencillo.
Para mi sorpresa, realicé este ritual por varios meses. Cada noche ponía en mi mente la escena ideal: Danielle y yo caminando, Danielle y yo tomados de la mano, yendo al cine, besándonos en el museo, en el parque, en el metro. Respiraba con tanta fuerza que a menudo mis vías respiratorias se resecaban. En mi habitación, y cada miércoles en el centro, hacía el estúpido C y E. No ocurrió nada. Pensé en que Danielle ya estaba viéndose con otra persona y mientras tanto yo me degradaba en la creencia de poder traerla mágicamente. En el fondo sabía que era inútil. Lo siguiente era tomar valor y recurrir al suicidio. Porque, resignarse, simplemente era para eso: para resignados y conformistas.
Me acosté, planeaba acudir al día siguiente a una última sesión, como tiro de gracia y para despedirme. Sonó mi teléfono, "Número privado", decía en la pantalla. "¿Bueno?", nadie contestó. Repetí el "¿bueno?", pero nada. Oía un sonido como de ambiente pero ninguna respiración, ni una voz. A partir de esa noche las llamadas eran diarias. DANIELLE, ¡claro!, ¡sí!, ¡debe ser ella!, pensaba. Retomé las sesiones con diez veces más intensidad, era más fiel que nunca al C y E. ¡Viva el C y E!, Contemplación y eclosión. ¡Contemplación y eclosión!. Incluso mis pulmones se fortalecieron. Estaba convencido que Danielle reaparecería en mi vida en el momento menos esperado. Enfocado, vivía y dormía enfocado.
Era miércoles, Enrique y yo quedamos para tomar algo antes de ir al centro Kajumari. Lo vi desde una cuadra de distancia, estaba de pie y haciendo algo con las manos, como nervioso.
—¿Todo bien? —fue mi saludo.
—Qué bueno que llegas —dijo— ¡anoche dormí, pude quedarme inconsciente por una hora!
Le contesté que eso era muy buena noticia, sin embargo él siguió con un semblante intranquilo.
—¡No!, esto no es lo que esperaba. Se supone que todo esto es un paliativo para gente como nosotros, sin esperanzas y con el suicidio a la vuelta de la esquina. No debería ser real, ¡vamos!, no me digas que tú sí creíste todo esto del C y E.
Se rascaba el cuero cabelludo con las yemas de los dedos. Mientras su respiración se volvía más rápida.
—Pues... yo incluso he recibido señales —dije—, por eso he retomado esto con más vigor.
Sentí vibrar mi teléfono en el bolsillo. Contesté y ahí estaba el silencio otra vez.
—¿Danielle?... —me atreví a preguntar y después de unos segundos de silencio agregué:— he pensado… he pensado mucho en ti.
El mutismo seguía. Me detuve, todos los autos disminuyeron su velocidad de golpe, se movían cada vez más despacio. Vi cruzar una parvada de pericos en cámara lenta, el agua que brotaba de las fuentes y aspersores salía disparada a una velocidad cada vez menor. En el crucero una imagen holográfica gigante de La Virgen del Apocalipsis iba apareciendo gradualmente. Su figura parpadeaba como si fuera proyectada por algún aparato estroboscópico. En su cabeza, en vez de una aureola y doce estrellas, tenía un triángulo. Yo sostenía mi teléfono sin reaccionar. Todo se ralentizaba. La Virgen me miraba mientras descendía despacio. Sus ojos parecían seducir pero al mismo tiempo contemplar con inocencia. En la comisura de sus labios se dibujaba de un modo apenas perceptible lo que parecía una sonrisa. Extendió unas alas inmensas hechas de pixeles. Voltee hacia Enrique y éste yacía tirado sobre la banqueta, durmiendo como un recién nacido.

Por Alejandro Valdez