lunes, 15 de abril de 2013

Sin resistencia



Nos conocimos hace dos años en un encuentro de jóvenes anarquistas; Horacio, Pavel y yo, compartíamos costumbres donde el compañerismo siempre iba por delante. Éramos los mejores amigos. A veces nos reuníamos los fines de semana en la casa de uno o de otro y, mientras esperábamos que la noche apareciera, nos manteníamos consumiendo cualquier droga que cayera en nuestras manos para después salir a la calle y romper fachadas de cristal de bancos y establecimientos, asaltar tiendas de prestigio o incluso, cuando algún otro colectivo anarquista se unía a nosotros, salíamos a buscar a policías en motocicleta; alguien hacía algo para llamar su atención, y ya que se acercaba, terminamos rápidamente la emboscada con un ataque contundente y en bola. Los tipos del orden nunca entendían qué pasaba hasta que, supongo, se veían llenos de juveniles golpes y sin sus botas, que eran unas cosas increíbles; la piel era de primerísima calidad, la suela también de cuero, térmicas y muy cómodas pero, sobre todo, habían sido de un policía. Pero no todo eran travesuras, también trabajamos. Todos estábamos vinculados con una revista de izquierda; tomábamos fotos en marchas y eventos, hacíamos difusión y demás mandados a nuestra altura. 
            Una noche íbamos caminando sobre la avenida insurgentes y nos detuvimos a ver la fachada de una tienda de alimentos europeos; vinos, carnes frías, quesos hediondos y podridos... de esas tiendas que la gente rica es su principal clientela. Y mientras terminábamos de trazar nuestro plan de ataque -qué vidrió era nuestro favorito, o si había posibilidad de sustraer algo de la tienda-, por la puerta salió, con dos bolsas llenas, Covarrubias, el editor principal de la revista para la que trabajábamos.
            —¿Y ustedes, qué andan haciendo por acá, tan solitos? —nos preguntó sin sorpresa, parecía aburrido.
            —Nada, vagando a ver quién nos invita a cenar o el rock —contestó Horacio, mientras nos miraba con la intención de seguirle la corriente y no echarle de cabeza.
            —Ya. Pues la verdad no me siento muy bien, me acabo de pelear con mi pareja y decidí salir a comprar algunas cosas y respirar algo de aire fresco. Y si quieren venir a mi casa a tomar un cerveza, son bienvenidos.
            Covarrubias era un viejo maricón de unos cincuenta y tantos, con una abdomen envidia de cualquier africano muerto de hambre, vistiendo mocasines color vino y ceja depilada.
Vivía en un penthouse ubicado en una zona también muy cara. Cuando abrió la puerta, un olor a perdición casi nos desmaya. Parecía que no la llevaba muy bien, todo en el piso tipo loft era un desastre; botellas y basura por doquier, la duela quemada por colillas de cigarro que nunca nadie había apagado, ropa que había sido usada para limpiar líquidos derramados, pequeños montículos de libros y revistas que todo indicaba, habían funcionado como pequeñas y múltiples fogatas. Sí, casi nos sentíamos como en casa.
            —Ah, ese de allá es Franky, por si alguien gusta —nos convidó al momento que señalaba una cama al fondo y sobre la cuál reposaba el cuerpo de un hombre desnudo hasta de la conciencia.
            —No, gracias. Nosotros somos anarquistas, no putos.
            —Bueno, pues como quieran. Yo sólo intento ser amable ¿una cerveza?
Covarrubias nos preparó la cena y al terminar nos invitó a pasar a la terraza. Nos sirvió unos tragos muy fuertes. Mientras nos platicaba de sus locas aventuras nosotros reíamos. Era un buen tipo que por el momento la estaba pasando mal. Nos contó que estaba perdidamente enamorado de Franky, el bulto mamado e inconsciente del rincón, pero que el muy imbécil tan sólo era un interesado. Nosotros nos pusimos de su lado, tanto que le ofrecimos hacer algo con aquél vividor, pero nos contestó que no,  que ese día era una fiesta y había que festejar. Se puso de pie y por unos momentos nos dejó solos, cuando regresó, traía en las manos una cajita, la puso sobre una mesita de centro frente a nosotros –que estábamos sentados juntos, en un sillón para tres-, acercó una silla, tomó asiento, abrió la cajita y estoy seguro que desde el otro lado de la mesa, como desde otra dimensión donde él sabía cosas que nosotros no, pudo ver cómo nuestros rostros se iluminaban de emoción. La cajita estaba llena de pequeños frascos, pastillas, papeles y sobrecitos…

Mientras miraba a las constelaciones bailar, escuché una bragueta abrirse a lo largo de mi columna vertebral, bajé la vista y vi cómo Covarrubias se bajaba los pantalones a media asta, sacaba un miembro grande, viejo y erecto de entre sus calzones Ralph Lauren. Con la diestra sostenía una copa de oporto y con la siniestra a un miembro casi salvaje.
            —¿No tienen problema si me masturbo, verdad? —preguntó.
            —Ya te dijimos que somos anarquistas, además es tu casa y por nosotros y si quieres, te puedes meter veladoras prendidas por el culo. ¿Alguien necesita otro trago? —respondió y preguntó Horacio, que también su mirada estaba perdida en aquella amenazadora verga.
            Covarrubias comenzó con un desenfrenado vaivén, decía cosas incomprensibles, escupía sobre su propio miembro, se retorcía, nos miraba, y aquella verga como si nada.
—¿Ay, a poco a nadie se le antoja darme unas  jaladitas?, ¿o prefieren sobarme las nalgas? —preguntó Covarrubias mientras se daba la vuelta para que su trasero tomara las veces de interlocutor.
            —Ya te dijimos que somos anarquistas, no putos, entiende. Y allá de ti si nos salpicas —ahora fue Pavel el que contestó perdido entre nalgas peludas y canciones de resistencia.
            —Ay, si a leguas se ve que son re putos. Seguramente se dan entre los tres y no invitan, qué ojetes.

Lo último que recuerdo es que la noche siguió entre risas, constelaciones bailarinas, mentadas de madre, invitaciones promiscuas, maldiciones y más sonrisas.Al despertar, lo primero que pensé al sentir los cuerpos ajenos y desnudos, es que, desde ese día, a todos nos costaría mucho trabajo pronunciar la palabra puto.


Por Victor Hugo G

jueves, 4 de abril de 2013

Dibújame



Dibújame


—Hola. Sé que esto es extraño y que soy un completo desconocido. Mi nombre es Mauricio, y ¿podrías dibujarme?
»No se cuántas veces te he visto sentada en esta banca, frente a la fuente, dibujando cualquier cosa a tu alrededor. El agua caer, las aves, las señoras con sus hijos y a los enamorados. Tu lápiz se mueve a mayor velocidad cada día.
»Nunca te diste cuenta de las miles de veces que me he recargado en ese árbol detrás sólo para ver lo que dibujabas. El primer dibujo que vi fue uno con una ardilla robándole a un perro su comida. Sí, estaba muy gracioso.
»Tienes una bonita sonrisa, por cierto. No recuerdo bien cuándo fue la primera vez que te vi dibujar. Comencé a dar esos paseos por el parque para evitar perderme en mis pensamientos, huir de la soledad y la angustia. Al principio no me funcionaba tanto, pero con el tiempo comencé a fijarme en las cosas que me rodeaban. Poco a poco fui formando un cuadro cotidiano. Por ejemplo, supe que aquel policía se llama Francisco y que le gusta mucho una señora que siempre sale a pasear a las doce con su schnauzer. Estoy seguro que la ubicas bien, una vez la dibujaste mientras comía un helado.
»En fin, de repente tu presencia formaba parte del cuadro. Como si siempre hubieras estado ahí. En cada paseo que tomaba, te encontraba sentada, dibujando. Al principio no tomé relevancia de tu presencia. Sin embargo, cuando el cuadro estaba completo, no pude dejar de notarte. Luego, te fuiste apoderando de toda la pintura y me encantó. Empecé a amar tu cabello suelto, tus vestidos de diferentes colores, los moños o gorros que combinabas con tu vestido y aquel lápiz que si no lo tienes en la mano lo guardas entre tu oreja y tu cabello.
»Comencé a venir con mayor regularidad y mis estadías se alargaron...
»Oh, perdón. Son los nervios. No puedo dejar de temblar y tú has de creer que estoy loco.
»Este... Mira, intenté hacer unos dibujos de ti. Ni se acercan a los tuyos y debo confesar que soy malo para dibujar narices...y manos...y caras.
»Mi doctor quería que le enseñara una foto tuya. Me dijo “¿Pues cómo es esta chica que hasta te cambia la cara?”. Pero nunca me han gustado las fotos. Llámame supersticioso, pero siento que esas cosas te roban el alma.
»Oh, ¿te ríes de mí? ¿Sabes que me rompes el corazón? Oh, no.  No me tomes enserio... Sonríe. Vuelve a sonreír.
»En fin, apenas hoy tuve el coraje de acercarme. Puede ser un poco tarde pero más vale tarde que nunca. Yo, solamente, quiero un dibujo tuyo. Quiero ver cómo me ves. Tú ves las cosas de diferente manera, las ves como realmente son. ¡Por Dios! Cuando dibujaste a esos dos chicos besándose casi me rompo a llorar. Retrataste aquel instante y su vida, tal y como ellos nunca podrán imaginarse.
»Yo sé que no soy guapo, que estoy pálido y tengo apariencia enfermiza. De hecho, es más que la apariencia. Pero pronto no podré volver a verte y quiero de alguna manera sentirte cerca. Quiero que me veas.
»Dibújame.
La chica se quedó callada por un minuto. Mauricio estuvo a punto de irse cuando ella puso su mano sobre la suya diciéndole «Quédate.» Luego, ella le cerró los ojos. Él pensó que así era como ella lo quería dibujar entonces se dejó manipular. Después ya no sintió su mano en la suya y la encontró en su mejilla. No quiso volver a abrir los ojos por temor a que el sueño se acabara. Sus labios sabían a pastel de limón.
Cuando abrió los ojos vio su vestido rojo atravesando la avenida y perdiéndose entre la gente. No sabía cómo sentirse: si feliz por el beso o triste porque ella se había ido, sin dejarle el dibujo que tanto le pidió.
Se apoyó en la banca y sintió que algo se le clavaba. Era el metal del encuadernado. Entonces lo hojeó y se encontró retratado tantas veces que él se sorprendió de no haberla visto viéndolo. Él paseándose, él comiendo, él dibujándola y, finalmente, un dibujo de ellos dos besándose.
“Nos volveremos a encontrar, quizá en otra vida”. Leyó debajo del dibujo.

Por: T.C. Durán




domingo, 24 de marzo de 2013

Smecky well little brothers, smecky well little brothers:




Era una de esas tantas noches de sábado que todo el mundo conoce, había faltado tres días a la escuela, por pura pereza y por no soportar lo imbécil que eran mis "compañeros"; aparte, eran los días en los que daban las materias más aburridas y los profesores hacían que uno se cagara en los pantalones del tedio…. En resumen, un sábado cualquiera.
Estaba tomando un whisky en el puto boliche, el cual cabe decir, estaba lleno de pubertos muertos de hambre sexual, y de los futuros tarados que iban a vivir su vida buscando y estando en la aceptación de los demás. Los labios de las vaginas de las mujeres aplaudían poco más.Entre todo eso, estaba yo, es decir, Narciso.
Hacía algo de frío, yo sentado, por supuesto, en uno de esos sillones súper-cómodos que en algún momento fueron duros pero de tanto uso ahora son blandísimos. Estaba mirando a una chica pálida que parecía algo perdida-drogada, rechazaba a todo idiota que se le plantara para bailar. Yo seguía tomando mi whisky aguado. Puaj.
El "hombre de seguridad", es decir, el neandertal que cuidaba la puerta, no había notado que en cada pierna llevaba un dulce puñal. Mis pantalones de jeans grises y mi tapado negro, junto a mi gorro hacían una muy bonita y rara combinación, seguro me tomaban de hipster o vanguardista, alguna estupidez por el estilo. La gente pasaba y pasaba...
Horas antes había prendido fuego un auto, viniendo por la paralela a la avenida, era uno de esos autos más viejos que la esclavitud, tapados de corrosión, y obviamente, sin alarma. Fue fácil, yo sabía de antemano que estaba ahí, siempre el hijo de puta del viejo lo ponía ahí tapando media acera. Yo llevaba una botella de alcohol etílico de medio litro, le rompí un vidrio y lo prendí con el encendido. Apenas chispeó largo una llama, me carcajee mucho, era fantástico, así seguramente se sentían los cavernícolas cuando prendían fuego. Pero recordé que me podían llegar a ver. Así que salí corriendo y doblé la esquina yendo al boliche. Me aburrí (como si allí pudiera hacer algo más que eso), fui a buscar un conocido que andaba en la barra y le pedí un par de pastillas de éxtasis... Para el que no sepa, éstas aumentan los pensamientos a la velocidad de un energúmeno, agudizan la comprensión de las personas a niveles astronómicos, te deshidratan como una uva y te llenan de radiante energía. Como un sol en miniatura, paseándose por el frío, vacío y aburrido espacio. Me las dio y me seguí paseando. Vi a la chica pálida y hermosa, me miró y salió caminando para otro lado. Como no tenía idea de qué hacer, me decidí por salir un rato... Total, tenía dinero de sobra de la semana, un par de hurtos que me dieron suficiente pasta.
Afuera hacía un frío que te abría la piel por capas y se te calaba hasta el centro de los huesos. Caminé un rato y me senté en medio de la plaza a mirar el frío condensarse en el aire. De repente aparecieron un par de pequeños intentos de humanos caminando, malditos villeros. Yo me preparé para sacar los cuchillos, pero pasaron de largo, fumando sus asquerosos cigarrillos. Me dispuse a ir al otro boliche pero no, vi que el café estaba abierto (2 de la mañana más o menos, todavía no sé cómo carajos pasaba eso), me dispuse a ir. Entré, hacía calor, me dieron el té de manzanilla que pedí. Me mandé  8/12 de lsd a ver que pasaba y me lo bebí. Salí a la calle y me encontré con un par de conocidos que me hablaron de algunas de sus vaginas y se fueron para un bar donde tocaba una banda.
Me quedé dormido debajo de un tilo de la plaza. Algo entumecido me levanté unas horas más tarde, el lsd me hacía pensar desde por qué coño Beethoven tenía ese peinado a por qué la vagina era parecida a una boca. Ya de nuevo guarecido, en una estación de servicio, alrededor de las 5:30 de la mañana, empezó a salir gente, entre ellos un idiota que me fastidiaba en la escuela y que tenía un peinado en cresta. Nunca he tolerado a la gente que usa cresta y más cuando es un tarado social, así que le eché un par de pastillas de éxtasis a su café y esperé.
Al rato, el tontín con apariencia de gallo, se dio por irse caminando y yo lo seguí. Una linda oportunidad. Cuando pasaron unas seis cuadras, y no había nadie cerca, corrí y lo tackleé, saqué el puñal y se lo hundí de lleno en la mandíbula, noté un leve cosquilleo eléctrico mientras lo hacía. Cada puñalada que le metía iba en mi mente al ritmo de la Primavera de Vivaldi. Se agitaba para todos lados, con una desesperación similar al de los pescados cuando están fuera del agua. Lo golpeaba, lo tajeaba, lo golpeaba, lo tajeaba, hasta que entre uno y otro, murió, dejándome una sensación de mil ángeles haciéndome cosquillas en todo el cuerpo con la punta de sus alas, sentí hasta el tuetano moverse dentro de la médula, un alivio extático similar al volver al vicio luego de meses de abstinencia. Alegremente salí de nuevo para la estación.
Llegué a la estación.
Como es típico, me senté a hablar boludeces con unos amigos que andaban por ahí entrando en resaca, todavía no entiendo cómo a la gente le gusta emborracharse, es como que a uno le guste que lo dejen inconsciente al mismo tiempo que el cuerpo se mueve solo... Mientras hablaban, yo me había quedado fijo mirando a la chica pálida, parecía irse caminando sola, algo poco habitual entre la gente que siempre anda en manada como hienas. Iba destino a una parada que había a unas cuadras, o eso parecía. No podía creer mi suerte.
Me despedí de los pobres desgreñados con resaca y salí como tiro detrás de ella, sin hacer ruido. Llegando a la parada no se detuvo, dobló en la esquina, la seguí. Caminó otro par de cuadras y dobló para la avenida. No me quedaba otra oportunidad. Me abalancé, tapándole la boca, la tiré contra una pared, quedó algo aturdida, le arranqué la minifalda. Le bajé la tanga y la penetré, vagina carnosamente deliciosa que tenía. Recuperando su propio control putaneaba, gemía, me mordía, de todo, por fin acabé y le metí un golpazo en la cabeza con el mango del puñal. No merecía morir, y ésta, solamente con la voluptuosidad, me había causado más placer que el otro bobalicón con los quinientos mil cuchillazos y tajazos. Parece que en mi caso, la volutpstuosidad le gana al sadismo.
Me fui para la avenida, y luego, destino a mi casa. Cuando llegué, me eché a la pc a mirar un rato las redes sociales. Estaba acabado así que me tiré a dormir mientras despuntaba el alba. Una buena velada realmente. Mi primera noche de ultraviolencia, la primera de muchas.

Por Bautista Somaschini.

jueves, 14 de marzo de 2013

La excepción




Era una noche lluviosa, la venía siguiendo hace rato, unas dos o tres cuadras. Me había encontrado con diversos obstáculos pero los había salteado sin problemas gracias a mi innato don natural.
Bajé mi cabeza hasta casi tocar el suelo con la nariz y comencé a olfatear, a veces no queda más que olfatear los rastros. Puedo ver en la oscuridad, pero en la niebla no. Era el típico edificio abandonado donde entre los huecos de los ladrillos habitan los gorriones y abajo algunos humanos. Olía a rayos, eso puedo asegurarlo. Ese polvo asqueroso que me hace estornudar como el repiqueteó de las patas de un caballo en una calle de adoquines.
Proseguí mi labor. Seguí su rastro piso tras piso. Oh perdonen, me olvidé de contarles como era, si no no entenderán el motivo de la persecución.
Su pelo negro como la noche sin luna y brillante como el vidrio tras la lluvia, ojos verde claro, gélidos; uñas largas y un poco curvadas; extremidades flacas, cola larga y rellena. Toda una siamesa purasangre. No hacía nada si no le interesaba, parecía distante, nunca se acercaba a ningún cohabitante, todos se acercaban a ella y ella con una simpleza terminaba el asunto. Tenía todo un séquito de seguidores, como esos raros que entran a la iglesia a los lunes pensando que van a mejorar por algo exterior y no por ellos mismos.
Volviendo a lo que contaba, ya había subido tres pisos (había entrado por el segundo), quedaban solamente dos más. En un nivel había encontrado una pareja de ratas, pero no me iba a entretener con asuntos tan banales, así que les perdoné la vida. El rastro seguía hasta el sexto. No era algo muy común que una felina como ella viviera allí, tan distanciada. Me pregunté por qué.
Tras aventurarme al sexto, escuché algunos maullidos. Eso me desconcertó. Estaba resuelto a subir hasta allí nomás. Ella no valía tanto la pena como para subir al séptimo. También si subía uno más, llegaría tarde a la comida del restaurant y otro podría ocupar mi lugar.
En una habitación, en una esquina había un hueco. A través de esa rendija, escapaba la luz. De repente, me entró el instinto y me fui rápidamente escaleras abajo. No entendía por qué, pero decidí seguirlo. Nuevamente quinto piso, cuarto, tercero, segundo, ventana del segundo pasillo a la izquierda, salto, me agarro del tanque de agua, subo, salto al otro techo, bajo y corro derecho hacia el restaurant, unas cuantas decenas de metros más abajo.
Llego al restaurant y como el pescado que sobró. Ese hombre es realmente muy amable, le acaricio un poco y me voy a dormir a mi casa, es un hueco en una ventilación al costado de una chimenea. Duermo.


Pasan días y decido ir a ver al edificio donde andaba investigando a mi enemiga. Encontré su cadáver y el de otros cuantos gatos más en círculo alrededor de un extraño garabato en el suelo, hecho con sangre, según parecía. Debo ser el primer gato al cual la curiosidad no ha matado.


Por Bautista S, 

domingo, 10 de marzo de 2013

La príncesa veneciana






Cuando ella entró al edificio, el portero la saludo sin extrañarse por la máscara veneciana que traía puesta. Era común que cada noche aquella mujer llegase a las tres de la mañana a su departamento.

Yo la vi desde el otro extremo del salón. Entre todas esas máscaras, ninguna otra resaltó más que aquella lujosa veneciana. Ésta le cubría toda la cara, tenía plumas a los extremos, simulaba un antifaz decorado de dorado y morado, y el resto era blanco, excepto por los labios que contrastaban con su color rojo. También llevaba puesto un corset negro, una larga falda del mismo color y unos tacones.
Detrás de esa máscara se asomaban unos ojos morados, cuyo color original nunca conoceré. Me miró intensamente y pestañeó de forma lenta, invitando a mi cuerpo a acercarse, pero cuando di el primer paso para caminar hacia ella, el salón se comenzó a llenar y la perdí de vista.
Estuve horas buscándola en cada esquina. Giré y giré con la música en brazos de extrañas -y extraños-, que me jalaban hacía sus cuerpos. Apretaban sus senos y sus ingles contra mí, pero mis ojos no dejaban de buscarla. Movía la cabeza de un lado a otro. Sólo podía pensar en ella. Me sentía embriagado aunque no había tomado nada, una fuerza extraña sofocaba mi pecho y comenzaba a ver únicamente caras monstruosas en aquella mascarada.
Fue entonces cuando la vi salir por la puerta principal y yo me hice paso entre la gente. El taxi en el que se fue arrancó justo cuando yo logré salir. Corrí al vehículo más próximo y le exigí al conductor seguirla. Él solamente se rió y me dijo «Tranquilo, hay tiempo» y no encendió el vehículo hasta que el taxi en el que ella iba desapareció en la esquina. Mi cuerpo se tensó y estuve a punto de golpear al conductor para después correr a perseguirla, pero en ese momento él encendió el vehículo y la fuerza del movimiento me impulsó al asiento.
Extrañamente el conductor me había traído ahí, ante su edificio. Vi, a través de la puerta de cristal, que oprimía el piso seis en el elevador y desaparecía. Entré acelerado al edificio, para hacer bajar aquel elevador lo más pronto posible y, mientras esperaba, sentí la mirada del portero. Lo volteé a ver y él me sonrió. No me preguntó quién era o qué hacía en ese lugar. Me consoló la idea de que yo llevara un antifaz ante aquella situación. Tanto la actitud del conductor como del portero, me hicieron desconfiar, sin embargo eso no me importó. Sentía que ella me estaba llamando, que me esperaba, sólo a mí, que sabía mi nombre y que me amaba. Porque tenía que amarme.
Hubo un breve sonido y el elevador se abrió. Oprimí el número seis y el portero desapareció de mi vista. Conforme el elevador se movía su fluorescente iluminación parpadeaba y mi impaciencia crecía.
Pronto llegué al piso indicado y ante mí apareció un largo pasillo con al menos doce puertas. Por un momento, me desesperó la idea de tener que quedarme ahí a esperar que ella saliera o de tener que ir tocando cada puerta hasta encontrarla. Sin embargo, escuché el golpe de unos tacones contra el suelo, me acerqué y descubrí que la puerta con el número once estaba abierta. Ella la había dejado así, pensé, y seguramente me estaba esperando.
Entré al departamento silenciosamente, cerré la puerta e inspeccioné el lugar. Unos focos iluminaban discretamente el pasillo que guiaban a una habitación. Ahí, al fondo vi su silueta moviéndose y luego desapareció de mi campo de visión.
Me dirigí a su recamara y al entrar el olor de su perfume me golpeó. Escuché unos sonidos provenientes de lo que parecía ser el baño. Toqué el suave cobertor de su cama y sentí el impulso de dejarme caer sobre ella. Sin temor a que me descubriera, me acosté y desde ahí pude verla perfectamente. Todavía tenía el corset y la máscara puesta, pero había dejado al descubierto sus piernas. Me pareció tanto extraño como excitante el hecho de que debajo de la falda tuviese unas medias puestas, de ésas que no son completas. Llevaba puesta también una tanga negra con encaje y un pequeño moño color lila.
Me hipnotizó la manera en que no atendía mi presencia, posiblemente la ignoraba. Yo simplemente me quede contemplando cómo se veía en el espejo y con sus manos inspeccionaba su cuerpo. Le llamé Ofelia en mi mente.

No me di cuenta del momento en que me quedé dormido, sentí un objeto frió rozar mis labios y yo los presioné para continuar el beso. Al abrir los ojos, la encontré sentada sobre mi pantalón, todavía con la máscara puesta. Yo me quedé entonces boquiabierto sin saber cómo reaccionar. Ofelia empezó a frotar su pubis contra la mía, un escalofrío recorrió todo mi cuerpo y sentí mi miembro crecer. Entonces levanté mi torso, apreté su pecho contra el mío y comencé a besarle el cuello. Sentí su pecho elevarse y descender por la velocidad de su respiración que aumentaba pero en ningún momento gimió o dijo algo. Alcé mi cabeza y busqué sus ojos. Éstos me miraron inexpresivos.
Continué besándole el cuello y poco a poco bajé hasta sus senos aún cubiertos por el corset. Cuando comencé a quitárselo ella me empujó contra la cama y de un jalón rompió los botones de la camisa que llevaba puesta. Me quite los restos y continué deshaciendo el lazo que mantenía sujeto el corset, hasta que finalmente descubrí sus senos. Los besé, los mordí y los succioné cual jugoso fruto. Ella se levantó y bailó un poco para mí moviendo suavemente las caderas mientras se quitaba la tanga. Yo me arrodillé ante ella y puse mis labios contra su clítoris. Ella pasó sus dedos por mi cabello y finalmente la escuché emitir un sonido de placer. Comencé a desabrocharme el pantalón, mis manos me temblaban y mi corazón latía tanto que sentía su fuerza en mi pecho. Me levanté, la volteé y la incliné sobre la cama. Le besé la nuca y fui recorriendo con mi lengua su columna hasta llegar a su espalda baja. Me reencontré con su vagina y me auxilié con mis dedos para darle placer. Dejé caer mi pantalón y mi miembro quedó expuesto. Finalmente, antes de que se diera cuenta de este hecho, la penetré suavemente, cosa que hizo que ella gimiera.
Me encantaba escucharla gemir y respirar con mayor excitación, aunque al tratar de verle la cara ésta se mantuviera inexpresiva. Pero eso me permitía imaginarme la cara de mi Ofelia en pleno éxtasis. Le continué besando el cuello y la espalda. Ella con una mano guiaba las mías hasta sus pechos y con la otra acariciaba mi nuca.
Su cuerpo se comenzó a tensar y yo empecé a arremeter contra éste con mayor fuerza. Nuestra respiración aumentó y pronto formamos una armonía de gemidos. La apreté contra mí, pude ver las venas en mis brazos causadas por la fuerza que comenzaba a acumularse.
«¡Ofelia! ¡Mi Ofelia!» Grité al cerrar los ojos y descargarme entero en ella. Ofelia lanzó un último alarido y nos quedamos petrificados sobre la cama. Temblábamos los dos e intentábamos recuperar el aire.
Finalmente, nos dejamos caer sobre las sábanas y yo recosté mi cabeza sobre la almohada, mientras que ella lo hacía en mi pecho. Pasamos unos minutos en silencio, hasta que nuestros cuerpos se relajaron completamente. Yo la abracé y comencé a pasar las yemas de mis dedos por su piel. Ella alzó su cabeza y nuestros ojos se volvieron a encontrar como lo habían hecho en la mascarada. Contemplé la máscara veneciana una vez más y me desesperó desconocer la verdadera cara de mi amada. Quise besar sus verdaderos labios, me los imaginaba suaves y carnosos. Entonces, aun viendo sus ojos, puse mi mano en la comisura de la máscara y de un jalón se la arrebaté.
Justo antes de poder ver su cara, Ofelia desapareció.


T.C. Durán

miércoles, 13 de febrero de 2013

Tras los bigotes




––¿Dónde estabas?––pregunta Amada casi dormida.
––Eso no es asunto tuyo, chatita linda—le contesta Ignacio, mientras se quita la camisa empapada en sudor y se mete a la cama con la cabeza dándole vueltas.         
*
A la mañana siguiente, Amada, como cada tercer día, acude a la iglesia a encontrarse con Dios y también con sus amigas. Sin embargo, al saludarlas percibe síntomas de lástima, cuchicheos, incluso burla. Ninguna se atreve a mirarla a los ojos, ella no entiende y prefiere cobijarse en su mansión, una mansión que en realidad guarda secretos entre sus paredes y sus fuentes, secretos de su nacimiento, de los amoríos de don Porfirio -su padre- con su madre: una indígena que jamás volvería a ver.
Ayer se celebró la fiesta a la que ni Amadita ni sus amigas de sociedad fueron invitadas. Sólo había gendarmes cuidando la casona de la colonia Tabacalera y una fila larga de invitados.
Adentro, varios acaudalados mozos lucían sus mejores galas: medias de seda, zapatos de tacón, sombreros, tela de raso, rizos castaños, collares de perlas  y diamantes, aretes y maquillaje.  El baile comenzó y no hubo más remedio que abrazarse al otro, mirarse a los ojos, tomarse de la cintura con determinación y sentir la picazón de los bigotes en la piel. El ambiente olía a perfume y a alcohol, a cigarrillos y a flores de campo. Adentro de esa mansión se vivían momentos de libertad y desenfado, libres de murmullos y de críticas.  Eso fue hasta la madrugada, justo cuando los gendarmes derribaron las puertas y encontraron a 41 hombres explorándose.
Formados en fila fueron despojados de sus ropas y encarcelados. Porfirio Díaz decidió enviarlos a Yucatán a realizar trabajos forzados y evitar hablar del asunto. Un hombre había huido por la azotea y finalmente había llegado extenuado a la cama, donde lo esperaba su esposa. Después de aquello, el nuero del presidente se quedó sin el favor de la gubernatura en el estado de México.
Amada Díaz sabía quién era Ignacio de la Torre. Conocía sus amoríos con otros hombres, y callaba porque lo quería, porque eran dos amigos intentando ser marido y mujer, porque pese a todo, deseaba un hijo. Sin embargo los frutos de Amadita maduraron y ya no hubo espacio para ello. Finalmente, Nacho, como le decían, huyó tras los bigotes de Zapata dejando a Amada huérfana de padre, con dos gatos y después viuda. Arrastrando las deudas de su marido, vendió la mansión y se fue a vivir con su hermana. A partir de entonces estuvo convencida de que en realidad su nombre debió haber sido Dolores, nunca Amada.



De Julieta Arévalo

miércoles, 6 de febrero de 2013

La famosa guerra de la uretra




—Mierda, tan sólo a dos pasos de llegar a la cama —se dijo mientras consideraba la idea de rendirse y quedarse justo ahí. Pero no. Se arrastra, triunfa sobre la borrachera y duerme. Sueña. Entre ronquido y ronquido llega la brisa, las olas, los gritos y los rayos del sol en forma de nubes negras. Está en la playa de Normandía y es un soldado de bajo rango, en el inicio el día “D”.
            ¿Por qué un soldado? A él no le gusta la milicia, ni las armas y mucho menos entiende los motivos de la guerra. ¿Dar la vida por defender la Patria? ¿Por el hermano? ¿El ciudadano? Ni siquiera siente odio por el enemigo, es más, ni siquiera tiene enemigos. Y la vida es muy valiosa, dice. Por eso siempre ha preferido dormir, hacer nada: un lugar oscuro, cómodo y acogedor siempre será su trinchera. Pero sabe que es un sueño y tiene que estar a la altura, así que sin más, desciende del armatoste flotante hacia un mundo en guerra. El fuego de las balas es múltiple y cruzado, tanto que la arena arde como si fuese roja lava por tanta sangre derramada. Por todos lados hay retazos de muertos, bombas sin explotar, mochilas llenas de lonches sin comer, armas cargadas sin tirador. Pero él es un soldado que tiene sueño y la lluvia de balas le importa poco. Encuentra un hoyo poco profundo, entre varios cuerpos destripados, que le parece un lugar perfecto para ver el atardecer. Se instala. Con la punta de su arma aparta vísceras, huesos y pedazos completos de ser humano. Se recuesta sobre aquel  mar de sangre y con el rostro hacia el cielo saca un cigarrillo, lo coloca en sus labios, levanta cinco centímetros el rostro y deja que las potentes ráfagas de fuego hagan su trabajo sobre la punta del cigarrillo. Fuma.

Pasa el tiempo, pasan las balas, los muertos, pasa todo, incluso pasa la noción de él mismo y el escandaloso peligro que le rodea. No sabe qué hace ahí, está confundido, hace unas horas estaba en su casa buscando la mejor forma de perder el tiempo, como hace algunos años, cuando estaba buscando la mejor forma de existir. La pesadumbre lo regresa a su estado, a su sueño rodeado de cadáveres, de peligro y de unas inmensas ganas de orinar. Sabe que no hay salida, sabe que cualquier movimiento brusco significa la muerte. Pero también sabe que tiene estilo y dignidad; no será un soldado cualquiera que muera por cualquier causa. Así que decide ser el soldado anónimo que murió por orinar. Con mucho cuidado, baja el cierre de su pijama verde militar, saca el miembro, piensa en enfermeras bélicas cubiertas con uniformes cortos, blancos y manchados de sangre, todo con el fin de lograr una erección, y orina. Parece una hermosa fuente de jardín en medio de aquel caos. ¡Es hermoso!, antes de terminar con la meada, levanta un poco más las caderas para exponer al miembro orinante a la ráfaga de fuego, y ser herido de muerte justo en la cabeza. Los colores, los ruidos, el dolor de la herida y el placer de la meada se entremezclan y sabe que es el final. Está seguro de que le harán un monumento, de que por él izarán la bandera a media asta, de que a su la familia le entregarán su medalla de honor, pero sobre todo, está seguro de que cuando bebe de más, tiene que orinar antes de ir a dormir.

Por Victor Hugo G.