jueves, 29 de agosto de 2013

Buen íncipit

“Cuando tengas algo que decir, dilo; cuando no, también. Escribe siempre”.
Augusto Monterroso.

Jueves. Noche. Hay tiempo.
            Word. Documento nuevo. Comienzo.
“Encontré trabajo el día después de mi suicidio.”
Buen íncipit, creo. ¿Y cómo se suicidó? No importa. Café. Muy Dulce. ¿Dónde está? ¿Es importante eso?
“Me doy cuenta que aquí todo es distinto. Puedo sentir una atmosfera pesada, ¿seguiré en la tierra?”
Dos de la mañana “Atmosfera pesada, lúgubre y fría”. No, no es buen íncipit, pero es buen lugar. Café. Mosquitos. Concentración. Calor. Mejor que la idea llegue. ¿Qué más?
“No siento felicidad, nadie la tiene.”
Borro.
“No sonrío. Nadie lo hace.”
Tampoco. Me recargo. No soy bueno, no tengo talento. Autocrítica. Sólo es una historia, la que sea. Justificación. Borro. Todo.
“Me arrepentí de suicidarme al día siguiente.”
Un mejor íncipit. Satisfacción. Café.
“Creo que estoy atorado aquí, ¿pero por cuánto tiempo?”
Se encuentra en un mundo donde todos están muertos por suicidio. Plagio. Asco. Nada creativo. Lo sé, qué chinga. Dos y media. Otro tema, ¿cómo qué? Uno más casual. Mosquitos. Hambre. Desvelo Lo odio, ¿afectará?  Me levanto. Bajo. Cocina. La historia más casual.  Refri. Microondas. La más casual. Segunda cena. Subo. Me siento. La más casual. Veinte minutos.  Algo como... Ya no hay comida. Más café. De unos niños que… Asco.  De unos amigos que…. Mierda. De un simio que… ¡No puede ser!
Olvido todo. Me concentro. Íncipit.
“La vida da muchas vueltas.”
Lugar común.        
“La vida de dos vueltas.”
Río. Tres de la mañana. No sé escribir. Cansancio. Cama. Quizás mañana. Sueño.

Viernes. Noche. Poco tiempo.
            Word. Documento nuevo. Comienzo.
            “Fue ese día cuando por fin logré mi cometido, ella estaba satisfecha y yo me sentía más destruido que nunca.  —Esas maderas fueron difíciles de colocar—, le dije al oído para sonar más interesante”.
            ¿Maderas?  Río. Mal íncipit. Asco. ¿Y la historia? Mierda. Como siempre. No puede ser. Xbox. Seis horas. Cansancio. Cama. Sueño.

Sábado. Medio día. Sin tiempo.
            Word. Documento nuevo. Comienzo.
            Treinta minutos. Nada. No sé escribir.
“Jueves. Noche. Hay tiempo.”
Buen íncipit

martes, 11 de junio de 2013

El trapecista


Un hombre se haya recostado boca arriba en la cama más alta de una litera, casi pegada al bajo techo; sus pupilas no sostienen ningún punto en el espacio, sus pensamientos se decantan en el olor a musgo, lodo y niebla, el zumbar de los mosquitos y, más frecuentemente, el zumbar de las balas cortando el aire y los cuerpos de pie, a gatas o desplomados.
¿Cuál sería la suma del tiempo que hemos pasado los humanos mirando el techo que nos cubre?, se pregunta. A veces en la sombra que da la copa de un árbol, otras, el fondo de una caverna salpicado de la luz de una fogata. La superficie de la manta nocturna, o en mi caso, este rectángulo de concreto. Trato de recordar cuál fue el motivo por el cual decidí regresar a Europa, habiendo obtenido la paz y el conocimiento en otros lugares, lejos de aquí. El frío no permite que mis huesos reaccionen, hoy tampoco habrá comida, el sueño es mi mejor amigo en estos momentos. Cargar un rifle al arrastrarse por la ciénaga, resulta ser un ejercicio completo, especialmente para el abdomen y la espalda, pero un acróbata no es alguien concebido para la violencia. Para el público, es algo admirable flotar sobre un vació de treinta metros y depender sólo de tus muñecas y del agarre de tus huellas dactilares. Se asombran y divierten al ver tu vida colgar de un hilo. Aquí nadie se sorprende ni se divierte, y el público se compone de muerte y mosquitos. Él se detiene, sus sentidos se agudizan, apoya una rodilla en el fango y levanta la mirada. La pólvora reacciona y una fracción de segundo después, un joven alemán a varios metros siente con el golpe seco del plomo candente y anónimo cómo su oreja se desprende de la cabeza, mientras cae al suelo. El tirador se encuentra a poca distancia, deslizándose entre los juncos. La mente del joven está paralizada y aún así enumera las circunstancias que lo llevaron hasta ese punto. Antes de que logre recordar su adolescencia o a la última novia, el acróbata desliza una daga por su cuello.
Despierta, no está agitado, en cambio se encuentra hambriento y apenas si abre los ojos, descubre en las grietas y manchas de humedad del techo la forma de un inmenso mapa, similar a un terreno montañoso, atravesado por delgados ríos y oscuros lagos. Un paisaje como el que recorrí con el circo y luego con la guerra, dice en voz muy baja o tal vez sólo lo piensa. El ardor fluye por su espina dorsal, el mal olor de la herida sin atención médica en la espalda y de los fluidos secos que ensucian la cama, llega hasta su nariz. Cautivo en este desván del campo número veintitrés en la isla de Man, le extirparon un fragmento de granada y lo envolvieron con vendas recicladas de otros prisioneros.
Ante la protesta del acróbata por la importancia del cuerpo en su profesión, le asignaron una litera como muestra de humanidad, aislada, para evitar que lo molestara el ruido, la luz del sol o la insistente necesidad de comer, según las palabras del general Heiner.


En la india hay gente que creé que nos podemos alimentar de la luz del sol, tal vez ese Heiner también lo sabía y es por eso que me ha puesto aquí. Rechinaba un pañuelo negro en sus gafas cuando me “entrevistó”, un hombre tan pulcro como distante, cuya expresión era la misma si comía un trozo de pastel o bajaba la palanca de la cámara de gas, dispositivo que yo hubiese preferido, antes que morir aquí tan despacio como este noble animal, llamado cuerpo, lo soporte.
━Así que un artista circense ━dijo el adusto general mientras miraba por la ventana de su despacho ubicado en la cima de un pequeño cerro, desde donde predecía y ejecutaba el destino de cientos de vidas.
━Un trapecista, señor ━repliqué con los brazos pegados al cuerpo y mirando al frente como me habían indicado.
━¿Qué animales utilizaban en su circo? ━preguntó el general. La pregunta no era inusual en los niños, pero viniendo de Heiner me perturbó un poco.
━Un elefante, dos leonas, un caballo y un perro nos acompañaban, señor.
━Querrás decir que les servían, ¿acompañar o servir?, ¿comprendes? ¿Cuál de las dos crees que haces aquí?
━Temo que ninguna, señor.
━Así es, para mí no eres un artista, lo cual, además, no es difícil de creer al contar el número de bajas que nos causaste.
━Puedo mostrarle mis habilidades, si me curan y me permiten sanar, señor; puedo entretener a sus soldados ━le dije, a menudo las tropas necesitan un espacio para escapar de la realidad, ¿por qué no el circo?
━ ¿También haces de puta? ━respondió el general y soltó una carcajada recostándose en su silla.
No dije nada.
━Tu situación ahora es más cercana a la del perro de tu circo y con esa consideración te trataré. No morirás en la cámara, tu camerino será ese acogedor cubo de concreto. Ahí podrás entretener a mis soldados. ¿Lo alcanzas a ver?


Rememoro la entrevista con Heiner, acostado, celoso de cómo estas partículas de polvo giran y flotan en el rayo de luz que dispara una pequeña grieta en el techo, como si tuvieran su propio escenario iluminado en el vacío. Repaso todos los errores comunicativos que cometí, todos los muertos que inauguré en el campo y el descuido que me situó en la onda expansiva de aquella granada. Miro al polvo acróbata y envidio su luz, duermo.
La luz solar es absoluta en esta tarde sin nubes, su calor penetra mi piel, sangre y huesos, me hace sentir el sabor de mi esqueleto por la mañana, cuando mi tienda triangular me escupe fuera de sí y el azul reemplaza la oscuridad y las estrellas. Emprendemos un nuevo día de violencia.


Para mis compañeros, las anécdotas sobre cuántos giros era capaz de dar en el trapecio a altas velocidades y alturas, son tan aburridas como para mí sus relatos sobre extremidades amputadas de un solo tiro o mujeres que los esperan en algún lejano pueblo; donde también les aguarda un destino tan monótono y trivial, que me hace comprender por qué muchos se enlistaron voluntariamente, cuando a mí me obligaron.
Busco de nuevo en el fondo de mi bolsillo, seguía sin estar ahí. Tal vez era la última dosis, pienso y alejo esa idea con un escalofrío. Soportar estos días sin algo que alivie mi mente es peligroso. Hurgaba entre los pliegues de cada hoja de papel retorcida que encontraba en mi equipo, cuando, desde el sur, llegó un ligero tentáculo de aire que rozó mi nariz con la conocida esencia de la pólvora. Miro al cielo y por un momento, aunque no deba, al sol, y me parece imposible que sea esto lo que existe bajo la inmensidad y el calor de nuestra estrella. ¿Cuál es la probabilidad de que exista una carpa de circo en medio de este campo de batalla? Corro adelantándome a las órdenes de mi oficial y a la cautela de mis compañeros, la carpa tiene llamas en la base. ¡Es real!, gritó, mientras desciendo entre los árboles hacia el claro donde la carpa arde. Conforme me aproximo, llegan a mis oídos notas conocidas de La gazza ladra de Rossini, el crescendo se acerca. ¡Deben estar en el acto final, me necesitan!, grita mi mente cuando saltó sobre las llamas que rodean la carpa. Aterrizó y ahora soy una de las leonas de nuestro acto, los payasos me atacan con pistolas de agua, yo logro esquivar todos los disparos mientras avanzo dejando sus cadáveres riendo en el césped.¿Cesped?, me pregunto. Un trozo de metal incrustado entre las vértebras invade mi espíritu además de mi cuerpo, esfumando la visión de la enorme carpa roja. Todos los sonidos se escuchan como si se encontraran debajo del agua y apenas comprendo que una explosión me lanzo a esta zanja. De nada sirve recordar el amor de mi madre para aliviar el dolor. Delaté la posición de nuestro batallón y sobre mi cabeza vuelan rocas, balas y sangre.


━¡Artista! ━grita alguien en la puerta; es de noche. Prefiero volver a dormir pero el frío no cede a la orden de morfeo. Empujan la puerta y entran dos soldados.
━Te construimos un trapecio en el árbol más alto. No pongas esa cara. Sabemos cuán ansioso estás de mostrarnos tus habilidades.
Me llevan afuera y me muestran el “trapecio”, compuesto de un columpio con cuerdas largas que cuelgan de la rama del árbol más viejo y sólido. Acepto subir y de cualquier modo los músculos de mi espalda protestan, pero mi objetivo es claro: solo una actuación más. Tomo fuerza para trepar más allá de la pequeña tabla, abajo los soldados chiflan y ríen, se detienen cuando observan cómo el columpio sube tambaleante al jalarlo con un brazo, mientras me sujeto con el otro. Uno ambas cuerdas en una sola y me las coloco como un grueso collar. Me suelto. La función puede continuar en otro escenario.


Por Helios Nek

miércoles, 5 de junio de 2013

Diente de oro



El Doctor Gutiérrez llegó, como de costumbre, al hospital psiquiátrico con la puntualidad de costumbre. Cuando termina su turno, a veces a la una de la mañana, otras veces a las dos, se va a su departamento para darse un baño y a las cinco está de regreso, tocando el timbre del hospital para empezar la nueva jornada de trabajo. El primer saludo del día es siempre para el joven de seguridad; su mano aún tiembla por el frío.
Esta mañana el Doc –como lo conocen todos en su unidad habitacional— recorre los pasillos del hospital con una extrañeza poco habitual. Observa las desgastadas  paredes, que hace mucho tiempo fueron verdes y ahora parecen haber sido embestidas por la  hepatitis. Algo llama su atención. Se escucha abrir una puerta. Un hombre con camisa holgada, calvicie abundante y un diente de oro, deja a la vista del Doctor Gutiérrez su casi metro con ochenta de estatura.
—¡Carajo! ¡¿Quién es usted?! ¡Me metió un buen susto! —exclama el Doctor Gutiérrez agitado y  llevándose las manos al pecho. Desde niño padece de asma.
—Tranquilízate hombre. Me llamo Neal ¿Tú eres el doctor Ernesto Gutiérrez?
—Efectivamente, soy yo, ¿quién lo dejó entrar?
—El guardia me dejó pasar.
—Lo acabo de ver y no me dijo nada.
—Seguro se le pasó.
—Bueno, ¿para qué quería verme? —dice el Doctor Gutiérrez llevándose con discreción las manos a la bolsa en busca de algún artefacto que pudiera servirle para defenderse.
—Verás, me dijeron que tú podrías callar las voces que me piden que mate. Mátalos a todos, no dejes a uno solo, porque los humanos son como una maldita plaga,  me dicen, una y otra vez… Por favor ayúdame.
El Doctor Gutiérrez traga saliva de golpe. Es como si un meteorito callera en su estómago.
—¿Usted me está tomando el pelo?
—Le aseguro que no, doctor.
—Y… ¿alguna vez ha obedecido a esas voces? —pregunta el doctor, tratando de ocultar su nerviosismo.
—Hasta ahora no. Pero vamos, ¿nunca has sentido deseos de matar a alguien? Es más… ¿nunca has matado a alguien?
—Yo… no…
Neal suelta una carcajada y dice:
—Sabes que sí, a mi no me puedes engañar.
—No… No sé de qué me está hablando.
—¿No? ¿Y a todos los pacientes que has matado con tus tratamientos, doc?
—Señor, le repito que no se a que se refiere —al Doctor le empieza a faltar el aire—, si no se retira en este momento llamaré a seguridad.
—Haz lo que tengas que hacer, asesino.
—¡Seguridad! ¡Seguridad!
—¡Asesino, el Doctor Gutiérrez es un asesino! —exclama Neal entre sonrisas.
—¡Seguridaaaaaaaaaaaad!
El joven de seguridad llega rápidamente y pregunta qué pasa.
—¡Saque a este loco! ¡Ahorita mismo!
—¿Qué?—el guardia mira con extrañeza al Doctor
—¡Saque a este maniático de aquí! —el Doctor únicamente escucha las carcajadas de Neal.
—Doc, ¿se siente bien? Aquí no hay nadie más que usted y yo.

Gutiérrez siente cómo el cuerpo se le paraliza, una sonrisa de cuando ya no queda más que hacer se le escapa al instante. Es devorado en silencio. Apenas puede voltear a ver a Neal, y como si le hubieran puesto telescopios en los ojos, ve su pálido rostro tatuado sobre el diente de oro. 

Por Alan Odraude

miércoles, 29 de mayo de 2013

Transgresiones


—Hola, hola, ¿puede llamarme? Por favor osito, estoy sin saldo —el joven del otro lado del teléfono hablaba rápidamente, y su voz se escuchaba trémula. Casi siempre llamaba pidiendo para que  Jorge le regresara la llamada y él, lo hacía siempre que le era posible.
—¡Hola osito! Lo he llamado varias veces, pero no me responde. ¿Su celular está funcionando?
—No. Estoy en México. Por favor osito, llámeme ya. Se me está acabando el saldo. Llámeme ya por favor.
—¿Pero a dónde te llamo, mi bebé?
—Ya le mando el número por chat, ¿me va a llamar, verdad?
—Sí, apenas reciba el mensaje.
Hacía dos años que se hablaban por Facebook, se conocieron dos días antes de que Jorge cumpliera cuarenta años. Elián tenía catorce años, en ese entonces, y era insistente en sus intentos de captar la atención de Jorge. Cada vez pasaban más tiempo hablando, como no lo podían hacer con nadie más. Comenzaron a llamarse cariñosamente de «osito», uno al otro, indistintamente.
 Jorge tenía miedo de meterse en problemas legales, y constantemente se lo reiteraba.
—Osito, podría ser su papá.
—Papá no, ¡mi papito! Quiero que usted sea mi papito —le respondía  Elián con la alegría de un niño. A Jorge le gustaba este tipo de conversaciones, lo hacía sentirse especial, de alguna manera querido. 
—¿De verdad? ¿Qué le gusta de mí?
—Que es dulce, cariñoso, bonito y que sabe lo que quiere. Y yo lo quiero a usted.
—¿Cómo sabe eso, si nunca me ha visto?
—Veo sus fotos, leo lo que escribe en Facebook, y cuando me manda mensajes siempre son cariñosos. Por eso quiero que sea mi papito.
—Le quiero mucho, cuando usted tenga dieciocho años iré a visitarlo.
—Pero yo quiero que me visite ahora. Quería besarlo, dormir abrazaditos.
—¡Aquí en Boston está frio!
—Véngase a Honduras, acá lo caliento con abrazos —respondió Elián, susurrándole como si estuviera hablándole al oído.
—Así me va a convencer de que me vaya a visitarlo.
Esa noche, Jorge se entregó a sus fantasías, observando cuidadosamente las fotos de Elián. Sus favoritas eran aquéllas en que Elián estaba en ropa interior, sobre todo en las que se delineaba su robusta estructura trasera.
Cada dos días, por lo menos, se hacían llamadas telefónicas. Se dejaban mensajes varias veces al día. Internet era el universo de la relación que crearon. Jorge miraba el álbum de fotografías de Elián, una y otra vez, las fotos que mostraban al «osito» más jovencito, eran las que más lo enternecían.
—Osito, te quiero mucho.
—No me gusta que me tuteen. Yo lo trato con respeto, y cuando me tutea, ya no me gusta.
—Disculpe osito, es que no estoy acostumbrado a tratar a las personas de usted, gracias por enseñarme. 
Cada día, el deseo de  Jorge por conocer personalmente a Elián aumentaba.
A veces  Elián le hablaba de sus necesidades: la matrícula de la escuela, comprar los libros, uniforme, y otras tantas necesidades, y Jorge le mandaba dinero. Nunca pedía nada directamente. Jorge pensaba que esas cosas que todo niño debería tenerlas, así que intentaba proveerlas. A veces pensaba que en realidad estaba intentando protegerse  a sí mismo.
—¿Osito, cuántos años tiene su papá?
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—¿Vives con él?
—No, se fue a Estados Unidos cuando yo tenía cinco años. Ya ni me acuerdo bien de él, hablamos a veces por teléfono. Quiere llevarme para Estados Unidos, dice que está esperando a que yo cumpla dieciocho para mandarme a buscar con un coyote conocido de él. Mi hermano ya vive allá, se fue hace dos años.
—No sabía que tenía hermanos. ¿Cuántos hermanos tiene, osito?
—Tengo cuatro hermanos, una es mujer y es mi gemela. Pero no me llevo bien con ella ni con mi hermano menor. Me roban el dinero, y venden mis cosas.
—¿Y su mamá no dice nada?
—Ella sólo se entera de lo que ellos le dicen, y me regaña es a mí. ¿Sabe? Quiero crecer para no depender de nadie, mi mamá se fue hace cuatro años para los Estados Unidos, y desde entonces sólo le manda dinero a mis hermanos. Yo vivo de lo que papá me manda, pero hace meses que está desempleado, y se pone bravo cuando lo llamo para pedirle dinero.  
—Lo siento mucho, osito… ¿Y cómo hace para comer?
—Voy a la casa de mi abuela, mis hermanos viven con ella, y mi mamá me dijo que puedo ir a comer allá, porque ella les manda dinero. Pero mis hermanos me pelean la comida. Me dicen que soy un muerto de hambre y me echan de la casa.
Jorge no durmió esa noche y se prometió que siempre cuidaría de Elián.
En dos o tres ocasiones, Jorge sintió celos, y en esos lapsos de tiempo no se comunicó con Elián. Prefería mantenerse distante de los conflictos amorosos del osito.  Elián tenía un perfil falso en Facebook, en ese perfil se describía con 18 años, usaba un nombre falso y una foto de otra persona. Al poco tiempo, Elián fue perdiendo el miedo de exponerse y comenzó a subir sus propias fotos. El año pasado, en tres ocasiones, tres o cuatro jóvenes se peleaban públicamente por Elián.  En las publicaciones todos decían que eran el novio de Elián, y pedían de forma agresiva que los otros se alejaran de él. Jorge permanecía en silencio.
—Osito, es muy feo esas peleas por usted en Facebook.
—Ah, esos chiquillos locos, yo no sé de dónde sacaron que son mis novios.
—¿De verdad no son sus novios?
—No, para nada. Son sólo amigos.
—Y esa foto que publicaron en que usted estaba besándose con un muchacho.
—Esa foto fue sólo un beso que él me pidió, no quise que se sintiera mal, se lo di por pena, sacaron la foto y la publicaron. Pero ya lo borré. Por eso es que no me gustan chiquillos, y yo sólo lo quiero a usted.
—Osito, yo voy a estar feliz si usted está feliz.
—Gracias, y yo solo sé que seré feliz con usted.
Jorge recordó cuando fue a visitar a Elián, él no fue a buscarlo a la estación de los buses. Jorge se instaló en un hotel de Danlí, y ya estaba arrepentido de haber viajado hasta Honduras. Decidió tomar un baño y se masturbaba cuando tocaron a su puerta. No esperaba a nadie, así que no prestó atención. Algunos minutos después volvieron a tocar la puerta insistentemente. Jorge se secó con prisa e intentó esconder la erección.
—Osito abra la puerta —le susurró una voz desde afuera.
—¿Cómo supo que estaba aquí?  —preguntó en cuanto se ponía las ropas y el perfume.
—Es el hotel más cercano a la estación de buses, así que le pregunté al encargado. Y él me dejo venir hasta su cuarto.
Jorge abrió la puerta, y allí ante él estaba un joven de ojos grandes, verdosos, cabello a la moda con gel y una sonrisa tímida. No supo qué hacer, sólo se le quedó mirando.
—¿Puedo entrar? —preguntó el joven, paseando los ojos por el cuarto.
—Si claro… ¿y cómo está usted?
—Bien, sólo pensé que me recibiría con un beso o un abrazo.
—Es que me quedé sin saber qué hacer…
—Yo tampoco, ¿pero le gusto? —Elián se acercó a Jorge, lo abrazó como un niño se abraza a su padre, estuvieron así por algunos minutos.
Elián miró a  Jorge en los ojos, comenzó a besarlo delicadamente, lo empujó hasta el  baño. El joven, mostró excelencia en dar placer con sus labios y  lengua. Succionaba delicadamente  y mordisqueaba por los bordes el rígido falo, se deleitaba lentamente en el miembro de Jorge. Después lo hizo gemir de placer al llegar al ano. Jorge, por su parte, acarició y besó cada centímetro del púber cuerpo de Elián, paladeó con cariño cada uno de sus orificios y lo penetró con el cuidado que se tiene al tocar muñequitos de cristal.
Jorge devaneaba en los recuerdos cuando el teléfono sonó nuevamente, era una llamada internacional. Rápidamente respondió.
—Hola osito, si le estoy intentando llamar pero solo da ocupado.
—Osito, estoy en Poza Rica, en México con el coyote. Estamos estancados aquí y no sé qué hacer. ¡Ay Dios!, por favor ayúdeme. Ya no tengo saldo y solo tengo 70 pesos, es sólo eso lo que tengo para comer. —La llamada se cortó y Jorge sintió que el pecho se le apretaba, la voz llorosa de Elián lo había tocado profundamente.
Jorge sabía que no podía hacer mucho, recordó las historias de horror que había escuchado sobre los mojados y los coyotes, una y otra vez. El silencio se poblaba de dolor y  el sol jugó a las escondidas. Jorge llamó centenas de veces al número de teléfono del que Elián le había llamado la última vez, la respuesta era la misma: El teléfono que está llamando está desconectado o fuera del área de servicio, por favor intente llamar de nuevo más tarde, gracias. Luego se escuchaba aquel característico tono de ocupado.
Jorge sacó una carta de la gaveta llena de papeles revueltos, había pasado un mes desde la última vez que habló con Elián. La carta estaba envuelta en terciopelo rojo y amarrada con un cordón que le hacía contraste. Jorge desató con mucho cuidado el lazo que cerraba la carta, como si temiera que un movimiento en falso fuera a destruir lo que le quedaba. Dentro de ella había una foto de Elián. Leyó la dedicatoria escrita a mano: «Para que no me olvide osito, recuerde que iré a visitarlo a los Estados Unidos».
Los ojos de Jorge se humedecieron.

lunes, 6 de mayo de 2013

Sueño prenatal



Uno entre millones, me debería de sentir afortunado, porque eso muchos lo podrían llamar suerte. Por ejemplo, si fuera la lotería, sería el premio gordo. Pero no, soy el desenlace de un calentón, de una puñeta que corrió con suerte y le atinó. Soy el resultado biológico del encuentro entre dos bestias follando en una lejana llanura, en el asiento trasero de un auto, sobre la cama cubierta por sábanas percudidas de cualquier hotel de paso. En la sala de la de la tía más persignada, decorada con carpetitas bordadas y figuras de porcelana… Soy lo que, de haber tenido conciencia y decisión, no hubiese decidido ser.
*
—¡Ay manita, y ahora qué vas a hacer!, ¿el Vitola ya sabe? —Preguntó Rosa, compartiendo la angustia de Carolina.
            —¡No, nadie sabe! Nomás tú, Rosa. Es más, ni siquiera sé si el chamaco es del Vitola. Porque también puede ser de Paco.
            —¡Dios bendito! ¿Segura que no te llamas Zorraida?
            —No me juzgues, manita. Dios sabe que todo lo hice por amor.
*
¿Todo por amor? Esta gentuza debería de vivir con la noción de que el amor no es para los pobres, ni para los mediocres, ni para los frágiles mentales. Y, si tanto dicen creer en Dios, bien les convendría saber que reproducirse bajo estas condiciones, es un pecado, un insulto a la existencia. Pero claro, ustedes sigan amándose, que yo aquí espero a que ese falso afecto algún día los mate.
*
—¡Golazo, mi Vitola!, ¡eres un picudo! ¡Cómo te la bajaste de pechito y zaz! Esos valedores ni se la esperaban. Y nomás por eso yo pongo las caguamas, ¿o prefieres monear?
*
—¡Te juro por la virgencita santa que el chamaco es tuyo, Vitola! Además, sabes que soy una mujer decente, y que nunca me he metido con otro que no seas tú.
            —¡Ya, Carolina! Al rato tengo partido y me estás ensuciando la playera con tu moqueadera.  Y si dices que el chamaco es mío, pues ni tos, nos la rifamos. Nomás te advierto que si sale güero o prieto como la chingada, me pierdes Carolina, me pierdes. Y ya, lánzate por el pomo, que al ratito voy a festejar nuestro compromiso con los muchachos.
            —Sí, mi vida.
*
Bastardos. Qué otra muestra de la inexistencia de la justicia divina, que mi presencia. Porque cada vez que escucho a mis futuros padres, confirmo que esto se debería de nombrar crueldad, y no vida. Vida la de los insectos y demás alimañas que tiene prohibida la necesidad de exigir, que con sus pares de patas y cientos de ojos pueden hacer suyo el mundo. Y no como uno, que se mantiene a la caza de migajas y desperdicios. Luchando contra todo y en desventaja.
*
—Mamá, me voy a casar.
            —¡Ay, qué bueno, m'ija! porque ya no alcanzan los frijoles. Oye, ¿y quién es el afortunado?
            —El Vitola, mamá. Y justo de eso te quería hablar: queremos vivir aquí, contigo.
            —¡¿El Vitola, el vago drogadicto de las canchas?! ¡Y aquí conmigo! ¿De parte de quién o qué!
            —Ay, mamá, y de parte de tu futuro nieto.
            —¡Bendito!
*
Humillación, tragedia, oscuridad, muerte, destrucción, violencia; probablemente, si reúno todas las palabras detestables en este pequeño espacio y logro que forniquen entre ellas, se reproducirán como moscas, será una poderosa plaga que se alimente de mis entrañas, pero principalmente de mi aversión a esta vida no deseada. Sin embargo, sé muy bien, que ellos, este líquido que me rodea, estas tripas que me decoran, este cuerpo que se engendra dentro de otro cuerpo pútrido, y Yo, dejaremos de ser lo que somos, para convertirnos en la pesadilla que nunca nadie soñó, ni quiso ser soñada.

Por Victor Hugo G

lunes, 15 de abril de 2013

Sin resistencia



Nos conocimos hace dos años en un encuentro de jóvenes anarquistas; Horacio, Pavel y yo, compartíamos costumbres donde el compañerismo siempre iba por delante. Éramos los mejores amigos. A veces nos reuníamos los fines de semana en la casa de uno o de otro y, mientras esperábamos que la noche apareciera, nos manteníamos consumiendo cualquier droga que cayera en nuestras manos para después salir a la calle y romper fachadas de cristal de bancos y establecimientos, asaltar tiendas de prestigio o incluso, cuando algún otro colectivo anarquista se unía a nosotros, salíamos a buscar a policías en motocicleta; alguien hacía algo para llamar su atención, y ya que se acercaba, terminamos rápidamente la emboscada con un ataque contundente y en bola. Los tipos del orden nunca entendían qué pasaba hasta que, supongo, se veían llenos de juveniles golpes y sin sus botas, que eran unas cosas increíbles; la piel era de primerísima calidad, la suela también de cuero, térmicas y muy cómodas pero, sobre todo, habían sido de un policía. Pero no todo eran travesuras, también trabajamos. Todos estábamos vinculados con una revista de izquierda; tomábamos fotos en marchas y eventos, hacíamos difusión y demás mandados a nuestra altura. 
            Una noche íbamos caminando sobre la avenida insurgentes y nos detuvimos a ver la fachada de una tienda de alimentos europeos; vinos, carnes frías, quesos hediondos y podridos... de esas tiendas que la gente rica es su principal clientela. Y mientras terminábamos de trazar nuestro plan de ataque -qué vidrió era nuestro favorito, o si había posibilidad de sustraer algo de la tienda-, por la puerta salió, con dos bolsas llenas, Covarrubias, el editor principal de la revista para la que trabajábamos.
            —¿Y ustedes, qué andan haciendo por acá, tan solitos? —nos preguntó sin sorpresa, parecía aburrido.
            —Nada, vagando a ver quién nos invita a cenar o el rock —contestó Horacio, mientras nos miraba con la intención de seguirle la corriente y no echarle de cabeza.
            —Ya. Pues la verdad no me siento muy bien, me acabo de pelear con mi pareja y decidí salir a comprar algunas cosas y respirar algo de aire fresco. Y si quieren venir a mi casa a tomar un cerveza, son bienvenidos.
            Covarrubias era un viejo maricón de unos cincuenta y tantos, con una abdomen envidia de cualquier africano muerto de hambre, vistiendo mocasines color vino y ceja depilada.
Vivía en un penthouse ubicado en una zona también muy cara. Cuando abrió la puerta, un olor a perdición casi nos desmaya. Parecía que no la llevaba muy bien, todo en el piso tipo loft era un desastre; botellas y basura por doquier, la duela quemada por colillas de cigarro que nunca nadie había apagado, ropa que había sido usada para limpiar líquidos derramados, pequeños montículos de libros y revistas que todo indicaba, habían funcionado como pequeñas y múltiples fogatas. Sí, casi nos sentíamos como en casa.
            —Ah, ese de allá es Franky, por si alguien gusta —nos convidó al momento que señalaba una cama al fondo y sobre la cuál reposaba el cuerpo de un hombre desnudo hasta de la conciencia.
            —No, gracias. Nosotros somos anarquistas, no putos.
            —Bueno, pues como quieran. Yo sólo intento ser amable ¿una cerveza?
Covarrubias nos preparó la cena y al terminar nos invitó a pasar a la terraza. Nos sirvió unos tragos muy fuertes. Mientras nos platicaba de sus locas aventuras nosotros reíamos. Era un buen tipo que por el momento la estaba pasando mal. Nos contó que estaba perdidamente enamorado de Franky, el bulto mamado e inconsciente del rincón, pero que el muy imbécil tan sólo era un interesado. Nosotros nos pusimos de su lado, tanto que le ofrecimos hacer algo con aquél vividor, pero nos contestó que no,  que ese día era una fiesta y había que festejar. Se puso de pie y por unos momentos nos dejó solos, cuando regresó, traía en las manos una cajita, la puso sobre una mesita de centro frente a nosotros –que estábamos sentados juntos, en un sillón para tres-, acercó una silla, tomó asiento, abrió la cajita y estoy seguro que desde el otro lado de la mesa, como desde otra dimensión donde él sabía cosas que nosotros no, pudo ver cómo nuestros rostros se iluminaban de emoción. La cajita estaba llena de pequeños frascos, pastillas, papeles y sobrecitos…

Mientras miraba a las constelaciones bailar, escuché una bragueta abrirse a lo largo de mi columna vertebral, bajé la vista y vi cómo Covarrubias se bajaba los pantalones a media asta, sacaba un miembro grande, viejo y erecto de entre sus calzones Ralph Lauren. Con la diestra sostenía una copa de oporto y con la siniestra a un miembro casi salvaje.
            —¿No tienen problema si me masturbo, verdad? —preguntó.
            —Ya te dijimos que somos anarquistas, además es tu casa y por nosotros y si quieres, te puedes meter veladoras prendidas por el culo. ¿Alguien necesita otro trago? —respondió y preguntó Horacio, que también su mirada estaba perdida en aquella amenazadora verga.
            Covarrubias comenzó con un desenfrenado vaivén, decía cosas incomprensibles, escupía sobre su propio miembro, se retorcía, nos miraba, y aquella verga como si nada.
—¿Ay, a poco a nadie se le antoja darme unas  jaladitas?, ¿o prefieren sobarme las nalgas? —preguntó Covarrubias mientras se daba la vuelta para que su trasero tomara las veces de interlocutor.
            —Ya te dijimos que somos anarquistas, no putos, entiende. Y allá de ti si nos salpicas —ahora fue Pavel el que contestó perdido entre nalgas peludas y canciones de resistencia.
            —Ay, si a leguas se ve que son re putos. Seguramente se dan entre los tres y no invitan, qué ojetes.

Lo último que recuerdo es que la noche siguió entre risas, constelaciones bailarinas, mentadas de madre, invitaciones promiscuas, maldiciones y más sonrisas.Al despertar, lo primero que pensé al sentir los cuerpos ajenos y desnudos, es que, desde ese día, a todos nos costaría mucho trabajo pronunciar la palabra puto.


Por Victor Hugo G