lunes, 12 de mayo de 2014

La despedida




Dos con quince, decía el reloj antes de que le diera la espalda al buró donde está. Es tarde para mí, debo levantarme temprano. Desde hace unas horas las sábanas se han vuelto un remolino que en vez de cubrir mis piernas tiran de una de ellas y la otra queda desnuda. Cierro los ojos pero no me entero en qué momento vuelvo a contemplar el techo blanco y sin adornos o las paredes que esconden su color salmón en la oscuridad  de la recámara. Cerraré los ojos de nuevo e intentaré dormir, aunque sé que volverá a pasar. Una y otra vez he vuelto a pensar en ver que siga ahí, en la parte de atrás del cajón de la cómoda. Pero tengo que dormir, tengo que intentarlo.
Nunca me gustaron los techos blancos. Sé que dan buena luz en las mañanas, que la pintura blanca es más barata, pero me es tan mediocre. Es como no saber qué te gusta. Fue una larga discusión. Yo quería un techo azul rey pero él quería que fuera un cuarto enteramente blanco. Me conformé con elegir los muebles en ese momento.
Tuvo carácter como para imponer sus gustos, pero terminó siendo tan cobarde como mi padre. Desde que se fue, y ahora vivo sola, he cambiado poco a poco las cosas por aquí. El salmón de las paredes es un pequeño orgullo. Lo siguiente será deshacerse de esa cómoda que dejó. Era de su madre o de su hermana, no lo sé. No sé ni por qué la trajo, él apenas usaba un par de cajones en el closet. Yo la fui llenando con todas las cosas que no le encontraba utilidad. Sus tenis viejos, cinturones ridículos que nunca usaba, cables que dejaba tirados. En el cajón de arriba empecé a dejar cosas de mujer que aparecieron por ahí y que no reconocía. Algunos aretes sin par, alguna pinza de cabello entre su ropa sucia. Casi vomito cuando encontré esas porquerías de encaje. Sabía bien a qué debían apestar. Esos cajones se convirtieron en el recipiente de las cosas que no quería que existieran, que no quería volver a ver. Pero ahora quiero volver a abrir esa cómoda. Me asomo y alcanzo a ver su silueta con la luz reflejada por ese horrible techo blanco. Si quiero dormir tengo que cerrar los ojos de una vez.
Doy más vueltas en la cama. Boca abajo es cómodo, pero me tuerzo el cuello. Boca arriba me cansó en poco tiempo. Intento de un lado pero mi propio peso me aprisiona. Del otro lado me siento bien. Adoro esta lámpara de noche. Su pantalla de papel turquesa con una franja color de capuchino a medio revolver me recuerda lo bien que mi hermana me conoce. O tal vez lo parecidas que podemos ser, aunque sea sólo en algunas cosas.
Mi hermanita. Siempre me pareció tan débil. Desde que era chica cualquiera podía burlarse de ella y no era ni para defenderse. Siempre encontraba con sus moditos dulces quién estuviera de su parte. Casi siempre fui yo la que estuvo para defenderla o jugar con ella. Éramos buenas amigas, de ésas que se saben todo una de la otra. Desde los primeros novios hasta las peores peleas. Es una lástima que desde que se casó nos vemos apenas al final de cada año. Su esposo siempre le arrebataba los momentos libres. Y cuando no, la quería ahí metida en esa casa. Estaré aún para ella, en cuanto se sienta sola. No quiero verla llorar, pero ya lo ha hecho mucho.
Prendí mi lámpara. Me paré, di unos pasos y quedé a la mitad de la habitación. Desde aquí veo la cómoda. Me pregunto si mi hermana tendrá también una. Un estorbo en su recámara, que odie, algo de lo se quiera deshacer. Supongo que todos tienen una. Estoy a sólo unos pasos de ella, podría abrir ese cajón de abajo y verlo por mi cuenta. Aunque es obvio, nadie más ha estado en mi casa más que yo, mejor regreso a la cama y me relajo.


No quise volver a ver el reloj despertador. El disgusto no me ayudaría a descansar. Siento que ha pasado ya una eternidad. Cuando era niña era mucho más fácil. No era raro que la emoción me quitara el sueño, pero siempre venía mi madre y se sentaba a mi lado. Bastaba con que me rozara el brazo con la yema de sus dedos para sentir chispitas y quedar dormida. La extrañé mucho durante mi adolescencia. Era como si siempre supiera qué hacer, en el momento preciso. Aparecía con el suéter que había olvidado cuando empezaba a hacer frío, siempre tenía un guisado caliente cuando regresaba hambrienta a la casa después de jugar. Cuando hacía algo mal, tenía el refrán adecuado para hacerme pensar lo que había hecho. Aún ahora, si tengo algo que resolver, me pregunto qué diría mi madre. Justo ahora tendría una reflexión o un refrán. Podría bajar a la cocina y encontrarla sentada, como siempre con un cigarro en los labios, esperando el chillido de la tetera para hacer un té de hierbas relajantes. Me diría “Ay, hija, has criado bastantes cuervos. Pero ni lo menciones. No se habla de la soga en la casa del ahorcado”. Tal vez habría estado ahí en el momento adecuado, cuando pasó lo de mi padre, para decirnos a las dos: “Ni intenten pescar en agua revuelta. Hasta encontrar un ajolote sería un milagro”. Si estuviera aquí tendría razones serias para desconfiar de esa cómoda. Se me han revuelto las tripas otra vez.
Blanco. Así como el techo está ahora mi cabeza. Tengo que acabar con esto. Escucho ya algunos pajarillos. Tal parece que será mejor resignarse. Aún a oscuras me levanto y preparo el baño. Bajo a comer lo que sea que esté a la mano. Fruta, pan, un trago de leche y vuelvo a subir. El vapor se alcanza a ver con en la luz amarillenta que sale debajo de la puerta del baño. El contraste hace más oscura la recámara. Me detengo al lado de la cómoda. Mi cabeza está en blanco, sólo contemplo el cajón. Me agacho lo suficiente para abrirlo un poco y meto a tientas la mano. Siento alguna baratija de plástico, algunos folletos acartonados. Muevo una cajita metálica y siento el borde pesado del revólver de mi padre. Sé que puede ser idea mía, pero siento que aún huele a pólvora quemada. Estiro un poco más los dedos y ahí está, dentro de un sobre, ahí sigue  uno de los anillos de bodas que le conseguimos a mi hermana y a su esposo. Qué curioso, me siento más tranquila. Será aun mejor cuando pase por el buzón y me deshaga de él.


Por Javo AC

miércoles, 19 de marzo de 2014

MNEMOTHREPTOS


MNEMOTHREPTOS
A André Pieyre de Mandiargues.

Soñé que yacía en una cámara mortuoria. La blancura gélida de las paredes y el brillo diminuto y preciso de algunos instrumentos metálicos que alguien había dejado olvidados sobre la mesilla —brillan como la punta de un lápiz-tinta— hacen pensar que se trata de un quirófano infame o de un anfiteatro para la demostratio de la anatomía descriptiva…

59 palabras. El proyecto consiste en desarrollar esas 59 palabras tantas veces como lo permita una jornada ininterrumpida de trabajo. Se trata de obtener la amplitud de ese movimiento pendular de la imaginación. Se trata de escribir. Nada más.

I
Sueño que yazgo sobre una losa de mármol. Si no fuera por la cegadora blancura que de todas las cosas allí emana como una condición necesaria a la naturaleza imprecisa de este ámbito, parecería más bien la cámara mortuoria de una funeraria de beneficencia o el anfiteatro de una facultad subrepticia en un país extraño…

Empleo de la primera persona, presente de indicativo. Primer salto imaginativo. Mal dado: la palabra yazgo es una palabra inconnotante, de naturaleza fónica ríspida, que comporta una carga demasiado grande de realidad concreta, gravitatoria para que la armonía de este sueño enfermizo no se rompa. Imágenes a ser construidas: la de la mirada del rey de este país extraño. Sepulcros de yacientes. Mayor majestad que la de las estatuas ecuestres. El peso de la cruz de la espalda, crispada de escamadas guanteletas; tal vez la otra presencia, la de María de Lancaster, "la Pelirroja".



II
Yaciente, sobre una plancha de mármol. Si no hubiera sido por la blancura cegadora de las paredes que más que adivinada parecía penetrar la oscuridad y abrumarla hasta hacerla visible como algo muy negro dentro de algo muy luminoso que asemejaba un quirófano de pobre categoría o a una aula de anatomistas, hubiese sido como un cubículo aséptico en una inhumadora municipal gratuita o como una gruta funeraria cavada en el costado de una enorme roca. Súbitamente, la enorme piedra con que las buenas mujeres habían hecho tapar la entrada a la cueva hizo un leve ruido, como el que hace la arena al correr en el reloj. Unos granos me cayeron en los párpados, lo que me hizo despertar…

Muy torpemente introducido, el elemento literario ha desbordado el tono de la prosa. De pronto las líneas han dado un paso vacilante en dirección del apólogo. Infiltración de elementos de juicio ético. Inevitables en cuanto aparece la figura histórica. Proyecto futuro: una historia sin moraleja, de tema evangélico. Por otra parte digno de celebrarse considerando anticipadamente la posibilidad de que la versión III entronice al Cristo como personaje de primera persona. Un problema meramente secuencial.

III
Súbitamente, la enorme piedra que las buenas mujeres habían hecho colocar en la boca de la cueva produjo un ruido levísimo que me hizo despertar el oído: ratas sobre vidrio molido, o como el ruido que hace la arena al pasar por el cuello del vaso del reloj. Unos granos cayeron sobre mis párpados que se contrajeron como las alas de los murciélagos en los resquicios sombríos. Abrí los ojos. Yaciente, estaba yo tendido sobre una enorme losa, envuelto en un sudario ensangrentado. Un sueño de majestades imponderables me había llevado allí, con el costado traspasado por el pilum y las manos y los pies deshechos por el aguzado hierro de las crestadas escarpias con que me habían crucificado. Si no hubiera sido por la blancura cegadora que, cuando la enorme losa comenzó a desplazarse y a dejar entrar el vago relumbror de la mañana en aquel sepulcro lóbrego, emanaba de las paredes, me hubiera creído en un aula de disecadores de Alejandría o en una de las ínfimas cámaras de la funeraria edilicia gratuita que los romanos han abierto recientemente en Jerusalén.

Basura vulgar. El nuevo "tono" ha dado al traste con todo. Cabría especular sobre la naturaleza esencial de las blasfemias: estupro a dioses. Para resolver la versión III se me ocurre agregar lo siguiente:

Había yo caído en un atèlier de Asclepíades…

No sé quién me dictó lo de los Asclepíades. Un recuerdo de la lectura de La evolución histórica de las ciencias biológicas de E. Nordenskióld, en la que se atribuye a los asclepíades, una organización clánica familiar. He empleado el término francés atèlier sólo para darle a la escritura un carácter más grotesco. Inventé la palabra relumbror, para designar las fluctuaciones de la llama después de que se ha encendido el pabilo. La otra opción sería la de verter todo el cauce de la escritura hacia una solución ya congruente con la del Cristo concebido como una especie de revolucionario de su época. Se trata, como quiera que sea, de un Cristo literario que emplea adjetivos como "lóbrego" y que está en posesión de datos como que los romanos acaban de abrir una agencia funeraria gratuita para judíos indigentes. Ahora la escritura exige una solución de continuidad hacia el exterior del sepulcro, hacia los que se han quedado afuera:

Emanaba de un bello cráter de alabastro el aroma del bálsamo que José de Arimatea había enviado para que fuera sahumado el sepulcro que hacía poco había mandado cavar en la roca.
A partir de aquí la tarea consiste en volver al asunto original. La versión IV será una tentativa de excluir a Cristo de la Pasión. Regreso, sencillamente, a esa especie de quirófano abyecto:

IV
Como una estatua; soy una misma cosa con el mármol. Voy despertando hacia la blancura de estas paredes, hacia la frialdad de estas losas. Brillan acerados los instrumentos que los preparadores dejaron olvidados sobre la mesilla. Las hojas de las cuchillas despiden reflejos violentos en la penumbra cuando la luz comienza a entrar por la ranura de los batientes de la puerta corrediza de vidrio despulido que comienza a abrirse lentamente, sin que se advierta la presencia de nadie más allá del umbral. Muy cerca de mi cuerpo hay un manantial de líquido terapéutico. El perro del olfato que va naciendo en mí husmea y descubre la pista de la muerte en los algodones purulentos, olorosos a llaga, en los pequeños frascos de formol, en el reloj impertinente que me mira con su pupila de manecillas, miope como gato…

Mecánica de la acción demasiado abigarrada y farragosa. Me gusta la idea del perro del olfato (el lince de los ojos, etc.); pequeñas antonomasias zoológicas con las que se podría construir una figura semejante a la estatua de Condillac.

V
Yazgo como una estatua mortuoria y soy una misma cosa con el mármol. Despierto lentamente a la blancura de estas paredes como a un piélago blanquecino; mi cuerpo comienza a ser penetrado por la frialdad de este mármol. Brilla imprevista y cegadora la máquina de morir que han dejado aquí, cuando el haz que se mete por la ranura de la puerta corrediza la toca. Los vendajes y los sudarios mohosos se pudren en el suelo. Despierta el perro del olfato cuando rechinan las puertas. Husmea entre las deyecciones hasta que encuentra la pista que buscaba y la sigue: halla a la muerte agazapada en un rincón del quirófano entre los algodones purulentos. Salta sobre la presa y la devora ávidamente. Brilla en mi hocico debatiéndose y brilla con el brillo lento de la punta del lápiz-tinta. Tiene gusto de vómito. No muere nunca. El monstruo, por efecto de la máquina que los romanos dejaron aquí, está aprendiendo a renacer, pero mata por efecto de la lentitud extrema de sus movimientos. Su velocidad de acción es exactamente la misma que la de la arena del reloj…
Súbitas metamorfosis. Irrupción de elementos ya totalmente fuera del control de la razón. Todas esas imágenes son el producto de un movimiento clónico del espíritu. "El sueño de la razón produce…" El pequeño monstruo no se ha dado a desear mucho. "Yazgo" y "piélago" me parecen deplorables.

VI
Me sueño despertando hacia la blancura de esas paredes de quirófano deletéreo. Yaciente como una estatua funeraria me va subyugando la frialdad del mármol que me ciñe. El perro de mi olfato se despereza y husmea hacia la sombra cuando se produce un ruido levísimo y por una grieta se cuela un chorro angosto y tenue de luz eclíptica. Dijérase que alguien ha movido la losa que guarda la entrada al sepulcro. A mis pies se pudren los vendajes manchados de agua con sangre y el sudario me envuelve en un abrazo húmedo y tenaz. El perro del olfato da a la caza alcance. Sabe a vómito en el instante en que el cerdo del gusto abre los ojos de su hambre hacia la substancia en descomposición de su alimento. El ruido de ratas sobre vidrio roto solivianta al ganso vigía del oído que grazna zumbidos fisiológicos; mar de graznidos en el caracol que llevo dentro de la oreja. Laberinto de Minos: el toro del deseo; Eros, que compendia los sentidos en la blanca bestia ciega y sorda de la sinestesia. Presencia del Taurómaca más allá de la luz de la puerta. Teseo, Deseo…

…y se concreta una forma de la antitradición literaria; un género perfecto: Diatriba del Minotauro contra Teseo. Sólo tiene de Ariana el cabo de un hilo.
Algo así como:
Heme aquí convertido en esa escoria dicotómica por la que el carnicero habrá de cruzar su tranchete con el escalpelo del anatómico. Las heridas que me infligió Teseo destinan mis despojos con la misma indiferencia a los altares de Zeus que a los de Hades, pues mi cabeza cornuda y la fortaleza de mi cuerpo, si en la vida no supieron acumular más que el tenebroso conocimiento del laberinto, en la muerte satisfacen por igual el hambre de los dioses que han reclamado mi sacrificio y la de los hombres que devorarán la carne de mi rostro impasible y mis ojos ciegos; que con los huesos de mi testuz fabricarán copas y cráteres, tabaqueras, pequeños receptáculos para substancias nefandas y estimulantes; vasijas de mi cráneo para llevar pequeñas ofrendas de panecillos a los otros. Ya soñé el escalofrío que recorrerá el suave vellocino negro de mis hombros cuando sólo sirva para encubrir, como máscara, las inconsecuencias de coribantes ebrios en la procesión del dios.
Es por ello que imploro de los dioses, aunque no fuera más que por haber llevado en la vida la cornamenta que por derecho pertenecía al rey de Cnosos, me concedan la gracia de otra vida, el retorno al comienzo de mi tortuosa sabiduría de meandros y que me permitan dirimirlo, esta vez, a lo largo de mis años de libertad en la dehesa, para morir después a manos del Taurómaca, sobre la blanda arena del coso, oliendo el hierro melifluo de mi sangre espesa y humeante, resoplando de ardor en el instante en que el más jubiloso sol del mundo se derrame sobre una muchedumbre sofocada que me aclama como a un dios, levantando sus vasos de papel parafinado, haciendo en mi nombre libaciones de cerveza fría…

La muerte se agazapa entre los algodones purulentos. En la luz triste que se cuela brilla como la punta del lápiz, con su pequeño aguijón. Pero el monstruo renace en cada tarascada y me mira y me retrata con su mirada fija de cámara fotográfica;…

Sueño que soy una estatua que estaba dormida y que va despertando hacia la blancura de esas paredes, etc…

…su mirada de carátula de despertador con las pupilas bordeadas de números como pestañas; mirada miope y fija, como de imbécil, la mirada con la que la muerte me mira.

Involuntariamente (como es lo natural aquí), se ha introducido, antes del final previsto para la versión anterior, un elemento que tiene un marcado carácter irracional. El desarrollo de la estatua se vuelve problemático en virtud de que basta cualquier elemento de este tipo para romper la continuidad lógica de la escritura que la estatua (la estatua del abate de Condillac) propone como figura en un discurso filosófico.
Pero aquí se trata de un discurso literario. El personaje de Cristo no ha sido totalmente suprimido. A eso se debe la ineficacia de la escritura.
El carácter literario de un personaje de esa naturaleza, en esas circunstancias, depende de que ese personaje no tenga ningún carácter significativo; es decir: de que no sea un personaje histórico.

VII
Sueño que soy una estatua, que estaba dormida y que va despertando hacia la blancura de esas paredes de quirófano deletéreo que me circundan. Yaciente como una estatua funeraria me penetra la frialdad del mármol que me ciñe. Por la ranura de la puerta corrediza se cuela una vertical de luz eléctrica; pero todo está en silencio. Cae luz mortecina, como la arena del reloj, sobre los párpados. El arenero de la muerte va coagulando en prodigiosas cristalizaciones los humores del ojo. Dijérase que alguien ha entreabierto apenas la puerta corrediza. Eso es imposible. El perro del olfato se despereza y husmea por los rincones hasta que descubre a su presa agazapada entre los algodones purulentos. La muerte brilla en esa blancura turbia con un brillo de punta de lápiz. Es inmortal y siempre está naciendo y siempre está mirando todo con su mirada de fotografía, mirada miope y fija, como de imbécil, la mirada con la que la muerte mira desde sus escondrijos infames cuando mata.

Aunque sintetiza la mayor parte de los elementos que ya están definitivamente inscritos dentro de una unidad literaria y aunque corrige muchas deficiencias y contradicciones de los desarrollos anteriores, todavía no es redondo. El lenguaje es demasiado rígido, expositivo; falta la perspicacia de los acentos dramáticos que deben caer siempre en su sitio, de una técnica más atenta a la retórica y a la emoción de algún lector conjetural. Por otra parte eso de "Sueño que soy una estatua que estaba dormida…", no me gusta.

VII
Sueño que estoy despertando hacia un ámbito lívido. Yaciente, como una estatua mortuoria, me ciñe el blancor de las cosas de quirófano. Tienen toda la pobreza de una sala de espera de un crematorio gratuito. Hay una vertical de luz eléctrica en la ranura de la puerta y cae de la bóveda luz blanca y mortecina como arena sobre los párpados. La luz vidrea y coagula los humores del ojo. Dijérase que se oyen pasos más allá de la puerta. Es imposible. El perro del olfato se despereza y husmea por los rincones hasta que da con la presa. Descubre la pieza agazapada entre los algodones purulentos. Salta sobre ella y la atrapa. La muerte sabe renacer. Sus pequeñas garras brillan como la punta del lápiz. Sus ojos tienen la condición horrible de las navajas de rasurar desechadas.

Del desarrollo anterior he tachado la frase: "…y mira como aparato fotográfico". Decir que la muerte tiene mirada de cámara fotográfica es invertir los términos en que esa correlación se plantea: la cámara fotográfica tiene mirada como de muerte. ¿Tiene la muerte mirada de cámara fotográfica? Es preciso a estas alturas abandonar la imagen del perro del olfato, aunque no está por demás establecer el paralelo de una manera cabal: el sabueso del olfato, el lince de los ojos; ¿el qué del oído? ¿el qué del gusto? ¿del tacto? –el gato o la serpiente del tacto–. Continúan las infiltraciones literarias; involuntarias de mi parte (pero no de la del que dicta) como la de la navaja de rasurar. Me gusta más lo de la punta del lápiz.

IX
En este desarrollo los interlocutores son Sidney Greestreet que ha quedado afuera y Peter Lorre que ha penetrado en el depósito de cadáveres:
—¿Quién es el muerto?
—El muerto es ese que se ve allí, reflejado en el espejo.
—¿Puede usted distinguirlo con claridad?
—No hay más que claridad aquí. Yace sobre una plancha de disección. Está envuelto en un sudario.
—¿Y el recinto?
—El recinto es blanco. Hay mesas de mármol para los cadáveres y mangueras de hule para lavarles las vísceras…
—¿Y qué más…?
—Hay marcas en las paredes. Inexplicables. Probablemente inscripciones antiguas; vestigios memorables de anotaciones esgrafiadas por habilísimos anatomistas de la antigüedad.
—¿Se trata de un monumento?
—Probablemente. Un monumento ya desacrado por el olor de todas estas deyecciones cadaverales.
—¿No está allí el cadáver de Mr. Sebastian Baalfour?
—No; sólo está ese cadáver que se refleja en el espejo.
—¿Cómo es el monumento? ¿A la memoria de quién fue erigido? ¿Por quiénes?
—No es posible precisarlo. Las inscripciones han sido deslavadas por el tiempo y manchadas por las salpicaduras. Tal vez se trata de un atèlier de Asclepíades.
—¿Una fábrica de deyecciones y de malos olores, tal vez?
—No; taller industrial para la fabricación de preparaciones anatómicas para la Facultad.
—¿Hay una gran losa que cierra la otra entrada a la morgue?
—No; sólo hay una puerta corrediza al fondo. Una luz eléctrica encendida. Pero es imposible que haya alguien más detrás de esa puerta.
—Comprendo. ¿Está usted seguro de que ese cadáver no es el de Sebastian Baalfour?
—Es el cadáver de una mujer.
—¿De una mujer hermosa?
—El pelo rojo le cae sobre el rostro.
—Ah; ahora comprendo.
—También hay lápices.
—¿Cuántos lápices?
—Muchos lápices-tinta. Sus puntas muy afiladas brillan como perlas negras.
—¿Está recién disecado el cadáver de la inglesa?
—No; los tajos recuerdan la secuencia de la Fábrica perseguida a lo largo de tres o cuatro días por un aprendiz acucioso y metódico…
—Se trata entonces, tal vez, de un monumento a la memoria de Vesalio.
—Quizás, pero hay en el piso vendajes manchados de sangre y guantes de hule y algodones con pus.
—¿Una capilla gnóstica?
—Nada aquí lo revela. Yo creo que aquí es el intenor de la pupila de la muerte…

En el desarrollo anterior la condición automática del argumento va conduciendo toda la escritura. Ese automatismo está equilibrado por la ausencia de otro elemento, el tercero, que seria el autor acotando dramáticamente el diálogo de Sydney Greenstreet y Joel Cairo. Se trata de una anticonstrucción.

X
Sueño que acabo de morir y que estoy tendido en una plancha de anfiteatro. Al fondo hay una inscripción borrosa grabada en la bóveda. Es posible discernir: Vesalii Bruxellensis… Alguien ha escrito 3273 en mi costado con un lápiz-tinta que dejaron olvidado sobre la mesilla de los instrumentos. La punta del lápiz brilla como una perla negra.

XI
Lo que me dijo la muerte:
Tú estás aquí para cuidar que una lámpara no se extinga. Hay muchas lámparas y no sabes cuál es la que te toca guardar. Yo apago las lámparas y tú tienes que luchar conmigo. Si vences te diré el nombre del fuego que tienes que guardar. Si yo venzo de nada te servirá saberlo; de nada te servirá la ayuda de esos dos hombres, el gordo y el pequeñito que han violado la entrada a este lugar; de nada te servirá; si pierdes, la ayuda de Dios para salvarte. 


 
Por: Salvador Elizondo. Publicado originalmente dentro de la antología «El grafógrafo». México, 1972.

domingo, 16 de marzo de 2014

El buitre



Es una mañana soleada y una mujer se ha desmayado en el desierto. Su cabello negro contrasta con el oro sucio de la arena. Abandonó la casa de su madre hace dos semanas. Cruzó bosques y montañas en tren. Casi se ahoga en la corriente de un río. Sabía que cuando el suelo se poblara de arena y sólo le hiciera sombra algún matorral, estaría cerca de su destino. Subestimó el calor, la distancia y su propio cansancio. Pensó que podría hacerlo sola y que cinco litros de agua serían suficientes para cruzar el desierto.
Fran ha aprovechado los vientos de esta mañana para buscar algo de comer. Da un aleteo y mantiene sus alas firmes para deslizarse, así cada cinco segundos. Espera encontrar algo pronto, no ha comido en varios días. Piensa que sería más fácil integrarse a una bandada y olisquear desde el cielo entre muchos hasta encontrar algún zorro muerto. No tolera a los de su especie. Una cosa es comer carroña y otra es serlo, se dice. Recuerda la ocasión que junto a una bandada contempló el alumbramiento de un becerro. Cuando la vaca se descuidó, se abalanzaron él y veinte buitres más. Le picaron los ojos y el hocico hasta que murió, luego se lo comieron. Desde entonces, Fran ya no frecuentó las multitudes y prefiere cazar en solitario, aunque pase más hambre.
Vuela en círculos que se hacen cada vez mayores, empiezan siendo unos metros y al final recorre decenas de kilómetros por vuelta. Lo hace despacio, tiene todo el día. Ya caerá alguna ratita. Si no es hoy ni mañana, tendrá que recurrir a la basura, algo que a todo buitre le parece denigrante. En eso pensaba, en la mugrosa basura humana, cuando distinguió el pelaje negro de un mamífero. Era una mancha entre la arena que lo miraba fijamente, como la pupila de un ojo. Descendió con lentitud, como si fuera jalado por un embudo. Se esforzó en percibir el olor a muerte, pero no lo halló. Ya en el suelo, se acercó dando unos saltos hasta que tuvo el pie de la mujer al alcance de su pico.
Nunca había estado tan cerca de un humano. Los había visto caminar por estos parajes y conocía el inconfundible olor de los pulgares podridos, pero nunca había pensado en acercarse. Desde polluelo le infundían un miedo especial las historias que se cuentan sobre esta especie. Con delicadeza, picó un talón de la mujer. Con un salto tras otro, rodeó el cuerpo y se acercó a su cabeza. Fran veía el negro opaco de sus plumas, luego el brillo oscuro de la cabellera. Se vio en él, como un espejo de obsidiana que refleja a un ave de carbón. Sintió un vínculo que pudo ser tejido en tiempos y lugares lejanos. El cabello era tan espeso que podría resguardarse en él o arreglar su nido. Quería vivir ahí y pensó en arrebatarlo a mordidas, pero mantuvo respeto por su propietaria. Le gritó: «¡Despierta! ¿Quién eres?» No obtuvo respuesta. Tras unos minutos insistió. «¡Despierta! ¿Quién eres? Quiero llevarte conmigo. Déjame vivir en tu pelaje y te traeré todos los días los huesos más jugosos y las vísceras más finas.» Plegarias que para la mujer eran graznidos furiosos de un ave carroñera. Cuando la garganta no le daba para más emprendió el vuelo.
Regresó con un pedazo de vidrio que colocó ante los pies de la mujer. Se fue de nuevo y regresó con una corcholata percudida. Así pasó toda la tarde, de ida y vuelta por el desierto, cargando baratijas de colores brillantes. Cuando anochecía, se acercó a esperar que ella despertara. Varios insectos recorrían la piel y él se encargó de quitárselos, en especial los que se enredaban en el cabello, cautivado por la suavidad y el aroma de la seda  que cubría la cabellera. Mientras retiraba los insectos, aspiraba con tal fuerza que terminó por aceptar lo que se había negado desde hacía varias horas: olía a muerto.
Esa noche Fran durmió tranquilo con el estómago lleno y arropado en la suavidad de su nuevo nido. Al amanecer, emprendió el vuelo, más por ocio que otra cosa. Al regresar esperaba encontrar algo de tejido, pero la voracidad de una bandada lo rechazó. Por días buscó otra mancha negra en medio del desierto. Tiempo después se olvidó de los humanos y siguió buscando armadillos y ratones muertos.

Por Miguel Aguilar

Discurso pronunciado en la presentación de Historia de feminazis en América

Leonardo Garvas no pudo venir hoy, por lo que me mandó a mí: su hermano gemelo malvado. Así que cualquier equivocación de mi parte, o queja que quieran hacer, por favor hágansela saber a él vía email, twitter, facebook, o incluso dicen que todavía checa su hi5. Por lo pronto, yo les leeré esta breve reflexión que me mandó para ustedes. Comienzo:

Lo mejor de matar psíquicamente a un padre es la oportunidad de gozar el duelo, sobrevivir su ausencia y resucitarlo cuando nos canse. Tal vez imaginar que le gritamos: ¡Eres una gran porquería cabrón de mierda¡ O quizá rescatarlo de entre los muertos para que resulte un loco que trata de acabar con el hambre del mundo, el hambre del alma.

Hay pensadores pirruris, priístas y chilangos. Claro, como Octavio Paz. Y también el ejército que está contra él, que posiblemente en el fondo sea igual o más pirruris, priísta y chilango, sólo que no se ha animado a salir del closet para asumirse como tal. Pero para eso es bueno uno: para señalar lo que tanto odia, y más si eso que odia habita en uno. El padre, como símbolo o como figura de adoración, se aloja en aquello que queremos matar antes de que el padre, o sus complejas neurosis, nos maten. Quizá por eso en un inicio fue que este libro, al que hay que leer cuidando los pequeñísimos detalles y al discurso de lo no-dicho, encontró en mí cierta resistencia al verme reflejado en mis puntos más débiles y vulnerables. Sin embargo no vine aquí para hacer un análisis psicoanalítico sobre mí o sobre Sidharta, sino a tratar de seducirlos para que se acerquen a su obra.

En este mundo de las feminazis, donde hay quienes abandonaron a su hija para tratar de acabar con el hambre del alma, e hijos que le gritan a su padre: ¡Eres una gran porquería cabrón de mierda!, también hay mujeres que quieren cortarle las tetas a otras mujeres en nombre de su ideología. Hay comunas con abusos sexuales. Pero, lo mejor de todo, hay artesanos que nos ganamos la vida haciéndole creer al cliente que nuestra obra es un ingenio azaroso e incuestionable; y ellos se van contentos, o completamente insatisfechos (eso es lo de menos), para dejarnos tener una plácida experiencia con la cocaína. Este tipo de cosas son las que nos regala Sidharta en este mundo de ficción, donde todo está permitido, confiando en la lucidez del lector que –sabemos– puede leer las historias más atroces o las más gentiles sin que esto afecte su moral.  

Pero los cuentos de este libro tienen algo más que las imágenes e ideas vigorosas que produce. Cuenta con esa sensación de vacío e incertidumbre, que nos permite construir una intrigante silueta a través del silencio: lo que está ahí entre las páginas y ni el libro ni yo se los contaremos directamente, pero que van a reconocer; como una epifanía tardía que aparece en el momento más inesperado y de la manera menos habitual.

¿Les ha pasado que se encuentran a alguien haciendo algo completamente desquiciado y luego se percatan de que ese alguien son ustedes, justo cuando se ven tirados en el piso? Bueno, algo así les pasará. Pero también podrán identificar a otros, y decir: ah claro, ahí están los típicos profesores luchando por el hueso, o esos escritores muertos de hambre que han tenido que vender su dignidad para subsistir. Y no los culparé por reírse, no hay nada más jocoso que la desgracia ajena. Sin embargo el buen gusto no es algo de lo que Sidharta, a diferencia de mí, carezca. Les puedo garantizar que ante la insensibilidad del destino, también hay un misterio tan grande, el misterio de que el poeta ve. Ve donde los estereotipos de los personajes ya se han difuminado, destensado, incluso modernizado, para dejar de ser definidos por la carga que llevan. 

Pero somos Latinoamérica y aunque no nos interese hablar principalmente sobre la violencia o la globalización, éstas son tan imponentes y estamos tan expuestos a ellas, que de cierto modo permean los cuentos de Historia de las feminazis en América. Destellos de nuestra realidad, sin que la realidad sea una carta o un truco fácil para mantener la atención y la curiosidad del lector, pequeños trazos que nos dibujan el universo severo y actual que Sidharta edifica sin despreciar jamás la inteligencia que, sabemos, gozan ustedes, queridos lectores; lectores que al verse entre las letras de este libro, serán como las mariposas del Haiku de Issa Kobayashi:  

Cubierto de mariposas
El árbol muerto
florece   

Muchas gracias.  

De venta en Casa Refugio Citlaltepetl y en el siguiente link: http://www.amazon.com/Historia-feminazis-Disculpe-Molestias-Ediciones/dp/1492884472

miércoles, 5 de marzo de 2014

Los Arcanos


No sé qué hago aquí, pensó Altagracia mientras esperaba en la habitación mal iluminada por unas cuantas velas. Le dieron ganas de irse pero ya había pagado. No podía darse el lujo de perder los 800 pesos que le habían cobrado. Esperó unos minutos más, tamborileando los dedos contra su bolsa. Empezaba a dolerle a cabeza por el olor a incienso cuando, finalmente,  Madame Vidya entró. Saludó a Altagracia con voz grave mientras se sentaba frente a ella, al otro lado de la mesa. 
— ¿Lectura estándar? —preguntó mientras sacaba un mazo de cartas con las orillas desgastadas que comenzó a barajar hábilmente.
—Sí —respondió Altagracia en un tono apenas audible, sin dejar de mirar cómo las manos de Madame Vidya mezclaban con rapidez esas cartas que en pocos minutos le descifrarían su destino. 
—Usted tiene una duda, algo que le preocupa, ¿cierto?
Era increíble que una mujer que no la conocía pudiera saber eso. Altagracia se sorprendió. Al parecer, ella no estaba al tanto de que las dudas, las preocupaciones del presente y la incertidumbre del porvenir son justo los motivos por los que las personas recurren a las artes de la adivinación.
—Piense en aquello que desea saber. Concéntrese en ello mientras barajo el tarot —continuó diciendo Madame Vidya con voz pausada—, cuando usted crea que los arcanos se han mezclado lo suficiente, dígamelo.
Altagracia asintió con la cabeza, pensó unos minutos en su marido que cada vez llegaba más tarde del trabajo.
—Ya con eso está bien —le dijo mientras le hacía un gesto con la mano.  Madame Vidya puso el mazo en la mesa.
—Pártalo en tres y deme una de las tres secciones con la mano derecha —ordenó. Altagracia lo hizo y eligió el mazo del centro. Por algún motivo, es el que escogen la mayoría de las personas.
Madame Vidya agarró las cartas y puso cuatro de ellas en forma de cruz sobre la mesa. Volteó la primera de ellas. La imagen era la de un joven que sostenía en su mano derecha una moneda de oro con un pentagrama.
—Paje de pentáculos —dijo bajando un poco la voz—. Usted es una mujer casada.
—Sí, sí... —respondió Altagracia fascinada, inclinándose hacia adelante para escuchar mejor las palabras de la tarotista. No notó que Madame Vidya, mientras mezclaba las cartas, había visto con detenimiento su rostro y su atuendo, incluyendo su suéter de tianguis raído de las costuras y, por supuesto, su anillo de bodas.
—Los pentáculos representan lo material, parece que tiene problemas de dinero.
Altagracia se asombraba más con cada palabra que oía.
—Veo también que es usted muy inteligente, que es quien más aporta a su matrimonio. Aunque aún no puedo ver qué es lo que le preocupa. Para eso necesito de los otros arcanos.
—Es Gerardo, mi marido...
—No, señora, no necesita usted decir nada. El tarot todo lo sabe —dijo Madame Vidya con firmeza y destapó la segunda carta, el seis de espadas—. Veo un hombre, su marido.
La imagen era de alguien remando en una balsa con seis espadas en ella. Altagracia no entendió cómo esa carta representaba a su marido, pero no le quedó duda que de cualquier modo Madame Vidya hubiera encontrado a Gerardo en esa imagen aunque ella no lo hubiera mencionado.
—Veo que se alejó, está navegando lejos, él se fue...
Altagracia, sin pensarlo, sacudió levemente la cabeza y retrocedió un poco. Gerardo no la había abandonado, sólo había estado llegando tarde las últimas semanas.
—Claro, no me refiero a un alejamiento físico —añadió con calma Madame Vidya—. En definitiva él sigue viviendo con usted, pero se ha distanciado en lo emocional... —hizo una pausa esperando la reacción de su consultante y al verla asentir ligeramente, continuó—: Quizá viaja mucho, o habla menos con usted, o hay menos intimidad o llega tarde a casa...
Los ojos de Altagracia se llenaron de lágrimas al oír esto último
—Sí, el seis representa al tiempo, el arcano nos dice, sin lugar a dudas, que su marido pasa menos tiempo con usted porque ha estado llegando tarde a casa —dijo Madame Vidya con absoluta seguridad.
— ¿Y usted puede decirme por qué? ¿Con esto puede saberse si tiene otra? —preguntó desesperada.
—No hay secretos para el tarot —respondió con calma y destapó la tercera carta. La imagen estaba al revés, era un anciano de perfil que sostenía una lámpara con su brazo levantado.  —El ermitaño, invertido— explicó Madame Vidya— Sin duda hay otra mujer.
Altagracia apretó los labios y cubrió su boca con la mano. Apenas podía contener el llanto.
—¿En esa carta...
—Arcano —corrigió Madame Vidya.
—Perdón, ¿en ese arcano del viejito se ve una mujer?
—Sí, bueno, el ermitaño es... Bueno, verá, las imágenes del tarot son simbólicas. El ermitaño es el tiempo que pasa, significa el recuerdo —dijo Madame Vidya con su ronca voz de fumadora—, aquí claramente nos dice que usted está empezando a formar parte de su pasado... y la luz que sostiene alumbra para él un nuevo amor. Así pues, no hay duda en que este arcano simboliza que Gerardo ha conocido a otra mujer.
—Lo sabía… —murmuró Altagracia con tristeza.
—La última carta nos dirá lo que pasará en el futuro.
Madame Vidya destapó el cuarto arcano. También estaba al revés. Era un niño pequeño montando un caballo blanco, sobre él había un enorme sol de rostro serio.
—El Sol invertido. En poco tiempo, Gerardo la dejará y formará una nueva familia con ella.
Altagracia ya no preguntó cómo es que ese terrible futuro se desprendía de la imagen del niñito en el caballo. Le parecía evidente que Madame Vidya decía la verdad, considerando sus precisas predicciones con los otros tres arcanos. Era imposible dudar de las palabras de esa mujer pues, sin conocerla, sin preguntarle nada,  le había dicho con exactitud impresionante todo lo que necesitaba saber.
—Puedo alejar a esa mujer de su marido —dijo Madame Vidya—. Por cinco mil pesos le haría un trabajito. Sólo necesito una foto de su esposo, un pedazo de su ropa y un cabello.
—Gracias, de verdad, se lo agradecería muchísimo —respondió al instante Altagracia, ya sin poder contener sus lágrimas. No sabía de dónde sacaría el dinero, pero de algún modo lo haría. Estaba segura de que se sentiría tranquila una vez que Madame Vidya le hiciera el trabajito; después de todo, había demostrado sus grandes dones adivinatorios.


Por Víctor Hugo Gómez Arias

lunes, 24 de febrero de 2014

SALVADOR ELIZONDO - NARDA O EL VERANO

SALVADOR ELIZONDO - NARDA O EL VERANO


…They that had fought so well
Came thro’ the jaws of Death,
Back from the mouth of Hell…
Alfred, Lord Tennyson: The Charge of the Light Brigade.

Ha sido un día terrible. 23 escenas y todas en secuencia. Joyce ni siquiera se desmaquilló y se ha quedado dormida con la luz encendida. Aprovecharé el silencio y la soledad que su fatiga me deja para escribir la crónica de estas vacaciones. Puede decirse que el verano ha terminado. Ha llegado el momento de concretar todas las experiencias que han hecho esta temporada memorable y es preciso empezar por el principio.
No olvidaré jamás esa mañana de abril en que Max y yo nos sentamos en una terraza de café para planear nuestras vacaciones. Habíamos decidido pasar el verano a la orilla del mar, en un balneario de moda, pero al mismo tiempo exclusivo. Nunca más volveríamos a uno de aquellos camps de turistas nórdicos en los que las mujeres florecen en torno a sus tiendas de campaña de lona o de plástico como flores de mal agüero, enrojecidas por el sol y rodeadas de niños rubios y pecosos y en los que los hombres juegan a los bolos o escuchan radio al anochecer. No teníamos mucho dinero, pero sí el suficiente para alquilar una pequeña villa situada en lo alto de los acantilados y que domina toda la bahía. Teníamos también un bonito automóvil deportivo y un poco por curiosidad, pero también, claro está, por economía, habíamos decidido compartir una sola mujer entre los dos.
¡Con cuánta nitidez recuerdo ahora los inicios de nuestra aventura! Todavía salíamos a la calle bien abrigados y de seguro que fue el frío el que nos metió esta idea en la cabeza aquella mañana llena de ventiscas. Yo siempre he dicho que el frío es uno de los más energéticos afrodisiacos que existen. Sí, para mí toda la cosa tiene un trasfondo de deseo insatisfecho. Max es menos ardiente que yo. A él le gusta concebir el trato con las mujeres como un deporte necesario para la salud sobre el que se puede teorizar desde cierta altura, aunque en el fondo se escandaliza sin atreverse a confesarlo.
—Para hacerlo como se debe es preciso plantearlo con ingenuidad—me dijo después de que yo le había expuesto el germen de la idea—; con ingenuidad, pero cinismo al mismo tiempo.
Yo estaba totalmente de acuerdo. Decidimos entonces repartirnos los ingredientes según nuestro carácter. Él proveería el cinismo y yo la ingenuidad.
Éste fue nuestro error de base.

El villino está situado sobre los acantilados y desde él se domina la bahía casi cerrada de Bellamare. Hay una estrecha y larga escalinata de travertino que baja entre las rocas hasta la playa. Hay un embarcadero al que está amarrado un pequeño velero blanco y reluciente que pertenece a la casa. En términos generales la situación no deja nada que desear. Cuando llegamos aquí creímos que todas estas cosas construirían un atractivo más que suficiente para quienquiera que quisiera pasar un verano en nuestra compañía. Mientras nos instalábamos discutíamos las características que debería reunir nuestra compañera. Max se inclinaba por una mujer rica, blasée, culta y de cuarenta años. Yo, por mi parte, pensaba que el ideal sería una demi-mondaine adolescente, tonta y pobre. Sería más fácil manipularla a nuestro antojo. Finalmente nos pusimos de acuerdo. Serviría cualquiera que tuviera cuando menos una de las cualidades que uno u otro pedía. Tal era nuestra estrecha amistad.
Al atardecer fuimos a Bellamare. Hacía algunos años había sido un pueblo de pescadores sucio y maloliente, pero con una bonita bahía. Ahora es un ‘‘pueblo de pescadores’’, higiénico, destartalado en la medida en que la ruina es necesaria al turismo. En cada casa pintada de rosa, de ocre viejo, de azul, de amarillo, funciona un boîte, un snack bar, una terraza con orquesta, una cave con jazz. El Alberghod’Inghilterra, con sus banderas ondeando sobre la puerta principal, domina desde el punto más alto de la costa toda la bahía así como las salientes que a su vez van formando otras bahías a lo largo del litoral. Los pescadores se han convertido en ‘‘botones’’ de los hoteles exclusivos o en meseros de los bares de moda y el execrable olor a peces y a crustáceos muertos se ha transformado, durante la mañana en un refrescante olor a Skol, durante el mediodía en un sabroso olor a ajo. Durante el aperitivo de la tarde comienza a olerse Joy con su fragancia de limón sublimado que poco a poco, conforme avanza la noche, se convierte en ese olor cálido, tenaz, ineluctable, de cuerpo asoleado que suda mientras baila a los compases de un cha-cha-chá o de ‘Nelblu di-pinto di blu’.
Era la hora del Joy. Max y yo nos sentamos en la terraza de un cafecito con sinfonola situado en la pequeña plaza frente al embarcadero. El desfile interminable de las mujeres que considerábamos como posibles candidatas a compartirnos fue tan abrumador que cuando oscureció habíamos perdido toda posibilidad de elección. Eran demasiadas, tantas que nunca había una que estuviera aislada de las demás. Decidimos entonces ir a cenar. Era preciso encontrar una mujer que estuviera separada de sus congéneres para poder apreciarla sin restricciones, sin que la multitud nos produjera el embarras du choix.
Traté de convencer a Max de que diéramos una vuelta por la estación del ferrocarril. Ése era el mejor lugar para reclutar una compañera. El direttissimo no tardaría en llegar cargado de inglesas, francesas, belgas, suecas, suizas, alemanas. Podríamos decirles que alquilábamos cuartos o algo por el estilo como hace toda la gente en este país. Pero Max tenía mucha hambre y se negó.
Fuimos a un restaurant de negros africanos. Se llamaba Baobab. Yo creo que este nombre, con el que sólo me había topado en el Petit Prince, nunca se me olvidará.
Desde que entramos nos pusimos a mirarla. Estaba sentada sola, en una pequeña mesa colocada cerca de un estrado de dimensiones mínimas sobre el que un negro gigantesco, desnudo hasta la cintura, golpeaba rítmicamente unos trozos de madera produciendo lo que con una gran amplitud de criterio estético pudiera calificarse de música de percusión. Era el dueño del Baobab y no bien nos hubimos sentado se apresuró a dar por terminada su presentación para dirigirse a nosotros. El menú era hablado y consistía en el proferimiento de una larga lista de inmundicias de tierra, mar y cielo, sazonadas con otras tantas excrecencias eméticas. No nos entusiasmaban las viandas. El elefantiásico maître d’hotel no se desanimó, sin embargo. Sonrió mostrando una larguísima hilera de dientes limados en punta, como las fauces de un tiburón. Su índice curvado hacia atrás y sonrosado por debajo señaló en dirección de la mujer que estaba sentada en el otro extremo. Hizo también un guiño que delataba su manifiesta condición de alcahuete cuando dijo:
—¿Mujer de Tchomba gustar a señores?
La visión de sus dientes afilados ponía un acento totalmente equívoco a esa pregunta: ¿Estábamos acaso entre caníbales?
—¿Para comerla? —le preguntó a su vez Max.
—No; mujer de Tchomba para acompañar.
—¿Sirve de pan?
—Para acompañar comida, para acompañar playa, para acompañar dormir… —dijo el negro juntando las manos y ladeando la cabeza con los ojos cerrados.
En lo que había durado este diálogo yo me había puesto a analizar a la mujer de Tchomba. A grandes rasgos parecía reunir los requisitos indispensables para mí. Era una adolescente de ojos verdes y pelo rubio muy corto. Su traje no era el último grito de la moda veraniega aunque era elegante, lo que seguramente indicaba que tenía poco dinero. Además era la mujer de un caníbal; eso quería decir que no discriminaba mucho sus relaciones. Definitivamente me gustó.
—Dile que si quiere cenar con nosotros —le dije al negro, pero luego me turbé porque Max me dio una patada en la pierna por debajo de la mesa.
Comprendí que había hecho mal, pero no hubo tiempo de reparar el daño. Lotario se volvió hacia su mujer y le tronó los dedos señalándonos con un meneo de cabeza. Ella se puso inmediatamente de pie y vino hacia nosotros. Era pequeña y sonreía todo el tiempo. Su rostro delataba una sumisión afectuosa, no sólo al negro, sino a todos los hombres que la hubieran querido saborear como parte del menú. Tchomba se apresuró a acercarle una silla y su mujer se sentó, siempre sonriente, animada de una alegría frágil y humilde.
—Tal vez tu mujer pueda aconsejarnos lo que debemos ordenar —le dijo Max al negro, y sin volverse a mirarla siquiera se dirigió a Tchomba—: ¿cómo se llama?
—Mi verdadero nombre es Elise, pero este verano quiero llamarme Narda —contestó ella; luego agregó—: como la novia de Mandrake el Mago.
Esto me olió mal. Las mujeres que cambian de nombre según las estaciones son seres que se creen refinados, esclavos de la banalidad que han leído a Mme. Sagan y nada más, pero el pseudónimo no estaba mal. Me gustaba; era un nombre diáfano y firme a la vez.
—Narda… —dije para mí.
—¿Te gusta mi nombre? ¿Narda? —dijo mirándome sonriente.
El tuteo había venido demasiado pronto.
—Sí —le dije—, no parece un nombre de platillo como Elise.
—En Suiza casi todas las muchachas se llaman Elise, como en Alemania… o también Heidi.
—Sería el colmo que la mujer de un caníbal se llamara Heidi —dijo Max displicentemente.
—Oh —dijo Narda—, yo no soy su mujer. Fui su mujer el verano pasado, pero este año ya no me gustan los negros. Se civilizan demasiado pronto; por eso ahora todavía me considera como su mujer, porque ya se civilizó —Y volviéndose al negro con una sonrisa maliciosa, pero llena de afecto, le preguntó—: ¿Verdad que ya te civilizaste, mi tigre del Kilimanjaro?
El negro sonrió estúpidamente, mostrando sus dientes puntiagudos, sin entender claramente el sentido de la pregunta.
Esta muchacha había leído a Hemingway, lo que me tranquilizaba después de mis suposiciones acerca de Mme. Sagan.
—Cambiar nombre… cambiar hombre… —dijo Tchomba repitiendo el gesto que significaba ‘‘dormir’’ y mostrando su dentadura, inofensiva de tan terrible, en una sonrisa bonachona que le cruzaba la cara de oreja a oreja.
—Yo quiero un filete de boa y vino de kola —dijo finalmente Narda poniéndose seria. Max y yo ordenamos lo mismo y Tchomba se retiró.
Cuando terminamos de comer, el vino de kola se nos había subido a la cabeza. Narda era una mujer perfecta y habíamos concluido un pacto con ella. Todavía bebimos un último sorbo de kola en unas copas hechas con cráneos humanos para brindar por el éxito de nuestro veraneo. Para el regocijo de Max habíamos descubierto también que Narda pertenecía a una riquísima familia de relojeros y que estudiaba filología en el Politécnico de Zúrich.

Decidimos ir a bailar para celebrarlo y en el camino Max y yo nos planteábamos ya los primeros principios de nuestro angst. ¿Acaso se suscitaría una rivalidad entre nosotros? ¿Daría Narda de sí para satisfacernos a ambos sin dejar nada que desear a ninguno de los dos? Habría que ponerla a prueba durante el baile. Era preciso que sus reacciones fueran idénticas con ambos. Cuando llegáramos a la casa —pensamos— nos sentaríamos los tres en torno a la mesa a fumar el último cigarrillo antes de acostarnos mientras hacíamos el cotejo de nuestras experiencias y mientras decidíamos en qué cama dormiría Narda, pues a todo esto era preciso que quienes lo decidiéramos fuéramos nosotros, Max y yo, pero, ¿cómo?
En la boîte, que representaba el interior de un ‘‘jacal’’ mexicano, las parejas practicaban un erotismo tácito a los compases entrecortados y soñolientos de un blues que una negra muy gorda producía en un piano vertical pintado de color de rosa fuerte. A estas horas el olor de Joy se mezclaba con el humo de tabaco, con el de gin, quizá con el de mariguana. Se guardaba silencio y los cuerpos no producían más que un sonido pegajoso de alpargatas, de sandalias de playa que rozaban pesadamente el piso, de carne que no se frota de tan cercana. Las mujeres se abandonaban a esa lujuria lenta, callada, que no tiene más manifestación que una respiración agitada, pero apenas perceptible, una respiración que las hace mostrar los dientes, no sé por qué. Mrs. Topbrick—tal era el nombre de la negra que tocaba el piano y el nombre también de aquel antro— bebía, durante las pausas de su ejecución, pequeños sorbos de un enorme tarro lleno de vino de Marsala y en la penumbra impregnada de jadeos y de caricias, profería de vez en cuando, hablando casi, con una voz ronca y quebradiza, como temiendo romper el manoseo slow-motion que construía la atmósfera de aquella diminuta y abigarrada catedral de la entrepierna, el refrán de su canción:…

You can take me, baby; put me on your big brass bed
Eagle Rock me, baby, till my face turns cherry red…

Era el relajamiento absoluto de las costumbres; por eso se estaba tan bien allí y Narda se convirtió de pronto, al contacto de aquella realidad llena de penumbra y de sensualidad, cálida, suave y dulce como el Marsala de Mrs. Topbrick, en un ser que reflejaba todo el esplendor de la noche.
Max comenzaba a aceptarla. Mientras bailábamos abrazados estrechamente, acariciándonos la espalda con esa avidez minuciosa, perezosa, al ritmo del blues, sus ojos grises nos seguían en un close-up en el que sólo el rostro de Narda estaba en foco y yo no era más que un borrón en medio de la bruma íntima. Pero yo la veía en un close-up muchísimo más violento; hubiera podido contar las células de su piel, células tibias que se reproducían vertiginosamente en esa mínima y tersa primavera de su rostro, ajeno siempre, lejano y sonriente de todo.
Luego Max bailó con ella. Yo los veía deslizarse torpemente sobre la pequeña pista de baile, chocando contra las otras parejas, tambaleándose a veces cuando perdían el ritmo. Pero no los veía en close-up. Era más bien un plan america in enfocado a la altura de sus cinturas. Max se insinuaba con maladresse, como todos los de su raza, gente sin ritmo, o con un ritmo propio que nunca está de moda. Narda se abandonaba a esta caricia impersonal con amor. ¿Amábamos ya a esa mujer diminuta y frágil?
Una rubia rápida, elegante y esbelta, pero ineficaz como un cohete de la NASA cayó de espaldas sobre la mesa. De seguro que no se había hecho daño y que sólo se trataba de un elaborado paso de baile porque su compañero, un inglés de pelo alborotado, se inclinó sobre ella que yacía entre nuestros vasos y ceniceros volcados.
I say, a bit jerky, isn’t it, my dear? —dijo y le dio un beso fogosísimo en el ojo izquierdo, luego, supino como estaba, se dirigió a mí—: Sorry, old chap; have some more on me.
Tomó a la rubia de los hombros y la incorporó para seguir bailando.
Este incidente me distrajo y perdí de vista a nuestra amante y a mi amigo. Pedí otra tanda de copas y entonces llegó Max a sentarse a la mesa. Estaba agotado de bailar. Le pregunté que dónde estaba Narda y me contestó que había ido al ‘‘ladies’’. En ese momento volví la mirada hacia el piano color de rosa.
—Mira —le dije a Max señalando hacia el piano. La silueta de Tchomba se erguía majestuosa. Acodado sobre la cubierta del piano coreaba con movimientos rítmicos de sus hombros los compases del blues de Mrs. Topbrick.
— ¿Por qué tarda tanto? —preguntó Max.
—Así son las mujeres —le contesté.
En ese momento nuestra mujer apareció por una puerta que estaba decorada con una enorme reproducción de la Danza de la Tierra de Diego Rivera (el de los hombres era reconocible por el retrato de cuerpo entero de Emiliano Zapata con su fusil en ristre). Cuando Narda pasó frente al piano para venir hacia la mesa Tchomba la tomó bruscamente del brazo y la atrajo hacia él. Ella no hizo ningún movimiento de resistencia, pero durante un instante volvió la vista hacia nosotros sin encontrarnos. El negro le dijo algo al oído, sonrió imbécilmente como era su costumbre y la soltó. Narda entonces prosiguió hacia la mesa.
—Tchomba quiere que me vaya con él —dijo en cuento se sentó—, ahora están de moda las reivindicaciones. Tal vez lo que quiere es dinero.
—No tenemos mucho dinero —dijo Max.
— ¿Cuánto quiere? —le pregunté a Narda.
—No sé lo que valgo —me contestó—, pero lo que sea, yo se lo daré. Me temo que se ha enamorado de mí el pobre estúpido. Ahora quiere capitalizar sus sentimientos.
—Ahora eres nuestra, ¿verdad? —le dije.
—No; no soy de ustedes: ustedes son míos.
—Para el caso es lo mismo.
—No —dijo Narda—; es enteramente diferente.
Tchomba nos miraba fijamente desde el piano. Suponía seguramente que hablábamos de él y sus labios se arqueaban, de vez en cuando, en una especie de sonrisa, mostrando sus fauces de caníbal en nuestra dirección. Luego comenzó a golpear la cubierta del piano. Decididamente tenía la manía de la música de percusión. Ya sólo bailaban el inglés y la rubia y nosotros bebíamos en silencio. Le puse a Narda una mano sobre el muslo y se lo acaricié durante un buen rato. Las mujeres que han tomado el sol conservan el calor durante mucho tiempo y su piel se vuelve inquietantemente tersa. Mientras yo llegaba a estas conclusiones, Max la besaba en el cuello y en la nuca.
—Son unos niños tontos… son unos niños muy tontos…—decía con su lánguida voz de puta amateur—. No sé por quién decidirme esta noche.
—Que el azar decida —le dije.
Sólo un borracho puede ser tan vulgar, pensé luego para mí.
—Dormirás conmigo —dijo Max.
Esta manera tan directa de plantear la cuestión me ofendió, pero Max estaba tan borracho como yo. Por eso lo perdoné.
—Decídanlo al marienbrad —dijo Narda sonriendo con una sonrisa llena de gin.
—Eso quiere decir que dormirás conmigo —le dije.
La borrachera me producía una inefable confianza en mí mismo. Narda lanzó una carcajada estentórea. El negro, desde donde estaba, se turbó un instante y dejó de golpear el piano volviendo la mirada hacia nosotros.
— ¿Acaso nunca pierdes? —me preguntó mientras comenzaba a disponer las cerillas sobre la mesa en el orden necesario: 7…5…3…1…
—Puedo perder —le contesté—, pero siempre gano.
— ¿Quién empieza —dijo ella volviéndose hacia Max.
Tal vez supiera suficiente lógica matemática o lo que fuera como para poder prever el resultado final de la partida en función de cómo y quién empezaba. Su pregunta me dolió. Era una pregunta maliciosa que delataba, involuntariamente quizá, una preferencia. Max alargó la mano hacia las cerillas y retiró tres de la hilera superior. Yo entonces retiré las tres de la tercera hilera. Narda juntó entonces las manos sobre sus labios como tratando de concentrarse en el desenlace. Max titubeaba. Ya había alargado la mano para retirar otras dos cerillas de la hilera superior, pero se arrepintió y dirigió sus dedos hacia la última hilera: la de la cerilla solitaria. Estaba a punto de tomarla.
— ¡Oh! —exclamó Narda separando violentamente las manos.
Max retiró rápidamente las manos para recapacitar, luego la volvió a alargar. Estaba ya muy cerca de la segunda hilera de cerillas y seguramente iba a retirar las cinco que la componían cuando de pronto, sin darnos cuenta de cómo habían ocurrido las cosas, la rubia y el inglés volvieron a caer sobre la mesa atrapando con sus cuerpos la mano de Max y trastocando con su peso la posición del marienbad.
I am sorry! —dijo el inglés tratando con dificultad de poner en pie a su sputnik—: Do have some on me!—exclamó volviéndose a nosotros una vez que había conseguido poner en pie a la rubia e inmediatamente llamó al mesero y le ordenó un recambio de copas. Éstas llegaron en poco tiempo y seguimos bebiendo en silencio hasta que nos avisaron que iban a cerrar el lugar.
Cuando salimos de allí estaba amaneciendo. Las gaviotas revoloteaban en torno a los mástiles de los yates anclados frente a la plaza produciendo un graznido molesto, un aleteo irritante. Max y yo estábamos perdidamente borrachos. Narda nos miraba compasiva y sonreía ante nuestra desventura. Esto es, creo, lo último que recuerdo de aquella noche: sus grandes ojos verdes y su pelo rubio agitado en la brisa marina del alba. Nos tendimos a dormir sobre unos cordajes en el muelle para dejar que ella durmiera en el coche.
No supe nunca si el rostro de Tchomba, intuido, visto de alguna manera imprecisa en aquel amanecer gris, fue un sueño o si anduvo rondando corpóreamente por el embarcadero.

El día siguiente lo pasamos en la playa, tendidos cerca de nuestro embarcadero. Una quietud magnífica de mar y cielo contribuía a nuestro restablecimiento, además de un cubo con botellas de cerveza helada, después de la parranda de la noche anterior. Sólo Narda se agitaba en torno a nosotros, saltando en la arena, bailoteando entre la espuma de las ola que se rompían suavemente. A veces se acercaba y riéndose burlonamente adoptaba actitudes insinuantes, haciendo caer los tirantes de su traje de baño por los brazos dorados por el sol o arqueando la cintura como hacen las del strip-tease. Nosotros no le hacíamos caso porque estábamos muy cansados. Yo estaba leyendo el Times Literary Supplement. Max estaba simplemente tendido sobre la arena, viendo pasar las nubes como el extranjero, pero en una ocasión Narda se acercó demasiado a Max y éste la cogió por un tobillo y la jaló con tanta fuerza que la hizo caer junto a él sobre la arena. Max, no sin cierta displicencia, la retuvo en sus brazos y la besó en la boca. Dejé de lado el periódico y les tomé una fotografía, justo mientras se estaban besando.
—Vamos a dar una vuelta en el velero —dijo Narda cuando sus bocas se separaron.
— ¡Me parece una gran idea! —exclamé.
Los dos se volvieron hacia mí sorprendidos.
—…Ya comprendo —agregué luego—, supongo que he metido la pata.
—Siempre te equivocas —me dijo Max con esa suficiencia kantiana que era tan suya.
—Tú te quedas aquí tomando fotos. Estoy segura de que eres un gran fotógrafo… —dijo Narda sonriendo coquetamente.
A través del visor de la cámara vi cómo se dirigían al velero. Narda saltó a bordo mientras Max desamarraba la barca, luego subió en ella e izó la vela. Tomé otra fotografía del velero que se alejaba. Narda iba de pie sobre la quilla y la brisa le alborotaba la cabellera rubia. Parecía el mascarón dorado de un barco antiguo.
Cuando el velero se perdió de vista me puse a tomar más fotos, pero en un momento dado eché un vistazo a mi alrededor  y encontré a mi espalda, a unos pasos de donde yo estaba, la figura gigantesca y negra de Tchomba. Me miraba sonriente como siempre, mostrando sus fauces de tiburón. Hizo una pequeña reverencia agitando por encima de su cabeza un enorme sobrero de paja destejido en las alas. No le devolví el salido, pero señalándole las botellas de cerveza lo invité a que se acercara.
— ¿Señores satisfechos con platillo especial del príncipe Tchomba?
— ¿Qué pasa? ¿Has venido por dinero? —le pregunté pensando en lo que Narda nos había dicho la noche anterior.
—Todavía no es momento. Príncipe Tchomba ofrece todavía extenso surtido de mercancía exótica.
— ¿Vienes a ofrecernos una negra?
—Tubab es joven ingenuo. Príncipe Tchomba ofrece paraíso chiquito, yerbita mágica para ver mujeres hermosas en la soledad, mujeres hermosas como Elise…
— ¿Opio? —le pregunté.
—Mariguana —Me respondió mostrándome sus imprescindibles dientes de aserradero.
—No me interesa —le dije—, ¿por qué no mejor me consigues un cartón de Camels?
Tchomba lanzó una carcajada de caníbal.
—Tubab se burla de Tchomba —dijo riéndose todavía—, pero Tchomba ofrece mucha mercancía interesante… carne seca de tubab condimentada con salsa de hashish… ver película del plomero… ver curandero de tribu de Tchomba practicar cirugía ceremonial sobre muchacha negra… extenso surtido de capotes anglaises importadas del Oriente lejano… olisbos japoneses… extenso surtido en la trastienda de Tchomba… edición secreta poemas eróticos de Mao TseTung, ejemplar numerado… latitas de glándula de tubab para condimentar guisos… mejor que trufas… píldoras anticonceptivas de Puerto Rico para la novia del tubab, un bonito regalo… souvenirs de Auschwitz, portafolio de piel de tubab con tatuaje de Viviane Romance desnuda… chalecos para el tubab hechos en Burlington Arcade con tela de pelo humano… mejor que vicuña… fotografías auténticas de la conferencia de prensa de Marilyn en Mexico City… manuscrito autografiado de Ezra Pound… extenso surtido… wide selection… grande assortimento… grande variété…
Parecía que estaba recitando uno de esos extraños encantamientos hipnóticos que se escuchan en las películas de Tarzán (serie Weismüller). Todo en él recordaba TraderHorn. Tomó luego entre sus dedos curvos mi cámara fotográfica.
—Hasselblad… —dijo pensativo observando cuidadosamente el lente—. Tchomba tiene extenso surtido semidiós sueco; sólo ocho veces cien dólares en billetes con visor deportivo y juego completo de filtros Wratten. ¿Tubab ha hecho imagen de Elise con Hasselblad?
—Un par de veces —le respondí—, pero no son muy buenas.
—Tal vez tubab y príncipe Tchomba puedan hacer transacción.
—No me interesa tu mercancía.
—¿El tubab quiere dólares, libras esterlinas, rublos, piastras, marcos federales, francos suizos… o primera edición Poulet-Malassis de Fleurs du Mal de Verlaine…?
Su cultura literaria tenía ciertas lagunas.
—Vamos al grano— le dije interrumpiéndolo.
—Príncipe Tchomba interesa obtener urgentemente fotografía de Elise totalmente desnuda con partes religiosas del cuerpo bien visibles.
— ¿Le vas a hacer ‘‘yu-yu’’?
—El tubab se burla.
—Lamento no poder complacerte.
—Príncipe Tchomba sólo desea imagen de Elise como recuerdo, como souvenir de época feliz…
— ¿Por qué desnuda entonces?, ¿y porque tanta urgencia?
— ¿Tubab nunca ha estado enamorado?, ¿no?
Esta razón me pareció bastante convincente.
—Está bien —le dije—. Trataré de tomar la foto, pero me darás el autógrafo de Ezra Pound por ella. ¿De acuerdo?
—De acuerdo, tubab —dijo Tchomba mirando pensativo hacia el horizonte surcado de pequeños veleros.
Luego se puso de pie y sacudió al viento los faldones de su cotón color de rosa. Se descubrió nuevamente para hacer la reverencia y se alejó lentamente por la playa. También a él le timé una foto mientras se alejaba.
Era ya demasiado tarde para almorzar cuando regresaron Max y Narda. El velero atracó de pronto sin que yo casi me diera cuenta, sin que hubiera surgido lentamente en el horizonte como se supone que deben hacerlo todos los barcos. No, súbitamente oí sus risas y la barca ya estaba amarrada. Caminaban cogidos de la mano y al dirigirse lejos me hicieron un saludo agitando los brazos. Hacía mucho calor y seguramente estaban muy fatigados de navegar. Dormirían una larga siesta. Pensé para mí, sin embargo, no sé por qué, que tal vez esa noche Narda sería mía.
Fui a Bellamare y me quedé allí hasta que se hizo de noche. Miraba los yates que regresaban a atracar en el muelle de la plaza. Vi cómo poco a poco se iban encendiendo las luces de neón, cómo se iba organizando la música en el corazón automático de las sinfonolas, cómo empezaba a surgir del interior abovedado de los pequeños restaurantes, de las terrazas de los bares; cómo se iba elevando el olor del perfume de la noche hasta que en la bahía el mar y la tierra se fundían sin saber cuál era cuál en su negrura cruzada sólo por la línea curva de las luces del balneario.
Cuando llegué a la casa Max estaba sirviendo unas copas y Narda se estaba duchando en el cuarto de baño con la puerta abierta. Su desnudez era implacable, surcada de aquella lluvia humeante que resbalaba a lo largo de su cuerpo tostado por el sol como por una duna de oro. Max me alargó una copa sonriente. Se había establecido entre él y Narda una inteligencia a la cual de momento yo era todavía ajeno, pero cuya verdadera naturaleza no se me escapaba. Había que respetar nuestro pacto. Si hubiera sido de día hubiera podido tomar la fotografía, pero en ese momento no tenía bombillas para el flash. Yo hubiera querido no mirarla. Cuando menos no tan fijamente porque me parecía que era primitivo, que la contemplación de un cuerpo de mujer debe tomarse en pequeñas dosis para no malgastarlo, que una mujer desnuda no debe ser una costumbre sino un acontecimiento. Narda tarareaba Ladies of Spain y agitaba el cuerpo en una parodia de danza española. Salió de la regadera y se envolvió en una toalla. Cantando con mayor entusiasmo todavía que antes vino bailando hasta donde estábamos. Yo le di la espalda y apuré nerviosamente mi copa fijando la mirada en el océano, quieto y negro, que estaba más allá de la ventana, pero de pronto sus brazos me ciñeron por los hombros y sentí sus labios, tarareando todavía muy lentamente Ladies of Spain, moverse cálidos, húmedos sobre mi nuca.
— ¿Tu sabes lo que es un sicofante? —me preguntó entonces adoptando un tono serio.
El aliento sibilante y tenue que producía la última palabra de su pregunta me hizo estremecer.
— ¿Un sicofante? Un sicofante… pues…
—Un sicofante es un sifón de ducha —dijo Max sentenciosamente.
—No importa —dijo Narda—. Tengo ganas de bailar. Que Max ponga un disco para que tú y yo bailemos.
Me volví hacia ella. La toalla había caído a nuestros pies. La abracé por la cintura.
—¿Así? —le pregunté al oído. —Sí; así.
Se abrazó a mí y apoyó la cabeza sobre mi hombro. Sentía la humedad de su cabellera impregnándome, filtrándose a través de la camisa hasta tocar mi piel. La besé y comenzamos a bailar. Max apagó las luces y se tiró sobre el sofá. Al poco rato se había quedado dormido. Cuando menos así parecía en la oscuridad. Bailando y bailando llegamos hasta la recámara, pero no nos tendimos en la cama sino que seguimos bailando hasta que se acabó el disco.

Hacía calor. El alba nos despertó desnudos, abrazados el uno al otro. La luz gris se filtraba por la celosía de las venecianas. Afuera, sobre el mar y la costa, los primeros rayos de sol comenzaban a dispersar la bruma que como un enorme gato se revolvía sobre sí misma. No se rompía el silencio sino con el tumbo acompasado de las olas que venía desde lejos.
— ¿Sabes qué…? —me dijo.
— ¿Qué?
—Tchomba… nos estuvo mirando…
— ¿Cuándo?
—Esta noche
— ¿Cómo sabes?
—Lo vi detrás de la ventana.
— ¿Por qué no me dijiste?
— ¿Para qué?
— ¿Te gusta que nos haya estado mirando?
—Sí.
— ¿Por qué?
—Porque sí.
— ¿Estás segura de que era él?
—Eran unos ojos y unos dientes como los de él.
— ¿Te gustaba mucho… el año pasado?
—A veces me gustaba.
— ¿Quién te gusta más, él o Max y yo?
—Él y yo éramos algo distinto. Me gustaba mucho porque era capaz de comerse un conejo vivo, destrozándolo poco a poco, matándolo a mordiscos y porque me llevaba a pasear por la costa en su Rolls tapizado de terciopelo rojo. Me ofrecía dinero a veces…
— ¿Tú lo aceptabas?
—Sí, a veces… para darle gusto.
— ¿Por qué viene a mirarnos?
—Tal vez para prepararse.
— ¿Prepararse para qué?
—No sé; es un tipo raro. Le gustan ciertas cosas que yo no conozco ni comprendo.
—Te dejas llevar por la imaginación.
—No; yo lo conozco mejor que tú.
—¿De veras tiene un Rolls?
—Ahora ya no. Lo tenía el año pasado para mí. Era negro con los asientos tapizados de terciopelo rojo y tenía placas de Montecarlo. Cuando me fui me dijo que lo iba a vender y así lo hizo.
— ¿Y ahora que has vuelto qué te ha dicho?
—Quiere que vuelva con él. Me ha ofrecido comprar nuevamente un Rolls.
— ¿De dónde saca tanto dinero?
—A veces tiene mucho y otras veces no tiene nada —me dijo y saltó fuera de la cama—. Tengo hambre —agregó envolviéndose en un cobertor.
Salió del cuarto. Yo me quedé en la cama pensando en lo que me había contado. No me creí lo del Rolls con asientos de terciopelo rojo. De vez en cuando la oía tararear por la casa, pero en todo el día no la volví a ver. Cuando salí de la cama era más de mediodía. Max también había salido. Eché un vistazo a la playa desde la terraza. Allí estaba el velero, pero no pude ver a Max o a Narda. Me dirigí a la playa y estuve al sol la mayor parte del día. Luego fui a Bellamare a comprar bombillas para el flash.
Cuando volví a casa por la tarde Narda había regresado, pero Max no estaba con ella. Era parte de nuestro trato no pedir cuentas a nadie. Traté de besarla, pero no se dejó. Le pedí perdón y empezó a llorar. Le supliqué nuevamente que me perdonara tomándole la mano, pero entonces se fue a la recámara y se encerró con llave. Desde el pasillo le estuve hablando durante algunos minutos, pero sólo oía sus sollozos a través de la puerta. Al cabo de un rato me aburrí. Además Max acababa de volver.
— ¿Qué ha sucedido? —le pregunté.
—Nada. ¿Por qué? —me contestó evasivamente mientras se servía una copa—, ¿quieres un martini?
En realidad no me importaba lo que había sucedido, con tal de que nuestro pacto con Narda no se rompiera. Tomé la copa que me tendía. Max alzó la suya.
—Brindo por nuestra amistad —dijo en tono wagneriano.
—Sí —dije yo—, está bueno… por nuestra amistad.
Luego puso unos discos. Estaba cayendo el día. Me senté frente a la ventana que daba al mar. ¡Qué bien se estaba allí, a esa hora, con esa música, con una copa en la mano, sin pensar en nada más que en lo bien que se estaba allí! Los sollozos de Narda habían cesado. Crujió la cerradura de su puerta y luego se abrió. Narda vino caminando muy despacio hasta donde yo estaba y se apoyó en el respaldo de mi sillón. Ni Max ni yo la saludamos o hicimos como si nos hubiéramos percatado de su presencia, sin embargo, Narda había florecido en ese momento junto a nosotros como esas flores que sólo se abren al anochecer: sin que nos diéramos cuenta de ello.
— ¿Por qué no bailamos un poco? —dijo al cabo de un rato.
—Se está muy bien así, sin bailar —le contesté. Se volvió entonces hacia Max.
—Quiero bailar contigo, Max.
Max se puso de pie y la tomó en sus brazos con poco entusiasmo. Se movían apenas y yo los miraba reflejados en el vidrio de la ventana. Era ya de noche. El mar se había fundido con la tierra en una línea curva de luces a lo lejos. Estuvimos así mucho rato. De vez en cuando alguno de los tres volvía a llenar las copas, pero sólo Narda y Max bailaban. Dejaron de bailar cuando decidimos comer unos sándwiches. Comimos en silencio. Hacía mucho calor y el alcohol había comenzado a surtir efecto.
—Vamos a desnudarnos —dijo Narda—, iremos a bañarnos a la playa.
Me puse de pie y me dirigí rápidamente a la recámara. En un instante armé la cámara con el flash y volví a la sala.
— ¡Qué bien la estamos pasando! —dije—. Hay que guardar un recuerdo de esta noche. Tomaré unas fotos.
Volví a llenar las copas y puse un disco de música tropical.
—…Luego iremos a bañarnos al mar, bajo la luz de la luna—agregué.
Yo sabía perfectamente que no había luna, pero había que decir algo por el estilo.
— ¿Por qué no bailas, Narda?  —Le dije tomándola de los hombros.
—Sí —dijo entusiasmada—, ¿quieren que baile para ustedes?
A Max decididamente no le interesaba esta exhibición
— ¡Claro! —dije yo—. ¡Una danza exótica!
Narda comenzó a contonearse. Se había vuelto fluida de pronto y de todo su cuerpo comenzó a emanar una sensualidad rítmica, esbozada apenas en ese momento, pero que a cada instante se iba definiendo y precisando con mayor fuerza.
—Apaga la luz—me dijo mientras que con un movimiento violento de sus piernas lanzó sus zapatos a un rincón de la sala.
Corrí hacia el apagador y en la penumbra dispuse la profundidad de foco al tacto. Luego volví al sillón y me parapeté en el respaldo, de espaldas a la ventana. No se veía más que su silueta. Su vestido de playa cayó al suelo en medio de la danza y su cuerpo, indefinido pero real, se arqueaba y se mecía, desplazándose apenas, a los compases de aquellos tambores salvajes.
Dejé pasar mucho rato para darle confianza y para poder verla bailar. Max bebía y fumaba plácidamente. La cámara pendía de mi cuello apuntando ineluctablemente, como un arma mortal, en dirección de Narda que aturdida de su propio movimiento se había olvidado de ese ojo implacable que, como el de Tchomba, le acechaba en la oscuridad.
En el momento deseado no tendría más que oprimir el disparador y entonces se produciría el fogonazo cegador. Vacié mi copa para darme ánimos. Después me puse a esperar una buena pose.

Debió ser muy tarde ya porque sólo quedaban unos cuantos lugares abiertos en Bellamare. Los cafés y los bares situados frente al muelle habían cerrado y la plaza estaba desierta. Fuimos a pie hasta Bellamare porque Narda se había llevado el coche en su huida. Durante la caminata yo había estado especulando acerca de las consecuencias de mi acción. En realidad estaba perplejo pues el fogonazo del flash no había tenido sino un resultado incomprensible. La vida se había quedado congelada en aquella fotografía tomada con todas las agravantes. Narda se había quedado tan quieta ante ese violento orgasmo de luz que yo había producido que era como si se hubiera muerto en esa actitud. Cuando llegamos a la plaza estábamos fatigados. Max guardaba un silencio tenaz, animoso, contra mí. Recorrí con la vista, hasta donde pude, todos los resquicios de la plaza y las callejuelas que en ella desembocaban tratando de descubrir el coche, indicio de la presencia de ella. Ese pueblo desconocido, con sus calles accidentadas y tortuosas, nos traicionaba en nuestra búsqueda. Anduvimos mucho rato guiados por el fulgor lejano de los letreros de neón cuando los descubríamos en la distancia o cuando los intuíamos más allá de la vuelta de una esquina. De vez en cuando me lamentaba con Max. Pero me lamentaba más conmigo mismo y esto me irritaba. Me dolía tener que arrepentirme de lo que había hecho. Después de todo ¿no éramos nosotros gente civilizada? ¿Qué misterio encerraba la huida de Narda ante aquella luz intensísima? Su reputación estaba a salvo, cuando menos en la medida en que su reputación era una cosa perfectamente definida. Yo no había atentado contra el pudor o contra las costumbres. No; sin quererlo tal vez había yo develado un arcano, una esencia turbadora, una vergüenza inquietante. Haciéndome todas esas reflexiones llegamos al Tobrick’s. Nuestro coche estaba parado frente a la puerta por la que escapaba todavía un bullicio nervioso de música y de baile. Entramos. Narda estaba bailando, abandonada en los brazos del inglés de la cabellera rebelde que había tirado nuestras copas la noche en que habíamos conocido a Narda. Ella nos vio cuando entramos, pero no nos hizo ningún caso. Max estaba muy deprimido y nos fuimos al bar. Durante mucho tiempo la estuvimos viendo bailar con el inglés. Varias veces cayeron juntos sobre las mesas de los demás, volcando las copas y los ceniceros. Cuando por accidente sus ojos se encontraban con los nuestros, su mirada nos traspasaba, pasaba por nosotros como si no existiéramos, aniquilando nuestra presencia con su frialdad, diluyendo nuestra existencia con su desprecio.
—Bueno —dijo Max—, yo creo que aquí no hay nada que hacer.
—Espera, espera, —le dije nerviosamente.
Yo no quería irme. Presentía la inminencia de acontecimientos importantes. En un momento en que la música cesó, Narda vino hacia nosotros. Sin decir una sola palabra y mirándonos apenas, arrojó las llaves del coche sobre el mostrador del bar. Luego se fue otra vez con el inglés.
Al poco rato llegó Tchomba. De inmediato se puso a tamborilear sobre la cubierta del piano. De cuando en cuando me dirigía una sonrisa de inteligencia. Él y yo teníamos ahora algo en común. Max no lo tomaba en cuenta. Pero yo, por mi parte, cada vez que volvía los ojos hacia mí, sentía que nos ligaba una complicidad. Al cabo de un rato vino hacia donde estábamos. Max le dio la espalda. ¿Por qué le demostraba tanta aversión? Habíamos decidido no pedir cuentas a nadie y sin embargo yo me preguntaba qué era lo que Narda había podido decirle a Max acerca del negro para que actuara ahora así con él.
—Buenas noches, tubab —me dijo y sin esperar más agregó—: ¿tienes mi encargo?
—No —le contesté—; Narda nos ha dejado. Nuestro trato queda sin efecto.
—Tubab se burla, como siempre, de príncipe Tchomba.
— ¿Te gustó el show de la otra noche?
Tchomba sonrió.
— ¿Cuál show? Dijo al fin dándome la espalda.
Narda seguía bailando. En un momento dado ella y el inglés se detuvieron para besarse en la boca, en mitad de la pista. La música cesó mientras se estaban besando porque ya sólo ellos bailaban. Cuando se produjo ese silencio Tchomba se volvió para verlos. La visión de Narda besándose con aquel hombre desdibujó por un momento la inseparable sonrisa. A mí me produjo una emoción violenta.
—Es preciso que Tchomba tenga foto de Elise lo más pronto —me dijo.
—La tendrás —le contesté, acicateado en mi orgullo herido por aquel beso—. Estaré por la plaza a las seis de la tarde.
Echó una última mirada a Narda que se disponía a marcharse con el inglés y luego se fue. Pocos minutos después Narda pasó ante nosotros del brazo de su compañero, pero no nos miró siquiera.
Cumplí con mi parte del trato. Al día siguiente hice entrega a Tchomba del rollo sin revelar. Estaba igual de sonriente que siempre. Me entregó un sobre cerrado y se fue corriendo después de darme una palmada afectuosa en el hombro. Me senté en la terraza de un café y abrí el sobre. Contenía un papel artificiosamente manchado con té y desgarrado adrede de las orillas sobre el que estaba escrito, con tinta azul, lo siguiente:

A POEM BY MR. EZRA POUND.
Cannon to right of them,
Cannon to left of them,
Cannon behind them
Volley’d and thunder’d;
Storm’d at with shot and shell,
While horse and hero fell,
They that had fought so well
Came thro, the jaws of Death,
&…

Y un poco más abajo decía:

Here written by his own hand. Venice, December 5th, 1959.

Sentí vergüenza de que me hubieran estafado par dessus le marché. Comprendí que nunca volvería a ver a Narda.

Y sin embargo Max y yo abrigábamos la esperanza de que Narda volvería. Pasaron muchos días y al atardecer siempre estábamos en la casa porque pensábamos que si volvía, volvería al caer la noche. Cuando el sol se ponía y Narda no llegaba bebíamos y especulábamos acerca de ella y de su posible retorno al día siguiente. ¿La amábamos? Quién sabe. Agotada la esperanza cotidiana nos íbamos tambaleantes a dormir. Pero llegó el día en que nuestra esperanza no quiso contentarse con hablar de ella, con esperarla y decidimos ir al pueblo por la noche.
Primero fuimos al Topbrick’s. No estaba allí. El inglés seguía cayéndose sobre las mesas, volcando, como siempre, los vasos. Esta vez bailaba con una starlet de cierto renombre en la región. No nos detuvimos mucho tiempo allí. Tomamos una copa y salimos. Caminamos como la primera noche. Sólo que en el sentido inverso, hasta el Baobab. No habiéndola encontrado en Topbrick’s teníamos la esperanza de que casi seguramente se hallaría en el restaurant caníbal. No estaba muy lejos. Llegamos hasta el antro. El anuncio de neón que representaba un árbol enorme cuyos frutos eran calaveras humanas se encendía y se apagaba. Sobre la copa frondosa se leía el nombre del lugar escrito con letras rojas que imitaban manchones de sangre. Estacionado frente a la puerta estaba un enorme Rolls Royce Silver Cloud negro que despedía, en conjunción con la luz del letrero, un destello rojo de su interior. Las placas características del Principado de Mónaco, con el escudo del Automóvil Club de Montecarlo, eran claramente visibles. Max no pareció darle ninguna importancia a todo esto. Parecía que ni siquiera se había percatado de esta enorme presencia negra, reluciente y perfecta, sangrante por dentro como el cuerpo de un rey salvaje que ha sido sacrificado por sus enemigos que se disponen a devorarlo en un acto de canibalismo ritual. Yo tuve entonces la seguridad de que esa noche volveríamos a ver a Narda, pero me guardé muy bien de decírselo a Max porque, en realidad, más que una seguridad, era una esperanza llevada a sus límites extremos y me di cuenta en ese momento de que Narda se había repartido generosamente entre nosotros; había desmenuzado su vida en porciones perfectas para cada uno. A Max le había revelado la verdadera naturaleza de Tchomba y a mí me había entregado la fantasía del Rolls con los asientos tapizados de terciopelo rojo: una fantasía que entonces, en el momento en que nos acercábamos vacilantes al Baobab, se había convertido en una realidad reluciente, magnífica, indudable.
Entramos. A pesar de que la oscuridad era casi absoluta pudimos darnos cuenta de que nosotros éramos los únicos clientes. Sobre el pequeño estrado se adivinaba la silueta enorme, acuclillada, de Tchomba que producía su música en un complicado xilófono de cráneos humanos. Esa noche estaba inspirado y todo en él recordaba a esos junkers que después de haber tomado parte en unas aguerridas maniobras militares o de haberse batido en duelo a sable, se sientan al piano a tocar alguna pieza del Carnaval de Schumann o que se extasían ante el sorpresivo florecimiento de un geranio en pleno invierno, como Eric von Stroheim en La Grande Illusion. Esa impresión era tanto más patente ya que lo que Tchomba estaba tocando no era del todo original: eran unas variaciones, sincopadas y salvajes, sobre el tema de FürElise. Pensé que, después de todo, el negro poseía un espíritu delicado.
—Hoy no damos servicio —dijo mientras seguía tocando y luego agregó—: pero los tubabi son bienvenidos de todos modos. Tal vez desean compartir una jarra de vino de kola con príncipe Tchomba.
Hizo un signo en la oscuridad y al poco rato llegó un mozo con las copas de cráneo humano y una jarra de vino.
A Max se le subió bastante pronto porque al cabo de un rato decidió no ocuparse más de mí. Su mirada estaba fija en un punto indeterminado de aquel salón. Yo miraba hacia todas partes tratando de descubrir la presencia de Narda. En aquella oscuridad era imposible discernir nada con precisión más allá de nuestra mesa. Tchomba estaba como en éxtasis. Sus largas manos se deslizaban en la sombra como serpientes. Sólo de vez en cuando un reflejo accidental hacía brillar las canillas con las que percutía sobre su instrumento, pero tal era la oscuridad aquella noche que ni siquiera sus dientes afilados y blanquísimos brillaban como siempre. Atrás de nosotros, sin que pudiéramos más que adivinarlas, se movían unas sombras; eran los empleados de Tchomba, pero su presencia no tenía ningún significado inquietante. Todo era más bien triste: aquella música lenta y reiterada y sobre todo la ausencia de Narda, una ausencia inconmensurable que todo lo pintaba de negro, de negro caníbal. Pronto se agotó el vino de kola. Max hubiera querido seguir bebiendo toda la noche, pero yo me puse de pie. Lancé una última ojeada a mí alrededor. Nada. Sólo Tchomba golpeando sus calaveras.
Nos fuimos hacia la puerta. Al pasar frente al negro, éste dejó de tocar.
—Adiós, tubabi—dijo—, espero que pronto nos volvamos a ver.
A mí me tendió un sobre. Me acordé entonces del autógrafo de Ezra
Pound.
—Me estafaste —le dije.
—Tú a mí también —me contestó sonriendo más burlonamente que nunca.
Salimos de allí. Estaba amaneciendo. Max iba callado. Durante todo el trayecto a la casa guardó silencio y cuando llegamos se fue directamente a su cuarto sin decirme buenas noches siquiera. Yo me quedé dormido en el sillón hasta que me despertaron los de la Questura que llegaron al alba, como en Le jour se léve de Carné.
Nos llevaron directamente con el inspector. Éste se puso de pie cuando entramos interrumpiendo una conversación con un individuo que preguntaba por una muchacha que se había perdido durante un paseo en yate por las islas vecinas. No parecía muy afectado por la desaparición de la muchacha. El inspector le dijo que no había noticias y lo despidió cortésmente. Luego se dirigió a nosotros y nos explicó que en nuestro caso se trataba de una simple formalidad ya que el culpable se hallaba convicto y confeso.
El cadáver de Narda había sido encontrado por unos pescadores en la playa. Esto fue lo que él dijo y nos pidió que fuéramos tan amables de identificarlo. Fuimos conducidos a un cuarto vecino. Olía a formol y las paredes estaban pintadas de verde claro.
—Su, signori, coraggio! —dijo cuando notó que vacilábamos antes de trasponer el umbral de aquella puerta.
Estaba tendida en una mesa de madera, sobre las páginas manchadas del Corriere della Domenica: lo que quedaba de ella. Sangrante, medio carbonizada, purulenta; las manos arrancadas de las muñecas como por el tajo de un cuchillo sin filo; su cuello como si hubiera sido herido por una sierra de leñador. Una desnudez dorada de sol, de fuego, de incisiones rituales. Su rostro parecía sonreír y el pelo corto y rubio vibraba a veces sobre su frente movido por la ráfaga que cruzaba aquel cuarto entre la ventana mal cerrada y la puerta entreabierta. Sus ojos verdes nos miraban más fijamente y más verdemente que nunca.
Dimos fe. Cuando salimos de la Questura pudimos oír unos golpes rítmicos, hipnóticos, sincopados, que alguien producía golpeando con el canto de la mano sobre unos barrotes de hierro.

Esa misma tarde Max decidió marcharse. Va a pasar el resto del verano en una colonia estival de compatriotas suyos situada a pocos kilómetros de aquí. Lo acompañé al autobús. Yo decidí pasar el resto de las vacaciones en la villa. El alquiler había sido pagado por adelantado. Cuando regresé de dejar a Max abrí el sobre que me había dado Tchomba. Eran las fotos y los negativos. Las estuve viendo con atención durante mucho tiemplo y, cosa curiosa, en ninguna de ellas —o en los negativos— aparecía Narda. Había una de Max recostado en la arena, otra de Max piloteando el velero, otra del salón de la casa con la puerta del cuarto de baño abierta al fondo, una de Tchomba de espaldas en la playa. Sobre el reverso de la de la puerta del cuarto de baño estaba escrito lo siguiente: No creíste lo del Rolls tapizado de terciopelo rojo, ¿verdad? Narda.

Han pasado varias semanas desde que se fue Max. Creo que conseguí, después de todo, normalizar mi situación, cuando menos en la medida de mis posibilidades. Todas las noches desde entonces he ido al Topbrick’s. Comparto la villa con la starlet de nombre regional que bailaba con el inglés la última noche que estuve en Topbrick’s con Max.  Es una buena chica.. Se hace llamar Joyce Proust —su verdadero nombre es Marion Silverstein y nació en Flatbush Avenue, Brooklyn— y los dos hemos conseguido trabajo para ayudarnos con los gastos durante el resto del verano: ella como figurante y yo como uno de los diez aiutiregista y a veces, gracias a la Hasselblad, como stillman en una producción muy importante que han venido a filmar aquí. El director es toda una personalidad. Según dicen los críticos nadie como él ha penetrado tan profundamente en el alma de la mujer moderna. La película trata de una fiesta en la que sale un caballo y unos muchachos lanzando cohetes; termina con la actriz principal —una francesa entrada en carnes— que le lee una carta a su marido sin que ninguno de los dos sepa quién la escribió.
Joyce es exclusivamente mía. No he querido compartirla ni siquiera con el joven que manipula el boom del micrófono. Es quizá por esto que ella a veces está deprimida y triste. Yo entonces la tomo en mis brazos y le digo para darle ánimos:
— ¿Por qué eres desdichada, Joyce, si la vida es tan bella?
Ella me responde invariablemente:
—No sé si soy desdichada porque no soy libre o si no soy libre porque soy desdichada…
Los fines de semana, cuando me queda algún tiempo libre, me voy en el coche por la costa a visitar a Max. Vive con una familia de adoradores del sol y duerme colectivamente en el interior de una tienda de campaña de tela ahulada.
La última vez que lo fui a ver salimos a caminar por la playa.
—Hay algo que tú no sabes —me dijo deteniéndose. Yo quise seguir caminando y lo dejé unos pasos atrás de mí—. La última vez que estuvimos en el Baobab vi a Narda. Estaba sentada como la primera noche. Sola, en la mesita junto al estrado de Tchomba. Sólo fue un instante, pero estoy seguro de que era ella.
Yo seguí caminando como si no hubiera oído nada de lo que había dicho y él se quedó allí mirando las olas que se rompían en la arena muy cerca de nosotros.
Hoy han dado el wrapitup temprano porque ha sido un día muy pesado: 23 escenas todas en secuencia. Al pasar por Bellamare he notado que han arriado el Union Jack del Albergho d’ Inghilterra. Esto quiere decir que los ingleses se han marchado y que ha llegado el otoño. Joyce venía a mi lado en el coche y ascendimos a toda velocidad la cuesta que conduce a la casa. Detrás de nosotros se estaba poniendo el sol.

Pero basta de palabras. Un gesto. No escribo más.