El cabaret en la plaza Mauá se llamaba Erótica. Y el nombre de batalla de Luisa era Carla.
Carla era bailarina en el Erótica. Estaba casada con Joaquín, quien se mataba trabajando como carpintero. Y Carla «trabajaba» de dos maneras: bailando medio desnuda y engañando al marido.
Carla era bella. Tenía dientes menudos y una cintura muy fina. Era toda frágil. Casi no tenía senos pero sus caderas eran bien torneadas. Le llevaba una hora maquillarse: después parecía una muñeca de porcelana. Tenía treinta años pero parecía de mucha menos edad.
No tenía hijos. Joaquín y ella no se hacían mucho caso. Él trabajaba hasta las diez de la noche. Ella empezaba exactamente a las diez. Dormía todo el día.
Carla era una Luisa perezosa. Llegaba de noche, a la hora de presentarse ante el público, empezaba a bostezar, tenía ganas de estar en camisón en su cama. Era también por timidez. Por increíble que pareciera, Carla era una Luisa tímida. Se desnudaba, sí, pero los primeros momentos de baile y requiebro eran de vergüenza. Sólo «se calentaba» minutos después. Entonces aparecía más desenvuelta, se contoneaba, daba todo lo mejor de sí misma. Para la samba era muy buena. Pero un blues muy romántico también la estimulaba.
La llamaban para que bebiera con los clientes. Recibía una comisión por cada botella de bebida. Escogía la más cara. Y fingía beber: no era de alcohol. Hacía que el cliente se emborrachara y gastara. Era tedioso conversar con ellos. Éstos la acariciaban, pasaban la mano por sus mínimos senos. Y ella con un bikini rutilante. Preciosa.
De vez en cuando dormía con algún cliente. Agarraba el dinero, lo guardaba bien guardadito en el sujetador y al día siguiente se iba a comprar ropa. Tenía ropa para dar y tomar. Compraba blue jeans. Y collares. Montones de collares. Pulseras y anillos.
A veces, sólo para variar, bailaba en blue jeans y sin sostén, los senos balanceándose entre collares resplandecientes. Usaba un flequito y se pintaba junto a sus delicados labios un lunar para realzar su belleza, pintado con lápiz negro. Era un encanto. Usaba pendientes largos que le colgaban, a veces de perlas, a veces de oro falso.
En sus momentos de infelicidad acudía a Celsito, un hombre que no era hombre. Se entendían bien. Ella le contaba sus amarguras, se quejaba de Joaquín, se quejaba de la inflación. Celsito, un travesti de éxito, escuchaba todo y la aconsejaba. No eran rivales. Cada uno tenía su compañero.
Celsito era hijo de una familia noble. Había abandonado todo para seguir su vocación. No bailaba. Pero usaba lápiz de labios y pestañas postizas. Los marineros de la plaza Mauá lo adoraban. Y él se hacía de rogar. Sólo cedía en última instancia. Y cobraba en dólares. Invertía el dinero, el cual cambiaba en el mercado negro, en el Banco Halles. Tenía mucho miedo de envejecer y de quedar desamparado. E incluso porque un travesti viejo era una tristeza. Para tener fuerza tomaba diariamente dos sobres de proteínas en polvo. Tenía caderas anchas y, de tanto tomar hormonas, había adquirido un facsímil de senos. El nombre de batalla de Celsito era Moleirão (el Despacioso).
Moleirão y Carla le dejaban buenas ganancias al dueño del Erótica. El ambiente tenía olor a humo y a alcohol. Y pista de baile. Era duro ser sacado a bailar por un marinero borracho. Pero qué hacer. Cada uno tiene su oficio.
Celsito había adoptado a una niñita de cuatro años. Era para ella una verdadera madre. Dormía poco para cuidar a la niña. A ésta no le faltaba nada: tenía todo de lo mejor y de lo bueno. Y hasta una sirvienta portuguesa. Los domingos Celsito llevaba a Claretita al Jardín Zoológico, en la Quinta de Buena Vista. Y ambos comían palomitas de maíz. Les daban comida a los muchachos. A Claretita le daban miedo los elefantes. Le preguntaba:
—¿Por qué tienen la nariz tan grande?
Celsito le contaba una historia fantástica donde aparecían hadas buenas y hadas malas. O también la llevaba al circo. Y los dos chupaban caramelos ruidosos. Celsito quería para Claretita un futuro brillante: matrimonio con un hombre de fortuna, hijos y joyas.
Carla tenía un gato siamés que la miraba con ojos azules y severos. Pero Carla casi no tenía tiempo de cuidar al animal: ya se pasaba el día durmiendo, ya bailando, ya haciendo compras. El gato se llamaba Leléu. Y tomaba leche con su lengüita fina y roja.
Joaquín casi no veía a Luisa. Se negaba a llamarla Carla. Joaquín era gordo y bajo, descendiente de italianos. Quien le dio el nombre de Joaquín fue una vecina portuguesa. Se llamaba Joaquín Fioriti. ¿Fioriti? De flor no tenía nada.
La empleada doméstica de Joaquín y Luisa era una negra despabilada que robaba cuanto podía. Luisa apenas comía para mantenerse en forma. Joaquín se llenaba con sopa minestrone. La empleada sabía de todo pero mantenía el pico cerrado. Se encargaba de limpiar las joyas de Carla con Brazo y Silvo. Cuando Joaquín estaba durmiendo y Carla trabajando, la sirvienta, de nombre Silvina, usaba las joyas de la patrona. Tenía un color negro medio grisáceo.
Fue así como sucedió lo que tuvo que acontecer.
Carla estaba haciendo sus confidencias a Moleirão, cuando la llamó a bailar un hombre alto y de hombros anchos. Celsito lo codiciaba y le roía la envidia. Era vengativo.
Cuando acabó el baile y Carla volvió a sentarse junto a Moleirãeto, éste apenas contenía su rabia. Y Carla inocente. No tenía la culpa de ser atractiva. El hombre grandullón bien que le había agradado. Le dijo a Celsito:
—Con éste me iba a la cama sin cobrarle nada.
Celsito permanecía callado. Eran casi las tres de la madrugada. El Erótica estaba lleno de hombres y de mujeres. Muchas madres de familia iban ahí para divertirse y ganar algún dinerito.
Entonces Carla dijo:
—Qué rico es bailar con un hombre de verdad.
Celsito brincó:
—¡Pero tú no eres una mujer de verdad!
—¿Yo? ¿Cómo que no lo soy? —se sorprendió la chica que esa noche iba vestida de negro, con un vestido largo y de manga larga, parecía una monja. Hacía eso a propósito para excitar a los hombres que querían una mujer pura.
—Tú —vociferó Celsito—, ¡de ninguna manera eres una mujer! ¡No sabes ni siquiera romper un huevo! ¡Lo sé! ¡Lo sé! ¡Lo sé!
Carla se volvió Luisa. Blanca, perpleja. Había sido herida en su feminidad más íntima. Perpleja, se quedó mirando a Celsito que estaba con cara de furia.
Carla no dijo palabra alguna. Se levantó, apagó el cigarro en el cenicero y, sin dar explicaciones a nadie, abandonando la fiesta en pleno auge, se retiró.
Permaneció de pie, de negro, en la plaza Mauá, a las tres de la madrugada. Como la más vagabunda de las prostitutas. Solitaria. Sin remedio. Era verdad: no sabía freír un huevo. Y Celsito era más mujer que ella.
La plaza estaba a oscuras. Luisa respiró profundamente. Miraba los postes. La plaza vacía.
Y en el cielo las estrellas.
Praça Maua, Clarice Lispector, del libro «El viacrucis del cuerpo».
domingo, 26 de octubre de 2014
El cuerpo
Xavier era un hombre truculento y cruel. Muy fuerte el hombre. Le encantaban los tangos. Fue a ver El último tango en París y se excitó terriblemente. No comprendió la película: pensaba que se trataba de un filme de sexo. No descubrió que era la historia de un hombre desesperado.
En la noche en que vio El último tango en París los tres se metieron en la cama: Xavier, Carmen y Beatriz. Todo el mundo sabía que Xavier era bígamo: vivía con dos mujeres.
Cada noche le tocaba a una. A veces dos veces por noche. A la que no le tocaba se quedaba presenciando. Ninguna tenía celos de la otra.
Beatriz comía que daba gusto: era gorda y enjundiosa. En cambio Carmen era alta y delgada.
La noche del último tango en París fue memorable para los tres. En la madrugada estaban exhaustos. Pero Carmen se levantó por la mañana, preparó un opíparo desayuno —con cucharas llenas de crema espesa de leche— y lo llevó para Beatriz y para Xavier. Estaba somnolienta. Fue necesario darse un baño en la ducha helada para ponerse en forma nuevamente.
Ese día —domingo— almorzaron a las tres de la tarde. La que cocinó fue Beatriz, la gorda. Xavier bebió vino francés. Y se comió solito un pollo entero. Entre las dos se comieron el otro pollo. Los pollos estaban rellenos con masa de harina de mandioca con pasas y ciruelas, todo impregnado, rico.
A las seis de la tarde, los tres se dirigieron a la iglesia. Parecían un bolero. El bolero de Ravel.
Y por la noche se quedaron en casa viendo la televisión y comiendo. Esa noche no sucedió nada: los tres estaban muy cansados.
Y así era, día tras día.
Xavier trabajaba mucho para mantener a las dos mujeres y a sí mismo: las comidas eran abundantes. Pero a veces engañaba a ambas con una prostituta excelente. Pero en casa nada contaba, pues no estaba loco.
Pasaban los días, los meses, los años. Nadie moría. Xavier tenía cuarenta y siete años. Carmen tenía treinta y nueve. Beatriz ya había cumplido los cincuenta.
La vida les sonreía. A veces Carmen y Beatriz salían a comprar camisas llenas de imágenes de sexo. Compraban también perfume. Carmen era más elegante. Beatriz, con sus lonjas, escogía un bikini y un sostén minúsculo para los enormes senos que poseía.
Un día Xavier llegó ya muy tarde de noche: las dos estaban desesperadas. Apenas si sabían que estaba con la prostituta. Los tres en verdad eran cuatro, como los tres mosqueteros.
Xavier llegó con un hambre de nunca acabar. Abrió una botella de champaña. Estaba en pleno vigor. Habló animadamente con las dos, les contó que la industria farmacéutica de su propiedad iba bien de finanzas. Y les propuso a ambas que los tres fueran a Montevideo, a un hotel de lujo.
Fue tal el barullo por la preparación de las tres maletas.
Carmen se llevó todo su complicado maquillaje. Beatriz salió a comprar una minifalda. Viajaron en avión. Se sentaron en la fila de tres asientos: él en medio de las dos.
En Montevideo compraron todo lo que quisieron. Incluso una máquina de coser para Beatriz y una máquina de escribir para Carmen, que quería aprender. En verdad no necesitaba nada, era una pobre desgraciada. Llevaba un diario: anotaba en las páginas del grueso cuaderno empastado en rojo las fechas en que Xavier la buscaba. Le daba el diario a Beatriz para que lo leyera.
En Montevideo compraron un libro de recetas culinarias. Sólo que estaba en francés y ellas no entendían. Parecían más palabrotas que palabras.
Entonces compraron un recetario en castellano. Y se esmeraron en las sopas y en las salsas. Aprendieron a hacer rosbif. Xavier engordó tres kilos y su fuerza de toro aumentó.
A veces las dos se acostaban en la cama. Largo era el día. Y, a pesar de que no eran lesbianas, se excitaban una a otra y hacían el amor. Amor triste.
Un día le contaron ese hecho a Xavier.
Xavier se excitó. Y quiso que esa noche las dos se amaran frente a él. Pero, ordenado de esa manera, terminó todo en nada. Las dos lloraron y Xavier se encolerizó furiosamente.
Durante tres días no le dirigió la palabra a ninguna de las dos.
Pero, durante ese intervalo, y sin encargo, las dos fueron a la cama con éxito.
Al teatro los tres no iban. Preferían ver la televisión. O cenar fuera.
Xavier comía con malos modales: agarraba la comida con las manos, hacía mucho ruido al masticar, además de comer con la boca abierta. Carmen era más refinada, le daba asco y vergüenza. Beatriz tampoco tenía vergüenza, hasta desnuda andaba por la casa.
No se sabe cómo empezó. Pero comenzó.
Un día, Xavier llegó del trabajo con marcas de lápiz de labios en la camisa. No pudo negar que había estado con su prostituta preferida. Carmen y Beatriz agarraron un trozo de palo cada una y corrieron detrás de Xavier por toda la casa. Éste corría todo desesperado, gritando: ¡perdón!, ¡perdón!, ¡perdón!
Las dos, también cansadas, finalmente dejaron de perseguirlo.
A las tres de la mañana, Xavier tuvo ganas de poseer a una de las mujeres. Llamó a Beatriz porque era la menos rencorosa. Beatriz, lánguida y cansada, se prestó a los deseos del hombre que parecía un superhombre.
Pero al día siguiente le advirtieron que ya no cocinarían para él. Que se las arreglara con la tercera mujer.
Las dos de vez en cuando lloraban y Beatriz preparó para ambas una ensalada de patatas con mayonesa.
Por la tarde fueron al cine. Cenaron fuera y sólo regresaron a casa a medianoche. Encontraron a un Xavier abatido, triste y con hambre. El intentó explicar:
—¡Es porque a veces me dan ganas durante el día!
—Entonces —le dijo Carmen—, ¿por qué no regresas a casa?
Prometió que así lo haría. Y lloró. Cuando lloró, Carmen y Beatriz se quedaron con el corazón destrozado. Esa noche, las dos hicieron el amor delante de él y él se consumía de envidia.
¿Cómo es que empezó el deseo de venganza? Las dos eran cada vez más amigas y lo despreciaban.
Él no cumplió la promesa y buscó a la prostituta. Ésta lo excitaba porque le decía muchas obscenidades. Lo llamaba hijo de puta. Él aceptaba todo.
Hasta que llegó cierto día.
O mejor, una noche. Xavier dormía plácidamente como buen ciudadano que era. Las dos permanecieron sentadas junto a una mesa, pensativas. Cada una pensaba en su infancia perdida. Y pensaron en la muerte. Carmen dijo:
—Un día nosotros tres moriremos.
Beatriz replicó:
—Y así y punto.
Tenían que esperar pacientemente el día en que cerrarían los ojos para siempre. ¿Y Xavier? ¿Qué harían con Xavier? Éste parecía un niño durmiendo.
—¿Vamos a esperar que Xavier se muera de muerte natural? —preguntó Beatriz.
Carmen pensó, pensó y dijo:
—Creo que las dos debemos darle una ayudita.
—¿Qué ayuda?
—Todavía no lo sé.
—Pero tenemos que decidir.
—Déjalo de mi cuenta, yo sé lo que hago.
Y nada de nada. Dentro de poco tiempo sería de madrugada y nada habría sucedido. Carmen preparó para las dos un café bien fuerte. Y comieron chocolate hasta la náusea. Y nada, nada ocurrió realmente.
Encendieron la radio a pilas y oyeron una angustiante música de Schubert. Era piano solo. Carmen dijo:
—Tiene que ser hoy.
Carmen era la líder y Beatriz obedecía. Era una noche especial: llena de estrellas que las miraban brillantes y tranquilas. Qué silencio. Pero qué silencio. Se aproximaron las dos a Xavier para ver si se inspiraban. Xavier roncaba. Carmen realmente se inspiró.
Le dijo a Beatriz:
—En la cocina hay dos cuchillos grandes.
—¿Y luego?
—Pues que nosotras somos dos y tenemos dos cuchillos grandes.
—¿Y luego?
—Y luego, burra, nosotras dos tenemos armas y podremos hacer lo que necesitamos hacer. Dios lo manda.
—¿No sería mejor no hablar de Dios en este momento?
—¿Quieres que hable del diablo? No, hablo de Dios porque es el dueño de todas las cosas. Del espacio y del tiempo.
Entonces entraron en la cocina. Los dos cuchillos grandes estaban filosos, eran de fino acero pulido. ¿Tendrían fuerza?
Sí, la tendrían.
Salieron armadas. La habitación estaba oscura. Ellas dieron de cuchilladas erróneamente, apuñalando la manta. La noche era fría. Entonces lograron distinguir el cuerpo dormido de Xavier.
La sangre copiosa de Xavier escurría profusamente en la cama, por el suelo.
Carmen y Beatriz se sentaron junto a la mesa del comedor, bajo la luz amarilla del foco desnudo, estaban exhaustas. Matar requiere fuerza. Fuerza humana. Fuerza divina. Las dos estaban sudadas, mudas, abatidas. Si hubieran podido, no habrían matado a su gran amor.
¿Y ahora? Ahora tenían que deshacerse del cuerpo. El cuerpo era grande. El cuerpo pesaba.
Fueron entonces al jardín y con la ayuda de dos palas cavaron en la tierra una fosa.
Y, en la oscuridad de la noche, cargaron el cuerpo hasta el jardín. Era difícil porque Xavier muerto parecía pesar más que cuando estaba vivo, pues se le había escapado el espíritu. Mientras lo cargaban, gemían de cansancio y de dolor. Beatriz lloraba.
Colocaron el gran cuerpo dentro de la fosa, la cubrieron con la tierra húmeda y olorosa del jardín, tierra buena para las plantas. Después entraron en la casa, prepararon nuevamente el café y se restablecieron un poco.
Beatriz, que era muy romántica, se pasaba el tiempo leyendo fotonovelas en las que ocurrían amores contrariados o perdidos. Ella tuvo la idea de plantar rosas en esa tierra fértil.
Entonces salieron de nuevo al jardín, agarraron una matita de rosas rojas y la plantaron en la sepultura del llorado Xavier. Amanecía. El jardín impregnado de rocío. El rocío era una bendición al asesinato. Así pensaron ellas, sentadas en el banco blanco que había ahí.
Pasaron los días. Las dos mujeres compraron vestidos negros. Y apenas comían. Cuando anochecía, la tristeza recaía sobre ellas. No tenían ya gusto para cocinar. De rabia, Carmen, colérica, rompió el libro de recetas en francés. Guardó el de castellano: nunca se sabía si aún podría ser necesario.
Beatriz pasó a ocuparse de la cocina. Ambas comían y bebían en silencio. El pie de rosas rojas parecía haber pegado. Buena mano para plantar, buena tierra propicia. Todo resuelto.
Y así quedaría cerrado el caso.
Pero sucedió que al secretario de Xavier le extrañó su prolongada ausencia. Había papeles urgentes que firmar. Como la casa de Xavier no tenía teléfono, fue hasta allá. La casa parecía impregnada de mala suerte. Las dos mujeres le dijeron que Xavier había salido de viaje, que estaba en Montevideo. El secretario no las creyó del todo pero pareció que se había tragado la historia.
A la semana siguiente, el secretario fue a la delegación. Con la policía no se juega. Primeramente, los agentes de policía no quisieron darle crédito a la historia. Pero, ante la insistencia del secretario, decidieron perezosamente dar la orden de búsqueda en la casa del polígamo. Todo en vano: nada de Xavier.
Entonces Carmen habló de esta manera:
—Xavier está en el jardín.
—¿En el jardín? ¿Haciendo qué?
—Sólo Dios lo sabe.
—Pero nosotros no vimos nada ni a nadie.
Fueron al jardín: Carmen, Beatriz, el secretario de nombre Alberto, dos agentes de policía y dos hombres más que no se sabía quiénes eran. Siete personas. Entonces Beatriz, sin ninguna lágrima en los ojos, les mostró la fosa florida. Tres hombres abrieron la sepultura, destrozando el pie de rosas que sufrían por casualidad la brutalidad humana.
Y vieron a Xavier. Estaba horrible, deformado, ya medio carcomido, con los ojos abiertos.
—¿Y ahora? —dijo uno de los agentes.
—Y ahora hay que detener a las dos mujeres.
—Pero —dijo Carmen— que sea en la misma celda.
—Mire —dijo uno de los agentes frente al secretario atónito—, lo mejor es fingir que nada ha sucedido, si no va a haber mucho barullo, mucho papeleo escrito, muchos alegatos.
—Ustedes dos —dijo el otro agente de la policía—, preparen sus maletas y váyanse a vivir a Montevideo. No nos joroben más.
Las dos dijeron:
—Muchas gracias.
Pero Xavier no dijo nada. Nada había realmente que decir.
Autor: Clarice Lispector, del libro «El viacrucis del cuerpo».
En la noche en que vio El último tango en París los tres se metieron en la cama: Xavier, Carmen y Beatriz. Todo el mundo sabía que Xavier era bígamo: vivía con dos mujeres.
Cada noche le tocaba a una. A veces dos veces por noche. A la que no le tocaba se quedaba presenciando. Ninguna tenía celos de la otra.
Beatriz comía que daba gusto: era gorda y enjundiosa. En cambio Carmen era alta y delgada.
La noche del último tango en París fue memorable para los tres. En la madrugada estaban exhaustos. Pero Carmen se levantó por la mañana, preparó un opíparo desayuno —con cucharas llenas de crema espesa de leche— y lo llevó para Beatriz y para Xavier. Estaba somnolienta. Fue necesario darse un baño en la ducha helada para ponerse en forma nuevamente.
Ese día —domingo— almorzaron a las tres de la tarde. La que cocinó fue Beatriz, la gorda. Xavier bebió vino francés. Y se comió solito un pollo entero. Entre las dos se comieron el otro pollo. Los pollos estaban rellenos con masa de harina de mandioca con pasas y ciruelas, todo impregnado, rico.
A las seis de la tarde, los tres se dirigieron a la iglesia. Parecían un bolero. El bolero de Ravel.
Y por la noche se quedaron en casa viendo la televisión y comiendo. Esa noche no sucedió nada: los tres estaban muy cansados.
Y así era, día tras día.
Xavier trabajaba mucho para mantener a las dos mujeres y a sí mismo: las comidas eran abundantes. Pero a veces engañaba a ambas con una prostituta excelente. Pero en casa nada contaba, pues no estaba loco.
Pasaban los días, los meses, los años. Nadie moría. Xavier tenía cuarenta y siete años. Carmen tenía treinta y nueve. Beatriz ya había cumplido los cincuenta.
La vida les sonreía. A veces Carmen y Beatriz salían a comprar camisas llenas de imágenes de sexo. Compraban también perfume. Carmen era más elegante. Beatriz, con sus lonjas, escogía un bikini y un sostén minúsculo para los enormes senos que poseía.
Un día Xavier llegó ya muy tarde de noche: las dos estaban desesperadas. Apenas si sabían que estaba con la prostituta. Los tres en verdad eran cuatro, como los tres mosqueteros.
Xavier llegó con un hambre de nunca acabar. Abrió una botella de champaña. Estaba en pleno vigor. Habló animadamente con las dos, les contó que la industria farmacéutica de su propiedad iba bien de finanzas. Y les propuso a ambas que los tres fueran a Montevideo, a un hotel de lujo.
Fue tal el barullo por la preparación de las tres maletas.
Carmen se llevó todo su complicado maquillaje. Beatriz salió a comprar una minifalda. Viajaron en avión. Se sentaron en la fila de tres asientos: él en medio de las dos.
En Montevideo compraron todo lo que quisieron. Incluso una máquina de coser para Beatriz y una máquina de escribir para Carmen, que quería aprender. En verdad no necesitaba nada, era una pobre desgraciada. Llevaba un diario: anotaba en las páginas del grueso cuaderno empastado en rojo las fechas en que Xavier la buscaba. Le daba el diario a Beatriz para que lo leyera.
En Montevideo compraron un libro de recetas culinarias. Sólo que estaba en francés y ellas no entendían. Parecían más palabrotas que palabras.
Entonces compraron un recetario en castellano. Y se esmeraron en las sopas y en las salsas. Aprendieron a hacer rosbif. Xavier engordó tres kilos y su fuerza de toro aumentó.
A veces las dos se acostaban en la cama. Largo era el día. Y, a pesar de que no eran lesbianas, se excitaban una a otra y hacían el amor. Amor triste.
Un día le contaron ese hecho a Xavier.
Xavier se excitó. Y quiso que esa noche las dos se amaran frente a él. Pero, ordenado de esa manera, terminó todo en nada. Las dos lloraron y Xavier se encolerizó furiosamente.
Durante tres días no le dirigió la palabra a ninguna de las dos.
Pero, durante ese intervalo, y sin encargo, las dos fueron a la cama con éxito.
Al teatro los tres no iban. Preferían ver la televisión. O cenar fuera.
Xavier comía con malos modales: agarraba la comida con las manos, hacía mucho ruido al masticar, además de comer con la boca abierta. Carmen era más refinada, le daba asco y vergüenza. Beatriz tampoco tenía vergüenza, hasta desnuda andaba por la casa.
No se sabe cómo empezó. Pero comenzó.
Un día, Xavier llegó del trabajo con marcas de lápiz de labios en la camisa. No pudo negar que había estado con su prostituta preferida. Carmen y Beatriz agarraron un trozo de palo cada una y corrieron detrás de Xavier por toda la casa. Éste corría todo desesperado, gritando: ¡perdón!, ¡perdón!, ¡perdón!
Las dos, también cansadas, finalmente dejaron de perseguirlo.
A las tres de la mañana, Xavier tuvo ganas de poseer a una de las mujeres. Llamó a Beatriz porque era la menos rencorosa. Beatriz, lánguida y cansada, se prestó a los deseos del hombre que parecía un superhombre.
Pero al día siguiente le advirtieron que ya no cocinarían para él. Que se las arreglara con la tercera mujer.
Las dos de vez en cuando lloraban y Beatriz preparó para ambas una ensalada de patatas con mayonesa.
Por la tarde fueron al cine. Cenaron fuera y sólo regresaron a casa a medianoche. Encontraron a un Xavier abatido, triste y con hambre. El intentó explicar:
—¡Es porque a veces me dan ganas durante el día!
—Entonces —le dijo Carmen—, ¿por qué no regresas a casa?
Prometió que así lo haría. Y lloró. Cuando lloró, Carmen y Beatriz se quedaron con el corazón destrozado. Esa noche, las dos hicieron el amor delante de él y él se consumía de envidia.
¿Cómo es que empezó el deseo de venganza? Las dos eran cada vez más amigas y lo despreciaban.
Él no cumplió la promesa y buscó a la prostituta. Ésta lo excitaba porque le decía muchas obscenidades. Lo llamaba hijo de puta. Él aceptaba todo.
Hasta que llegó cierto día.
O mejor, una noche. Xavier dormía plácidamente como buen ciudadano que era. Las dos permanecieron sentadas junto a una mesa, pensativas. Cada una pensaba en su infancia perdida. Y pensaron en la muerte. Carmen dijo:
—Un día nosotros tres moriremos.
Beatriz replicó:
—Y así y punto.
Tenían que esperar pacientemente el día en que cerrarían los ojos para siempre. ¿Y Xavier? ¿Qué harían con Xavier? Éste parecía un niño durmiendo.
—¿Vamos a esperar que Xavier se muera de muerte natural? —preguntó Beatriz.
Carmen pensó, pensó y dijo:
—Creo que las dos debemos darle una ayudita.
—¿Qué ayuda?
—Todavía no lo sé.
—Pero tenemos que decidir.
—Déjalo de mi cuenta, yo sé lo que hago.
Y nada de nada. Dentro de poco tiempo sería de madrugada y nada habría sucedido. Carmen preparó para las dos un café bien fuerte. Y comieron chocolate hasta la náusea. Y nada, nada ocurrió realmente.
Encendieron la radio a pilas y oyeron una angustiante música de Schubert. Era piano solo. Carmen dijo:
—Tiene que ser hoy.
Carmen era la líder y Beatriz obedecía. Era una noche especial: llena de estrellas que las miraban brillantes y tranquilas. Qué silencio. Pero qué silencio. Se aproximaron las dos a Xavier para ver si se inspiraban. Xavier roncaba. Carmen realmente se inspiró.
Le dijo a Beatriz:
—En la cocina hay dos cuchillos grandes.
—¿Y luego?
—Pues que nosotras somos dos y tenemos dos cuchillos grandes.
—¿Y luego?
—Y luego, burra, nosotras dos tenemos armas y podremos hacer lo que necesitamos hacer. Dios lo manda.
—¿No sería mejor no hablar de Dios en este momento?
—¿Quieres que hable del diablo? No, hablo de Dios porque es el dueño de todas las cosas. Del espacio y del tiempo.
Entonces entraron en la cocina. Los dos cuchillos grandes estaban filosos, eran de fino acero pulido. ¿Tendrían fuerza?
Sí, la tendrían.
Salieron armadas. La habitación estaba oscura. Ellas dieron de cuchilladas erróneamente, apuñalando la manta. La noche era fría. Entonces lograron distinguir el cuerpo dormido de Xavier.
La sangre copiosa de Xavier escurría profusamente en la cama, por el suelo.
Carmen y Beatriz se sentaron junto a la mesa del comedor, bajo la luz amarilla del foco desnudo, estaban exhaustas. Matar requiere fuerza. Fuerza humana. Fuerza divina. Las dos estaban sudadas, mudas, abatidas. Si hubieran podido, no habrían matado a su gran amor.
¿Y ahora? Ahora tenían que deshacerse del cuerpo. El cuerpo era grande. El cuerpo pesaba.
Fueron entonces al jardín y con la ayuda de dos palas cavaron en la tierra una fosa.
Y, en la oscuridad de la noche, cargaron el cuerpo hasta el jardín. Era difícil porque Xavier muerto parecía pesar más que cuando estaba vivo, pues se le había escapado el espíritu. Mientras lo cargaban, gemían de cansancio y de dolor. Beatriz lloraba.
Colocaron el gran cuerpo dentro de la fosa, la cubrieron con la tierra húmeda y olorosa del jardín, tierra buena para las plantas. Después entraron en la casa, prepararon nuevamente el café y se restablecieron un poco.
Beatriz, que era muy romántica, se pasaba el tiempo leyendo fotonovelas en las que ocurrían amores contrariados o perdidos. Ella tuvo la idea de plantar rosas en esa tierra fértil.
Entonces salieron de nuevo al jardín, agarraron una matita de rosas rojas y la plantaron en la sepultura del llorado Xavier. Amanecía. El jardín impregnado de rocío. El rocío era una bendición al asesinato. Así pensaron ellas, sentadas en el banco blanco que había ahí.
Pasaron los días. Las dos mujeres compraron vestidos negros. Y apenas comían. Cuando anochecía, la tristeza recaía sobre ellas. No tenían ya gusto para cocinar. De rabia, Carmen, colérica, rompió el libro de recetas en francés. Guardó el de castellano: nunca se sabía si aún podría ser necesario.
Beatriz pasó a ocuparse de la cocina. Ambas comían y bebían en silencio. El pie de rosas rojas parecía haber pegado. Buena mano para plantar, buena tierra propicia. Todo resuelto.
Y así quedaría cerrado el caso.
Pero sucedió que al secretario de Xavier le extrañó su prolongada ausencia. Había papeles urgentes que firmar. Como la casa de Xavier no tenía teléfono, fue hasta allá. La casa parecía impregnada de mala suerte. Las dos mujeres le dijeron que Xavier había salido de viaje, que estaba en Montevideo. El secretario no las creyó del todo pero pareció que se había tragado la historia.
A la semana siguiente, el secretario fue a la delegación. Con la policía no se juega. Primeramente, los agentes de policía no quisieron darle crédito a la historia. Pero, ante la insistencia del secretario, decidieron perezosamente dar la orden de búsqueda en la casa del polígamo. Todo en vano: nada de Xavier.
Entonces Carmen habló de esta manera:
—Xavier está en el jardín.
—¿En el jardín? ¿Haciendo qué?
—Sólo Dios lo sabe.
—Pero nosotros no vimos nada ni a nadie.
Fueron al jardín: Carmen, Beatriz, el secretario de nombre Alberto, dos agentes de policía y dos hombres más que no se sabía quiénes eran. Siete personas. Entonces Beatriz, sin ninguna lágrima en los ojos, les mostró la fosa florida. Tres hombres abrieron la sepultura, destrozando el pie de rosas que sufrían por casualidad la brutalidad humana.
Y vieron a Xavier. Estaba horrible, deformado, ya medio carcomido, con los ojos abiertos.
—¿Y ahora? —dijo uno de los agentes.
—Y ahora hay que detener a las dos mujeres.
—Pero —dijo Carmen— que sea en la misma celda.
—Mire —dijo uno de los agentes frente al secretario atónito—, lo mejor es fingir que nada ha sucedido, si no va a haber mucho barullo, mucho papeleo escrito, muchos alegatos.
—Ustedes dos —dijo el otro agente de la policía—, preparen sus maletas y váyanse a vivir a Montevideo. No nos joroben más.
Las dos dijeron:
—Muchas gracias.
Pero Xavier no dijo nada. Nada había realmente que decir.
Autor: Clarice Lispector, del libro «El viacrucis del cuerpo».
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jueves, 14 de agosto de 2014
«La poesía como institución», Salvador Elizondo.
El homenaje que se ha venido
rindiendo a algunos de nuestros poetas modernos durante este año me ha dado el
indicio de una fuerza tremenda que habiendo pasado su periodo de gestación está
naciente en el futuro próximo de este país.
He escuchado por
la radio el nombre de López Velarde asociado a una ‘‘promoción’’ de muebles
hechos en México con ‘‘calidad de exportación’’ y también he oído en varias
ocasiones (casi siempre de patrocinio oficial) los versos de este poeta —extraídos siempre del más flojo y compendioso de sus poemas— citados
en apoyo de patrañas tales como ‘‘La participación activa de López Velarde en
la revolución con los carrancistas, etcétera’’, como si se tratara de subrayar
un hecho que contradice de la manera más contundente lo que el propio López
Velarde nos dice acerca de su ‘‘actitud’’ política en toda su obra, incluyendo La suave patria, cuya última parte es
especialmente reveladora de una convicción que ya con amargura había plasmado
en el último verso de un poema anterior, uno de sus mejores: El retorno maléfico.
No
sé a ciencia cierta si este afán de exaltar a López Velarde por encima de su
comedimiento en cuestiones políticas se ha reflejado un poco en contra de los
otros dos poetas conmemorados y en especial contra Tablada y su obra que, de
las tres, es la única que puede ser considerada como realmente revolucionaria
aun a pesar de las ideas políticas de su autor, que, tengo entendido, no eran
particularmente avanzadas o cuando menos no tan avanzadas como lo eran sus
ideas poéticas.
¿Cuál
es el orden en que ‘‘la Revolución’’ puede más fácilmente exaltarse a sí misma
en la obra de los poetas? He ahí una pregunta que en el caso de las
conmemoraciones poéticas de este año da lugar a más de una respuesta en grado
absoluto; es decir que da lugar a varias respuestas equívocas, sobre todo si se
tiene en cuenta que el patrón sólo admite de dos medidas, ambas ambiguas. Por
una parte se juzga la vida de López Velarde (una vida inscrita —como lo revela
su obra— dentro de los más estrechos márgenes de la inmutabilidad y de la
indiferencia política) como de actitud revolucionaria y por otra se juzga la
‘‘personalidad’’ de Tablada (que tenía más talento aunque menos genio que López
Velarde —como lo demuestra el carácter de su obra, eminentemente revolucionaria
en el orden de la poesía—, un afán intenso de subvertir el orden tradicional)
como la personalidad de un cobarde y de un personaje de poca monta.
Los
patrocinadores tal vez no se hayan percatado, por el escaso aparato crítico que
envuelve a la obra de Tablada, que posiblemente estuviera muchísimo más de
acuerdo con el objetivo de sus ‘‘promociones’’ y sólo de su poema Tianguis los redactores de spots radiofónicos de nuestro organismo
de comercio podrían extraer un cuantioso tesoro de dísticos con alto poder de
convencimiento, como:
‘‘Los áureos chiquihuites
están llenos de chalchihuites…’’
‘‘…verde jaspe de los chilacayotes;
cinabrio de la flor de calabaza
y alabastro de los chinchayotes…’’
El
hecho es que el reaccionario se ve exaltado como revolucionario y el
revolucionario de la poesía se ve infamado como reaccionario político. Pero
esto no es una casualidad. Obedecen este tipo de juicios a un imperativo que es
el que comanda esa fuerza que ahora ya comienza a dar sus primeros frutos en la
formulación de juicios —acerca de las características de cosas tan alejadas de
la política como pueden serlo las obras de estos poetas— tan descabellados como
antes. Esa fuerza es el nacionalismo.
La
‘‘grandeza histórica’’ de los pueblos es la medida en que ellos han influido en
la vida de otros pueblos. El patrón que permite determinar esa medida es casi
siempre un patrón cultural entre los pueblos cultos. Entre los otros es un
patrón de dominio. Este último interesa poco ya.
Cualquier
manipulación o mixtificación a la que los valores que la cultura aporta como
elementos dados y consumados con fines que no son aquellos a los que la obra
misma se dirige o ha sido dirigida por su autor, constituye una interferencia y
una obstaculización al libre desarrollo cultural de un pueblo. La preferencia
que las ‘‘promociones’’ establecen en favor de La suave patria por encima de El sueño de los guantes negros no tardará
en actuar contra los mismos patrocinadores.
Se
percibe que con una tenaz insistencia se trata de exaltar ciertos valores de
nuestra cultura que tiendan a fomentar el orgullo en sus instituciones y el
diálogo más amplio entre todos, pero se emplea para ello el procedimiento de
acendrar nuestro orgullo o en las formas más superficiales del inconsciente
colectivo, mágico, como lo es el folklore, o en los equívocos históricos o
críticos más profundos. ¿Mediante qué operación se realiza esta manipulación de
los ‘‘valores culturales’’?
Mediante
la operación de su institucionalización. Esta larga palabra permite que exista
no sólo una ‘‘poesía institucional’’, un ‘‘partido (único) institucional’’, una
‘‘oposición’’ institucional, una prensa ídem y, asombrosamente, hasta una
Revolución Institucional. ¿Quién, me pregunto, es el que instituye?
Por
otra parte el análisis más sumario revela de inmediato, en el caso de todos los
pueblos que han pretendido fundar su cultura en el nacionalismo
‘‘institucional’’, que pronto son presa de graves males, pues para subsistir
han de echar mano forzosamente de sus propios materiales sin tener acceso a
materiales mejores, pero externos. Es menester que los pueblos nacionalistas se
abstraigan de un movimiento más vasto y general, la cultura, para poder
complacerse con sus propios logros menores y no con el aprovechamiento de las
realizaciones universales mejores. Cuando más profundamente cavan los pueblos
en sus propias raíces por vía de esas manifestaciones casi siempre
ininteligibles, como el folklore, más menguan la fuerza de su tronco y el
esplendor de su follaje que son las manifestaciones conscientes y evidentes de
su arte y de su pensamiento. No existe en esa medida ni una ‘‘cultura
mexicana’’ ni tampoco una ‘‘cultura portuguesa’’ o una ‘‘cultura inglesa’’
—existe simplemente la cultura a la que mexicanos, portugueses o ingleses pueden
hacer aportaciones de diversa índole. Si esa cultura no fuera universal no
sería, justamente, la cultura.
Los
pueblos de reciente o escasa tradición espiritual son llevados con frecuencia
por el nacionalismo a abrevar en las mismas fuentes a las que son llevados los
pueblos de vasta tradición cultural exhausta. El folklore, especialmente, es un
vehículo apto para crear un esplendor grandioso en torno a le entidad que es
capaz de institucionalizarlo, porque esa entidad demuestra ciertos poderes
mágicos al elevar, ante los ojos de un pueblo, un ‘‘judas’’ de cartón a la
potencia espiritual de una estatua de Moore o de situarlo de tal manera que sea
equiparable a una escultura mexica; esa forma intrascendente (intrascendente
porque ha sido concebida intrascendentemente por su autor que la ha concretado
con papel, carrizo y cola, y que además la ha minado con petardos para hacerla
saltar) va a plantear primero y a exigir después una actitud ritual por parte
de sus contempladores en el Museo (Institucional) de Obras Efímeras e
Intrascendentes (artes populares). Esa disposición ritual no tardará en
convertirse en una exigencia que, por ejemplo, la Iglesia bendecidora de
cañones satisface en un país tan institucionalizado como España y esa
disposición exigirá tarde o temprano el hecho institucional por excelencia: la
ceremonia colectiva.
Tanto
por nuestro pasado histórico como por el testimonio de la historia
contemporánea, es por todos motivos desaconsejable participar en esas
ceremonias.
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miércoles, 23 de julio de 2014
Permiso
Parece ser que llegué a la base de los camiones. Sí, aquí es la última
parada. Cuando el camión se estacionó fue cuando el señor por fin se decidió
bajar. Pero ahora ya no sé cómo me voy a regresar, no tengo dinero y no sé cuál
es el camión de regreso.
Mi mamá me mandó sola a la casa de mi tía,
me explicó qué camión debía tomar y dónde me tenía que bajar. Recuerda lo que tanto
te digo, dijo, ándate siempre con cuidado, jamás hables con extraños, ni con
mujeres ni mucho menos con hombres. Entonces me besó y me fui. Todo iba muy
bien, no faltaba tanto, pero entonces se subió un señor que se sentó junto a
mí. Yo jamás hubiera pensado que esto pudiera ser un inconveniente, hasta que
me di cuenta de que ya era hora de bajarme y que no podía pasar sobre el señor.
Traté de empujar los asientos de adelante pero no se movían y no encontré
ningún botón en mi asiento para indicarle al conductor que ahí era donde me
tenía que bajar. No podía pedirle al señor que me diera permiso, pero empujarlo
tampoco me iba a funcionar, pues sus rodillas llegaban hasta el respaldo del asiento
delantero. Y vi la casa de mi tía pasar, la seguía como si una cuerda
mantuviera mi cabeza atada a ella, cada vez alejándose más. Mi vestido se
estaba ensuciando por el sudor de mis palmas y mis labios resecos me ardían de
tanto morderlos.
Tal vez se baje pronto, me decía, tal vez se
baje ahora y yo pueda llegar caminando, al fin no es tan lejos. Pero el señor
estaba de necio, pegado a su asiento como burlándose de mí, como retándome. Párate,
párate, párate, repetía en mis adentros, pero nada. Entonces llegó el momento
de la resignación. Cuando sabes que no hay remedio alguno, cuando aceptas que
tu destino es la fatalidad y hasta te creas planes para que tu fin sea un poco
llevadero. Escarbaba entre mis recuerdos para ver si de casualidad mi mamá no
me había dicho un “sólo háblales si necesitas bajar del camión y ellos no se
mueven” pero lo único que pasaba por mi cabeza era su dedo apuntándome y
diciendo “No hables con extraños, no hables con extraños, ña ña ña”. Entre que me decidía si decirle que me dejara
pasar o no, me percate que el camión se había detenido y que los demás
pasajeros bajaron. Servidos, gritó el conductor, comuníquenle a mis compañeros
su nuevo destino.
Por Abril Ramos
jueves, 10 de julio de 2014
El incendio de las morales que se bifurcan
Un Principio Ético y un Sentido Común iban de paso
cuando percibieron a lo lejos una columna de humo. Rápidamente se dirigieron al
origen de donde procedía el esperado incendio, dicho lugar resultó ser una
Clínica de Maternidad y Reproducción Asistida. Había muchos heridos que habían
logrado escapar del edificio, entre los cuales se encontraba, a punto de
desfallecer a causa del humo, un Determinismo Moral.
―¡Auxilio, sigue allí dentro un
frasco con cien embriones humanos! ¡Ayúdanos Principio Ético, debes salvar a
los embriones, son cien vidas humanas en peligro!
El Principio Ético se adentró
entre las llamas hasta llegar a la habitación donde estaban los embriones,
estaba a punto de tomar el frasco cuando se percató que había un niño recién
nacido en una incubadora, el cual seguramente había sido olvidado por el
Determinismo Moral. Intentó tomar a los dos pero a causa de su limitado
raciocinio le era imposible rescatar a ambos; el Principio Ético sabía que
debía seguir las indicaciones del Determinismo Moral, pero sentía que algo no
iba bien. Era tal su dilema sobre a quién salvar que entró en crisis
existencial y se desmayó. Cuando todo parecía perdido, el Sentido Común llegó
al rescate. Gracias a su poderosa lógica, con un brazo tomó al recién nacido y
con el otro brazo recogió al Principio Ético y los sacó del edificio a punto de
derrumbarse.
―Eres un tonto, ¿por qué
rescataste un solo producto a término en lugar de los cien embriones? ―le espetó
un Pensamiento Pragmático al Sentido Común una vez que salió del siniestro con
sus dos cargas―. El Determinismo Moral le dijo al Principio Ético que salvara específicamente
a los cien embriones, ¿qué no sabes contar?, se han perdido cien vidas humanas,
a cambio de solo una.
―El más tonto eres tú ―le dijo el
Sentido Común―, no necesito un doctorado en bioética para saber que cien
embriones de dos semanas no significan nada al lado de un recién nacido. Sólo
son células como cualquier otra que conforma un organismo, ciertamente con un
contenido genético humano pero sin ninguna clase de conciencia. En cambio, el
recién nacido es un individuo completamente formado que siente dolor e
interacciona con el mundo exterior, lo que lo hace más parecido a una persona,
por lo tanto le tengo mayor empatía. Corrección: salvé a un ser humano en lugar
de cien células que no tienen ningún gramo de humanidad dentro de ese frasco.
―¿A dónde vas? ―dijo el Principio
Ético una vez que regresó de la inconsciencia, mientras veía a su compañero que
disponía a marcharse solo―, tienes que enseñarme a ser como tú. ¡No me dejes
con el cegado Determinismo Moral ni con el nefasto Pensamiento Pragmático!
―No te preocupes, te ayudaré, voy
a ver si esta vez tengo suerte de ser aceptado dentro de las cabezas de muchas
personas. Que tanta falta les hago.
miércoles, 2 de julio de 2014
Neuromarchitosis
El ser humano nace con un número
determinado de neuronas para toda la vida, las cuales se van marchitando
paulatinamente y sin nuestro consentimiento a lo largo de los años. Este
padecimiento lleva por nombre original: neuromarchitosis, y como a veces no
sabemos en qué gastar nuestros recursos, los gobiernos han puesto a trabajar a
los señores con bata blanca para tratar de comprender cómo es que ocurre la
neuromarchitosis. Tras una serie de rigurosos experimentos utilizando
algoritmos y pruebas estadísticas de las que poco entiendo, han llegado a la
obvia conclusión de que si te dedicas a ver los espectáculos mañaneros de los
canales de televisión abierta en lugar de leer un libro de ecuaciones
algebraicas; o si solo te dedicas a ver películas pornográficas en lugar de
hacer por uno mismo la película, o si te da flojera para escribir un cuento
como el que estoy tratando de escribir, o simplemente estás envejeciendo, estás
padeciendo el proceso de neuromarchitosis (aunque estas actividades si son
ejecutadas en exceso, el proceso de neumarchitosis se acelera). En un principio
uno pensaría que es terrible eso de quedarse sin neuronas sin las cuales no
podríamos pensar nunca más en su pérdida y en otras cosas banales; pero no hay
de qué preocuparse, el universo en su infinita bondad decidió que el ser humano
podría sobrevivir con pocas neuronas, inclusive con una o dos. Eso lo podemos
corroborar por la existencia de tantas profesiones idóneas para todos aquellos que
sufren de neuromarchitosis: tenemos a los que se dedican a la política, a los
líderes de sectas, los abrazaperros, las
lesboterroristas, pregonadores del fin del mundo y de la clave del éxito y de
la felicidad, organizadores de asociaciones como el de la Sociedad de la Tierra
Plana, escritores de libros de superventas que solo encuentras en Sanborns,
conductores de programas en donde la gente va a contar sus secuestros por extraterrestres,
enemigos públicos del hedonismo de derecha y, por supuesto, no olvidemos a los activistas
amantes de todo lo que sea verde y que tenga clorofila, que les encanta
recordarnos que la rodaja de tomate de su emparedado no es transgénico, aunque
me gustaría que por lo menos les quedara una sola neurona que les hiciera
recordar que ellos mismos experimentan mutaciones en cada una de sus células
durante todos los días. De esta manera, pareciera que hay una correlación entre
la neuromarchitosis y la soltura para hablar: cuando no hay neuronas, los
pensamientos no pasan por ningún punto de control, por lo que ninguno es
discriminado y todos son exteriorizados incluyendo los incongruentes. Para los
que no tienen apetencia de seguir algunas de las honorables profesiones
mencionadas y quieren conservar aunque sea un puñado de neuronas, se puede
realizar una serie de actividades con
las cuales podemos retrasar un poco el proceso de neuromarchitosis. Por
ejemplo: ahogar a las neuronas en cafeína al beber dos o tres tazas de café es
suficiente para ponerlas a trabajar y evitar que se marchiten. También el sexo
es placentero, perdón, quise decir, también el sexo es muy útil para retrasar
la neuromarchitosis; incluso llega a
suceder que de vez en cuando brota una pequeña neurona durante el acto sexual,
pero imagínense qué pasaría si todos nos dedicáramos a coger durante todo el día, tendríamos nuevas
neuronitas ansiosas por ponernos a reflexionar y entonces el Estado, así como
las instituciones de índole moral, se verían en graves problemas al ser
cuestionadas por la forma en que está organizada la sociedad. Ellos lo saben
muy bien y es por eso que tenemos prohibido coger con quién se nos antoje en
plena avenida, bajo el supuesto de alterar el orden público.
Por otra parte,
la verdadera desgracia cae en unos cuantos individuos que padecen una
neuromarchitosis sumamente gradual. Estos individuos, conscientes de ello, desearían
acelerar la muerte de sus neuronas para poder olvidar que la mayoría de sus
semejantes son más estúpidos que ellos. Pero irónicamente, al ser inteligentes,
saben que un mundo con personas sin neuronas significaría la pérdida de las
pocas cualidades del ser humano que merecen la pena conservarse, como la
habilidad de crear arte y música. Lo más rescatable que pueden hacer estos
románticos posmodernos es deshidratar a sus neuronas con alcohol o
entorpecerlas con alucinógenos, para abrirse paso a la conciencia no humana y
olvidar por unos momentos tantas idiotez que nos rodea. Yo lo único que espero
es que una vez que la mayoría de nosotros sólo tengamos un cerebro abandonado
por las neuronas, lleguen los virus a invadirlo y ocurra el apocalipsis zombie.
Por Daniela Avila.
lunes, 12 de mayo de 2014
La despedida
Dos con quince,
decía el reloj antes de que le diera la espalda al buró donde está. Es tarde
para mí, debo levantarme temprano. Desde hace unas horas las sábanas se han
vuelto un remolino que en vez de cubrir mis piernas tiran de una de ellas y la
otra queda desnuda. Cierro los ojos pero no me entero en qué momento vuelvo a
contemplar el techo blanco y sin adornos o las paredes que esconden su color
salmón en la oscuridad de la recámara. Cerraré
los ojos de nuevo e intentaré dormir, aunque sé que volverá a pasar. Una y otra
vez he vuelto a pensar en ver que siga ahí, en la parte de atrás del cajón de
la cómoda. Pero tengo que dormir, tengo que intentarlo.
Nunca me gustaron los techos blancos. Sé que dan buena luz en las
mañanas, que la pintura blanca es más barata, pero me es tan mediocre. Es como
no saber qué te gusta. Fue una larga discusión. Yo quería un techo azul rey
pero él quería que fuera un cuarto enteramente blanco. Me conformé con elegir
los muebles en ese momento.
Tuvo carácter como para imponer sus gustos, pero terminó siendo tan
cobarde como mi padre. Desde que se fue, y ahora vivo sola, he cambiado poco a
poco las cosas por aquí. El salmón de las paredes es un pequeño orgullo. Lo
siguiente será deshacerse de esa cómoda que dejó. Era de su madre o de su
hermana, no lo sé. No sé ni por qué la trajo, él apenas usaba un par de cajones
en el closet. Yo la fui llenando con todas las cosas que no le encontraba
utilidad. Sus tenis viejos, cinturones ridículos que nunca usaba, cables que
dejaba tirados. En el cajón de arriba empecé a dejar cosas de mujer que aparecieron
por ahí y que no reconocía. Algunos aretes sin par, alguna pinza de cabello
entre su ropa sucia. Casi vomito cuando encontré esas porquerías de encaje. Sabía
bien a qué debían apestar. Esos cajones se convirtieron en el recipiente de las
cosas que no quería que existieran, que no quería volver a ver. Pero ahora
quiero volver a abrir esa cómoda. Me asomo y alcanzo a ver su silueta con la
luz reflejada por ese horrible techo blanco. Si quiero dormir tengo que cerrar
los ojos de una vez.
Doy más vueltas en la cama. Boca abajo es cómodo, pero me tuerzo el
cuello. Boca arriba me cansó en poco tiempo. Intento de un lado pero mi propio
peso me aprisiona. Del otro lado me siento bien. Adoro esta lámpara de noche.
Su pantalla de papel turquesa con una franja color de capuchino a medio
revolver me recuerda lo bien que mi hermana me conoce. O tal vez lo parecidas
que podemos ser, aunque sea sólo en algunas cosas.
Mi hermanita. Siempre me pareció tan débil. Desde que era chica
cualquiera podía burlarse de ella y no era ni para defenderse. Siempre encontraba
con sus moditos dulces quién estuviera de su parte. Casi siempre fui yo la que
estuvo para defenderla o jugar con ella. Éramos buenas amigas, de ésas que se
saben todo una de la otra. Desde los primeros novios hasta las peores peleas. Es
una lástima que desde que se casó nos vemos apenas al final de cada año. Su
esposo siempre le arrebataba los momentos libres. Y cuando no, la quería ahí
metida en esa casa. Estaré aún para ella, en cuanto se sienta sola. No quiero
verla llorar, pero ya lo ha hecho mucho.
Prendí mi lámpara. Me paré, di unos pasos y quedé a la mitad de la
habitación. Desde aquí veo la cómoda. Me pregunto si mi hermana tendrá también
una. Un estorbo en su recámara, que odie, algo de lo se quiera deshacer.
Supongo que todos tienen una. Estoy a sólo unos pasos de ella, podría abrir ese
cajón de abajo y verlo por mi cuenta. Aunque es obvio, nadie más ha estado en
mi casa más que yo, mejor regreso a la cama y me relajo.
No quise volver
a ver el reloj despertador. El disgusto no me ayudaría a descansar. Siento que
ha pasado ya una eternidad. Cuando era niña era mucho más fácil. No era raro
que la emoción me quitara el sueño, pero siempre venía mi madre y se sentaba a
mi lado. Bastaba con que me rozara el brazo con la yema de sus dedos para sentir
chispitas y quedar dormida. La extrañé mucho durante mi adolescencia. Era como
si siempre supiera qué hacer, en el momento preciso. Aparecía con el suéter que
había olvidado cuando empezaba a hacer frío, siempre tenía un guisado caliente
cuando regresaba hambrienta a la casa después de jugar. Cuando hacía algo mal,
tenía el refrán adecuado para hacerme pensar lo que había hecho. Aún ahora, si
tengo algo que resolver, me pregunto qué diría mi madre. Justo ahora tendría
una reflexión o un refrán. Podría bajar a la cocina y encontrarla sentada, como
siempre con un cigarro en los labios, esperando el chillido de la tetera para
hacer un té de hierbas relajantes. Me diría “Ay, hija, has criado bastantes
cuervos. Pero ni lo menciones. No se habla de la soga en la casa del ahorcado”.
Tal vez habría estado ahí en el momento adecuado, cuando pasó lo de mi padre,
para decirnos a las dos: “Ni intenten pescar en agua revuelta. Hasta encontrar
un ajolote sería un milagro”. Si estuviera aquí tendría razones serias para
desconfiar de esa cómoda. Se me han revuelto las tripas otra vez.
Blanco. Así como el techo está ahora mi cabeza. Tengo que acabar con
esto. Escucho ya algunos pajarillos. Tal parece que será mejor resignarse. Aún
a oscuras me levanto y preparo el baño. Bajo a comer lo que sea que esté a la
mano. Fruta, pan, un trago de leche y vuelvo a subir. El vapor se alcanza a ver
con en la luz amarillenta que sale debajo de la puerta del baño. El contraste
hace más oscura la recámara. Me detengo al lado de la cómoda. Mi cabeza está en
blanco, sólo contemplo el cajón. Me agacho lo suficiente para abrirlo un poco y
meto a tientas la mano. Siento alguna baratija de plástico, algunos folletos
acartonados. Muevo una cajita metálica y siento el borde pesado del revólver de
mi padre. Sé que puede ser idea mía, pero siento que aún huele a pólvora
quemada. Estiro un poco más los dedos y ahí está, dentro de un sobre, ahí
sigue uno de los anillos de bodas que le
conseguimos a mi hermana y a su esposo. Qué curioso, me siento más tranquila.
Será aun mejor cuando pase por el buzón y me deshaga de él.
Por Javo AC
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