domingo, 17 de abril de 2016

La vergüenza



Segismundo siempre quiso ser asesino, pero era estúpido y pobre como la mayoría de los que vivían en el pueblo. Apenas había cumplido los treinta y cinco cuando su madre lo echó de la cama por haberle tirado tres dientes mientras dormía. Como castigo lo mandaba al baño en las noches.
Junto con su hijo se dedicaban a la costura. Nunca se preocupó por enviarlo a la escuela. Cuando le preguntaban por qué, siempre respondía con toda naturalidad: Nació para idiota y para eso no se estudia.
El padre de Segismundo se había marchado con una fulana mucho antes de que él naciera y, a pesar de habérselas arreglado, después de que la fábrica textil abrió en el pueblo, la amenaza de quedarse hambrientos y en la calle, era cada vez mayor.
Con el paso del tiempo la trasnacional, dueña de la fábrica, se volvió dueña del pueblo. Los comerciantes cerraban sus negocios, uno a uno, y se convertían en sus empleados. Únicamente sobrevivían las putas del parque, una lonchería y la tienda de armas, a quienes, por alguna razón, aun no les habían encontrado sustitos para competir.
Finalmente la mujer no tuvo más remedio y mandó a Segismundo a trabajar a la textil. Ya había pasado un mes, y aun cuando lograban colocar a  cualquiera, Segismundo parecía no ser apto ni para el área de limpieza. “Para nada sirves”, le repetía ella todas las noches, antes de mandarlo al baño. Pasaron los meses hasta que pudieron encontrarle una vacante como botarga del nuevo minimercado. Sólo tendría que ponerse el traje y bailar por seis horas, seis días a la semana.
“Empiezas mañana. Tuve que ir por tu cochino disfraz, porque seguro lo pierdes”, dijo la mujer, mientras apuntaba con el dedo a la mesa del comedor. Su hijo agachó la cabeza, torció la boca y asintió.
A mitad de la noche Segismundo despertó. En silencio fue a ver lo que se pondría por la mañana. Sacó la cabeza lentamente de una bolsa negra. Le produjo horror, sin embargo no gritó. Las palizas de su madre cuando la despertaba, le asustaban aún más. Como un fantasma se dirigió al cajón de las cosas de costura. Se pasó la noche en vela haciéndole cambios a la botarga. Tijera en mano cortaba retazos de los encargos de los clientes, no paraba de pensar en la gente del pueblo mientras cosía. Remató colocando en la cabeza un sombrero viejo de su madre. Cuando terminó sonrió satisfecho, se puso el traje, regresó a la habitación y se quedó parado frente a la cama hasta que la mujer despertó.
Ella, al verlo, abrió los ojos como si tuviera al diablo enfrente. Era como mirarse las entrañas en un espejo. Así estuvo un rato, hasta que dejó de ver a su hijo y la botarga se estaba viendo a sí misma. Su boca parecía desencajarse, la respiración se le cortaba y los ojos se le pusieron en blanco. Segismundo no entendía lo que estaba pasando, pero le gustaba ver a su madre en ese estado, así que se le fue acercando, poco a poco, hasta tenerla de frente y tocarla. En ese instante la mujer cerró los ojos y murió, así, con la rigidez de una momia.
Segismundo estaba fuera de sí, dando brincos y echando carcajadas. Salió de casa con el traje todavía puesto. Una vieja fisgona que espiaba a los vecinos desde su balcón, al verlo cayó como si fuera un tronco, haciéndose añicos la cabeza. Pasó lo mismo con el policía de la avenida, la vendedora de tamales, los oficinistas del palacio municipal; todos los que se cruzaban en su camino caían como palos de escoba. Para mediodía las calles del pueblo eran un tiradero de cuerpos rígidos. La noticia se corrió y todos se atrincheraron en sus casas.
El asesino se fue a esconder al monte y estuvo ahí con el traje puesto unos días. La gente de pueblo olvida muy rápido, sobre todo lo que le provoca incomodidad. Una noche, mientras hacía una cama con hierbas y ramas, Segismundo vio cómo el cielo del pueblo estallaba, con chispas de colores, una guerra de luces que salían de la tierra. Era la fiesta por el aniversario de la transnacional. Bajó, con su disfraz puesto, hipnotizado, hasta la plaza principal donde el pueblo celebraba. Las autoridades reinaban la celebración desde sus tarimas y mesas con sirvientes, bebiendo y bailando.
Segismundo se fue abriendo paso entre la multitud que caía como fichas de dominó. Los que no morían se quedaban rígidos en el suelo, boca de pescado y ojos en blanco, con las pupilas volteadas, como si estuvieran mirando dentro de sí.

Por Ángel Aceves

jueves, 14 de abril de 2016

La mirada



Apenas había llegado hace algunos días al pueblo y de inmediato comencé a tener síntomas de cansancio y estrés. En mi piel se podían notar las quemaduras hechas por el sol. Mi apariencia por lo regular era la de una chica sana, pero ahora parecía una modelo de alguna marca de productos dietéticos. Mis huesos eran casi visibles y las bolsas debajo de mis ojos estaban tan abultadas que parecía que estallarían. Empecé a tener dificultad para conciliar el sueño. La humedad y las constantes picaduras de mosquitos contribuían a mi martirio. Algunos días no podía soportar levantarme a las cinco de la mañana y regresar hasta altas horas de la noche.
Formé parte de una asociación de rescatistas a nivel nacional. Todas las actividades que realizábamos parecían fáciles de llevar a cabo. Colaboré en programas de ayuda a indigentes, rescate de animales y en un asilo de ancianos. Mantuve largas conversaciones con ellos, la mayoría de ellos habían sido abandonados por sus familiares y apreciaban que los tomaran en cuenta. Hacía ya una semana que un huracán de categoría cinco había tocado las playas del sur del país y pronto recibí la propuesta para unirme a las labores de rescate.  No era consciente de la magnitud del desastre hasta que llegué a ese lugar. Tenía entrenamiento y creí que era suficiente para brindar apoyo.
Debido a la falta de suficientes refugios se me asignó quedarme en una casucha mal   construida de las pocas que seguían en pie. El lugar era maloliente, con apenas un cuarto de descanso, una cama vieja y un par de velas. La cocina contaba con algo de agua, comida, una   parrilla y leña podrida, aunque era un palacio comparado con la mayoría de las casas que fueron destruidas por los devastadores vientos e inundaciones. Con el paso de los días el trabajo aumentó y el nivel del agua fue disminuyendo, facilitándonos la limpieza, las labores de rescate y recuperación. Por consecuencia tendría que pasar más tiempo en el pueblo. Sólo de pensarlo me provocó molestia y frustración. Seguía sin dormir bien y al intentar hacerlo de nuevo comencé a escuchar golpecitos en la puerta. Pensé que era parte de mi imaginación, sin embargo volvieron a oírse.  Me levanté con miedo, los pies me temblaron y por mi cuerpo recorrió un frío que casi me paralizó.  Me asomé por una rendija de la puerta que se había formado en la madera con el paso del tiempo. No podía ver bien, la oscuridad me lo impedía. Decidí salir sin estar convencida, pero la incertidumbre de no saber lo que realmente pasaba me obligó.  
El ambiente era tenso, desagradable y asfixiante. El viento sopló un poco. En la esquina de la casa se encontraban un par de sillas que de milagro se mantenían en pie, cerca de ellas árboles caídos y basura acumulada. Alcancé a distinguir un sapo que brincó hacia donde me encontraba, me asusté y regresé al cuarto. El sueño al fin me venció. Al amanecer, los rayos del sol se posaron directo en mi rostro y me despertó el canto de las aves. El grupo de rescate pasó por mí poco tiempo después. Nos dirigimos a una de las zonas más dañadas por la tempestad. Solo había caos, comercios derribados, animales muertos, negocios destruidos, escuelas e iglesias deshechas. Lo peor fue cuando comenzamos a limpiar. Debajo de los escombros de lo que alguna vez fueron hogares yacían cuerpos sin vida, personas que no lograron escapar o que tal vez prefirieron quedarse en casa por miedo a ser víctimas de la delincuencia. Me quedé paralizada sin saber qué hacer. No hay entrenamiento alguno que instruya para ver la muerte y el sufrimiento de cerca.
Cuando llegó la noche y regresé a la improvisada vivienda me senté en medio de la cama sin intención de nada. Perdí la noción del tiempo recordando los rostros de desesperación, de angustia, de dolor y algunos otros de resignación.  Volví a oír los golpecitos en la puerta, pero no me importó. Estaba segura de que era mi imaginación que intentaba engañarme una vez más. El cansancio físico me venció hasta hacerme dormir.
Al otro día me levanté antes de lo acostumbrado, seguía sin apartar mis pensamientos de las caras de pena y agonía de quienes no lograron sobrevivir. Transcurrió una semana y yo apenas dormía lo suficiente. Comencé a experimentar sensaciones de terror y ansiedad.
Me encontraba nerviosa, no deseaba conversar con nadie y me sentía irritada. Mis compañeros notaron los cambios y sugirieron que regresara a la ciudad. La última noche que pasé en aquel lugar recuerdo que volví a escuchar los golpes en la puerta. Traté de ignorarlos pero su insistencia me empujó a salir. Sentí cómo la cabeza me estalló, el dolor era insoportable. No había nadie afuera y regresé a prisa. Quería dormir. Ya no podía soportar seguir despierta. Casi al llegar a la cama la insistencia en la puerta reapareció. Me detuve, di vuelta rumbo a la entrada, me asomé por la rendija. Seguía sin ver a nadie. Sentí ganas de correr, de llorar y de gritar. Un sentimiento indescriptible se apoderó de mí. Después llegó la calma y no logré recordar más.
A la mañana siguiente escuché a los rescatistas tocar con fuerza y desesperación la puerta. Deseaba ir a abrir, pero no pude. La tiraron. Mi compañera dio un grito espantoso y no paró de llorar. Yo seguía sentada en la cama, sin inmutarme y sin poder ver.
Estoy en el hospital. Me han realizado todo tipo de estudios. Los médicos dicen que ya no volveré a ver. El daño que sufrieron mis ojos es irreversible. Mejor vivir seca a sentir la mirada acusadora de aquellos cuerpos sin vida.



Por Azucena Cortés

martes, 19 de enero de 2016

La libélula



Ni siquiera podía mantenerse en pie, cada día disminuían sus fuerzas. Confinado a una celda sucia, mal oliente, con una deteriorada letrina de la que salía sin cesar un olor a drenaje y una  ventana que apenas permitía distinguir la luz del sol. Un hombre que alguna vez fue el ejemplo para su familia y la sociedad, cumplía su condena. Desde que era un niño, Bruce H. Reece se interesó por la vida de los insectos. Le gustaba explorar en los alrededores de su vecindario husmeaba, en los patios, en la escuela y en cualquier lugar a su alcance con la esperanza de encontrar cualquier bicho para poderlo admirar.
Con el transcurso de los años, su pasatiempo se convirtió en su pasión. Se graduó de biólogo con la tesis “El mundo de los insectos”.  Fue catedrático de Biología General en la Universidad de Kansas. Tenía a cargo proyectos de investigación en preservación y protección de la diversidad biológica y recursos. El Dr. Reece era admirado por compañeros de trabajo y alumnos. Con casi cincuenta años aún sentía la necesidad de seguir aprendiendo y de lograr un descubrimiento que aportara información relevante. 
Decidió realizar una investigación que consistía  en descubrir por qué la especie Pantala flavescens hace la migración más larga en el mundo de los insectos. Para él las libélulas eran fascinantes, tanto por sus características fisiológicas como conductuales. Disfrutaba ver los  extraordinarios coloridos, las espectaculares acrobacias en el vuelo y sus peculiares características.
Viajó al sur de la India en compañía de su colega el doctor Richard Watson, con la consigna de estudiar el viaje de las libélulas que comienza desde aquel lugar hasta África, incluso superando  el  recorrido de  la migración de las mariposas monarca. Les parecía un fascinante  debido a que las islas que componen las Maldivas se encuentran de 500 a 1.000 kilómetros de la costa del sur de la India y están formadas por arrecifes de coral que apenas tienen agua dulce, necesaria para que estos insectos completen su ciclo de vida, lo que implica un viaje de 600 a 800 kilómetros a través del océano.
El proyecto marchaba como se había planeado. En compañía de un guía local los dos científicos se adentraron  a uno de los litorales más vírgenes con la intención de obtener los resultados esperados. Por semanas, documentaron y realizaron las pruebas necesarias. Padecieron las inclemencias del clima y del entorno. No estaban acostumbrados a la incomodidad de pasar varias semanas en un lugar casi inhóspito, aun así la satisfacción de hacer  lo que más les gustaba y con la esperanza de conseguir más prestigio, impedía  que le dieran mayor importancia a las circunstancias que los rodeaban. Tres días antes de terminar la investigación, todo daría un abrupto cambio. 
Mientras dormía una sensación y un ruido extraño despertó a El Dr. Reece. Se levantó adormecido. Aunque era normal escuchar a animales por la noche, sintió que era observado. Salió de la tienda de acampar para averiguar qué sucedía.  Alejándose, alcanzó a distinguir algo que parecía a una figura encorvada y no humana. Regreso a dormir y no le dio importancia. Lo adjudico al cansancio o a un estado de sueño no muy profundo. La siguiente noche se volvió a repetir lo mismo, aunque esa vez, al salir de la tienda miró al ser a poca distancia de él. Ya no pudo dormir y al amanecer comenzó a contarle a sus acompañantes lo sucedido.
Como era de esperarse, su colega lo convenció de que olvidara el asunto alegando que los hombres de ciencia no debían sugestionarse o hacer caso al inconsciente, que muchas veces traiciona. Sin embargo no parecía muy convencido con la explicación del Dr. Watson. Se puso nervioso y expresó sus ganas de irse de inmediato. Aseguraba que los seres que vivían ahí no debían de ser molestados o todos sufrirían terribles consecuencias. Habían invertido horas de arduo trabajo, recursos de la Universidad y hasta de ellos mismos, no podían abandonar la investigación por creencias populares. Esa era la última noche y no había razón lógica para acelerar la partida. A la mañana  siguiente reunirían los resultados, levantarían el campamento y volverían a casa. No se percataban de que alguien los observaba.
Al caer la noche  los hombres se dispusieron a dormir. Todo cambió en cuestión de horas. El Dr. Reece despertó al amanecer, le pareció extraño que no hubiera ruido, a esas horas ya deberían de estar preparándose para volver a la ciudad. La calma lo angustió. Se dispuso a despertar a sus compañeros, pero su sorpresa fue tan grande y aterradora  cuando vio que Watson y el guía yacían muertos en sus tiendas, con el cuerpo destrozado, y frente a ellos dos criaturas deformes, con parecido a un humano, pero sin llegar a serlo. Lo invadió el pánico, esos seres lo veían  con curiosidad, para después alejarse del lugar y perderse entre los árboles. Con el paso de las horas se recuperó de shock y regresó al pueblo en busca de ayuda. Contó lo sucedido a las autoridades correspondientes que, atónitas, no podían creer lo que escuchaban. Como era de esperarse regresaron al litoral, encontraron los cuerpos brutalmente descuartizados. Al científico se le arraigó hasta que las pruebas periciales finalizaran. No se encontró ningún tipo de señal que indicara  que algo desconocido, parecía que Reece lo había hecho. Finalmente fue encarcelado y juzgado. A pesar de la ayuda legal que recibió de su país, no se podía hacer nada, todo estaba en su contra, concluyeron que el científico sufría una enfermedad mental, tal vez esquizofrenia la que provocó que asesinara a sus acompañantes.

Desde hace veinticinco años está encarcelado, muriendo poco a poco. Él no se cesa  de contar la misma historia, alegando su inocencia, pidiendo que busquen las pruebas que dejó en aquél lugar; sus documentos, las grabaciones en video y sonido, y las fotografías que hasta el momento no se han podido encontrar. Por las noches, antes de dormir, puede ver una libélula que es su única compañía y que se encarga de recordarle por qué está ahí.

Por Susi Cortes. 

jueves, 17 de septiembre de 2015

Intensamente. La verdadera historia





"Prohibido fumar", decía el letrero escrito con sangre y colgado con un pelillo púbico. Mierda, pensé. Caminé hacia donde la muchedumbre se hacía bolita.
—¿Qué?, ¿están organizando una fuga masiva? —le pregunté al viejo que, por tener la nariz roja y una postura bonachona, parecía Santaclos.
—¿Fuga? No'mbre, si éstos no saben ni cómo se llaman. Están organizando la cascarita nocturna. ¿Tú también juegas? —me preguntó Santaclos.
—No'mbre qué voy a jugar. ¿O qué, en algún momento me vio tragando plátanos, cacahuates y haciendo demás cosas propias de los simios? Cómo se ve que usted no es Santaclos.
—¿Santaclos? Ay, qué muchacho tan baboso —me dijo el viejo mientras me daba la espalda y se sacaba una anforita del culo también rojizo como su nariz y desnudo como el mío, como el de todos los que estábamos ahí.
Pensé que estaba soñando, pero la hediondez a mercado de la Viga y el calor sofocante eran tan intenso, que más bien dudé de mi coherencia. Eché un vistazo de 360 grados. Aquello era como un desierto, pero en lugar de arena, el suelo estaba cubierto por una sustancia viscosa que a veces era transparente y otras de un blanco amarillento. Lo único que no pertenecía a ese sitio éramos nosotros, los hombres. Me pareció escuchar el mar a la lejanía, así que decidí separarme de la muchedumbre y dirigirme hacia ella. Mientras subía y bajaba por las pegajosas dunas, pensaba en cómo había llegado hasta ahí. Recordé los "oh sí", "más, más", "mete un dedo… ¡no!, mejor la mano, o “¡no¡, de una vez el brazo…" que entre gemidos me decía Marcela mientras hacíamos el acto. Sí, Marcela era una de esas mujeres liberadas y golosas.
Continué guiado por mi instinto, pero más que nada por mi olfato. La hediondez a marisquería, a cada paso, aumentaba. Cuando llegué a la cima del monte, lo comprendí todo. Estaba en la cúspide del monte Venus, y dentro de Marcela. Desde ahí pude observar con admiración cómo un óvalo se desprendía desde una de las trompas de falopio. Era un sol inmenso y rojo que lo surcaba todo y que en un momento dado, por su inmensidad y naturaleza, explotó provocando el famoso fenómeno llamado la marea roja. Los hombres, que unos instantes antes mantenían su mínima inteligencia en el partidito de futbol, ahora habían sido arrasados por las devastadoras olas de sangre y coágulos. Al final de aquel espectáculo vi cómo las rojizas y arrugadas nalgas de Santaclos, flotaban inertes en medio de la inundación. Me asusté y apresuré el paso. Subí, bajé, corrí. Dejé atrás el paisaje viscoso y sangriento. Caminaba sin dejar de  pensar en la forma de huir de ese sitio hostil. ¿Y si salgo por la orina?, debe haber alguna laguna de meados por ahí. No, seguramente las cantidades industriales de amoniaco me matarían enseguida. ¿Y si salgo por el sudor? Nah, demasiada sal, se me podría subir la presión hasta hacerme estallar, pensaba.


Mi preocupación aumento  junto con mi fatiga. Lamenté mis precarios conocimientos en anatomía, química, fisiología y decoración de interiores. Me recosté sobre una viscosidad cualquiera y lloré. Pero no me salieron ni tres lágrimas cuando un intenso olor a caca llegó sin más a cachetear mi agotada existencia. ¡Claro! Festejé, los ánimos regresaron, pero éstos venían acompañados de un profundo asco.  Sin embargo, después de vomitar un par de veces y con los ojos llorosos, logré llegar hasta el intestino grueso. Y lo sabía perfecto porque mis tacos preferidos desde siempre habían sido los de tripa. Mmmm, yomi. Ya estando a pie de tripa escuché varias voces de hombres discutiendo sobre cuál estrategia usarían para escapar. Aparté un poco de sebo para ver a través de la tripa gorda, y pude ver a cuatro hombres que tenían facha de mineros; altos, fuertes y en lugar de carbón, sus atléticos cuerpos estaban cubiertos de caca. Uno de ellos decía que tendrían que esperar lo más repegados posible a los muros de la tripa, y salir con el último mojón, con el último empujón. Sus compañeros dijeron que no les daría tiempo. Uno más dijo que se internaran en donde la mierda se mantiene almacenada y, que ya ahí, se zambulleran en el cúmulo de excremento. “Sí, así como los pedazos de jitomate y cebolla mal masticados, como cuando, crudo, desayunas huevos a la...” El hombre no terminó de decir la frase y los otros de escucharla. Uno de esos pedos sorpresivos y con premio, los hizo pedazos. Incluso pude ver cómo, a la distancia del lejano horizonte, el torso de uno de ellos terminó despatarrado en la tanga de Marcela. Fue una muerte horrible.
Agotado, deprimido y lleno de miedo seguí mi camino. La temperatura se iba haciendo cada vez más tibia y un BUM, BUM, BUM lento y constante, terminaron por sumergirme en un profundo sueño. Sí, era el corazón cálido de mi Marcela, de mi universal Marcela.
A la mañana siguiente el BUM, BUM, BUM ya no era lento ni constante. Ahora sonaba como una marcha de guerra; explosiones por aquí, chispas por allá. Ay, pinche Marcela, seguramente ya te estás echando el mañanero. Maldije. Pero enseguida recordé que Marcela corría por las mañanas. Sí claro, Marcela me ama y yo a ella. Mientras me autoconsolaba, me invadió la idea de aprovechar el intenso torrente sanguíneo causado por la saludable ejercitación de Marcela. Llegaré hasta los pulmones de mi amada y podré salir con su respiración o mejor aún, con un suspiro. Confié en mi suerte y me arrojé. Por mera fortuna caí dentro del ventrículo derecho, el cual se conecta con la arteria pulmonar. Debería de ser médico, pensé. El interior de los pulmones era un océano de fuertes corrientes de aire. Unas olían a pino, otras a tierra mojada, unas más olían a crema de señora. En la que sea, me dije. Así que de nuevo me arrojé, pero por ir con los ojos cerrados no pude mirar lo que se aproximaba. Debo de aclarar, para futuras exploraciones, que cuando estás dentro de alguien, el tiempo funciona de forma distinta. Así que mientras yo pensaba que Marcela aún estaba corriendo, ella ya hasta se había duchado y ahora estaba terminando de desayunar. Lo que sólo significaban dos cosas: café y cigarro. Y no sé cómo sobreviví a la mortal nube de nicotina ni a los ríos de cafeína, pero lo hice. Estaba totalmente desorientado, intoxicado. Además mi cuerpo estaba cubierto con las sobras ya masticadas del desayuno de Marcela y, como no había comido en varios días, soporté el asco y comencé a devorar los hotcakes cuasi digeridos. Ya satisfecho y recuperado, caí en cuenta de que estaba perdido, pero no derrotado, así que decidí seguir hacia arriba, hacia la cabeza. Por supuesto, seguramente ahí encontraré la forma de controlar este universo y huir. Escalé, escalé y escalé hasta llegar a un santuario que tenía facha de central camionera. Órdenes salían y sensaciones llegaban, miles de ellas. Pregunté dónde estaba la gerencia y amablemente me dieron instrucciones. Recorrí todas las secciones de lo que se me figuró como un elegante mall con anuncios y letreros lumínicos por todas partes, hasta que por fin llegué. Las puertas estaban custodiadas por dos chicas guardia. Justo arriba de sus cabezas se podía leer EGO en letras grandes y en otras más pequeñas la frase “Sólo personal autorizado”.
—Oficiales, buenas tardes. ¿No saben por aquí dónde están los sanitarios? Ellas sin inmutarse de mi presencia siguieron con la mirada al frente. Híjole, lo que pasa es que llevo todo el día en la Expo de zapatos, y pues ya me anda.
—¿Cuál expo de zapatos? —me preguntó una de ellas.
—¿No les informaron?  —las cuestioné mirándolas con sorpresa. La que se está llevando a cabo en el centro de convenciones. Hay ofertas hasta del 80%, yo que ustedes no me la perdía.
Y sin decir agua va, las dos oficiales salieron tras las etiquetas rojas e imaginarias. Vaya, una vez más las mentiras, la curiosidad y las ofertas hacen de las suyas, me dije con satisfacción de canalla.
“Mi primer beso”, “Certificado a la ganadora del concurso de ciencia”, “Cinco kilos menos”, “Te ves más joven”, “Mira nada más qué nalgas tan bonitas”... Miles, millones de cajas de cristal apiladas una sobre otra y de diferentes tamaños, cada una de ellas estaba marcada con un título diferente que, al parecer, estaban dispuestas en secciones. El morbo no me dejó y abrí una de la sección “HOMBRES”. Primero pensé que el contenido era pura agua. Pero después observe que en cada gota de ese líquido se podían ver pequeñas peliculitas. Así, en la caja titulada “Marcos”, las gotitas mostraban un paseo por el zoológico cuando Marcela tenía trece años e iba acompañada de ese tal Marcos. Mmmm qué divertido, pensé. Decidí tomar la caja y arrojarla al piso, ésta se rompió y el líquido contenido se convirtió en un pequeño charquito. Seguí abriendo y rompiendo más cajitas de la sección de hombres. Ay Marcelita, ¿y esto te infla el ego? ¡Chale! Pero ya verás cuando todo esto termine me lo agradecerás, además como que aquí hace falta espacio para nuestros futuros recuerdos. Rubén, Carlos, Victor, el pendejo de Jorge que tanto me cagaba y que por cierto yo no sabía que Marcela, mi Marcela había tenido algo qué ver con semejante retrasado. Nombres, nombres y más nombres que terminaban estrellados contra el piso. Ya verás qué bien se verá esto sólo con una caja, la que tenga mi nombre. Así, mi desesperación por encontrar mi caja, hizo que creciera y creciera la inundación... Y me dejé llevar hasta que la encontré. Era minúscula y estaba casi vacía. “Me lo voy a coger nomás por curiosidad”, “A mí se me hace que la tiene bien chiquita”, “Pinche jodido, mira nada más cómo me atosiga”. Ésas y dos frases más que no me atrevo ni siquiera a recordar, eran el contenido de mi caja. Ya no busqué más y dejé que mis lágrimas se mezclaran con la inundación. Pinche Marcela, al menos ten la decencia de embarrarme en el pañuelo que ayer te regalé.

Por: Víctor Hugo G.


martes, 12 de mayo de 2015

Intervención a un cuento de Juan Rulfo

―¡Diles que no nos maten, Nicolás! Anda, vete a decirles eso. Que por caridad. Así diles. Diles que lo hagan por caridad.
―No puedo. Hay allí un alcalde que no quiere oír hablar nada de ustedes.
―Haz que te oiga. Date tus mañas y dile que para sustos ya ha estado bueno.
―No se trata de sustos. Parece que los van a matar de a de veras. Y yo ya no quiero volver allá.
―Anda otra vez. Solamente otra vez, a ver qué consigues.
―No. No tengo ganas de eso, yo también trabajo para ti. Y si voy mucho con ellos, acabarán por sospechar de mí y les dará por torturarme y matarme a mí también. Es mejor dejar las cosas de este tamaño.
―Anda, Nicolás. Diles que dialoguen tantito. Nomás eso diles.
Nicolás apretó los dientes y movió la cabeza diciendo:
―No.
Y siguió sacudiendo la cabeza durante mucho rato.
Nicolás se levantó de la pila de piedras en que estaba sentado y caminó hasta la puerta de la bodega. Luego se dio vuelta para decir:
―Voy, pues. Pero si de perdida me torturan y me matan a mí también, ¿quién cuidará de mi mujer y de los hijos?
El colectivo, Nicolás. Ellos se encargarán de ellos. Ocúpate de ir allá y ver qué cosas haces por nosotros. Eso es lo que urge.
A Arturo Hernández Cardona, a Félix Rafael Bandera Román, y a Ángel Román Ramírez los habían traído de madrugada. Y ahora era ya entrada la mañana y seguían todavía allí, amarrados a un horcón, esperando. No se podían estar quietos. Habían hecho el intento de dormir un rato para apaciguarse, pero el sueño se les había ido. También se les había ido el hambre. No tenían ganas de nada. Sólo de vivir. Ahora que sabían bien a bien que los iban a matar, les habían entrado unas ganas tan grandes de vivir como sólo las puede sentir un recién resucitado. Quién iba a decir que el alcalde se tomaría a pecho aquel viejo asunto, tan rancio, tan enterrado como creía que estaba. Aquel asunto de la muerte de Justino. Arturo se acordaba:
Justino Carbajal, primer síndico municipal, por más señas su compadre. Al que el alcalde, José Luis Abarca, tuvo que matar por eso; por no dejar que usaran el dinero municipal y que, siendo su empleado, se negó a cooperar.
Primero Abarca lo toleró por puro compromiso. Pero después, cuando el narco empezó a presionar, y que Justino lo hacía quedar mal, a Abarca y a su mujer, fue entonces cuando mandaron a golpearlo y a arrear a la bola de militares hasta los campamentos para amedrentar a la gente de Justino y a los de la Unidad Popular. Y Justino volvía a negarse, y Abarca volvía a mandar militares y policías. Así, de día se oponían y de noche llegaban más militares, mientras las protestas por los asentamientos seguían y Justino defendía a los opositores de Abarca, siempre apareciendo en las calles, siempre esperando para incomodar al alcalde; aquellos manifestantes que antes no tenían sus negocios.
Y Justino y Abarca alegaban y volvían a alegar sin llegar a ponerse de acuerdo. Hasta que una vez Abarca le dijo:
―Mira, Justino, otra manifestación más y mato a alguno.
Y él contestó:
―Mire, Abarca, yo no tengo la culpa de las manifestaciones. Ellos son inocentes. Ahí se lo haiga si me los mata.
Y mató a Justino.
Esto pasó hace semanas, porque por mitades de marzo, Arturo Hernández Cardona, Félix Rafael Bandera Román, y Ángel Román Ramírez, ya andaban en el monte, corriendo del exhorto. No valieron ni las diez camionetas que le dieron a los militares, ni el embargo de sus pertenencias. Todavía después, se cobraron con lo que quedaba nomás por no perseguirlos, aunque de todos modos los perseguían. Por eso se fueron a vivir al terreno del chalán Nicolás a ese otro terrenito por Puente de Ixtla. Y según eso, las afrentas que tuvieron con Justino deberían estar olvidadas. Pero, según eso, no lo estaban. Entonces calculó que con alejarse un rato quedaría arreglado todo. El difunto Justino era solo, solamente con su mujer y los dos muchachitos todavía de a gatas. Y la viuda pronto murió también dizque de pena. Y a los muchachitos se los llevaron lejos, donde unos parientes. Así que, por parte de ellos, Abarca no había que tener miedo. Pero los de la Unidad Popular sabían que lo habían incomodado y querían acorralarlo. Cada vez que alguien más protestaba en el pueblo le avisaban:
―Por ahí andan los del colectivo UP enfurecidos, José Luis. Y el alcalde mandó a perseguirlos.
Y Arturo y los otros echaron pal monte, entreverándose entre los madroños, pasándose los días comiendo verdolagas y planeando la forma de denunciar. A veces tenían que salir a la media noche, como si los militares los estuvieran correteando de día con los perros. Eso duró toda una eternidad. No fueron dos semana o tres. Fue toda la eternidad.
Y ahora habían ido por ellos luego de declarar en el ministerio público que sus vidas estaban en riesgo y de haber protestado en la caseta, cuando no lo esperaban, confiados en la confianza que le tenían a los opositores de Abarca; creyendo que al menos se levantarían. "Al menos esto -pensó- conseguiré".
Se habían dado a esta esperanza por entero. Por eso era que a Arturo Hernández le costaba trabajo imaginar morir así, de repente, después de tanto oponerse; de haberse pasado su mejor tiempo tirando de un lado para otro arrastrado por los sobresaltos y cuando su reputación había acabado por ser un puro pellejo correoso curtido por los malos días en que tuvo que andar escondiéndose.
Tenía que haber alguna esperanza. En algún lugar podría aún quedar alguna esperanza. Tal vez Abarca se hubiera equivocado. Quizá buscaban a otro de los dirigentes de la Unidad Popular.
Caminó entre aquellos soldados en silencio, con los brazos caídos. La madrugada era oscura, sin estrellas. El viento soplaba despacio, se llevaba la tierra seca y traía más, llena de ese olor como de orines que tiene el polvo de los caminos.
Luego, como queriendo decir algo, miraba a los soldados que iban junto a él. Iba a decirles que lo soltaran, que lo dejaran que se fuera: "Yo no le he hecho daño a nadie, muchachos", iba a decirles, pero se quedaba callado. "Más adelantito se los diré", pensaba. Y sólo los veía. Podía hasta imaginar que eran sus amigos; pero no quería hacerlo. No lo eran. No sabía quiénes eran. Los veía a su lado ladeándose y agachándose de vez en cuando para ver por dónde seguía el camino. No les veía la cara; sólo veía los bultos que se repegaban o se separaban de él. De manera que cuando se puso a hablar, no supo si lo habían oído. Dijo:
―Yo nunca le he hecho daño a nadie ―eso dijo. Pero nada cambió. Ninguno pareció darse cuenta. Las caras no se volvieron a verlo. Comenzaron a golpearlo, como si hubieran sido entrenados para eso.
Entonces pensó que no tenía nada más que decir, que tendría que buscar la esperanza en algún otro lado. Dejó caer su cuerpo en medio de aquellos cuatro hombres oscurecidos por el color negro de la noche.
―Mi alcalde, ya le estamos dando al hombre.
Se habían detenido. Arturo Hernández, con la mirada hacía la luz, esperando ver salir a alguien. Pero sólo salió la voz:
―¿Cuál hombre? ―preguntó.
―El de Unidad Popular, mi alcalde. El que usted nos mandó a buscar.
―Pregúntale que si está satisfecho con sus alborotos ―volvió a decir.
El militar que estaba frente a Arturo repitió la pregunta.
―Sí, estoy satisfecho.
Abarca se acercó.
―Me daré el gusto de matarte.
Entonces la voz de Arturo cambió de tono:
―¡Míreme, alcalde! ―pidió él―. Ya no valgo nada. ¡No me mates...!
―¡Llévenselo! ―dijo.
―...Ya entendí, alcalde. Todo me lo quitaron. Ya me castigaron. Me la he pasado escondido como un apestado, siempre con el pálpito de que en cualquier rato me matarían. No merezco morir. ¡No me mates! ¡Diles que no nos maten!
Estaba allí arrinconado. Había venido Nicolás, se había ido y había vuelto y ahora otra vez venía.
Lo echó en la cajuela, junto a Félix y Ángel. Los apretó bien apretados para que no fuesen golpeándose por el camino. Metió cada una de sus cabezas dentro de un costal diferente y se fueron, arrebiatados, de prisa, para llegar a carretera con tiempo para escribir un letrero y dejarlos por ahí.
―Los normalistas los extrañarán ―iba diciéndoles―. Los mirarán a la cara y creerán que no son ustedes. Se les afigurará que los mató el narco cuando los vean con esas caras tan desfiguradas y repletas de boquetes que les dejaron.


*Justino Carbajal fue asesinado el 8 de Marzo de 2013
El 3 de junio de 2013 encuentran muertos a Arturo Hernández Cardona, Félix Rafael Bandera Román, y Ángel Román Ramírez
El 4 de Junio el periódico La Jornada señala a José Luis Abarca como responsable de los asesinatos de Arturo Hernández Cardona, Félix Rafael Bandera Román, y Ángel Román Ramírez
Desde junio del 2013, a la PGR se le dio todo tipo de pruebas y testimonios respecto a la complicidad de Abarca en los asesinatos
La madrugada del 27 de septiembre del 2014, un año y tres meses después, Abarca manda a matar a seis personas y a desaparecer a 43 estudiantes en Ayotzinapa.
El 7 de noviembre del 2014, el procurador general Murillo Karam dice en conferencia de prensa: “Ya me cansé”, respecto a la investigación del caso Ayotzinapa
El 4 de diciembre del 2014, el presidente Enrique Peña Nieto dice que “Hay que superar lo de Ayotzinapa”
El gobierno no sólo no investigó el caso, sino que no dejó de brindarle apoyo militar y policiaco a Abarca

«Diles que no nos maten» (intervención de Leonardo Garvas al cuento «Diles que no me maten», de Juan Rulfo).



lunes, 11 de mayo de 2015

Discurso de Fernando Paredes, leído el 26 de marzo del 2009 en el Museo del Estanquillo

     


     Buenas noches tengan todos ustedes.

     Antes de comenzar quiero externar un afectuoso saludo a los señores embajadores de los pueblos amigos de Cracovia, Libia y Sudáfrica, que nos honran con su presencia, así como a sus distinguidas esposas; sobre todo a la señora Lita Kurniskaya, primera dama del Estado Libre de Cracovia, quien amablemente nos recibió en su casa de descanso en Las Antillas hace apenas una semana atrás, en compañía de su embajador esposo, Pietr.

     Lita: déjeme expresar una vez más mi admirado placer por la exquisita crema de scargots  que nos sirvió aquella noche, junto a ese filete de antílope bañado en gravy de cerezas , y la ambrosía que usted llamó vino pero que en mi paladar redunda con el sólo término de Gloria. Para un gourmet del bajío mexicano, como yo, esos manjares significan auténticas epifanías, colapsos en el centro mismo de las certezas, placeres fulminantes de los que jamás se sale indemne y hacen que las cosas cambien para siempre. Aprovecho para disculparme por mi repentina desaparición de la isla, pero bajo esas circunstancias no pude más que obedecer a mi conciencia y partir lo más rápido posible, tomando el primer vuelo hacia cualquier lugar.

     La razón por la que esta noche no estoy ahí con todos ustedes tiene mucho que ver con lo acontecido en mi espíritu después de aquella cena inenarrable. Me encuentro en una ciudad de nombre impronunciable, cuya característica principal la conforman sus ciudadanos, todos de estatura pequeña, cabellos largos, dentaduras perfectas y facultades extraordinarias para el canto. No son el pueblo más amable del planeta, pero tienen un alto sentido del servicio. Soy el único hombre en la zona que sobrepasa el 1.50 de estatura y eso parece incomodarles sobremanera. Curiosamente, son las mujeres quienes más descorteses se han mostrado, hasta el punto en que he preferido dirigirme solamente a los maricones, el grupo más numeroso y tolerante del lugar. También soy el único con pelo corto, dientes disparejos y voz destemplada.

     Esto de llamarlos maricones no es ofensivo; es ese el fonema que utilizan para sí mismos (“hmairiknes”) y no se refiere tanto a sus preferencias sexuales como a su posición en la jerarquía de clases. Acá, bien diferenciadas, hay tres: los maricones, mayoría conformada por el pueblo trabajador, prestador de servicios; los pecas (“pek’s”), minoría de parias a cargo de la administración pública y el comercio de drogas; y las pachitas (así como se oye), las mujeres, que por ese sólo hecho conforman una clase aparte, como en cualquier otro rincón de la Tierra.

     No crean que me he puesto al tanto de todo esto en tan pocos días gracias a una insólita comprensión del medio. Todo lo referente al pueblo está impreso en una hoja tamaño tabloide que me dieron al traspasar el aeropuerto, escrita a mano, en un inglés básico, con tinta color bermellón. Supongo que ésta es la temporada baja de turistas, ya que, como he dicho, no he visto a nadie distinto (en este caso, parecido a mí) deambulando por la ciudad. Y aún así no me explico qué tendrían que hacer acá cualquier clase de turistas. Bueno, sí. Los cantos de esta gente son merecedores de un viaje indómito sólo para escucharlos.

     La ciudad carece de atractivos naturales, su arquitectura se acerca a lo anodino, el clima es insoportablemente húmedo y un hedor a flores putrefactas envuelve todo el ambiente. No obstante, creo que he llegado al sitio en donde al fin podré ordenar mi vida. Han sido muchos años posponiendo este quehacer ineludible, y ahora, aquí, rodeado de lo ajeno, me encuentro en el estado anímico que antecede a la toma de decisiones trascendentales. Sé que después de mis próximos movimientos, todo aquello que conforma mis patrones de conducta será transformado en algo que, aún sin saber sus características, significará el comienzo de una existencia libre de pretensiones, y por lo mismo, libre de desengaños.

      Sé que muchos de los que ahora se encuentran reunidos en esta presentación son hombres y mujeres cultos, artistas y literatos, buceadores del concepto, astronautas de la forma, copilotos de la muerte o verduleros del Parnaso; sé que el guión no escrito de estos eventos apunta, por lo que toca a los asistentes, a una postura acrítica ante lo que el o los autores y comentaristas del libro en cuestión dicen que dice o quisieron decir en su obra, y que ante todo esperan que la pasta de los canapés no tenga ese regusto a producto chino o que el vino dure al menos lo suficiente para ponerse alegres, dicharacheros y ocurrentes; por lo que toca a los autores… bueno, a una seriedad que, cuando es impostada, deviene en disparates casi siempre desafortunados, y cuando es auténtica… pff, es un espectáculo deprimente.

     Así que, obedeciendo a esto, dejaré de ponerlos al tanto de mi situación personal y diré lo que tengo que decir acerca de Al Diablo Adentro, libro que, como quinceañera ganosa, se presenta en sociedad con la esperanza de ser manoseada por la mayor cantidad de aficionados a la carne nueva. Aunque en estos tiempos una quinceañera suele no ser tan nueva y un libro nuevo suele ser no tan apetitoso.

     El libro es un desmadre, pero un desmadre como esos desmadres en los que subyace un orden, una lógica particular, en el que todo está a la vista, dispuesto a ser tomado, usado según la propia necesidad. Creo que su mayor virtud estriba en no ser un libro homogéneo. Y no es que se trate de uno de esos frankensteins posmodernos con ínfulas deconstructivistas, a los cuales se accede por completo sólo si se considera que lo aburrido es sinónimo de lo profundo y lo inconexo es pariente de lo genial. Acá no hay genios, ni propuestas novedosas, ni asesinos de Carlos Fuentes, ni mucho menos admiradores de Fadanelli o algún otro radical de venta en Samborns. Creo que es disparejo como las calles de Guanajuato, absurdo como sueldo de diputado, obsceno como gasto de campaña, divertido como hablar mal de los ausentes, pendejo como niño pendejo, como vieja pendeja, como pendejo con iniciativa, insoportable como locutor de Tv Azteca, efectista como Luis Miguel, personal como ojo de pescado, plagiador como pasito duranguense; es un libro EMO, punk, pop, RBD; un conjunto de escritos de autores aficionados a la buena y mala literatura, a la buena y mala vida, comprometidos apenas con las letras, más ocupados en el cómo llego, el cuánto traigo o el qué le invento, que en cosas como la teleología, el contexto sociopolítico o las últimas escuelas de literatura japonesa.

     Parece que estoy hablando mal de la edición, pero en realidad estoy diciendo que me parece que son todas esas cosas las que lo hacen apreciable, disfrutable. Nada en la vida es parejo, ni totalmente divertido, ni continuamente inteligente, y acá no se hace la excepción. Es como una charla entre varios desconocidos que poco a poco van encontrado similitudes a base de ser ellos mismos, de ser distintos, complementarios.

     Entre Alejandra, Carlos, Leonardo, Daniel, Tonatiuh, Mario, W., y Paredes, no se podrían poner de acuerdo en gustos musicales, ni en películas preferidas, ni en qué se les antoja para cenar, pero no sería nada difícil que todos soltaran una carcajada al mismo tiempo por la misma cosa.

     Para el probable lector tengo una consideración mínima. Ojalá les guste el libro entero, porque a mí no. Pero me ha encantado su imprevisibilidad, su desenfado y su clarísima vocación de chingaquedito. Estoy seguro de que será releído después de terminarlo por primera vez; de que creará filias y fobias con los autores; de que los mantendrá despiertos lo mismo que lo usarán como Valium...

     Yo, por lo pronto, me desentiendo de lo que ya no está en mis manos. Además, en estos momentos de mi vida, difícil metamorfosis estimulada por una cena anonadante, me da lo mismo la suerte con que corra este o cualquier otro libro en el mundo. Yo ya leí a quien quería leer. Ciertamente no he escrito lo quiero escribir, pero acá estoy deshaciéndome de la pretensión idiota del Autor con Mayor Proyección a la Inmortalidad.

    Gracias.




*El discurso fue leído por Arturo Tapia, ante la ausencia del autor. 






   





domingo, 22 de febrero de 2015

Razones para (no) ser científico

Este último temblor estuvo muy fuerte, lo suficiente como para que se activara la alarma y tuviéramos que desocupar el edificio. Y ocurrió justo cuando me encontraba en la mesa de operaciones trabajando con Linus, quien aún seguía bajo el efecto de la anestesia. No quería abandonarlo, pero el jefe cirujano en turno me arrebató el bisturí mientras me empujaba hacia la salida de emergencia murmurando que no quería problemas por mi culpa; ya habían sido demasiados conflictos con la dirección general por mi actitud irreverente, según ellos. Seguro lo viste en las noticias internacionales, 6.8 en la escala de Richter. No nos permitieron regresar inmediatamente, se había desmoronado la pared que separa la torre de la capilla. Pasada una hora y media nos permitieron entrar, después de avisarnos que se abrió un hoyo en nuestra sala de cirugía. Subimos y Linus ya había despertado, con el poste de acero inoxidable todavía atornillado a su cráneo descubierto. Aún lo puedo ver encima de la mesa, con sus ojos abiertos, chillando y con el cerebro rosado expuesto a las partículas de polvo y al estúpido guano de paloma. Cuando tienes una capilla al lado constantemente hay eventos religiosos, como una boda. Los casorios incluyen arroz gratis para las palomas. Palomas gordas y felices conllevan a una sobrepoblación, lo que quiere decir que habrá pichones por todo lados, y por todos lados me refiero a una invasión de nidos y excremento en la azotea de la torre. Y  el estúpido boquete justo encima del pobre Linus. En el cerebro no hay receptores de dolor, no creo que se quejara, quizá de reproche, por haberlo abandonado bajo el efecto de una anestesia caduca. Espero que la próxima vez que te escriba sean buenas noticias referentes al éxito en el tratamiento con antibióticos para contrarrestar la obvia infección que se produjo en su cuerpo.


El horror, este año el presupuesto destinado para ciencia y tecnología tuvo una reducción de 900 millones. Sospecho que era el dinero que estaba destinado para nuestros proyectos. No más fiestas de fin de año, adiós suscripciones a programas informáticos con valor de miles de pesos. Esta semana fue la locura, todo estaba en incertidumbre, era el quinto día hábil del mes y aún no habían depositado los fondos. Seguramente los del gobierno estaban haciendo sus ajustes para que rindiera el presupuesto, siempre y cuando no les afectara en lo que se roban cada año. Como sea, algo bueno de esto es que nuestras leyes siguen siendo tan incongruentes, lo que me permite hacer algunos pequeños experimentos excepcionales como el caso de Linus. Aclarando tus dudas, las  células embrionarias de mono fueron donadas por el Centro Alemán de Primates, y lo que hice fue fusionarlas con blastocistos fluorescentes de una cepa de ratón que le compré a una empresa estadounidense. La reproducción no tuvo muchas complicaciones y sigo sin creer que seamos pioneros en clonación de quimeras aquí en el país. Mi asistente técnico dice que es un ratachango, lo cual es absurdo, porque las células no fueron de un chango, sino de un homínido; ni tampoco de  rata, sino de ratón. Pero ratomono no suena tan divertido como ratachango. Estúpido temblor que vino a arruinarlo todo. Aún no veo una completa recuperación en Linus.


El Dr. Ruy Pérez Tamayo, investigador emérito de la UNAM, a quien admiro y respeto en demasía,  publicó un libro titulado “10 razones para ser científico”. Yo quiero escribir las 10 razones para no ser científico. ¿Quieres que te las mencione rápidamente?

1. Te conviertes en un asesino serial de animales no humanos. Hay mucha crueldad animal en este campo, pero se supone que lo tenemos que hacer porque las investigaciones con ellos nos ayudarán para encontrar la cura al cáncer y otras enfermedades. Hitler y sus científicos alemanes no mataron a ningún animal durante sus experimentos, a excepción de humanos, ¿acaso no podemos regresar a experimentar con las personas, puesto que para ellos es el único beneficio?
2. Todo mundo cree que eres igual de estúpido que el Dr. Doofenshmirtz de “Malvados y Asociados”, o que eres el clásico científico loco al estilo película Frankenstein. Está bien, admito que hay algo de verdad en ser un Víctor Frankenstein. Tengo a Linus, mi ratachango que brilla en la oscuridad, pero no estoy jugando a ser un dios, tal vez solo estoy probando hasta qué punto podemos alterar la naturaleza, nada más.
3. Las decenas de descubrimientos que se publican día con día me dejan más confundido y con más preguntas que respuestas, para que al final te des cuenta de que eres un científico muy ignorante, y que la mayoría de las personas con otro oficio no saben absolutamente nada. Lo irónico es que a veces te sientes tan inútil a lado de alguien con un oficio.
4. Te utilizan como referencia para cualquier explicación. Quieren que les digas que si estás enamorado es por culpa de la maldita dopamina, que los hombres somos brutos por la testosterona, que somos gays porque tenemos un gen de la homosexualidad. Si eres un asesino en serie, el ambiente en que creciste fue el que propició tu psicopatía, no es que hayas matado a esas adolescentes por decisión tuya, fue culpa de la epigenética. Quieren que les digas que el ébola va a producir el apocalipsis zombi. Aunque admito que prefiero que nos pregunten en lugar de que revisen la Wikipedia.
5. No nos toman en serio las autoridades. Que la próxima generación de niños mexicanos salga cada vez más idiota porque durante el embarazo las mujeres padecen diabetes gestacional por causa de una pésima alimentación, lo que conlleva a defectos en el desarrollo del cerebro del feto. Y el  gobierno no hace caso de nuestras advertencias, quizá porque es justo lo que ellos quieren que suceda.
6. Cuando cometemos una equivocación nos quieren procesar con la Santa Inquisición. En Italia enjuiciaron a unos científicos porque no predijeron con exactitud el terremoto de L’Aquila en el 2009. Si pudiéramos pronosticar lo que sucederá en el futuro no estaríamos en los laboratorios, sino en alguna carpa de circo o un programa televisivo de astrología con millones de audiencias mientras ganamos toneladas de dinero. Pero estudiamos los fenómenos de la naturaleza, los cuales son eventos no determinísticos que se mueven dentro de un espacio y tiempo acotados. Sin embargo, la gente quiere que les digas certezas, la ciencia es la nueva religión, y si al final no se cumple lo que ellos querían escuchar, te tildan de mentiroso, embustero y negligente. 
7. Si vas a ser un científico tienes que salvar a la humanidad. Hoy en día está mal visto que hacer ciencia sea un acto ególatra, así que toda justificación para obtener fondos implica el desarrollo del país y beneficio de la sociedad. Por ejemplo, mis experimentos que realicé en el cerebro de Linus podrían ser una pieza clave para contrarrestar enfermedades degenerativas. Pero en serio, quién quiere que los humanos se sigan reproduciendo y que vivan cientos de años.
8. No puedes hacer siempre lo que quieres. En teoría uno como científico puede hacer lo que quiera en su laboratorio, estimulando la mente y la creatividad. Estoy de acuerdo en parte, pero no puedo hacer TODO lo que yo quisiera. Mi ética no me lo permite. No puedo experimentar con humanos ni hacer quimeras con ellos. Además, no puedo dejar vivo por mucho tiempo a Linus, si es que sobrevive a la infección, a menos que me vaya a algún laboratorio clandestino en alguna provincia de China. Mejor me hubiera hecho narcotraficante, esos no tienen madre y hacen lo que se les dé la regalada gana.
9. Para ser libre. ¿Recuerdas la plática que impartí hace tres años en la Universidad Autónoma de Hidalgo, en donde le dije a los estudiantes que el conocimiento te hace libre? Pues mentí, en realidad te atrapa y te seduce, y una vez que obtienes un poco, no puedes vivir sin él. Estás condenado por siempre a buscar el conocimiento. Pero nunca lo sabrás todo. Y serás un ignorante que lo sabe. Y eso es peor que solamente ser un ignorante.
10. Para ser feliz, porque eso va aunado a la ignorancia. No creo que haya mucho que decir. Lo filósofos saben mejor de eso que yo.
¿Crees que estoy siendo demasiado pretencioso?


Supongo que ya lo sabes por las quejas en las redes sociales, pero en la universidad hay una escasez de agua. La UNAM nos recomendó su programa universitario EcoPuma, para llevar a cabo un sistema de uso de agua responsable. Adiós al agua embotellada y los garrafones. Vamos a tener que usar el agua de los pozos. Pero, ¿y el agua para los bebederos de los ratones inmunosuprimidos? Morirán si toman de esa agua. Que no se piense en nosotros, pero sí en los pollos, ratones, salamandras, iguanas, peces cebra y demás animales que viven en el bioterio. Y en mi Linus. No sé qué hacer, en el último informe me dijeron que era tiempo de sacrificarlo, puesto que los comités de bioética no aprobaron la continuación del proyecto para este año. Si va a morir mínimo que sea con las condiciones necesarias, como en Europa.  Allá está prohibido el sacrificio por decapitación o por torcedura del cuello, únicamente por inyección letal. Los científicos europeos tratan mejor a los animales que a las personas desahuciadas. Voy a hablar con el director general.


En efecto, se van a llevar a Linus a Europa y a mí me van a dejar con pura monserga. Ya valió madres esto, la universidad quiere cerrar el área de investigación por falta de resultados concluyentes y aplicables para la sociedad. ¿Resultados concluyentes? íbamos a ser los primeros en demostrar que es posible la clonación y reproducción de quimeras, de forma legal claro. La dirección mandó colocar un letrero en el laboratorio de reproducción asistida con lo siguiente: PROHIBIDA LA REPRODUCCIÓN TOTAL O PARCIAL DE ANIMALES. Hoy mismo sin que nadie me viera, aunque seguro sospecharán de mí,  escribí un agregado, ¿qué te parece? PROHIBIDA LA REPRODUCCIÓN TOTAL O PARCIAL DE ANIMALES HUMANOS. Por cierto, ¿cuánto tiempo más vas a estar en Barcelona? Te propongo algo: una vez que termines la especialidad y regreses a México, abramos una clínica de aborto al lado de la universidad. A la mierda la ciencia básica. La ubicación no podría ser mejor, acudirían todas las niñas de la zona poniente de la ciudad, Santa Fe, Bosques de las Lomas, Chapultepec-Polanco. Piénsalo, tú con tu formación médica y yo con mis conocimientos especializados en embriología humana.


 Muchas gracias por tus inseguridades y respuesta tardías. Los de Médica Sur nos ganaron la idea y compraron el terreno abandonado de la capilla semidestruida para construir su nueva clínica con atención especializada en la mujer. Mi ahora exjefe dice que si queremos hacer dinero, hay que abrir un prostíbulo en lugar de la clínica de aborto. No estamos seguros si será uno de esos casuales que son exclusivos para heterosexuales, o abrir uno para toda la diversidad del actual género humano: homosexuales, bisexuales, transexuales, pansexuales, zoofílicos, etc. Se llamará El antro literario de los científicos reprimidos amargados asexuales que no tienen otro lugar a dónde acudir más que al olvido. No lo tomes a mal, pero me emocioné tanto con la idea que incluso soñé que nosotros dos junto con Linus presentábamos un ménage a trois interespecies y que nuestro número era la sensación del lugar.


Si no se lleva a cabo este proyecto, el próximo año solicitaré mi intercambio a algún país nórdico, dentro de esos programas que les encanta apoyar a las minorías. No pueden rechazarme, soy un científico estudiando en un país tercermundista.



 Por Daniel Ávila