miércoles, 8 de marzo de 2017

Los tacos de Luis

El humo mana de todas esas planchas enroscándose en todos los cuerpos que pasan, se impregnan en el cabello y ropa. Estaciono mi mustang en un centro comercial y camino hacia los puestos de tacos. Lo bueno es que es lunes y Luis no tiene gente. El olor a puerco frito me hace salivar. Ya puedo sentir los trozos de carne y salsa en mi boca, realmente extrañaba ese sabor. Entre todos los puestos, el de Luis se identifica por tener un único foco amarillo que se columpia levemente y apenas ilumina el delantal de mi amigo con manchas de aceite. Así lo recuerdo, no ha cambiado nada en este lugar.
Luis se seca el sudor de su frente, sonríe. Me pregunta por qué no había ido en tanto tiempo, que si acaso ya había cambiado de taquero. Invito a Luis a comer conmigo, le digo que prepare tres al pastor para él, y para mí otros tres y cuatro de chuleta. De los pocos amigos que tengo Luis se ha ganado mi confianza, antes venía entre tres o cuatro veces por semana, en algunas ocasiones yo traía cerveza. Le cuento lo que pasó con Cynthia Pérez.
Conocí a Cynthia justo en esta calle dentro de toda esa bulla y gritos: ¡Fin del trato cruel de los animales! ¡No a la comida muerta! ¡Amas a unos y te comes a otros! Algunas personas estaban semidesnudas cubiertas de pintura roja dentro de una jaula gritando las consignas. Pérez arrojó pintura roja a uno de los taqueros. El taquero empezó a insultar y los apuntó con su cuchillo. Don Julio me preguntó si quería mis tacos surtidos o solo la pancita, en ese momento Cinthya pasaba a mi lado, me miró y arrugó la frente, para impresionarla le contesté a Don Julio: ¡Yo sólo como carne de soya, bestia sanguinaria! Sabía que era el fin de visitar a Don Julio, pero valía la pena. Cinthya tenía un gran busto y de sus glúteos ni hablar. Ella me aplaudió y sus hoyuelos se hundieron más cuando sonrió, me preguntó si venía a la manifestación, le dije que sí.
Después de la manifestación la invité a un bar que estaba a unas cuantas cuadras, se rascó la barbilla y pasados ya unos segundos respondió que tenía prisa, le dije que le daba el aventón, ella me dijo que sí con la cabeza. Cuando llegamos al carro, ella acarició el cofre. Me preguntó si era mío o de mis padres, le contesté que era mío. Cinthya Pérez metió las manos en sus bolsillos y me dijo que acepta ir al bar solo por unos minutos. Esa noche terminamos en mi cama. Ella era muy buena haciendo el blow job.
Luis le pone salsa a su último taco y me pregunta qué es eso del blow job. Yo acerco y alejo mi puño cerca de mi boca, mientras mi lengua empuja mi cachete. Luis suelta una carcajada.
            Continué contándole a Luis el origen de mi propio matadero. Al principio me gustaba ver a Cinthya, agraciada, tumbada en la cama bocabajo, sus pecas invadían desde su nuca hasta los glúteos. Cuando me daba la espalda para abrazarla, su cabello despedía olor a coco en todo mi rostro. Me encantaba su congruencia con todo el asunto de la carne y los derechos de los animales. Tuve que mover el refrigerador de carne al tercer piso para que Pérez no sospechara nada. En las noches cuando se iba, sacaba del refrigerador unos filetes, mis manos temblaban y echaba unos trozos en mi boca, sentía la sangre recorrer mis muelas, ni siquiera hacía falta cocinarlos.
Cuando Cinthya empezó a vivir conmigo, pasaba semanas sin que fuese al tercer piso y sin comer de verdad. Comíamos cosas como ensaladas, hamburguesas sin carne, tacos al pastor con lentejas. Le pregunto a Julio: ¿Qué hamburguesa y tacos se pueden considerar como tales sin carne? Julio solo alza los hombros y se para a girar el trompo de pastor. Le sigo comentando que a partir de ese momento ya no soportaba a Cinthya, sus comidas empezaban a hacerme mal y ya ni siquiera podía escaparme a comer unos tacos. Incluso varias veces en la semana llevaba a Cinthya a comprar al supermercado los caros productos veganos que pudiese encontrar.
            Le cuento a Julio que ayer en la noche, al abrir la puerta del departamento, sentí un olor a podrido. Pérez apretó su pequeña nariz con la mano, la convencí de que eran las tuberías. Enseguida subí al tercer piso, el refrigerador estaba en medio de un charco de agua con sangre, había moscas volando alrededor, y cucarachas flotando en el agua moviendo sus antenitas. Sentí mi pecho contraerse, apreté mis puños y golpeé la pared. Lo había perdido todo. Cerré la puerta con llave y bajé. Mi novia estaba mirando el televisor, pasaban unas noticias de un gran incendio en el Amazonas de Brasil para cultivar grandes hectáreas de grano de soya y cebada. Cinthya me indicó que me sentara a su lado, que me había hecho tofu con espinacas. Traté de tranquilizarme. Ella me tomó del rostro y empezó a besarme, metió su mano debajo de mi pantalón, de repente se detuvo, la miré y ella estaba viendo fijamente hacia el piso. Su rostro enrojeció, tomó su zapato y se escuchó un crujido, era una cucaracha, las alas y antenas del pequeño insecto quedaron en una mancha verdosa. Cinthya empezó a besarme de nuevo pero yo la empujé, solo pude decirle que ya no soportaba más la relación, que me parecía una persona infantil e incongruente.
Estallo de coraje y le digo a Julio que yo puedo sacrificarme por el amor y aguantarme las ganas de comer carne, pero no puedo soportar las incongruencias. Le pregunto a Julio qué opina, él solo se echa unas carcajadas, me dice que revalore, que eso del blow job no te lo hace cualquiera. Después me convence de comerme dos tacos más al pastor y de traer las chelas. Quizás toda esta semana venga a comer tacos, y la otra llame a Cinthya.




Por: Viviana Genoveva Caamal Estrella.

domingo, 5 de marzo de 2017

El hada de los dientes



Nunca faltaban los viejitos fitness dándole vueltas al lugar, una que otra señora paseando algún perro diminuto y las parejas enamoradas. Oh sí, ésa era la razón por la que Ernesto se encontraba ahí a esa hora, soportando a los mosquitos y acostado boca abajo en una banca. Se hubiera sentado, pero después de clases el dolor ya se había vuelto insoportable. Ayer en casa lo habían castigado. Los árboles le tapaban un poco la vista, sólo un poco, ya que no había tantos como uno supondría de ese lugar. Pero sí hay bancas, caminos con grava roja y a lo lejos se podía ver los juegos para niños. Más allá se escuchaba el pasar de los carros y los claxonazos. La iluminación del lugar era pobre, una lámpara aquí, otra hasta allá. Esto ocasionaba zonas realmente oscuras, casi negras, como el cielo a esa hora. Había encontrado un buen lugar para descansar, la banca se encontraba poco iluminada y los policías no solían hacer su recorrido por ese tramo. Recordaba cuando era niño, cuando hacía mucho calor y se metía en alguna de las fuentes del lugar.  En ese entonces su mamá vendía dulces en el paradero cercano y lo miraba chapotear de vez en vez. Sonrió. Ahora recreaba otro tipo de memorias, las cuales no podía mencionarle a su mamá: memorias de cómo en cuanto anochecía las parejas se salían de los caminos y se internaban entre los árboles. Para Ernesto era porno gratis y en vivo. A sus 16 años qué más podía pedir. No supo en qué momento habían empezado, pero escuchó gemidos no muy lejos de donde estaba. Se emocionó y caminó de puntitas, con cuidado de no pisar hojas secas o ramas. Atrás de un árbol enorme pudo ver los zapatos negros de un hombre con traje gris, estaba boca arriba y una mujer blanca, rubia y muy delgada, estaba encima de su cabeza.  No era una escena realmente excitante, la mujer no se movía y el señor ni siquiera la tocaba. Podría estar dormido en el aquellito de la chava y ella ni en cuenta, pensó. Era tan extraño que se acercó para ver de qué diablos se trataba, no era la escena de sexo explícito que esperaba. La mujer estaba desnuda de la cintura para abajo y tenía rasguños en los muslos. Ernesto escuchó entre las piernas de la mujer un leve gemido y algo que sonaba como el chasquido de los dientes al comer. Era rítmico, el señor gemía y se escuchaba ese ruido. ¿Así se hace el sexo oral a una mujer?, se preguntó. El señor se estremeció e intentó quitarse a la mujer de encima, rasguñaba los muslos de ella y pataleaba. La mujer abrió más las piernas y la cara del hombre se hundió un poco. Gritó y también Ernesto.  La mujer volteó a verlo, era hermosa. En una sonrisa le mostro una hilera de dientes blancos y perfectos, parecía sacada de un comercial. Empezó a abrir más y más la boca como si le fuera a decir algo divertido, pero en lugar de eso se asomaron dos, tres, cuatro hileras de dientes puntiagudos. Ernesto dio media vuelta y corrió hacia el camino, quería salir de ahí. Sintió el peso de algo sobre su pierna izquierda y cayó al piso. El dolor de las piedritas encajadas en su cara no se comparaba con el dolor que ahora sentía en la pantorrilla, volteó y vio a la mujer sentada con las piernas abiertas sobre de su pierna, sonriéndole. Sabía que algo horrible le iba a pasar, como al hombre detrás del árbol, así que giró su cuerpo y la pateó tan fuerte como pudo. Ella perdió el equilibrio y cayó al suelo con las piernas abiertas. Entre las piernas de la mujer no se encontraba una vulva o unos labios, sino una cueva de dientes que chocaban entre sí, mordiendo el aire. El miedo hizo que Ernesto se sintiera liviano y hueco, como si todos sus órganos se hubieran ido de él corriendo juntitos a la chingada. Imitando a sus órganos imaginarios se incorporó como pudo y corrió. No sentía dolor. Veía pasar los bancos, los árboles y los juegos. Rebasó a una pareja que corría. Sentía su respiración y el bombeo de su sangre en sus oídos mientras subía las escaleras que lo llevarían al nivel de la avenida. Detrás de él, el chasquido rítmico se escuchaba ya muy lejano. El pasto fue reemplazado por el piso de loseta roja tan característica de la zona. Por instantes, mantenía la misma velocidad que los carros, después éstos ganaban potencia y lo dejaban atrás. No era una carrera justa, pero prefería perder contra ellos que perder contra esos dientes blancos. Cruzó la avenida, recibió pitidos y mentadas de madre. No importaba. Si tan solo supieran lo que le había pasado, hasta le habrían ofrecido un aventón.  A lo lejos pudo ver a un grupo nutrido de personas reunidas alrededor de unas luces improvisadas en la calle, como si se tratara de un pequeño batallón, su madre lideraba a sus soldados repartiéndoles sus armas con seriedad y rapidez. Dos quesadillas aquí, cuatro gorditas allá. Los soldados se iban satisfechos, agradeciéndole a la teniente su velocidad y devolviéndole el favor con unas monedas para la batalla de mañana.  Cuando su mamá lo vio, ella no pudo evitar dejar su puesto y dirigirse a su hijo. Ernesto era moreno, pero en ese momento estaba tan pálido como la masa de las tortillas. Él mintió y le dijo que habían intentado asaltarlo. Ella le acomodó un lugar cerca del comal y de la tele para que se distrajera un poco. Ya casi terminaban por el día de hoy y no faltaba mucho para que Arturo, el esposo de su mamá, pasara por ellos. Ernesto no supo en qué momento se fue la gente, seguía sintiéndose extraño, demasiado ligero. La pantorrilla no le dolía, pero ahora le picaba el ano. Así tal cual: tenía unas ganas enormes de rascarse y no podía esperar a llegar a casa para hacerlo.
Arturo estaba en la esquina esperándolos cuando la madre de Ernesto lo zarandeó para que la ayudara a mover las cosas a la camioneta. ¿Cuánto tiempo había pasado? Se preguntó. De repente estaba metiendo tubos a la camioneta cuando parpadeó y se encontraba en el asiento delantero mirando por la ventana. Parpadeó de nuevo y se encontraba a la orilla de su cama, ya sin el uniforme de la escuela. No supo cuándo se quedó dormido. Al día siguiente, en clases, la picazón había vuelto y con fuerza. Para poder aguantarse las ganas de rascarse, se balanceaba entre una nalga y la otra. Por fin, a la hora del receso se quedó escondido en el baño y, con bolitas de papel mojadas, intentó refrescar su ano. Esto le servía de muy poco, así que se checó. Con miedo, sintió que tenía unos granos duros alrededor. Algunos se sentían filosos, mientras que otros todavía se encontraban debajo de su piel. Salió y pidió a unas amigas suyas un espejo de mano. Regresó al baño y se inspeccionó con más atención. Los granos filosos eran blancos y duros al tacto. Intentó sacarse uno pero le dolió, esa cosa era parte de él. Salió y, sin importarle nada, saltó la barda de la escuela. Escuchó los gritos de asombro y risas de sus compañeros del otro lado. De nuevo, la sensación de ligereza lo acompañaba. Cuando cayó al piso no sintió absolutamente nada.

En casa estaba dispuesto a encontrar unas pinzas e intentar quitarse esas cosas del culo, cuando se dio cuenta de que no estaba solo. Se sintió débil y sus piernas se doblaron mientras Arturo salía de su cuarto con una cerveza en la mano. ¿Cómo pudo olvidarlo?, Arturo ya no trabajaba y se quedaba ahí hasta que tuviera que recoger a su mamá.  Hace unos años, cargaba costales para ganarse la vida y se notaba en su cuerpo: tenía los brazos gruesos y las piernas anchas; podía sujetarte y no salías de sus brazos hasta que él quisiera. Ernesto bien que lo sabía. El chico no tuvo tiempo de reaccionar, sintió el cuerpo de Arturo encima de su espalda. ¿Qué chingada madre haces aquí tan temprano?, le preguntó mientras le jaloneaba los pantalones.  Olía a alcohol y solvente. Ernesto tembló y sintió como le separaba las nalgas. Luego, el dolor punzante ya tan conocido. Su cuerpo se puso duro. Esta vez fue diferente, Arturo gruñó e intentó separarse de él, pero no podía. Ernesto lo comprendió, recordó a la mujer y a sus dientes; así que apretó tan duro como pudo y escuchó a Arturo gritar. Masticaba el pito. Apretó con más fuerza, y más, y cada vez más, hasta que todo a su alrededor se fue oscureciendo. Parpadeó y vio a Arturo tirado en el suelo.

Por Karina E. Perez 

domingo, 26 de febrero de 2017

Gargajos humanos



Chingada madre, mi frente está sudada, va a descubrir que estoy nervioso. Tranquilo, carnal, tú le das lo que quiere y ya. Se acabó, seguimos la ruta. Me repito esto en el espejo, pero ahí viene este cabrón. Ojalá que el sudor de mis manos no moje la sor Juana. Por pasarme un pinche rojo ahora tengo que entregar este verde. A este puerco. Lo veo chiquito por mi espejo retrovisor. Chiquito, como en verdad es. Un sándwich de licencia, permiso y un billete de 200. Para usted, puerco policía. Trágate mi dinero. De todos modos ya se lo traga el pinche gobierno y la puta de mi esposa. Ya se lo traga Don Eladio el de la tiendita cuando voy a comprar caguamas. ¿Está bien, oficial? Gracias. No, ya valió. Regresa con su compañero.  Seguro checará cuánto más pueden sacarme. Es Periférico, cabrón, por aquí pasan Cadillacs, Audis, en una ocasión vi dos Lamborghinis en el mismo día. Les puedes sacar más dinero del que me puedes sacar a mí. Me dan asco. Preparo uno en la boca, siento flema. Mejor. Ojalá este gargajo golpeara tu cara. Tendré que conformarme con el piso. Ahí viene el puerco. No tengo más. Está bien, tome. Treinta varos. No, por favor. Mire, le doy un cigarrito. Gracias. Gruñe el camión y seguimos la tercera vuelta del día. Y apenas son las cuatro. Ahora el volante está mojado.
Cuando los camiones de la ruta regresan a la base a media noche el guardia cierra la cuna con candado y los choferes nos bajamos el pantalón y empinamos las nalgas. Ahora toca que nos la meta el transporte público. Dejamos de ser choferes para volvernos usuarios. A esa hora ya no tengo ganas de pelear. Esos compañeros que cuentan cómo llegan y buscan pretextos para madrearse a sus esposas, son una envidia. Yo cuando llego a mi casa llego cansado. Hecho mierda. Lo único que se me antoja es una mamada de la Gladis. Si me casé con esa mujer es por cómo me chupaba la verga cuando éramos chavitos. Sus labios, su movimiento de cabeza, todo. Todo lo que hace con esa boca es un regalo de mi madrecita, que descansa en el cielo, por todas las veces en que la ayudaba a cargar a mi jefe cuando lo regresaban borracho sus compadres. El doctor dijo: “Coma etílico” y no despertó.  Murió como vivió. Después de esta noticia, mi mamá comenzó a cantar en las mañanas. Antes de eso aguantó los madrazos de mi jefe, sus celos, sus infidelidades. Quizá hizo un trato con San Pedro para que me mandaran a la Gladis. Ojalá me la mamara con aquella cotidianidad. Ahora apenas y me pide que levante las patas cuando barre. Es como si fuera ese gargajo que terminó en el piso. Espera a que las burbujas de mi existencia revienten para que yo pueda desaparecer. Pasa por mi costado y ni una sonricita. Ella vive y yo me seco en el piso de la vida.
Llego a mi casa y otra vez Gladis no está. Karla, nuestra hija, me recibe con la noticia de que otra vez está con la gente de la parroquia. A mí se me hace que otro pendejo está recibiendo su gloriosa mamada. Y yo aquí sentado frente a la televisión. Tengo que admitir que no me importan las noticias. A fin de cuentas es ladrón robando a ladrón. Todos los partidos son la misma mierda. Si todos aceptaran eso, no tendríamos que votar. Y podríamos quedarnos el domingo entero viendo los partidos de la liga. Todos los partidos son la misma mierda. No sé si sean todas estas botellas de chelas vacías en el piso o la ropita que usa, pero qué rica se ha puesto la Karlita. Cuando miro sus nalguitas mi verga se pone igual que cuando recuerdo los labios de Gladis. Sí, Karlita, otra chela por favor. ¿Sólo queda una? No importa, chiquita, tú tráela. Mañana le pides unas fiadas a Don Eladio. Ven, siéntate conmigo. La tela del sillón se siente bien cuando imagino que las nalguitas de Karlita van a reposar ahí. Soy tu padre, carajo. Pasa tiempo conmigo. ¿Qué acaso no te llevé a ver  la madre esa de la Capilla Sixtina en Revolución? ¿Acaso no tuve que hacer doble turno para comprar ese horrible vestido de quince años por el que tanto llorabas? Bueno, vete, pendeja. Ya le estás agarrando las mañas a tu madre. Un escuincle de mierda debe estar gozando de la técnica de tu madre, pero apuesto que tú has de ser mejor. Nos has visto, en nuestras rutinas y silencios. Yo creo que ya sabes con qué tipo de hombre no quieres terminar. Suertudo escuincle. Lazos sanguíneos de mierda. La pantalla de la televisión se oscurece. No, todo oscurece.
El sonido del vidrio de la puerta me despierta. Se abre y Gladis llena de luz esta pocilga. El zumbido del foco acompaña la estática de la televisión. Gladis, despiértame, gorda. Por favor, por lo menos voltea a verme. Checa que aún tenga pulso. Mira la cantidad de cervezas que he bebido. Podría estar en  un coma etílico y tú ahí quitándote las pestañas postizas y las extensiones de cabello con la paciencia de un anciano esperando a que cambie el semáforo. Descubrirás que eres libre hasta que una noche, después de muchos días, tengas la sensación de que ese bulto prieto en el sillón no se ha movido desde hace tiempo. Te has de ver muy bonita cuando descubras que ya no sigo con vida. Haré trampa en el cielo, me iré el segundo después de ver tu reacción. Quizá sean las botellas vacías o la luz de tu tocador, pero algo dentro de mí me jala hacia allá. No te hagas la desatendida, la distraída. Sé muy bien que notas mi presencia. Mi enorme panza, que se asoma entre mi camisa abierta y está a centímetros de darte un beso en esa lija que tienes por cachete. Preparo uno gordo, no hay flema pero no es problema, será el gargajo más grande que hayas visto. Si no me volteas a ver después de dispararte a la cara lo que tengo en la boca, juro no volver a pisar esta casa. Me mudo. Empiezo desde cero, renuncio al camión. Chance y termino la prepa. Karla es una culera por no reconocer el esfuerzo que tuvimos que hacer Gladis y yo para que naciera sana. Dejar el Cona. Todos nuestros amigos, las pedas, el desmadre, los salones, las entradas y salidas de clase. Pinche Karla malagradecida. Ni un besito. Ahora sí, Gladis, voltéame a ver. Sí, con esos ojos cafés que apuntas hacia mí. Ver tu rostro desde este ángulo me recuerda a cuando me la mamabas y te veía sobre mi abdomen. Carajo, ahora mi verga está recordando lo mismo. No, no mires mi pene Gladis. Mírame a mí. Ya valió. Tendré que disparar al piso otra vez. Era una obra de arte. Mi propia Capilla Sixtina. Mi Gladis ve el gargajo morir en el piso y parece que eso la excita. Sus pezones están igual que yo. Se pasa una  mano por los pechos y hacen parada en su cuello. Prepara algo dentro de su boca y se escupe en la palma. Gladis, mi amor, nunca te habías visto tan hermosa como en esta noche. Gracias por voltearme a ver, gorda.

Por: Jorge Alonso Mendoza.

jueves, 2 de febrero de 2017

Lucha de clases



La playa de Acapulco, tres y media de la tarde: la camisa blanca ya se me ve negra de las mangas. Se le nota un poquito la mancha de salsa de mango que le eché al postre en la cena, ayer por la noche. La camisa se la robé a mi papá hace ya algunos años. Recuerdo que al ojete le pedí unos zapatos, andaba buscando chamba y los traía agujereados:
—Papá, no seas así, ¿cómo me van a dar chamba en estas garras?
—No mames, igual hasta te la dan por eso.
Esa vez fui a una oficina cercana al metro Balderas, aún eran tiempos de hacer la búsqueda en El Aviso Oportuno del Universal: «Apóyeme contestando teléfonos». Bueno, sé contestar teléfonos, pensé. Al llegar, de inmediato supe que era una farsa. Me dijeron que esperara sentado en unas sillas junto a unos tipos que se veían hasta más jodidos que yo. Nos pasaron a un pequeño auditorio donde un chaparro percudido de la cara, trajeado con un saco que le quedaba enorme, nos dijo que ahí íbamos a ganar lo que quisiéramos (umta madre). Dotado de un léxico digno de niños de secundaria nos explicó el modelo piramidal del negocio. Ya saben: nunca sabes qué venden, pero el caso es que tienes que conseguir más vendedores que le entren al principio con una parte, chale. Terminó la "cátedra" y después nos pasó una hoja donde venían una serie de preguntas como: ¿es usted temeroso de Dios?
Uno se queda hasta el último en esas pláticas por dos razones: la primera es que no tienes nada más que hacer; la segunda, porque en tu desesperación esperas que tenga algo de cierto. 
Al terminar la explicación nos mandaron de nuevo a la salita de espera, dijeron que en un momento nos iba a llamar el reclutador para mencionar si nos quedábamos. Había dos televisiones con MTV proyectando una serie de mujeres buenotas y musculosos en la playa que, aunque se ven de treinta, en la serie dicen tener dieciséis. 
—¡Olegario González!
—Presente, ¡voy!
—Olegario, muchas felicidades, «fuistes acectado».
—Hijo de tu puta madre (pensé). Ah, este, gracias.
—¿Qué, no estás alegre por ser seleccionado? Se lo podemos dar a alguien más.
—No, sí me alegra, gracias. (Vete a la verga).
—Preséntate mañana con estos papeles. 
Pensar que encontré la pinche chamba que tengo ahora, después de haber ido a tantas «ofertas» de empleo como aquella experiencia afuera del metro Balderas. Y lo peor es que esto no fue lo mejor que encontré, fue lo único que encontré. Diez años en este mugre archivo. 
Es común que, en la oficina, esta camisa blanca la combine con una corbata amarilla. Al menos ya me puedo comprar mis zapatos. 
Me arremangué el pantalón oscuro de vestir para que no se me llenara de arena y me diera el aire en las pantorrillas, mojarme los pies como las abuelitas. 
Nos trajeron ayer por la mañana desde la San Miguel Chapultepec. La empresa decidió que era justo traer a la bola de empleados a la playa por ser fin de año. Los odio por culeros -a la empresa y a mis compañeros-, mira que darle un reconocimiento al inválido del área de nóminas, ¡nomás por ser inválido! Yo en su lugar les diría que se fueran mucho a la mierda. El inválido es de los pocos que no detesto, a media noche yacía sobre su silla con su rostro colgando, ultra pedo, vomitaba sus piernas como diciendo: “Mírenme ojetes, también estoy vivo”.
Después de dar los diplomas a los desgraciados que tenemos aquí más de cinco años, el gordo y calvo director de la empresa pronunció su eterno discurso: «Jóvenes, este año que entra nos esperan nuevos retos como empresa, todos somos un equipo, tenemos que tener unidad». Ja, el jodido pelón que ni te voltea a ver cuando te lo encuentras en el baño. Si tuviera huevos le diría a este cabrón que se metiera su empresa por el culo y me largaba, aunque la verdad, me faltaba conocer el mar. 

 Por Claudio Gordillo 


domingo, 23 de octubre de 2016

Milagros


Tenía dos opciones: Hallar el modo en que Danielle volviera conmigo o matarme. Sin ella no había manera de seguir interesado en vivir. A esto me había reducido. Si lo pensaba un poco, era como el fin del mundo. Me costaba admitirlo, pero resulté ser una decepción de persona.
Busqué en internet: "Hacer que vuelva tu ex" y la pantalla me mostró una lista interminable de sitios de místicos y brujos. Borré y esta vez escribí: "Milagros". Vi una página cuyo eslogan era "Centro holístico Kajumari - Creando tus propios milagros.  Reuniones todos los miércoles". Deslicé el scroll a medida que iba leyendo la información de su sitio y anoté la dirección. Me estuve despierto por un rato más en la silla, contemplando la posibilidad de traer a mi vida a Danielle como a un pez recién picado, jalándola hacia mí poco a poco. Luego me quedé dormido mirando la oscuridad de la habitación, pensando en qué iba decir mañana en el centro ése.
Logré despertar hasta la tercera alarma. Era miércoles. Me vi al espejo: mi rostro estaba más deteriorado que ayer. Parpadear me cansaba. Salí hacia el centro, no me tomaría más de quince minutos. Gente paseaba a sus mascotas, algunos vendedores levantaban  sus puestos, madres llevaban a sus hijos de la mano. Martillazos se hacían más estridentes conforme avanzaba, como latidos. Todos parecían estar de buen humor, incluso el sol emitiendo un calor suave.
Adentro todo olía a incienso. Una mujer morena y sonriente sentada tras un escritorio me preguntó si venía a la reunión de C y E.
—¡¿De qué?! —le contesté.
—¿Que si vienes a la sesión de Contemplación y eclosión: C y E? —me insistió, a lo que no supe qué decir—. Ven, mira, anótate en esa libretita de allá y pasa, tiene poco que empezó la sesión —me dijo extendiendo la mano en dirección a unas cortinas color verde oliva.
Atravesé las cortinas. Cuando mis ojos se adaptaron a la escasa luz que había adentro, alcancé a distinguir a seis personas sentadas cada una en un cojín. Estaban todas dispuestas en un círculo que abarcaba la sala entera. Con la espalda erguida y las piernas cruzadas, tenían los ojos cerrados y las manos una vertical apoyada sobre la otra horizontal mientras respiraban exagerando al inhalar y todavía más al exhalar. Me quedé parado en un rincón observando. Percibí un hedor resultante de la mezcla de todos los alientos licuados sobre el aire. Era como estar en un gimnasio, pero sin las pesas, la música y los músculos. Alguien prendió la luz.
—Muy bien, clase, ahora recuéstense y visualicen sus milagros, siéntanlos.  Copulen con ellos —dijo al grupo una joven, y mientras los demás hacían lo que les pidió, se me acercó—. Me llamo Edna, un gusto, soy la instructora.
Me hablaba en voz baja, sus ojos parecían no parpadear. Me preguntó sobre el milagro que quería materializar. Preferí no decírselo y ella dijo comprender, porque muchos preferían la discreción. Y en esto hizo un especial ahínco sin dejar de mirarme un solo segundo y en silencio, como esperando una respuesta. Desvié mi atención hacia las personas que empezaban a levantarse. Un hombre alzó su mano en señal de saludo como si nos conociéramos.
Edna me presentó ante el grupo que me examinaba. A cada cosa que yo decía, ellos movían la cabeza diciendo sí. Luego pidió al extraño del saludo que nos hablara de sus progresos. "En serio creo que estoy avanzando. La otra noche casi me quedo dormido", dijo, y tras esto la gente le aplaudió. "Muy bien, Enrique, bendiciones para ti". El resto de la sesión transcurrió con otros hablando sobre sus deseos y los milagros que querían. Al salir, sentí una mano apoyada en mi hombro. Era Enrique, ahora traía puesto un sombrero y una camisa blanca formal. Se notaba que hizo un esfuerzo para correr. Tomó aire y me preguntó a qué hora estaba libre. Antes de salir del centro, Edna había asignado a Enrique para que me explicara la técnica C y E. Le dije que en ese momento yo no tenía nada que hacer y él caminó conmigo hablándome de dicha técnica.
—Por cierto —pregunté—, ¿cuál es tu problema, o sea, qué quieres conseguir?
Dio un suspiro y me contó que su problema era que no podía dormir.
—¿Entonces tienes insomnio?
—¡No! —me contestó abrumado— ¡si fuera un insomnio cualquiera, ¿crees que tomaría estas medidas desesperadas?!
Le costaba respirar. Con la luz de la calle se le notaban unas ojeras como hechas con grasa para autos.  
—Bebí el café definitivo —dijo.
Cruzamos la calle por lo que tuve que volver a preguntar para confirmar lo que creí haber oído.
—Sí, el café definitivo —repitió.
—¿Y qué cosa es ese café?
Se detuvo unos instantes diciendo que, hace mucho, hizo un viaje a Haití. La idea era vacacionar pero un día, llevado por la curiosidad, entró a uno de esos lugares donde te leen el café. Había una vieja que le dijo cosas acerca de su vida las cuales él consideró muy acertadas. Al final le ofreció beber el café, le prometió que era el más rico que iba a probar, pero que sería el definitivo, haciendo que nunca más pudiera volver a conciliar el sueño. Esto lo tomó en broma como parte del misticismo de la vieja y lo bebió. “Y de eso ya van cuatro años”, agregó.
Lo miré sin decirle nada, con un gesto el cual, según yo, indicaba lo poco que le estaba creyendo.
—¿Y por qué te lo tomaste? —le pregunté fingiendo interés.
—¡Te lo acabo de decir!
Los cláxones de los autos inundaban la atmósfera, el sol ahora se sentía abrasivo. Bajo cada sombra disminuía mi paso y Enrique seguía mi ritmo.
—¿Entonces estás enfocando tu mente en dormir? —pregunté.
—Cuando uno bebe el café definitivo no se puede volver a dormir. Pero ya he estado viendo a un naturópata el cual me dio una idea. La única opción es cambiar mi tipo de sangre. Y eso es lo que estoy enfocando. Hace rato en el centro no mentí, creo que mi sangre comienza a mutar. Poco a poco paso de ser O positivo a B positivo          —sentía que hablaba con un loco—. Mira, primero debes trazar en tu mente lo que deseas, luego, con tus dedos corazón e índice, pintar un triángulo imaginario y respirar con fuerza soplando el milagro. Es muy sencillo.
Para mi sorpresa, realicé este ritual por varios meses. Cada noche ponía en mi mente la escena ideal: Danielle y yo caminando, Danielle y yo tomados de la mano, yendo al cine, besándonos en el museo, en el parque, en el metro. Respiraba con tanta fuerza que a menudo mis vías respiratorias se resecaban. En mi habitación, y cada miércoles en el centro, hacía el estúpido C y E. No ocurrió nada. Pensé en que Danielle ya estaba viéndose con otra persona y mientras tanto yo me degradaba en la creencia de poder traerla mágicamente. En el fondo sabía que era inútil. Lo siguiente era tomar valor y recurrir al suicidio. Porque, resignarse, simplemente era para eso: para resignados y conformistas.
Me acosté, planeaba acudir al día siguiente a una última sesión, como tiro de gracia y para despedirme. Sonó mi teléfono, "Número privado", decía en la pantalla. "¿Bueno?", nadie contestó. Repetí el "¿bueno?", pero nada. Oía un sonido como de ambiente pero ninguna respiración, ni una voz. A partir de esa noche las llamadas eran diarias. DANIELLE, ¡claro!, ¡sí!, ¡debe ser ella!, pensaba. Retomé las sesiones con diez veces más intensidad, era más fiel que nunca al C y E. ¡Viva el C y E!, Contemplación y eclosión. ¡Contemplación y eclosión!. Incluso mis pulmones se fortalecieron. Estaba convencido que Danielle reaparecería en mi vida en el momento menos esperado. Enfocado, vivía y dormía enfocado.
Era miércoles, Enrique y yo quedamos para tomar algo antes de ir al centro Kajumari. Lo vi desde una cuadra de distancia, estaba de pie y haciendo algo con las manos, como nervioso.
—¿Todo bien? —fue mi saludo.
—Qué bueno que llegas —dijo— ¡anoche dormí, pude quedarme inconsciente por una hora!
Le contesté que eso era muy buena noticia, sin embargo él siguió con un semblante intranquilo.
—¡No!, esto no es lo que esperaba. Se supone que todo esto es un paliativo para gente como nosotros, sin esperanzas y con el suicidio a la vuelta de la esquina. No debería ser real, ¡vamos!, no me digas que tú sí creíste todo esto del C y E.
Se rascaba el cuero cabelludo con las yemas de los dedos. Mientras su respiración se volvía más rápida.
—Pues... yo incluso he recibido señales —dije—, por eso he retomado esto con más vigor.
Sentí vibrar mi teléfono en el bolsillo. Contesté y ahí estaba el silencio otra vez.
—¿Danielle?... —me atreví a preguntar y después de unos segundos de silencio agregué:— he pensado… he pensado mucho en ti.
El mutismo seguía. Me detuve, todos los autos disminuyeron su velocidad de golpe, se movían cada vez más despacio. Vi cruzar una parvada de pericos en cámara lenta, el agua que brotaba de las fuentes y aspersores salía disparada a una velocidad cada vez menor. En el crucero una imagen holográfica gigante de La Virgen del Apocalipsis iba apareciendo gradualmente. Su figura parpadeaba como si fuera proyectada por algún aparato estroboscópico. En su cabeza, en vez de una aureola y doce estrellas, tenía un triángulo. Yo sostenía mi teléfono sin reaccionar. Todo se ralentizaba. La Virgen me miraba mientras descendía despacio. Sus ojos parecían seducir pero al mismo tiempo contemplar con inocencia. En la comisura de sus labios se dibujaba de un modo apenas perceptible lo que parecía una sonrisa. Extendió unas alas inmensas hechas de pixeles. Voltee hacia Enrique y éste yacía tirado sobre la banqueta, durmiendo como un recién nacido.

Por Alejandro Valdez


lunes, 19 de septiembre de 2016

Miradour



Llegamos poco antes de las siete de la tarde al café Marinho Da Arcada. Pedimos dos vasos de oporto y un plato de aceitunas negras con hueso. El judío holandés llegó cuando comenzábamos a sorber el segundo vaso. Yo me quedé callado. Fábio le entregó los diamantes y recibió el dinero. El judío tomó su sombrero, lo puso sobre sus gruesos caireles negros y se marchó con su pesado abrigo bajo el brazo. Nos apuramos un tercer vaso y salimos cada quien con 20 mil escudos en el bolsillo. Era la mitad de lo que pudimos haber ganado hace un par de meses, pero desde que las tropas de los británicos invadieron Mozambique sacar diamantes de África y venderlos en Lisboa resultaba cada vez más complicado. Esto hizo que los joyeros belgas y holandeses quisieran pagar cada vez menos. No podíamos hacer mucho.
Atravesamos la Praça do Comercio, el sol se dirigía lentamente a hundirse en el mar. Elegantes caballeros portaban bastones de cedro y sombreros de copa, paseaban del brazo de sus esbeltas amantes con corsettes ajustados y vestidos ampones. Caminamos rumbo a la Rua Augusta.
—Vayamos por algo de cenar Bartolomeu, la noche es tan joven como nosotros y tengo un inmenso apetito –dijo Fábio mientras nuestras pisadas resonaban contra los pedazos de mármol blanco de las calles. Éramos clientes frecuentes del restauran de la señora Alegra. Siempre nos regalaba una o dos botellas de vino. Comimos grandes platos de pescado con verduras y charlamos hasta entrada la noche. Alegra nos dio la buena noche y su bendición y nos marchamos de ahí borrachos y satisfechos.
 Fábio se despidió para ir a ver a su novia Mayra, una chica blanca y frágil. Rubia, pecosa y con ojos color olivo. Mi buen amigo tenía la cabeza perdida. Algún día le compraré un castillo tan hermoso como ella, solía decirme.
Fábio y yo nos conocimos hace dos inviernos en las orillas del Tejo. Yo fumaba un puro y miraba la luna cuando se me acercó. Me dijo que venía regresando de un largo viaje por las colonias africanas. Yo le dije que era marinero. Me convenció de traficar diamantes y nos hicimos socios. Venía de una familia de campesinos de Coímbra. Había llegado a Lisboa siendo muy joven y había incursionado como explorador pero la paga no era buena. Mis abuelos habían llegado hace más o menos seis décadas como sirvientes y cocineros de una rica familia de blancos. Mi madre era costurera y mi padre marinero. Comencé a navegar con él a los doce años, llegué a saberme de memoria los mares y las costas. Fábio y yo nos entendíamos muy bien. Queríamos juntar el suficiente dinero para largarnos de Portugal para siempre, ir a un lugar nuevo, lejano y exótico.
Caminé sin rumbo entre la oscuridad y el silencio de la noche. El reloj de la praça sonó para anunciar las once. Me dirigí al burdel de madame Dulcinea. Nunca supe el verdadero nombre de la vieja, nunca me interesó. Yo tenía ahí una querida. Una brasilera de piel morena y ojos de fuego. De senos firmes y redondos, cintura estrecha y grandes muslos y caderas. Belem tenía apenas 19 años. Sus antepasados habían cruzado el Atlántico en calidad de esclavos, ella lo había cruzado de vuelta buscando algo mejor. Amanecíamos juntos tres o cuatro veces por semana. Yo le regalaba aretes, vestidos y flores, ella me daba masajes y pasión. Cuando me fuera de Lisboa la llevaría conmigo.
 ―Ayer vino a verme un caballero francés –dijo mientras desenredaba su largo cabello rizado– me preguntó por los aretes de diamantes rosados, dijo que ese tipo de joya era muy difícil de conseguir, y que le gustaría tener unos para llevar de vuelta a su mujer y sus hijas. Dejó su nombre en aquella servilleta de hotel.
No dije nada y la jalé para traerla de nuevo a la cama. Cuando me marché guarde la servilleta en mi chaleco.
Vi a Fábio después de la hora del almuerzo. Nos veíamos aunque no tuviéramos nada que vender por el día. Me dijo que cada vez se enamoraba más. Yo no sabía muy bien lo que sentía por Belem. Le platiqué lo del caballero francés y le enseñé la servilleta. François Ravell, Hotel **** se leía en ella.
—Creo que es nuestra oportunidad de retirarnos con una generosa suma –comencé diciéndole a mi amigo– este hombre no es un joyero, es un turista. Estará dispuesto a pagar dos veces el precio real de los diamantes, y tengo entendido que querrá llevarse mas de uno. Tal vez sea buena idea ir a verlo.
Nos encaminamos al Hotel ****. El sol hacía relucir el sudor de nuestras frentes. No habíamos pensado en lo que haríamos cuando encontráramos al francés. El entusiasmo de saber que tal vez después de esta venta podríamos irnos para siempre nos motivó a seguir adelante. Llegamos al hotel y preguntamos a la recepcionista por el señor François. Nos dijo que esperáramos en el lobby, que ella se pondría en contacto con él y lo reuniría con nosotros. Nos sentamos en un largo butacón beige. Por más de diez minutos vimos desfilar a decenas de extranjeros. Yo me preguntaba cómo luciría aquel hombre, intenté adivinar si era alguno de los que paseaba por el bar o si había salido de nadar de la piscina. Sentía que todas las miradas caían sobre nosotros. Fábio comenzaba a desesperarse, creía que todo había sido una broma y me dijo que nos marcháramos. Casi por acto del destino, cuando nos levantamos del butacón llegó François. Se presentó y estrechó nuestras manos. Nos dijo que disculpáramos su tardanza pero que estaba terminando una llamada de negocios. Llevaba un traje color marfil y el cabello negro peinado hacia atrás. Lucía un bigote cuidadosamente recortado y encerado. Sus ojos azules penetraron mi mirada e hicieron que me estremeciera. Había algo peculiar en el aspecto de ese hombre. Pasamos al bar y pidió tres cervezas.
—Su amiga Belem sí que es una joya –quise apuñalarlo con la mirada– me alegra que los haya puesto en contacto conmigo. Ahora bien; los diamantes que vi en el tocador de esa chica son maravillosos, nunca había visto algo tan bello y créanme que he recorrido el mundo y me encontrado con bellezas inigualables, –había algo en su forma de hablar que me molestaba en exceso–, he venido a Lisboa a resolver algunos asuntos y quisiera llevar de regreso a París unos cuantos pares de esos irresistibles aretes. Bebí un largo trago de cerveza, cruce los brazos y confié en que Fábio sabría qué decir.
—Nosotros no somos joyeros, no vendemos aretes. Somos comerciantes y vendemos diamantes.
La mirada del francés pareció iluminarse y comenzó a jugar con su bigote mientras escuchaba. Saqué una pequeña piedra de mi bolsillo y la puse sobre la mesa. Fraçois la tomó y la observó con detenimiento mientras asentía con la cabeza.
—¡Son aun mejores de lo que pensé! Mi esposa y mis hijas estarán muy contentas. ¿Cuál es su precio?
—Oscila entre los 40 y 50 mil escudos por pieza, pero si está dispuesto a llevarse más de dos podemos dejarle cada pieza en 35 mil -dije con la voz más grave y seca que pude encontrar en mi garganta mientras me apuraba el resto de la cerveza de un solo trago.
El francés se levantó de su silla y dio un aplauso.
—Me llevo seis. Los quisiera para el fin de la semana, ¿es eso posible?
Disimulamos lo mejor que pudimos nuestro entusiasmo y le dijimos que lo veríamos el viernes en la noche en punto de las ocho en el café Marinho. Nos despedimos, él volvió a su habitación y Fábio y yo echamos a correr al malecón.
 Nuestros gritos fueron tales que logramos espantar a todas las palomas que descansaban, nos abrazamos y bajamos a la playa a celebrar.
Hace tres semanas había visto un anuncio en el periódico sobre un barco que zarparía dentro de dos meses rumbo a Nueva Guinea. Tenía ya suficiente dinero ahorrado para comprar dos boletos y sabía que podría sobrevivir un par de años sin tener que hacer nada. La mañana antes de ver a Fábio y a François, me dirigí al puerto a comprarlos. Dos boletos en camarote de primera clase. Ahora con la compra del francés, Belem y yo podríamos vivir como reyes en ese paraíso del que solo sabía el nombre.
Toda esa semana estuvimos ocupados en pulir y limpiar los diamantes de cualquier imperfección. Aún nos sobraban unos cuantos de nuestro último viaje, sobrarían algunos para cuando me fuera. La noche del viernes llegó. El francés había llegado antes que nosotros al café. Nos sentamos, pedimos tres vasos de vino y realizamos la transacción con gran éxito. Él se marchó. Fábio y yo nos quedamos a beber un rato más para celebrar. A las 11 llegué con Belem.
—Tu amigo nos ha comprado una buena cantidad. Quiero que vayas haciendo tus maletas, sólo lleva lo indispensable o lo que tenga gran valor para ti. Nos vamos a Papúa en diez días –le dije después de habernos revolcado largo rato.
—¡¿A Papúa?! Ni siquiera sé donde está eso.
—Es una isla que está casi por donde acaba el mundo. No sé qué haya ahí, pero vamos a vivir como reyes, yo voy a cuidar de ti para siempre –apenas tuve tiempo de contestarle, ya tenía sus labios sobre los míos y sus piernas enredadas en mi cintura.
El sábado anduve feliz y distraído. Fábio estaba con Mayra así que tenía el día libre. Nunca creí que un hombre tan serio y solemne como yo podría sonreír tanto. Pasé el día tomando el sol y el viento en el mirador del castillo de San Jorge. Al caer la noche me dirigí a casa, debía empacar, todo lo que no me llevaría resolví en regalarlo. Iba doblando la esquina cuando lo vi. El francés estaba frente a la puerta de mi edificio, con él iban otros seis o siete hombres. Todos vestidos de negro. Comenzaron a golpear con violencia y desesperación la puerta. La casera se asomó exaltada por su balcón. Traté de acercarme para escuchar lo que decían, me escondí detrás del frondoso árbol que protegía mi habitación del calor. La anciana había bajado hasta la puerta. Poniendo suficiente atención logré descifrar su diálogo. Al parecer el francés nos había denunciado con los oficiales británicos. Me habían seguido a casa la noche que le vendimos los diamantes. Le mostraron un papel a la casera en el que se entendía que yo y Fábio estábamos acusados por robo y contrabando. Me pregunto por qué no nos detuvieron aquella noche, creo que querían capturarnos con todos nuestros billetes y los diamantes que teníamos guardados. Alcancé a ver sus siluetas por la ventana saqueando mi cuarto. Me reí de ellos. Todo lo que necesitaba estaba en mis bolsillos. Los boletos del barco, los diamantes sobrantes y mi dinero. Corrí sin parar hasta el burdel. Madame Dulcinea me dijo que Belem estaba ocupada, tenía poco tiempo antes de que aquel francés traicionero llegara a buscarnos, la empujé y subí hasta el cuarto. Abrí la puerta, Belem se desnudaba frente a un hombre cuyo rostro no me tomé el tiempo de mirar, ella se cubrió con pena detrás de la cortina, el hombre se marchó asustado sin dudar un segundo. Me acerqué a ella y la abracé.
—Agarra todo lo que puedas, debemos irnos en este instante no hay tiempo de explicar.
Alcanzó a ponerse un vestido holgado y medio transparente, cogió los aretes y ropas que le había regalado y los echó a una pequeña maleta. Madame Dulcinea intentó detenernos pero sus fuerzas de anciana no fueron suficientes.
La suerte quiso que alcanzáramos el último tranvía que salía de la ciudad. Mayra vivía a las afueras de Lisboa. Eran las dos de la madrugada cuando llegamos. Toqué sin parar la puerta hasta que Fábio bajó a abrir. Traía un cuchillo en la mano. Al ver que era yo sólo me jaló hacia el interior de la casa.
—¿Qué demonios pasa Bartolomeu? ¿Cómo se te ocurre venir a hacer escándalo a estas horas? Los padres de Mayra duermen.
Le platiqué todo lo ocurrido. Mayra le había ofrecido una ropa más abrigadora a Belem, quien temblaba, supongo de miedo porque no hacía frío. Me había asegurado de que nadie nos siguiera hasta aquí. Belem y Mayra estaban a salvo, Fábio y yo tendríamos que irnos. Ellas se quedaron dormidas. Nosotros subimos al balcón. Le dije a Fábio que me marchaba a Papúa en una semana, era una decisión que ya se había tomado. El me abrazó y me dijo que se iría a Cannes el mes siguiente. Resolvimos ir a nuestros departamentos al día siguiente por nuestras cosas.
—Belem, aquí está tu boleto y unos cuantos billetes. Te veré en una semana en el camarote del barco. No salgas de esta casa hasta ese entonces. He hablado con Mayra, ella te llevará ese día al puerto. Procura no llamar mucho la atención. Te amo. Hasta ese día.
Me marché enseguida. Sé que me hubiera suplicado que me quedara.
Fábio cargó los revólveres. Tomamos el primer tranvía. Era mejor llegar a Lisboa antes de que amaneciera y salir de ahí con el anochecer. El cuarto de Fábio estaba intacto, al parecer los oficiales solo me habían seguido a mí. Guardó su dinero, sus diamantes, el anillo de compromiso de Mayra y alguna ropa. Nos dirigimos hacía mi edificio. Veníamos nerviosos. No hablamos durante el trayecto. Sosteníamos todo el tiempo el revólver cargado por dentro del bolsillo. Llegamos a mi cuadra antes del amanecer, la ciudad estaba aun dormida. Dimos un par de vueltas a la calle antes de entrar. Subí y agarré el retrato roto de mis padres. Solo había regresado por eso. La ropa y los muebles me importaban una mierda. Me preguntaba dónde estaría François, o cómo sea que se llamase esa rata en realidad. Con mucho gusto le pondría un tiro humeante entre los ojos. Necesitábamos un lugar donde escondernos. Un lugar desconocido para los extranjeros.
Los habitantes de la Rua Augusta comenzaban a salir de sus casas. Alegra nos abrió la puerta del restaurante aún cerrado y nos invitó a pasar. Cuando le contamos nuestra historia un par de lágrimas gordas rodaron por sus mejillas. Tenía miedo de que nos mataran.
—No harían eso. Sólo nos meterían a la cárcel.
Nos abrazó por turnos y dijo que podíamos quedarnos ahí el tiempo necesario. Sólo yo me quedé. Fábio debía salir a Coímbra a arreglar unos últimos asuntos. Se marchó al amanecer. Hasta la fecha no he vuelto a ver a mi amigo. Pero sé que es feliz, se ha casado con Mayra y tienen dos hijos. Terminaron decidiéndose por vivir en Marsella.
Yo no podía estar tranquilo. Me sentía como un prisionero escondido en el ático. Los días pasaban lentos y faltaban aún cuatro para que zarpase el barco. Confiaba en que Belem estaría bien. Era imposible que la encontraran ahí. Bajaba a cenar cuando el restaurante cerraba, Alegra me daba las noticias del día. Me enseñó un periódico. El encabezado leía “Oficiales clausuran el burdel más famoso y antiguo de Lisboa” una foto de Madame Dulcinea y sus chicas lo adornaban. A su lado reconocí a uno de los hombres que había saqueado mi departamento, sonriente, con su traje británico perfectamente limpio. Me pregunto si habrían seguido buscándome. Hubiera querido confrontar a François. Decirle que peleáramos a puño limpio como hombres, y me sentía el más cobarde por no poder hacerlo. Alegra me contó que habían sacado todos los muebles de mi cuarto a la calle, que ahora ya estaba en renta de nuevo.

 Después de lo que pareció una eternidad llegó el día de marcharme. No me despedí de Alegra, le deje una nota diciendo que le escribiría al llegar a mi destino, le agradecí todo lo que hizo siempre por mis padres y por mí, y le dejé un pequeño diamante. Me marché al puerto antes de que hubiera luz. El barco zarpaba al anochecer pero preferí estar ahí desde temprano. Me pasé el día escondiéndome entre las cubiertas y los camarotes. Toda mi vida había estado allí. Deseé poder caminar una última vez por las calles de mármol de Lisboa pero me limité a mirarla y despedirme de lejos. Vi a varios oficiales ingleses dando vueltas por el puerto y el malecón. Me pregunté si me buscaban a mí. Tal vez ya hasta me habían olvidado. François tenía seis diamantes carísimos, podía venderlos y retirarse para siempre.
Otro miedo comenzó a asaltarme. Temí que Belem hubiese cambiado de opinión y no apareciera. Me sentí culpable por dudar de ella pero la ansiedad que había en mí era demasiada. El silbato del barco sonó tres veces. Izaron el ancla. Me dirigí a la popa del barco. Estiré el brazo y me despedí de aquella mágica y misteriosa ciudad. Corrí al camarote y mi corazón se detuvo al verla ahí acostada en su camisón de seda, escribiendo en una pequeña libreta. Se levantó y corrió a mis brazos. Me besó y me dijo que me amaba. Creo que estuvimos haciendo el amor en altamar durante los seis meses que duró el viaje.


Por Hebe Kiebooms