viernes, 28 de septiembre de 2012

Levedad



Sus pies se despegaron del  suelo casi al mismo tiempo que los de ella. Con los ojos cerrados Daniel se elevaba mientras una gota de sudor salía de su frente. En ese momento, Daniel visualizó la guitarra que tenía guardada debajo de la cama,  escuchó un pedazo de las melodías que jamás pudo plasmar, recordó las cajas de chocolates en forma de conejitos que su abuela le mandaba cada semana al departamento buscando llamar así su atención, aunque jamás tuvo resultado. Por un momento le pareció saborear las empanadas de jamón con queso y un toque de azúcar, ésas que tanto le gustaba comer en la primaria.
La gota de sudor rozó su mejilla, el corazón latía con fuerza y los músculos se tensaron. Sintió los orgasmos que nunca tuvo con la madre de los hijos que jamás pudo tener. Cómo le hubiera gustado coger con ella en alguna ocasión. Después vinieron a su mente las mentadas de madre más ingeniosas y vulgares que nunca le pudo decir a su jefe, padre, hermano, y a los pinches clientes con los que lidiaba cada día. Recordó la sensación de estar empapado con la ropa puesta, como aquella noche que caminaba entre la lluvia, ofendido, cuando acababa de  pelearse con sus amigos que  le habían ofrecido fumar marihuana. Le hubiera gustado haberla probado.
Cuando la gota de sudor llegó al cuello, abrió los ojos, ahí estaba ella, enfrente de él. A pesar de tener los ojos cerrados se veía hermosa, su cabello volaba en cámara lenta cual escena épica de alguna película muy bien fotografiada.  Jamás la había visto en su vida hasta hace unos minutos, le hubiera gustado haberla invitado a cenar y después ir por unas copas.
Ella abrió los ojos, lo vio observándola, pero a los pocos segundos los pensamientos de Daniel aumentaron como si fueran flashazos que lo dejaban ciego. Alcanzó a escuchar el ruido del impacto e inclusive el dolor de los fierros que se enterraban en su cuerpo. Pensó que si salía bien librado de este episodio,  invitaría  al cine a esa chica que estaba frente a él,  le marcaria a su abuela, aprendería a tocar la guitarra, le  mentaría  la madre a su jefe y probablemente buscaría alguien que le vendiera un poco de hierba. Sin embargo, ¿quién puede  sobrevivir a un elevador que cae desde el piso 40?


De Ohmi

Más que amigos




I
Al salir del trabajo me encontré con un trapo muy húmedo y sucio; se llamaba Alicia y quería beber. Le dije que estaba de salida, que había quedado para cenar con Benjamín y dos amigas que venían de lejos, pero que si se arreglaba un poco y cambiaba esa cara, nos podía acompañar. Eso bastó para calmar su llanto.
            Alicia era una chica atractiva, inteligente y, además, era artista, o al menos así se presentaba. Nunca entendí por qué estaba tan sola. En ocasiones tenía arranques raros, como tumbarse y beberse hasta el infinito, desaparecer instantáneamente de reuniones o salir de los cines a los diez minutos de iniciada la proyección. Creo que sólo era una adicta a su caprichosa soledad. La conocí en una situación fuera de lo común. Mientras esperaba un taxi, vi dos bultos peleando contra el viento, el equilibrio y la gravedad. Reconocí el cuerpo de una mujer por la falda tan corta y las piernas tan blancas, pensé que había problemas y me acerqué. Cuando yo y mi costumbre de meterme en asuntos ajenos hicimos presencia, el tipo ya estaba en el suelo. Alicia lo tenía sujeto por los brazos, lo intentaba mover sin resultado. Pregunté si necesitaba ayuda, si podía hacer algo, me dijo que sí, que llevara a su compañero hasta un lugar con sombra. El tipo estaba inconsciente de borracho, vomitado y sucio como ella. Y, mientras lo arrastraba, porque no había otra opción, me percaté que el tipejo traía el miembro fuera del pantalón. Así, fuera. Como una prenda más, como un pequeño adorno de su desfachatez. Llegamos hasta donde ella creía que era un lugar seguro del sol. Claro, al tipo le ha de importar tanto broncearse un poco, pensé. Mientras, Alicia hacía el intento por agradecer la ayuda, pero la interrumpí para señalar al prófugo órgano y decirle que hiciera algo con ese asunto, que la gente lo podía tomar a mal. Sin reparo, me pidió sostener su frasco empapelado y se inclinó sobre su compañero. Con cuidado de madre, tomó el trozo entre sus manos y lo resguardó de la intemperie. Ser testigo de tan bella escena, el calor de la tarde, mi resaca permanente y el esfuerzo realizado, me obligaron a beber de la botella.
            —Hasta el fondo  -me dijo Alicia.
            Para hacer plática y seguirme aprovechando del trago, le hacía preguntas sobre ella y el bello durmiente. Me dijo que lo conocía de hace tres horas, que fue en la cantina clandestina que estaba a cuatro cuadras, que le pareció un tipo simpático porque no hablaba,  y que no se fijaba en nadie ni en nada, sólo en ella y los tragos. 
            El durmiente despertó. Como pudo se levantó, apenas nos miró, se fue dando tumbos. Ese día ya no fui a trabajar, me quedé toda la tarde y toda la noche con ella.



II
No sabes de lo que te estás perdiendo, eh. Sophie, la amiga de Catherine, está bien bonita. De hecho te llamo para pedir mano -dijo Benjamín, un tanto ansioso.
Sí, ya sabes, tú siempre llevas la mano, güey -le contesté a Benjamín, que era un fiasco con las mujeres. Yo siempre lo dejé ir primero para aprender de sus errores y tener tiempo de planear la táctica más adecuada, siempre funcionaba.
Pero oye, Benja, voy con Alicia. Me cayó de sorpresa y anda mal. Te digo para que vayas pidiendo mesa para cinco.
—¡Ay, no mames! Lady Caguama está bien dañada y va a espantar a las güeras.
Hey hey. No pasa nada, ya trae bien puesta su correa y anda mal la chava. Dale chance.
Pues muy tu desmadrito, eh. Nomás te digo que si te quedas sin güera, no me culpes.
            —Ajá, sí. Llegamos en veinte.
            Benjamín y yo, éramos la mancuerna perfecta en el asunto de la conquista. Él tenía auto, pagaba las cuentas y hacía que todas las cosas se tornaran en algo sumamente aburrido.  Yo siempre llevaba lo más difícil: contactar a las chicas, elegir los lugares, rescatar las conversaciones y, claro, cargar y cuidar borrachos. Por eso mismo mi paga tenía que ser especial, es decir, quedarme siempre con la más guapa. Era justo.
            Desde el fondo del vaso, veía cómo Benjamín hacía su parte, aburriendo hasta a las moscas del lugar; hablaba de arte, de sus viajes y de todos, absolutamente todos los libros que había leído. Siempre viví con el temor de que en algún momento se levantara en medio del lugar y recitara alguno de sus poemas aprendidos. Así era Benjamín, una biblioteca andante y sonora, lo único lamentable es que era mucha información y escasa inteligencia. Pero bueno: uno nunca escoge a sus amigos.
            Llegó la cuarta botella de vino y Alicia comenzó a soltar su correa. Fue la primera en hartarse de Benjamín. Y en afán de venganza por el mal rato, propuso juegos de habilidad mental con castigos de trago. Vi la primer oportunidad de dar el primer sablazo y dije que sí, que jugáramos pero ya no con vino, sino con un trago más fuerte. Todos aceptaron.  La habilidad mental de Benjamín, no le ayudó mucho, a la media hora del juego ya se comenzaba a desvanecer. Y es que sí era un juego muy entretenido, hasta perdí varias veces adrede para hacerlo aún más divertido.


III
Me despertó el calor del cuerpo vecino, tenía esa rara sensación de no saber que rayos había pasado, pero estaba desnudo y me sentía satisfecho. Porque, cuando uno toma como profesión tirarse lo que encuentre, los recuerdos son lo de menos. Más vale que así sea. 


De Víctor Hugo G