domingo, 12 de marzo de 2017

El direc


… Mire profe, durante harto tiempo he tenido que aguantar las pendejadas de cierta mocosa. Pero qué otra cosa puedo hacer si soy su padre. Me está saliendo caro tanto consentimiento. Y últimamente cada vez que la veo desbordando su juventud, derrochando esas ganas de vivir y soñando con cosas absurdas, pero soñando a fin de cuentas, aún más ganas me dan de voltearle la cara de un chingadazo. Y luego usted, tan joven… Si ella supiera lo difícil que es la vida, y usted también, tendrían más cuidado en pedir lo que piden. Además, ¿sabe que voy de salida? Bueno, pues ya lo sabe. Le regalo tres minutos en lo que me acompaña y sirve que aprende algo. Mire, cuando tenía la edad que hoy tiene mi hija yo ya había llegado a la ciudad por mis propios medios, no sin antes despedirme de mi madre jurando regresar algún día con el suficiente varo como para procurarle una buena vida y siendo un hombre de bien. ¿Usted ha tenido que dejar a sus padres en la miseria para después llegar a darles vida de reyes? ¡No!, ¿o sí? Tampoco mi hija. Si desde que era niño tuve que trabajar. No es sencillo llegar a ser director. En el pueblo le ayudaba a mi abuelo con sus tierras, éramos productores de café. Aún recuerdo las chingas que me daba cargando costales enteros de granos bajándolos por la sierra. ¿A poco usted ha cargado costales? Pues no, verdad… Todo se perdió cuando agarraron más fuerza los alemanes en nuestras fincas y el gobierno una vez más se puso de su lado. Ya no era redituable todo el proceso del café y el pueblo entero se volvió la mano que sólo recolectaba los granos para unos pinches güeros. Hasta muertos hubo. Al abuelo no se lo chingó una bala por la espalda pero sí se lo chingó la tristeza.  El gobierno es culero, usted y yo lo sabemos, y bien que lo sabe esa cabrona… ¡Lety! Si me hablan del ayuntamiento les dice que ya voy para allá. Continuemos, profe. Cuando llegué aquí la cosa no fue tan fácil, pero no me puedo quejar. Un tío segundo me daba asilo mientras encontraba trabajo y cuando empezó a tratarme de su criado, mire: así, así lo mandé a la chingada. ¿Pues qué pasó? ¡Ah! pero ahora mi tío no tiene de qué quejarse, su hijo entró bien apalancado al sistema siendo un pendejo. Si también sé pagar favores, tome nota… Y aquí comencé lavando carros ¡eh!, desde abajo como debe de ser. Poco después entré como ayudante en un despacho contable haciendo mandados, sacando copias y haciendo la limpieza. Ahí decidí superarme y terminé la secundaria abierta. Ya con la escuela un conocido me metió al sistema, pero no fue de a gratis, un año entero me tardé en pagarle el favorcito. Porque así es esto y así seguirá siendo. ¿Sus pinches sueños pendejos qué? Los de mi hija y los suyos… ¡Apúrele maestro, porque lo dejo, eh! Camina como si estuviera lisiado. Y bueno, le digo, entré al sistema lavando baños y ya sabe cómo los dejan los pinches alumnos ¿no? Pues yo lavaba la caca seca que se queda pegada en la taza. Usted nunca ha lavado baños ni mi hija tampoco. En el mismo sistema terminé mi carrera técnica y un maestro en aquel entonces me echó la mano con el bachillerato en un examen único. Años después, al enterarse hasta dónde había llegado yo, ese maestro vino también a cobrarme el apoyo, y ahora pregúnteme a dónde lo mandé igualmente bien acobijado, directito a la secretaría del estado. Total, acabé la carrera como contador estudiando por las noches y, ándele, en cuanto se pudo le pedí apoyo al líder sindical. Ya sabe, si me acomodaba como bibliotecario de la escuela luego le tocaba su mochada. Y así, siempre apoyando en todo, cualquier cosa sí, ya muy bien lo sabe usted, aquí en el sistema no se puede decir que no si uno quiere conservar el trabajo, y más si se quiere sobresalir, triunfar. Pues míreme a mí…  ¡Cuidado, profe, levante bien los pies! Ya se me anda cayendo ¿Así como camina da clases?... Bien, pues al poco rato ya era jefe de proyecto y ahí empezó lo duro: las reuniones con los jefes, los padres de familia, las idas y las vueltas y ustedes los maestros que cómo chingan, cabrones. Ahí vi cómo estaba la cosa, o trabajaba para la escuela o para mí, y como yo no me había chingado tanto para andar de pendejo pues ya va viendo para quién trabajo. Después llegó la política y con eso mi cargo como director, en eso sí soy un cabrón, más en lo primero. Y ustedes me conocen y saben lo que hago, y eso es parte de mi éxito, ¿o no, profe? Para qué andarme a medias tintas. Además ya saben que las escuelas y la política van de la mano, y más en temporada de elecciones, ahí si no se dice que no. Porque si aquí usted me niega algo yo lo corro y ya. Pero a ver, dígale que no al señor gobernador o al líder de campaña, ahí si no se andan con pendejadas y más después de haberse enterado uno de tantas cosas, ahí dice uno que no y sí me lo truenan. Y mi hijita saliendo con sus chingaderas, yéndose a las marchas, publicando mamada y media en internet, yo no sé en qué pensaba cuando acepté que estudiara para maestra. Que la educación esto, que la educación lo otro, que las escuelas libres, que el sistema Montessori mis huevos. Si bien que sabe lo que hago, nada más que se hace pendeja. Anda en carro del año la cabrona, nada más porque se fue a C.U., si no hasta en escuela de paga iría, y no cualquier pinche escuelita. Si ya ha visto mi bodega llena de productos de campaña y ahora me sale con que si apoyo al PRI la voy a perder para siempre… ¡ay! Y luego usted. Tampoco me haga esa cara porque sabe muy bien de qué le hablo. Ahora también me sale con sus disque estrategias de aprendizaje. Si aquí no se trata de ver quién aprende a la buena, aquí se trata de hacer lo que les mandan y ya. ¡A ver, poli, vaya abriéndome la puerta! Pues bien, maestro, aquí no estoy para recibir propuestas, aquí yo estoy para mandar, yo ya lavé caca, ahora les toca a otros lavarla si quieren llegar hasta donde estoy. Al final de cuentas, con esto respondo a su petición: a mi hija no la puedo mandar a la chingada pero a usted sí se me va rapidito con ese pasito de mongolito con el que camina. Así que se me comporta bien o ya sabe. Además le falta más apoyar al plantel, ¡eh!, tómelo en cuenta si quiere horas para el siguiente semestre… Pues estos maestritos, tan jóvenes, tan huevones… tan pendejos.

Por Luis Antonio Nuñez


miércoles, 8 de marzo de 2017

Los tacos de Luis

El humo mana de todas esas planchas enroscándose en todos los cuerpos que pasan, se impregnan en el cabello y ropa. Estaciono mi mustang en un centro comercial y camino hacia los puestos de tacos. Lo bueno es que es lunes y Luis no tiene gente. El olor a puerco frito me hace salivar. Ya puedo sentir los trozos de carne y salsa en mi boca, realmente extrañaba ese sabor. Entre todos los puestos, el de Luis se identifica por tener un único foco amarillo que se columpia levemente y apenas ilumina el delantal de mi amigo con manchas de aceite. Así lo recuerdo, no ha cambiado nada en este lugar.
Luis se seca el sudor de su frente, sonríe. Me pregunta por qué no había ido en tanto tiempo, que si acaso ya había cambiado de taquero. Invito a Luis a comer conmigo, le digo que prepare tres al pastor para él, y para mí otros tres y cuatro de chuleta. De los pocos amigos que tengo Luis se ha ganado mi confianza, antes venía entre tres o cuatro veces por semana, en algunas ocasiones yo traía cerveza. Le cuento lo que pasó con Cynthia Pérez.
Conocí a Cynthia justo en esta calle dentro de toda esa bulla y gritos: ¡Fin del trato cruel de los animales! ¡No a la comida muerta! ¡Amas a unos y te comes a otros! Algunas personas estaban semidesnudas cubiertas de pintura roja dentro de una jaula gritando las consignas. Pérez arrojó pintura roja a uno de los taqueros. El taquero empezó a insultar y los apuntó con su cuchillo. Don Julio me preguntó si quería mis tacos surtidos o solo la pancita, en ese momento Cinthya pasaba a mi lado, me miró y arrugó la frente, para impresionarla le contesté a Don Julio: ¡Yo sólo como carne de soya, bestia sanguinaria! Sabía que era el fin de visitar a Don Julio, pero valía la pena. Cinthya tenía un gran busto y de sus glúteos ni hablar. Ella me aplaudió y sus hoyuelos se hundieron más cuando sonrió, me preguntó si venía a la manifestación, le dije que sí.
Después de la manifestación la invité a un bar que estaba a unas cuantas cuadras, se rascó la barbilla y pasados ya unos segundos respondió que tenía prisa, le dije que le daba el aventón, ella me dijo que sí con la cabeza. Cuando llegamos al carro, ella acarició el cofre. Me preguntó si era mío o de mis padres, le contesté que era mío. Cinthya Pérez metió las manos en sus bolsillos y me dijo que acepta ir al bar solo por unos minutos. Esa noche terminamos en mi cama. Ella era muy buena haciendo el blow job.
Luis le pone salsa a su último taco y me pregunta qué es eso del blow job. Yo acerco y alejo mi puño cerca de mi boca, mientras mi lengua empuja mi cachete. Luis suelta una carcajada.
            Continué contándole a Luis el origen de mi propio matadero. Al principio me gustaba ver a Cinthya, agraciada, tumbada en la cama bocabajo, sus pecas invadían desde su nuca hasta los glúteos. Cuando me daba la espalda para abrazarla, su cabello despedía olor a coco en todo mi rostro. Me encantaba su congruencia con todo el asunto de la carne y los derechos de los animales. Tuve que mover el refrigerador de carne al tercer piso para que Pérez no sospechara nada. En las noches cuando se iba, sacaba del refrigerador unos filetes, mis manos temblaban y echaba unos trozos en mi boca, sentía la sangre recorrer mis muelas, ni siquiera hacía falta cocinarlos.
Cuando Cinthya empezó a vivir conmigo, pasaba semanas sin que fuese al tercer piso y sin comer de verdad. Comíamos cosas como ensaladas, hamburguesas sin carne, tacos al pastor con lentejas. Le pregunto a Julio: ¿Qué hamburguesa y tacos se pueden considerar como tales sin carne? Julio solo alza los hombros y se para a girar el trompo de pastor. Le sigo comentando que a partir de ese momento ya no soportaba a Cinthya, sus comidas empezaban a hacerme mal y ya ni siquiera podía escaparme a comer unos tacos. Incluso varias veces en la semana llevaba a Cinthya a comprar al supermercado los caros productos veganos que pudiese encontrar.
            Le cuento a Julio que ayer en la noche, al abrir la puerta del departamento, sentí un olor a podrido. Pérez apretó su pequeña nariz con la mano, la convencí de que eran las tuberías. Enseguida subí al tercer piso, el refrigerador estaba en medio de un charco de agua con sangre, había moscas volando alrededor, y cucarachas flotando en el agua moviendo sus antenitas. Sentí mi pecho contraerse, apreté mis puños y golpeé la pared. Lo había perdido todo. Cerré la puerta con llave y bajé. Mi novia estaba mirando el televisor, pasaban unas noticias de un gran incendio en el Amazonas de Brasil para cultivar grandes hectáreas de grano de soya y cebada. Cinthya me indicó que me sentara a su lado, que me había hecho tofu con espinacas. Traté de tranquilizarme. Ella me tomó del rostro y empezó a besarme, metió su mano debajo de mi pantalón, de repente se detuvo, la miré y ella estaba viendo fijamente hacia el piso. Su rostro enrojeció, tomó su zapato y se escuchó un crujido, era una cucaracha, las alas y antenas del pequeño insecto quedaron en una mancha verdosa. Cinthya empezó a besarme de nuevo pero yo la empujé, solo pude decirle que ya no soportaba más la relación, que me parecía una persona infantil e incongruente.
Estallo de coraje y le digo a Julio que yo puedo sacrificarme por el amor y aguantarme las ganas de comer carne, pero no puedo soportar las incongruencias. Le pregunto a Julio qué opina, él solo se echa unas carcajadas, me dice que revalore, que eso del blow job no te lo hace cualquiera. Después me convence de comerme dos tacos más al pastor y de traer las chelas. Quizás toda esta semana venga a comer tacos, y la otra llame a Cinthya.




Por: Viviana Genoveva Caamal Estrella.

martes, 7 de marzo de 2017

Modelo



Menelik abrió los ojos de prisa. Se notó inmóvil flotando en medio de su casa. Una poderosa luz entró por la pared. Desconcertado, percibió un ruido de frecuencias elevadas y de bajo decibeles. Sólo podía ver las láminas de techo golpear una contra otra. Polvo de mercurio bailaba en el aire con la tierra estéril del suelo, bailaban suave y preciso. Ese polvo le abrazaba. Se metía en él a cada respiro. Lo sentía pasar por su esófago. Cerró los ojos. Su cuerpo se elevaba. La luz penetró sus párpados. El techo se desprendía. El ruido no se iba y se acercaba. Intentó resistir. Su cerebro no pudo con los estímulos. Un metal a la temperatura del Ártico golpeó su nuca. Perdió el conocimiento.
Se sintió caer sobre un ligero material relleno de aire, éste se adaptaba a la delgada figura de su cuerpo. Fingió dormir. Giró unos grados los ojos. El blanco aún le cegaba. Sus pupilas se ajustaron. No había nadie cerca. Estaba casi paralizado. Sólo podía mover el cuello y la cabeza. Vio a su alrededor. Discretas sombras grises definían las figuras que nunca antes había visto. Figuras simétricas en todos lados. La puerta de la izquierda se abrió. Entró un ser que no se parecía a ningún otro que conociera. Los huesos le resaltaban de su transparente piel azulada, caminaba con los brazos y tenía un ojo en medio del dorso. Se dirigió hacia él. Lo miró por segundos. Luego escuchó una voz en su cabeza. No entendía, pero las palabras fluían. De pronto entendió un saludo en inglés, después el mismo saludo en portugués, en italiano. Menelik respondió en inglés. Ambos charlaron por un tiempo. El ser no tenía nombre ni forma de identificarse. Le confesó venir del otro lado de la Vía Láctea. No venía para saber cómo era el cuerpo de los Africanos ni para conquistar el planeta. Salieron del cuarto blanco. Al pasar la puerta todo era diferente. Las paredes de los pasillos eran grises y opacas.  Llegaron a una ventana. Podía verse el interior de un agujero de gusano de tono violeta.
Menelik respondía a toda clase de preguntas. Si no sabía qué responder improvisaba.  Se veían destellos de luz azul. Las preguntas se enfocaban a la manera de sobrevivir en África. La nave atravesaba un humo naranja. Con pena explicaba el canibalismo de su pueblo. El violeta del gusano cambiaba por un tono esmeralda. El ser ahora respondía. En medio del esmeralda salían destellos eléctricos amarillos. A su planeta se le habían terminado los recursos de nitrógeno, su sociedad estaba buscando el modo de solucionarlo. La conquista no era una opción. Salían del gusano. Menelik preguntaba por qué a él y para qué. Se veía un ojo hecho de nubes cósmicas. Él era víctima de la corrupción de sus gobernantes. Iban más rápido. Su familia había muerto de hambre. Toda luz afuera de la ventana se volvía blanca. Podía sobrevivir hambrunas. Frenaron lentamente. Su cuerpo sería modelo para ser replicado. ¡Qué bello planeta! Dijo Menelik. Por encima se veían dos estrellas, tan diferentes que parecían el sol y la luna. Se acercaban a ese pequeño planeta café.
La arena seca y brillosa le recordaba el Sahara. Entre las dunas, contrastaban unas estructuras grises en forma de esfera. Los soles se reflejaban en sus superficies cóncavas. Viajaban en una tabla flotante. Bajando la duna, el ser le confesaba que esta era la última ciudad del planeta. Apenas quedaban tres mil habitantes. La ciudad desierta no tenía vida, toda actividad pasaba al interior de las bolas que flotaban a centímetros de la superficie. Al fondo resaltaba una esfera que podía tapar uno de los soles.
Traspasaron la pared líquida de la esfera. Una multitud les esperaba en silencio. Al centro una cama con manos y agujas en la cabecera. Menelik se recostó. Un brazo le abrió la boca mientras otro entraba lentamente. Los brazos de la cama le sujetaban. Intentó gritar, moverse, pero no pudo. Cerró la garganta en vano. El brazo llegó a su estómago. Le relleno de sustancias. No podía más. Cerró los ojos.
Lo despertaron los ruidos de la multitud enaltecida. Sentía una fuerte opresión en el estómago. Volteó hacía abajo. No tenía piernas. Veía los colores muy nítidos y distorsionados, pero su panorámica había desaparecido, sólo podía ver al frente. Su mirada se ajustó. Los seres habían cambiado su forma. Ahora tenían piernas, brazos, piel negra, dientes, dos ojos, vestían trapos sucios.

Por José Alberto Márquez










domingo, 5 de marzo de 2017

El hada de los dientes



Nunca faltaban los viejitos fitness dándole vueltas al lugar, una que otra señora paseando algún perro diminuto y las parejas enamoradas. Oh sí, ésa era la razón por la que Ernesto se encontraba ahí a esa hora, soportando a los mosquitos y acostado boca abajo en una banca. Se hubiera sentado, pero después de clases el dolor ya se había vuelto insoportable. Ayer en casa lo habían castigado. Los árboles le tapaban un poco la vista, sólo un poco, ya que no había tantos como uno supondría de ese lugar. Pero sí hay bancas, caminos con grava roja y a lo lejos se podía ver los juegos para niños. Más allá se escuchaba el pasar de los carros y los claxonazos. La iluminación del lugar era pobre, una lámpara aquí, otra hasta allá. Esto ocasionaba zonas realmente oscuras, casi negras, como el cielo a esa hora. Había encontrado un buen lugar para descansar, la banca se encontraba poco iluminada y los policías no solían hacer su recorrido por ese tramo. Recordaba cuando era niño, cuando hacía mucho calor y se metía en alguna de las fuentes del lugar.  En ese entonces su mamá vendía dulces en el paradero cercano y lo miraba chapotear de vez en vez. Sonrió. Ahora recreaba otro tipo de memorias, las cuales no podía mencionarle a su mamá: memorias de cómo en cuanto anochecía las parejas se salían de los caminos y se internaban entre los árboles. Para Ernesto era porno gratis y en vivo. A sus 16 años qué más podía pedir. No supo en qué momento habían empezado, pero escuchó gemidos no muy lejos de donde estaba. Se emocionó y caminó de puntitas, con cuidado de no pisar hojas secas o ramas. Atrás de un árbol enorme pudo ver los zapatos negros de un hombre con traje gris, estaba boca arriba y una mujer blanca, rubia y muy delgada, estaba encima de su cabeza.  No era una escena realmente excitante, la mujer no se movía y el señor ni siquiera la tocaba. Podría estar dormido en el aquellito de la chava y ella ni en cuenta, pensó. Era tan extraño que se acercó para ver de qué diablos se trataba, no era la escena de sexo explícito que esperaba. La mujer estaba desnuda de la cintura para abajo y tenía rasguños en los muslos. Ernesto escuchó entre las piernas de la mujer un leve gemido y algo que sonaba como el chasquido de los dientes al comer. Era rítmico, el señor gemía y se escuchaba ese ruido. ¿Así se hace el sexo oral a una mujer?, se preguntó. El señor se estremeció e intentó quitarse a la mujer de encima, rasguñaba los muslos de ella y pataleaba. La mujer abrió más las piernas y la cara del hombre se hundió un poco. Gritó y también Ernesto.  La mujer volteó a verlo, era hermosa. En una sonrisa le mostro una hilera de dientes blancos y perfectos, parecía sacada de un comercial. Empezó a abrir más y más la boca como si le fuera a decir algo divertido, pero en lugar de eso se asomaron dos, tres, cuatro hileras de dientes puntiagudos. Ernesto dio media vuelta y corrió hacia el camino, quería salir de ahí. Sintió el peso de algo sobre su pierna izquierda y cayó al piso. El dolor de las piedritas encajadas en su cara no se comparaba con el dolor que ahora sentía en la pantorrilla, volteó y vio a la mujer sentada con las piernas abiertas sobre de su pierna, sonriéndole. Sabía que algo horrible le iba a pasar, como al hombre detrás del árbol, así que giró su cuerpo y la pateó tan fuerte como pudo. Ella perdió el equilibrio y cayó al suelo con las piernas abiertas. Entre las piernas de la mujer no se encontraba una vulva o unos labios, sino una cueva de dientes que chocaban entre sí, mordiendo el aire. El miedo hizo que Ernesto se sintiera liviano y hueco, como si todos sus órganos se hubieran ido de él corriendo juntitos a la chingada. Imitando a sus órganos imaginarios se incorporó como pudo y corrió. No sentía dolor. Veía pasar los bancos, los árboles y los juegos. Rebasó a una pareja que corría. Sentía su respiración y el bombeo de su sangre en sus oídos mientras subía las escaleras que lo llevarían al nivel de la avenida. Detrás de él, el chasquido rítmico se escuchaba ya muy lejano. El pasto fue reemplazado por el piso de loseta roja tan característica de la zona. Por instantes, mantenía la misma velocidad que los carros, después éstos ganaban potencia y lo dejaban atrás. No era una carrera justa, pero prefería perder contra ellos que perder contra esos dientes blancos. Cruzó la avenida, recibió pitidos y mentadas de madre. No importaba. Si tan solo supieran lo que le había pasado, hasta le habrían ofrecido un aventón.  A lo lejos pudo ver a un grupo nutrido de personas reunidas alrededor de unas luces improvisadas en la calle, como si se tratara de un pequeño batallón, su madre lideraba a sus soldados repartiéndoles sus armas con seriedad y rapidez. Dos quesadillas aquí, cuatro gorditas allá. Los soldados se iban satisfechos, agradeciéndole a la teniente su velocidad y devolviéndole el favor con unas monedas para la batalla de mañana.  Cuando su mamá lo vio, ella no pudo evitar dejar su puesto y dirigirse a su hijo. Ernesto era moreno, pero en ese momento estaba tan pálido como la masa de las tortillas. Él mintió y le dijo que habían intentado asaltarlo. Ella le acomodó un lugar cerca del comal y de la tele para que se distrajera un poco. Ya casi terminaban por el día de hoy y no faltaba mucho para que Arturo, el esposo de su mamá, pasara por ellos. Ernesto no supo en qué momento se fue la gente, seguía sintiéndose extraño, demasiado ligero. La pantorrilla no le dolía, pero ahora le picaba el ano. Así tal cual: tenía unas ganas enormes de rascarse y no podía esperar a llegar a casa para hacerlo.
Arturo estaba en la esquina esperándolos cuando la madre de Ernesto lo zarandeó para que la ayudara a mover las cosas a la camioneta. ¿Cuánto tiempo había pasado? Se preguntó. De repente estaba metiendo tubos a la camioneta cuando parpadeó y se encontraba en el asiento delantero mirando por la ventana. Parpadeó de nuevo y se encontraba a la orilla de su cama, ya sin el uniforme de la escuela. No supo cuándo se quedó dormido. Al día siguiente, en clases, la picazón había vuelto y con fuerza. Para poder aguantarse las ganas de rascarse, se balanceaba entre una nalga y la otra. Por fin, a la hora del receso se quedó escondido en el baño y, con bolitas de papel mojadas, intentó refrescar su ano. Esto le servía de muy poco, así que se checó. Con miedo, sintió que tenía unos granos duros alrededor. Algunos se sentían filosos, mientras que otros todavía se encontraban debajo de su piel. Salió y pidió a unas amigas suyas un espejo de mano. Regresó al baño y se inspeccionó con más atención. Los granos filosos eran blancos y duros al tacto. Intentó sacarse uno pero le dolió, esa cosa era parte de él. Salió y, sin importarle nada, saltó la barda de la escuela. Escuchó los gritos de asombro y risas de sus compañeros del otro lado. De nuevo, la sensación de ligereza lo acompañaba. Cuando cayó al piso no sintió absolutamente nada.

En casa estaba dispuesto a encontrar unas pinzas e intentar quitarse esas cosas del culo, cuando se dio cuenta de que no estaba solo. Se sintió débil y sus piernas se doblaron mientras Arturo salía de su cuarto con una cerveza en la mano. ¿Cómo pudo olvidarlo?, Arturo ya no trabajaba y se quedaba ahí hasta que tuviera que recoger a su mamá.  Hace unos años, cargaba costales para ganarse la vida y se notaba en su cuerpo: tenía los brazos gruesos y las piernas anchas; podía sujetarte y no salías de sus brazos hasta que él quisiera. Ernesto bien que lo sabía. El chico no tuvo tiempo de reaccionar, sintió el cuerpo de Arturo encima de su espalda. ¿Qué chingada madre haces aquí tan temprano?, le preguntó mientras le jaloneaba los pantalones.  Olía a alcohol y solvente. Ernesto tembló y sintió como le separaba las nalgas. Luego, el dolor punzante ya tan conocido. Su cuerpo se puso duro. Esta vez fue diferente, Arturo gruñó e intentó separarse de él, pero no podía. Ernesto lo comprendió, recordó a la mujer y a sus dientes; así que apretó tan duro como pudo y escuchó a Arturo gritar. Masticaba el pito. Apretó con más fuerza, y más, y cada vez más, hasta que todo a su alrededor se fue oscureciendo. Parpadeó y vio a Arturo tirado en el suelo.

Por Karina E. Perez