jueves, 8 de junio de 2017

Lonjas



Cecilia me caga. No tiene el gran intelecto. Yo mismo me considero una güey muy básico, e incluso así noto lo idiota que ella puede llegar a ser. Le gustan los antros como El Doberman, películas como 500 días con ella, usa frases como «Todo es cuestión de perspectivas» y es budista porque está de moda ser vegano. En serio todo lo que hace me resulta muy estúpido. Menos coger.
Hace dos años caí en depresión, bueno, le llamé así pero luego calé que sólo estaba haciendo berrinche poniéndome a la altura de una pendejez como la de Cecilia. Estuve bebiendo diario por meses, mandé a la verga la escuela y uno de mis dos trabajos, pasé de leer casi ni madres a ver puros memes estúpidos en el internet que alcanzaba a robarme, dejé de entrenar y engordé un putamadral.
A Cecilia la conocí en un bar de Regina en donde me dejaban pasar con menores de edad si le daba diez varos al cadenero. Yo iba llegando al bar. Saludé al cadenero y me quedé platicando con él pues hacía unos dos años que no me paraba en ese lumpanar sobrevalorado, ni en Regina. Le pedí que me acomodara en una mesa donde hubiera nalgas y me sentó donde había tres. Ninguna era atractiva, ni siquiera un poquito cachondas. Dos tenían lonjas más hanchas que sus caderas, los senos no sobresalían de sus playeras y estaban a la altura de sus estómagos. Unos troncos. Si no fuera por sus ademanes, sus voces y su olor, habrían pasado por metaleros desempleados. Cecilia también tiene una lonja más grande que su cadera. Toda ella tiene forma de cono, pero tiene unos senos que no caben en mis manos. Copa C como mínimo, con una areola de unos tres o cuatro centímetros de diámetro y pezones gruesos y altos. En verdad unas buenas tetas. Todo lo demás es casi repugnante. De la cintura para abajo, su cuerpo parece de un niño de diez años con desnutrición, de la cintura para arriba tiene el torso de otro niño de diez años pero con obesidad, dos implantes de nalga como cachetes, unos labios como los del burro de Shreck, los dientes de arriba separados y amarillos por el cigarro, los de abajo con el mismo color pero encimados, el resto de la cara de una cuarentona con raíces autóctonas. Aun así me quedé en la mesa y platiqué con las tres. Yo pedí mi misil de cinco litros de cerveza y ellas lo suyo. Ya iba bebiendo en el metro, un six y 100ml de ron que escondo en la botella de un jarabe para la tos. Estaba consciente de lo horribles que estaban pero me dije a mí mismo: chingue su madre, de todos modos ya no estás tan saboreable y ahora estás más pendejo. Tu ex no va a volver al país en un futuro cercano así que no tienes nada que perder. Me besé con dos y a Cecilia me la llevé al hotelucho de a la vuelta. Fue de mis mejores cogidas hasta ahora.
Hoy vamos a vernos por tercera vez.

*

Llevamos tres meses saliendo. Me empecé a quedar con ella en hoteles aunque tuviera trabajo o escuela al día siguiente. Antes eran hoteles buenos porque los pagaba mi ex, ahora me quedo con Cecilia en hoteles de trecientos pesos. Siento vergüenza de que me vean con ella. Nadie de mis amigos o mi familia sabe que estamos saliendo. Saben que es una amiga pero nada más. Ella ya me considera su novio y me presenta como tal. Hemos cogido casi diario y cada vez nos acoplamos más el uno al otro, ya hasta se acostumbró a que le dé por detrás. De lo mejor es sentir como cuelgan y rebotan en mis manos sus chichis cuando la pongo en cuatro. Esa horrible boca que tiene sabe usarla muy bien y la usa cada vez mejor, lamiendo todo lo que está entre mis muslos y mi ombligo. Cuando llego a venirme muy rápido y seguido, ella se dedica a chupar y en cuestión de segundos estoy listo para seguir penetrándola. Todo lo que hacemos no es más de lo que ya he hecho con otras, pero me resulta más placentero jalarle el cabello a ella, nalguearla, chuparle su mal rasurada vagina, sus tetas, su ano, a este bodrio que hace lo que le diga. Yo digo que si vas a entrarle, éntrale con todo. Y le estoy entrando a lo feo. Y me está gustando esta culera, marrana y estúpida mujer.
Hoy tuve que levantarme dos veces de mi cubículo para ir al baño a masturbarme. Nomás de recordar el palo mañanero que nos echamos antes de irme al trabajo manché mis boxers, no tuve opción. Adquirí el gusto de sentir sus llantas en vez de sus nalgas mientras ella está arriba de mí dándome la espalda. Definitivamente me estoy enamorando de la cosa más horrible y estúpida que me haya encontrado. Estoy utilizando mañas para evitar que ella hable, como compartir mis audífonos en el transporte público, o ser el único que platique en la comida. Ella es la mujer con la que más he ido al cine, y mamadas así. Cuando habla, no puedo más que ver su amarillento incisivo lateral encimado con sus otros dientes, sus labios cuarteados e hinchados, sin mencionar lo pendeja que suena cada palabra que dice…

*

Se me antoja una mamada. Seis meses saliendo: Es hora de presentársela a mis padres.


Por: Josué RB

miércoles, 7 de junio de 2017

Sueño americano



En aquella ocasión vine a Méjico para arreglar lo del dinero que tenía en una inversión, como ya no planeaba regresar no tenía caso dejarlo ahí. Lo que había juntado no era mucho, pero igual aprovechaba para ver a mi familia. Llegué por la noche al aeropuerto de Boston con dos maletas grandes, el vuelo hacia la Ciudad de Méjico saldría en un par de horas. Siempre acostumbro viajar bien cargada, no sé por qué. En la sala de espera me senté junto a unos niños que jugaban algún videojuego en una tableta. Con disimulo observaba sus juegos, pero ni siquiera me voltearon a ver. Decidí ir por un café y husmear por ahí, me emocionaba que en pocas horas vería a mi familia, más de un año sin verlos. Me daba mucha emoción contarles cómo me iba, el dinero, Michael, todo. Passengers of flight 335, destination to Mexico City with time of 22:00 hours, please go to boarding room. Lo de siempre, formarse y esperar a que revisaran tu equipaje, papeles, el protocolo de siempre.
     En la entrada uno de los guardias me pidió la visa, como la traía en la mano junto con los boletos y el teléfono, se me cayó al suelo. Pensé que me ayudaría a recogerla, pero ni se inmutó. Después de entregársela, la revisó con cuidado mientras de reojo me veía, entonces me pidió abrir mi mochila, todavía lo normal en los aeropuertos. Ya una vez me habían dejado sin desodorante en spray para los pies, que por políticas de seguridad. El guardia siguió con su rutina mientras yo navegaba en mi teléfono. Momentos después volteó a verme de manera sospechosa, como queriendo encontrar algún elemento malo en mí. Su mirada, de abajo hacia arriba y después fijamente a los ojos. Algo le había llamado la atención, no me percaté qué era por lo distraída. Normalmente en ese momento era cuando me daban mi mochila y me decían que todo estaba bien, pero no en esta ocasión. Después de cerrarla me pidió que pasara por un costado hacia una sala un poco alejada de la de abordaje. Ahí supe que algo no marchaba bien, sólo fueron unos metros que avanzamos, pero me parecieron kilómetros. Todos hemos escuchado esas historias donde les siembran drogas a los pasajeros, miles de dólares, yo qué sé. Comencé a sudar y la boca se me secó. Entramos en la sala y uno de los guardias cerró con seguro la puerta. Ya valí, cruzó por mi mente, pero ¿por qué? Dos policías empezaron a llenarme de preguntas, que a qué me dedicaba en Méjico, por qué estaba en los Estados Unidos, por qué tanto tiempo. Les dije la verdad. Díganme: ¿qué pasa?, no he hecho nada.
     Tiempo atrás, todavía tenía el novio que te platiqué con el que duré doce años, lo conocía desde que era niña, muy buena persona, siempre me ayudaba. Cuando se murió mi mamá me echó la mano con todo. Ya te imaginarás, todos estaban muy tristes en la casa, yo me sentía extraña, triste, pero más como rara. Mi mejor amiga, Carolina, se enteró de la muerte de mi mamá y me llamó para darme el pésame, ella vive en Boston desde hace varios años. Platicamos un buen rato y me propuso: ¿Por qué no te vienes a visitarnos?, sirve que te distraes un poco. A Joshua y a mí nos está yendo muy bien. Además no conoces a mis hijas. Por el dinero no te preocupes, te mandamos para el boleto de avión y aquí te puedes quedar sin broncas. 
     No había tenido la oportunidad de salir del país y esa oferta no se presenta con frecuencia. No sabía si irme, trabajaba entonces dando clases de inglés a niños en una primaria cerca de mi casa. La verdad me gustaba mi trabajo, siempre me han gustado los niños. Qué chistoso que no tenga hijos, ¿verdad? 
      Hablé con la directora de la escuela, como ya tenía varios años ahí y no había tomado vacaciones en al menos un par no me puso peros, aparte por lo de mi mamá. Me dijo que me tomara el tiempo que necesitara. Nada más me pidió que le diera chance de encontrar una sustituta. La suplente tardó en llegar tres semanas y el boleto para Boston lo había sacado para dentro de un mes. 
      Hice como seis horas a Boston, me recibieron Carolina y Joshua con sus niñas y nos fuimos directo a su casa. Muy bonita la casa, como las de esas series gringas, con alberca y todo. La recámara donde me quedé estaba casi del tamaño de la sala de mi casa, todo muy padre. Las niñas al principio no me hablaban, es normal, primero se les hace rara tu presencia, pero después agarran confianza y no paran de preguntar, y como a mí me encantan los niños, pues rápido me encariñé con ellas, creo que ellas conmigo también.
      A Caro y Joshua les va muy bien, trabajan en algo de tecnología. Sus amigos, los sábados por la tarde iban a tomar la cervecita a su casa. Me llama la atención cómo los gringos siempre que beben están haciendo algo, me refiero a que juegan cartas, monopoly, todos esos juegos de mesa, no como acá que siempre estamos tomando y platicando. El resto de la semana se la pasaban trabajando, yo me quedaba en su casa cuidando a las niñas y a veces preparaba la comida. Iba por ellas a la escuela pues quedaba cerca, de hecho nada estaba lejos. Nos regresábamos carcajeándonos, pasábamos al súper por comida y lo que hiciera falta. 
     La verdad me la estaba pasando mejor de lo que pensé, a veces hablaba por teléfono con mis hermanas, con honestidad casi no pensaba en nadie de acá, la vida allá era como un sueño y el tiempo se me pasaba muy rápido. En una de las reuniones me presentaron a Michael, un tipo encantador, se dedicaba a algo de importaciones, muy alto. Me invitó a salir, me enseñaba la ciudad mientras la plática no paraba, me gustaba mucho. Al inicio me sentí culpable por mi novio, pero nunca había conocido a alguien como Michael, él era distinto.
     Se acercaba el día de regresar, tres meses se pasaron como una semana y yo había planeado volver antes. Le llamaba cada semana a la directora para aplazar mi regreso, al tercer mes me dijo que le daba mucha pena pero no tenía alternativa, si no regresaba pronto tendría que contratar indefinidamente a mi suplente. ¿Por qué no te quedas aquí y trabajas con nosotros? Las niñas te adoran y creo que a ti también te gustan. La verdad es que nosotros apenas tenemos tiempo de ocuparnos de ellas y la casa. Si no tienes problema con esto, te podemos contratar, y ya, conseguimos un lugar para vivas, me dijo Carolina de manera muy convincente. Cuando Joshua confirmó las intenciones de Caro fue suficiente para que me decidiera. Al poco tiempo llamé a mi trabajo y familia para comunicarles la decisión. El que me costó trabajo fue mi novio, doce años de relación no es algo sencillo, y sí, fue el más afectado, pero bueno, supuse que podría arreglárselas. 
     Ya había pasado en Boston quince meses y cada día era mejor. Tenía una visa por diez años y ganaba poco más de mil pesos al día —cosa que en México nunca hubiera podido—, mi trabajo me daba oportunidad de hacer más cosas: conseguí una cabaña muy cerca de la casa de Carolina, Michael y yo cada vez más nos gustábamos más, creo que en verdad nos estábamos enamorando. Estaba viviendo el verdadero sueño americano. ¿Qué podía salir mal?


Era mi diario, el maldito diario. Desde que llegué a Boston me propuse escribir uno. Iba anotando desde mis impresiones de los lugares que visitaba, las anécdotas en las reuniones nocturnas, hasta las compras que hacía y debía hacer. Claro que escribí todo en inglés. 
     Mientras lo hojeaba con los ojos muy abiertos y frunciendo el ceño, uno de los guardias me gritó: ¿Sabes que tu visa es de turista? ¿Usted sabe que está prohibido trabajar en los Estados Unidos con una visa de turista? Además aquí confiesas que fumas marihuana con tus amigos.
Sentí un miedo como nunca antes, los ojos de estas personas son como de algún ser que no es humano.
     Traté de explicarles que nada más era una inofensiva niñera, nada formal, que sólo ayudaba en la casa donde me quedaba. Después de abofetearme para que dejara de llorar, me hicieron saber que eso era trabajar ilegalmente, y no importara lo que hiciera, me iban a meter a la cárcel. Me esposaron como si fuera una terrible criminal. Uno lo ve sencillo en las películas, incluso cuando le pegan a las personas pareciera que no les duele. Unos minutos después, ya en la patrulla, las esposas hicieron pedazos mis muñecas. Cuando llegamos a una especie de separos me condujeron a una celda donde una policía me pidió que me desnudara, y ahí me sucedió una de las cosas más humillantes que he vivido. Me metió la mano en la vagina. Metió incluso los dedos, varios, al ano para “buscar drogas”, escarbando sin ningún cuidado; mis súplicas y gritos no sirvieron, los policías son como máquinas que no entienden razones, no lo puedo creer todavía. Mientras lo hacía cerré los ojos con el deseo de no volver a abrirlos nunca, quise desconectarme del mundo, pensé en Michael, que ya no sería lo mismo verlo, si lo volvía a ver.
      Me tomaron la famosa foto de frente y de perfil con el número en el pecho. Mis cosas me las quitaron y no me dejaron comunicarme con nadie. Nunca he sido una persona con mucho carácter, me intimidan fácilmente. Pensé que intentar defenderme no serviría de algo, por el contrario, me ganaría una paliza. Fui conducida a una celda donde pasaría una noche junto a otras dos mujeres. De vez en cuando platicábamos por qué estábamos presas, sobre nuestras familias, la situación legal para poder salir, lo mal que podríamos terminar. Yo imaginaba que podían trasladarme a un reclusorio, la cárcel de verdad, me visualicé violada, golpeada, pero sobre todo, pensé en mi vida construida hace poco, en las niñas, ¿qué pensarían de saber que estoy en la cárcel? Mis amigos, Michael, mi familia. Qué estúpida eres Raquel, esto era muy hermoso como para durar para siempre, mejor nunca hubieras venido, piénsalo bien, como tus hermanas te habían advertido. Todo eso me pasó por la mente.
La siguiente noche me sacaron de la celda y me llevaron ante un juez, ahí tuve que firmar varias hojas. Me dijeron que sería deportada. Firma tras firma escuchaba al juez decirme que no podría regresar a los Estados Unidos por lo menos en diez años y que ni se me ocurriera intentarlo ya que esta vez habían sido muy amables conmigo, pero claro que no se repetiría.
     Fui deportada. Los primeros días, ya de regreso en Méjico, quise acudir a instituciones donde pudieran ayudarme, pero decidí mejor no intentarlo, todos conocemos como se manejan esos asuntos. Traté de pensar en una solución, la cosa es que no podía ni pensar. Imagina, ya tenía mi vida hecha allá, aquí ya no tenía nada, era como volver a nacer, pero sin que alguien cuidara de mí. Mis hermanos tienen sus propias vidas, yo acá ya no tenía nada, ni trabajo.
     Hablé con Carolina y Joshua, llegamos a la conclusión de que la única opción de regresar era casándome con Michael. ¡Claro!, cómo no se me había ocurrido, y cómo no se le había ocurrido a Michael. Las primeras veces que hablamos, su solución era que me fuera de mojada, que él me iba a recoger a la frontera en una camioneta. Obviamente le dije que estaba loco. Después de lo que había pasado. Esa misma tarde lo llamaría, me volví a ilusionar. En verdad, cómo no se nos había ocurrido, pero ya estaba todo solucionado, Michael vendría a Méjico y nos casaríamos. 

     Yo creo que cuando colgué el teléfono es que me enfermé de depresión. Nunca me había sentido de esa forma, ni aquel día que estuve presa, golpeada y violada, me quería morir. Lo último que escuché decir a Michael fue: Raquel, tú sabes que entre mis planes no está el casarme. Yo soy un hombre libre.

Por: Claudio Gordillo.

domingo, 12 de marzo de 2017

El direc


… Mire profe, durante harto tiempo he tenido que aguantar las pendejadas de cierta mocosa. Pero qué otra cosa puedo hacer si soy su padre. Me está saliendo caro tanto consentimiento. Y últimamente cada vez que la veo desbordando su juventud, derrochando esas ganas de vivir y soñando con cosas absurdas, pero soñando a fin de cuentas, aún más ganas me dan de voltearle la cara de un chingadazo. Y luego usted, tan joven… Si ella supiera lo difícil que es la vida, y usted también, tendrían más cuidado en pedir lo que piden. Además, ¿sabe que voy de salida? Bueno, pues ya lo sabe. Le regalo tres minutos en lo que me acompaña y sirve que aprende algo. Mire, cuando tenía la edad que hoy tiene mi hija yo ya había llegado a la ciudad por mis propios medios, no sin antes despedirme de mi madre jurando regresar algún día con el suficiente varo como para procurarle una buena vida y siendo un hombre de bien. ¿Usted ha tenido que dejar a sus padres en la miseria para después llegar a darles vida de reyes? ¡No!, ¿o sí? Tampoco mi hija. Si desde que era niño tuve que trabajar. No es sencillo llegar a ser director. En el pueblo le ayudaba a mi abuelo con sus tierras, éramos productores de café. Aún recuerdo las chingas que me daba cargando costales enteros de granos bajándolos por la sierra. ¿A poco usted ha cargado costales? Pues no, verdad… Todo se perdió cuando agarraron más fuerza los alemanes en nuestras fincas y el gobierno una vez más se puso de su lado. Ya no era redituable todo el proceso del café y el pueblo entero se volvió la mano que sólo recolectaba los granos para unos pinches güeros. Hasta muertos hubo. Al abuelo no se lo chingó una bala por la espalda pero sí se lo chingó la tristeza.  El gobierno es culero, usted y yo lo sabemos, y bien que lo sabe esa cabrona… ¡Lety! Si me hablan del ayuntamiento les dice que ya voy para allá. Continuemos, profe. Cuando llegué aquí la cosa no fue tan fácil, pero no me puedo quejar. Un tío segundo me daba asilo mientras encontraba trabajo y cuando empezó a tratarme de su criado, mire: así, así lo mandé a la chingada. ¿Pues qué pasó? ¡Ah! pero ahora mi tío no tiene de qué quejarse, su hijo entró bien apalancado al sistema siendo un pendejo. Si también sé pagar favores, tome nota… Y aquí comencé lavando carros ¡eh!, desde abajo como debe de ser. Poco después entré como ayudante en un despacho contable haciendo mandados, sacando copias y haciendo la limpieza. Ahí decidí superarme y terminé la secundaria abierta. Ya con la escuela un conocido me metió al sistema, pero no fue de a gratis, un año entero me tardé en pagarle el favorcito. Porque así es esto y así seguirá siendo. ¿Sus pinches sueños pendejos qué? Los de mi hija y los suyos… ¡Apúrele maestro, porque lo dejo, eh! Camina como si estuviera lisiado. Y bueno, le digo, entré al sistema lavando baños y ya sabe cómo los dejan los pinches alumnos ¿no? Pues yo lavaba la caca seca que se queda pegada en la taza. Usted nunca ha lavado baños ni mi hija tampoco. En el mismo sistema terminé mi carrera técnica y un maestro en aquel entonces me echó la mano con el bachillerato en un examen único. Años después, al enterarse hasta dónde había llegado yo, ese maestro vino también a cobrarme el apoyo, y ahora pregúnteme a dónde lo mandé igualmente bien acobijado, directito a la secretaría del estado. Total, acabé la carrera como contador estudiando por las noches y, ándele, en cuanto se pudo le pedí apoyo al líder sindical. Ya sabe, si me acomodaba como bibliotecario de la escuela luego le tocaba su mochada. Y así, siempre apoyando en todo, cualquier cosa sí, ya muy bien lo sabe usted, aquí en el sistema no se puede decir que no si uno quiere conservar el trabajo, y más si se quiere sobresalir, triunfar. Pues míreme a mí…  ¡Cuidado, profe, levante bien los pies! Ya se me anda cayendo ¿Así como camina da clases?... Bien, pues al poco rato ya era jefe de proyecto y ahí empezó lo duro: las reuniones con los jefes, los padres de familia, las idas y las vueltas y ustedes los maestros que cómo chingan, cabrones. Ahí vi cómo estaba la cosa, o trabajaba para la escuela o para mí, y como yo no me había chingado tanto para andar de pendejo pues ya va viendo para quién trabajo. Después llegó la política y con eso mi cargo como director, en eso sí soy un cabrón, más en lo primero. Y ustedes me conocen y saben lo que hago, y eso es parte de mi éxito, ¿o no, profe? Para qué andarme a medias tintas. Además ya saben que las escuelas y la política van de la mano, y más en temporada de elecciones, ahí si no se dice que no. Porque si aquí usted me niega algo yo lo corro y ya. Pero a ver, dígale que no al señor gobernador o al líder de campaña, ahí si no se andan con pendejadas y más después de haberse enterado uno de tantas cosas, ahí dice uno que no y sí me lo truenan. Y mi hijita saliendo con sus chingaderas, yéndose a las marchas, publicando mamada y media en internet, yo no sé en qué pensaba cuando acepté que estudiara para maestra. Que la educación esto, que la educación lo otro, que las escuelas libres, que el sistema Montessori mis huevos. Si bien que sabe lo que hago, nada más que se hace pendeja. Anda en carro del año la cabrona, nada más porque se fue a C.U., si no hasta en escuela de paga iría, y no cualquier pinche escuelita. Si ya ha visto mi bodega llena de productos de campaña y ahora me sale con que si apoyo al PRI la voy a perder para siempre… ¡ay! Y luego usted. Tampoco me haga esa cara porque sabe muy bien de qué le hablo. Ahora también me sale con sus disque estrategias de aprendizaje. Si aquí no se trata de ver quién aprende a la buena, aquí se trata de hacer lo que les mandan y ya. ¡A ver, poli, vaya abriéndome la puerta! Pues bien, maestro, aquí no estoy para recibir propuestas, aquí yo estoy para mandar, yo ya lavé caca, ahora les toca a otros lavarla si quieren llegar hasta donde estoy. Al final de cuentas, con esto respondo a su petición: a mi hija no la puedo mandar a la chingada pero a usted sí se me va rapidito con ese pasito de mongolito con el que camina. Así que se me comporta bien o ya sabe. Además le falta más apoyar al plantel, ¡eh!, tómelo en cuenta si quiere horas para el siguiente semestre… Pues estos maestritos, tan jóvenes, tan huevones… tan pendejos.

Por Luis Antonio Nuñez


miércoles, 8 de marzo de 2017

Los tacos de Luis

El humo mana de todas esas planchas enroscándose en todos los cuerpos que pasan, se impregnan en el cabello y ropa. Estaciono mi mustang en un centro comercial y camino hacia los puestos de tacos. Lo bueno es que es lunes y Luis no tiene gente. El olor a puerco frito me hace salivar. Ya puedo sentir los trozos de carne y salsa en mi boca, realmente extrañaba ese sabor. Entre todos los puestos, el de Luis se identifica por tener un único foco amarillo que se columpia levemente y apenas ilumina el delantal de mi amigo con manchas de aceite. Así lo recuerdo, no ha cambiado nada en este lugar.
Luis se seca el sudor de su frente, sonríe. Me pregunta por qué no había ido en tanto tiempo, que si acaso ya había cambiado de taquero. Invito a Luis a comer conmigo, le digo que prepare tres al pastor para él, y para mí otros tres y cuatro de chuleta. De los pocos amigos que tengo Luis se ha ganado mi confianza, antes venía entre tres o cuatro veces por semana, en algunas ocasiones yo traía cerveza. Le cuento lo que pasó con Cynthia Pérez.
Conocí a Cynthia justo en esta calle dentro de toda esa bulla y gritos: ¡Fin del trato cruel de los animales! ¡No a la comida muerta! ¡Amas a unos y te comes a otros! Algunas personas estaban semidesnudas cubiertas de pintura roja dentro de una jaula gritando las consignas. Pérez arrojó pintura roja a uno de los taqueros. El taquero empezó a insultar y los apuntó con su cuchillo. Don Julio me preguntó si quería mis tacos surtidos o solo la pancita, en ese momento Cinthya pasaba a mi lado, me miró y arrugó la frente, para impresionarla le contesté a Don Julio: ¡Yo sólo como carne de soya, bestia sanguinaria! Sabía que era el fin de visitar a Don Julio, pero valía la pena. Cinthya tenía un gran busto y de sus glúteos ni hablar. Ella me aplaudió y sus hoyuelos se hundieron más cuando sonrió, me preguntó si venía a la manifestación, le dije que sí.
Después de la manifestación la invité a un bar que estaba a unas cuantas cuadras, se rascó la barbilla y pasados ya unos segundos respondió que tenía prisa, le dije que le daba el aventón, ella me dijo que sí con la cabeza. Cuando llegamos al carro, ella acarició el cofre. Me preguntó si era mío o de mis padres, le contesté que era mío. Cinthya Pérez metió las manos en sus bolsillos y me dijo que acepta ir al bar solo por unos minutos. Esa noche terminamos en mi cama. Ella era muy buena haciendo el blow job.
Luis le pone salsa a su último taco y me pregunta qué es eso del blow job. Yo acerco y alejo mi puño cerca de mi boca, mientras mi lengua empuja mi cachete. Luis suelta una carcajada.
            Continué contándole a Luis el origen de mi propio matadero. Al principio me gustaba ver a Cinthya, agraciada, tumbada en la cama bocabajo, sus pecas invadían desde su nuca hasta los glúteos. Cuando me daba la espalda para abrazarla, su cabello despedía olor a coco en todo mi rostro. Me encantaba su congruencia con todo el asunto de la carne y los derechos de los animales. Tuve que mover el refrigerador de carne al tercer piso para que Pérez no sospechara nada. En las noches cuando se iba, sacaba del refrigerador unos filetes, mis manos temblaban y echaba unos trozos en mi boca, sentía la sangre recorrer mis muelas, ni siquiera hacía falta cocinarlos.
Cuando Cinthya empezó a vivir conmigo, pasaba semanas sin que fuese al tercer piso y sin comer de verdad. Comíamos cosas como ensaladas, hamburguesas sin carne, tacos al pastor con lentejas. Le pregunto a Julio: ¿Qué hamburguesa y tacos se pueden considerar como tales sin carne? Julio solo alza los hombros y se para a girar el trompo de pastor. Le sigo comentando que a partir de ese momento ya no soportaba a Cinthya, sus comidas empezaban a hacerme mal y ya ni siquiera podía escaparme a comer unos tacos. Incluso varias veces en la semana llevaba a Cinthya a comprar al supermercado los caros productos veganos que pudiese encontrar.
            Le cuento a Julio que ayer en la noche, al abrir la puerta del departamento, sentí un olor a podrido. Pérez apretó su pequeña nariz con la mano, la convencí de que eran las tuberías. Enseguida subí al tercer piso, el refrigerador estaba en medio de un charco de agua con sangre, había moscas volando alrededor, y cucarachas flotando en el agua moviendo sus antenitas. Sentí mi pecho contraerse, apreté mis puños y golpeé la pared. Lo había perdido todo. Cerré la puerta con llave y bajé. Mi novia estaba mirando el televisor, pasaban unas noticias de un gran incendio en el Amazonas de Brasil para cultivar grandes hectáreas de grano de soya y cebada. Cinthya me indicó que me sentara a su lado, que me había hecho tofu con espinacas. Traté de tranquilizarme. Ella me tomó del rostro y empezó a besarme, metió su mano debajo de mi pantalón, de repente se detuvo, la miré y ella estaba viendo fijamente hacia el piso. Su rostro enrojeció, tomó su zapato y se escuchó un crujido, era una cucaracha, las alas y antenas del pequeño insecto quedaron en una mancha verdosa. Cinthya empezó a besarme de nuevo pero yo la empujé, solo pude decirle que ya no soportaba más la relación, que me parecía una persona infantil e incongruente.
Estallo de coraje y le digo a Julio que yo puedo sacrificarme por el amor y aguantarme las ganas de comer carne, pero no puedo soportar las incongruencias. Le pregunto a Julio qué opina, él solo se echa unas carcajadas, me dice que revalore, que eso del blow job no te lo hace cualquiera. Después me convence de comerme dos tacos más al pastor y de traer las chelas. Quizás toda esta semana venga a comer tacos, y la otra llame a Cinthya.




Por: Viviana Genoveva Caamal Estrella.

martes, 7 de marzo de 2017

Modelo



Menelik abrió los ojos de prisa. Se notó inmóvil flotando en medio de su casa. Una poderosa luz entró por la pared. Desconcertado, percibió un ruido de frecuencias elevadas y de bajo decibeles. Sólo podía ver las láminas de techo golpear una contra otra. Polvo de mercurio bailaba en el aire con la tierra estéril del suelo, bailaban suave y preciso. Ese polvo le abrazaba. Se metía en él a cada respiro. Lo sentía pasar por su esófago. Cerró los ojos. Su cuerpo se elevaba. La luz penetró sus párpados. El techo se desprendía. El ruido no se iba y se acercaba. Intentó resistir. Su cerebro no pudo con los estímulos. Un metal a la temperatura del Ártico golpeó su nuca. Perdió el conocimiento.
Se sintió caer sobre un ligero material relleno de aire, éste se adaptaba a la delgada figura de su cuerpo. Fingió dormir. Giró unos grados los ojos. El blanco aún le cegaba. Sus pupilas se ajustaron. No había nadie cerca. Estaba casi paralizado. Sólo podía mover el cuello y la cabeza. Vio a su alrededor. Discretas sombras grises definían las figuras que nunca antes había visto. Figuras simétricas en todos lados. La puerta de la izquierda se abrió. Entró un ser que no se parecía a ningún otro que conociera. Los huesos le resaltaban de su transparente piel azulada, caminaba con los brazos y tenía un ojo en medio del dorso. Se dirigió hacia él. Lo miró por segundos. Luego escuchó una voz en su cabeza. No entendía, pero las palabras fluían. De pronto entendió un saludo en inglés, después el mismo saludo en portugués, en italiano. Menelik respondió en inglés. Ambos charlaron por un tiempo. El ser no tenía nombre ni forma de identificarse. Le confesó venir del otro lado de la Vía Láctea. No venía para saber cómo era el cuerpo de los Africanos ni para conquistar el planeta. Salieron del cuarto blanco. Al pasar la puerta todo era diferente. Las paredes de los pasillos eran grises y opacas.  Llegaron a una ventana. Podía verse el interior de un agujero de gusano de tono violeta.
Menelik respondía a toda clase de preguntas. Si no sabía qué responder improvisaba.  Se veían destellos de luz azul. Las preguntas se enfocaban a la manera de sobrevivir en África. La nave atravesaba un humo naranja. Con pena explicaba el canibalismo de su pueblo. El violeta del gusano cambiaba por un tono esmeralda. El ser ahora respondía. En medio del esmeralda salían destellos eléctricos amarillos. A su planeta se le habían terminado los recursos de nitrógeno, su sociedad estaba buscando el modo de solucionarlo. La conquista no era una opción. Salían del gusano. Menelik preguntaba por qué a él y para qué. Se veía un ojo hecho de nubes cósmicas. Él era víctima de la corrupción de sus gobernantes. Iban más rápido. Su familia había muerto de hambre. Toda luz afuera de la ventana se volvía blanca. Podía sobrevivir hambrunas. Frenaron lentamente. Su cuerpo sería modelo para ser replicado. ¡Qué bello planeta! Dijo Menelik. Por encima se veían dos estrellas, tan diferentes que parecían el sol y la luna. Se acercaban a ese pequeño planeta café.
La arena seca y brillosa le recordaba el Sahara. Entre las dunas, contrastaban unas estructuras grises en forma de esfera. Los soles se reflejaban en sus superficies cóncavas. Viajaban en una tabla flotante. Bajando la duna, el ser le confesaba que esta era la última ciudad del planeta. Apenas quedaban tres mil habitantes. La ciudad desierta no tenía vida, toda actividad pasaba al interior de las bolas que flotaban a centímetros de la superficie. Al fondo resaltaba una esfera que podía tapar uno de los soles.
Traspasaron la pared líquida de la esfera. Una multitud les esperaba en silencio. Al centro una cama con manos y agujas en la cabecera. Menelik se recostó. Un brazo le abrió la boca mientras otro entraba lentamente. Los brazos de la cama le sujetaban. Intentó gritar, moverse, pero no pudo. Cerró la garganta en vano. El brazo llegó a su estómago. Le relleno de sustancias. No podía más. Cerró los ojos.
Lo despertaron los ruidos de la multitud enaltecida. Sentía una fuerte opresión en el estómago. Volteó hacía abajo. No tenía piernas. Veía los colores muy nítidos y distorsionados, pero su panorámica había desaparecido, sólo podía ver al frente. Su mirada se ajustó. Los seres habían cambiado su forma. Ahora tenían piernas, brazos, piel negra, dientes, dos ojos, vestían trapos sucios.

Por José Alberto Márquez










domingo, 5 de marzo de 2017

El hada de los dientes



Nunca faltaban los viejitos fitness dándole vueltas al lugar, una que otra señora paseando algún perro diminuto y las parejas enamoradas. Oh sí, ésa era la razón por la que Ernesto se encontraba ahí a esa hora, soportando a los mosquitos y acostado boca abajo en una banca. Se hubiera sentado, pero después de clases el dolor ya se había vuelto insoportable. Ayer en casa lo habían castigado. Los árboles le tapaban un poco la vista, sólo un poco, ya que no había tantos como uno supondría de ese lugar. Pero sí hay bancas, caminos con grava roja y a lo lejos se podía ver los juegos para niños. Más allá se escuchaba el pasar de los carros y los claxonazos. La iluminación del lugar era pobre, una lámpara aquí, otra hasta allá. Esto ocasionaba zonas realmente oscuras, casi negras, como el cielo a esa hora. Había encontrado un buen lugar para descansar, la banca se encontraba poco iluminada y los policías no solían hacer su recorrido por ese tramo. Recordaba cuando era niño, cuando hacía mucho calor y se metía en alguna de las fuentes del lugar.  En ese entonces su mamá vendía dulces en el paradero cercano y lo miraba chapotear de vez en vez. Sonrió. Ahora recreaba otro tipo de memorias, las cuales no podía mencionarle a su mamá: memorias de cómo en cuanto anochecía las parejas se salían de los caminos y se internaban entre los árboles. Para Ernesto era porno gratis y en vivo. A sus 16 años qué más podía pedir. No supo en qué momento habían empezado, pero escuchó gemidos no muy lejos de donde estaba. Se emocionó y caminó de puntitas, con cuidado de no pisar hojas secas o ramas. Atrás de un árbol enorme pudo ver los zapatos negros de un hombre con traje gris, estaba boca arriba y una mujer blanca, rubia y muy delgada, estaba encima de su cabeza.  No era una escena realmente excitante, la mujer no se movía y el señor ni siquiera la tocaba. Podría estar dormido en el aquellito de la chava y ella ni en cuenta, pensó. Era tan extraño que se acercó para ver de qué diablos se trataba, no era la escena de sexo explícito que esperaba. La mujer estaba desnuda de la cintura para abajo y tenía rasguños en los muslos. Ernesto escuchó entre las piernas de la mujer un leve gemido y algo que sonaba como el chasquido de los dientes al comer. Era rítmico, el señor gemía y se escuchaba ese ruido. ¿Así se hace el sexo oral a una mujer?, se preguntó. El señor se estremeció e intentó quitarse a la mujer de encima, rasguñaba los muslos de ella y pataleaba. La mujer abrió más las piernas y la cara del hombre se hundió un poco. Gritó y también Ernesto.  La mujer volteó a verlo, era hermosa. En una sonrisa le mostro una hilera de dientes blancos y perfectos, parecía sacada de un comercial. Empezó a abrir más y más la boca como si le fuera a decir algo divertido, pero en lugar de eso se asomaron dos, tres, cuatro hileras de dientes puntiagudos. Ernesto dio media vuelta y corrió hacia el camino, quería salir de ahí. Sintió el peso de algo sobre su pierna izquierda y cayó al piso. El dolor de las piedritas encajadas en su cara no se comparaba con el dolor que ahora sentía en la pantorrilla, volteó y vio a la mujer sentada con las piernas abiertas sobre de su pierna, sonriéndole. Sabía que algo horrible le iba a pasar, como al hombre detrás del árbol, así que giró su cuerpo y la pateó tan fuerte como pudo. Ella perdió el equilibrio y cayó al suelo con las piernas abiertas. Entre las piernas de la mujer no se encontraba una vulva o unos labios, sino una cueva de dientes que chocaban entre sí, mordiendo el aire. El miedo hizo que Ernesto se sintiera liviano y hueco, como si todos sus órganos se hubieran ido de él corriendo juntitos a la chingada. Imitando a sus órganos imaginarios se incorporó como pudo y corrió. No sentía dolor. Veía pasar los bancos, los árboles y los juegos. Rebasó a una pareja que corría. Sentía su respiración y el bombeo de su sangre en sus oídos mientras subía las escaleras que lo llevarían al nivel de la avenida. Detrás de él, el chasquido rítmico se escuchaba ya muy lejano. El pasto fue reemplazado por el piso de loseta roja tan característica de la zona. Por instantes, mantenía la misma velocidad que los carros, después éstos ganaban potencia y lo dejaban atrás. No era una carrera justa, pero prefería perder contra ellos que perder contra esos dientes blancos. Cruzó la avenida, recibió pitidos y mentadas de madre. No importaba. Si tan solo supieran lo que le había pasado, hasta le habrían ofrecido un aventón.  A lo lejos pudo ver a un grupo nutrido de personas reunidas alrededor de unas luces improvisadas en la calle, como si se tratara de un pequeño batallón, su madre lideraba a sus soldados repartiéndoles sus armas con seriedad y rapidez. Dos quesadillas aquí, cuatro gorditas allá. Los soldados se iban satisfechos, agradeciéndole a la teniente su velocidad y devolviéndole el favor con unas monedas para la batalla de mañana.  Cuando su mamá lo vio, ella no pudo evitar dejar su puesto y dirigirse a su hijo. Ernesto era moreno, pero en ese momento estaba tan pálido como la masa de las tortillas. Él mintió y le dijo que habían intentado asaltarlo. Ella le acomodó un lugar cerca del comal y de la tele para que se distrajera un poco. Ya casi terminaban por el día de hoy y no faltaba mucho para que Arturo, el esposo de su mamá, pasara por ellos. Ernesto no supo en qué momento se fue la gente, seguía sintiéndose extraño, demasiado ligero. La pantorrilla no le dolía, pero ahora le picaba el ano. Así tal cual: tenía unas ganas enormes de rascarse y no podía esperar a llegar a casa para hacerlo.
Arturo estaba en la esquina esperándolos cuando la madre de Ernesto lo zarandeó para que la ayudara a mover las cosas a la camioneta. ¿Cuánto tiempo había pasado? Se preguntó. De repente estaba metiendo tubos a la camioneta cuando parpadeó y se encontraba en el asiento delantero mirando por la ventana. Parpadeó de nuevo y se encontraba a la orilla de su cama, ya sin el uniforme de la escuela. No supo cuándo se quedó dormido. Al día siguiente, en clases, la picazón había vuelto y con fuerza. Para poder aguantarse las ganas de rascarse, se balanceaba entre una nalga y la otra. Por fin, a la hora del receso se quedó escondido en el baño y, con bolitas de papel mojadas, intentó refrescar su ano. Esto le servía de muy poco, así que se checó. Con miedo, sintió que tenía unos granos duros alrededor. Algunos se sentían filosos, mientras que otros todavía se encontraban debajo de su piel. Salió y pidió a unas amigas suyas un espejo de mano. Regresó al baño y se inspeccionó con más atención. Los granos filosos eran blancos y duros al tacto. Intentó sacarse uno pero le dolió, esa cosa era parte de él. Salió y, sin importarle nada, saltó la barda de la escuela. Escuchó los gritos de asombro y risas de sus compañeros del otro lado. De nuevo, la sensación de ligereza lo acompañaba. Cuando cayó al piso no sintió absolutamente nada.

En casa estaba dispuesto a encontrar unas pinzas e intentar quitarse esas cosas del culo, cuando se dio cuenta de que no estaba solo. Se sintió débil y sus piernas se doblaron mientras Arturo salía de su cuarto con una cerveza en la mano. ¿Cómo pudo olvidarlo?, Arturo ya no trabajaba y se quedaba ahí hasta que tuviera que recoger a su mamá.  Hace unos años, cargaba costales para ganarse la vida y se notaba en su cuerpo: tenía los brazos gruesos y las piernas anchas; podía sujetarte y no salías de sus brazos hasta que él quisiera. Ernesto bien que lo sabía. El chico no tuvo tiempo de reaccionar, sintió el cuerpo de Arturo encima de su espalda. ¿Qué chingada madre haces aquí tan temprano?, le preguntó mientras le jaloneaba los pantalones.  Olía a alcohol y solvente. Ernesto tembló y sintió como le separaba las nalgas. Luego, el dolor punzante ya tan conocido. Su cuerpo se puso duro. Esta vez fue diferente, Arturo gruñó e intentó separarse de él, pero no podía. Ernesto lo comprendió, recordó a la mujer y a sus dientes; así que apretó tan duro como pudo y escuchó a Arturo gritar. Masticaba el pito. Apretó con más fuerza, y más, y cada vez más, hasta que todo a su alrededor se fue oscureciendo. Parpadeó y vio a Arturo tirado en el suelo.

Por Karina E. Perez 

domingo, 26 de febrero de 2017

Gargajos humanos



Chingada madre, mi frente está sudada, va a descubrir que estoy nervioso. Tranquilo, carnal, tú le das lo que quiere y ya. Se acabó, seguimos la ruta. Me repito esto en el espejo, pero ahí viene este cabrón. Ojalá que el sudor de mis manos no moje la sor Juana. Por pasarme un pinche rojo ahora tengo que entregar este verde. A este puerco. Lo veo chiquito por mi espejo retrovisor. Chiquito, como en verdad es. Un sándwich de licencia, permiso y un billete de 200. Para usted, puerco policía. Trágate mi dinero. De todos modos ya se lo traga el pinche gobierno y la puta de mi esposa. Ya se lo traga Don Eladio el de la tiendita cuando voy a comprar caguamas. ¿Está bien, oficial? Gracias. No, ya valió. Regresa con su compañero.  Seguro checará cuánto más pueden sacarme. Es Periférico, cabrón, por aquí pasan Cadillacs, Audis, en una ocasión vi dos Lamborghinis en el mismo día. Les puedes sacar más dinero del que me puedes sacar a mí. Me dan asco. Preparo uno en la boca, siento flema. Mejor. Ojalá este gargajo golpeara tu cara. Tendré que conformarme con el piso. Ahí viene el puerco. No tengo más. Está bien, tome. Treinta varos. No, por favor. Mire, le doy un cigarrito. Gracias. Gruñe el camión y seguimos la tercera vuelta del día. Y apenas son las cuatro. Ahora el volante está mojado.
Cuando los camiones de la ruta regresan a la base a media noche el guardia cierra la cuna con candado y los choferes nos bajamos el pantalón y empinamos las nalgas. Ahora toca que nos la meta el transporte público. Dejamos de ser choferes para volvernos usuarios. A esa hora ya no tengo ganas de pelear. Esos compañeros que cuentan cómo llegan y buscan pretextos para madrearse a sus esposas, son una envidia. Yo cuando llego a mi casa llego cansado. Hecho mierda. Lo único que se me antoja es una mamada de la Gladis. Si me casé con esa mujer es por cómo me chupaba la verga cuando éramos chavitos. Sus labios, su movimiento de cabeza, todo. Todo lo que hace con esa boca es un regalo de mi madrecita, que descansa en el cielo, por todas las veces en que la ayudaba a cargar a mi jefe cuando lo regresaban borracho sus compadres. El doctor dijo: “Coma etílico” y no despertó.  Murió como vivió. Después de esta noticia, mi mamá comenzó a cantar en las mañanas. Antes de eso aguantó los madrazos de mi jefe, sus celos, sus infidelidades. Quizá hizo un trato con San Pedro para que me mandaran a la Gladis. Ojalá me la mamara con aquella cotidianidad. Ahora apenas y me pide que levante las patas cuando barre. Es como si fuera ese gargajo que terminó en el piso. Espera a que las burbujas de mi existencia revienten para que yo pueda desaparecer. Pasa por mi costado y ni una sonricita. Ella vive y yo me seco en el piso de la vida.
Llego a mi casa y otra vez Gladis no está. Karla, nuestra hija, me recibe con la noticia de que otra vez está con la gente de la parroquia. A mí se me hace que otro pendejo está recibiendo su gloriosa mamada. Y yo aquí sentado frente a la televisión. Tengo que admitir que no me importan las noticias. A fin de cuentas es ladrón robando a ladrón. Todos los partidos son la misma mierda. Si todos aceptaran eso, no tendríamos que votar. Y podríamos quedarnos el domingo entero viendo los partidos de la liga. Todos los partidos son la misma mierda. No sé si sean todas estas botellas de chelas vacías en el piso o la ropita que usa, pero qué rica se ha puesto la Karlita. Cuando miro sus nalguitas mi verga se pone igual que cuando recuerdo los labios de Gladis. Sí, Karlita, otra chela por favor. ¿Sólo queda una? No importa, chiquita, tú tráela. Mañana le pides unas fiadas a Don Eladio. Ven, siéntate conmigo. La tela del sillón se siente bien cuando imagino que las nalguitas de Karlita van a reposar ahí. Soy tu padre, carajo. Pasa tiempo conmigo. ¿Qué acaso no te llevé a ver  la madre esa de la Capilla Sixtina en Revolución? ¿Acaso no tuve que hacer doble turno para comprar ese horrible vestido de quince años por el que tanto llorabas? Bueno, vete, pendeja. Ya le estás agarrando las mañas a tu madre. Un escuincle de mierda debe estar gozando de la técnica de tu madre, pero apuesto que tú has de ser mejor. Nos has visto, en nuestras rutinas y silencios. Yo creo que ya sabes con qué tipo de hombre no quieres terminar. Suertudo escuincle. Lazos sanguíneos de mierda. La pantalla de la televisión se oscurece. No, todo oscurece.
El sonido del vidrio de la puerta me despierta. Se abre y Gladis llena de luz esta pocilga. El zumbido del foco acompaña la estática de la televisión. Gladis, despiértame, gorda. Por favor, por lo menos voltea a verme. Checa que aún tenga pulso. Mira la cantidad de cervezas que he bebido. Podría estar en  un coma etílico y tú ahí quitándote las pestañas postizas y las extensiones de cabello con la paciencia de un anciano esperando a que cambie el semáforo. Descubrirás que eres libre hasta que una noche, después de muchos días, tengas la sensación de que ese bulto prieto en el sillón no se ha movido desde hace tiempo. Te has de ver muy bonita cuando descubras que ya no sigo con vida. Haré trampa en el cielo, me iré el segundo después de ver tu reacción. Quizá sean las botellas vacías o la luz de tu tocador, pero algo dentro de mí me jala hacia allá. No te hagas la desatendida, la distraída. Sé muy bien que notas mi presencia. Mi enorme panza, que se asoma entre mi camisa abierta y está a centímetros de darte un beso en esa lija que tienes por cachete. Preparo uno gordo, no hay flema pero no es problema, será el gargajo más grande que hayas visto. Si no me volteas a ver después de dispararte a la cara lo que tengo en la boca, juro no volver a pisar esta casa. Me mudo. Empiezo desde cero, renuncio al camión. Chance y termino la prepa. Karla es una culera por no reconocer el esfuerzo que tuvimos que hacer Gladis y yo para que naciera sana. Dejar el Cona. Todos nuestros amigos, las pedas, el desmadre, los salones, las entradas y salidas de clase. Pinche Karla malagradecida. Ni un besito. Ahora sí, Gladis, voltéame a ver. Sí, con esos ojos cafés que apuntas hacia mí. Ver tu rostro desde este ángulo me recuerda a cuando me la mamabas y te veía sobre mi abdomen. Carajo, ahora mi verga está recordando lo mismo. No, no mires mi pene Gladis. Mírame a mí. Ya valió. Tendré que disparar al piso otra vez. Era una obra de arte. Mi propia Capilla Sixtina. Mi Gladis ve el gargajo morir en el piso y parece que eso la excita. Sus pezones están igual que yo. Se pasa una  mano por los pechos y hacen parada en su cuello. Prepara algo dentro de su boca y se escupe en la palma. Gladis, mi amor, nunca te habías visto tan hermosa como en esta noche. Gracias por voltearme a ver, gorda.

Por: Jorge Alonso Mendoza.

jueves, 2 de febrero de 2017

Lucha de clases



La playa de Acapulco, tres y media de la tarde: la camisa blanca ya se me ve negra de las mangas. Se le nota un poquito la mancha de salsa de mango que le eché al postre en la cena, ayer por la noche. La camisa se la robé a mi papá hace ya algunos años. Recuerdo que al ojete le pedí unos zapatos, andaba buscando chamba y los traía agujereados:
—Papá, no seas así, ¿cómo me van a dar chamba en estas garras?
—No mames, igual hasta te la dan por eso.
Esa vez fui a una oficina cercana al metro Balderas, aún eran tiempos de hacer la búsqueda en El Aviso Oportuno del Universal: «Apóyeme contestando teléfonos». Bueno, sé contestar teléfonos, pensé. Al llegar, de inmediato supe que era una farsa. Me dijeron que esperara sentado en unas sillas junto a unos tipos que se veían hasta más jodidos que yo. Nos pasaron a un pequeño auditorio donde un chaparro percudido de la cara, trajeado con un saco que le quedaba enorme, nos dijo que ahí íbamos a ganar lo que quisiéramos (umta madre). Dotado de un léxico digno de niños de secundaria nos explicó el modelo piramidal del negocio. Ya saben: nunca sabes qué venden, pero el caso es que tienes que conseguir más vendedores que le entren al principio con una parte, chale. Terminó la "cátedra" y después nos pasó una hoja donde venían una serie de preguntas como: ¿es usted temeroso de Dios?
Uno se queda hasta el último en esas pláticas por dos razones: la primera es que no tienes nada más que hacer; la segunda, porque en tu desesperación esperas que tenga algo de cierto. 
Al terminar la explicación nos mandaron de nuevo a la salita de espera, dijeron que en un momento nos iba a llamar el reclutador para mencionar si nos quedábamos. Había dos televisiones con MTV proyectando una serie de mujeres buenotas y musculosos en la playa que, aunque se ven de treinta, en la serie dicen tener dieciséis. 
—¡Olegario González!
—Presente, ¡voy!
—Olegario, muchas felicidades, «fuistes acectado».
Hijo de tu puta madre (pensé). Ah, este, gracias.
—¿Qué, no estás alegre por ser seleccionado? Se lo podemos dar a alguien más.
—No, sí me alegra, gracias. (Vete a la verga).
—Preséntate mañana con estos papeles. 
Pensar que encontré la pinche chamba que tengo ahora, después de haber ido a tantas «ofertas» de empleo como aquella experiencia afuera del metro Balderas. Y lo peor es que esto no fue lo mejor que encontré, fue lo único que encontré. Diez años en este mugre archivo. 
Es común que, en la oficina, esta camisa blanca la combine con una corbata amarilla. Al menos ya me puedo comprar mis zapatos. 
Me arremangué el pantalón oscuro de vestir para que no se me llenara de arena y me diera el aire en las pantorrillas, mojarme los pies como las abuelitas. 
Nos trajeron ayer por la mañana desde la San Miguel Chapultepec. La empresa decidió que era justo traer a la bola de empleados a la playa por ser fin de año. Los odio por culeros -a la empresa y a mis compañeros-, mira que darle un reconocimiento al inválido del área de nóminas, ¡nomás por ser inválido! Yo en su lugar les diría que se fueran mucho a la mierda. El inválido es de los pocos que no detesto, a media noche yacía sobre su silla con su rostro colgando, ultra pedo, vomitaba sus piernas como diciendo: “Mírenme ojetes, también estoy vivo”.
Después de dar los diplomas a los desgraciados que tenemos aquí más de cinco años, el gordo y calvo director de la empresa pronunció su eterno discurso: «Jóvenes, este año que entra nos esperan nuevos retos como empresa, todos somos un equipo, tenemos que tener unidad». Ja, el jodido pelón que ni te voltea a ver cuando te lo encuentras en el baño. Si tuviera huevos le diría a este cabrón que se metiera su empresa por el culo y me largaba, aunque la verdad, me faltaba conocer el mar. 

 Por Claudio Gordillo 


martes, 31 de enero de 2017

El siguiente fin de semana



Ricardo intentaba retirar el agua de su cara con una mano mientras con la otra sujetaba el celular. Había tomado una ducha rápida. Sabía que se le hacía tarde pero aún tenía tiempo. Sin tráfico, haría una hora de camino al restaurante acordado por su probable nueva jefa. Venia envuelto en una toalla que apenas cubría la parte baja de su cuerpo provocando presión en sus piernas, forzándolo a dar pequeños pasos rumbo al espejo de su cuarto. Mientras, fugazmente recordaba su bata de baño que hacía ya mucho se encontraba en el cesto de la ropa sucia, o en alguna parte de su departamento junto con las otras toallas, algunos de sus calcetines, la mayoría de su ropa interior y su promesa de ir a la lavandería, ahora sí, el fin de semana siguiente.   
Vio su rostro frente al espejo, notó que las ojeras debajo de sus ojos habían crecido más en los últimos días y su descubrimiento estaba por cortarle esa sonrisa con la que se había armado al despertar: de inmediato sintió ese vacío en el pecho y una delgada capa de frío cubrir su cuerpo semidesnudo y aún húmedo. ¡No!, gritó hacia sus adentros mientras contrarrestaba aquella sensación ya tan familiar para él con un pensamiento proyectado a un futuro inmediato: Este desayuno cambiará mi vida, estoy seguro. Cerró los ojos, apretó la mandíbula y llenó hasta el tope sus pulmones, aguantó la respiración y con fuerza exhaló pasadas frustraciones queriendo desgranarse a sí mismo en aquel aliento. Casi lo logró, pero tenía que abrir los ojos y hacer una llamada. Se hacía más tarde.
―¿Bueno? Madre, te llamo de rapidito. ¿Te acuerdas del posible aumento que te había contado? Sí ése, ese mero...  Pues ya voy para la entrevista…  ¿Tarde? Sí, un poco, pero sí llego, no te preocupes; cómo no llegar si es lo que he estado esperando. Ya era hora de que valoraran mi trabajo…  ¿Mis medicamentos? No siento que hoy los necesite. De verdad...  No te engañes ―susurró una voz que a golpe de grito silenció―: ¡Que no! No los necesito. Y no quiero discutir eso, siempre que te llamo es lo mismo, te doy una buena noticia y vuelves a recordarme… Discúlpate, no seas tan duro con ella ―le aconsejó la voz―. Sí madre, yo lo sé, lo siento  ―Ricardo volvió en sí, sabía que el resto de la charla no tendría más caso. Tenía que colgar, vestirse y acicalarse para la ocasión. ¿Hace mucho que no hablas con tu madre y ya vas colgar? Ricardo asintió, no podía terminar así esa llamada―. Sí mamá, ajá… ―balbuceaba apenas comprendiendo sólo algunas palabras que sonaban desde el otro lado del teléfono―. ¿Las plantas?… Sí, ya las regué ―caminó unos pasos y se acercó al clóset, con la mano derecha se aflojó la toalla dejándola caer. Se había propuesto vestirse con sólo esa mano. De reojo alcanzaba a notar su silueta en el espejo. No quiso voltear de lleno y contemplar su cuerpo desnudo, unos días antes lo había hecho y aquello terminó mal―. ¿Mi ropa?... Sí, ya se lavó, planchó y está lista… ―abrió su cajón de ropa interior esperando encontrar un par de calcetines y unos calzoncillos limpios que afortunadamente halló―. Sí, que sí, el departamento está recogido. Pulcro…  ―mientras terminaba de acomodarse el resorte en la cintura y echaba un vistazo a su alrededor, apenas podía encontrar algún espacio cómodo para apoyar sus pies en el piso. Tenía que moverse entre ropa, papeles, residuos de frutas, envases de refrescos y bolsas vacías de frituras. Eres un verdadero asco, pateaba la misma vocecilla y él ya no pudo contenerse―: -¡Cállate ya! ¡Estoy harto!... ¿eh? ¡No, madre! No te digo a ti… ¡No! ¿Cuáles voces? Ya te dije que amanecí muy bien… de verdad… créeme… sólo que ya se me hace tarde. Sí, estoy bien. Prometo hablarte el siguiente fin. ¿El siguiente fin? Lo mismo dijiste hace un mes ―mientras colgaba e intentaba conciliarse, vio la hora: cinco para las nueve. Caminó entre la basura y se sentó en la orilla de la cama, respiró profundamente en repetidas ocasiones, aguantó para no quebrarse en llanto y se puso uno a uno los calcetines.
Su mirada se había perdido en el centro del reloj que marchaba exacto en sus manecillas sobre aquel pequeño mueble, al lado de la cama, en el que se exponían bien ordenaditos los libros que le servían de compañía casi muerta; llevaban ya tiempo sin ser leídos e incluso años sin abrirse. 9:10, sí llego… y aun te da tiempo de recoger este desastre¡No! Ya tengo que irme, no iniciemos con esto… esto comenzó desde temprano, cuando pospuse el despertador con tu consentimiento.
Ricardo, de un brinco ya estaba de pie, regresó al clóset, sacó la última muda que consideró presentable y se vistió. Había esperado tanto para estar de frente con su jefa y expresarle los proyectos que venía elaborando desde hace más de cinco años y que en sus pocos momentos de verdadera creación construyó. Era, según él, la oportunidad para por fin crecer como profesionista, dejar de una vez por todas aquel basurero, alimentarse bien, aprovechar su tiempo, hacer ejercicio, salir y conocer personas productivas y sanas. Y así una vez más frente al espejo, con los ojos cerrados por el miedo de mirarse y encontrarse con alguna sorpresa, se peinó instintivamente como en otras ocasiones ya lo había hecho. Te conozco, no estamos listos aun… fue el último chillido que escuchó. Tomó aquellos nuevos botines de los cuales se había enamorado al verlos en aquella vieja zapatería del centro y que había adquirido con el único de fin calzarlos en una ocasión especial. Qué más especial que esto. Sujetó su maletín con fuerza cual si de ello dependiera su futuro (que así era) y decidió salir.
Por fin, de espaldas a la puerta de su departamento, a sólo unos pasos de las escaleras que lo sacarían por aquel gran portón rumbo a su sueños, Ricardo se tambaleó, le faltaba el aire, su cuerpo se hacía rígido y en poco tiempo su boca ya era un desierto. Agua, necesito un vaso de agua. Dio media vuelta, desesperadamente sacó sus llaves y abrió. Parecía que de un solo paso había llegado a la cocina, se sirvió un gran vaso de agua y lo bebió. En cuanto las últimas gotas fueron ingeridas volvió a llenar el vaso, sacó unas bolsas para basura de la alacena y, desposeído de sí, se dirigió a la ventana de su sala, regó aquellas plantas a punto de secarse y comenzó a recoger la porquería del lugar. Minutos después, ya cambiado con un pants deportivo no muy limpio, accionó su lavadora que ya contenía la mayoría de sus prendas sucias. Su entrevista podía esperar otro fin de semana en lo que él se sentía listo.


 Por Antonio Nuñez

domingo, 8 de enero de 2017

Azazel


 Es sencillo: los muertos y los vivos no podemos ser comparados, así como no puede compararse al individuo con sus antecesores. Yo lo conocí hace dos décadas y media, en el hotel Plaza. Él entraba con un aire descuidado, mientras divagaba con la mirada hacia todas las direcciones de la recepción. Atrás lo seguía un grupo de cuatro personas vestidas de negro, todos susurraban frases ininteligibles a la distancia que yo me encontraba. Atrás, cuatro botones arrastraban sus maletas en dirección al elevador. 

Trawler no era muy alto, tal vez un metro con setenta centímetros. Cabello hasta los hombros cubiertos por un abrigo que le llegaba debajo de las rodillas. Los cinco se apretujaron en el elevador opuesto por el que iban los botones. A través de los cristales podía verlos ascender, como un aparador de maniquíes vestidos con ropa lujosa. Sonó el reloj de la recepción indicando la una de la madrugada. Toda la noche traté de terminar la carta que mandaría al día siguiente, “Naturalmente, no podía hacer nada salvo irme”, garabateé como última frase. No era tan convincente como para que mi tío me mandara tres o cuatro mil dólares para poder quedarme un tiempo en Nueva York. Me eché en mi cama y comencé a pensar en el hombre de abrigo de zorro. Su cara me recordaba algo en específico. Yo buscaba en mi memoria concentrando la mirada en el candelabro que apuntaba sus cristales tallados hacia mi abdomen.

2

Estaba por cumplir los treinta años. No quería quedar como los demás, inhalando hasta morir o contagiado en la cama de un hospital. La mansión Trawler contaba con cuatro hectáreas. A un mes de mi estancia, me veía en el espejo inspeccionando las arrugas que se me empezaban a dibujar en la frente. Después de haber comido, los demás nadaban desnudos en la alberca. Sentía ansiedad al verlos, sobre todo al nuevo, que tenía apenas diecinueve años y una belleza latina incomparable. Revisaba con paciencia sus expresiones y estudiaba los favoritismos de Trawler por alguno de nosotros.

Con el tiempo, alrededor de tres o cuatro meses, comencé a inmiscuirme en el escritorio de la oficina de Trawler, vagaba curioso por toda la casa. Revisaba cada recóndito espacio del jardín o los atajos por pasillos escondidos detrás de paredes abatibles. Parecía que mi búsqueda no llegaba a nada hasta que una noche encontré una puerta cerca de donde estaba la alberca. Pensé que era el cuarto de máquinas, pero el angosto espacio dejaba ver escalones de concreto que no terminaban y daban vueltas hacia abajo. Llegué a un sombrío y espacioso cuarto de roca sin pulir: una pantalla de proyección dividía en dos el espacio irregular. Detrás de la pantalla haba una caja alargada de cristal. Nunca había sentido un asco inigualable. En el interior yacía un muerto, desnudo y demasiado pálido, con cicatrices de aberturas por todo el abdomen. El cuello estaba morado, casi oscuro y ahí podía verse una vena que parecía todavía tener vida. Aquel féretro estaba cerrado con  tornillos y remaches. Me quedé unos diez minutos vagando por ese cuarto y admirando la cara atrapada, con sus labios de un ligero tono rojizo. El resto de la noche me puse como loco a guardar mis objetos en la única maleta que tenía, los tenis que estaban llenos de joyas y las prendas más costosas con las que contaba. La terracería sonó y unas luces se proyectaron por un segundo en mi ventana. Tres Bentley Mulsanne se estacionaron afuera y hombres encapuchados entraron por el jardín por una lateral. Bajé las escaleras. Casi sin pisar la alfombra llegué a asomarme por una pequeña ventana en la esquina. Por fin pude ver la cara de los hombres que se descubrían las cabezas y en fila entraban por la puerta junto a la alberca. Ahora o nunca conocería la verdad, y no supe si podría con ella, guardar los secretos más grandes de Trawler, porque todos sabían que él era uno de los hombres más ricos del país y que tenía prostitutos en su casa, pero su secreto no tenía que ver con tratos con el gobierno o una investigación criminal. Después todo se hizo público, pero lo que pocos supieron,, era que ese cadáver era su experimento más valioso.

Bajé las escaleras, y me quedé en las penumbras. Los mentalistas, alrededor de ocho, estaban en círculo. El féretro reflejaba las flamas de las velas. Una voz grave comenzó a repetir una palabra que no podía descifrar, los demás la siguieron. Mi piel se erizó y sentí tristeza, total desesperanza. Era un nombre: Azazel, Azazel. Dejaron de ser gesticulaciones para ser simplemente un sonido que salía de sus bocas curveadas en una “o”. Unos minutos después, abrieron el féretro con minuciosidad y un gas al principio blanquecino se tornó verde e invadió el espacio. Los encapuchados barrieron el piso de arena con sus pies y descubrieron unas placas de hierro. Las levantaron con sus manos cubiertas con enormes guantes de metal. El resto de los hombres, usando agujas, abrieron las cicatrices con la facilidad y deslice de una bailarina. Un bip-bip inundó el ambiente, me tapé los oídos por lo agudo que se volvía entre más pasaba el tiempo. Conectaron cuatro mangueras y una llave giró hasta que un líquido se introdujo en el cuerpo. Los mentalistas, a su vez, anotaban concentrados en sus libretas.
Azazel, Azazel, hasta el día de hoy siento por ese nombre una eterna depresión que son días rojos, desesperantes. El cuerpo se hinchó unos dos centímetros a sus proporciones naturales. Las venas en los brazos comenzaron a saltar. Las pestañas se irguieron por encima de la cara y el cadáver recuperó su movilidad lenta en las extremidades y el color rosa de su nariz. Intentó arrancarse las mangueras, pero por falta de fuerza sólo se desmayó. Trawler detrás de esas llamas incandescentes, dejó brillar por debajo de su ojo derecho una diminuta lágrima. El muerto se habrá despertado cuatro veces, la cuarta fue la definitiva para volver a la vida. Ahí amarrado se quedó despierto conmigo velándolo escondido detrás de una roca. ¿Podría hablar?, no lo sabía pero decidí acercarme. Azazel tenía el cabello despeinado. Se veía que tenía frío porque temblaba y los dientes le castañeaban. Le puse mi abrigo por encima de sus atarudas. Azazel. Una bestia bella como un pájaro de las amazonas amarrado de una pata. Nunca dijo ninguna palabra, me veía con esos ojos grises. Intenté calcular su edad, podía oscilar entre los diecinueve o los veinticinco años, un rubí en el fondo de un joyero, un deseo perpetuo por un hombre que no conocía. En los entrevistas del FBI, me preguntaron si tuve relaciones sexuales con el caso 226. No, jamás hubiera cometido esa atrocidad, no que yo recuerde. Aunque su piel era suave, todo en él era onírico, incluso sus gestos asustados. 

Al salir el sol, me escabullí por el salón trasero hasta mi recámara. Quizá tomé dos o tres anestésicos y me metí a la regadera con una botella de ron, perdí el conocimiento en la tina. Por la tarde estaba en la cama envuelto en cobijas. Al abrir los ojos, los demás chicos estaban ahí con cara de susto. Trawler había preguntado todo el día por mí. Tartamudeé y salí disparado de la cama. ¿Está en casa?, pregunté. No está, fue por un chico nuevo al aeropuerto, me dijo alguno de ellos. Revisé por la ventana, era momento de armarse de cómplices. Cerré la puerta y corrí las cortinas. No puedo explicarlo ahora, pero hay alguien secuestrado debajo de esta mansión, dije. Se quedaron intrigados viéndose las caras. Déjate de drogar tanto, dijo alguno. Una furia invadió mis ojos. Lo jalé por las escaleras hasta llegar al jardín, los otros nos siguieron con los brazos cruzados. Bajamos por los escalones de cemento, y a la luz de día todo era distinto: en las paredes podían verse símbolos grabados con rojo carmesí. No podían ser letras. Al llegar se pusieron igual que Azazel: pálidos hasta la frente. Ahora no va a haber explicaciones, ayúdenme a buscar más sobre él. Revisamos por abajo del féretro de cristal que estaba abierto, con Azazel moviendo los ojos que nos seguían de un lado a otro. Nada, pero había un tablero con botones. Uno de los muchachos se apresuró a presionar y el bip-bip rápidamente fue remplazado por un menú que apareció en la pantalla con distintas opciones. Un apartado en específico decía: Identidad; abajo: memoria de identidad. Lo demás eran símbolos que no podíamos pronunciar. Era una lista de características físicas de Azazel, desde el nombre completo hasta el tipo sangre, y características mentales. Veinte años de edad. Fecha de defunción: veintidós de enero de 1945. Este hombre llevaba muerto más de un siglo. Todos nos quedamos sumergidos en nuestro pensamiento hasta que Azazel gesticuló un hola. Nos sorprendió, pero teníamos que dar prisa, Trawler podría llegar en cualquier momento. Azazel no volvió a hablar, lo cargué y como bella durmiente se sumergió en mis brazos dejando al aire libre su trasero. Era la tentación en carne viva. Probablemente este fue el error más conciso, tal vez producido por los restos del gas verdoso en la habitación, por la obsesión, por una felicidad y tranquilidad jamás experimentada. No pudimos liberarlo en ese momento, así que sregresamos y en el recibidor de la mansión escuchamos que Trawler había llegado y hacía sonar unas campanas. Debajo de su brazo estaba el nuevo chico con cara de entender poco de lo que sucedía. Era de Bora Bora. Trawler nos indicó que lo pusiéramos cómodo y se dirigió a su recamara. Parecía más cansado que otros días, le costaba subir las largas escaleras atestadas de blanco. Esa noche tuve relaciones sexuales con los demás, tal vez lo hicimos dos o cuatro veces. Lo hice por tener en mente a Azazel, sin ningún sentido aparente. Me carcomía la necesidad de poseerlo.

3

Todo se salió de control cuando en la pendiente principal las camionetas de color negro con los encapuchados a bordo, nos detuvieron. Con gran dificultad, habíamos podido liberar Azazel y ahora todo era en vano. Una alarma comenzó a ensordecer el aire. Por atrás de las camionetas negras, dos vehículos militares se estacionaron. Eran alrededor de ocho o nueve guardias. Comenzaron a rastrearnos por la mansión. A los cuatro, junto a Azazel, nos llevaron al interior. Lo jodimos muy duro y lo sabíamos. Éramos objetos, golfas andantes vestidos de seda y no éramos nada para la sociedad.

Los cuatro sabíamos, por el delirio que habíamos sufrido después de los electrochoques que nos descargaron, que íbamos a guardar sus secretos sólo si moríamos. Una bofetada con el torso de la mano hizo girar mi cara y lo vi. Azazel estaba de nuevo amarrado en el féretro de cristal, dormía profundamente, pero su piel volvía a perder color.

Tú, Monroe, me agarró Trawler por el cuello y me lanzó al piso. Mi muchacho del hotel Plaza, con su deficiente educación, al que alguien le dijo que podía vivir de su cuerpo. Continuó: pero eres listo y por tu gran esfuerzo te diré por qué un provinciano e ignorante como tú puede ser mi chico favorito. Lo que necesito es tu corazón, concluyó para proseguir en un tono sarcástico. Oh, vamos, no te pongas a llorar, no lo hiciste cuando te cogí cuatro veces el día que te conocí. A los otros tres los sujetaron en el piso y les conectaron cables que provenían de las placas de hierro. Era la sangre lo que corría y poco a poco sus cuerpos se abandonaron a la muerte. La operación comenzó, una incisión con agujas que apenas dolían sacaron mi corazón latiendo. No sentía nada. Procedieron a hacer lo mismo con Azazel y juntaron nuestros corazones en una perfecta silueta curveada. Latían, pero el de Azazel era menos rápido y tenía un color morado que oscurecía como su cuello. Lo último que pudieron descifrar mis oídos fue a Trawler pidiendo que apresuraran el proceso. En ese momento que me sentí tan cerca de desaparecer, un pensamiento aprisionó mis ideas: Mi corazón tenía algo de especial. Mis ojos se abrieron en un espasmo de dolor cuando juntaron nuestros cuerpos, en la pantalla podía ver una grabación de Azazel junto a Trawler en alguna fiesta al aire libre. Era una verdad que Azazel y yo teníamos un físico parecido, pero sin duda yo no era el original. Se suponía que un producto nuevo y vivo podía reemplazar a uno muerto, así es la vida; pero cuando un muerto se construye en la memoria como algo, aparentemente irremplazable, los humanos dejamos de ser productos para ser símbolos. En la pantalla Azazel en los hombros de Trawler, iban por la orilla de playa. Trawler nos había traído aquí para servir, como antílopes colgados en las paredes, que en vez de sus grandes ojos absortos, exhibíamos nuestros cuerpos a su merced. En la pantalla, Azazel con voz grave llamaba a Trawler para que le diera un beso, casi una súplica. Si yo le suplicará a Trawler y le dijera que yo puedo reemplazar a su amante, sería una mentira. Era ya tarde para intentar compararme con el muerto, ni renaciendo podría contar con esa voz, el acento perfecto, la cara tan blanca a tal punto de volverse transparente. Su voz me hacía recordar que aún muerto estaba por encima de mí. En la pantalla, Azazel con ojeras acostado en la cama de Trawler, los dos sostenían copas de cristal en un murmullo de poca alegría deseándose un feliz año nuevo.

Era claro algo, yo no quería vivir a costa de esto ni que Azazel viviera como un caso científico paranormal, recluido en una estúpida mansión como animal de zoológico. Ésta era la forma de amar de Trawler, a los vivos como animales moribundos.

La pantalla proyectó una barra que se llenaba de verde indicando el cien por ciento. Los mentalistas, en silencio se quedaron tras sus velas. Trawler dejó ver algo de llanto. Dime, Trawler, ¿me veo bonito a través de esas lágrimas?, pensé.

La fusión comenzó, volvieron a poner la tapa de cristal sobre nosotros y un humo demasiado denso nos cubrió, sentía cómo mi piel se iba adhiriendo a la de Azazel. Como si una gran aspiradora succionara nuestros órganos. Nuestros corazones se habían convertido en uno que latía a un ritmo normal, el bip-bip inundó de nuevo el espacio. Ya no éramos dos; éramos sólo un cuerpo dentro del otro, lo más seguro era que él en mí. Cuando terminaron, volvieron al mantra de la “o” y apagaron todos los dispositivos. Trawler me sostenía entre sus brazos.

 4

Trawler murió una mañana de domingo. En la mansión parecía que hasta a los cristales de los candelabros les costaba brillar. Era una tristeza inmensa y al mismo tiempo una liberación inmortal, como cuando el alma emprende el viaje a la otra vida. Azazel recordó en su mitad de conciencia un fragmente de texto: “Alegría, alegría; entrelazados, como los juncos bajo la luna.” Y por allá, su memoria se iba escurriendo, “Entrelazados, inextricablemente enredados, unidos en el dolor y amarrados en la tristeza” El servicio  se llevó acabo el mismo día, la familia Trawler asistió vestida con sus mejores galas y joyería. La noticia se difundió por todo el país. Yo huí un mes después, antes que se descubriera el cuarto de la alberca. Después el FBI me encontró en Nueva York una vez más, querían saberlo todo. No les dije gran cosa.


Lo ojos se me tornan grises y mi cara ligeramente se afila un poco más. Aún guardo las joyas de Trawler. Me las abrocho al cuello y a las muñecas y salgo a caminar por Central Park. Hoy cumplo cuarenta años y Azazel treinta. La vida apenas comienza, pero ahora estoy dispuesto a darle mis segundos para que ningún Trawler pueda volver a atarnos los tobillos. 

Por Juan Eduardo Saenz