martes, 19 de mayo de 2015

Para qué ponerle nombre a algo



Sólo puedo ser fuerte no dejando que mis impulsos se salgan del corral. Mi mano comienza a pensar por si misma y a lo único que le teme es a cómo la juzgará Conciencia después de estrellar sus nudillos contra el rostro de Rodrigo. La otra mano acude a la alerta que manda una parte de mí y sostiene a Derecha. La sostiene con fuerza y su pulgar la acaricia un poco al mismo tiempo. Intento reír con los chistes que Rodrigo está haciendo de mí y de lo que escribo.
No tiene nada de profundo, es como ver caricaturas: sólo pasan cosas chistosas dice riéndose con otras dos personas. Ni siquiera me voltean a ver.
 También mis piernas ayudan, se retiran de esta escena. Piernas no tienen nombre, se escucharía horrible Izquierda P, Derecha P, así que sólo son Piernas. Izquierda saca un cigarro y se lo pasa a Derecha. Fumo.
Es el tercer cigarro. El humo ayuda a que mi cuerpo se tranquilice y vuelvan a obedecer a Conciencia. El problema es que cuando todo está tranquilo comienzo a pensar y aparece algo que desprecio demasiado: a Pensamientos. Éste sale de mi mente con una taza de café en la mano, es idéntico a mí.
Pues tal vez tenga razóndigo mirando al piso.
La tiene, pero eso no debe de afectarte, ¿me explico?dice mientras se sienta en una silla que tengo a mi lado. Cruza las piernas. 
—¿Cómo no me va afectar? Escribir es lo único que hago, no sé hacer otra cosa.
Corrección: no saber escribir es lo único que hacesdice mientras pone la taza en sus labios. Sopla y mira el café. Nunca falta esa expresión en alguien sarcástico.
Derecha hace un puño y aprieta hasta sentir que sus uñas empiezan a rasguñarla.
—¿Entonces?digo entre dientes.
Nada, eres sólo una bolsa de carne que respira.
Llega Mónica y me dice que no me preocupe, que Rodrigo está borracho, que no sabe lo que dice.
Bueno, hablamos despuésdice Pensamientos mientras se levanta. Brinca de nuevo a mi cabeza.
Sabes que no puedo enojarme porque
Lo sé. No vale la pena, el que quedó como un idiota fue él, no sabiendo tomardice Mónica mientras acaricia mi rostro.
Es que no me pude defender.
Mónica toma a Izquierda y la pone en su entrepierna. Pobre, a la que le gustan esa clase de cosas es a Derecha.
Tranquilo…—dice Mónica mientras se acercaba a mis labios.
Mi boca no dudó ni un segundo en juntarse con la suya. Como sólo es una, a veces se le antoja platicar con otras parecidas a ella y, si puede, abrazarlas, porque para ella es la mejor manera de conocer a alguien. Lengua y ella a veces discuten, una la muerde y la otra no se esfuerza para sacar restos de comida entre los dientes. Lengua procura ser más directa: cuando conoce a una parecida suya pelean o se acarician de una manera tosca. Es agradable para Boca y ella conocer otros labios y lenguas, incluso los que suelen encontrarse entre las piernas de las mujeres. Yo sé que es una vagina, pero prefiero no decirles porque Pene se enoja y deja de estar erecto, hace eso como una venganza. Pene cree que las vaginas sólo son para él. Para mí Boca y Lengua es la misma cosa, pero su odio constante entre ellas me demuestra lo contrario, aunque concuerdan en lo mismo: si la vagina tiene a su lengua de fuera, no conviven con ella, dejan que Pene, el menos pensante de todos, haga lo suyo.
Mónica y yo seguimos con el beso. Mis ojos de vez en cuando se cierran porque tienen un pacto con todo el cuerpo: las sensaciones. Pero también les gusta examinar a sus parecidos: su color, sus movimientos
Perdón, creo que yo tampoco sé tomardice Mónica sin dejar de besarme, riéndose.
Por mí mejordigo riéndome, besándola. 
Pene se pone contento, quiere salir de ahí, es claustrofóbico cuando está lleno de vitalidad. Nos separamos y Mónica me lleva al baño. Rodrigo, tambaleándose un poco se interpone en nuestro camino, nos mira a ella y a mí y sonríe mientras muerde su vaso.
Tal para cual…—dice mientras se da media vuelta. Camina.
Este imbécil me las va a pagar Bueno ya, caminendice Izquierda algo furiosa.
Piernas obedecen.
Una más que haga, una más que haga…—dice Derecha apretando sus uñas contra la palma.
A ver, ya, tranquilos. Si hacen algo puede que no pase nada, ustedes a lo suyodice Conciencia con voz apacible.
Mónica sólo me sonríe, como diciendo que no pasa nada. Al entrar al baño procedo a quitarle la blusa. Intento quitarle el brasiere mientras ella desabrocha mi pantalón. Tocan la puerta.
—¿Y si quiero entrar al baño?dice Rodrigo con tono burlón.
Pensamientos sale de mi mente y se empieza a reír de mí. Conciencia le ordena que regrese a mi cabeza.
Ya tranquilos, por Dios ¿No estaban queriendo sexo desde que entraron aquí? Ahora concéntrense en encontrar el condón que Izquierda no encuentradice Conciencia algo enojada también.
Rodrigo vuelve a tocar y Derecha sin pesarlo abre la puerta, Izquierda, sin otra opción, colabora con su hermana. Derecha estrella sus nudillos en la nariz de Rodrigo, haciendo que éste se cubra el rostro con sus dos manos. Izquierda lo toma de la camisa y su hermana busca una manera de golpear su barbilla. Rodrigo es lanzado contra una pared, cae al piso y Piernas sin pensarlo atacan a sus parecidas y a su pecho.
—… Bueno, hagan lo que quieran…—dice Conciencia mientras se apaga.
Mientras los golpes aterrizaban en diversas partes de su cuerpo, mis brazos comenzaban a sentirse como si adentro tuvieran plomo, pesados. Pensamientos vuelve a salir con la misma taza de café.
Como que ya fue suficiente…—dice dando un sorbo.
Ya nos traía harto a mí y a todosdigo mientras le doy una última patada.
Me da risa y ternura cómo crees que somos tus amigos. Hasta nos pones nombre y todo.
—…
Sólo una persona ayuda a Rodrigo, lo levanta, sus brazos cuelgan y sus orificios nasales parecen como unas tuberías de sangre. Parecía un muñeco de hule gigante siendo levantado por un niño. Mónica estaba a mi lado, con la boca entre abierta, aún procesando lo que había sucedido.
—¿Sí sabes que estás hablando contigo mismo, verdad?dice Pensamientos, acabándose su café.
Sí, pero
—¿Mande?dijo Mónica volteándome a ver.

—… Nada, perdón. 


Por Arturo Jara Kafuri

domingo, 17 de mayo de 2015

Una noche


No siempre fue así. No siempre evité el contacto físico con las mujeres. De hecho, aun ahora, creo que son atractivas e interesantes. Tienen cambios de humor desquiciantes, pero eso es tolerable. Hay cosas que no.
Caminaba por la avenida Universidad después de tomar café con una amiga. No estoy seguro de que hora era exactamente. Toda esa noche es algo que aún confundo con sueños, o pesadillas. Atravesé el puente peatonal. Ya era de noche. De lejos y de cerca se podían observar las siluetas de las mujeres en minifalda y tacones altos, en la parte del centro las espaldas evidenciando masculinidad y en la última parte las más jóvenes. Me dirigí ahí. Todas pusieron cara de excitación fingida al verme. Tú no, tú no, tú estás más o menos, pensaba mientras recorría la gama de opciones. Mis ojos se clavaron en la chica de jeans ajustados. En la parte de arriba, lo único que cubría sus senos era un sostén con brillitos. Me gustó.
¿Cuánto cobras?, le pregunté. Me contestó con una cifra muy alta para lo que traía. Al parecer se dio cuenta de mi decepción. Era claro que un estudiante no tenía tal cantidad para gastar. ¿Cuánto traes?, me dijo. Poco más de la mitad, le respondí entre dientes. Lo aceptó y me dijo que la siguiera.
Caminó frente a mí. El pantalón apretado delineaba muy bien su perfecto trasero. Algo me distrajo. Cojeaba un poco del pie derecho, pero qué importaba. A la hora de coger, detalles como ese eran lo de menos.  Entramos a una vecindad.  En el corredor principal se encontraba un hombre de unos cincuenta, ahogado de borracho. Tuvimos que pasar con cuidado para no pisarlo. Macetas, pelotas tiradas y una virgen de Guadalupe colgada en una puerta. Romina (luego me dijo que ese era su nombre) me llevó al último cuarto del fondo. Las ventanas estaban aseguradas con barrotes pintados de color blanco, igual que la puerta. Entramos. Me sorprendió lo minúsculo que era el lugar. Me quité el pantalón y Romina el sostén de brillitos. Estaba encima de ella cuando se quitó el pantalón. Mientras trataba de penetrarla, mi vista se fijó en la pared. Se marcaban dedos ensangrentados. ¿Sangre de quién? ¿Suya? ¿De alguien más? Pensaba en esto cuando sentí algo viscoso subir entre la pierna de Romina y la mía. Me separé. La pierna derecha de Romina tenía un agujero enorme lleno de pus. Del hoyo salía lentamente una especie de gusano gordo, baboso y albino. Me quedé sin respiración. Quería gritar, correr, todo al mismo tiempo. La cara de Romina reflejaba satisfacción. Estaba divertida.
Ven, seguramente nunca te la ha chupado un gusano. Te va a gustar.
Salí corriendo del lugar tan sólo con mi ropa interior. A dos cuadras un policía me detuvo. Me preguntó qué hacía y por qué estaba vestido así. Supuso que estaba bajo los efectos de alguna sustancia y me llevó a los separos. A la mañana siguiente me dejaron ir.
No siempre evité el contacto físico con las mujeres. De hecho, aún ahora, creo que son atractivas e interesantes. Tienen cambios de humor desquiciantes, pero eso es tolerable. Hay cosas que no.


Por Samanta Galán Villa

El lunar de media luna


Después de un par de copas, tu mujer me dijo «Llévame  a tu departamento». Decías que la ropa la arrancaban tus manos, nunca las de ella, y que su cuerpo se hacía de piedra al sentir tus labios en su piel. A mí me desvistió como un niño en busca del boleto de oro adentro de un chocolate. Me lamió el pecho, me mordió el cuello. Me dijo «Desvísteme» y le dije no, hazlo tú misma. Saltó de la cama y se desnudó frente a mí. Siguió besándome con la saliva hirviéndole en la boca, como perra rabiosa. La acosté sobre la cama y se abrió de piernas. Siempre te quejaste de tener una mujer frígida, que lo único que hacía era tumbarse en la cama, con la mirada fija al techo, sin cruzar contigo ni mirada, ni palabra, ni gemidos, para que la penetraras. Conmigo cambió de posición a cada segundo, se aferró a mi pene como un piloto a la palanca de una avioneta cayendo en picada y se sentó volteando los ojos a cada centímetro que yo la atravesaba. Imaginé sus tetas diferentes, cuando ella le daba de mamar a tu hijo, cuando sus pezones se alzaban en relieve sobre su blusa y tenía que reprimir mi animalidad para no saltar sobre ella. Ahora mírala. Dándome a beber de la dulce leche desde sus pezones, sobre mi mentón, sobre mi cuello, y me deja amoratarle las tetas… Tu mujer sigue el recorrido hasta pasar por mi estómago, y llega a mi pene, para chuparlo como si en él fuera a recuperar la juventud, los años perdidos en tu cama. Dijiste que sus dientes se atravesaban entre su lengua y tu placer… Te juro que nadie me la había chupado como lo hace ella, nadie me había dicho «Pégame» desde allá abajo como ella lo hizo: arrodillada, lamiéndome las bolas, rogando con ojos de perro hambriento. Siguió mamando y le escupí una, dos veces. Golpeé sus mejillas, sus labios, su lengua con mi pito… Luego, con la fuerza de una bofetada, hice que girara la cabeza noventa grados. Volteó hacia mí con la mejilla enrojecida, el rímel corrido por la saliva y las lágrimas, y por un ridículo momento pensé en ti, hasta que sonrió y siguió mamando. Mentiroso, de a perrito le encanta y las nalgadas en el lunar de media luna en su nalga izquierda, ni se diga. Escucha cómo invoca a todas sus deidades, cómo me lo pide más duro, más rápido. Cómo me ruega meterle hasta las pelotas. Mírala estimular su ano, preparándolo para que yo pueda entrar. Mírala rasguñar sus nalgas, morder la almohada cuando me la cojo por atrás y le respiro en la oreja. Alguna vez, jugando cartas, dijiste que apostabas a tu esposa. Me dieron ganas de cogerla frente a ti, meterle dos dedos como lo hago ahora, tirar de su cabello como lo hago ahora, hacer un nudo con sus muñecas y cogérmela sin piedad, como si te doliera cada movimiento. Dijiste que no te importaba si se iba con alguien más, que por ella no sentías nada… Entonces, ¿por qué habrías de enojarte de sus nalgas rojas, de su cara maquillada con mi semen? ¿Qué ganarías partiéndome la cara? Me pidió orinarla tal vez para borrarte de su piel. Ahora límpiate tú esas ridículas lágrimas y deja de embarrarme tus penas en el hombro, deja de preguntarte por qué se fue con quién sabe qué desgraciado.


Por Amaury

martes, 12 de mayo de 2015

Intervención a un cuento de Juan Rulfo

―¡Diles que no nos maten, Nicolás! Anda, vete a decirles eso. Que por caridad. Así diles. Diles que lo hagan por caridad.
―No puedo. Hay allí un alcalde que no quiere oír hablar nada de ustedes.
―Haz que te oiga. Date tus mañas y dile que para sustos ya ha estado bueno.
―No se trata de sustos. Parece que los van a matar de a de veras. Y yo ya no quiero volver allá.
―Anda otra vez. Solamente otra vez, a ver qué consigues.
―No. No tengo ganas de eso, yo también trabajo para ti. Y si voy mucho con ellos, acabarán por sospechar de mí y les dará por torturarme y matarme a mí también. Es mejor dejar las cosas de este tamaño.
―Anda, Nicolás. Diles que dialoguen tantito. Nomás eso diles.
Nicolás apretó los dientes y movió la cabeza diciendo:
―No.
Y siguió sacudiendo la cabeza durante mucho rato.
Nicolás se levantó de la pila de piedras en que estaba sentado y caminó hasta la puerta de la bodega. Luego se dio vuelta para decir:
―Voy, pues. Pero si de perdida me torturan y me matan a mí también, ¿quién cuidará de mi mujer y de los hijos?
El colectivo, Nicolás. Ellos se encargarán de ellos. Ocúpate de ir allá y ver qué cosas haces por nosotros. Eso es lo que urge.
A Arturo Hernández Cardona, a Félix Rafael Bandera Román, y a Ángel Román Ramírez los habían traído de madrugada. Y ahora era ya entrada la mañana y seguían todavía allí, amarrados a un horcón, esperando. No se podían estar quietos. Habían hecho el intento de dormir un rato para apaciguarse, pero el sueño se les había ido. También se les había ido el hambre. No tenían ganas de nada. Sólo de vivir. Ahora que sabían bien a bien que los iban a matar, les habían entrado unas ganas tan grandes de vivir como sólo las puede sentir un recién resucitado. Quién iba a decir que el alcalde se tomaría a pecho aquel viejo asunto, tan rancio, tan enterrado como creía que estaba. Aquel asunto de la muerte de Justino. Arturo se acordaba:
Justino Carbajal, primer síndico municipal, por más señas su compadre. Al que el alcalde, José Luis Abarca, tuvo que matar por eso; por no dejar que usaran el dinero municipal y que, siendo su empleado, se negó a cooperar.
Primero Abarca lo toleró por puro compromiso. Pero después, cuando el narco empezó a presionar, y que Justino lo hacía quedar mal, a Abarca y a su mujer, fue entonces cuando mandaron a golpearlo y a arrear a la bola de militares hasta los campamentos para amedrentar a la gente de Justino y a los de la Unidad Popular. Y Justino volvía a negarse, y Abarca volvía a mandar militares y policías. Así, de día se oponían y de noche llegaban más militares, mientras las protestas por los asentamientos seguían y Justino defendía a los opositores de Abarca, siempre apareciendo en las calles, siempre esperando para incomodar al alcalde; aquellos manifestantes que antes no tenían sus negocios.
Y Justino y Abarca alegaban y volvían a alegar sin llegar a ponerse de acuerdo. Hasta que una vez Abarca le dijo:
―Mira, Justino, otra manifestación más y mato a alguno.
Y él contestó:
―Mire, Abarca, yo no tengo la culpa de las manifestaciones. Ellos son inocentes. Ahí se lo haiga si me los mata.
Y mató a Justino.
Esto pasó hace semanas, porque por mitades de marzo, Arturo Hernández Cardona, Félix Rafael Bandera Román, y Ángel Román Ramírez, ya andaban en el monte, corriendo del exhorto. No valieron ni las diez camionetas que le dieron a los militares, ni el embargo de sus pertenencias. Todavía después, se cobraron con lo que quedaba nomás por no perseguirlos, aunque de todos modos los perseguían. Por eso se fueron a vivir al terreno del chalán Nicolás a ese otro terrenito por Puente de Ixtla. Y según eso, las afrentas que tuvieron con Justino deberían estar olvidadas. Pero, según eso, no lo estaban. Entonces calculó que con alejarse un rato quedaría arreglado todo. El difunto Justino era solo, solamente con su mujer y los dos muchachitos todavía de a gatas. Y la viuda pronto murió también dizque de pena. Y a los muchachitos se los llevaron lejos, donde unos parientes. Así que, por parte de ellos, Abarca no había que tener miedo. Pero los de la Unidad Popular sabían que lo habían incomodado y querían acorralarlo. Cada vez que alguien más protestaba en el pueblo le avisaban:
―Por ahí andan los del colectivo UP enfurecidos, José Luis. Y el alcalde mandó a perseguirlos.
Y Arturo y los otros echaron pal monte, entreverándose entre los madroños, pasándose los días comiendo verdolagas y planeando la forma de denunciar. A veces tenían que salir a la media noche, como si los militares los estuvieran correteando de día con los perros. Eso duró toda una eternidad. No fueron dos semana o tres. Fue toda la eternidad.
Y ahora habían ido por ellos luego de declarar en el ministerio público que sus vidas estaban en riesgo y de haber protestado en la caseta, cuando no lo esperaban, confiados en la confianza que le tenían a los opositores de Abarca; creyendo que al menos se levantarían. "Al menos esto -pensó- conseguiré".
Se habían dado a esta esperanza por entero. Por eso era que a Arturo Hernández le costaba trabajo imaginar morir así, de repente, después de tanto oponerse; de haberse pasado su mejor tiempo tirando de un lado para otro arrastrado por los sobresaltos y cuando su reputación había acabado por ser un puro pellejo correoso curtido por los malos días en que tuvo que andar escondiéndose.
Tenía que haber alguna esperanza. En algún lugar podría aún quedar alguna esperanza. Tal vez Abarca se hubiera equivocado. Quizá buscaban a otro de los dirigentes de la Unidad Popular.
Caminó entre aquellos soldados en silencio, con los brazos caídos. La madrugada era oscura, sin estrellas. El viento soplaba despacio, se llevaba la tierra seca y traía más, llena de ese olor como de orines que tiene el polvo de los caminos.
Luego, como queriendo decir algo, miraba a los soldados que iban junto a él. Iba a decirles que lo soltaran, que lo dejaran que se fuera: "Yo no le he hecho daño a nadie, muchachos", iba a decirles, pero se quedaba callado. "Más adelantito se los diré", pensaba. Y sólo los veía. Podía hasta imaginar que eran sus amigos; pero no quería hacerlo. No lo eran. No sabía quiénes eran. Los veía a su lado ladeándose y agachándose de vez en cuando para ver por dónde seguía el camino. No les veía la cara; sólo veía los bultos que se repegaban o se separaban de él. De manera que cuando se puso a hablar, no supo si lo habían oído. Dijo:
―Yo nunca le he hecho daño a nadie ―eso dijo. Pero nada cambió. Ninguno pareció darse cuenta. Las caras no se volvieron a verlo. Comenzaron a golpearlo, como si hubieran sido entrenados para eso.
Entonces pensó que no tenía nada más que decir, que tendría que buscar la esperanza en algún otro lado. Dejó caer su cuerpo en medio de aquellos cuatro hombres oscurecidos por el color negro de la noche.
―Mi alcalde, ya le estamos dando al hombre.
Se habían detenido. Arturo Hernández, con la mirada hacía la luz, esperando ver salir a alguien. Pero sólo salió la voz:
―¿Cuál hombre? ―preguntó.
―El de Unidad Popular, mi alcalde. El que usted nos mandó a buscar.
―Pregúntale que si está satisfecho con sus alborotos ―volvió a decir.
El militar que estaba frente a Arturo repitió la pregunta.
―Sí, estoy satisfecho.
Abarca se acercó.
―Me daré el gusto de matarte.
Entonces la voz de Arturo cambió de tono:
―¡Míreme, alcalde! ―pidió él―. Ya no valgo nada. ¡No me mates...!
―¡Llévenselo! ―dijo.
―...Ya entendí, alcalde. Todo me lo quitaron. Ya me castigaron. Me la he pasado escondido como un apestado, siempre con el pálpito de que en cualquier rato me matarían. No merezco morir. ¡No me mates! ¡Diles que no nos maten!
Estaba allí arrinconado. Había venido Nicolás, se había ido y había vuelto y ahora otra vez venía.
Lo echó en la cajuela, junto a Félix y Ángel. Los apretó bien apretados para que no fuesen golpeándose por el camino. Metió cada una de sus cabezas dentro de un costal diferente y se fueron, arrebiatados, de prisa, para llegar a carretera con tiempo para escribir un letrero y dejarlos por ahí.
―Los normalistas los extrañarán ―iba diciéndoles―. Los mirarán a la cara y creerán que no son ustedes. Se les afigurará que los mató el narco cuando los vean con esas caras tan desfiguradas y repletas de boquetes que les dejaron.


*Justino Carbajal fue asesinado el 8 de Marzo de 2013
El 3 de junio de 2013 encuentran muertos a Arturo Hernández Cardona, Félix Rafael Bandera Román, y Ángel Román Ramírez
El 4 de Junio el periódico La Jornada señala a José Luis Abarca como responsable de los asesinatos de Arturo Hernández Cardona, Félix Rafael Bandera Román, y Ángel Román Ramírez
Desde junio del 2013, a la PGR se le dio todo tipo de pruebas y testimonios respecto a la complicidad de Abarca en los asesinatos
La madrugada del 27 de septiembre del 2014, un año y tres meses después, Abarca manda a matar a seis personas y a desaparecer a 43 estudiantes en Ayotzinapa.
El 7 de noviembre del 2014, el procurador general Murillo Karam dice en conferencia de prensa: “Ya me cansé”, respecto a la investigación del caso Ayotzinapa
El 4 de diciembre del 2014, el presidente Enrique Peña Nieto dice que “Hay que superar lo de Ayotzinapa”
El gobierno no sólo no investigó el caso, sino que no dejó de brindarle apoyo militar y policiaco a Abarca

«Diles que no nos maten» (intervención de Leonardo Garvas al cuento «Diles que no me maten», de Juan Rulfo).



lunes, 11 de mayo de 2015

Discurso de Fernando Paredes, leído el 26 de marzo del 2009 en el Museo del Estanquillo

     


     Buenas noches tengan todos ustedes.

     Antes de comenzar quiero externar un afectuoso saludo a los señores embajadores de los pueblos amigos de Cracovia, Libia y Sudáfrica, que nos honran con su presencia, así como a sus distinguidas esposas; sobre todo a la señora Lita Kurniskaya, primera dama del Estado Libre de Cracovia, quien amablemente nos recibió en su casa de descanso en Las Antillas hace apenas una semana atrás, en compañía de su embajador esposo, Pietr.

     Lita: déjeme expresar una vez más mi admirado placer por la exquisita crema de scargots  que nos sirvió aquella noche, junto a ese filete de antílope bañado en gravy de cerezas , y la ambrosía que usted llamó vino pero que en mi paladar redunda con el sólo término de Gloria. Para un gourmet del bajío mexicano, como yo, esos manjares significan auténticas epifanías, colapsos en el centro mismo de las certezas, placeres fulminantes de los que jamás se sale indemne y hacen que las cosas cambien para siempre. Aprovecho para disculparme por mi repentina desaparición de la isla, pero bajo esas circunstancias no pude más que obedecer a mi conciencia y partir lo más rápido posible, tomando el primer vuelo hacia cualquier lugar.

     La razón por la que esta noche no estoy ahí con todos ustedes tiene mucho que ver con lo acontecido en mi espíritu después de aquella cena inenarrable. Me encuentro en una ciudad de nombre impronunciable, cuya característica principal la conforman sus ciudadanos, todos de estatura pequeña, cabellos largos, dentaduras perfectas y facultades extraordinarias para el canto. No son el pueblo más amable del planeta, pero tienen un alto sentido del servicio. Soy el único hombre en la zona que sobrepasa el 1.50 de estatura y eso parece incomodarles sobremanera. Curiosamente, son las mujeres quienes más descorteses se han mostrado, hasta el punto en que he preferido dirigirme solamente a los maricones, el grupo más numeroso y tolerante del lugar. También soy el único con pelo corto, dientes disparejos y voz destemplada.

     Esto de llamarlos maricones no es ofensivo; es ese el fonema que utilizan para sí mismos (“hmairiknes”) y no se refiere tanto a sus preferencias sexuales como a su posición en la jerarquía de clases. Acá, bien diferenciadas, hay tres: los maricones, mayoría conformada por el pueblo trabajador, prestador de servicios; los pecas (“pek’s”), minoría de parias a cargo de la administración pública y el comercio de drogas; y las pachitas (así como se oye), las mujeres, que por ese sólo hecho conforman una clase aparte, como en cualquier otro rincón de la Tierra.

     No crean que me he puesto al tanto de todo esto en tan pocos días gracias a una insólita comprensión del medio. Todo lo referente al pueblo está impreso en una hoja tamaño tabloide que me dieron al traspasar el aeropuerto, escrita a mano, en un inglés básico, con tinta color bermellón. Supongo que ésta es la temporada baja de turistas, ya que, como he dicho, no he visto a nadie distinto (en este caso, parecido a mí) deambulando por la ciudad. Y aún así no me explico qué tendrían que hacer acá cualquier clase de turistas. Bueno, sí. Los cantos de esta gente son merecedores de un viaje indómito sólo para escucharlos.

     La ciudad carece de atractivos naturales, su arquitectura se acerca a lo anodino, el clima es insoportablemente húmedo y un hedor a flores putrefactas envuelve todo el ambiente. No obstante, creo que he llegado al sitio en donde al fin podré ordenar mi vida. Han sido muchos años posponiendo este quehacer ineludible, y ahora, aquí, rodeado de lo ajeno, me encuentro en el estado anímico que antecede a la toma de decisiones trascendentales. Sé que después de mis próximos movimientos, todo aquello que conforma mis patrones de conducta será transformado en algo que, aún sin saber sus características, significará el comienzo de una existencia libre de pretensiones, y por lo mismo, libre de desengaños.

      Sé que muchos de los que ahora se encuentran reunidos en esta presentación son hombres y mujeres cultos, artistas y literatos, buceadores del concepto, astronautas de la forma, copilotos de la muerte o verduleros del Parnaso; sé que el guión no escrito de estos eventos apunta, por lo que toca a los asistentes, a una postura acrítica ante lo que el o los autores y comentaristas del libro en cuestión dicen que dice o quisieron decir en su obra, y que ante todo esperan que la pasta de los canapés no tenga ese regusto a producto chino o que el vino dure al menos lo suficiente para ponerse alegres, dicharacheros y ocurrentes; por lo que toca a los autores… bueno, a una seriedad que, cuando es impostada, deviene en disparates casi siempre desafortunados, y cuando es auténtica… pff, es un espectáculo deprimente.

     Así que, obedeciendo a esto, dejaré de ponerlos al tanto de mi situación personal y diré lo que tengo que decir acerca de Al Diablo Adentro, libro que, como quinceañera ganosa, se presenta en sociedad con la esperanza de ser manoseada por la mayor cantidad de aficionados a la carne nueva. Aunque en estos tiempos una quinceañera suele no ser tan nueva y un libro nuevo suele ser no tan apetitoso.

     El libro es un desmadre, pero un desmadre como esos desmadres en los que subyace un orden, una lógica particular, en el que todo está a la vista, dispuesto a ser tomado, usado según la propia necesidad. Creo que su mayor virtud estriba en no ser un libro homogéneo. Y no es que se trate de uno de esos frankensteins posmodernos con ínfulas deconstructivistas, a los cuales se accede por completo sólo si se considera que lo aburrido es sinónimo de lo profundo y lo inconexo es pariente de lo genial. Acá no hay genios, ni propuestas novedosas, ni asesinos de Carlos Fuentes, ni mucho menos admiradores de Fadanelli o algún otro radical de venta en Samborns. Creo que es disparejo como las calles de Guanajuato, absurdo como sueldo de diputado, obsceno como gasto de campaña, divertido como hablar mal de los ausentes, pendejo como niño pendejo, como vieja pendeja, como pendejo con iniciativa, insoportable como locutor de Tv Azteca, efectista como Luis Miguel, personal como ojo de pescado, plagiador como pasito duranguense; es un libro EMO, punk, pop, RBD; un conjunto de escritos de autores aficionados a la buena y mala literatura, a la buena y mala vida, comprometidos apenas con las letras, más ocupados en el cómo llego, el cuánto traigo o el qué le invento, que en cosas como la teleología, el contexto sociopolítico o las últimas escuelas de literatura japonesa.

     Parece que estoy hablando mal de la edición, pero en realidad estoy diciendo que me parece que son todas esas cosas las que lo hacen apreciable, disfrutable. Nada en la vida es parejo, ni totalmente divertido, ni continuamente inteligente, y acá no se hace la excepción. Es como una charla entre varios desconocidos que poco a poco van encontrado similitudes a base de ser ellos mismos, de ser distintos, complementarios.

     Entre Alejandra, Carlos, Leonardo, Daniel, Tonatiuh, Mario, W., y Paredes, no se podrían poner de acuerdo en gustos musicales, ni en películas preferidas, ni en qué se les antoja para cenar, pero no sería nada difícil que todos soltaran una carcajada al mismo tiempo por la misma cosa.

     Para el probable lector tengo una consideración mínima. Ojalá les guste el libro entero, porque a mí no. Pero me ha encantado su imprevisibilidad, su desenfado y su clarísima vocación de chingaquedito. Estoy seguro de que será releído después de terminarlo por primera vez; de que creará filias y fobias con los autores; de que los mantendrá despiertos lo mismo que lo usarán como Valium...

     Yo, por lo pronto, me desentiendo de lo que ya no está en mis manos. Además, en estos momentos de mi vida, difícil metamorfosis estimulada por una cena anonadante, me da lo mismo la suerte con que corra este o cualquier otro libro en el mundo. Yo ya leí a quien quería leer. Ciertamente no he escrito lo quiero escribir, pero acá estoy deshaciéndome de la pretensión idiota del Autor con Mayor Proyección a la Inmortalidad.

    Gracias.




*El discurso fue leído por Arturo Tapia, ante la ausencia del autor. 






   





viernes, 8 de mayo de 2015

La fresca


Únicamente vengo a El Deshuesadero los viernes. Cuando llego, pido que frente a mí se coloque un espejo que abarque la pared casi en su totalidad. Ahí no necesito más que el espejo, un sillón en dónde sentarme y una mano que se aferre a mí hasta hacerme eyacular. Me gusta acariciar la división de mis pectorales y sentirla llenarse de sudor, como un micro-río en mi cuerpo; sentir la contracción de la piel adherida a los músculos de mi abdomen. No quito la vista de mi reflejo hasta que termino y, luego, un rato más.
Hace veinte años, cuando tenía catorce, no me hubiera atrevido a mirarme desnudo en un espejo. Masturbarme diario me había dejado en los huesos. Nadie sabía de mi talento para crear autocomplacencias novedosas. Por ejemplo, para mí, no era necesario buscar a escondidas revistas pornográficas, me bastaba con los catálogos de lencería que vendía mamá. La mejor de mis creaciones, “La fresca”, sigue en vigencia. A veces, llego a El Deshuesadero a pedirla; consiste en untarse VapoRub en el pene y luego frotarse hasta llegar a un refrescante orgasmo de menta.
Hoy vine por mi masturbación semanal, y es miércoles. En la secundaría donde doy clases el presupuesto fue recortado. Dijeron que lo mejor sería desaparecer Educación Física, y así me quedé sin trabajo. Lo peor no es que tendré que regresar a casa de mis padres, sino que ya no sabré nada de Paquito, mi discípulo. Cuando lo conocí, su piel estaba pegada a sus huesos, era un esqueleto, como yo a su edad. Paquito era la reencarnación de mi yo adolescente. Aunque no me lo dijera, sabía que sus masturbaciones eran más de una diaria y que las mujeres huían de él, como repelidas por el olor a semen seco que desprendían sus calzones, además del vitiligo que se apoderaba de su cara. Ahora, después de litros y litros de anabólicos, Paquito es otro.
Hace una semana regresé a casa de mis padres y desde entonces papá me da dinero para mis gastos. Para el recreo, igual que hace veinte años; y como hace veinte años, mi recámara sigue intacta, salpicada de semen por todas partes. En la repisa donde descansaban unas enciclopedias que nunca abrí, empolvadas, coloqué mis trofeos de fisicoculturismo, pulidos tanto que cegaban. El mismo día que regresé a la casa de mis papás, volví al gimnasio de la colonia, el que me vio crecer. Me inyecté, hice mi rutina y, al terminar, en las regaderas, oriné y vi salir sangre. Hacía tiempo que mis testículos casi habían desaparecido y esto sólo era cuestión de tiempo.
Dejé de consumir esteroides y de levantar pesas, perdí la oportunidad de ganar el nacional desde hace un año. Hace tiempo que no voy a El Deshuesadero, no porque el dinero me  falte —papá me sigue dando todo el que necesito—, sino porque no soportaría verme al espejo con el cuerpo flácido, cada día más en decadencia, aunque hoy me haya despertado con unas ganas insoportables de masturbarme. Y si nadie lo hacía por mí, tendría que hacerlo yo mismo. Empecé con una papaya que había en el refrigerador, repleta con una bolsa de arroz… Después de más de veinte años, seguía inventando técnicas deliciosas de masturbación. En total me vine cuatro veces antes de que mamá y papá llegaran. Fui a El Deshuesadero y con lo poco que tenía pude pedir lo que, después de masturbarme con un bistec, se me ocurrió.
Extrañaba la asfixia que me provocaba estar en esa habitación tan pequeña, sentado en el sillón manchado que usaba para cumplir mis fantasías. Estaba nervioso por probar esto. Me senté, procurando que el espejo quedara atrás y no enfrente, y esperé a que mi petición abriera la puerta. Entró desnudo, con una máscara de cuero negro cubriéndole la cara; en la mano llevaba una charola plateada con un frasco de VapoRub. Colocó el frasco abierto sobre el descansabrazos y luego se paró frente a mí, con su pene erecto casi tocándome la cara. El cuerpo del tipo era casi perfecto… Me atrevo a decir que era mejor que el mío en mi mejor época. Un pez tatuado en sus costillas derechas adornaba su cuerpo desnudo. Tomé el VapoRub y se lo unté. Pude escuchar un suspiro cuando el tipo sintió la frescura, como cuando el agua helada te toca la espalda. Lo masturbé por tres o cuatro minutos hasta que su cuerpo se contrajo; pude ver sus puños apretándose y los dedos de sus pies encogerse; y luego, un rugido que hizo vibrar al espejo. Su erección fue disminuyendo poco a poco, hasta estar flácido de nuevo. Noté que sus testículos eran pequeños, posiblemente por los esteroides. El cuartito olía a semen y menta. El tipo salió, dejándome con la barriga salpicada.
Aquel día, llegué a casa después de que papá y mamá estuvieran dormidos. Saludé a mamá de beso en la frente y me dijo que si tenía hambre en el refrigerador me había guardado bisteces empanizados.
Perdí la cuenta de lo que llevo viviendo con mis papás. Desde que me despidieron de la secundaria, todo se pudrió. Ya no he pulido mis trofeos; los viernes ya no son de Deshuesadero desde aquella última vez. No queda rastro del tipo con ochenta kilos de músculo puro. Mientras hojeo las páginas del periódico, la noticia del concurso nacional de fisicoculturismo llama mi atención. Los dos primeros lugares se los llevó el gimnasio de mi colonia; el primer lugar, un chico con el cuerpo de un dios griego, deshidratado al grado de que hasta el más microscópico músculo se marcaba en su piel. Un tatuaje de pez en las costillas lo cubría, además del bikini morado. En la foto sonreía a pesar de que, en su cara, el vitiligo le había despintado hasta los párpados.


Por Amaury