jueves, 28 de marzo de 2013

La belleza duele




—La primera vez que le apareció un grano en su mejilla agarró el cuchillo cebollero. Cuando un hongo decidió hacer de su hogar su píe, utilizó el rallador de queso. Y es por lo mismo que no fue tan sorprendente, para mí, ver cómo redecoró mi baño, luego de haber escuchado el primer álbum de Nirvana. Se repitió la frase “La belleza duele” hasta el cansancio, incluso, luego de darse cuenta de lo que había hecho. Alejandro decidió dar una nueva cobertura pictórica al que ahora era mi baño. Utilizó mi pequeña navaja rosa, usada para rasurar aquellas partes privadas de las damas, y pudo percatarse de lo que había logrado hasta que notó correr la sangre mezclada con agua como pequeños hilillos sobre sus piernas. Él, cojones en mano y mirada vacía, repitió la frase sin cesar hasta que logré que se levantara. Pero ¿qué podría hacer o decir? Yo era su prima.
 »Incluso sin los lentes sabía perfectamente lo que hacía cuando lo vi en esa posición. Un cuerpo intentando ocultar su sexo entre las piernas, atado de las manos a la cabecera: con cadenas, bozal de cuero negro -imitando unos colmillos blancos- y su collar de picos. Todo el cuadro me causaba a la vez repulsión y excitación. Lo quería penetrar.
»Me coloqué la prótesis de la manera más cómoda. Disfruté mis pezones frotándolos con cada una de las yemas de mis dedos mientras lamía mis colmillos. Me preparaba para el esfuerzo. Sentía la presión de aquel objeto ajeno a mi cuerpo, la prótesis de plástico color piel, penetrándome. No podía esperar a regresar el favor mientras la saliva escurría por mis comisuras. Mi cara formada por la espuma en boca y la mirada deleitada en el plato erótico. Al saborearlo, daba la impresión de la locura. Pero puedo asegurarles que sabía bien lo que hacía. No es mi culpa que los infortunios de mi primo lo guiaran a acabar desnudo sobre mi lecho y con una prótesis de pene entre las nalgas. Se me puede culpar de violarlo así como se me puede culpar de sus gritos de placer.
»Antes de caer, imitó a las gallinas decapitadas durante unos segundos. Su cabeza tronó como un cascaron. Él siguió intentando moverse. Fue mala decisión liberarlo de las cadenas pero fue peor terminar de aplastarle el cráneo con una lámpara de lava. No supe qué hacer cuando lo vi gritar. Quería que callara, lo hice callar. Culpó a su novia, ella no debió dejarlo a mi merced. Díganme: ¿quién abandona a su novio a medio coito? Okey, comprendo que si él se coloca cadenas y bozal y grita “azótame” es algo de temerse. Y además, si su prima observa y se toca, puede ser un poco perturbador; pero dejarlo desnudo y correr fuera de casa es una total exageración. No me veo capaz de perdonarla por decir que el hogar de Alejandro y mío son como un infierno oscuro de perdición, palabras más, palabras menos, de su parte. Un infierno donde lo único que faltaba eran las llamas. Pero la puta corrió hacia la calle, muy lejos y muy rápido como para ir a castigarla. Otra razón para conformarse con Alejandro y con…

***
—Sigue… sigue… sigue… ¡Dios! ¡Dios! ¡Pégame más duro! ¡Quiero que me muerdas!
Esto es aburrido. Teniendo a Luisa encima de mí verga, con sus senos rebotando en mi cara y las gotas de sudor que corren por éstos combinándose con las mías. No me inspira a nada. Imaginó que si todavía está parada es porque su coño es muy estrecho. Estoy harto de sus gritos en mi oído, estoy harto de que cambie de posición para que yo ejercite mí abdomen pero de lo que estoy hasta la madre es de sus putos orgasmos. Me rasuro por la pendeja. Y creo que es aplicable decir que, literalmente, me costó un huevo. Pero a ella no le basta, no. La ninfómana necesita a alguien para sus juegos y, claro, su novio es el que se saca el número ganador. Eso me busco por andar detrás de tanta pinche loca. Me apendejo y ya no sé qué es lo que hago hasta terminar en la cama de alguna tipa.
—¡Qué sigas, ya casi me corro! ¡Ah carajo, carajo, carajo! ¡Alex! —Cuando llegamos a este punto, ella siempre deja caer su respiración entrecortada a mis oídos. Como si un jabalí, huyendo caza, llegara a salvo a una madriguera a descansar en medio de la selva. Una respiración pesada y todavía excitada, de un cuerpo cansado y desnudo, surge como otro aroma soporoso entre la oscuridad del calor húmedo. Nunca he comprendido cómo es que los vecinos no escuchan nuestro escándalo. Igual y no les importa. Si a ellos no les interesa mi vida, menos a mí la de ellos. Pero es otra persona la que temo que escuche. Desde que mi prima Ana, la loca, se mudó con nosotros siento que ya no tengo libertad en la casa. Siento su mirada mientras me revuelco con Luisa en el sillón, mientras me baño y me rasuro. Incluso cuando me la jalo y muerdo mi brazo. Y no le molesta que lo advierta, al contrario: le divierte. Si estoy con Luisa me avienta un condón, si me ando mordiendo hasta sangrar, consigue curitas y al bañarme me pasa el jabón. En este momento siento su mirada.
—Ale, amor, no te veo entretenido. ¿Pasa algo?
—No, nada —mi mirada me delata enseguida
—Ay, vamos precioso, si tú no te diviertes, yo tampoco—. Ahora los dos estamos mintiendo—. ¿Me la quieres meter por detrás?
Olviden sus orgasmos, el tonito de malcriada chillona es lo que me revienta las pelotas.
—Ale, vamos, dime: ¿qué quieres?
Si sigue insistiendo le pegaré. Me paro de la cama, regreso la mirada fugazmente para saborear su culo. Incluso con el aburrimiento que me provoca sé que mi novia está de puta madre. Si tan sólo le pusiera un bozal…  Abro el armario, saco las cadenas, aviento los collares con estoperoles y, al final, mi bozal de colmillos blancos sobre la cama. Mi mirada ahora es la que le sugiere a la suya el pecado.
—¿Es en serio Ale? —Me dice con cara de asco.     

***
Mi tía dijo: “deberías de conseguirte actividades más recreativas, Ana”, mientras yo prendía un cigarro con la flama central de la estufa. Solté el humo a propósito en dirección a su cara. Me respondió con un escupitajo a la mía. Saboreé el gargajo al tragarlo, había pasado demasiado tiempo desde que alguien se había venido en mi boca y ya lo extrañaba. Pero ahora practicaba una actividad recreativa y en familia, ella estaría orgullosa. A mi tía la encontraran en el armario, si es que queda algo de ella. Lástima que ahora no pueda ver nada. Su boca, al igual que sus ojos, sólo se pudieron cerrar con algo de pegamento industrial. El cuerpo de mi primo lo dejé debajo de la cama. A su hermana menor me la traje conmigo, diciéndole que teníamos que hacer un viaje, y a ella le pareció divertido.
»Sirve para irse, inhalar creatividad. Sirve para acallar a tu madre, o padre, o cualquier voz que te moleste. Útil. En casa siempre hay a la mano algo útil. La gasolina acabó con la casa. Creo ha sido la imagen más feliz de mi vida. Las llamas faltantes del infierno. Si de algo me arrepiento es de no haber salvado algunas fotos. Aunque seguro los forenses recolectaran varios recuerdos… Me hubiera gustado conservar algunos.
»Ahí tiene, poco después fue cuando llegó usted.

Por Axel Plmx. 

domingo, 24 de marzo de 2013

Smecky well little brothers, smecky well little brothers:




Era una de esas tantas noches de sábado que todo el mundo conoce, había faltado tres días a la escuela, por pura pereza y por no soportar lo imbécil que eran mis "compañeros"; aparte, eran los días en los que daban las materias más aburridas y los profesores hacían que uno se cagara en los pantalones del tedio…. En resumen, un sábado cualquiera.
Estaba tomando un whisky en el puto boliche, el cual cabe decir, estaba lleno de pubertos muertos de hambre sexual, y de los futuros tarados que iban a vivir su vida buscando y estando en la aceptación de los demás. Los labios de las vaginas de las mujeres aplaudían poco más.Entre todo eso, estaba yo, es decir, Narciso.
Hacía algo de frío, yo sentado, por supuesto, en uno de esos sillones súper-cómodos que en algún momento fueron duros pero de tanto uso ahora son blandísimos. Estaba mirando a una chica pálida que parecía algo perdida-drogada, rechazaba a todo idiota que se le plantara para bailar. Yo seguía tomando mi whisky aguado. Puaj.
El "hombre de seguridad", es decir, el neandertal que cuidaba la puerta, no había notado que en cada pierna llevaba un dulce puñal. Mis pantalones de jeans grises y mi tapado negro, junto a mi gorro hacían una muy bonita y rara combinación, seguro me tomaban de hipster o vanguardista, alguna estupidez por el estilo. La gente pasaba y pasaba...
Horas antes había prendido fuego un auto, viniendo por la paralela a la avenida, era uno de esos autos más viejos que la esclavitud, tapados de corrosión, y obviamente, sin alarma. Fue fácil, yo sabía de antemano que estaba ahí, siempre el hijo de puta del viejo lo ponía ahí tapando media acera. Yo llevaba una botella de alcohol etílico de medio litro, le rompí un vidrio y lo prendí con el encendido. Apenas chispeó largo una llama, me carcajee mucho, era fantástico, así seguramente se sentían los cavernícolas cuando prendían fuego. Pero recordé que me podían llegar a ver. Así que salí corriendo y doblé la esquina yendo al boliche. Me aburrí (como si allí pudiera hacer algo más que eso), fui a buscar un conocido que andaba en la barra y le pedí un par de pastillas de éxtasis... Para el que no sepa, éstas aumentan los pensamientos a la velocidad de un energúmeno, agudizan la comprensión de las personas a niveles astronómicos, te deshidratan como una uva y te llenan de radiante energía. Como un sol en miniatura, paseándose por el frío, vacío y aburrido espacio. Me las dio y me seguí paseando. Vi a la chica pálida y hermosa, me miró y salió caminando para otro lado. Como no tenía idea de qué hacer, me decidí por salir un rato... Total, tenía dinero de sobra de la semana, un par de hurtos que me dieron suficiente pasta.
Afuera hacía un frío que te abría la piel por capas y se te calaba hasta el centro de los huesos. Caminé un rato y me senté en medio de la plaza a mirar el frío condensarse en el aire. De repente aparecieron un par de pequeños intentos de humanos caminando, malditos villeros. Yo me preparé para sacar los cuchillos, pero pasaron de largo, fumando sus asquerosos cigarrillos. Me dispuse a ir al otro boliche pero no, vi que el café estaba abierto (2 de la mañana más o menos, todavía no sé cómo carajos pasaba eso), me dispuse a ir. Entré, hacía calor, me dieron el té de manzanilla que pedí. Me mandé  8/12 de lsd a ver que pasaba y me lo bebí. Salí a la calle y me encontré con un par de conocidos que me hablaron de algunas de sus vaginas y se fueron para un bar donde tocaba una banda.
Me quedé dormido debajo de un tilo de la plaza. Algo entumecido me levanté unas horas más tarde, el lsd me hacía pensar desde por qué coño Beethoven tenía ese peinado a por qué la vagina era parecida a una boca. Ya de nuevo guarecido, en una estación de servicio, alrededor de las 5:30 de la mañana, empezó a salir gente, entre ellos un idiota que me fastidiaba en la escuela y que tenía un peinado en cresta. Nunca he tolerado a la gente que usa cresta y más cuando es un tarado social, así que le eché un par de pastillas de éxtasis a su café y esperé.
Al rato, el tontín con apariencia de gallo, se dio por irse caminando y yo lo seguí. Una linda oportunidad. Cuando pasaron unas seis cuadras, y no había nadie cerca, corrí y lo tackleé, saqué el puñal y se lo hundí de lleno en la mandíbula, noté un leve cosquilleo eléctrico mientras lo hacía. Cada puñalada que le metía iba en mi mente al ritmo de la Primavera de Vivaldi. Se agitaba para todos lados, con una desesperación similar al de los pescados cuando están fuera del agua. Lo golpeaba, lo tajeaba, lo golpeaba, lo tajeaba, hasta que entre uno y otro, murió, dejándome una sensación de mil ángeles haciéndome cosquillas en todo el cuerpo con la punta de sus alas, sentí hasta el tuetano moverse dentro de la médula, un alivio extático similar al volver al vicio luego de meses de abstinencia. Alegremente salí de nuevo para la estación.
Llegué a la estación.
Como es típico, me senté a hablar boludeces con unos amigos que andaban por ahí entrando en resaca, todavía no entiendo cómo a la gente le gusta emborracharse, es como que a uno le guste que lo dejen inconsciente al mismo tiempo que el cuerpo se mueve solo... Mientras hablaban, yo me había quedado fijo mirando a la chica pálida, parecía irse caminando sola, algo poco habitual entre la gente que siempre anda en manada como hienas. Iba destino a una parada que había a unas cuadras, o eso parecía. No podía creer mi suerte.
Me despedí de los pobres desgreñados con resaca y salí como tiro detrás de ella, sin hacer ruido. Llegando a la parada no se detuvo, dobló en la esquina, la seguí. Caminó otro par de cuadras y dobló para la avenida. No me quedaba otra oportunidad. Me abalancé, tapándole la boca, la tiré contra una pared, quedó algo aturdida, le arranqué la minifalda. Le bajé la tanga y la penetré, vagina carnosamente deliciosa que tenía. Recuperando su propio control putaneaba, gemía, me mordía, de todo, por fin acabé y le metí un golpazo en la cabeza con el mango del puñal. No merecía morir, y ésta, solamente con la voluptuosidad, me había causado más placer que el otro bobalicón con los quinientos mil cuchillazos y tajazos. Parece que en mi caso, la volutpstuosidad le gana al sadismo.
Me fui para la avenida, y luego, destino a mi casa. Cuando llegué, me eché a la pc a mirar un rato las redes sociales. Estaba acabado así que me tiré a dormir mientras despuntaba el alba. Una buena velada realmente. Mi primera noche de ultraviolencia, la primera de muchas.

Por Bautista Somaschini.

TACONCITOS



Señor Miguel es muy sensible a los comportamientos modernos de las
personas. Ha sido soltero siempre porque cuida a su madre, quien padece
penosos achaques.La pobre dejó de caminar hace doce años y sobrevive
gracias al socorro y la paciencia de su abnegado hijo.
            Señor Miguel se enoja mucho cuando las mujeres se pintan, dice que
parecemos putas.  Es muy estricto porque nos cuida a todos.
            El que la escuchó primero fue Señor Miguel. Todas las noches después
de las tres de la mañana corrían por la escalera el tic tic tac de un par de
tacones presurosos.
            Todos pensaron que se trataba de la trasnochada Leticia, la vecina
misteriosa que nunca se ve de día porque trabaja hasta muy noche. Leticia
vivía con sus dos hijas. No era raro para nosotros escuchar a las niñas llorar
por la noche cuando despertaban sin su mamá.
            Leticia bebía a veces y prefería no salir a trabajar. Sin una mano
amiga, encerrada en su carga de soledad, evitaba el contacto con las personas
de la cuadra.
            Un día, Leticia ya no bajaba las escaleras con prisas por la noche.
            El Señor Miguel, celoso de la común importancia hacia la vida de la
dama nocturna, preguntó al dueño si podía ocupar como bodega el 
departamento recién desocupado. El casero le dijo que por lo pronto no. Leticia había pedido un préstamo en “su trabajo” y le había pagado dos
años seguidos de renta en efectivo.
Muy confundido, Señor Miguel ordenó una junta vecinal.
            En la reunión todos acordamos que lo mejor era decirle al casero que la
inquilina ya no vivía allí. En realidad, pensamos que era lo más conveniente
que nos pudo pasar.Ya nadie sentiría vergüenza por convivir con una
prostituta, nunca  más volveríamos a despertarnos de madrugada por la culpa
de la cualquiera irresponsable.
            Entonces, como una misteriosa protesta, empezaron los taconazos
veloces, las pisadas tan chillonas y desagradables a las tres de la mañana.    
Tic tic tac
                        Los vecinos más hostiles creyeron que era urgente hacer un reclamo
general pero en realidad eran tan cobardes, que preferían lanzar críticas y
juicios desde la comodidad del silencio.
                        Señor Miguel todas las noches se levantaba muy histérico, se asomaba
por la ventana pero no veía nada.
El sábado seis de octubre no pudo dormir, estaba harto.
Presintió el escándalo, se vistió pronto y puso hora para manifestarse
ante la impertinente de Leticia.
Escuchó los tacones descarados retumbar en su cabeza y salió
corriendo al patio pero no encontró a nadie. Subió por las escaleras, llegó a lo
alto y golpeó con fastidio la puerta del departamento de Leticia.
                        Absolutamente nadie contestó. Tic tic tac.
                        Golpeó varias veces y forcejeó la manija para entrar allí y decirle a la
          golfa de una vez por todas que no la soportaba, que su molestia era tan grande que
          tenía que irse inmediatamente.
 Irreflexivamente torció la manija, la rompió y empujó con saña.
                        A la mañana siguiente llegaron los peritos a preguntarme si yo conocía
          a Leticia. Les dije que no. Nadie más cuestionó nada. Fue Señor Miguel quién nos platicó años después que cuando subió a reclamarle a Leticia por su inmoralidad y desorden se encontró asombrado con los cuerpos desahuciados, fríos y pintarrajeados de las dos niñas de la golfa, que yacían abandonadas y muertas de hambre en sus camas.
                        De Leticia nunca más supimos nada. Sólo la escuchamos de madrugada subir corriendo.
                        Cuando tiendo la ropa creo que la veo escapar llorando, horrorizada por encontrar al llegar a su casa su puerta rota y en las dos camitas a sus hijas muertas y estranguladas.

Por Moserrat Araiza. 

jueves, 14 de marzo de 2013

La excepción




Era una noche lluviosa, la venía siguiendo hace rato, unas dos o tres cuadras. Me había encontrado con diversos obstáculos pero los había salteado sin problemas gracias a mi innato don natural.
Bajé mi cabeza hasta casi tocar el suelo con la nariz y comencé a olfatear, a veces no queda más que olfatear los rastros. Puedo ver en la oscuridad, pero en la niebla no. Era el típico edificio abandonado donde entre los huecos de los ladrillos habitan los gorriones y abajo algunos humanos. Olía a rayos, eso puedo asegurarlo. Ese polvo asqueroso que me hace estornudar como el repiqueteó de las patas de un caballo en una calle de adoquines.
Proseguí mi labor. Seguí su rastro piso tras piso. Oh perdonen, me olvidé de contarles como era, si no no entenderán el motivo de la persecución.
Su pelo negro como la noche sin luna y brillante como el vidrio tras la lluvia, ojos verde claro, gélidos; uñas largas y un poco curvadas; extremidades flacas, cola larga y rellena. Toda una siamesa purasangre. No hacía nada si no le interesaba, parecía distante, nunca se acercaba a ningún cohabitante, todos se acercaban a ella y ella con una simpleza terminaba el asunto. Tenía todo un séquito de seguidores, como esos raros que entran a la iglesia a los lunes pensando que van a mejorar por algo exterior y no por ellos mismos.
Volviendo a lo que contaba, ya había subido tres pisos (había entrado por el segundo), quedaban solamente dos más. En un nivel había encontrado una pareja de ratas, pero no me iba a entretener con asuntos tan banales, así que les perdoné la vida. El rastro seguía hasta el sexto. No era algo muy común que una felina como ella viviera allí, tan distanciada. Me pregunté por qué.
Tras aventurarme al sexto, escuché algunos maullidos. Eso me desconcertó. Estaba resuelto a subir hasta allí nomás. Ella no valía tanto la pena como para subir al séptimo. También si subía uno más, llegaría tarde a la comida del restaurant y otro podría ocupar mi lugar.
En una habitación, en una esquina había un hueco. A través de esa rendija, escapaba la luz. De repente, me entró el instinto y me fui rápidamente escaleras abajo. No entendía por qué, pero decidí seguirlo. Nuevamente quinto piso, cuarto, tercero, segundo, ventana del segundo pasillo a la izquierda, salto, me agarro del tanque de agua, subo, salto al otro techo, bajo y corro derecho hacia el restaurant, unas cuantas decenas de metros más abajo.
Llego al restaurant y como el pescado que sobró. Ese hombre es realmente muy amable, le acaricio un poco y me voy a dormir a mi casa, es un hueco en una ventilación al costado de una chimenea. Duermo.


Pasan días y decido ir a ver al edificio donde andaba investigando a mi enemiga. Encontré su cadáver y el de otros cuantos gatos más en círculo alrededor de un extraño garabato en el suelo, hecho con sangre, según parecía. Debo ser el primer gato al cual la curiosidad no ha matado.


Por Bautista S, 

domingo, 10 de marzo de 2013

La príncesa veneciana






Cuando ella entró al edificio, el portero la saludo sin extrañarse por la máscara veneciana que traía puesta. Era común que cada noche aquella mujer llegase a las tres de la mañana a su departamento.

Yo la vi desde el otro extremo del salón. Entre todas esas máscaras, ninguna otra resaltó más que aquella lujosa veneciana. Ésta le cubría toda la cara, tenía plumas a los extremos, simulaba un antifaz decorado de dorado y morado, y el resto era blanco, excepto por los labios que contrastaban con su color rojo. También llevaba puesto un corset negro, una larga falda del mismo color y unos tacones.
Detrás de esa máscara se asomaban unos ojos morados, cuyo color original nunca conoceré. Me miró intensamente y pestañeó de forma lenta, invitando a mi cuerpo a acercarse, pero cuando di el primer paso para caminar hacia ella, el salón se comenzó a llenar y la perdí de vista.
Estuve horas buscándola en cada esquina. Giré y giré con la música en brazos de extrañas -y extraños-, que me jalaban hacía sus cuerpos. Apretaban sus senos y sus ingles contra mí, pero mis ojos no dejaban de buscarla. Movía la cabeza de un lado a otro. Sólo podía pensar en ella. Me sentía embriagado aunque no había tomado nada, una fuerza extraña sofocaba mi pecho y comenzaba a ver únicamente caras monstruosas en aquella mascarada.
Fue entonces cuando la vi salir por la puerta principal y yo me hice paso entre la gente. El taxi en el que se fue arrancó justo cuando yo logré salir. Corrí al vehículo más próximo y le exigí al conductor seguirla. Él solamente se rió y me dijo «Tranquilo, hay tiempo» y no encendió el vehículo hasta que el taxi en el que ella iba desapareció en la esquina. Mi cuerpo se tensó y estuve a punto de golpear al conductor para después correr a perseguirla, pero en ese momento él encendió el vehículo y la fuerza del movimiento me impulsó al asiento.
Extrañamente el conductor me había traído ahí, ante su edificio. Vi, a través de la puerta de cristal, que oprimía el piso seis en el elevador y desaparecía. Entré acelerado al edificio, para hacer bajar aquel elevador lo más pronto posible y, mientras esperaba, sentí la mirada del portero. Lo volteé a ver y él me sonrió. No me preguntó quién era o qué hacía en ese lugar. Me consoló la idea de que yo llevara un antifaz ante aquella situación. Tanto la actitud del conductor como del portero, me hicieron desconfiar, sin embargo eso no me importó. Sentía que ella me estaba llamando, que me esperaba, sólo a mí, que sabía mi nombre y que me amaba. Porque tenía que amarme.
Hubo un breve sonido y el elevador se abrió. Oprimí el número seis y el portero desapareció de mi vista. Conforme el elevador se movía su fluorescente iluminación parpadeaba y mi impaciencia crecía.
Pronto llegué al piso indicado y ante mí apareció un largo pasillo con al menos doce puertas. Por un momento, me desesperó la idea de tener que quedarme ahí a esperar que ella saliera o de tener que ir tocando cada puerta hasta encontrarla. Sin embargo, escuché el golpe de unos tacones contra el suelo, me acerqué y descubrí que la puerta con el número once estaba abierta. Ella la había dejado así, pensé, y seguramente me estaba esperando.
Entré al departamento silenciosamente, cerré la puerta e inspeccioné el lugar. Unos focos iluminaban discretamente el pasillo que guiaban a una habitación. Ahí, al fondo vi su silueta moviéndose y luego desapareció de mi campo de visión.
Me dirigí a su recamara y al entrar el olor de su perfume me golpeó. Escuché unos sonidos provenientes de lo que parecía ser el baño. Toqué el suave cobertor de su cama y sentí el impulso de dejarme caer sobre ella. Sin temor a que me descubriera, me acosté y desde ahí pude verla perfectamente. Todavía tenía el corset y la máscara puesta, pero había dejado al descubierto sus piernas. Me pareció tanto extraño como excitante el hecho de que debajo de la falda tuviese unas medias puestas, de ésas que no son completas. Llevaba puesta también una tanga negra con encaje y un pequeño moño color lila.
Me hipnotizó la manera en que no atendía mi presencia, posiblemente la ignoraba. Yo simplemente me quede contemplando cómo se veía en el espejo y con sus manos inspeccionaba su cuerpo. Le llamé Ofelia en mi mente.

No me di cuenta del momento en que me quedé dormido, sentí un objeto frió rozar mis labios y yo los presioné para continuar el beso. Al abrir los ojos, la encontré sentada sobre mi pantalón, todavía con la máscara puesta. Yo me quedé entonces boquiabierto sin saber cómo reaccionar. Ofelia empezó a frotar su pubis contra la mía, un escalofrío recorrió todo mi cuerpo y sentí mi miembro crecer. Entonces levanté mi torso, apreté su pecho contra el mío y comencé a besarle el cuello. Sentí su pecho elevarse y descender por la velocidad de su respiración que aumentaba pero en ningún momento gimió o dijo algo. Alcé mi cabeza y busqué sus ojos. Éstos me miraron inexpresivos.
Continué besándole el cuello y poco a poco bajé hasta sus senos aún cubiertos por el corset. Cuando comencé a quitárselo ella me empujó contra la cama y de un jalón rompió los botones de la camisa que llevaba puesta. Me quite los restos y continué deshaciendo el lazo que mantenía sujeto el corset, hasta que finalmente descubrí sus senos. Los besé, los mordí y los succioné cual jugoso fruto. Ella se levantó y bailó un poco para mí moviendo suavemente las caderas mientras se quitaba la tanga. Yo me arrodillé ante ella y puse mis labios contra su clítoris. Ella pasó sus dedos por mi cabello y finalmente la escuché emitir un sonido de placer. Comencé a desabrocharme el pantalón, mis manos me temblaban y mi corazón latía tanto que sentía su fuerza en mi pecho. Me levanté, la volteé y la incliné sobre la cama. Le besé la nuca y fui recorriendo con mi lengua su columna hasta llegar a su espalda baja. Me reencontré con su vagina y me auxilié con mis dedos para darle placer. Dejé caer mi pantalón y mi miembro quedó expuesto. Finalmente, antes de que se diera cuenta de este hecho, la penetré suavemente, cosa que hizo que ella gimiera.
Me encantaba escucharla gemir y respirar con mayor excitación, aunque al tratar de verle la cara ésta se mantuviera inexpresiva. Pero eso me permitía imaginarme la cara de mi Ofelia en pleno éxtasis. Le continué besando el cuello y la espalda. Ella con una mano guiaba las mías hasta sus pechos y con la otra acariciaba mi nuca.
Su cuerpo se comenzó a tensar y yo empecé a arremeter contra éste con mayor fuerza. Nuestra respiración aumentó y pronto formamos una armonía de gemidos. La apreté contra mí, pude ver las venas en mis brazos causadas por la fuerza que comenzaba a acumularse.
«¡Ofelia! ¡Mi Ofelia!» Grité al cerrar los ojos y descargarme entero en ella. Ofelia lanzó un último alarido y nos quedamos petrificados sobre la cama. Temblábamos los dos e intentábamos recuperar el aire.
Finalmente, nos dejamos caer sobre las sábanas y yo recosté mi cabeza sobre la almohada, mientras que ella lo hacía en mi pecho. Pasamos unos minutos en silencio, hasta que nuestros cuerpos se relajaron completamente. Yo la abracé y comencé a pasar las yemas de mis dedos por su piel. Ella alzó su cabeza y nuestros ojos se volvieron a encontrar como lo habían hecho en la mascarada. Contemplé la máscara veneciana una vez más y me desesperó desconocer la verdadera cara de mi amada. Quise besar sus verdaderos labios, me los imaginaba suaves y carnosos. Entonces, aun viendo sus ojos, puse mi mano en la comisura de la máscara y de un jalón se la arrebaté.
Justo antes de poder ver su cara, Ofelia desapareció.


T.C. Durán