jueves, 25 de agosto de 2016

El infierno

No es como lo pintan, ni tampoco es como muchos creen o quieren que sea. La mayoría lo imagina como un lugar debajo de la tierra en el que serás castigado por toda la eternidad con llamas que salen del suelo y diablillos divirtiéndose con sus tridentes ¿Se imaginan lo aburrido que sería tanto para el castigador como para el castigado? Seguro llegaría el momento en que tal castigo deje de ser doloroso y sea un día más en el que al despertar vas a tu cubículo a teclear y arreglar cosas por otros mientras compartes el espacio con otras diez personas haciendo lo mismo que tú. Aparte, tomando en cuenta que ni siquiera tienes un cuerpo físico o un sistema nervioso para sentir dolor, el castigo no suena realista.
Otros creen que el infierno es como nos lo hizo creer Dante, donde según tus pecados ibas a un círculo distinto del infierno, en el que podrías ver a gente de tu pueblo, a tus maestros y amigos, sufriendo el mismo castigo que tú. O si fuiste muy malo tendrías tu pase para estar al lado de Satanás.
Pero no, el infierno no es así. Se los digo por experiencia propia pues yo estoy muerto y habito en él. Perdí la cuenta de hace cuánto morí, pero ahora se me ha dado la oportunidad de contarles cómo realmente es esta tortura. El Infierno no es más que otra versión del mundo en que transcurrieron nuestras vidas. El castigo no es más que esperar a que se prepare un nuevo cuerpo físico para nuestra alma y eso dura nada más y nada menos que quinientos años. Aquí no importa si fuiste presidente o primo del amigo de alguien con poder, aquí todos esperamos lo mismo bajo las mismas condiciones. No tienes rostro, ni amigos, ni familia. Todos parecemos una sombra que varía entre el blanco y el gris oscuro. Podemos comunicarnos, pero de poco sirve convivir.
En este lapso vemos cómo otros nos recuerdan y nos lloran sin que podamos intervenir o hacer nada. Somos un ente invisible e incapaz de interactuar con las cosas de los vivos. Uno que vaga limitado a ciertas áreas.
Aquí, cada quien decide cuánto y cómo sufrir, los más jóvenes se limitan a seguir a sus padres y llorar al sentir la indiferencia de quienes hace unos días jugaban con ellos. Ves a madres caer en la locura al verse alejadas de sus pequeños. Algunos sufren tanto que empiezan a delirar diciendo que algún vivo los vio, otros caen en negación y esperan sentados su tiempo restante. Incluso intentan viajar a otras zonas a sabiendas que es imposible ir más allá de donde esté alguien que tenga un poco de relación contigo, y otros tantos. Como yo, nos la pasamos siguiendo de manera poco saludable a nuestros seres queridos, los vemos cada día de sus vidas, cometer errores, reír al superar nuestra partida, llorar al recordarnos, escuchar cómo piensan en nosotros. Verlos morir y no querer que estén a tu lado para que no les pase lo que tú estás pasando. Es una impotencia que no se puedan imaginar. Y, lo peor de todo, es sufrir al ver cómo para los hijos de los hijos de tus hijos, ya no eres nada. 
Este es el verdadero infierno al que estamos condenados y al que cada uno de nosotros va a llegar.


Por Juan Reyes

domingo, 21 de agosto de 2016

Unicornio



 ―Me han dicho muchas veces que todavía existen algunos, que un tipo es dueño de un ejemplar y que su rancho no queda muy lejos de aquí. Imagínate si consigo hablar con él, ¡tendríamos nuestros propios unicornios!
 ―No necesitamos unicornios, Erasmo, necesitamos vacas… o cabras, por ejemplo.               
De esto discutían Erasmo y Miriam ─más Erasmo que Miriam─, un matrimonio sin hijos que trabajaba todos los días en su rancho produciendo huevo y productos lácteos. También vendían algún animal cada cierto tiempo, por lo que trabajaban la crianza. Erasmo se quedó en silencio tratando de encontrar algo en los ojos de Miriam, su respiración se aceleró, las nubes liberaban al sol. El braco los observaba con el hocico abierto y la lengua colgando, con una sed exclusiva de los perros que no beben agua sino hasta encontrarse todo en completa calma.
 ―Qué ingenuidad, yo he visto a ese tal unicornio. Bueno, no lo he visto pero lo he olido, está a cincuenta y dos kilómetros al oriente. Vaya allí, jefe, y fin de la historia.  
Esa noche hicieron el amor: Miriam pensando en cómo haría para hacerse cargo del rancho mientras Erasmo estuviera fuera y, Erasmo, pensando en unicornios. Con esa idea en sus cabezas pasaron la noche.
 ―Según los rumores, este rancho de unicornios está detrás de la sierra, al poniente ―dijo Erasmo―.  Creo que rodearé para ir a la segura. Supongo que nos veremos en unos días.
Era como si Erasmo le hablara a la espalda de Miriam, quien actuaba como si Erasmo ya no estuviera, o como si ya no existiera. La mujer terminó de llenar el abrevadero de los caballos y luego tomó el semillero para las gallinas y así siguió con sus labores sin despedidas ni palabras para su marido. El braco dio un ladrido a Erasmo y los dos salieron del rancho, primero al poniente, pero, ante la terquedad del perro por ir al oriente: al oriente. Después de todo, el ranchero no contaba más que con rumores y confiaba más en la naturaleza que en 
especulaciones de otros rancheros.
 ―Es extraño, jefe. Su olor. Venga, por acá. Es extraño, le digo. Ese tal unicornio huele un poco a la brisa que me llega a veces desde el este, como a mar mezclado con la leña cuando arde. Imagino a esa bestia de un gran tamaño con colmillos más afilados que los míos, imagino que sabe nadar y cazar todo tipo de animales, tanto del mar como de la tierra e incluso del aire. Seguro que lanza fuego desde alguna parte de su cuerpo. Le dije que sería extraño.
Erasmo sólo oía sus propios pasos y los de su perro. Necesitaba de cierta sugestión cada que pensaba que todo aquello era una pérdida de tiempo. El sudor resbalaba por su frente. Miraba la inconmensurable variedad de piedritas en el suelo y al instante subía la mirada otra vez. Pensaba en ojalá no verse en la necesidad de acampar, porque eso lo pondría en medio de una circunstancia todavía menos favorable. Si acampaba, querría decir que anocheció, lo que significaba que le tomaría un día más tan sólo averiguar si el rancho de los unicornios existía o no.
―No puedo permitirme más de tres días fuera ―se decía―, ¿qué tal si Miriam se encuentra a otro hombre y si ese hombre ya trae consigo a un unicornio?
―Oiga, jefe, ¿le puedo hacer una confesión sin que me pegue con el periódico o me lance una bota? A veces pienso que ustedes dos son estériles, ¿sabe? Digo, lo que sea de cada quien, pero si yo tuviera una hembra, de inmediato tendría mis propios cachorros, dos o tres camadas al año. Por decir lo menos. Pero no lo tome personal, es sólo mi óptica de animal servil y salvaje.
Pasaron tres horas antes del primer descanso.
―Tenemos al sol encima, amigo ―decía Erasmo al perro―. Quiere decir que son las doce o un poco más. No hay mejor hora para descansar o hacer lo que sea. El sol, aunque joven, es manso a esta hora. Basta con un sombrero. Y dicho esto le obsequió una sonrisa a su perro para luego darle una mordida a un trozo de carne seca que llevaba consigo. De su bolsa sacó unos huesos.


 ―Mira ―le indicaba al perro― esto lo traje para ti. Sí pienso en ti, no creas.
Lanzó al piso los huesos y un pedazo de carne seca. El perro comió deprisa, parecía que no masticaba.
―Ésta es definitivamente mi comida favorita, jefe. Sí lo sé, es lo mismo que como todos los días desde que tengo edad para triturar. Pero de veras, es mi comida preferida, yo podría cazar, comerme a algún pollo de la granja, a una cabra e incluso a un carnero entero, en serio. No lo hago ni lo haré porque estos huesos son lo único que necesito.
Perro y amo continuaron toda la tarde por donde sale el sol. Conforme habían avanzado el paisaje había sido un poco diferente y con otro olor. Había más vegetación, la temperatura era menor. De la nada, el perro salió disparado.
―¡Eh! ¡¿Dónde vas?! Loco ―murmuró el ranchero.
El perro estaba olisqueando algo sobre un río. La cola apuntaba al cielo. Un instante después, cruzó. Y tras de él, el ranchero.
―¡Jefe! ¡Hay alguien! A treinta metros hacia el oriente. Un hombre, está solo. ¡¿Pero quién anda solo por estos lugares?!
Una franja tenue de humo sobresalía en el cielo. Llevaba directo a un campamento muy austero. Al verla, Erasmo supuso que alguien andaría descansando por allí, quizás también en busca del rancho de los unicornios. Se trataba de un hombre más joven. Cocinaba algo que parecían conejos empalados. Frente a él yacía un revolver en el suelo. El muchacho ni siquiera se inmutó al ver a Erasmo y su perro aproximándose.
―Buenas ―dijo Erasmo a modo de saludo.
Con la boca llena, el joven devolvió el saludo y ofreció al perro una pieza de carne. Parecía llevarse bien con los perros.
Jefe, sé que está mal que lo diga después de haber recibido tan sabrosa ofrenda de este hombre, pero no me gusta su olor. Es, cómo decirlo, poco usual.
―¿Va a casa o viene de casa? ―preguntó el muchacho acercándole a Erasmo una pieza de carne.
Erasmo no se había detenido como para entablar conversación, quería seguir lo antes posible. Además era muy vergonzoso contarle a alguien, que no fuera su mujer, lo de los unicornios. Hubo algo de silencio antes de responder. 
―Voy a casa, pero antes debo pasar a hacer una diligencia ―dijo Erasmo rechazando la comida con la palma de la mano.
¿Y usted, viene de casa o va a casa? ―preguntó Erasmo fingiendo interés.
Estoy en casa, mi amigo. Éste es mi hogar. Por lo menos hasta encontrar lo que ando buscando. 
Tras escuchar aquello, una sensación de alarma brotó de Erasmo.  Inmediatamente pensó lo peor. Y lo peor era que ese mocoso también anduviera tras los unicornios. Y es que un joven tendría mayor oportunidad para conseguirlo que un viejo.
―Puede decirme, no soy ningún ladrón de ideas. ¿Qué busca?, sé que busca algo, todos buscamos algo. 
―¡Yo no busco nada! ―contestó irritado el campesino.
Erasmo retomó su camino tajantemente y lanzó un chiflido al perro que aún mordisqueaba el hueso desnudo.
Estúpido mocoso, pensó Erasmo, que giró la cabeza para encontrar al muchacho despidiéndose meneando despacio la mano. Estúpida juventud.  Tan altanera y arrogante. Yo seré quien tenga esos unicornios, pierdes el tiempo si piensas que me quedaré a derrochar el mío con una comadreja como tú. El cansancio difícilmente me doblega, ya estoy acostumbrado a esto. Quédate tú a descansar y a seguir tragando conejos.
Amo y mascota prosiguieron por dos horas más hasta poco antes del atardecer. En el camino ya se distinguían las huellas de pasos y ruedas de carreta.
―Mar y leña, mar y leña. Están aquí, jefe. Están aquí.
Detuvo el paso frente a una reja. Echó una mirada a lo que parecía un paisaje demasiado calmado para ser un rancho de unicornios. Pensó en seguir y descartar la posibilidad de esta primera parada, pero antes de poder decidirse, su perro entró corriendo hacia la propiedad. Erasmo decidió entrar.
 ―¿Por qué no vino a caballo? ―dijo una voz desde el interior de unos maizales gigantes que paralizó a Erasmo. De ellos salió un viejo ─más que Erasmo─ cuyo rostro estaba impreso con aires de una alegría sin fundamento.
―Perdone, señor ―dijo Erasmo quitándose el sombrero―. Fíjese que mi nombre es Erasmo, también soy ranchero y tengo tierras no muy lejos de aquí.
Al tratar de explicarse, en las comisuras de los ojos se le notaban a Erasmo unas arrugas que casi nunca aparecían.
―Verá... pos estoy buscando un rancho donde dicen que hay unicornios.
Esto último diluyó toda la dignidad que poseía Erasmo.
―Yo me llamo Antonio, pero no me has respondido, muchacho.
―¿Qué cosa, don? Disculpe…
―¿Por qué has venido a pie?, dices que eres ranchero, ¿no sabes montar?
No sabía cuál de todas las respuestas dar. Su mujer no le autorizó usar la energía de uno de los caballos para esto, porque ella piensa que es algo que rebasa la ridiculez. Pero era algo que no iba a confesarle al viejo.
El viejo rió durante algunos segundos. 
―¡No me digas! ¿Tu mujer no te dio el permiso para usar un caballo para esto? ―dijo el viejo ante la cara roja de Erasmo―. Ven, vamos adentro y cuéntame más sobre esos uniconos.
―U… unicornios. Pues fíjese que son como caballos pero con un cuerno en la frente.
Antonio se agarraba las barbas mientras oía a Erasmo.
―¿Y alguna vez has visto a uno?
―No, señor. 
La casa olía a lo que huelen todas las casas rurales: barro y humedad. Adentro, una mujer mayor revisaba una olla que hervía.
―Mira, ella es mi mujer ―señalaba Antonio―. Socorro, él es… ¿cómo dice que se llama? ―preguntó después a Erasmo.
Erasmo. Un gusto, señora ―se presentó tendiendo la mano.
―Erasmo anda buscando unicornios ―repuso el viejo a su mujer quien con una sonrisa y menando la cabeza parecía burlarse―. Pues, Erasmo, yo creo que hoy estás de suerte. Porque creo que allá en el establo está lo que buscas: un caballo con un cuerno en la frente. Ni más ni menos.
Las piernas de Erasmo falsearon, por primera vez experimentaba aquella sensación de creer estar soñando. Inmerso en la necesidad de cerciorarse, discretamente fingió rascarse la cabeza para jalar con fuerza su cabello. Tal vez morí de hambre en alguna parte del camino y todo esto es el paraíso, pensó.
 ―Pero sólo tengo uno ―aclaró el viejo dirigiéndose al establo― debes saber que estos animalitos no tienen órganos sexuales, no tienen sexo. No que yo sepa, por lo que sólo se conciben una vez. No hay camadas, nace uno a la vez.
―¿Cómo es eso posible? Si no son ni machos ni hembras...
―Verás, el único modo de hacerse de uno es mediante el milagro. Sí, para engendrar unicornios, un caballo fértil y una cabra en celo deben coincidir en el acto. Y aun siendo de especies distintas, deben tener alguna clase de interés el uno por el otro. En veinte años se me han logrado tan sólo dos. Es un riesgo muy costoso, Erasmo. Si el caballo rechaza a la cabra, o viceversa, ambos mueren pasados seis días. Por lo que un individuo, en el afán de obtener lo impensable, se queda con lo impensable: sin el caballo y sin la cabra.
Ya casi no había luz. Las luciérnagas rondaban inquietas en busca de carne de otros insectos. A unos pasos del establo, Erasmo sentía que iba a desmayarse. La puerta se abrió y, junto a una cabra suiza estaba un pequeño unicornio blanco que parecía destellar al mismo tiempo la luz del sol y la de las luciérnagas. El unicornio y Erasmo se vieron a los ojos, en ese instante Erasmo pensó mucho en su mujer de un modo curioso, distinto, mientras se daba cuenta de que su perro estaba no muy lejos de él bebiendo agua como loco de una tina cercana.

Por Alejandro Valdez


Sicut homo



Jamás he errado en una sola predicción. Incluso me atrevería a decir que soy el profeta más preciso de la historia. Las capacidades que poseo para anticipar sucesos superan a las que en su momento tuvo Habacuc, Baba Vanga, o el profeta que se vislumbre en la mente de cualquier hombre. He predicho con lujo de exactitud todo tipo de catástrofes y acontecimientos que marcaron épocas en la historia de la humanidad, excepto, hasta hace un par de semanas, el fin del mundo. Fue en un sueño donde se me presentó lo siguiente:

Año 2023, jueves 17 de agosto, 1:32 am

Explosiones provocadas por misiles brotaban del suelo como hongos en días húmedos. Primero se escuchaba un largo silbido y después el estruendo. Uno tras otro los aviones no dejaban de surcar el cielo, sus motores sonaban como el aleteo de un abejorro aumentado a gran escala, pero no eran aviones piloteados por hombres, fueron las máquinas las que los comandaban, máquinas con aspecto de astronauta creadas con la capacidad de razonar por si solas.
Las explosiones en algún momento acabaron con todos los hombres de la tierra. Justo en ese instante todo desapareció, desde los planetas hasta la obscuridad misma. El universo volvió a ser menos que “La Nada”.
 ¿Porque desapareció todo con la muerte del último hombre? Esa pregunta fue el motivo que me hizo escribir este texto, el cual es un intento por salvar el alma humana. Intento que me dejó sin sueño y sin descanso mental por días enteros. No fue sino hasta el séptimo día de unir ideas, organizar y reacomodar mis pensamientos, cuando me llegó a la cabeza una sentencia de Protágoras que me acercó a una respuesta, en la que él dice: «El hombre es la medida de todas las cosas». Lo que quiere decir que no hay verdades absolutas que subordinen a otras. Lo que para un hombre es la verdad, es porque así lo es. Lo siguiente fue tomar en cuenta que para tiempos de Cristóbal Colon la tierra era considerada plana, pues para el hombre de ese entonces esa era la verdad, contrario al pensamiento contemporáneo que asegura y da por sentado que la tierra es redonda. Entonces, al unir estos razonamientos con el desaparecer de las cosas a raíz de la muerte del último hombre, llegué a la aseveración que si el hombre, como dijo Protágoras, es la medida de todo lo existente, al morir el último, todo dejó de existir.
Esta respuesta solo logró inquietar mi mente por más tiempo. La imagen que tuve de la desaparición de La nada, fue ahora lo que me puso a meditar. En una ocasión soñé con su nacimiento: dos esferas espectrales como una medusa transparente, que en el interior guardaban una esfera aún más pequeña de luz, parecida a una flama dentro de una lámpara de gas, se fusionaron para ser una que poco a poco se dilataba dentro de un no-espacio de manera infinita. Sé que esto puede entenderse como algo muy ambiguo, pero para precisar en mi siguiente punto es necesario entender a La nada, así que para hacer una mejor idea de ella, trataré de explicarla con lo siguiente:
Su movimiento es similar al morir de las olas en la orilla del mar, porque sus variables límites están en constante reducción y expansión. En reducción, cada que algo nuevo aparece, pero al ser infinita, a la brevedad recupera el terreno restado de ese algo que ha aparecido. Esto ocurre cuando tenemos una idea nunca antes pensada o con creaciones nunca antes materializadas. En cuanto a su cuerpo, lo más fácil es compararla con un charco de agua, pues su circunferencia de manera irregular realiza ese movimiento de expansión y reducción a causa de las creaciones físicas o mentales del hombre.
Para llegar a estos entendimientos sobre La Nada, en su momento pasé noches en vela, pero para no ramificar en otras explicaciones que en esta ocasión no tienen sentido, diré que al final pude entender que las dos esferas que se fusionaron para crearla fueron “las fuerzas creadoras”, ambas hechas de una naturaleza que aún me es incomprensible. El asunto es que de ahí, de La Nada, viene todo lo que hoy en día podemos ver, tocar, o sentir, pues de ella en algún momento apareció el hombre, mismo que ha colocado a las cosas en su sitio: significados, obras y sentimientos.
Este texto, como antes fue mencionado, es solo un intento por salvar la existencia de las cosas y el alma del hombre, la predicción ya está hecha; 17 agosto del 2023. El que no me quiera creer está en su derecho, pero los que sí, les digo que el final, a estas alturas, es irreparable. Al paso del tiempo el bombardeo de las máquinas ocurrirá. La cuestión es que para salvar a las cosas habría que mantener en movimiento y en vida a La Nada, pues si ella sigue en su sitio, en su no-espacio, aún después de la vida del hombre, las cosas seguirán ahí. ¿Cómo mantenerla viva? Creando, es la respuesta. Creando algo que trascienda al tiempo y espacio terreno, que posea una vida propia y que en ello se encuentre fundido el espíritu de nuestra especie. Solo así, mediante esa creación trascendental, el alma hombre podrá salvarse aún después de su existencia y la desaparición de las cosas.  
Así que por último regreso a un parafraseo de aquella máxima de Protágoras diciendo que si todo lo que cada individuo entiende como su entorno se recrea dentro de él, quizás esa creación se encuentre en ese lugar: dentro del hombre. Solo habría que creer en ella.   

Por: Jorge Orlando Correa.