domingo, 26 de octubre de 2014

Podría ser peor



Sus ronquidos hacían eco en mi intento por soñar. No era capaz de concebir que un día había sido suficiente para que ella me hiciera sentir desprecio hacia su persona. El fardo del desvelo comenzó a hervir mis pensamientos. La moví hasta que entreabrió sus ojos, y como si fuera un príncipe, dejé que la pestilencia que salía de su boca entrara por mi garganta. Comencé a acariciar su cuerpo hasta que logré aumentar su respiración que la hizo despojarse del vestido. Hice lo mismo con mi pantalón, no sin antes sacar el condón de sabor. Deslizo mis labios por su cuello y trata de interrumpirme al balbucear un par palabras. Bajo su calzón y emite pequeños gemidos. Cuando intento ponerme el preservativo, la flacidez se apodera de mí. Ningún intento fue exitoso. Desesperación. Sus párpados vuelven a cerrarse, para dejarme encerrado en aquel cuchitril: frustrado, con mi pene colgando, mis manos oliendo a plátano y, lo peor, el mal sabor de su saliva y los tacos.


Sofía me ofreció hospedaje cuando se enteró que iba por un día a la Ciudad de Méjico. Me indicó que debería tomar un taxi hasta lo que ella denominó como La Condechi. Fue fácil reconocerla: seguía teniendo la complexión de un palo y tenía ojos color verde y el pelo color amarillo; atributos que bastaban para atraer mi atención. Después de los abrazos y la cotidianidad de preguntar sobre el trabajo, familia, la escuela y los hobbies, me llevó a su departamento para dejar las maletas.
Llegamos a un edificio que me hizo sentir que estaba en una película de terror. El inmueble había sido diseñado por un inglés, me contó ella, y añadió que la renta era supercara pero era el coste de vivir en aquella zona. El próximo terremoto seguro lo haría caer, pensé. Por desgracia, no había escalones de madera que crujieran y ayudaran a volver más tétrico el lugar.
Mi humilde hogar, así lo llamó ella, era una pocilga adornada por un par de trastes sucios, ropa tirada, un bote de basura lleno, libros que servían de portavasos y un colchón en su habitación que tenía un nudo de sábanas en la superficie. Para salir lo más pronto de ahí, le manifesté mi deseo por probar unos tacos. Se mostró decepcionada y me increpó alegando que los animales sí sienten, ampliando dicho regaño a una invitación para ver el vídeo donde trituran a los pollitos para hacerlos nuggets.
Estando en la calle, el taquero de la esquina me dice que pase. Detengo mis pasos para ver el papel fluorescente que anuncia que hay tacos de bisteck, maciza, suadero y campechanos. Sofía jala mi brazo pero no consigue moverme y su mirada choca en mí. Tras un efímero momento de pensar, decido acceder y ella sonríe contándome de los beneficios de no comer carne. Una cuadra después desvía el tema y me cuenta que aquí ha conocido personas superinteligentes porque son artistas de toda clase: pintores, escritores, productores, editores, sin olvidar a los músicos y arquitectos. Yo sólo le digo que sí. ¡Vaya mujer! Si no me gustara tanto le diría que me vale un pico de pollo, pollito, y hubiera regresado con el taquero que seguramente me estaría esperando para que pase.
En el restaurant vegetariano o vegano (no sé cuál sea la diferencia) me dan la carta donde ningún platillo cuesta dos cifras. Ella afirma que todo está superrico. Yéndome a la segura, pido una ensalada y Sofía pide una quién sabe qué madres con soya. Ahí va de nuevo. Empieza una conversación sobre los beneficios de la soya. La ignoro y llego a la conclusión de que si no tuviera brassier, uno pensaría que no tiene senos. Hace una pregunta a la que contesto diciendo que sí y se levanta para dirigirse al baño, momento que me permite dilucidar la forma de sus nalgas que se remarcan en el pantalón apretado que lleva. Ese kit es suficiente para volverme mudo. Al volver, pone sobre la mesa el tema del noviazgo, bajo la premisa de que ella es diferente y está loca, y nadie le tiene la suficiente paciencia. Finjo reír y eso da hincapié a que señale que mis lentes se me ven superbien. Renuncia al flirteo para iniciar una cátedra de cómo deberían ser las relaciones según su recabada experiencia. Se muerde los labios y eso me distrae de nuevo. De manera inútil creo sus palabras cesarán cuando la comida llegue.
Examino el tazón que volvería loco a un bulímico. La cantidad de alimento que nos han servido a los dos está más adornada que servida. Lo olvidaba, debo volver al ruido de su voz. Por fortuna, una gota de salsa cae en su playera debajo del mentón. Decide tallarla con una servilleta, mientras hace énfasis en lo cara que le ha costado. Sus pechos son sacudidos dejándome entrever las minúsculas curvas que se forman.
Tras el derroche del dinero por algo que hubiese podido probar en cualquier fonda de mi pueblo y por menos de dos cifras, nos encontramos a un cabrón en una bicicleta para niñas que viste gabardina, bufanda y un sombrero como si se tratara de un pintor; un bigote estilo Jorge Negrete adorna su lánguido rostro. Sofía nos presenta. Mucho –pinche– gusto, dice él y me ignora para dar comienzo a una conversación que son más malos chistes sobre personas que no conozco que charla. Dos bostezos míos después, y él le hace la invitación a una fiesta con gente que denomina superinteresante, donde presentará un nuevo proyecto de música. Pregunté qué música era y respondió: es música underground. Se despiden ellos dos y nos vamos. Sofía me dice que es hipercreativo e hipertalentoso.
Antes de llegar a su casa, pasa a comprar un cigarro y me promete que es su único vicio… Y también la marihuana, jajaja, me dice. A punto de llegar a su casa, el taquero que ahora se ha vuelto daltónico, me llama güero y me vuelve a invitar a pasar. Debo negarme al placer de la grasa por esta ocasión, pienso, y proseguimos nuestro caminar. Sofía busca la llave en su bolsa, interrogando al objeto inanimado. Dejo de oírla para tomar un respiro que me permite ver la peculiaridad de aquí: los perros sacan a jalar a sus dueños que, sometidos a una correa, no ven por dónde van. Diez tintineos después, me dice, a un pueblerino como yo, que la ciudad es un caos y que todos deberían usar bicicleta para así evitar el smog. Por desgracia, la relatividad del tiempo no me ayuda: entre bostezos y quitadas de lagaña, mi existencia se ha vuelto máaaas lenta.
Inaugura la noche, aumentando la ropa tirada en el piso, hasta encontrar un vestido rojo que se sobrepone. Se te ve bien, respondo tras la típica pregunta a la que no se puede mentir si se quiere ganar a la mujer. Su boca acaricia la mía en un acto prolongado y agradece que tenga la capacidad de oírla sin juzgarla, y que yo soy superdiferente. Pido permiso para salir de la habitación y es concedido. Necesito un respiro, pero ella no deja de hablar y aumenta los decibeles de su voz. La ventana abierta deja oír el claxon de los coches que no dejan de pitar. Voy a mi mochila y saco dos condones: uno sabor plátano y otro del Seguro Social. Los guardo en el pantalón y vuelvo en dirección a Sofía. Estando frente al espejo, disimula que le da pena y renuncia a su ropa de día. Semidesnuda, muestras tres tatuajes que arruinan su piel. Le hago mención sobre lo bien que se ve con ellos. Mejor me hubiera callado. ¿Te refieres a estos?, dice en tono de sorpresa antes de llevarme al laberinto de la apatía con una explicación sobre el karma, budismo y las energías. Vuelve a mí para besuquearme hasta que logra que tenga una erección. Pero mi oportunidad se cae cuando evade la responsabilidad y me apresura para irnos a la superfiesta. No sin antes anunciar que cuando regresemos será mejor.
Luego de evitar al daltónico, llegamos con el cabrón de gabardina-bigote-de-Jorge-Negrete que compartía escenario con otros afines a él. Los Mostachounds le llamo yo. Comparto mi idea con Sofía que me dice que no sea grosero. Súpergrosero, pienso. La primera visita social que tenemos recae en un grupo que fuma maría. Sus voces parecen forzadas y la renuencia de Sofía por no querer, logra disiparse para dar inicio al proceso de adaptación. Suelto su mano y me pierdo entre el tumulto de la gente súper. Platicas que son el preámbulo de una lucha de egos comienzan en temas como política, filosofía, arte y cultura, hasta llegar a esa digresión. Con el tiempo como mi enemigo, le insisto a Sofía en que debemos salir de ahí.
Triunfante, logro que el “en veinte minutos nos vamos” no sobrepasen la hora, y nos largamos entre la música atonal de “Los Mostachounds”. Desdichado yo, debo oír lo superpeda que va y batallar con el zigzagueo de sus pasos, haciendo una odisea nuestro camino de retorno. Los besos y su oferta antes de salir son el estímulo que me hace continuar.
Al llegar al cuchitril que llamaba humilde hogar, me lleva directamente a su cama. La vehemencia del intercambio de fluidos me hace no abandonar mi fe. Los latidos de mi corazón se aceleran y mi pene vuelve a tomar posición. Su laringe emite sonidos como si tratara de decirme algo. Sus manos me empujan y rezonga diciendo que está mal lo que estamos haciendo. Acerco de nuevo mi cuerpo y vuelve a ser rechazado. Le pido una explicación que es negada y se recuesta para perderse en sus sollozos. Así hasta que comienza a roncar la borracha.
Tomo las llaves de su mochila y salgo de nuevo. No pienso renunciar al otro deleite. Camino hacia el puesto de tacos donde el barrido de las escobas, avisaba su cierre. “Sólo nos queda de maciza, güero”. Pido siete mientras percibo cómo se esfuma el vigor de mi pene. Sin las ganas de consumir el tercer taco por el sabor de la carne, los pido para llevar y regreso para librar mi última batalla.

Por Luis Mora

Plaza Mauá

El cabaret en la plaza Mauá se llamaba Erótica. Y el nombre de batalla de Luisa era Carla.
Carla era bailarina en el Erótica. Estaba casada con Joaquín, quien se mataba trabajando como carpintero. Y Carla «trabajaba» de dos maneras: bailando medio desnuda y engañando al marido.
Carla era bella. Tenía dientes menudos y una cintura muy fina. Era toda frágil. Casi no tenía senos pero sus caderas eran bien torneadas. Le llevaba una hora maquillarse: después parecía una muñeca de porcelana. Tenía treinta años pero parecía de mucha menos edad.
No tenía hijos. Joaquín y ella no se hacían mucho caso. Él trabajaba hasta las diez de la noche. Ella empezaba exactamente a las diez. Dormía todo el día.
Carla era una Luisa perezosa. Llegaba de noche, a la hora de presentarse ante el público, empezaba a bostezar, tenía ganas de estar en camisón en su cama. Era también por timidez. Por increíble que pareciera, Carla era una Luisa tímida. Se desnudaba, sí, pero los primeros momentos de baile y requiebro eran de vergüenza. Sólo «se calentaba» minutos después. Entonces aparecía más desenvuelta, se contoneaba, daba todo lo mejor de sí misma. Para la samba era muy buena. Pero un blues muy romántico también la estimulaba.
La llamaban para que bebiera con los clientes. Recibía una comisión por cada botella de bebida. Escogía la más cara. Y fingía beber: no era de alcohol. Hacía que el cliente se emborrachara y gastara. Era tedioso conversar con ellos. Éstos la acariciaban, pasaban la mano por sus mínimos senos. Y ella con un bikini rutilante. Preciosa.
De vez en cuando dormía con algún cliente. Agarraba el dinero, lo guardaba bien guardadito en el sujetador y al día siguiente se iba a comprar ropa. Tenía ropa para dar y tomar. Compraba blue jeans. Y collares. Montones de collares. Pulseras y anillos.
A veces, sólo para variar, bailaba en blue jeans y sin sostén, los senos balanceándose entre collares resplandecientes. Usaba un flequito y se pintaba junto a sus delicados labios un lunar para realzar su belleza, pintado con lápiz negro. Era un encanto. Usaba pendientes largos que le colgaban, a veces de perlas, a veces de oro falso.
En sus momentos de infelicidad acudía a Celsito, un hombre que no era hombre. Se entendían bien. Ella le contaba sus amarguras, se quejaba de Joaquín, se quejaba de la inflación. Celsito, un travesti de éxito, escuchaba todo y la aconsejaba. No eran rivales. Cada uno tenía su compañero.
Celsito era hijo de una familia noble. Había abandonado todo para seguir su vocación. No bailaba. Pero usaba lápiz de labios y pestañas postizas. Los marineros de la plaza Mauá lo adoraban. Y él se hacía de rogar. Sólo cedía en última instancia. Y cobraba en dólares. Invertía el dinero, el cual cambiaba en el mercado negro, en el Banco Halles. Tenía mucho miedo de envejecer y de quedar desamparado. E incluso porque un travesti viejo era una tristeza. Para tener fuerza tomaba diariamente dos sobres de proteínas en polvo. Tenía caderas anchas y, de tanto tomar hormonas, había adquirido un facsímil de senos. El nombre de batalla de Celsito era Moleirão (el Despacioso).
Moleirão y Carla le dejaban buenas ganancias al dueño del Erótica. El ambiente tenía olor a humo y a alcohol. Y pista de baile. Era duro ser sacado a bailar por un marinero borracho. Pero qué hacer. Cada uno tiene su oficio.
Celsito había adoptado a una niñita de cuatro años. Era para ella una verdadera madre. Dormía poco para cuidar a la niña. A ésta no le faltaba nada: tenía todo de lo mejor y de lo bueno. Y hasta una sirvienta portuguesa. Los domingos Celsito llevaba a Claretita al Jardín Zoológico, en la Quinta de Buena Vista. Y ambos comían palomitas de maíz. Les daban comida a los muchachos. A Claretita le daban miedo los elefantes. Le preguntaba:
—¿Por qué tienen la nariz tan grande?
Celsito le contaba una historia fantástica donde aparecían hadas buenas y hadas malas. O también la llevaba al circo. Y los dos chupaban caramelos ruidosos. Celsito quería para Claretita un futuro brillante: matrimonio con un hombre de fortuna, hijos y joyas.
Carla tenía un gato siamés que la miraba con ojos azules y severos. Pero Carla casi no tenía tiempo de cuidar al animal: ya se pasaba el día durmiendo, ya bailando, ya haciendo compras. El gato se llamaba Leléu. Y tomaba leche con su lengüita fina y roja.
Joaquín casi no veía a Luisa. Se negaba a llamarla Carla. Joaquín era gordo y bajo, descendiente de italianos. Quien le dio el nombre de Joaquín fue una vecina portuguesa. Se llamaba Joaquín Fioriti. ¿Fioriti? De flor no tenía nada.
La empleada doméstica de Joaquín y Luisa era una negra despabilada que robaba cuanto podía. Luisa apenas comía para mantenerse en forma. Joaquín se llenaba con sopa minestrone. La empleada sabía de todo pero mantenía el pico cerrado. Se encargaba de limpiar las joyas de Carla con Brazo y Silvo. Cuando Joaquín estaba durmiendo y Carla trabajando, la sirvienta, de nombre Silvina, usaba las joyas de la patrona. Tenía un color negro medio grisáceo.
Fue así como sucedió lo que tuvo que acontecer.
Carla estaba haciendo sus confidencias a Moleirão, cuando la llamó a bailar un hombre alto y de hombros anchos. Celsito lo codiciaba y le roía la envidia. Era vengativo.
Cuando acabó el baile y Carla volvió a sentarse junto a Moleirãeto, éste apenas contenía su rabia. Y Carla inocente. No tenía la culpa de ser atractiva. El hombre grandullón bien que le había agradado. Le dijo a Celsito:
—Con éste me iba a la cama sin cobrarle nada.
Celsito permanecía callado. Eran casi las tres de la madrugada. El Erótica estaba lleno de hombres y de mujeres. Muchas madres de familia iban ahí para divertirse y ganar algún dinerito.
Entonces Carla dijo:
—Qué rico es bailar con un hombre de verdad.
Celsito brincó:
—¡Pero tú no eres una mujer de verdad!
—¿Yo? ¿Cómo que no lo soy? —se sorprendió la chica que esa noche iba vestida de negro, con un vestido largo y de manga larga, parecía una monja. Hacía eso a propósito para excitar a los hombres que querían una mujer pura.
—Tú —vociferó Celsito—, ¡de ninguna manera eres una mujer! ¡No sabes ni siquiera romper un huevo! ¡Lo sé! ¡Lo sé! ¡Lo sé!
Carla se volvió Luisa. Blanca, perpleja. Había sido herida en su feminidad más íntima. Perpleja, se quedó mirando a Celsito que estaba con cara de furia.
Carla no dijo palabra alguna. Se levantó, apagó el cigarro en el cenicero y, sin dar explicaciones a nadie, abandonando la fiesta en pleno auge, se retiró.
Permaneció de pie, de negro, en la plaza Mauá, a las tres de la madrugada. Como la más vagabunda de las prostitutas. Solitaria. Sin remedio. Era verdad: no sabía freír un huevo. Y Celsito era más mujer que ella.
La plaza estaba a oscuras. Luisa respiró profundamente. Miraba los postes. La plaza vacía.
Y en el cielo las estrellas.


Praça Maua, Clarice Lispector, del libro «El viacrucis del cuerpo».

El cuerpo

Xavier era un hombre truculento y cruel. Muy fuerte el hombre. Le encantaban los tangos. Fue a ver El último tango en París y se excitó terriblemente. No comprendió la película: pensaba que se trataba de un filme de sexo. No descubrió que era la historia de un hombre desesperado.
En la noche en que vio El último tango en París los tres se metieron en la cama: Xavier, Carmen y Beatriz. Todo el mundo sabía que Xavier era bígamo: vivía con dos mujeres.
Cada noche le tocaba a una. A veces dos veces por noche. A la que no le tocaba se quedaba presenciando. Ninguna tenía celos de la otra.
Beatriz comía que daba gusto: era gorda y enjundiosa. En cambio Carmen era alta y delgada.
La noche del último tango en París fue memorable para los tres. En la madrugada estaban exhaustos. Pero Carmen se levantó por la mañana, preparó un opíparo desayuno —con cucharas llenas de crema espesa de leche— y lo llevó para Beatriz y para Xavier. Estaba somnolienta. Fue necesario darse un baño en la ducha helada para ponerse en forma nuevamente.
Ese día —domingo— almorzaron a las tres de la tarde. La que cocinó fue Beatriz, la gorda. Xavier bebió vino francés. Y se comió solito un pollo entero. Entre las dos se comieron el otro pollo. Los pollos estaban rellenos con masa de harina de mandioca con pasas y ciruelas, todo impregnado, rico.
A las seis de la tarde, los tres se dirigieron a la iglesia. Parecían un bolero. El bolero de Ravel.
Y por la noche se quedaron en casa viendo la televisión y comiendo. Esa noche no sucedió nada: los tres estaban muy cansados.
Y así era, día tras día.
Xavier trabajaba mucho para mantener a las dos mujeres y a sí mismo: las comidas eran abundantes. Pero a veces engañaba a ambas con una prostituta excelente. Pero en casa nada contaba, pues no estaba loco.
Pasaban los días, los meses, los años. Nadie moría. Xavier tenía cuarenta y siete años. Carmen tenía treinta y nueve. Beatriz ya había cumplido los cincuenta.
La vida les sonreía. A veces Carmen y Beatriz salían a comprar camisas llenas de imágenes de sexo. Compraban también perfume. Carmen era más elegante. Beatriz, con sus lonjas, escogía un bikini y un sostén minúsculo para los enormes senos que poseía.
Un día Xavier llegó ya muy tarde de noche: las dos estaban desesperadas. Apenas si sabían que estaba con la prostituta. Los tres en verdad eran cuatro, como los tres mosqueteros.
Xavier llegó con un hambre de nunca acabar. Abrió una botella de champaña. Estaba en pleno vigor. Habló animadamente con las dos, les contó que la industria farmacéutica de su propiedad iba bien de finanzas. Y les propuso a ambas que los tres fueran a Montevideo, a un hotel de lujo.
Fue tal el barullo por la preparación de las tres maletas.
Carmen se llevó todo su complicado maquillaje. Beatriz salió a comprar una minifalda. Viajaron en avión. Se sentaron en la fila de tres asientos: él en medio de las dos.
En Montevideo compraron todo lo que quisieron. Incluso una máquina de coser para Beatriz y una máquina de escribir para Carmen, que quería aprender. En verdad no necesitaba nada, era una pobre desgraciada. Llevaba un diario: anotaba en las páginas del grueso cuaderno empastado en rojo las fechas en que Xavier la buscaba. Le daba el diario a Beatriz para que lo leyera.
En Montevideo compraron un libro de recetas culinarias. Sólo que estaba en francés y ellas no entendían. Parecían más palabrotas que palabras.
Entonces compraron un recetario en castellano. Y se esmeraron en las sopas y en las salsas. Aprendieron a hacer rosbif. Xavier engordó tres kilos y su fuerza de toro aumentó.
A veces las dos se acostaban en la cama. Largo era el día. Y, a pesar de que no eran lesbianas, se excitaban una a otra y hacían el amor. Amor triste.
Un día le contaron ese hecho a Xavier.
Xavier se excitó. Y quiso que esa noche las dos se amaran frente a él. Pero, ordenado de esa manera, terminó todo en nada. Las dos lloraron y Xavier se encolerizó furiosamente.
Durante tres días no le dirigió la palabra a ninguna de las dos.
Pero, durante ese intervalo, y sin encargo, las dos fueron a la cama con éxito.
Al teatro los tres no iban. Preferían ver la televisión. O cenar fuera.
Xavier comía con malos modales: agarraba la comida con las manos, hacía mucho ruido al masticar, además de comer con la boca abierta. Carmen era más refinada, le daba asco y vergüenza. Beatriz tampoco tenía vergüenza, hasta desnuda andaba por la casa.
No se sabe cómo empezó. Pero comenzó.
Un día, Xavier llegó del trabajo con marcas de lápiz de labios en la camisa. No pudo negar que había estado con su prostituta preferida. Carmen y Beatriz agarraron un trozo de palo cada una y corrieron detrás de Xavier por toda la casa. Éste corría todo desesperado, gritando: ¡perdón!, ¡perdón!, ¡perdón!
Las dos, también cansadas, finalmente dejaron de perseguirlo.
A las tres de la mañana, Xavier tuvo ganas de poseer a una de las mujeres. Llamó a Beatriz porque era la menos rencorosa. Beatriz, lánguida y cansada, se prestó a los deseos del hombre que parecía un superhombre.
Pero al día siguiente le advirtieron que ya no cocinarían para él. Que se las arreglara con la tercera mujer.
Las dos de vez en cuando lloraban y Beatriz preparó para ambas una ensalada de patatas con mayonesa.
Por la tarde fueron al cine. Cenaron fuera y sólo regresaron a casa a medianoche. Encontraron a un Xavier abatido, triste y con hambre. El intentó explicar:
—¡Es porque a veces me dan ganas durante el día!
—Entonces —le dijo Carmen—, ¿por qué no regresas a casa?
Prometió que así lo haría. Y lloró. Cuando lloró, Carmen y Beatriz se quedaron con el corazón destrozado. Esa noche, las dos hicieron el amor delante de él y él se consumía de envidia.
¿Cómo es que empezó el deseo de venganza? Las dos eran cada vez más amigas y lo despreciaban.
Él no cumplió la promesa y buscó a la prostituta. Ésta lo excitaba porque le decía muchas obscenidades. Lo llamaba hijo de puta. Él aceptaba todo.
Hasta que llegó cierto día.
O mejor, una noche. Xavier dormía plácidamente como buen ciudadano que era. Las dos permanecieron sentadas junto a una mesa, pensativas. Cada una pensaba en su infancia perdida. Y pensaron en la muerte. Carmen dijo:
—Un día nosotros tres moriremos.
Beatriz replicó:
—Y así y punto.
Tenían que esperar pacientemente el día en que cerrarían los ojos para siempre. ¿Y Xavier? ¿Qué harían con Xavier? Éste parecía un niño durmiendo.
—¿Vamos a esperar que Xavier se muera de muerte natural? —preguntó Beatriz.
Carmen pensó, pensó y dijo:
—Creo que las dos debemos darle una ayudita.
—¿Qué ayuda?
—Todavía no lo sé.
—Pero tenemos que decidir.
—Déjalo de mi cuenta, yo sé lo que hago.
Y nada de nada. Dentro de poco tiempo sería de madrugada y nada habría sucedido. Carmen preparó para las dos un café bien fuerte. Y comieron chocolate hasta la náusea. Y nada, nada ocurrió realmente.
Encendieron la radio a pilas y oyeron una angustiante música de Schubert. Era piano solo. Carmen dijo:
—Tiene que ser hoy.
Carmen era la líder y Beatriz obedecía. Era una noche especial: llena de estrellas que las miraban brillantes y tranquilas. Qué silencio. Pero qué silencio. Se aproximaron las dos a Xavier para ver si se inspiraban. Xavier roncaba. Carmen realmente se inspiró.
Le dijo a Beatriz:
—En la cocina hay dos cuchillos grandes.
—¿Y luego?
—Pues que nosotras somos dos y tenemos dos cuchillos grandes.
—¿Y luego?
—Y luego, burra, nosotras dos tenemos armas y podremos hacer lo que necesitamos hacer. Dios lo manda.
—¿No sería mejor no hablar de Dios en este momento?
—¿Quieres que hable del diablo? No, hablo de Dios porque es el dueño de todas las cosas. Del espacio y del tiempo.
Entonces entraron en la cocina. Los dos cuchillos grandes estaban filosos, eran de fino acero pulido. ¿Tendrían fuerza?
Sí, la tendrían.
Salieron armadas. La habitación estaba oscura. Ellas dieron de cuchilladas erróneamente, apuñalando la manta. La noche era fría. Entonces lograron distinguir el cuerpo dormido de Xavier.
La sangre copiosa de Xavier escurría profusamente en la cama, por el suelo.
Carmen y Beatriz se sentaron junto a la mesa del comedor, bajo la luz amarilla del foco desnudo, estaban exhaustas. Matar requiere fuerza. Fuerza humana. Fuerza divina. Las dos estaban sudadas, mudas, abatidas. Si hubieran podido, no habrían matado a su gran amor.
¿Y ahora? Ahora tenían que deshacerse del cuerpo. El cuerpo era grande. El cuerpo pesaba.
Fueron entonces al jardín y con la ayuda de dos palas cavaron en la tierra una fosa.
Y, en la oscuridad de la noche, cargaron el cuerpo hasta el jardín. Era difícil porque Xavier muerto parecía pesar más que cuando estaba vivo, pues se le había escapado el espíritu. Mientras lo cargaban, gemían de cansancio y de dolor. Beatriz lloraba.
Colocaron el gran cuerpo dentro de la fosa, la cubrieron con la tierra húmeda y olorosa del jardín, tierra buena para las plantas. Después entraron en la casa, prepararon nuevamente el café y se restablecieron un poco.
Beatriz, que era muy romántica, se pasaba el tiempo leyendo fotonovelas en las que ocurrían amores contrariados o perdidos. Ella tuvo la idea de plantar rosas en esa tierra fértil.
Entonces salieron de nuevo al jardín, agarraron una matita de rosas rojas y la plantaron en la sepultura del llorado Xavier. Amanecía. El jardín impregnado de rocío. El rocío era una bendición al asesinato. Así pensaron ellas, sentadas en el banco blanco que había ahí.
Pasaron los días. Las dos mujeres compraron vestidos negros. Y apenas comían. Cuando anochecía, la tristeza recaía sobre ellas. No tenían ya gusto para cocinar. De rabia, Carmen, colérica, rompió el libro de recetas en francés. Guardó el de castellano: nunca se sabía si aún podría ser necesario.
Beatriz pasó a ocuparse de la cocina. Ambas comían y bebían en silencio. El pie de rosas rojas parecía haber pegado. Buena mano para plantar, buena tierra propicia. Todo resuelto.
Y así quedaría cerrado el caso.
Pero sucedió que al secretario de Xavier le extrañó su prolongada ausencia. Había papeles urgentes que firmar. Como la casa de Xavier no tenía teléfono, fue hasta allá. La casa parecía impregnada de mala suerte. Las dos mujeres le dijeron que Xavier había salido de viaje, que estaba en Montevideo. El secretario no las creyó del todo pero pareció que se había tragado la historia.
A la semana siguiente, el secretario fue a la delegación. Con la policía no se juega. Primeramente, los agentes de policía no quisieron darle crédito a la historia. Pero, ante la insistencia del secretario, decidieron perezosamente dar la orden de búsqueda en la casa del polígamo. Todo en vano: nada de Xavier.
Entonces Carmen habló de esta manera:
—Xavier está en el jardín.
—¿En el jardín? ¿Haciendo qué?
—Sólo Dios lo sabe.
—Pero nosotros no vimos nada ni a nadie.
Fueron al jardín: Carmen, Beatriz, el secretario de nombre Alberto, dos agentes de policía y dos hombres más que no se sabía quiénes eran. Siete personas. Entonces Beatriz, sin ninguna lágrima en los ojos, les mostró la fosa florida. Tres hombres abrieron la sepultura, destrozando el pie de rosas que sufrían por casualidad la brutalidad humana.
Y vieron a Xavier. Estaba horrible, deformado, ya medio carcomido, con los ojos abiertos.
—¿Y ahora? —dijo uno de los agentes.
—Y ahora hay que detener a las dos mujeres.
—Pero —dijo Carmen— que sea en la misma celda.
—Mire —dijo uno de los agentes frente al secretario atónito—, lo mejor es fingir que nada ha sucedido, si no va a haber mucho barullo, mucho papeleo escrito, muchos alegatos.
—Ustedes dos —dijo el otro agente de la policía—, preparen sus maletas y váyanse a vivir a Montevideo. No nos joroben más.
Las dos dijeron:
—Muchas gracias.
Pero Xavier no dijo nada. Nada había realmente que decir.


Autor: Clarice Lispector, del libro «El viacrucis del cuerpo».

domingo, 19 de octubre de 2014

La felicidad es la degradación


Cuando resucitó y sus seguidores dejaron de seguirlo, se sintió perdido. La humanidad no necesita un hombre que les diga qué hacer, necesita un muerto que en vida haya dicho un par de cosas simples; ama a todos, no robes, no mates, el respeto al derecho ajeno es la paz. El resto es interpretación y dinero.
Entonces pensó en trabajar, probó varias cosas. Carpintero, como el esposo de su madre, pero sus sillas y mesas nunca estaban bien clavadas. Nadie compraba y la madera era costosa, además tras cada golpe que daba con el martillo los orificios de sus manos sangraban. Era tan inútil que no podía construir ni una cruz. Pensó en ser policía, uno está fuera de la ley hasta que tiene hambre, pero no podía correr, era torpe y a cada tres pasos caía, pisaba su túnica, se tropezaba, no veía las piedras. Lo suyo era caminar. Así que lloró lágrimas divinas.
Llegó a casa de su madre, ella le preparó un té y escuchó todo lo que su hijo tenía por decirle. “Pero si hablas muy bonito, mi amor”. Entonces, él al fin lo supo Sería encantador de bestias, era obvio. Domador. Lo mismo que había hecho antes de morir pero ahora con otra especie, una más adecuada que no se cuestionaría si él es el hijo de Dios o sólo un farsante.
Entonces comenzó a hablarle a los burros, caballos, camellos, vacas. Les enseñaba a ponerse de rodillas, a saltar, les enseñó a respetarse y a amarse. Ninguno de ellos lo delató, a ninguna bestia le hacía falta nada. Él ganaba monedas de oro exhibiendo el acto de las vacas bailarinas y la torre de camellos. Gastaba todo en comprar comida a sus animales y guardaba lo suficiente para comer. Fue el primer vegano de la historia y también el primero que no mordió la mano que le dio de comer.
Él dejó de ser dios para convertirse en el rey del estiércol.

Por Fenando Vixtha

domingo, 5 de octubre de 2014

Cajonera


«Merece estar en la cajonera». Dice Paulina, mi novia, mientras abre un cajón para poner un lápiz dentro. No sé qué tiene de especial ni los criterios que usa para elegir las cosas que merecen estar ahí. Cosas como lápices, corchos de botellas de vino, envolturas de paletas, libros y audífonos entran para no salir. Ella siempre ha tenido especial atención con esas cosas, en realidad se podría decir que son las únicas cosas a las que le pone atención; el cuarto esta alfombrado de su ropa sucia y a veces hay comida sobre los muebles que según iba a comer días antes.
            Llevamos cuatro años juntos pero hace sólo dos que vivo con ella. Heredó la casa, así que preferimos vender la mía y ocupar ésta. Pintamos las paredes y cambiamos la instalación eléctrica, tiramos y vendimos todo excepto la cajonera de color negro que le llamó la atención desde que entramos.
            En nuestra primera noche me dijo que era buena idea guardar cosas importantes en los cajones, yo pensé en nuestra ropa y los recibos, pero ella tenía una idea muy distinta. Una vez no encontraba las llaves del auto y cuando intenté abrirla me gritó y me dijo con una voz que nunca había usado conmigo que no estaban ahí. Me llevó mis llaves y cuando vi su rostro me di cuenta de que en serio no debía abrirlo.
            Estamos cenando, voy al baño y dejo mi celular en la mesa, cuando llego no veo el celular y le pregunto si lo vio. «Merece estar en la cajonera». No le respondo y volteo para evitar que vea mi expresión. Bien, esperaré a que se duerma para recuperar mi celular. Llega la noche, volteo a verla y siento su respiración. Está dormida. Me levanto con cuidado y me dirijo al mueble. Lo sabía, llena de cosas inútiles e inservibles, ni siquiera se podría decir que tienen un significado emocional para ella. Reviso el tercer cajón, cuando me dan ganas de quitarme los calcetines, me los quito y noto una blusa en mis pies. Encuentro el celular y cuando lo saco me llega un mensaje de Paulina: Sabes que no puedes sacar nada de nada. Volteo para ver la cama, está dormida. El cajón se ve vacío y me da un impulso de guardar algo. Pongo mis calcetines en él y vuelvo a la cama.

Por Alejandro Muñoz

El gato Cucho


—Diles que digo yo que chinguen  a su madre.
Cucho, sin que me hubiera dado cuenta, se había apoderado de mi vida. Dictaminaba lo que debía hacer y decir en todas las ocasiones que tenía contacto con las demás personas. Era un gato corriente, su pelaje de un color que con higiene adecuada debía ser blanco, con una mancha de pelo gris que cubría su vientre y costado derecho. También le hacía falta un dedo de su pata superior derecha, como el pulgar que le hacía falta a mi padre, según lo recordaba.
Comenzó hace cuatro meses cuando iba por tortillas, lo encontré camino al mercado buscando a quién sobornar con sus maullidos un hogar. Lo acepté sabiendo que me iba a causar problemas, pero no creí que fueran mayores a un regaño de mi madre. Ojalá no lo hubiera llevado. Maldito Cucho. Después de dos semanas de haber medido el terreno se propuso a actuar. Una mañana me despertó diciéndome: Vas a decirle a tu mamá que ya no quieres llevarte tortillas de desayunar en la escuela, y me vas a dejar tu almuerzo debajo de la cama. Sin cuestionarlo, fui inmediatamente con mi madre y le pasé el recado. Toda la semana creí que mi imaginación me estaba molestando como solía hacerlo. Seguí viendo a mi gato sin ningún cambio. Después de unas semanas cuando ya había dado por terminado el tema, volvió a decirme mientras hacía la tarea: Al rato que veas a Lupe, termina con ella porque es una golfa, esta vez, sin sorprenderme de que me hablara le repliqué. Por qué, si no me ha dado motivos para creer eso. Tú qué sabes, por las noches la veo ir a casa de Picazo a darse sus arrimones. Qué mala es para besar. Allá tú si sigues con ella. No voy a describir cómo lloró Lupita y gané una de mis mayores enemigas en la secundaria.
Poco a poco, fue tomando decisiones sobre lo que hacía o dejaba de hacer. El problema fue cuando me ordenó golpear a mi mamá porque no le gustaba cómo dormía, los gestos que realizaba. No lo hice y me dejó de hablar por varios días. Regresó a mi vida robando en la clase de educación física el dinero de Lupita de su mochila y poniéndolo en la mía. Fui a parar a la dirección y mientras entre el director y el orientador vocacional me regañaban y discutían mis días de suspensión él se asomó por la ventana y podría jurar que sonría muy levemente. En eso, leí en su boca: Diles que digo yo que chinguen a su madre. Ahí voy a hacerle caso de nuevo.

Nunca más volví a verlo, me abandonó esa misma noche. Ahora trabajo como media cuchara de albañil mientras espero que inicie el nuevo año escolar. A ver en qué escuela me aceptan con mi carta de mala conducta.

Por Javier David

sábado, 4 de octubre de 2014

Muérdeme



 Uno, dos, tres. No pensé que el último diente fuera el más difícil. Ahora sí. Uno, dos, tres. Ya Adrián, no seas tan cobarde. Uno, dos, tres.
Un hombre sentado en el piso del baño sostiene un martillo con la mano derecha y un pedazo de madera con la otra. Lleva cinco horas ahí dentro. El lavabo está manchado de sangre y vómito. El hombre ha olvidado cómo se veía su boca sin el líquido fluyendo de ella. El dolor es peor que cuando le sacaron la muela del juicio. Ha llorado más que el día de la muerte de su madre. Esto debe terminar antes de que Angélica llegue, sólo puede pensar.
El hombre se levanta. Toma el martillo y recarga el trozo de madera sobre el incisivo que le queda. Inhala, aleja el martillo, cierra los ojos, reaparece la cuenta regresiva. Siente sudor en todo su cuerpo, escalofríos le recorren la espalda. Piloerección. El martillo está en el suelo junto con grietas en los azulejos, chorros de sangre y líquido anaranjado. El cuarto apesta y el hombre no ha dejado de apretar los ojos, los puños y retraer los dedos de los pies. Quisiera hacerse una bola y dejar de sentir. Todo sea por mi Angélica.
Una mujer abrigada en exceso para un día soleado camina apoyando una mano en los muros de la calle. Justo donde termina su abrigo se alcanzan a ver un par de piernas como ramas de un árbol joven. La mujer entra a la casa, llama a su compañero. Intenta abrir la puerta del baño pero cada golpe que intenta para derribar la puerta le deja los hombros adoloridos. Por fin cede el seguro. Su Adrián está tirado en el suelo con un charco escarlata en su boca que dibuja ríos a través de los cuadritos azules.
Angélica se sienta junto con su esposo, le sostiene la cabeza. «¿Qué hiciste?, ¿Qué hiciste?» Después de un tiempo donde Angélica no escuchó nada y no sintió más que el calor del cuerpo de Adrián y el frío de su sangre en su ropa, decide limpiarle la cara. La sensación refrescante despierta al esposo. Sonríe mostrándole los espacios que hay en su boca y trata de pronunciar algo que sólo logra hasta el cuarto intento. «Ahora sí, ya puedes besarme».


«Hola, mi nombre es Adrián, ¿puedo sentarme contigo?» Un adolescente delgado se acerca a la mesa donde hasta hace unos segundos una muchacha leía un libro. «Claro, siéntate. Yo soy Angélica».  Dos jóvenes beben café, se toman de las manos y entablan una plática que parece que nunca va a terminar.
Las salidas son cada vez más frecuentes. «Me gusta besarte y darte pequeñas mordidas en los labios». Ella le explica cosas sobre moda, dietas y ejercicios para lucir “muy guapo”. Él la invita al cine, le enseña a bailar y en ocasiones especiales le insiste en comer una hamburguesa. Besos, peleas, reconciliaciones. Escuelas, tareas, promesas.
«Sí, acepto». En una de las fotos de la gran noche, se puede notar que durante el beso que siguió al compromiso Adrián apresó con los dientes el labio inferior de Angélica. Mujer y marido comen pizza después de hacer el amor la noche de su boda. Cuando él se queda dormido, ella entra al baño y expulsa millones de calorías al escusado. Regresa a la cama y lo abraza. Esa noche lo único que Angélica siente es el calor del cuerpo de Adrián.


Un hombre espera en la sala del hospital, su rostro es el de un niño que no sabe lo que ha ocurrido; como lo que se siente después de un asalto. Todas las parejas tienen secretos. Llega un médico y le da la noticia. El hombre agradece al doctor y se queda sentado observando al suelo, parece que puede ver a través de él todos los secretos del universo. Una mano le toca el hombro, él reconoce ese contacto. Abraza a su mujer y la lleva a casa. Asisten juntos a terapia, él prepara un desayuno especial para su mujer y trata de que coma lo más que pueda. La lleva a casa de su madre y le permite que se regrese sola, quizá necesita tiempo para pensar en lo que ha hecho, para arreglar lo que siente. Quizá debería hacer algo para ayudarla.


Los soles van y regresan, las lunas con ellos. Un matrimonio de seis años habita un departamento construido para una familia. Angélica ya no sonríe, le avergüenza hablar con la gente. Piensa que su marido observa todo el tiempo su boca, sus dientes podridos. Los besos han dejado de incluir un pequeño mordisco. Los besos han dejado de darse. Poco queda de la joven de la cafetería. Para que su cuerpo pueda mantenerse con energía tiene que estar abrigada todo el tiempo, con dificultades puede mantener la comida dentro de su estómago. Todo el tiempo siente hambre, el médico le ha dicho que no puede tener hijos y sólo camina cuando apoya una mano en los muros de las calles.


Por Fernando Vixtha



jueves, 2 de octubre de 2014

¿Dónde vive el viento?



—¿Hasta la Jesús Romero Flores? ¿Cuánto les cobran?
—Wey, ¿que cuánto te cobran?
—Buenas noches  don. La neta, cuarenta pesos.
—Súbanse.
—No mames, hace un chingo de frío. Ni siquiera puedo mover la mandíbula.
Busco en el bolsillo interior de mi chamarra mi encendedor de siete pesos con logotipo del OXXO, sostengo entre los labios un Lucky Strike y presento a mi amable y caballeroso encendedor con mi coqueto y dulce cigarro. Se dan un primer beso ardiente y yo doy una calada, una profunda, como la negrura de tus ojos.
—Pinche vicioso, y además maleducado. No sabes si puedes fumar en el taxi.
Dejo escapar el humo al viento por la ventana a medio cerrar.
—Soy un guardián, no la hagas de pedo. Jefe, ¿puedo fumar al interior de su unidad transportativa?
—Mamón.
—Sí joven. De hecho yo dejé el vicio hace poco, aunque para mí nunca fue un vicio, sino una pasión.
La cagué. Ahí viene el choro, mejor me aviento uno yo.
—Hay mucho viento, ¿verdad?
La pregunta es para Josué, estudiante de psicología durante las mañanas y mejor amigo de tiempo completo. Mantengo la mirada fija en el exterior, quizá por eso no responde, así que choco mi rodilla con la suya para que agarre el pedo. Veo pasar las luces de los faroles y casas y entrecierro los ojos para dar un efecto de "barrido", ya saben, ese pretexto que usan los fotógrafos para justificar la belleza de sus fotos borrosas.
—Sí, debe ser por la estación.
—Pues estás muy equivocado. No hay mucho viento. El viento no se hace, el viento corre. Déjame contarte una historia, pero no me interrumpas. Esto es como un recorrido turístico, preguntas al final… La verdad rige sobre todo el universo y es el universo a la vez. La verdad, el universo, Dios, Kalimán, o como quieras llamarle, creó dentro de sí los planetas una noche de borrachera, como la que acabamos de tener, y dentro del tercer planeta más cercano a lo que llamamos Sol, que en realidad es su ombligo, nos puso a nosotros. Pero éramos muy aburridos. La mitad de la población de la tierra era morena y robusta y la otra mitad era pálida y débil; hasta tú puedes hacer la conjetura: era por la exposición y la ausencia al sol. La solución fue crear al viento, porque a diferencia de lo que se cree, no es un ente intangible. El viento tiene cuerpo de ciervo y una melena abundante y larga, parecida a la de un león, sólo que sus cabellos son finos y sedosos. Sus piernas son fuertes y le han permitido correr desde mucho antes que el tiempo tuviera conciencia de sí. Posee un cuello firme y alargado, sus ojos son grandes y sus astas imponentes. El universo le dio vida y sólo una orden: mantenerse siempre en movimiento. Así fue como comenzó a girar la tierra. El viento es padre del día y la noche, de las estaciones, de las mareas. El universo nos arrojó aquí, nos dio un hogar, le dio uno a cada creación que dejó sobre la tierra, excepto al viento y no es como que alguna vez le hubiese importado, pero siempre se cuestionó el porqué. Sabe que no lo necesita y quizá por eso lo anhela tanto. Las ventiscas levantando faldas, los silbidos que a veces se escuchan en las cuevas, el césped alto moviéndose en las llanuras, los suspiros, las inhalaciones profundas, todos estos actos son producto de la constante búsqueda que hace el viento de un hogar.
—Así suena a que el viento nos viola cada que respiramos.
—Cabrón —suelto el humo que tenía dentro justo frente a su cara—, te dije que sin interrupciones… En fin, a veces se le olvida que no tiene lugar al cual regresar después de haber corrido todo el día; en ocasiones es amable y dócil, juega con nuestros cabellos y nos hace travesuras. Otras veces es completamente distinto, se molesta con el universo por haber hecho de él un nómada eterno, entonces se agita y oscurece, se vuelve mordaz y agresivo. Forma tornados y causa desastres. Quién sabe si alguna vez encuentre un hogar o se canse y deje de movernos, ambas situaciones traerían consecuencias fatales para nosotros. Espero no vivir para entonces. El viento se prometió no descansar hasta encontrar un hogar, uno amplio y cómodo, que pueda contenerlo entero y...
—Creo que ya llegamos —me interrumpe de nuevo, y qué bueno, no tenía un final adecuado para mi historia—. ¿Qué número me había dicho joven?
—El veinte de la calle Zapatista.
Una cuadra antes de llegar tiro por la ventana la colilla de mi cigarro que se consumió sin que me diera cuenta.
—Listo jovenazos, servidos.
—Paga wey, ya me gorroneaste dos chelas.
—Ándale pues, adelántate y abre... Jefe, la neta no traigo dinero, pero tengo esta cajetilla de cigarros, era de veinticinco y nomás me fumé dos. Cómo ve, ¿se anima? Para que recuerde buenos y amables tiempos.
—Nomás porque su historia estuvo mamalona, buenas noches. Déjese uno.
—Buenas noches.

Sostengo entre los labios otro Lucky y, mientras el Tsuru se aleja, comienzo a darme cuenta de lo increíblemente fácil que es viajar gratis en taxi.

Por Iván Quintana