miércoles, 13 de diciembre de 2017

Los tiempos cambian


Los sollozos de mi mujer me despertaron antes que la alarma. No hay nada que me moleste más que dormir poco, pero esta vez no dije nada. Me rogó para que la llevase a urgencias, pero ella sabía muy bien que no la podía sacar de casa, no todavía. Los médicos o las enfermeras harán preguntas y no me creerían un “se cayó por las escaleras”. Son señas de que los tiempos han cambiado. En la época de mis abuelos todos entendían perfectamente que esos eran asuntos normales de pareja. Y es que mi mujer se ha vuelto incontrolable. Empezó alzando la voz y anoche me respondió los golpes. Es por eso que se me pasó la mano.
Le di naproxeno para el dolor y salí a la cocina a hacerme desayuno.
Todo era nuevo: platos, sartenes, estufa, refrigerador, hasta lavavajillas para mi princesa. Ella solía vivir en una cueva horrible con sus ocho hermanos y ahora tenía su propio palacio. Me despedí de ella y prometí regresar temprano. Cerré la puerta con llave, de la cual yo tengo la única copia.
Como salí antes de lo habitual el camino estaba vacío. La ciudad se ve tan distinta sin tanto auto y mugroso cruzando a media calle sin usar las esquinas o los puentes peatonales.
Mi trabajo consiste en administrar varias decenas de vendedores ambulantes. El dueño de la mercancía y el que mueve sus influencias para que las autoridades no nos causen problemas es un político poderoso. Dicen que comenzó como franelero, luego taxista, líder de taxistas y así hasta agarrar buen hueso en su partido.

El trabajo estuvo tranquilo, hasta pude darme el gusto de ver la final de la copa en uno de los puestos. Nuestro equipo perdía por paliza después de muchos años invicto. Un comentarista decía en tono melancólico que era el fin de una época. Su compañero contestó que en realidad esa época había terminado hace tiempo. Que si no eras observador te podrías dar la impresión de que el final fue abrupto, cuando en realidad la decadencia había sido notoria.
    Tras finalizar el partido en un corto noticioso informaron que nuestro patrón había sido arrestado. Sin duda era el final de una época para nosotros.

Regresando a casa me topé con una multitud que cerró una calle. Eran vecinos que protestaban por la tala de unos árboles. Cuando me lo dijeron no lo creí. Debía haber otro motivo o era una broma, pero no. Toqué el claxon y les grité que se dejaran de pendejadas, que habíamos personas que sí trabajamos y que queríamos regresar a nuestras casas, pero me contestaron con rechiflas.  Gente sin quehacer.
   Seguí conduciendo y calle tras calle las cosas parecían empeorar. Era como si el mundo hubiera cambiado súbitamente mientras veía el futbol. Apenas si había autos. La mayoría de la gente viajaba en bicicleta o autobús y todos le daban preferencia al peatón. En una esquina vi un grupo de mujeres golpear a un par de ebrios que las habían piropeado. Un hombre, un niño y un travesti caminaban tomados de las manos, como si fueran una familia normal. Una pareja cogía en la banqueta, frente a un policía, que en vez de arrestarlos se bajaba el pantalón y pedía ser el siguiente en recibir.

Lo primero que noté al llegar a casa es que seguía a oscuras y esto me espantó. Ella se había quejado mucho en la mañana. Abrí la puerta e intenté prender la luz del recibidor, pero el interruptor no funcionaba. Seguí hacia el dormitorio intentando prender sin éxito todas las luces en el camino. Abrí la puerta de nuestra alcoba y lo primero que noté fue un olor raro, como a trapo que ha estado húmedo por varios días. La oscuridad dentro de la habitación era total. Me quedé paralizado en la entrada por unos segundos, hasta que la pude ver. Más bestia que mujer, se deslizaba por el suelo mientras me veía con sus ojos amarillos llenos de odio. Agazapada, como una gata lista a saltar sobre su presa.

    

Autor: Joel Aguilar.

martes, 12 de diciembre de 2017

Héber


Héber dice que me sacará a pasear. Esas fueron sus palabras; ni siquiera por ser domingo puede estar tranquilo. “Acompáñame a recoger los boletos de Patricia, solo hoy puedo ir por ellos. Ándale, así de una vez te saco a pasear”. Ni en su día de descanso para de ladrar órdenes. Ya no me toca, ni se me acerca y hasta huye si trato de ponerle un dedo encima, pero qué bien se le da ordenar. “¿Tienes el papel que nos van a pedir para los boletos?” Sí, los tengo. “¡Apúrate, que a las doce juegan los Vaqueros!”. Como si me importara.
No me gusta venir a Liverpool los domingos. Me deprimen las ojeras de sus empleados, sus sonrisas fingidas, no puedo mirarlos a los ojos sin sentirme culpable. “Oye, ¿el módulo de Ticketmaster? Me dijeron que hay uno aquí”. Arriba, junto a la sección de libros y revistas, le responden. Tal vez pueda sacarle una blusa, no creo que tenga ánimos de discutir, seguro me la compra con tal de regresar rápido. “Ya oíste, es arriba. Deja esa blusa, otro día la miras.” Sí, Héber, lo que tú digas, no importa que te adelantes y subas las escaleras eléctricas sin mí.
            En el área de libros, ataja a un empleado, “¿Algún libro de los Vaqueros de Dallas?”. No, señor, ahorita no tenemos libros de beisbol. Héber suelta una carcajada y la gente lo mira. “Es futbol americano, idiota. ¿Trabajas aquí y no sabes distinguir el beisbol del futbol americano?”. Miro al empleado y reconozco esa mirada, la he visto tantas veces, incluso en mí. Disculpe, señor, es que casi no nos llegan libros de deportes; revistas sí… “¡Libro, animal! ¿Tampoco sabes la diferencia entre libro y revista? Sabes qué, mejor déjalo”. Ahora, se dirige a mí. “¿Lo escuchaste? Le pregunté si tiene algún libro de los Vaqueros de Dallas y pensó que son beisbolistas”. Confunde mi mueca por una sonrisa y camina realizado, lleno de orgullo por sí mismo. Sabe la diferencia entre el beisbol y el futbol americano.
            Me distraigo un momento hojeando la nueva Hola!, cuando me llama, “Fer, dime el número que te dio Pati para los boletos”, coloco la revista en su lugar y me acerco, hurgando en mi bolsa por la hoja mientras él continúa hablando con el empleado, “¿Siempre vienen viejotas como esas aquí? Ah, su puta madre. ¿No están contratando?”. Alzo mis ojos y veo a dos jóvenes tomándose una foto con sus boletos recién entregados. Podrían ser sus nietas. Nuestras nietas. Le sonrío al empleado, tratando de hacerme a la desentendida, esforzándome por ocultarle mi rubor. Le entrego la hoja con el número a Héber y él se la avienta al encargado que nos atiende. “¿Qué son estas madres?”. Son los eventos del mes, señor. “Voy a llevarme uno”. Héber revisa un pequeño programa, mientras el joven continúa: Son dos boletos para el… Corona Capital. A nombre de Héber Osorio, ¿correcto? “¿Esa miradita qué? Son para mi hija”. Como usted diga, señor. ¿Me permite su INE y la tarjeta de la compra para entregarle los boletos, por favor?. A Héber no le gusta eso, parece contrariado mientras busca su tarjeta y credencial en la cartera, entregándolas de mala gana al muchacho. Todo en orden, caballero, ahora solo necesito planchar su tarjeta para…, “¿Cómo?”. Dios mío, ahí vamos. “¿Por qué vas a planchar mi tarjeta si esos boletos ya están pagados?”. Caballero, esta bauchera ya ni funciona, es solo una medida de seguridad, no es cargo extra ni nada, sólo sirve para comprobar que recogió los boletos… “Pero me estás viendo, ¿no? Ahí está mi IFE, ya estuvo, están pagados, ¿qué más comprobante quieres?”. Entiendo su temor, señor, tranquilícese, el original se lo queda usted; el planchado es sólo para comprobar que presentó su tarjeta. “¿Seguro? Porque no me gusta nada, ¿por qué chingados vas a planchar mi tarjeta si ya pagué los boletos?”. No depende de mí, señor, a todos los que vienen a recoger sus entradas se les realiza el planchado, incluso las muchachas que estaban antes que usted, también vinieron a recoger sus boletos y firmaron su baucher, es totalmente seguro. “¿Además tengo que firmar? No, no, no. No me gusta nada, yo no tengo que firmar ningún pinche papel y tú no tienes que plancharme ni puta madre. Esos boletos ya están pagados, lo único que tienes que hacer es dármelos”. Señor, ¿le gustaría que llame a mi gerente para que usted se sienta más se… “No vas a llamar ni verga, cabrón. Escúchame bien hijo de tu puta madre, esos boletos ya están pagados, ¿por qué vas a planchar mi tarjeta y yo a firmarte? ¿Tú lo harías?”. E-en este caso sí lo haría porque… “¡Porque estás pendejo, güey, agarra la onda! ¿Tienes tarjeta de crédito? ¿No, verdad? ¿Ya viste cuánto costaron esos boletos? ¿Quién me asegura que no me los vas a cobrar de nuevo?” Señor, déjeme explicarle, este es el procedimiento normal, todos pasan por él. “A mí me vale madres si los demás pasan por él, a mí no me vas a planchar ninguna pinche tarjeta”. Entonces, no le puedo dar los boletos, caballero… Dios. Ni siquiera por ser su día de descanso. Ni siquiera por mí. “¿Cómo? ¿Que no me vas a dar mis boletos? Escúchame bien, cabrón, a mí no me hablas así porque te voy a partir tu puta madre, ¿me oíste? ¿Cómo chingados que no me vas a dar mis boletos, pinche perro? ¿Quién te crees? ¿Sabes con quién hablas? ¡Mejor bájale a tu pedo, estúpido! Mírate, ¿quién chingados eres tú para decirme si me vas a dar o no mis boletos, pendejo? Mira dónde trabajas, ¿quién eres tú para hablarme así?”
La gente a nuestro alrededor nos mira. Para, para ya, Héber, por favor. “¡Yo no me voy a ir de aquí hasta que no me des mis pinches boletos! ¿Me escuchaste, animal? ¡Dame mis putos boletos ahora!” Para, por favor, Héber. No puedo más: Héber… Por favor… “¡Los quiero ahorita, pendejo! ¡No sabes con quién estás hablando! ¿Quieres que te parta tu…”, ¡Héber, ya, basta!, grito desde lo más profundo de mi ser y lo abofeteó con toda mi furia. El impacto es tal que hasta el programa sale volando de sus manos. ¡Deja que ese muchacho haga su trabajo, firma el maldito baucher y sácame de aquí! ¡Ahora! Héber me mira sorprendido, con ojos incrédulos. Tiene una mano sobre su mejilla izquierda, que empieza a enrojecer poco a poco. Parece un niño extraviado. “Apúrate”, le dice al empleado, y éste, temblando, llena y plancha el baucher. Héber lo firma y cuando estira su mano para agarrar los boletos, se los arrebata al muchacho. Me coge la mano y por fin salimos de ahí.

“¿Quieres comer en algún lado?”, me pregunta una vez en el coche. Le digo que no con la cabeza. Llévame a la casa. Él no responde, enciende el motor y siento el carro moviéndose en reversa. Mientras acomodo la bolsa con mi blusa nueva, lo observo furtivamente. Bajo mi mirada y veo que algo en su entrepierna comienza a crecer. Algo que pensaba ya muerto.         

Por Alejandro Casanova

domingo, 25 de junio de 2017

Cernícalo (segunda versión)



Me gusta, eso lo sé desde que veo su cara, pero su uniforme de escuela pública me parece tan corriente. Camina un par de pasos hacia mi asiento y su pierna casi toca mi hombro. La tela barata de su vestimenta ha dejado de ser lo que fue en un inicio y se convirtió en algo que aumenta mi deseo. Está a milímetros de mi brazo y el suéter que trae amarrado en la cintura roza con mi brazo con cada movimiento brusco del microbús. No me acerco, no me muevo ni un ápice. Me domina ese temor de que note mis intenciones y me rechace. 
Quisiera levantarme, preguntarle sobre la música que escucha, cuáles son sus películas favoritas, su nombre, pero me emociona más la posibilidad del encuentro. ¿Es un delito disfrutar un contacto por accidente aunque la otra persona no lo note? ¿Es alevosía hacerlo con la esperanza de que ese contacto evolucione a algo más sexual? Me cuestiono, pero no quiero pensar en las respuestas.
Está un poco más cerca de mí, su pubis queda a la altura de mi cara, pero ahora es más difícil forzar un contacto que parezca producto del hacinamiento y la coincidencia. Hay tanta gente en el pasillo que no puede moverse ni a su izquierda o su derecha. Atrás tiene a más personas. Enfrente estoy yo. ¿Se dio cuenta de mi interés? ¿Se movió un poco porque lo notó, o porque no tuvo opción? Por el momento no hay nada que pueda hacer, quizá un enfrenón o que suban más pasajeros haga que volvamos a quedar pegados.
Hay un tipo de tela deportiva, un material que se inventó quizá en los noventa. Brilla, es suave. Cuando cubre los bultos del cuerpo hace que parezcan más perfectos. Algo tiene la redondez, la pronunciación debajo de la ropa, que nos invita a querer agarrar o traspasar. Como cuando queremos sujetar los músculos aprisionados como embutidos, como si se tratara de una masa que grita para que la liberemos.
Apretar. Pellizcar.
No trae esa tela deportiva, trae ese uniforme corriente de escuela pública, pero lo que eso representa logra en mi cabeza cierto encanto rústico que no puedo describir.
No he disimulado lo suficiente y me le quedé viendo más tiempo del que debería. Ahora sólo pueden pasar tres cosas: o se aleja, o me hace notar su disgusto, o está de acuerdo. Pasan segundos de silencio e indiferencia que me desesperan, tiempo perdido o que pospone el rechazo. Balancea su pierna cerca de mi brazo en algo que podría ser un acto reflejo o un síntoma de ansiedad que nada tiene que ver conmigo. Pero yo sé que no es eso. Si se moviera un poco más su pene quedaría justo en fricción o incluso en presión contra mi hombro, así sabría yo si ha entendido de qué se trata esto. Pero puede que tenga miedo y tampoco sepa bien lo que pretendo. Si no se actúa pronto, el miedo o las circunstancias lo arruinarán todo.
Mientras se sujeta al tubo superior que atraviesa el microbús hace su cuerpo hacia enfrente por culpa del jaleo que provocan las curvas. Es como si acercara sus genitales a mi cara, como si dijera: Míralos, están aquí debajo de esta tela barata, apacibles, aburridos esperando a que alguien haga algo con ellos, recuesta tu cabeza, acerca tu nariz y presiónala contra mí para olerme; si quieres muerde despacio, poco a poco hasta que tenga una erección. Le abriría la bragueta enfrente de esta gente que sale cansada de sus trabajos y metería su miembro a mi garganta para chuparlo hasta que salpicara sobre mí y sobre la señora dormida que va a mi lado. El escándalo sería instantáneo. Los pasajeros, el chofer, la gente ofendida. Pero si lo está haciendo para mí, ¿por qué no hay signos evidentes de una erección? Los penes se agrandan al mínimo indicio de estarse excitando. La simple idea me gusta. Que fuera algo tan notorio y no supiera cómo disimularlo. No puede soltar ambas manos del tubo para taparse. No podría agacharse, no hay espacio y sería más llamativo. Nada más con ver el bulto del pantalón sabría si lo tiene fuerte y grueso, o quizá tenga uno largo que al menor descuido salga por arriba. O uno pequeño que ataque directo en horizontal y por lo mismo sea igual o más escandaloso.
Una mujer con sobrepeso pasó por en medio del pasillo para bajar y él de nuevo se acercó a mí para luego regresar cerca de mi hombro. Un pasajero más que suba y no tendrá de otra más que estar justo donde lo quiero, o podría alejarse lo suficiente como para que todo esté perdido. Quisiera moverme yo también para quizá iniciar, pero no me parece seguro. Sería una declaración, aceptar mis intenciones, y si nada es como pensaba, podría armarse un escándalo. Debe saber lo que intento. He endurecido el cuerpo para situarme a su alcance, que sepa que no me haré para atrás ni me quitaré. Son unos cuantos milímetros para sentir esa flacidez que vaya endureciéndose.
La primera vez que tuve una experiencia así, todo inició por accidente. Ese muchacho era más joven que éste. Quizá tendría trece años, no más de quince. Íbamos en el área para usuarios en silla de ruedas, en la que jamás verás a alguien en silla de ruedas. Ahí caben cuatro, seis personas, a lo mucho. No lo había visto hasta que subieron más pasajeros y mi mano tocó su mano. Iba a quitarla de inmediato, pero por alguna razón no lo hice. Él empezó a mover su dedo índice acariciando el mío. Me quedé paralizado. Esa indeterminación contribuyó a que aquello continuara, ese momento en que no sabes si el otro se da cuenta. Pensé que era un movimiento inconsciente del muchacho y aun así yo no quería que terminara. La agitación del transporte siempre ayuda. Un par de saltos bruscos y su cuerpo estuvo pegado al mío. Mi pierna se encontraba contra la suya, como si yo le diera una zancadilla por detrás. Su mano encima de la mía. Extendió el brazo para ya no estar a un lado sino justo enfrente de mí. Pasó su mano izquierda hacía atrás, sin voltear a verme, como si nada pasara, y buscó mi bragueta. Acariciaba mi pantalón como si lo rascara. Mi pene se hinchó de inmediato, lo sentí más gordo y duro que nunca. Él hacía círculos con su uña en mi glande cubierto por la tela. Una anciana nos vio con asco y de inmediato volteó a otro lado. Nadie más hacía caso. Las cosas trascurrían a la perfección. Subió la velocidad de sus caricias. Es el mismo efecto de la masturbación: entre más velocidad, más apresuras que la otra persona se venga. Como si se esforzara. Yo de cierto modo seguía paralizado, pero de eso no me percaté hasta después. Llevado por un impulso más poderoso que toda mi prudencia junta, rodeé su cintura con mi brazo izquierdo y metí mi mano en el bolsillo de su pantalón. Lo atraje hacia mí, comencé a masturbarlo sin importar que la tela me estorbara. Él hizo movimientos con su cadera frotando sus nalgas contra mi verga. Infamia pública. Yo mancharía mis calzones y parecería que me oriné, pero no me importaba. Sin embargo no fue una historia feliz. Todo acto sublime acaricia con malicia el infierno. No había notado que la gente se acumulaba, caminaba en dirección hacia donde estábamos, con ese paso hipnótico que adoptan los pasajeros. El bus se había detenido. Era la última parada y como fuga de una presa la gente bajaba con velocidad, como el agua que escapa de una grieta vencida. Entre esa fuga estaba mi muchacho. Sin decir más, sin que pudiera alcanzarlo, se fue entre la multitud. Sin importar que yo apresurara el paso a su alcance entre el tumulto, no pude alcanzarlo, o quizá no tuve el valor para detenerlo aunque me pareció que hubo un segundo donde él esperaba a que yo lo hiciera. ¿Qué haría yo con un muchacho con el que no compartía nada en común más que el contacto físico?
De ahí han sido pocas las ocasiones en que algo similar sucedería, pero nunca tan placentero. Es una receta precisa que consiste en no saber, hasta el momento en que las cosas pasan, si la otra persona sabe o no que la deseas. El otro par de veces fue tan evidente el gusto que tenían por mí, que esa falta de suspenso mató casi por completo la excitación. En una terminamos en un hotel, en otra otro adolescente lo hacía a escondidas de su familia que lo acompañaba, familia que se percató de lo sucedido y que prefirió, para mi buena suerte, no decir nada al respecto.
Este muchacho del uniforme corriente de escuela pública se sentó justo en el momento en el que una universitaria se paró de su asiento detrás de donde yo estaba. Estoy convencido de que él quería que continuara con el juego, pero no actué. Esperaba que él tuviera una iniciativa parecida a la de aquella primera vez. No habría estado nada mal si yo empezaba y él accedía. De hecho hubiera sido algo muy cercano a lo que deseaba, pero me perdí en mis pensamientos y me distraje. Una distracción es igual a desinterés y eso lo notan de inmediato. Las cosas cambiaron. Ahora tendría que hablarle o ser más directo, y no lo haré. Han sido docenas, quizá cientos, de hombres con quienes he tenido un contacto que tal vez ni siquiera notaron o que no llegó a mayores. Pero lo tuve. Y este mundo es grande y ni que me griten o me golpeen evitará que un día vuelva a ese momento al que el muchacho de unos trece, máximo quince, me llevó.

Por Leonardo Garvas


jueves, 22 de junio de 2017

Cernícalo



Me gusta, eso lo sé desde que veo su cara, pero su uniforme de escuela pública me parece tan corriente. Camina un par de pasos hacia donde estoy sentado y su pierna casi toca mi hombro. La tela barata y acartonada de su vestimenta se ha convertido en algo que aumenta mi deseo. Está a milímetros de mi brazo y el suéter que trae amarrado en la cintura roza con mi brazo con cada movimiento brusco del microbús. No me acerco, no me muevo ni un ápice. Me domina ese temor de que note mis intenciones y me rechace. Aprieto con fuerza el libro que traigo en mis manos.
Quisiera cederle mi lugar, preguntarle sobre la música que escucha, cuáles son sus películas favoritas… su nombre. Pero me emociona más la posibilidad del encuentro. ¿Es un delito disfrutar que alguien te toque por accidente aunque la otra persona no lo note? ¿Es alevosía hacerlo con la esperanza de que evolucione a algo más sexual?
Está un poco más cerca de mí, su pubis queda a la altura de mi cara, pero ahora es más difícil forzar un contacto que parezca producto del hacinamiento y la coincidencia. Hay tanta gente en el pasillo que no puede moverse ni a su izquierda o su derecha. Atrás tiene a más personas. Enfrente estoy yo. ¿Se dio cuenta de mi interés? ¿Se movió un poco porque lo notó, o porque no tuvo opción? Por el momento no hay nada que pueda hacer, quizá un enfrenón o que suban más pasajeros haga que volvamos a quedar pegados.
Hay un tipo de tela deportiva, un material que se inventó quizá en los noventa. Brilla, es suave. Lo que me importa es la forma que da al cuerpo cuando cubre los bultos. Algo tiene la redondez, la pronunciación debajo de la ropa, que nos invita a querer agarrar o traspasar. Como cuando queremos arrojar una fuerte nalgada a un par de glúteos aprisionados como embutidos, como si fuera una masa que grita para que la liberemos. Apretar. Pellizcar. Frotarnos.
No trae esa tela deportiva, trae ese uniforme corriente de escuela pública, pero lo que eso representa logra en mi cabeza cierto encanto rústico que no puedo describir.
No he disimulado lo suficiente y me le quedé viendo más tiempo del que debería. Ahora sólo pueden pasar tres cosas: o se aleja, o me hace notar su disgusto, o está de acuerdo. Pasan segundos de silencio e indiferencia que me desesperan por ser tiempo perdido o que pospone el rechazo. Balancea su pierna cerca de mi brazo en algo que podría ser un acto reflejo o un síntoma de ansiedad que nada tiene que ver conmigo. Pero yo sé que no es eso. Si se moviera un poco más, su pene quedaría justo en fricción o incluso en presión contra mi hombro, así sabría yo si ha entendido de qué se trata esto. Pero puede que tenga miedo y tampoco sepa bien lo que yo pretendo. Si no se actúa pronto, el miedo o las circunstancias lo arruinarán todo. Mientras se sujeta al tubo superior que atraviesa el microbús, hace su cuerpo hacia enfrente por culpa del jaleo que provocan las curvas. Es como si acercara sus genitales a mi cara, como si dijera: Míralos, están aquí debajo de esta tela barata, apacibles, aburridos esperando a que alguien haga algo con ellos, recuesta tu cabeza, acerca tu nariz y presiónala contra mí para olerme; si quieres muerde despacio, poco a poco hasta que tenga una erección. Le abriría la bragueta enfrente de esta gente que sale cansada de sus trabajos y metería su miembro a mi garganta para chuparlo hasta que salpicara sobre mí y sobre la señora dormida que va a mi lado. El escándalo sería instantáneo. Los pasajeros, el chofer, los bravucones, la gente ofendida. Pero si lo está haciendo para mí, ¿por qué no hay signos evidentes de una erección? Los bultos de las vergas se agrandan al mínimo indicio de estarse parando. La simple idea me excita más. Que fuera algo tan notorio y no supiera cómo disimularlo. Mi erección está contenida por el pantalón de mezclilla, bastaría que me inclinara hacia adelante o pusiera mis manos en esa área para que no se notara. ¿Pero qué haría él? No puede soltar ambas manos del tubo para taparse. No podría agacharse, no hay espacio y sería más llamativo. Yo nada más con ver el bulto del pantalón sabría si tiene un pito fuerte y grueso, o quizá uno largo que al menor descuido salga por arriba. Uno pequeño que ataque directo en horizontal y por lo mismo sea igual o más escandaloso.
Una mujer gorda pasó por en medio del pasillo para bajar y él de nuevo se acercó a mí, para luego regresar cerca de mi hombro. Un pasajero más que suba y no tendrá de otra más que estar justo donde lo quiero o podría alejarse lo suficiente como para que todo esté perdido. Quisiera moverme yo también para quizá iniciar, pero no estoy muy seguro de eso. Sería una declaración, aceptar mis intenciones, y si nada es como pensaba, podría soltarme un golpe y armar un escándalo. Aunque estoy seguro de que tiene una idea precisa de lo que intento. He endurecido el cuerpo para situarme a su alcance, para que sepa que no me haré para atrás ni me quitaré. Son unos cuantos milímetros para sentir esa flacidez que vaya endureciéndose.
La primera vez que tuve una experiencia así, todo inició por accidente. Ese muchacho era más joven que éste. Quizá tendría trece años, no más de quince. Íbamos en el área para usuarios en silla de ruedas, en la que jamás verás a alguien en silla de ruedas. Ahí caben cuatro, seis personas, a lo mucho. No lo había visto hasta que subieron más pasajeros y mi mano tocó su mano. Iba a quitarla de inmediato, pero por alguna razón no lo hice. Él empezó a mover su dedo índice acariciando el mío. Me quedé paralizado. Esa indeterminación contribuyó a que aquello continuara, ese momento en que no sabes si el otro se da cuenta. Pensé que era un movimiento inconsciente del muchacho y aun así yo no quería que terminara.  La agitación del transporte siempre ayuda. Un par de saltos bruscos y su cuerpo estuvo pegado al mío. Mi pierna se encontraba contra la suya, como si yo le diera una zancadilla por detrás. Su mano encima de la mía. Extendió el brazo para ya no estar a un lado sino justo enfrente de mí. Pasó su mano izquierda hacía atrás, sin voltear a verme, como si nada pasara, y buscó mi bragueta. Acariciaba mi pantalón como si lo rascara. Mi pene se hinchó de inmediato, lo sentí más gordo y duro que nunca y él hacía círculos con su uña en mi glande cubierto por la tela. Una anciana nos vio con asco y de inmediato volteó a otro lado. Nadie más hacía caso. Las cosas trascurrían a la perfección. Subió la velocidad de sus caricias. Es el mismo efecto de la masturbación: entre más velocidad, más apresuras que la otra persona se venga. Como si se esforzara. Yo de cierto modo seguía paralizado, pero de eso no me percaté hasta después. Llevado por un impulso más poderoso que toda mi prudencia junta, rodeé su cintura con mi brazo izquierdo y metí mi mano en el bolsillo de su pantalón. Lo atraje hacia mí, comencé a masturbarlo sin importar que la tela me estorbara. Él hizo movimientos con su cadera frotando sus nalgas contra mi verga. Infamia pública. Yo mancharía mis calzones y parecería que me oriné, pero no me importaba. Sin embargo no fue una historia feliz. Todo acto sublime acaricia con malicia el infierno. No había notado que la gente se acumulaba, caminaba en dirección hacia donde estábamos, con ese paso hipnótico que adoptan los pasajeros. El bus se había detenido. Era la última parada y como fuga de una presa la gente bajaba con velocidad, como el agua que escapa de una grieta vencida. Entre esa fuga, estaba mi muchacho. Sin decir más, sin que pudiera alcanzarlo, se fue entre la multitud. Sin importar que yo apresurara el paso a su alcance entre el tumulto, no pude alcanzarlo, o quizá no tuve el valor para detenerlo aunque me pareció que hubo un segundo donde él esperaba a que yo lo hiciera. ¿Qué haría yo con un muchacho con el que no compartía nada en común más que el contacto físico?
De ahí han sido pocas las ocasiones en que algo similar sucedería, pero nunca tan placentero. Es una receta precisa que consiste en no saber, hasta el momento en que las cosas pasan, si la otra persona sabe o no que la deseas. El otro par de veces fue tan evidente el gusto que tenían por mí, que esa falta de suspenso mató casi por completo la excitación. En una terminamos en un hotel, en otra otro adolescente lo hacía a escondidas de su familia que lo acompañaba, familia que se percató de lo sucedido y que prefirió, para mi buena suerte, no decir nada al respecto.
Este muchacho del uniforme corriente de escuela pública se sentó justo en el momento en el que una universitaria se paró de su asiento detrás de donde yo estaba. Estoy convencido de que él quería que continuara con el juego, pero no actué. Esperaba que él tuviera una iniciativa parecida a la de aquella primera vez. No habría estado nada mal si yo empezaba y él accedía. De hecho hubiera sido algo muy cercano a lo que deseaba, pero me perdí en mis pensamientos y me distraje. Una distracción es igual a desinterés y eso lo notan de inmediato. Las cosas cambiaron. Ahora tendría que hablarle o ser más directo, y no lo haré. Han sido docenas, quizá cientos, de hombres con quienes he tenido un contacto que tal vez ni siquiera notaron o que no llegó a mayores. Pero lo tuve. Y este mundo es grande y ni que me griten o me golpeen evitará que un día vuelva a ese momento al que el muchacho de unos trece, máximo quince, me llevó.

Abro mi libro y me pongo a leer.    

Por Leonardo Garvas

jueves, 8 de junio de 2017

Lonjas



Cecilia me caga. No tiene el gran intelecto. Yo mismo me considero una güey muy básico, e incluso así noto lo idiota que ella puede llegar a ser. Le gustan los antros como El Doberman, películas como 500 días con ella, usa frases como «Todo es cuestión de perspectivas» y es budista porque está de moda ser vegano. En serio todo lo que hace me resulta muy estúpido. Menos coger.
Hace dos años caí en depresión, bueno, le llamé así pero luego calé que sólo estaba haciendo berrinche poniéndome a la altura de una pendejez como la de Cecilia. Estuve bebiendo diario por meses, mandé a la verga la escuela y uno de mis dos trabajos, pasé de leer casi ni madres a ver puros memes estúpidos en el internet que alcanzaba a robarme, dejé de entrenar y engordé un putamadral.
A Cecilia la conocí en un bar de Regina en donde me dejaban pasar con menores de edad si le daba diez varos al cadenero. Yo iba llegando al bar. Saludé al cadenero y me quedé platicando con él pues hacía unos dos años que no me paraba en ese lumpanar sobrevalorado, ni en Regina. Le pedí que me acomodara en una mesa donde hubiera nalgas y me sentó donde había tres. Ninguna era atractiva, ni siquiera un poquito cachondas. Dos tenían lonjas más hanchas que sus caderas, los senos no sobresalían de sus playeras y estaban a la altura de sus estómagos. Unos troncos. Si no fuera por sus ademanes, sus voces y su olor, habrían pasado por metaleros desempleados. Cecilia también tiene una lonja más grande que su cadera. Toda ella tiene forma de cono, pero tiene unos senos que no caben en mis manos. Copa C como mínimo, con una areola de unos tres o cuatro centímetros de diámetro y pezones gruesos y altos. En verdad unas buenas tetas. Todo lo demás es casi repugnante. De la cintura para abajo, su cuerpo parece de un niño de diez años con desnutrición, de la cintura para arriba tiene el torso de otro niño de diez años pero con obesidad, dos implantes de nalga como cachetes, unos labios como los del burro de Shreck, los dientes de arriba separados y amarillos por el cigarro, los de abajo con el mismo color pero encimados, el resto de la cara de una cuarentona con raíces autóctonas. Aun así me quedé en la mesa y platiqué con las tres. Yo pedí mi misil de cinco litros de cerveza y ellas lo suyo. Ya iba bebiendo en el metro, un six y 100ml de ron que escondo en la botella de un jarabe para la tos. Estaba consciente de lo horribles que estaban pero me dije a mí mismo: chingue su madre, de todos modos ya no estás tan saboreable y ahora estás más pendejo. Tu ex no va a volver al país en un futuro cercano así que no tienes nada que perder. Me besé con dos y a Cecilia me la llevé al hotelucho de a la vuelta. Fue de mis mejores cogidas hasta ahora.
Hoy vamos a vernos por tercera vez.

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Llevamos tres meses saliendo. Me empecé a quedar con ella en hoteles aunque tuviera trabajo o escuela al día siguiente. Antes eran hoteles buenos porque los pagaba mi ex, ahora me quedo con Cecilia en hoteles de trecientos pesos. Siento vergüenza de que me vean con ella. Nadie de mis amigos o mi familia sabe que estamos saliendo. Saben que es una amiga pero nada más. Ella ya me considera su novio y me presenta como tal. Hemos cogido casi diario y cada vez nos acoplamos más el uno al otro, ya hasta se acostumbró a que le dé por detrás. De lo mejor es sentir como cuelgan y rebotan en mis manos sus chichis cuando la pongo en cuatro. Esa horrible boca que tiene sabe usarla muy bien y la usa cada vez mejor, lamiendo todo lo que está entre mis muslos y mi ombligo. Cuando llego a venirme muy rápido y seguido, ella se dedica a chupar y en cuestión de segundos estoy listo para seguir penetrándola. Todo lo que hacemos no es más de lo que ya he hecho con otras, pero me resulta más placentero jalarle el cabello a ella, nalguearla, chuparle su mal rasurada vagina, sus tetas, su ano, a este bodrio que hace lo que le diga. Yo digo que si vas a entrarle, éntrale con todo. Y le estoy entrando a lo feo. Y me está gustando esta culera, marrana y estúpida mujer.
Hoy tuve que levantarme dos veces de mi cubículo para ir al baño a masturbarme. Nomás de recordar el palo mañanero que nos echamos antes de irme al trabajo manché mis boxers, no tuve opción. Adquirí el gusto de sentir sus llantas en vez de sus nalgas mientras ella está arriba de mí dándome la espalda. Definitivamente me estoy enamorando de la cosa más horrible y estúpida que me haya encontrado. Estoy utilizando mañas para evitar que ella hable, como compartir mis audífonos en el transporte público, o ser el único que platique en la comida. Ella es la mujer con la que más he ido al cine, y mamadas así. Cuando habla, no puedo más que ver su amarillento incisivo lateral encimado con sus otros dientes, sus labios cuarteados e hinchados, sin mencionar lo pendeja que suena cada palabra que dice…

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Se me antoja una mamada. Seis meses saliendo: Es hora de presentársela a mis padres.


Por: Josué RB

miércoles, 7 de junio de 2017

Sueño americano



En aquella ocasión vine a Méjico para arreglar lo del dinero que tenía en una inversión, como ya no planeaba regresar no tenía caso dejarlo ahí. Lo que había juntado no era mucho, pero igual aprovechaba para ver a mi familia. Llegué por la noche al aeropuerto de Boston con dos maletas grandes, el vuelo hacia la Ciudad de Méjico saldría en un par de horas. Siempre acostumbro viajar bien cargada, no sé por qué. En la sala de espera me senté junto a unos niños que jugaban algún videojuego en una tableta. Con disimulo observaba sus juegos, pero ni siquiera me voltearon a ver. Decidí ir por un café y husmear por ahí, me emocionaba que en pocas horas vería a mi familia, más de un año sin verlos. Me daba mucha emoción contarles cómo me iba, el dinero, Michael, todo. Passengers of flight 335, destination to Mexico City with time of 22:00 hours, please go to boarding room. Lo de siempre, formarse y esperar a que revisaran tu equipaje, papeles, el protocolo de siempre.
     En la entrada uno de los guardias me pidió la visa, como la traía en la mano junto con los boletos y el teléfono, se me cayó al suelo. Pensé que me ayudaría a recogerla, pero ni se inmutó. Después de entregársela, la revisó con cuidado mientras de reojo me veía, entonces me pidió abrir mi mochila, todavía lo normal en los aeropuertos. Ya una vez me habían dejado sin desodorante en spray para los pies, que por políticas de seguridad. El guardia siguió con su rutina mientras yo navegaba en mi teléfono. Momentos después volteó a verme de manera sospechosa, como queriendo encontrar algún elemento malo en mí. Su mirada, de abajo hacia arriba y después fijamente a los ojos. Algo le había llamado la atención, no me percaté qué era por lo distraída. Normalmente en ese momento era cuando me daban mi mochila y me decían que todo estaba bien, pero no en esta ocasión. Después de cerrarla me pidió que pasara por un costado hacia una sala un poco alejada de la de abordaje. Ahí supe que algo no marchaba bien, sólo fueron unos metros que avanzamos, pero me parecieron kilómetros. Todos hemos escuchado esas historias donde les siembran drogas a los pasajeros, miles de dólares, yo qué sé. Comencé a sudar y la boca se me secó. Entramos en la sala y uno de los guardias cerró con seguro la puerta. Ya valí, cruzó por mi mente, pero ¿por qué? Dos policías empezaron a llenarme de preguntas, que a qué me dedicaba en Méjico, por qué estaba en los Estados Unidos, por qué tanto tiempo. Les dije la verdad. Díganme: ¿qué pasa?, no he hecho nada.
     Tiempo atrás, todavía tenía el novio que te platiqué con el que duré doce años, lo conocía desde que era niña, muy buena persona, siempre me ayudaba. Cuando se murió mi mamá me echó la mano con todo. Ya te imaginarás, todos estaban muy tristes en la casa, yo me sentía extraña, triste, pero más como rara. Mi mejor amiga, Carolina, se enteró de la muerte de mi mamá y me llamó para darme el pésame, ella vive en Boston desde hace varios años. Platicamos un buen rato y me propuso: ¿Por qué no te vienes a visitarnos?, sirve que te distraes un poco. A Joshua y a mí nos está yendo muy bien. Además no conoces a mis hijas. Por el dinero no te preocupes, te mandamos para el boleto de avión y aquí te puedes quedar sin broncas. 
     No había tenido la oportunidad de salir del país y esa oferta no se presenta con frecuencia. No sabía si irme, trabajaba entonces dando clases de inglés a niños en una primaria cerca de mi casa. La verdad me gustaba mi trabajo, siempre me han gustado los niños. Qué chistoso que no tenga hijos, ¿verdad? 
      Hablé con la directora de la escuela, como ya tenía varios años ahí y no había tomado vacaciones en al menos un par no me puso peros, aparte por lo de mi mamá. Me dijo que me tomara el tiempo que necesitara. Nada más me pidió que le diera chance de encontrar una sustituta. La suplente tardó en llegar tres semanas y el boleto para Boston lo había sacado para dentro de un mes. 
      Hice como seis horas a Boston, me recibieron Carolina y Joshua con sus niñas y nos fuimos directo a su casa. Muy bonita la casa, como las de esas series gringas, con alberca y todo. La recámara donde me quedé estaba casi del tamaño de la sala de mi casa, todo muy padre. Las niñas al principio no me hablaban, es normal, primero se les hace rara tu presencia, pero después agarran confianza y no paran de preguntar, y como a mí me encantan los niños, pues rápido me encariñé con ellas, creo que ellas conmigo también.
      A Caro y Joshua les va muy bien, trabajan en algo de tecnología. Sus amigos, los sábados por la tarde iban a tomar la cervecita a su casa. Me llama la atención cómo los gringos siempre que beben están haciendo algo, me refiero a que juegan cartas, monopoly, todos esos juegos de mesa, no como acá que siempre estamos tomando y platicando. El resto de la semana se la pasaban trabajando, yo me quedaba en su casa cuidando a las niñas y a veces preparaba la comida. Iba por ellas a la escuela pues quedaba cerca, de hecho nada estaba lejos. Nos regresábamos carcajeándonos, pasábamos al súper por comida y lo que hiciera falta. 
     La verdad me la estaba pasando mejor de lo que pensé, a veces hablaba por teléfono con mis hermanas, con honestidad casi no pensaba en nadie de acá, la vida allá era como un sueño y el tiempo se me pasaba muy rápido. En una de las reuniones me presentaron a Michael, un tipo encantador, se dedicaba a algo de importaciones, muy alto. Me invitó a salir, me enseñaba la ciudad mientras la plática no paraba, me gustaba mucho. Al inicio me sentí culpable por mi novio, pero nunca había conocido a alguien como Michael, él era distinto.
     Se acercaba el día de regresar, tres meses se pasaron como una semana y yo había planeado volver antes. Le llamaba cada semana a la directora para aplazar mi regreso, al tercer mes me dijo que le daba mucha pena pero no tenía alternativa, si no regresaba pronto tendría que contratar indefinidamente a mi suplente. ¿Por qué no te quedas aquí y trabajas con nosotros? Las niñas te adoran y creo que a ti también te gustan. La verdad es que nosotros apenas tenemos tiempo de ocuparnos de ellas y la casa. Si no tienes problema con esto, te podemos contratar, y ya, conseguimos un lugar para vivas, me dijo Carolina de manera muy convincente. Cuando Joshua confirmó las intenciones de Caro fue suficiente para que me decidiera. Al poco tiempo llamé a mi trabajo y familia para comunicarles la decisión. El que me costó trabajo fue mi novio, doce años de relación no es algo sencillo, y sí, fue el más afectado, pero bueno, supuse que podría arreglárselas. 
     Ya había pasado en Boston quince meses y cada día era mejor. Tenía una visa por diez años y ganaba poco más de mil pesos al día —cosa que en México nunca hubiera podido—, mi trabajo me daba oportunidad de hacer más cosas: conseguí una cabaña muy cerca de la casa de Carolina, Michael y yo cada vez más nos gustábamos más, creo que en verdad nos estábamos enamorando. Estaba viviendo el verdadero sueño americano. ¿Qué podía salir mal?


Era mi diario, el maldito diario. Desde que llegué a Boston me propuse escribir uno. Iba anotando desde mis impresiones de los lugares que visitaba, las anécdotas en las reuniones nocturnas, hasta las compras que hacía y debía hacer. Claro que escribí todo en inglés. 
     Mientras lo hojeaba con los ojos muy abiertos y frunciendo el ceño, uno de los guardias me gritó: ¿Sabes que tu visa es de turista? ¿Usted sabe que está prohibido trabajar en los Estados Unidos con una visa de turista? Además aquí confiesas que fumas marihuana con tus amigos.
Sentí un miedo como nunca antes, los ojos de estas personas son como de algún ser que no es humano.
     Traté de explicarles que nada más era una inofensiva niñera, nada formal, que sólo ayudaba en la casa donde me quedaba. Después de abofetearme para que dejara de llorar, me hicieron saber que eso era trabajar ilegalmente, y no importara lo que hiciera, me iban a meter a la cárcel. Me esposaron como si fuera una terrible criminal. Uno lo ve sencillo en las películas, incluso cuando le pegan a las personas pareciera que no les duele. Unos minutos después, ya en la patrulla, las esposas hicieron pedazos mis muñecas. Cuando llegamos a una especie de separos me condujeron a una celda donde una policía me pidió que me desnudara, y ahí me sucedió una de las cosas más humillantes que he vivido. Me metió la mano en la vagina. Metió incluso los dedos, varios, al ano para “buscar drogas”, escarbando sin ningún cuidado; mis súplicas y gritos no sirvieron, los policías son como máquinas que no entienden razones, no lo puedo creer todavía. Mientras lo hacía cerré los ojos con el deseo de no volver a abrirlos nunca, quise desconectarme del mundo, pensé en Michael, que ya no sería lo mismo verlo, si lo volvía a ver.
      Me tomaron la famosa foto de frente y de perfil con el número en el pecho. Mis cosas me las quitaron y no me dejaron comunicarme con nadie. Nunca he sido una persona con mucho carácter, me intimidan fácilmente. Pensé que intentar defenderme no serviría de algo, por el contrario, me ganaría una paliza. Fui conducida a una celda donde pasaría una noche junto a otras dos mujeres. De vez en cuando platicábamos por qué estábamos presas, sobre nuestras familias, la situación legal para poder salir, lo mal que podríamos terminar. Yo imaginaba que podían trasladarme a un reclusorio, la cárcel de verdad, me visualicé violada, golpeada, pero sobre todo, pensé en mi vida construida hace poco, en las niñas, ¿qué pensarían de saber que estoy en la cárcel? Mis amigos, Michael, mi familia. Qué estúpida eres Raquel, esto era muy hermoso como para durar para siempre, mejor nunca hubieras venido, piénsalo bien, como tus hermanas te habían advertido. Todo eso me pasó por la mente.
La siguiente noche me sacaron de la celda y me llevaron ante un juez, ahí tuve que firmar varias hojas. Me dijeron que sería deportada. Firma tras firma escuchaba al juez decirme que no podría regresar a los Estados Unidos por lo menos en diez años y que ni se me ocurriera intentarlo ya que esta vez habían sido muy amables conmigo, pero claro que no se repetiría.
     Fui deportada. Los primeros días, ya de regreso en Méjico, quise acudir a instituciones donde pudieran ayudarme, pero decidí mejor no intentarlo, todos conocemos como se manejan esos asuntos. Traté de pensar en una solución, la cosa es que no podía ni pensar. Imagina, ya tenía mi vida hecha allá, aquí ya no tenía nada, era como volver a nacer, pero sin que alguien cuidara de mí. Mis hermanos tienen sus propias vidas, yo acá ya no tenía nada, ni trabajo.
     Hablé con Carolina y Joshua, llegamos a la conclusión de que la única opción de regresar era casándome con Michael. ¡Claro!, cómo no se me había ocurrido, y cómo no se le había ocurrido a Michael. Las primeras veces que hablamos, su solución era que me fuera de mojada, que él me iba a recoger a la frontera en una camioneta. Obviamente le dije que estaba loco. Después de lo que había pasado. Esa misma tarde lo llamaría, me volví a ilusionar. En verdad, cómo no se nos había ocurrido, pero ya estaba todo solucionado, Michael vendría a Méjico y nos casaríamos. 

     Yo creo que cuando colgué el teléfono es que me enfermé de depresión. Nunca me había sentido de esa forma, ni aquel día que estuve presa, golpeada y violada, me quería morir. Lo último que escuché decir a Michael fue: Raquel, tú sabes que entre mis planes no está el casarme. Yo soy un hombre libre.

Por: Claudio Gordillo.

domingo, 12 de marzo de 2017

El direc


… Mire profe, durante harto tiempo he tenido que aguantar las pendejadas de cierta mocosa. Pero qué otra cosa puedo hacer si soy su padre. Me está saliendo caro tanto consentimiento. Y últimamente cada vez que la veo desbordando su juventud, derrochando esas ganas de vivir y soñando con cosas absurdas, pero soñando a fin de cuentas, aún más ganas me dan de voltearle la cara de un chingadazo. Y luego usted, tan joven… Si ella supiera lo difícil que es la vida, y usted también, tendrían más cuidado en pedir lo que piden. Además, ¿sabe que voy de salida? Bueno, pues ya lo sabe. Le regalo tres minutos en lo que me acompaña y sirve que aprende algo. Mire, cuando tenía la edad que hoy tiene mi hija yo ya había llegado a la ciudad por mis propios medios, no sin antes despedirme de mi madre jurando regresar algún día con el suficiente varo como para procurarle una buena vida y siendo un hombre de bien. ¿Usted ha tenido que dejar a sus padres en la miseria para después llegar a darles vida de reyes? ¡No!, ¿o sí? Tampoco mi hija. Si desde que era niño tuve que trabajar. No es sencillo llegar a ser director. En el pueblo le ayudaba a mi abuelo con sus tierras, éramos productores de café. Aún recuerdo las chingas que me daba cargando costales enteros de granos bajándolos por la sierra. ¿A poco usted ha cargado costales? Pues no, verdad… Todo se perdió cuando agarraron más fuerza los alemanes en nuestras fincas y el gobierno una vez más se puso de su lado. Ya no era redituable todo el proceso del café y el pueblo entero se volvió la mano que sólo recolectaba los granos para unos pinches güeros. Hasta muertos hubo. Al abuelo no se lo chingó una bala por la espalda pero sí se lo chingó la tristeza.  El gobierno es culero, usted y yo lo sabemos, y bien que lo sabe esa cabrona… ¡Lety! Si me hablan del ayuntamiento les dice que ya voy para allá. Continuemos, profe. Cuando llegué aquí la cosa no fue tan fácil, pero no me puedo quejar. Un tío segundo me daba asilo mientras encontraba trabajo y cuando empezó a tratarme de su criado, mire: así, así lo mandé a la chingada. ¿Pues qué pasó? ¡Ah! pero ahora mi tío no tiene de qué quejarse, su hijo entró bien apalancado al sistema siendo un pendejo. Si también sé pagar favores, tome nota… Y aquí comencé lavando carros ¡eh!, desde abajo como debe de ser. Poco después entré como ayudante en un despacho contable haciendo mandados, sacando copias y haciendo la limpieza. Ahí decidí superarme y terminé la secundaria abierta. Ya con la escuela un conocido me metió al sistema, pero no fue de a gratis, un año entero me tardé en pagarle el favorcito. Porque así es esto y así seguirá siendo. ¿Sus pinches sueños pendejos qué? Los de mi hija y los suyos… ¡Apúrele maestro, porque lo dejo, eh! Camina como si estuviera lisiado. Y bueno, le digo, entré al sistema lavando baños y ya sabe cómo los dejan los pinches alumnos ¿no? Pues yo lavaba la caca seca que se queda pegada en la taza. Usted nunca ha lavado baños ni mi hija tampoco. En el mismo sistema terminé mi carrera técnica y un maestro en aquel entonces me echó la mano con el bachillerato en un examen único. Años después, al enterarse hasta dónde había llegado yo, ese maestro vino también a cobrarme el apoyo, y ahora pregúnteme a dónde lo mandé igualmente bien acobijado, directito a la secretaría del estado. Total, acabé la carrera como contador estudiando por las noches y, ándele, en cuanto se pudo le pedí apoyo al líder sindical. Ya sabe, si me acomodaba como bibliotecario de la escuela luego le tocaba su mochada. Y así, siempre apoyando en todo, cualquier cosa sí, ya muy bien lo sabe usted, aquí en el sistema no se puede decir que no si uno quiere conservar el trabajo, y más si se quiere sobresalir, triunfar. Pues míreme a mí…  ¡Cuidado, profe, levante bien los pies! Ya se me anda cayendo ¿Así como camina da clases?... Bien, pues al poco rato ya era jefe de proyecto y ahí empezó lo duro: las reuniones con los jefes, los padres de familia, las idas y las vueltas y ustedes los maestros que cómo chingan, cabrones. Ahí vi cómo estaba la cosa, o trabajaba para la escuela o para mí, y como yo no me había chingado tanto para andar de pendejo pues ya va viendo para quién trabajo. Después llegó la política y con eso mi cargo como director, en eso sí soy un cabrón, más en lo primero. Y ustedes me conocen y saben lo que hago, y eso es parte de mi éxito, ¿o no, profe? Para qué andarme a medias tintas. Además ya saben que las escuelas y la política van de la mano, y más en temporada de elecciones, ahí si no se dice que no. Porque si aquí usted me niega algo yo lo corro y ya. Pero a ver, dígale que no al señor gobernador o al líder de campaña, ahí si no se andan con pendejadas y más después de haberse enterado uno de tantas cosas, ahí dice uno que no y sí me lo truenan. Y mi hijita saliendo con sus chingaderas, yéndose a las marchas, publicando mamada y media en internet, yo no sé en qué pensaba cuando acepté que estudiara para maestra. Que la educación esto, que la educación lo otro, que las escuelas libres, que el sistema Montessori mis huevos. Si bien que sabe lo que hago, nada más que se hace pendeja. Anda en carro del año la cabrona, nada más porque se fue a C.U., si no hasta en escuela de paga iría, y no cualquier pinche escuelita. Si ya ha visto mi bodega llena de productos de campaña y ahora me sale con que si apoyo al PRI la voy a perder para siempre… ¡ay! Y luego usted. Tampoco me haga esa cara porque sabe muy bien de qué le hablo. Ahora también me sale con sus disque estrategias de aprendizaje. Si aquí no se trata de ver quién aprende a la buena, aquí se trata de hacer lo que les mandan y ya. ¡A ver, poli, vaya abriéndome la puerta! Pues bien, maestro, aquí no estoy para recibir propuestas, aquí yo estoy para mandar, yo ya lavé caca, ahora les toca a otros lavarla si quieren llegar hasta donde estoy. Al final de cuentas, con esto respondo a su petición: a mi hija no la puedo mandar a la chingada pero a usted sí se me va rapidito con ese pasito de mongolito con el que camina. Así que se me comporta bien o ya sabe. Además le falta más apoyar al plantel, ¡eh!, tómelo en cuenta si quiere horas para el siguiente semestre… Pues estos maestritos, tan jóvenes, tan huevones… tan pendejos.

Por Luis Antonio Nuñez