lunes, 14 de mayo de 2018

Libido femenina (versión revisada)



Hace tiempo que no salgo con alguien. Me han recomendado una aplicación en la que puedes conocer a otras personas y quedar con ellas. Antes no la usaba porque estaba a gusto con mi relación; sin embargo, hace seis meses que estoy soltera y creo que un poco de acción no me vendría mal.
Instalo la aplicación, creo mi perfil y comienzo a buscar candidatos, pero ninguno me convence. Paso alrededor de una hora deslizando foto tras foto y observando a uno que otro. Se me acaban las sugerencias y, aunque tengo más de 99 likes, sólo he encontrado a una potencial cita. No puedo ver a quiénes les he gustado, pues no he pagado por el servicio premium, entonces me duermo y me olvido de aquello.
Al día siguiente me levanto temprano y voy al gimnasio. Me toca trabajar glúteos y femorales. Sigo lo que me ha asignado el instructor. Me veo al espejo y estoy empapada. Tengo sed, así que voy hacia mi locker por un sorbo de agua. Tomo mi celular y al abrir la aplicación aparece una cara que me agrada. Se trata de un joven alto, atlético y con una mirada seductora. Le doy un “me gusta” e inmediatamente hacemos match. Procuro no emocionarme mucho y termino de ejercitarme. Al llegar a mi casa el chico ya me envió un mensaje, platicamos de cosas triviales y continuamos la conversación en whatsapp. Me invita a salir, acepto y quedamos de vernos en un parque, junto a la orilla del río.
A la mañana siguiente lo espero un par de minutos en el lugar acordado y al ver que se acerca se me acelera el corazón. Me saluda de beso. Platicamos y nos sentamos. Luego, como los mosquitos no dejan de picarme, nos ponemos a caminar. Él me cuenta de su vida y que practica las artes marciales. Intenta enseñarme algunos trucos, por lo que me toca los hombros y se acerca a mí. Me siento como un radiador. Me dice que estoy roja y ambos nos echamos a reír. Nos quedamos en silencio y nos miramos fijamente, parece que hay chispas en el aire. Me acaricia la cara y se acerca a mi cuello, me pongo chinita al sentir su cálida respiración. Después me manosea la espalda y más abajo. Nos quedamos así por un rato y nos despedimos, él tiene que ir a trabajar y yo tengo algunas cosas que hacer.
Esa noche sexteamos hasta las tres de la mañana, a pesar de que ambos teníamos que ir temprano a la escuela y a trabajar. Creamos una historia llena de desnudos. Me pregunté a mí misma por qué no había salido antes con un chico moreno; la tiene enorme. Yo también tengo un gran trasero. Fantaseo y me pongo húmeda de sólo imaginar cuando los juntemos.
En la mañana me pasa su Facebook. Al abrir su muro, veo que comparte frases motivacionales de mentes millonarias; en sus publicaciones dice que hay que dejar de quejarnos y mejor ponernos a trabajar, que el cambio está en uno mismo y, que la gente es pobre porque así lo quiere. Además, asegura que los maestros son unos mantenidos que viven de nuestros impuestos, que hay que privatizar la educación y la salud y que no esperemos nuestro papi gobierno nos lo de todo. ¡Pinche derechairo, que ni se me acerque! Mejor me quedo sola.


Por Ivana Peñuelas




jueves, 10 de mayo de 2018

Líbido femenina


Hace tiempo que no salgo con alguien. Me han recomendado una aplicación en la que puedes conocer a otras personas y quedar con ellas. Antes no la usaba porque estaba a gusto con mi relación; sin embargo, hace seis meses que estoy soltera y creo que un poco de acción no me vendría mal.
Instalo la aplicación, creo mi perfil y comienzo a buscar candidatos, pero ninguno me convence. Paso alrededor de una hora deslizando foto tras foto y observando a uno que otro. Se me acaban las sugerencias y, aunque tengo más de 99 likes, sólo he encontrado a una potencial cita. No puedo ver a quiénes les he gustado, pues no he pagado por el servicio premium, entonces me duermo y me olvido de aquello.
Al día siguiente me levanto temprano y voy al gimnasio. Me toca trabajar glúteos y femorales. Sigo lo que me ha asignado el instructor. Me veo al espejo y estoy empapada. Tengo sed, así que voy hacia mi locker por un sorbo de agua.  Tomo mi celular y al abrir la aplicación aparece una cara que me agrada. Se trata de un joven alto, atlético y con una mirada seductora. Le doy un “me gusta” e inmediatamente hacemos match. Procuro no emocionarme mucho y termino de ejercitarme. Al llegar a mi casa el chico ya me envió un mensaje, platicamos de cosas triviales y continuamos la conversación en Whatsapp. Me invita a salir, acepto y quedamos de vernos en un parque, junto a la orilla del río.
A la mañana siguiente lo espero un par de minutos en el lugar acordado y al ver que se acerca se me acelera el corazón. Me saluda de beso. Platicamos y nos sentamos. Luego, como los mosquitos no dejan de picarme, nos ponemos a caminar. Él me cuenta de su vida y que practica las artes marciales. Intenta enseñarme algunos trucos, por lo que me toca los hombros y se acerca a mí. Me siento como un radiador. Me dice que estoy roja y ambos nos echamos a reír. Nos quedamos en silencio y nos miramos fijamente, parece que hay chispas en el aire. Me acaricia la cara y se acerca a mi cuello, me pongo chinita al sentir su cálida respiración. Después me manosea la espalda y más abajo. Nos quedamos así por un rato y nos despedimos, él tiene que ir a trabajar y yo tengo algunas cosas que hacer.
Esa noche sexteamos hasta las tres de la mañana, a pesar de que ambos teníamos que ir temprano a la escuela y a trabajar. Creamos una historia llena de desnudos. Me pregunté a mí misma por qué no había salido antes con un chico moreno; la tiene enorme. Yo también tengo un gran trasero. Fantaseo y me pongo húmeda de sólo imaginar cuando los juntemos.
En la mañana me comparte su Facebook. Recorro su muro y me doy cuenta de que es un derechairo. ¡Qué perro oso! Que ni se me acerque. Mejor me quedo sola.

Por Ivana Peñuelas

viernes, 4 de mayo de 2018

El mejor amigo del hombre


  
En los orígenes de la civilización, los humanos solían verse acompañados de gatos a la hora de cazar, puesto que éstos poseían gran agilidad y ferocidad, habilidades cruciales a la hora de conseguir el alimento. No era extraño ver a uno de estos felinos en cada morada. Se les conocía como unos seres cariñosos, sus atenciones para con sus amos no tenían límites. Los humanos les correspondían con los mejores trozos de carne y con buenos masajes. Los gatos eran los primeros en comer y, terminando, tomaban una siesta en su pequeña casa altar. Luego jugaban con los niños, quienes solían vestirlos con atuendos tejidos a mano, como un miembro más de la familia.
Sucedió que un día llegó al pueblo una loba. En un principio los gatos la rechazaban, pues los lobos representaban una amenaza para los pobladores, robando la comida y atacando a los pequeños. No obstante, ésta era diferente a los demás, brindaba protección y compañía a quienes la refugiaban. Además de traerles alimento fruto de sus cacerías. Ella requería mínimas atenciones, se conformaba con lo poco que le daban sus dueños. Pronto, la loba dio a luz y sus cachorros fueron adoptados por otros individuos. Se fue corriendo la voz, y cada vez más gente tenía un lobo en lugar de gato. Las personas se quedaban con los lobos más cariñosos y abandonaban a los más feroces, aquellos que mordían la mano de su señor.
Los felinos fueron relegados de su posición. Por esto, los gatos no toleran la presencia de los perros, que les arrebataron su lugar en este mundo. Asimismo, demuestran su desdén hacia los que algún día fueron sus amos.


Por Ivana Peñuelas 


jueves, 3 de mayo de 2018

Estrellas muertas




Mi padre solía decir que ver al cielo era voltear a ver el pasado. Me tomó años comprender lo que significaba. Saber que la luz se mueve a una velocidad limitada. Que el tiempo de retraso en que la luz llega de un planeta a otro podría ser la vida de alguien. Las ondas de luz no viajan lo suficientemente rápido para traernos las imágenes y los espectros actuales desde otro planeta. El sol se encuentra a sólo ocho minutos en el pasado y nos cocina en el presente. A días de la muerte de mi padre, todas las noches salgo a la calle y me pongo a escuchar música en una grabadora, de esas portátiles que a menudo se utilizan en las bibliotecas. Y volteo al cielo, veo las estrellas e imagino niños montados sobre un carrusel con caballitos y luces de colores. Niños que quizá, en este tiempo real ya sean adultos. Tal vez su planeta haya avanzado lo suficiente para hacer de las guerras una idea inútil. Tal vez nunca nos demos cuenta. Ojalá que, si alguien nos ve desde otro planeta, vean a mi perro moviendo la cola, a mi padre vivo, viajando a través de años luz por el universo. Casi estoy seguro de que así es. Que siempre estarán ahí hasta que sean estrellas muertas.

De Mauricio Ramírez 

jueves, 14 de diciembre de 2017

Me han matado a mi perro

¿Qué?¿No escuchó, primo? Me han matado a mi perro. Esos hijos de la chingada lo mataron. ¿Quién más? Esperaron a que yo no estuviera y ¡madres! Le enterraron un desarmador o un cuchillo en el gañote. Hoy me llegó carta de mi señora. Dice que la policía comenzó una investigación pero que como había pruebas o cámara iba a estar difícil. Que de seguro fue algún vecino con el que también tenía problemas porque lo único que hacía yo era molestar. Si viera todos los años que llevo viviendo aquí en Milwaukee, primo. Yo nunca tuve un problema con algún vato hasta que se mudó la familia de al lado. ¿Que cuántos años tengo viviendo aquí? Me vine de Guanajuato cuando Bush era el presidente. No, ese Bush no. El Bush que le digo es el que estuvo antes de Obama, el viejo cabrón que se metió a la guerra esa con los árabes. Ándele, ese que andaba deportando por cualquier fregadera, igual que este. Pero le digo que yo nunca me metí con nadie, así como están las cosas con el Trompas, ¿usted va a creer que por una tontería de peleas de voy a buscar que me deporten? Yo siempre me anduve del trabajo a la casa y los fines de semana echando cerveza con los compas del trabajo o solo en la casa escuchando norteñas. Nunca fui metiche, de esa gente chismosa que saluda a los vecinos y se mete en sus vidas. No, ni que fuera puto güero o pocho de los que quieren quedar bien. Así anduve bien, hasta que se mudó la vieja a la casa de junto, con su marido y sus dos perros. El mismo día que estaban bajando sus cosas de la troca se les desamarraron los perros de la yarda de su casa y corretearon al Chapo hasta la esquina. ¿Cómo que por qué le puse el Chapo? ¿Qué no ha visto que ese vato salió de pobre y todo lo que hizo por su gente? Sólo porque Dios me dio dos niñas, pero mi primer hijo se iba a llamar Joaquín. Ese vato era fregón, ya ve que hasta los gringos lo andaban buscando por todos lados. Ya ve que en la televisión no hablaban de otra cosa y ahora más con eso de que el Trump dice que es la culpa de México que haya tanto drogadicto. Ni que los narcos les metieran las drogas a fuerza por las narices, o qué. Le decía que cuando corretearon al Chapo me di cuenta. Yo estaba en la esquina y salí corriendo atrás de ellos. Mi perro se escondió atrás de unos botes de basura y como pude lo agarré. La vieja llegó corriendo y se quiso disculpar pero yo estaba bien enojado y la amenacé con llamarle a la policía si no tenía más cuidado. ¿Qué raza era el Chapo? Era mezclado entre raza china y otra que no me acuerdo. Ahora hasta los perros ya son chinos, primo. Sólo cinco años me duró mi perrito, y si viera que estaba bien bonito, así cafecito con blanco, bien chistoso. Todas las mañanas me ladraba a la misma hora para que lo sacara o para mandarme a trabajar. Ni mi vieja me mandaba como él. Los domingos lo llevaba a caminar al parque y lo dejaba que corriera suelto, así como corren los perros en los ranchos en México. ¿Si sabe cómo, no? Que corran por todos lados, no como aquí, que todos los perros son jotos con su correa que no los deja ir a ningún lado y con su comida especial que se les da porque el veterinario dice. Unos dos meses después de que llegaron los de a lado vino la gorda un domingo en la mañana a mi garaje para exigir que le bajara a la música porque era su día de descanso. Yo estaba bien crudo y como aún le tenía coraje por lo del perro y porque siempre echaba su basura en mis botes, ni caso le hice y le subí más al volumen. Pero la gorda no se fue y me gritó que era un indio sin educación. Le grité que ella era una marrana por tirar la basura en mis botes y ella me contestó que yo siempre estaba estacionado en doble fila los domingos. ¿Dónde quería que dejara mi troca si no había parqueadero? Y luego ya no le paraba la boca y me gritó que yo tocaba el claxon como si estuviera en México. Le dije que ella no era la dueña de la calle por muy pocha que fuera y que ni hablara de México porque ella ni era de allá ni conocía. Le pregunté que si se creía muy chingona por tener papeles y hablar inglés. Entonces nos hicimos de palabras y alguien le habló a la policía por los gritos que traíamos. Como es mujer y aquí todas tienen derechos aunque sean unas víboras, el policía me puso un warning. Cuando se fue la policía seguí con mi música hasta la noche y toda esa semana encontré pedazos de carne con clavos chiquitos adentro. ¡Ándele! De esos blancos que usan para las ventanas. No le hablé a la policía porque tenía yo el warning, pero no saqué al Chapo a la yarda hasta que no la revisaba primero. Y así estuvimos unas semanas hasta que ya no echó comida porque yo no le iba a bajar a la música ni a estacionarme donde le diera la gana. Después de eso comenzó a hacer frío y me puse a abrir un hoyo junto al garaje para meter otro carro. Esos dos fines de semana me puse a trabajar en friega con mis compas quitando la tierra para echar el cemento antes de que cayera la primera nevada. Puro trabajo pesado. Y otra vez la gorda llegó al garaje a gritar que le bajara a la música. Y otra vez la mandé al demonio. Esa semana llegó un ticket de la ciudad, de mil dólares por “construcción sin permiso”. No, primo, quería ir y partirle su madre a ella y a su vato que no servía para nada. Sí, no mame, un pinche ticket de mil dólares como si yo ganara de a cien la hora. La pinche vieja le llamó a la ciudad y me emputé. Al otro día que llegó el ticket era sábado y no fui a trabajar. Mandé a mi señora y a mis hijas a Indiana con su hermano a que se estuvieran unos días. Entonces cuando la gorda y su vato se fueron en su troca, dejaron a sus perros en la yarda. Me metí por la puerta del alley y los agarré a patadas para desquitarme de todo lo que me habían hecho. No, primo, yo no fumo esas chingaderas. Sí, sí me dieron lástima los pobres animales pero ya con unas cervezas y pensando que nada le pasaba a esa vieja no me quedó de otra más que desquitarme con ellos. Con uno se me pasó la mano y se quedó vomitando sangre cuando me salí de su yarda. Ya en el garaje le hablé a mis compas y me puse a trabajar como si nada. Cuando llegó la vieja se armó el desmadre y llegaron varias patrullas. Esos vatos llegan en manada y bien rápido cuando no hay pandilleros o negros. Los policías entraron a la casa de la vieja a ver el video y pues yo no tenía ni con qué defenderme. Me arrestaron y me llevaron arrestado al centro de Milwaukee. El abogado que me consiguió mi esposa dijo que era felonía por haber entrado a la yarda y que matar perros también era delito. Aun no llega a un arreglo con el fiscal pero si me declaro culpable nada más me podrían dar dos años. Ni modo, primo, qué se le va a hacer. Sí me duele estar aquí y que me hayan matado a mi perro pero ni modo de ponerme a chillar. Donde los vatos de este lugar se den cuenta que estoy llorando me agarran de novia de alguno y me andan dando hasta por donde no, por puto. Por eso nada más le cuento a usted, ni modo de andar contando que ando triste por un perro. No, yo ya no salgo hasta que me manden a México.
Oiga primo, luego me cuenta cómo llegó aquí, como sea aquí vamos a andar un buen rato.

Autor: Norma Bulsara

miércoles, 13 de diciembre de 2017

Los tiempos cambian


Los sollozos de mi mujer me despertaron antes que la alarma. No hay nada que me moleste más que dormir poco, pero esta vez no dije nada. Me rogó para que la llevase a urgencias, pero ella sabía muy bien que no la podía sacar de casa, no todavía. Los médicos o las enfermeras harán preguntas y no me creerían un “se cayó por las escaleras”. Son señas de que los tiempos han cambiado. En la época de mis abuelos todos entendían perfectamente que esos eran asuntos normales de pareja. Y es que mi mujer se ha vuelto incontrolable. Empezó alzando la voz y anoche me respondió los golpes. Es por eso que se me pasó la mano.
Le di naproxeno para el dolor y salí a la cocina a hacerme desayuno.
Todo era nuevo: platos, sartenes, estufa, refrigerador, hasta lavavajillas para mi princesa. Ella solía vivir en una cueva horrible con sus ocho hermanos y ahora tenía su propio palacio. Me despedí de ella y prometí regresar temprano. Cerré la puerta con llave, de la cual yo tengo la única copia.
Como salí antes de lo habitual el camino estaba vacío. La ciudad se ve tan distinta sin tanto auto y mugroso cruzando a media calle sin usar las esquinas o los puentes peatonales.
Mi trabajo consiste en administrar varias decenas de vendedores ambulantes. El dueño de la mercancía y el que mueve sus influencias para que las autoridades no nos causen problemas es un político poderoso. Dicen que comenzó como franelero, luego taxista, líder de taxistas y así hasta agarrar buen hueso en su partido.

El trabajo estuvo tranquilo, hasta pude darme el gusto de ver la final de la copa en uno de los puestos. Nuestro equipo perdía por paliza después de muchos años invicto. Un comentarista decía en tono melancólico que era el fin de una época. Su compañero contestó que en realidad esa época había terminado hace tiempo. Que si no eras observador te podrías dar la impresión de que el final fue abrupto, cuando en realidad la decadencia había sido notoria.
    Tras finalizar el partido en un corto noticioso informaron que nuestro patrón había sido arrestado. Sin duda era el final de una época para nosotros.

Regresando a casa me topé con una multitud que cerró una calle. Eran vecinos que protestaban por la tala de unos árboles. Cuando me lo dijeron no lo creí. Debía haber otro motivo o era una broma, pero no. Toqué el claxon y les grité que se dejaran de pendejadas, que habíamos personas que sí trabajamos y que queríamos regresar a nuestras casas, pero me contestaron con rechiflas.  Gente sin quehacer.
   Seguí conduciendo y calle tras calle las cosas parecían empeorar. Era como si el mundo hubiera cambiado súbitamente mientras veía el futbol. Apenas si había autos. La mayoría de la gente viajaba en bicicleta o autobús y todos le daban preferencia al peatón. En una esquina vi un grupo de mujeres golpear a un par de ebrios que las habían piropeado. Un hombre, un niño y un travesti caminaban tomados de las manos, como si fueran una familia normal. Una pareja cogía en la banqueta, frente a un policía, que en vez de arrestarlos se bajaba el pantalón y pedía ser el siguiente en recibir.

Lo primero que noté al llegar a casa es que seguía a oscuras y esto me espantó. Ella se había quejado mucho en la mañana. Abrí la puerta e intenté prender la luz del recibidor, pero el interruptor no funcionaba. Seguí hacia el dormitorio intentando prender sin éxito todas las luces en el camino. Abrí la puerta de nuestra alcoba y lo primero que noté fue un olor raro, como a trapo que ha estado húmedo por varios días. La oscuridad dentro de la habitación era total. Me quedé paralizado en la entrada por unos segundos, hasta que la pude ver. Más bestia que mujer, se deslizaba por el suelo mientras me veía con sus ojos amarillos llenos de odio. Agazapada, como una gata lista a saltar sobre su presa.

    

Autor: Joel Aguilar.

martes, 12 de diciembre de 2017

Héber


Héber dice que me sacará a pasear. Esas fueron sus palabras; ni siquiera por ser domingo puede estar tranquilo. “Acompáñame a recoger los boletos de Patricia, solo hoy puedo ir por ellos. Ándale, así de una vez te saco a pasear”. Ni en su día de descanso para de ladrar órdenes. Ya no me toca, ni se me acerca y hasta huye si trato de ponerle un dedo encima, pero qué bien se le da ordenar. “¿Tienes el papel que nos van a pedir para los boletos?” Sí, los tengo. “¡Apúrate, que a las doce juegan los Vaqueros!”. Como si me importara.
No me gusta venir a Liverpool los domingos. Me deprimen las ojeras de sus empleados, sus sonrisas fingidas, no puedo mirarlos a los ojos sin sentirme culpable. “Oye, ¿el módulo de Ticketmaster? Me dijeron que hay uno aquí”. Arriba, junto a la sección de libros y revistas, le responden. Tal vez pueda sacarle una blusa, no creo que tenga ánimos de discutir, seguro me la compra con tal de regresar rápido. “Ya oíste, es arriba. Deja esa blusa, otro día la miras.” Sí, Héber, lo que tú digas, no importa que te adelantes y subas las escaleras eléctricas sin mí.
            En el área de libros, ataja a un empleado, “¿Algún libro de los Vaqueros de Dallas?”. No, señor, ahorita no tenemos libros de beisbol. Héber suelta una carcajada y la gente lo mira. “Es futbol americano, idiota. ¿Trabajas aquí y no sabes distinguir el beisbol del futbol americano?”. Miro al empleado y reconozco esa mirada, la he visto tantas veces, incluso en mí. Disculpe, señor, es que casi no nos llegan libros de deportes; revistas sí… “¡Libro, animal! ¿Tampoco sabes la diferencia entre libro y revista? Sabes qué, mejor déjalo”. Ahora, se dirige a mí. “¿Lo escuchaste? Le pregunté si tiene algún libro de los Vaqueros de Dallas y pensó que son beisbolistas”. Confunde mi mueca por una sonrisa y camina realizado, lleno de orgullo por sí mismo. Sabe la diferencia entre el beisbol y el futbol americano.
            Me distraigo un momento hojeando la nueva Hola!, cuando me llama, “Fer, dime el número que te dio Pati para los boletos”, coloco la revista en su lugar y me acerco, hurgando en mi bolsa por la hoja mientras él continúa hablando con el empleado, “¿Siempre vienen viejotas como esas aquí? Ah, su puta madre. ¿No están contratando?”. Alzo mis ojos y veo a dos jóvenes tomándose una foto con sus boletos recién entregados. Podrían ser sus nietas. Nuestras nietas. Le sonrío al empleado, tratando de hacerme a la desentendida, esforzándome por ocultarle mi rubor. Le entrego la hoja con el número a Héber y él se la avienta al encargado que nos atiende. “¿Qué son estas madres?”. Son los eventos del mes, señor. “Voy a llevarme uno”. Héber revisa un pequeño programa, mientras el joven continúa: Son dos boletos para el… Corona Capital. A nombre de Héber Osorio, ¿correcto? “¿Esa miradita qué? Son para mi hija”. Como usted diga, señor. ¿Me permite su INE y la tarjeta de la compra para entregarle los boletos, por favor?. A Héber no le gusta eso, parece contrariado mientras busca su tarjeta y credencial en la cartera, entregándolas de mala gana al muchacho. Todo en orden, caballero, ahora solo necesito planchar su tarjeta para…, “¿Cómo?”. Dios mío, ahí vamos. “¿Por qué vas a planchar mi tarjeta si esos boletos ya están pagados?”. Caballero, esta bauchera ya ni funciona, es solo una medida de seguridad, no es cargo extra ni nada, sólo sirve para comprobar que recogió los boletos… “Pero me estás viendo, ¿no? Ahí está mi IFE, ya estuvo, están pagados, ¿qué más comprobante quieres?”. Entiendo su temor, señor, tranquilícese, el original se lo queda usted; el planchado es sólo para comprobar que presentó su tarjeta. “¿Seguro? Porque no me gusta nada, ¿por qué chingados vas a planchar mi tarjeta si ya pagué los boletos?”. No depende de mí, señor, a todos los que vienen a recoger sus entradas se les realiza el planchado, incluso las muchachas que estaban antes que usted, también vinieron a recoger sus boletos y firmaron su baucher, es totalmente seguro. “¿Además tengo que firmar? No, no, no. No me gusta nada, yo no tengo que firmar ningún pinche papel y tú no tienes que plancharme ni puta madre. Esos boletos ya están pagados, lo único que tienes que hacer es dármelos”. Señor, ¿le gustaría que llame a mi gerente para que usted se sienta más se… “No vas a llamar ni verga, cabrón. Escúchame bien hijo de tu puta madre, esos boletos ya están pagados, ¿por qué vas a planchar mi tarjeta y yo a firmarte? ¿Tú lo harías?”. E-en este caso sí lo haría porque… “¡Porque estás pendejo, güey, agarra la onda! ¿Tienes tarjeta de crédito? ¿No, verdad? ¿Ya viste cuánto costaron esos boletos? ¿Quién me asegura que no me los vas a cobrar de nuevo?” Señor, déjeme explicarle, este es el procedimiento normal, todos pasan por él. “A mí me vale madres si los demás pasan por él, a mí no me vas a planchar ninguna pinche tarjeta”. Entonces, no le puedo dar los boletos, caballero… Dios. Ni siquiera por ser su día de descanso. Ni siquiera por mí. “¿Cómo? ¿Que no me vas a dar mis boletos? Escúchame bien, cabrón, a mí no me hablas así porque te voy a partir tu puta madre, ¿me oíste? ¿Cómo chingados que no me vas a dar mis boletos, pinche perro? ¿Quién te crees? ¿Sabes con quién hablas? ¡Mejor bájale a tu pedo, estúpido! Mírate, ¿quién chingados eres tú para decirme si me vas a dar o no mis boletos, pendejo? Mira dónde trabajas, ¿quién eres tú para hablarme así?”
La gente a nuestro alrededor nos mira. Para, para ya, Héber, por favor. “¡Yo no me voy a ir de aquí hasta que no me des mis pinches boletos! ¿Me escuchaste, animal? ¡Dame mis putos boletos ahora!” Para, por favor, Héber. No puedo más: Héber… Por favor… “¡Los quiero ahorita, pendejo! ¡No sabes con quién estás hablando! ¿Quieres que te parta tu…”, ¡Héber, ya, basta!, grito desde lo más profundo de mi ser y lo abofeteó con toda mi furia. El impacto es tal que hasta el programa sale volando de sus manos. ¡Deja que ese muchacho haga su trabajo, firma el maldito baucher y sácame de aquí! ¡Ahora! Héber me mira sorprendido, con ojos incrédulos. Tiene una mano sobre su mejilla izquierda, que empieza a enrojecer poco a poco. Parece un niño extraviado. “Apúrate”, le dice al empleado, y éste, temblando, llena y plancha el baucher. Héber lo firma y cuando estira su mano para agarrar los boletos, se los arrebata al muchacho. Me coge la mano y por fin salimos de ahí.

“¿Quieres comer en algún lado?”, me pregunta una vez en el coche. Le digo que no con la cabeza. Llévame a la casa. Él no responde, enciende el motor y siento el carro moviéndose en reversa. Mientras acomodo la bolsa con mi blusa nueva, lo observo furtivamente. Bajo mi mirada y veo que algo en su entrepierna comienza a crecer. Algo que pensaba ya muerto.         

Por Alejandro Casanova