lunes, 28 de diciembre de 2015

Anomalía



Abrió los ojos, se quitó las sábanas de encima y vio que sus senos habían desaparecido. Recorrió con sus manos desde su clavícula hasta el ombligo y no encontró nada. Ni un solo bulto. Y tampoco es que su busto copa “C” pasará fácilmente desapercibido.
No quedaba duda: no estaban.
­­—Ayer no pudo ser. Cuando me acosté, todavía los tenía —pensó. Se levantó de la cama y dio tres vueltas al borde. Se mordisqueó el índice. Corrió hacia el buró de la derecha, abrió el segundo cajón y revolvió entre los sostenes. Tampoco estaban ahí. Miró en otros cajones. Se tiró en la cama, ahogada. No tenía sentido pero el suceso era palpable, habían desaparecidos y su torso tenía una forma casi masculina. Lo primero que quiso hacer fue averiguar si esto había sucedido antes, si era algo conocido. Tomó su celular, faltaban veinte minutos para las diez, y a esa hora ella tenía una entrevista de trabajo. Luego averiguaría el paradero de sus pechos. Se vistió en menos de cinco minutos, se colocó el sostén y, como dedujo que sería muy extraño un cambio en su imagen, lo rellenó con calcetines y otras prendas.
Terminó la entrevista. Salió del edificio, acalorada y con gotas de sudor en la frente, le marcó a Mariana.
—Mariana. Eh. Sí, sí, bien, gracias, oye ¿conoces o alguna vez has escuchado si las chichis pueden… achicarse?
—Pues si reduces el porcentaje de grasa, puede pasar que se vean más pequeños.
—¿Pero sin reducir grasa ni nada así?
—¿Has estado haciendo ejercicio y no me dijiste, maldita?
—No, no. Escucha, ¿pueden achicarse sólo porque sí?
— ¿Cambiaste tu dieta o algo, Helena?
—No estoy hablando de eso. Mira, te veo en mi casa en la noche.
—Ok.
Helena se dirigió al médico. Llegó a la recepción y esperó 30 minutos para pasar. Saludó con un beso en la mejilla al doctor y se sentó frente al escritorio. Respondió a las preguntas de rutina. Conforme ella explicaba cada detalle, la cara del doctor mutaba; torcía la boca y fruncía el entrecejo. Helena concluyó y el médico permaneció unos minutos mudo, por fin se enderezó en su asiento y le pidió que le mostrara los senos. Sin decir una sola palabra, el doctor la sacó del consultorio. Ella se sentía desconcertada, movía las manos mientras trataba de encontrar una razón. Gritó y maldijo todo a su alrededor, incluso a un poste de luz. Tomó un taxi de regreso, sentía comezón en un talón del pie, en el brazo; se extendía y se reducía en algún punto. Ella pasaba constantemente su mano por su pecho, y miraba al techo del auto. Llegó a su departamento y se metió a la bañera. El timbre sonó. Salió en toalla, consciente de que Mariana estaba en la puerta.
—A ver ya…
—Nada. Está muy raro esto, pero en fin. Me desperté y estaba así —dijo Helena, mientras movía la toalla de su torso.
—Güey ¿Qué pedo?
—No tengo la menor idea. Y lo peor es que, aunque, tiene forma como de un hombre, no parece de un hombre.
—Sí, está súper raro ¿Fue justo cuando te despertaste?
—Anoche todavía estaba… normal. ¿Crees que pueda ser una enfermedad o algo así?
—Pero las enfermedades son como de poco a poco, y esto fue de golpe. ¿Qué tanto hiciste cuando yo me fui de la fiesta?
—Sólo seguí bailando, estaba un poco mareada, pero consciente. Y bueno, conocí a un chavo y platicamos un rato. Compartimos taxi de regreso, pero no pasó nada. Cada quien se fue a su casa.
—¿Quién se bajó primero?
—Yo
—¿Cómo se llama? ¿Sabes dónde vive?
—Carlos Estrada. Sí, me dijo que vivía cerca de aquí, pero no sé dónde exactamente.
—Vamos a buscarlo.
—¿Qué?¿Cómo crees?
—Órale, vístete.
Mientras hablaban, Helena se vestía. Cuando terminó, Mariana, casi jalándola, casi empujándola, la forzó a salir del edificio para buscar a Carlos. Buscaron en redes sociales, qué amigos en común tenían; después contactaron a esos amigos en común para conocer con precisión la residencia de Carlos. Era un apartamento de 6 pisos, él vivía en el tercero. Mariana y Helena subieron las escaleras y llegaron al 304. Tocaron el timbre.
—¿Qué hacemos aquí?
—No seas tonta. Él fue el último en verte, puede que haya notado algo raro.
Un hombre alto abrió la puerta; su complexión apenas cubría dos tercios del umbral, movió el picaporte y se rascó la barba de candado.
—¿Sí? —preguntó el hombre. Lo interpelaron y lo cuestionaron, pero negó haber conocido a Helena la noche anterior.
—Lo siento pero estoy ocupado. No sé quién es.
—Bueno, gracias y disculpa la molestia —dijo Mariana. Helena salió antes, sentía asco y no quería vomitar dentro del edificio.
—Oye, estaba pensando y creo que uno de mis vecinos me vio al llegar.
—¿Perdón?
—Que uno de mis vecinos creo que me vio, deberíamos ir.
—¿Me está hablando a mí?
—Sí, Mariana…
—Eh ¿Nos conocemos? Lo siento, pero no creo que lo haya visto antes.
—Mariana ¿Qué estupideces dices? ¡Deja de jugar!
—Perdón, pero no me gusta que la gente se ponga agresiva. No sé de qué habla, no lo conozco, que tenga buena noche.
—…
Llegó a su cuarto, sentía que los músculos le vibraban, le dolía la cabeza y no se soportaba, sus movimientos eran torpes. Fue al baño y miró al espejo, tenía manos grandes, nariz afilada, ojos pequeños, cejas tupidas y vello facial, la espalda era más ancha, los brazos más fibrosos y la cadera no se ensanchaba. Gritó y chorreó lágrimas. Eso no era ella. Le regresó el asco y rompió el espejo. Helena se sintió maldita y encerrada en un cuerpo ajeno. Sin identidad.

Por Rodrigo R. Salgado


lunes, 30 de noviembre de 2015

Siempre encontrarán mis aguacates podridos


Jacobo llevaba un año sin coger. Cada que salía tenía que amarrarse el pito a la pierna con una agujeta. Al principio creía que iba a perder la verga, pero después se acostumbró. ¿Qué más da si la pierdo? Igual no la he usado en un buen rato. En cuanto veía una mujer que no estaba tan fea o tan vieja, se le comenzaba a parar. Cuando no estaba con Ana y llegaba a ver a sus amigos, trataba de explicarles sus estándares, pero nunca lo terminaban de entender. A cada rato bajaba sus expectativas. En cualquier momento va a venir jalándosela con los vagabundos, se reían ellos de él, pero siempre que decían esa broma alguien callaba a todos y les recordaba que Jacobo no podía hacerlo pensando en nada que no fuera Ana, en un culo que nunca había visto. Las risas volvían con más fuerza.
Jacobo le contaba todo a Ana, lo que hacía y no hacía, lo que decía, lo que pensaba. Cuando paraban de reír, alguien decía que de seguro lo tenían de pendejo, que ella tenía a alguien más, y volvían a carcajearse. ¡Pinche torta!, le gritaban, y lo disfrutaban más si se reían frente a él.
            A veces hablaba con César sobre Ana. En un principio, César se le insinuó a Jacobo diciendo que sólo quería ayudarlo a evitar el cáncer de próstata, que nada más tenía que decirle y listo, pero ante tantas respuestas negativas dejó de hacerlo. Jacobo seguía pensando que César igual se lo intentaría coger en cualquier momento.
            “¿Y si cortas y coges con otra?”
            “No, güey, no me saldría bien y nadie me va a pelar. Además cortarla no es opción.”
            “Qué falta de voluntad. ¿Y al menos has hablado de esto con ella?”
            “Sólo una vez, pero no me fue nada bien.”
            “A ver, cuenta.”
            “Le pregunté qué pensaba del sexo. Me volteó a ver incómoda, o molesta. Parecía más molesta. Me preguntó a qué me refería y no me volteaba a ver, sólo me miraba de reojo. No supe qué responderle. Tuve que decirle que la manera en la que yo veo el sexo es como una manera de expresar lo que se siente por una persona y, por supuesto, también para fines biológicos. Para preservar a la especie. Seguimos el paseo sin que me volteara a ver y terminó respondiendo: Pues sí, es para que la especie siga y para demostrar cariño, pero no se lo demuestras así a cualquiera. Es como... como esto, mira. Si se los regalaras a alguien, ¿sería a cualquier persona? Velos bien. Me pasó sus aretes. Se veían como si fueran caros; pesaban. Pues no, le respondí. Éstos no se los regalas a quien sea, sólo a alguien especial. Exacto, me dijo. Siguiendo con la analogía, se los das a alguien con quien tienes sexo, ¿no? Aretes por sexo. No le entendí ni supe qué decir, y si lo hubiera sabido, no me hubiera animado a decir nada. Después de eso no volvimos a hablar del tema. No me he atrevido.”
            Te quita tu tiempo, tu dinero y tus güevitos, dijo César un poco hastiado. Bueno, tengo que irme. Voy a que castren a mi gato. Y se fue deseándole suerte con Ana.


Ana y Jacobo se vieron a eso de las cinco en la casa de ella, cuando no había nadie. Usualmente la casa estaba sola, pero cuando también estaba la mamá de Ana, a él lo ponían a escuchar versículos que la señora leía. Y cuando llegaron al lugar que Dios les había dicho, edificó allí Abraham un altar, y compuso la leña, y ató á Isaac su hijo, y púsole en el altar sobre la leña. Y extendió Abraham su mano, y tomó el cuchillo, para degollar á su hijo”. Jacobo no decía nada, sólo asentía. Le parecía peor que estar en misa. Ni siquiera podía dormirse.
            Sin la señora y su biblia como obstáculo, esta vez no podía fallar, todo parecía perfecto para que se diera la situación. Lo primero que hicieron estando adentro fue irse directo al sillón de la sala, como siempre. Prendían la tele y pasaban horas y horas buscando en los canales sin despegar la vista de la pantalla, sin hablar. A él, después de un rato, comenzaban a dolerle las bolas. Los pantalones ajustados, la agujeta, estarlas aplastando, el calor. Pero esta vez no vieron el control en la mesa. Esto lo animó a hablar. Quería coger ya. Pensó en el gato de César y en coger en honor del castrado.
            “Ya te he dicho que no puedo. Entiéndelo, mi mamá lo vería muy mal, se enojaría y me dejaría de hablar. No le gusta la idea de que tenga relaciones sin estar casada por la Iglesia. Además, ¿no ves que mi hermana acaba de tener a un bebé? ¡Y siguen sin casarse!”
            ¿No conocerá los condones?
“Si no quieres peservativos, te la podría sacar antes de venirme.”
            “No, mi mamá. No quiero que se preocupe. Me guardo para esa persona especial; como con mis tangas que me regaló mi mejor amigo, que las guardo para usarlas cuando vaya a pasar.”
            “¿Tienes varias para usarlas en una ocasión?”
            Ignoró la pregunta y subió a buscar el control en los cuartos. Cuando Ana regresó, él volvió a sacar el tema. Si no podía metérsela, iba a buscar al menos una mamada.
            “Sexo oral, no mamada. Qué vulgar. Y no. Es algo muy sucio. Es como... ¿quién da besos en el ano? Nadie porque es completamente antihigiénico. Es lo mismo, ¿ves?”
            “¿Antihigiénico? ¿Te interesa eso? Hay veces que no te bañas por tres días. ¡Y con el clima de aquí! ¡Por favor! ¿Me vas a decir que eso es muy limpio?”
            Sus ojos se volvieron un pozo de lágrimas, y antes de que empezaran a correrle las lágrimas por la cara llevándose consigo las capas de maquillaje comprado en los puestos callejeros del centro de la ciudad, él se calló. Quiso recordarle de “la Chata”, la perra que cogía con todos los perros de la colonia, la que olía peor que los vagabundos y vivía con ella, la que se subía a su cama y restregaba toda la mierda pegada en todo su cuerpo por cualquier objeto o superficie del cuarto.
            “Lo siento. Tienes razón. Es antihigiénico, dijo él vencido, y tú puedes hacer lo que quieras con tu cuerpo. Es más, para que veas cómo te amo y me entrego a ti, cuando lleves los cuatro días sin un regaderazo siquiera, no te bañes, avísame. Te invito a comer con mi familia. Si dicen algo, yo los callo. Nadie te va a criticar, y si lo hacen, yo te defiendo.”
            La abrazó y sintió que no la perdía. No quería tirar ese año a la basura, pero tampoco quería violarla. Pensaba que las cosas se iban a dar en algún punto, que era como el vasallaje del caballero a la dama, que en algún punto, estar sumiso como un perro hacia ella, le ayudaría, pero por lo pronto, creía que se iban a conformar con puras caricias.
            Ella se reclinó para buscar el control bajo el sillón y para tratar de amenizar la situación, él decidió darle dos palmadas en las nalgas. Pensó que la reacción iba a ser positiva. Le había parecido que eso glúteos son de esos que te invitan a acariciarlos, a morderlos, como invitan las velas a los moscos que te joden toda la noche. Creyó que las nalgas le habían dicho que tenía una última oportunidad para poder convencerla de coger. Si no era ésta, ya lo dejaba de lado. Esperaba una respuesta no una pregunta, que lo volteara a ver con la cara con la que suponía él que los amantes de César lo veían cuando se metían tachas.
            “No me nalgueaste, ¿verdad?”
            “No, pero, ¿qué hay con las nalgadas?”
            “¿En serio preguntas eso? ¿Te crees cuando la gente te dice que eres inteligente, pero me preguntas qué hay con las nalgadas?”
            “Sí, ¿qué tienen de malo?”
            “Si tú me pegaras así, sería una falta de respeto enorme. No te podría perdonar, así que piénsalo”.
            Le hubiera gustado mucho la idea de la resignación, de poder seguir entregando las bolas sin quejarse, de volver a decir que tenía razón, que no podía verla simplemente como un objeto sexual sin importar lo emocional. Cómo hubiera querido que no se estuviera repitiendo el resultado de haberle dicho culera en una ocasión, en la que ella se fue, sin avisarle, con su mejor amigo, después de haberle prometido a Jacobo un raite que le evitara estar caminando por zonas conflictivas como a eso de las tres de la madrugada. Le hubiera gustado haberse quedado, pero se levantó sin decir nada, salió de la casa y se preguntó si había pasado demasiado tiempo escuchando misa o sentado frente al televisor oprimiendo sus testículos. Los sentía incómodos, y se metió la mano derecha a los boxers para rascarse las bolas y arrancarse la agujeta, pero no sintió ningún alivio. Era como si alguien más tuviera sus güevos.
Pero Abraham se volteó, y dijo “A la verga con dios”, y tiró el cuchillo:

“César, ¿estás en tu casa?”.

Por Enrique Gutiérrez

jueves, 17 de septiembre de 2015

Intensamente. La verdadera historia





"Prohibido fumar", decía el letrero escrito con sangre y colgado con un pelillo púbico. Mierda, pensé. Caminé hacia donde la muchedumbre se hacía bolita.
—¿Qué?, ¿están organizando una fuga masiva? —le pregunté al viejo que, por tener la nariz roja y una postura bonachona, parecía Santaclos.
—¿Fuga? No'mbre, si éstos no saben ni cómo se llaman. Están organizando la cascarita nocturna. ¿Tú también juegas? —me preguntó Santaclos.
—No'mbre qué voy a jugar. ¿O qué, en algún momento me vio tragando plátanos, cacahuates y haciendo demás cosas propias de los simios? Cómo se ve que usted no es Santaclos.
—¿Santaclos? Ay, qué muchacho tan baboso —me dijo el viejo mientras me daba la espalda y se sacaba una anforita del culo también rojizo como su nariz y desnudo como el mío, como el de todos los que estábamos ahí.
Pensé que estaba soñando, pero la hediondez a mercado de la Viga y el calor sofocante eran tan intenso, que más bien dudé de mi coherencia. Eché un vistazo de 360 grados. Aquello era como un desierto, pero en lugar de arena, el suelo estaba cubierto por una sustancia viscosa que a veces era transparente y otras de un blanco amarillento. Lo único que no pertenecía a ese sitio éramos nosotros, los hombres. Me pareció escuchar el mar a la lejanía, así que decidí separarme de la muchedumbre y dirigirme hacia ella. Mientras subía y bajaba por las pegajosas dunas, pensaba en cómo había llegado hasta ahí. Recordé los "oh sí", "más, más", "mete un dedo… ¡no!, mejor la mano, o “¡no¡, de una vez el brazo…" que entre gemidos me decía Marcela mientras hacíamos el acto. Sí, Marcela era una de esas mujeres liberadas y golosas.
Continué guiado por mi instinto, pero más que nada por mi olfato. La hediondez a marisquería, a cada paso, aumentaba. Cuando llegué a la cima del monte, lo comprendí todo. Estaba en la cúspide del monte Venus, y dentro de Marcela. Desde ahí pude observar con admiración cómo un óvalo se desprendía desde una de las trompas de falopio. Era un sol inmenso y rojo que lo surcaba todo y que en un momento dado, por su inmensidad y naturaleza, explotó provocando el famoso fenómeno llamado la marea roja. Los hombres, que unos instantes antes mantenían su mínima inteligencia en el partidito de futbol, ahora habían sido arrasados por las devastadoras olas de sangre y coágulos. Al final de aquel espectáculo vi cómo las rojizas y arrugadas nalgas de Santaclos, flotaban inertes en medio de la inundación. Me asusté y apresuré el paso. Subí, bajé, corrí. Dejé atrás el paisaje viscoso y sangriento. Caminaba sin dejar de  pensar en la forma de huir de ese sitio hostil. ¿Y si salgo por la orina?, debe haber alguna laguna de meados por ahí. No, seguramente las cantidades industriales de amoniaco me matarían enseguida. ¿Y si salgo por el sudor? Nah, demasiada sal, se me podría subir la presión hasta hacerme estallar, pensaba.


Mi preocupación aumento  junto con mi fatiga. Lamenté mis precarios conocimientos en anatomía, química, fisiología y decoración de interiores. Me recosté sobre una viscosidad cualquiera y lloré. Pero no me salieron ni tres lágrimas cuando un intenso olor a caca llegó sin más a cachetear mi agotada existencia. ¡Claro! Festejé, los ánimos regresaron, pero éstos venían acompañados de un profundo asco.  Sin embargo, después de vomitar un par de veces y con los ojos llorosos, logré llegar hasta el intestino grueso. Y lo sabía perfecto porque mis tacos preferidos desde siempre habían sido los de tripa. Mmmm, yomi. Ya estando a pie de tripa escuché varias voces de hombres discutiendo sobre cuál estrategia usarían para escapar. Aparté un poco de sebo para ver a través de la tripa gorda, y pude ver a cuatro hombres que tenían facha de mineros; altos, fuertes y en lugar de carbón, sus atléticos cuerpos estaban cubiertos de caca. Uno de ellos decía que tendrían que esperar lo más repegados posible a los muros de la tripa, y salir con el último mojón, con el último empujón. Sus compañeros dijeron que no les daría tiempo. Uno más dijo que se internaran en donde la mierda se mantiene almacenada y, que ya ahí, se zambulleran en el cúmulo de excremento. “Sí, así como los pedazos de jitomate y cebolla mal masticados, como cuando, crudo, desayunas huevos a la...” El hombre no terminó de decir la frase y los otros de escucharla. Uno de esos pedos sorpresivos y con premio, los hizo pedazos. Incluso pude ver cómo, a la distancia del lejano horizonte, el torso de uno de ellos terminó despatarrado en la tanga de Marcela. Fue una muerte horrible.
Agotado, deprimido y lleno de miedo seguí mi camino. La temperatura se iba haciendo cada vez más tibia y un BUM, BUM, BUM lento y constante, terminaron por sumergirme en un profundo sueño. Sí, era el corazón cálido de mi Marcela, de mi universal Marcela.
A la mañana siguiente el BUM, BUM, BUM ya no era lento ni constante. Ahora sonaba como una marcha de guerra; explosiones por aquí, chispas por allá. Ay, pinche Marcela, seguramente ya te estás echando el mañanero. Maldije. Pero enseguida recordé que Marcela corría por las mañanas. Sí claro, Marcela me ama y yo a ella. Mientras me autoconsolaba, me invadió la idea de aprovechar el intenso torrente sanguíneo causado por la saludable ejercitación de Marcela. Llegaré hasta los pulmones de mi amada y podré salir con su respiración o mejor aún, con un suspiro. Confié en mi suerte y me arrojé. Por mera fortuna caí dentro del ventrículo derecho, el cual se conecta con la arteria pulmonar. Debería de ser médico, pensé. El interior de los pulmones era un océano de fuertes corrientes de aire. Unas olían a pino, otras a tierra mojada, unas más olían a crema de señora. En la que sea, me dije. Así que de nuevo me arrojé, pero por ir con los ojos cerrados no pude mirar lo que se aproximaba. Debo de aclarar, para futuras exploraciones, que cuando estás dentro de alguien, el tiempo funciona de forma distinta. Así que mientras yo pensaba que Marcela aún estaba corriendo, ella ya hasta se había duchado y ahora estaba terminando de desayunar. Lo que sólo significaban dos cosas: café y cigarro. Y no sé cómo sobreviví a la mortal nube de nicotina ni a los ríos de cafeína, pero lo hice. Estaba totalmente desorientado, intoxicado. Además mi cuerpo estaba cubierto con las sobras ya masticadas del desayuno de Marcela y, como no había comido en varios días, soporté el asco y comencé a devorar los hotcakes cuasi digeridos. Ya satisfecho y recuperado, caí en cuenta de que estaba perdido, pero no derrotado, así que decidí seguir hacia arriba, hacia la cabeza. Por supuesto, seguramente ahí encontraré la forma de controlar este universo y huir. Escalé, escalé y escalé hasta llegar a un santuario que tenía facha de central camionera. Órdenes salían y sensaciones llegaban, miles de ellas. Pregunté dónde estaba la gerencia y amablemente me dieron instrucciones. Recorrí todas las secciones de lo que se me figuró como un elegante mall con anuncios y letreros lumínicos por todas partes, hasta que por fin llegué. Las puertas estaban custodiadas por dos chicas guardia. Justo arriba de sus cabezas se podía leer EGO en letras grandes y en otras más pequeñas la frase “Sólo personal autorizado”.
—Oficiales, buenas tardes. ¿No saben por aquí dónde están los sanitarios? Ellas sin inmutarse de mi presencia siguieron con la mirada al frente. Híjole, lo que pasa es que llevo todo el día en la Expo de zapatos, y pues ya me anda.
—¿Cuál expo de zapatos? —me preguntó una de ellas.
—¿No les informaron?  —las cuestioné mirándolas con sorpresa. La que se está llevando a cabo en el centro de convenciones. Hay ofertas hasta del 80%, yo que ustedes no me la perdía.
Y sin decir agua va, las dos oficiales salieron tras las etiquetas rojas e imaginarias. Vaya, una vez más las mentiras, la curiosidad y las ofertas hacen de las suyas, me dije con satisfacción de canalla.
“Mi primer beso”, “Certificado a la ganadora del concurso de ciencia”, “Cinco kilos menos”, “Te ves más joven”, “Mira nada más qué nalgas tan bonitas”... Miles, millones de cajas de cristal apiladas una sobre otra y de diferentes tamaños, cada una de ellas estaba marcada con un título diferente que, al parecer, estaban dispuestas en secciones. El morbo no me dejó y abrí una de la sección “HOMBRES”. Primero pensé que el contenido era pura agua. Pero después observe que en cada gota de ese líquido se podían ver pequeñas peliculitas. Así, en la caja titulada “Marcos”, las gotitas mostraban un paseo por el zoológico cuando Marcela tenía trece años e iba acompañada de ese tal Marcos. Mmmm qué divertido, pensé. Decidí tomar la caja y arrojarla al piso, ésta se rompió y el líquido contenido se convirtió en un pequeño charquito. Seguí abriendo y rompiendo más cajitas de la sección de hombres. Ay Marcelita, ¿y esto te infla el ego? ¡Chale! Pero ya verás cuando todo esto termine me lo agradecerás, además como que aquí hace falta espacio para nuestros futuros recuerdos. Rubén, Carlos, Victor, el pendejo de Jorge que tanto me cagaba y que por cierto yo no sabía que Marcela, mi Marcela había tenido algo qué ver con semejante retrasado. Nombres, nombres y más nombres que terminaban estrellados contra el piso. Ya verás qué bien se verá esto sólo con una caja, la que tenga mi nombre. Así, mi desesperación por encontrar mi caja, hizo que creciera y creciera la inundación... Y me dejé llevar hasta que la encontré. Era minúscula y estaba casi vacía. “Me lo voy a coger nomás por curiosidad”, “A mí se me hace que la tiene bien chiquita”, “Pinche jodido, mira nada más cómo me atosiga”. Ésas y dos frases más que no me atrevo ni siquiera a recordar, eran el contenido de mi caja. Ya no busqué más y dejé que mis lágrimas se mezclaran con la inundación. Pinche Marcela, al menos ten la decencia de embarrarme en el pañuelo que ayer te regalé.

Por: Víctor Hugo G.


domingo, 21 de junio de 2015

Película de terror


El jueves Pablo me prestó una película de terror. Vela solo y en la noche, si no, no tienes huevos, me dijo. Le hice caso y ese día esperé a que todos en casa durmieran para verla. Puse un volumen decente en la televisión, para no despertar a mis papás; si se daban cuenta, ya valía todo.
                Empezó la película y era gore asiático; me dio flojera ver que los asesinos se limitaban a decapitar a sus víctimas. Así, sin más. De seguro me quedé dormido porque no recuerdo haber visto el final.
                Al siguiente día, busqué a Pablo en la escuela para devolverle su película. Como no lo encontraba, me acerqué a una bolita de compañeros de su salón y pregunté por él. Todos me voltearon a ver como si mi pregunta fuera indebida. Karla se acercó conmigo y me dijo: ¿No supiste lo que pasó? Me susurró: A Pablo lo decapitaron. Sus papás hoy lo encontraron así, pero yo digo que el lunes ya regresa a clase.
Y efectivamente, el lunes regresó sin cabeza. Aunque ya no me junté con él.
El martes fui yo quien amaneció sin cabeza, qué flojera que mi asesino sólo me decapitara; así, sin más.


Por Andrés Rendón. 

martes, 19 de mayo de 2015

Para qué ponerle nombre a algo



Sólo puedo ser fuerte no dejando que mis impulsos se salgan del corral. Mi mano comienza a pensar por si misma y a lo único que le teme es a cómo la juzgará Conciencia después de estrellar sus nudillos contra el rostro de Rodrigo. La otra mano acude a la alerta que manda una parte de mí y sostiene a Derecha. La sostiene con fuerza y su pulgar la acaricia un poco al mismo tiempo. Intento reír con los chistes que Rodrigo está haciendo de mí y de lo que escribo.
No tiene nada de profundo, es como ver caricaturas: sólo pasan cosas chistosas dice riéndose con otras dos personas. Ni siquiera me voltean a ver.
 También mis piernas ayudan, se retiran de esta escena. Piernas no tienen nombre, se escucharía horrible Izquierda P, Derecha P, así que sólo son Piernas. Izquierda saca un cigarro y se lo pasa a Derecha. Fumo.
Es el tercer cigarro. El humo ayuda a que mi cuerpo se tranquilice y vuelvan a obedecer a Conciencia. El problema es que cuando todo está tranquilo comienzo a pensar y aparece algo que desprecio demasiado: a Pensamientos. Éste sale de mi mente con una taza de café en la mano, es idéntico a mí.
Pues tal vez tenga razóndigo mirando al piso.
La tiene, pero eso no debe de afectarte, ¿me explico?dice mientras se sienta en una silla que tengo a mi lado. Cruza las piernas. 
—¿Cómo no me va afectar? Escribir es lo único que hago, no sé hacer otra cosa.
Corrección: no saber escribir es lo único que hacesdice mientras pone la taza en sus labios. Sopla y mira el café. Nunca falta esa expresión en alguien sarcástico.
Derecha hace un puño y aprieta hasta sentir que sus uñas empiezan a rasguñarla.
—¿Entonces?digo entre dientes.
Nada, eres sólo una bolsa de carne que respira.
Llega Mónica y me dice que no me preocupe, que Rodrigo está borracho, que no sabe lo que dice.
Bueno, hablamos despuésdice Pensamientos mientras se levanta. Brinca de nuevo a mi cabeza.
Sabes que no puedo enojarme porque
Lo sé. No vale la pena, el que quedó como un idiota fue él, no sabiendo tomardice Mónica mientras acaricia mi rostro.
Es que no me pude defender.
Mónica toma a Izquierda y la pone en su entrepierna. Pobre, a la que le gustan esa clase de cosas es a Derecha.
Tranquilo…—dice Mónica mientras se acercaba a mis labios.
Mi boca no dudó ni un segundo en juntarse con la suya. Como sólo es una, a veces se le antoja platicar con otras parecidas a ella y, si puede, abrazarlas, porque para ella es la mejor manera de conocer a alguien. Lengua y ella a veces discuten, una la muerde y la otra no se esfuerza para sacar restos de comida entre los dientes. Lengua procura ser más directa: cuando conoce a una parecida suya pelean o se acarician de una manera tosca. Es agradable para Boca y ella conocer otros labios y lenguas, incluso los que suelen encontrarse entre las piernas de las mujeres. Yo sé que es una vagina, pero prefiero no decirles porque Pene se enoja y deja de estar erecto, hace eso como una venganza. Pene cree que las vaginas sólo son para él. Para mí Boca y Lengua es la misma cosa, pero su odio constante entre ellas me demuestra lo contrario, aunque concuerdan en lo mismo: si la vagina tiene a su lengua de fuera, no conviven con ella, dejan que Pene, el menos pensante de todos, haga lo suyo.
Mónica y yo seguimos con el beso. Mis ojos de vez en cuando se cierran porque tienen un pacto con todo el cuerpo: las sensaciones. Pero también les gusta examinar a sus parecidos: su color, sus movimientos
Perdón, creo que yo tampoco sé tomardice Mónica sin dejar de besarme, riéndose.
Por mí mejordigo riéndome, besándola. 
Pene se pone contento, quiere salir de ahí, es claustrofóbico cuando está lleno de vitalidad. Nos separamos y Mónica me lleva al baño. Rodrigo, tambaleándose un poco se interpone en nuestro camino, nos mira a ella y a mí y sonríe mientras muerde su vaso.
Tal para cual…—dice mientras se da media vuelta. Camina.
Este imbécil me las va a pagar Bueno ya, caminendice Izquierda algo furiosa.
Piernas obedecen.
Una más que haga, una más que haga…—dice Derecha apretando sus uñas contra la palma.
A ver, ya, tranquilos. Si hacen algo puede que no pase nada, ustedes a lo suyodice Conciencia con voz apacible.
Mónica sólo me sonríe, como diciendo que no pasa nada. Al entrar al baño procedo a quitarle la blusa. Intento quitarle el brasiere mientras ella desabrocha mi pantalón. Tocan la puerta.
—¿Y si quiero entrar al baño?dice Rodrigo con tono burlón.
Pensamientos sale de mi mente y se empieza a reír de mí. Conciencia le ordena que regrese a mi cabeza.
Ya tranquilos, por Dios ¿No estaban queriendo sexo desde que entraron aquí? Ahora concéntrense en encontrar el condón que Izquierda no encuentradice Conciencia algo enojada también.
Rodrigo vuelve a tocar y Derecha sin pesarlo abre la puerta, Izquierda, sin otra opción, colabora con su hermana. Derecha estrella sus nudillos en la nariz de Rodrigo, haciendo que éste se cubra el rostro con sus dos manos. Izquierda lo toma de la camisa y su hermana busca una manera de golpear su barbilla. Rodrigo es lanzado contra una pared, cae al piso y Piernas sin pensarlo atacan a sus parecidas y a su pecho.
—… Bueno, hagan lo que quieran…—dice Conciencia mientras se apaga.
Mientras los golpes aterrizaban en diversas partes de su cuerpo, mis brazos comenzaban a sentirse como si adentro tuvieran plomo, pesados. Pensamientos vuelve a salir con la misma taza de café.
Como que ya fue suficiente…—dice dando un sorbo.
Ya nos traía harto a mí y a todosdigo mientras le doy una última patada.
Me da risa y ternura cómo crees que somos tus amigos. Hasta nos pones nombre y todo.
—…
Sólo una persona ayuda a Rodrigo, lo levanta, sus brazos cuelgan y sus orificios nasales parecen como unas tuberías de sangre. Parecía un muñeco de hule gigante siendo levantado por un niño. Mónica estaba a mi lado, con la boca entre abierta, aún procesando lo que había sucedido.
—¿Sí sabes que estás hablando contigo mismo, verdad?dice Pensamientos, acabándose su café.
Sí, pero
—¿Mande?dijo Mónica volteándome a ver.

—… Nada, perdón. 


Por Arturo Jara Kafuri

domingo, 17 de mayo de 2015

Una noche


No siempre fue así. No siempre evité el contacto físico con las mujeres. De hecho, aun ahora, creo que son atractivas e interesantes. Tienen cambios de humor desquiciantes, pero eso es tolerable. Hay cosas que no.
Caminaba por la avenida Universidad después de tomar café con una amiga. No estoy seguro de que hora era exactamente. Toda esa noche es algo que aún confundo con sueños, o pesadillas. Atravesé el puente peatonal. Ya era de noche. De lejos y de cerca se podían observar las siluetas de las mujeres en minifalda y tacones altos, en la parte del centro las espaldas evidenciando masculinidad y en la última parte las más jóvenes. Me dirigí ahí. Todas pusieron cara de excitación fingida al verme. Tú no, tú no, tú estás más o menos, pensaba mientras recorría la gama de opciones. Mis ojos se clavaron en la chica de jeans ajustados. En la parte de arriba, lo único que cubría sus senos era un sostén con brillitos. Me gustó.
¿Cuánto cobras?, le pregunté. Me contestó con una cifra muy alta para lo que traía. Al parecer se dio cuenta de mi decepción. Era claro que un estudiante no tenía tal cantidad para gastar. ¿Cuánto traes?, me dijo. Poco más de la mitad, le respondí entre dientes. Lo aceptó y me dijo que la siguiera.
Caminó frente a mí. El pantalón apretado delineaba muy bien su perfecto trasero. Algo me distrajo. Cojeaba un poco del pie derecho, pero qué importaba. A la hora de coger, detalles como ese eran lo de menos.  Entramos a una vecindad.  En el corredor principal se encontraba un hombre de unos cincuenta, ahogado de borracho. Tuvimos que pasar con cuidado para no pisarlo. Macetas, pelotas tiradas y una virgen de Guadalupe colgada en una puerta. Romina (luego me dijo que ese era su nombre) me llevó al último cuarto del fondo. Las ventanas estaban aseguradas con barrotes pintados de color blanco, igual que la puerta. Entramos. Me sorprendió lo minúsculo que era el lugar. Me quité el pantalón y Romina el sostén de brillitos. Estaba encima de ella cuando se quitó el pantalón. Mientras trataba de penetrarla, mi vista se fijó en la pared. Se marcaban dedos ensangrentados. ¿Sangre de quién? ¿Suya? ¿De alguien más? Pensaba en esto cuando sentí algo viscoso subir entre la pierna de Romina y la mía. Me separé. La pierna derecha de Romina tenía un agujero enorme lleno de pus. Del hoyo salía lentamente una especie de gusano gordo, baboso y albino. Me quedé sin respiración. Quería gritar, correr, todo al mismo tiempo. La cara de Romina reflejaba satisfacción. Estaba divertida.
Ven, seguramente nunca te la ha chupado un gusano. Te va a gustar.
Salí corriendo del lugar tan sólo con mi ropa interior. A dos cuadras un policía me detuvo. Me preguntó qué hacía y por qué estaba vestido así. Supuso que estaba bajo los efectos de alguna sustancia y me llevó a los separos. A la mañana siguiente me dejaron ir.
No siempre evité el contacto físico con las mujeres. De hecho, aún ahora, creo que son atractivas e interesantes. Tienen cambios de humor desquiciantes, pero eso es tolerable. Hay cosas que no.


Por Samanta Galán Villa

El lunar de media luna


Después de un par de copas, tu mujer me dijo «Llévame  a tu departamento». Decías que la ropa la arrancaban tus manos, nunca las de ella, y que su cuerpo se hacía de piedra al sentir tus labios en su piel. A mí me desvistió como un niño en busca del boleto de oro adentro de un chocolate. Me lamió el pecho, me mordió el cuello. Me dijo «Desvísteme» y le dije no, hazlo tú misma. Saltó de la cama y se desnudó frente a mí. Siguió besándome con la saliva hirviéndole en la boca, como perra rabiosa. La acosté sobre la cama y se abrió de piernas. Siempre te quejaste de tener una mujer frígida, que lo único que hacía era tumbarse en la cama, con la mirada fija al techo, sin cruzar contigo ni mirada, ni palabra, ni gemidos, para que la penetraras. Conmigo cambió de posición a cada segundo, se aferró a mi pene como un piloto a la palanca de una avioneta cayendo en picada y se sentó volteando los ojos a cada centímetro que yo la atravesaba. Imaginé sus tetas diferentes, cuando ella le daba de mamar a tu hijo, cuando sus pezones se alzaban en relieve sobre su blusa y tenía que reprimir mi animalidad para no saltar sobre ella. Ahora mírala. Dándome a beber de la dulce leche desde sus pezones, sobre mi mentón, sobre mi cuello, y me deja amoratarle las tetas… Tu mujer sigue el recorrido hasta pasar por mi estómago, y llega a mi pene, para chuparlo como si en él fuera a recuperar la juventud, los años perdidos en tu cama. Dijiste que sus dientes se atravesaban entre su lengua y tu placer… Te juro que nadie me la había chupado como lo hace ella, nadie me había dicho «Pégame» desde allá abajo como ella lo hizo: arrodillada, lamiéndome las bolas, rogando con ojos de perro hambriento. Siguió mamando y le escupí una, dos veces. Golpeé sus mejillas, sus labios, su lengua con mi pito… Luego, con la fuerza de una bofetada, hice que girara la cabeza noventa grados. Volteó hacia mí con la mejilla enrojecida, el rímel corrido por la saliva y las lágrimas, y por un ridículo momento pensé en ti, hasta que sonrió y siguió mamando. Mentiroso, de a perrito le encanta y las nalgadas en el lunar de media luna en su nalga izquierda, ni se diga. Escucha cómo invoca a todas sus deidades, cómo me lo pide más duro, más rápido. Cómo me ruega meterle hasta las pelotas. Mírala estimular su ano, preparándolo para que yo pueda entrar. Mírala rasguñar sus nalgas, morder la almohada cuando me la cojo por atrás y le respiro en la oreja. Alguna vez, jugando cartas, dijiste que apostabas a tu esposa. Me dieron ganas de cogerla frente a ti, meterle dos dedos como lo hago ahora, tirar de su cabello como lo hago ahora, hacer un nudo con sus muñecas y cogérmela sin piedad, como si te doliera cada movimiento. Dijiste que no te importaba si se iba con alguien más, que por ella no sentías nada… Entonces, ¿por qué habrías de enojarte de sus nalgas rojas, de su cara maquillada con mi semen? ¿Qué ganarías partiéndome la cara? Me pidió orinarla tal vez para borrarte de su piel. Ahora límpiate tú esas ridículas lágrimas y deja de embarrarme tus penas en el hombro, deja de preguntarte por qué se fue con quién sabe qué desgraciado.


Por Amaury